Mírame solo a mí - G. Elle Arce

Mírame, solo a Mí G. Elle Arce Copyright © 2015 Elle Arce Registered in safecreative: 1512075965706 All rights reserved. ISBN: 978-1519717269 ISBN-13:...

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Mírame, solo a Mí G. Elle Arce



















Copyright © 2015 Elle Arce Registered in safecreative: 1512075965706 All rights reserved. ISBN: 978-1519717269 ISBN-13: 1519717261 Portada creada por Larissa Saravia Imagen bajo CO















Dedicado a M. Siempre me miraste como yo soy. Te recordare toda mi vida.



-Nota de Autor



Antes que nada, quisiera decir que esta historia, no es originalmente mía. Anteriormente a que yo la comenzara, modificara y terminara, mi buena amiga, Larissa, la había comenzado. El nombre anterior, de esta historia, era “A la Mierda con Todo”, pero cuando yo la retome, le cambie el nombre. Para mí, ha sido un placer poder dar a conocer esta historia, que no solo me pertenece a mí. Nos pertenece a todos aquellos que alguna vez sentimos el limbo de la percepción que tienen diferentes personas sobre nosotros, pero solo hay pocas que notan lo que somos en realidad, aun cuando tratamos de engañarnos, hay alguien que mira nuestra alma y con todos nuestros defectos, nos ama.



-Sinopsis

Fiestas, bares, chicos, sentir las miradas de los hombres, tener un montón de sexo... Esa, es mi clase de diversión. Un error... hace que mi vida retroceda hasta cuatro años. Una época de la que pensé que había escapado. Mi pasado y mi presente convergen y amenazan con destruir mi futuro. "Eres un ángel, a pesar de todas las plumas que te quite" Advertencia: esta novela no es apta para menores de edad.



Índice -Nota de Autor

-Sinopsis-



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-Epílogo-



-Sobre la Autora-



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Me deleito mirándome al espejo.

Paso mis manos por mi curvilíneo cuerpo. Sé que a veces parezco obsesionada conmigo… bueno, más bien siempre. Pero, es que no puedo evitar sentir excitación con solo saber que todo eso es mío. Desarrolle a muy temprana edad, lo que no fue nada grato, pero, en cuanto comencé a comprender todo lo que significaba dar ese paso de niña a mujer… no tarde en verle TODOS los beneficios. Hoy, llevo puesto un jeans blanco, rasgado en las piernas, y una camisa morada con volantes por todo el frente. Me encanta como me hace resaltar la figura el pantalón blanco, aunque detesto como se marca la ropa interior; y es por eso, que hoy he prescindido de ella. Es lo bueno de ser joven, todo está firme y en su lugar como para dejar de usar ropa innecesaria. Además, me encanta la atención que ponen los hombres sobre mi cuerpo al verme sin nada por debajo de mi ropa. Es como si comenzaran a figurarse como soy desnuda. Llevo puestas unas sandalias de tacón bajas, de color nut. Lo único que me da una aspecto “menos agresivo”, son mis risos dorados. Mi cabello es abundante, y lo tengo totalmente rizado, exceptuando las raíces, ya que por naturaleza es de esa manera. Lo llevo hasta la cintura, aun en contra de lo que dicen todos los estilistas acerca de que una mujer pequeña no debería andar un corte de cabello tan largo. Siempre salgo de mi casa maquillada, y hoy no es la excepción. Me he maquillado de forma ligera, solo una línea de rímel para resaltar mis ojos, pestañol, y un labial de color rosa. Nada extravagante. Se supone que hoy es mi último día de clases como bachiller, pero, no tengo deseo de ir al colegio.



Estoy segura que me graduare porque no soy tan estúpida para no hacerlo, pero muy diferente es querer desaprovechar mi tiempo yendo al colegio cuando ya no es necesario. Además, hay una cosa que es muy relevante, y es que yo no quiero seguir estudiando. Siempre he soñado con casarme con un hombre millonario, que pague todas mis cosas, mis gustos y caprichos. Me gusta esa idea arcaica de ser una esposa trofeo, la que solo disfruta de las comodidades de tener a alguien que la mantenga. Las personas deberían aceptar que existimos quienes tenemos como único interés vernos bien, vernos sexy. Yo soy una de ellas, como es evidente. Me encanta esa sensación de hacer que los hombres babeen por mí, es indescriptible; aunque si detesto cuando esos hombres son viejos y decrépitos, y sobre todo vulgares. Mis deseos son ser más sexy con cada día que pase. Sé que no es un gran deseo, ni me hace parecer lista; pero es que ese nunca ha sido un propósito para mí. Y si también sé que, frente a las feministas… estoy siendo machista y todas esas tonterías, pero ellas solo lo dicen porque son unas guarras muy feas. Un problema que surge al tener un modo de ser tan elitista como el mío, y si para que negarlo, es que no se tiene amigos, al menos no de los verdaderos. Todos los que se te acercan solo buscan tu fama, porque en los colegios, cuando lo único que interesa es tener buen físico, es bueno estar junto a personas que sean bellas y por añadidura también obtendrás fama. Por tal razón, yo siempre he tenido seguidores o seguidoras, pero amigos no. No es que me queje, en realidad es bueno, porque los amigos te dicen lo que piensan, en cambio los seguidores te dicen lo que quieres escuchar. En estos últimos meses, mi padre me ha insistido para que me inscriba en una universidad, o al menos busque que estudiar. Yo, me he hecho la desentendida. Ni siquiera he visto los planes universitarios y mucho menos que carreras ofrecen las universidades a las que es posible que pueda entrar por mis calificaciones. Mi padre se ha dado cuenta de ello, y hace unos días, me puso un ultimátum, dijo que: “si quieres seguir

viviendo bajo mi techo y gastando mi dinero, tendrás que buscar una universidad donde estudiaras”. Sé que las palabras de mi padre son vacías, nunca cumple ninguna de sus amenazas. Siempre son de lo mismo de: haz algo con tu vida, debes madurar, y muchas otras tonterías. Yo solo quiero vivir mi vida, solo quiero ser joven, hermosa y con buena posición, aunque eso para mi padre es difícil de ver. Me miro por última vez al espejo. Basta de esos pensamientos sin sentido. Tomo todas mis cosas; mis cuadernos, las llaves de mi coche y de la casa. Salgo de mi cuarto con tranquilidad, pero al notar en el reloj de la sala, que las clases ya han comenzado y que no tiene sentido ir el último día de clases, dejo los asquerosos cuadernos en el basurero de la cocina y me voy a acostar a la sala, al sillón. Mi casa, es bastante cómoda, aunque para lo que gana mi padre pudiéramos vivir en una mejor. Yo supongo que nunca nos mudamos a una mejor residencia por el miedo y esperanzas que aún conserva él. Mi madre –si es que se puede llamar así–, decidió irse cuando yo tenía unos dos años de edad, casi ni me recuerdo como es ella. Vivíamos en esta casa cuando eso sucedió, y supongo que eso es lo que ha impulsado a mi padre para seguir en ella. Enciendo la televisión, pero a esta hora es muy difícil encontrar algo que ver. Todo es para niños o sino son infomerciales. Escucho un ruido que proviene de afuera. Son mis vecinos. Me levanto rápidamente del sillón y me acerco a la ventana que da a la calle.



Miro que del otro lado, mi vecino de enfrente, el señor Araujo, está saliendo de su casa, listo para trabajar. No sé a qué se dedica mi vecino, solo sé que es un hombre de unos cuarenta y algo de años, casado con una mujer bastante rara y repugnante y con un hijo de mi edad. Supongo que tuvo a su hijo a corta edad, porque no se puede tener un hijo de 18 años sino se hizo así. Araujo, es un hombre guapo a pesar de sus años. Tiene el cabello un poco canoso, pero en general es oscuro, un poco largo pero bien peinado, aunque con uno de esos look de “ya estoy mayor”. Sus ojos son oscuros como la noche, intimidantes, desafiante y muy curiosos; me observan donde quiera que voy, me mira con cierta fascinación. Su cara es muy masculina, como ya dije, algo intimidante, pero por supuesto está llena de testosterona. Su tez es morena clara, como la canela combina con la leche, inigualable. Su cuerpo corresponde bastante con su edad, es el cuerpo de un hombre de cuarenta años, pero se ha conservado bastante bien, todos los días sale a correr. Tiene una espalda ancha y unos hombros definidos y fuertes, y una altura bastante buena para un hombre; es alto, pero no lo suficiente como para parecer un basquetbolista. Tal vez no tendrá los abdominales mejor definidos, pero da igual. Lo miro fijamente por la ventana. Este día, se ve ligeramente más atractivo que otros días. Lleva el pelo medio despeinado a comparación de otras ocasiones. Sus largas piernas enfundadas en ese pantalón gris de raya, su camisa verde claro, le resalta más los músculos de los brazos. A mi forma de ver, él se ve jodidamente bien. Podrá ser que también pudiera ser mi padre, puesto que tiene un hijo de mi edad, pero de todas formas no hay una regla que te impida querer desear a un hombre como él, independientemente de su edad. Corro con prisa hasta mis llaves y salgo rápidamente de la casa. No quiero perderlo de vista. Él, ya está en su auto, ya lo encendió incluso.



Subo rápidamente a mi pequeño auto Volkswagen beetle del 2007, en color menta y de interior de cuero volteado color beige. Los asientos son tan cremosos, que parecen hechos de mantequilla. Prendo el motor de mi vehículo y me preparo para seguir un poco a mi vecino, pero, si él no entiende la indirecta… tendré que dejarlo de lado. En unos segundos me pego mucho al carro de él, siguiendo cada una de las curvas por las que el gira, reduciendo y acelerando de la misma manera en la que él lo hace. Pareceré una loca persiguiéndolo, pero es que mis métodos de seducción son diferentes a los utilizados por cualquiera. Yo soy directa, claro, la mayoría de las veces, porque en otras ocasiones me gusta jugar un poco con los hombres, seducirlos hasta que sean ellos los que se hallen inevitablemente atraídos por mí. Que puedo decir, tengo una fascinación por las cosas poco comunes. El señor Araujo, después de unos diez minutos, entiende mi indirecta, y se va directo al estacionamiento de un hotel. No será el mejor hotel, no es ni de cuatro estrellas, pero está bastante bien. Por supuesto que si fuera de otra forma no hubiera entrado también. Antes de bajarme del auto, me doy una inspección rápida, poniendo un poco de brillo labial y acomodándome el cabello. Como de costumbre, cada vez que me miro al espejo, tengo una mirada expectante, picara. No sé si los demás me ven de la misma manera que yo me miro, pero por lo menos a mí me encanta verme en un espejo y sentirme de esta manera. Al salir al estacionamiento, siento el leve olor de neumáticos en el aire. De alguna forma estar en un lugar público, pero a la vez de esta manera tan íntima, como el aspecto de este estacionamiento… lo hace aún más excitante. El estacionamiento es subterráneo y está bastante oscuro, apenas le entra la luz del sol. No hay muchos autos en este momento, supongo que se debe a la hora que es, pero aun así, siempre hay una que otra persona que pasa, lo que hace un poco interesante las cosas. Camino de la forma más sensual y felina que puedo. Desde hace mucho

me gusta considerarme a mí misma como un depredador, como una mujer lo suficientemente segura de sí como para conquistar un hombre. Él se baja de su auto, y se apoya en la puerta del piloto, tranquilo, como si esto fuera la mar de común. ˗ Hola, Cassandra –saluda, dándole una mirada rápida a mi cuerpo, pero una de esas que dejan sin aliento. Me muerdo el labio y siento el brillo sabor a cereza. Con pasos cortos, me termino de acercar a él. Sin mediar palabras, porque detesto hablar más de la cuenta. No soy de las personas que habla, soy de las que actuó. ˗ ¡Usted, es muy sexy! –ronroneo como una gata al decir eso, cuando estoy solo a un paso de que su cuerpo y el mío se junten. Él, me mira fijamente, analizando cada una de mis expresiones, casi puedo ver como por su cabeza pasan un millón de cosas, todas ellas sexuales. Yo, solo me limito a verlo a los ojos, ahí es donde puedo encontrar con la realidad del alma de las personas. Eso de que “los ojos son la puerta del alma”, es cierto, al cien por ciento. Por eso es que yo miro sus ojos, y me encanta hacerlo, es como una fase más para entrar en calor. Deslizo mi mano derecha desde su brazo, hasta su cuello y luego llegando a su barbilla. El señor Araujo, solo se limita a quedarse quieto, no puede moverse ni un centímetro, hasta su respiración es un poco tranquila, quizás demasiado. ˗ Eres… –murmura, pero luego solo sonríe, con hambre… de mí. Me acerco un poco más, tanteando su reacción. Por más que me gusten los juegos, debo de decir que este se está tornando un poco lento y aburrido, por lo que decido hacer de una vez una jugada y lo beso en el cuello. El señor Araujo, suspira y me toma por la cintura con ambas manos,

sujetándome con un poco de posesión. ˗ No hagas esto, solo eres una niña y yo estoy muy adulto –susurra excitado. ˗ ¿Qué tal si eso es lo que quiero? ¿Si quiero a un hombre maduro? – pregunto alejándome de su cuello y poniendo mis manos sobre su pecho. ˗ No te detendría –se atraganta con sus palabras. Mis manos viajan hasta posarse sobre su cara, arrinconándola. A pesar de que llevo tacones, debo estirarme un poco y bajar su cabeza para poderlo besar. Desde el principio, el beso es apasionado, feroz, violento. Sus labios son salvajes, fuertes y varoniles como los de un hombre, y no suaves y tiernos como los de un niño mimado. Sus manos recorren toda mi cintura, levantando un poco mi camisa. Las siento contra mi piel, siento sus dedos largos y delgados pasando por todo mi tronco, palpando cada parte de mi piel delicada y sensible. Me acerco más a él, no queriendo dejar de besarlo, ni de tocarlo. Con un poco de maromas, logro poner mis manos en su espalda y siento sus músculos contraerse cuando él me levanta del suelo y le rodeo las caderas con mis piernas. ˗ Entremos –dice con la respiración entrecortada. Me baja rápidamente, y con una mano me coge el brazo y me jala hasta dentro del hotel. Debo suponer que tiene urgencia por encontrar una habitación, porque casi tira su tarjeta de crédito sobre el mostrador de la recepción. El tipo que está detrás de la mesa redonda del mostrador se queda un poco asombrado por la brusquedad de Araujo al dar los datos básicos para la estancia en el hotel, debe de estar en estado de shock –al menos un poco– al ver la evidente diferencia de edades, eso es algo que me ha pasado muy seguido. Cuando nos dan la llave de la habitación, advirtiéndole al señor Araujo, que no es un hotel de paso, por lo que tendrá que pagar por todo el día; salimos corriendo hacia el ascensor, ambos desesperados por llegar al cuarto y hacer lo que hemos querido desde el primer momento en el que

comprendí que él ya no me miraba como su vecinita. ˗ Solo lo mejor para ti, preciosa –comenta mi vecino cuando vamos en el ascensor, mientras me aprieta el trasero con su fuerte mano. El pitido del elevador, anuncia que ya llegamos a nuestra planta, hace que sus manos se alejen de mi cuerpo. Yo le deseo mucho, pero, últimamente no me importa mucho quien sea, con tal de irme a acostar con un hombre que me haga ver un millón de estrellas con un espectacular orgasmo. Bajamos del ascensor y rápidamente nos dirigimos hacia el que será nuestro cuarto por todo lo que dure el día. Entramos en la habitación como un manojo de manos, piernas, y sin separar nuestras bocas. Su aliento mentolado y su lengua diestra, hacen que mi excitación llegue a un punto sin retorno. Ahora, ya nadie me podrá parar. Él comienza a desnudarme con desesperación, y lo dejo hacer cuanto quiere. Su boca pasa de la mía, hasta llegar a mi cuello, en donde se deleita y me enseña sus maniobras maestras. Luego baja un poco más, hasta mis pechos desnudos, y se deleita con ellos; primero con el derecho y luego con el izquierdo, succionando placenteramente cada uno de mis pezones, emitiendo sonidos posesivos al hacerlo. Yo, por otro lado, le tomo del pelo queriendo darle entender que prosiga con ese delicioso manjar que me da con su cálida boca. ˗ Ya veras, amor, lo que es tener sexo salvaje –me promete una vez se aparta de mi senos y se comienza a desvestir él mismo, con rapidez. Yo lo observo, y enloquezco al ver su amplio pecho y sus formas masculinas. A veces prefiero desvestir yo a los hombres, y otras prefiero que ellos lo hagan. Porque, cuando ellos lo hacen; se quitan la ropa de una manera desesperada, haciéndote saber cuál es el nivel de deseo que les haces sentir. ˗ Ven aquí, preciosa –se acerca a mí, caminando lentamente.

Me muerdo el labio, saboreando cada parte de su cuerpo.

Al llegar donde yo estoy, me toma de la cintura con dominio.

˗ ¡Ahhh, señor Araujo! –grito, sorprendida–. Hágame suya –pido. Me tira en la cama, sin pensar si lo ha hecho con mucha fuerza. A mí, en lo personal, no me importa ser tratada con un poco de fuerza, mientras no sea una violencia sin sentido, la admito. ˗ Claro que sí, preciosa. Te voy a hacer mía, una y otra vez –me mira con unos ojos cargados de deseo cruel. Me abre las piernas, y comienza a jugar con cada una de ellas, dejando besos desordenados, cambiando de pierna una y otra vez. Con sus manos largas y fuertes, me toma el trasero y me jala hasta que mi entrepierna está muy cerca de su boca. Puedo sentir como su respiración choca con ella. ˗ ¡Que fascinante! –dice con admiración, al mirar mi centro de deseo. ˗ Tuya –murmuro trastornada por una de sus caricias. Sé que en realidad, no es de él, y que solo lo digo porque quiero que me folle, ya. Pero, de eso a volverle a pertenecer a un hombre… hay mucha distancia. Se acerca más, hasta posar sus labios sobre mi clítoris. Primero lo besa con reverencia, pero después lo hace de forma exasperada, como si se tratara de encontrar su salvación en mi cuerpo. No sé hace cuánto tiempo fue la última vez en que el señor Araujo tuvo relaciones sexuales, pero por su manera de actuar… tuvo que ser hace mucho. Comienzo a sentir una placentera oleada de lo que será un orgasmo impactante. Él, prosigue con su arte amatoria. Besa, succiona y lame mi clítoris. Llevo mis manos a su cabello y lo jalo al sentir el primer espasmo de mi orgasmo.

˗ ¡Ohhh, sííííí! –grito eufórica.

Me retuerzo como loca, mientras todos mis sentidos se desvaneces, dejándome solo sentir las contracciones de mis músculos. ¡Un buen orgasmo!, sin duda alguna. Sin dejarme descansar un minuto, se pone sobre mí y me besa la boca. Me deja sentir mi propia fragancia. Se pone un condón rápidamente. ˗ Ahora, es mi tuno –me dice mientras me enviste hasta el fondo. ˗ Ahhhh –aulló cuando lo siento muy dentro de mí. Mi cuerpo se contorsiona, porque apenas acabo de tener un orgasmo, uno muy fuerte, y ya estoy siendo llevada nuevamente al abismo de la pasión. ˗ Vamos, preciosa –dice con los dientes apretados. Comienza a empujar su pene dentro de mí, una y mil veces; unas lentas y suaves; y otras salvajes, con fiereza y hasta el fondo. Me besa los labios con ímpetu, robándome cada gemido, cada suspiro, y dejándome sin aliento. Comienzo a sentir en nuevo oleaje de mi orgasmo, más grande y más fuerte que el anterior. ˗ Oh, santo cielos –lloriqueo, mientras él me sigue envistiendo. Llego a ese brutal orgasmo y siento como mi cuerpo se queda como una masa de contracciones y palpitaciones. El señor Araujo, sigue dentro de mí, pero rápidamente llega a su propio paraíso. ˗ Eso, fue fantástico –dice sin aliento. ˗ Aja –le confirmo, no sabiendo que más decir. Llegados a este punto, nunca se mucho que hacer, decir, o si es momento de salir corriendo. Hace mucho que no deseo quedarme en los brazos de un hombre, esperando recibir cariño por su parte.



Me levanto sin decir nada, mientras él está acostado sobre la cama con el brazo cubriéndole los ojos. ˗ ¿A dónde vas? –me pregunta extrañado, al sentir que he salido de la cama. ˗ Ya vengo, guapo –le guiño un ojo. Entro al baño, casi sintiendo estúpida por lo que siempre hago. Tengo miedo de pasar tiempo con los hombres que me acuesto, una vez el sexo ha acabado. No tengo mi celular a la mano, lo he dejado en mi ropa y no puedo fingir que me han llamado porque es evidente que eso sería ilógico. Tengo que inventar cualquier cosa, no quiero seguir aquí, me siento mal cuando me quedo con un hombre con el que no estoy –en ese momento– tenido relaciones, es como si algo dentro de mí me ahogara, algo parecido a lo que creo que sienten los claustrofóbicos. Es un sentimiento inigualable. Me miro en el espejo fijamente. Mi maquillaje se ha corrido un poco y mi cabello se ve como el de un león. Trato de arreglarme, lavándome la cara y pasándome luego un poco de papel higiénico para quitar los restos de maquillaje, con las manos me trato de colocar bien mi cabello, pero es casi imposible controlar mis rizos. Mi desesperación crece, necito urgentemente salir de aquí, no quiero tener que ver su cara ahora. Respiro profundo antes de salir a la habitación. ˗ Eres muy, pero muy atractiva. Tu cuerpo es… espectacular –dice Araujo, admirándome mientras esta acostado en la cama, totalmente desnudo y con sus brazos detrás de la cabeza. Se ve cómodo y confiando, pero yo no quiero hablar, si acaso volver a follar con rudeza. Me acerco a él, contoneando las caderas, deseo seducirlo una vez más, probarlo un poco y luego salir de este lugar que en este momento me está

alterando. Una vez más, es lo que necesito para saciar mis deseos por él y olvidarme de que si quiera existe. Llego a la cama y me deslizo sobre sus piernas. Su amigo, ha decidido despertar muy contento y me saluda agitándose, posándose leventemente sobre el abdomen de mi vecino. Con mis manos alzo su pene, y lo comienzo a masturbar suavemente, sintiendo su piel y el calor que emerge de su mimbro. Es largo, más que el de la mayoría de los hombres con los que me he acostado, pero no el más grande eso en definitiva, es algo delgado, pero se siente tan bien acariciarlo y sentir como el señor Araujo se derretía en mis manos… Lentamente acerco mi cara, examinando cada una de sus expresiones. Él, tiene los ojos bien abiertos, no queriéndose perder el espectáculo que está a punto de presenciar, y espero que sea una de las mejores felaciones que el pobre hombre recibiera en su vida, aunque considerando lo amargada y nefasta que se ve que es su esposa, probablemente si no fuera por parte de una fulana u otra mujer con la que le es infiel… seguro que él no recibía una por parte de esa mujer desagradable. Primero, pongo mi boca tan cerca de su punta, como para poderle exhalar mi aliento y ver como el leve viento, le hace que su pene se mueva ligeramente. Saco mi lengua y le doy una lamida rápida, luego juego un poco con él, besándolo por todas partes y sintiendo las pulsaciones a través de su piel. Escucho como mi vecino, se queja un poco desesperado para que yo comience de una buena vez e incluso levanta las caderas en varias ocasiones, pero, yo no pienso hacer esto a la ligera. El sexo por más salvaje y alocado que fuere debe de ser con calma, sino, es imposible excitar a una mujer o si la excitas solo será otro aburrido orgasmo, y eso también pasa con los hombres, porque quiérase o no, hay una verdad innegable: parte de nuestro orgasmo –hombres y

mujeres–, no proviene de nuestro cuerpo, de nuestro sentido del tacto; sino que proviene de nuestra mente. Si no hay mente excitada… difícilmente habrá un buen orgasmo o si quiera uno. Con el fin de no aburrirlo, dejo de besarlo, y de una me lo meto a la boca hasta que topa con mi garganta. Con el tiempo he aprendido a no tratar de vomitar y relajar los músculos mientras respiro por mi nariz. ˗ Dulce –dice el señor Araujo, poniendo sus manos sobre mi cabellera, probablemente despeinándome más. Lo succiono lo más que puedo cuando me lo voy sacando lentamente de la boca, hasta que sale completamente con un sonido extraño, al que nunca me acabo de acostumbrar. Nuevamente, repito la acción, pero un poco más deprisa y sin que llegue a topar con mi garganta, entre más rápido se hace más peligro corro de que me den ganas de vomitar, por lo que es mejor no arriesgarse. ˗ Así, preciosa –me anima. Yo sigo con la tarea y luego con una de mis manos comienzo a masturbar la parte de su miembro que no está siendo contemplada, cosa que no es fácil porque he estado en cuatro patas y ahora me he quedado como un poco desequilibrada, pero vale la pena cuando escucho jadear más fuerte a mi acompañante. Su miembro comienza a agitarse dentro de mi boca y siento como va a resurgir su orgasmo, pero hay algo que no hago desde hace un buen rato y eso es dejar que los hombres terminen dentro de mi boca. Es algo que desde que lo hice la primera vez lo vi especial; por lo que me alejo antes de que eso pase y lo masturbo hasta que termina en mis pechos. ˗ Eres increíble –balbucea Araujo, mientras trata de reponerse del devastador orgasmo que ha tenido. Le sonrió mientras me levanto y me dirijo nuevamente al baño, donde me baño completamente, quitándome de todas partes los restos de semen. Una vez salgo, lo veo a él, todavía tendido en la cama, haciéndome señas para que este nuevamente con él en esa cama. Pero, esta vez miro a su miembro plácidamente descansando, totalmente exhausto. Después de

todo mi vecino ya es un cuarentón y no le puede llevar el ritmo a una joven de 18 años. ˗ Me tengo que ir –le aviso mientras comienzo a colocarme la ropa. ˗ Me encanta que no lleves ropa interior, te hace más sensual –me adula, levantándose también para poderse vestir. Ya no lo miro, no deseo hablar y sé que si miras a un hombre, ellos presumen que quieres hablar sobre lo que acaba de ocurrir. No sé porque tienen ese prejuicio de que todas las mujeres deseamos hablar más que una lora. ˗ Adiós –suelto encaminándome a la puerta con todas mis cosas, que no son más que las llaves de mi auto y mi celular. ˗ ¿Cuándo nos volveremos a encontrar? –pregunta tomándome del brazo antes de que salga y dándome la vuelta para que lo mire. Tiene las cejas alzadas y una mirada felina, pero por mi parte la emoción se acabó, solo puedo ver a ese pobre hombre olvidado hasta por su propia familia, a ese hombre urgido de atención. Como ya dije, los ojos son la puerta del alma, y muchas veces el punto más vulnerable de una persona es justo cuando acaba de tener sexo, por lo que es en ese momento donde puedes apreciar la verdadera esencia de la persona. Eso, es algo que aprendí hace unos cuatro años exactamente, y no de buena manera. ˗ Los siento –me disculpo tratando de ser un poco diplomática con el pobre desgraciado–, pero no es usual que yo vuelva a estar con un hombre más de una vez. ˗ Para toda regla general, hay una excepción –alega el con ímpetu. La verdad es que ahí si lleva la razón, pero mi excepción no es él, de hecho mi excepción fue la que creo la regla. Le sonrió por pura gracia. ˗ Lo siento –me suelto rápidamente y salgo de la habitación como si me hubieran hecho algo malo, pero es que es lo único que se hacer en estos casos, correr hasta ya no sentir esa sensación de claustrofobia. *** Cuando llego al estacionamiento, monto rápidamente en mi coche y me

apresuro a salir de ahí. Veo el reloj de mi pequeño vehículo, y apenas marca las once de la mañana, suficiente tiempo que desperdiciar en un centro comercial. Además no es que tuviera a alguien que me exija llegar a cierta hora, simplemente me manejo a mi antojo, así ha sido por todo el tiempo que tengo de existir en este mundo. Llego al centro comercial y aparco el auto, en el estacionamiento subterráneo. Subo por el ascensor y decido que necesito nueva lencería. Esas cosas por más que uno tenga siempre se necesitan tener nuevas y muchas, de todas variedades. Aunque en mi caso solo la uso para ocasiones “especiales”. Igual me encanta tener de gran variedad. Entro a la tienda que vende esa clase de ropa interior. Es una de las mejores que hay, y aunque es un poco cara, no me importa. En ella, uno encuentra de todo, desde prendas sadomasoquistas, disfraces, o hasta simples corsés. Recuerdo la primera ropa íntima que lleve y no era una simple y sencilla braga de niña y un sostén entrenador. El conjunto era totalmente blanco, angelical y virginal, todo a su vez. Eran unas bragas pequeñas con revuelos en el elástico de la prenda, como si se tratara de un pequeño pantalón que se ajustaba a mi trasero y no llegaba más allá de mi pelvis, dejando al descubierto todo mi abdomen. El sujetador, era del mismo color blanco, pero como nueva en el mundo de la ropa interior no entendía porque tenía una pequeña franja extra de algodón en la parte de abajo, fue hasta que me mire al espejo y comprendí que me levanta y agrandaba mis –entonces– pequeños pechos; a diferencia de la braga, este llevaba los revuelos medio colegiales solo en el área del escote, que lejos de verse feo, se veía muy bien y me hacía sentir sexy. Llevaba medias blancas que llegaban hasta mis muslos, pero no llevaba puestos ninguna clase de zapatos, así me lo había pedido él, mi primer y único amor, él hombre que hizo que me gustara el sexo, odiara repetir y el que también me había comprado el conjunto y especificado como me lo tenía que poner.



Tenía catorce años recién cumplidos cuando lo conocí. Él, era un hombre de 27 años de edad. Lo conocí por mera casualidad un día, y desde ese momento me enamore de él, porque para mi sorpresa se acercó a mí y se interesó en mi persona, aun siendo una mocosa. Luis –es su nombre–, es un hombre muy guapo tanto de cerca como de lejos. Es de tez blanca, como las perlas, brilla aun cuando el sol no le da; sus ojos son verde esmeralda, un color fuerte, y tienen una forma masculina, nada de ojos de aceituna o muy achinados, y los rodeaba una oscuras pestañas que, a diferencia de los demás hombres que tiene casi el mismo atributo, no parecían de mujer, no eran onduladas ni largas, solo oscuras; sus labios eran mi perdición, delgados y suculentos; su nariz es uno de sus más grandes atractivos, es mediana pero recta y delgada, pegaba muy bien con su cara jodidamente masculina. Su cuerpo… ese era otra historia; para ese entonces, ya tenía unos hombros anchos y redondos, su abdomen no terminaba de marcarse pero ya se veían los esfuerzos de sus idas al gimnasio, sus piernas eran largas gracias a su 1.80 metros de altura, su cadera es angosta y tiene esa bella V antes de llegar a su mayor atributo. Por supuesto, algo que me encantaba era meter mis dedos dentro de esa suave melena de color azabache que tan bien cuidada tenia. Al menos así era él hace unos cuatro años. Es mi última imagen de mí amado y odiado, Luis. Lo nuestro termino cuando me di cuenta que él estaba casado y su esposa estaba embarazada. Yo no sabía nada, era una cría muy ingenua, que ni siquiera había besado cuando nos conocimos. Para ese entonces yo era la hija perfecta, obediente y muy educada. Le decía si a todo lo que me decía mi padre, y por supuesto también a lo que me decía Luis. Yo nunca leía noticias, como era de esperarse a mi edad, y me arrepiento de no haberlo hecho, porque si hubiera sido así… me hubiera ahorrado una y mil lágrimas. El cuatro de mayo de 2011, mi padre tenía una reunión de “negocios” en la casa de un senador, junto con otras veinte personas, todas representaban

a la casta más alta del país en la región. Mi padre me ordeno que lo acompañara, yo no le vi ningún problema y acepte advirtiéndole que no tenía con que ir vestida, por lo que el mismo escogió el vestido que tenía que usar en una tienda a la que extrañamente él me llevo. Me dijo claramente que esto era muy importante para él, pues, aunque el senador era muy joven, seria pieza fundamental para una cosa que planeaba hacer en el hospital, por lo que necesitaba que yo me comportara lo mejor que pudiera. Yo no tenía dudas que me debía comportar bien, ese día más que nunca. Me guardaba muchas cosas –como siempre–, y con Luis era más una relación de lo que él quisiera hacerme y quisiera permitirme decir, y él tampoco me decía mucho. De hecho, creo que él nunca me dijo nada, solo me decía lo preciosa que era y lo mucho que le encantaba que hiciera lo que a él le placiera. En pocas palabras era su marioneta. Por lo que no se enteró nunca que justo yo estaba yendo a su casa junto con mi padre, uno de los mejores médicos del país. Cuando llegamos a una enorme casa y pasamos hacia la gran sala donde la mayoría de los invitados estaba reunida, yo iba detrás de mi padre, casi como si sus piernas fueran la falda de la madre que no estaba conmigo, por lo que cuando mi padre se presentó con el anfitrión, no se dio cuenta de que yo estaba ahí. Yo escuche su voz y rápidamente lo identifique, pero todo paro para mí cuando escuche que presentaba a su esposa. En ese instante mi mundo se derrumbó quise llorar como una niña pequeña justo frente a toda esa gente. Fue la primera vez que sentí ese sentimiento de claustrofobia, esa agonía interminable. Para colmo, mi padre me saco de mi escondite detrás de él, y me presento con ellos. Eso, empeoro todo. La vi a ella, a su esposa. Estaba a punto de reventar ese vestido que llevaba, le calcule que tenía como unos ocho meses de embarazo, estaba enorme, pero aun así… me dolió, no importaba que su piel se había arruinado ligeramente en su mejillas, todo lo que importaba para mi es que Luis, mi amado Luis, no era mío en realidad, era de otra mujer y no solo eso, sino que ahora le iba a dar un hijo. Sentí como si un tren me hubiera atropellado y me estuviera arrastrando por toda la ciudad.

Para mi suerte, mi padre me codeo y yo sonreí como si no estuviera pasando nada. No recuerdo cual era la cara que tenía Luis, ni recuerdo que paso después, solo sé que estaba en modo automático mientras la velada pasaba y tenía esa sonrisa fingida que le había visto a mucha gente, incluso a mi padre. Cuando llegamos a la casa, rápidamente me encerré en mi recamara y cerré con llave. Ahí, una vez estuve sola, llore. Llore como nunca en mi vida lo había hecho, llore con pasión, con dolor, con rabia, con angustia. Solo llore hasta que no me quedaron más lágrimas. Ese momento me marco para siempre y quede decidida a no volverme engatusar por ningún puto hombre. Desde ese día no volví a hablar con él, y vaya que me costó, porque paso un año queriendo comunicarse conmigo, pero no lo permití. Él no volvería a engañarme y a tenerme a sus pies. No dejaría que viera lo humillada que me sentí al saber que no era mío. Ahí fue cuando comencé con la regla de no repetir. Miro toda la tienda antes por decidirme por un simple conjunto de color tanjarina, un color algo fuerte pero por el diseño de la lencería, se ve un poco romántica y sofisticada. Pago con la tarjeta de crédito de mi padre, dándole una razón más, para que luego tenga otra riña con él y se queje por el excesivo gasto que hago. Pero, qué más da si de todas formas él solo me habla para regañarme o algo por el estilo. Salgo de la tienda con la bolsas en mi mano y choco con una mujer rubia artificial, con largas uñas rojo puta y una cara que da miedo de lo fea que es, seguramente no se mira al espejo bien porque esta sobre maquillada. ˗ Perdón –musita limpiándose la horrible falda a cuadros, ajustada, que tiene puesta.

Yo recojo mi bolsa y comienzo a caminar al ascensor.

˗ Espera –grita la desconocida.

Me quedo parada, pero no porque me haya implicado una orden a la cual obedecería, sino por el simple hecho que tengo curiosidad, y a veces eso me gana la voluntad. La miro de pies a cabeza con una sonrisa sardónica y ladeando la cabeza, para darle una idea de mi actitud. ˗ Te interesaría trabajar –dice examinándome con cuidado–. Serias perfecta para lo que estoy buscando. Me quedo pensando por un instante. En realidad yo no necesito trabajo, a mí me mantiene mi padre, y la verdad es que si es de un trabajo estúpido… no lo quisiera saber, pero no puedo desechar algo que no sé de qué trata. Tengo que escuchar de qué diablos va, es parte de mi naturaleza ser curiosa, incluso si sé que me encontrare con algo que no me gustara del todo. ˗ ¿Qué es? –pregunto con altanería. ˗ Si quieres te invito a un café –señala una cafetería. Acepto con la cabeza y entramos a la cafetería. Me indica que pida lo que quiera y pido un frappuccino y un beigel. Ella pide un café negro. Nos sentamos en una mesa para dos y le indico con la cabeza que hable. Soy exigente y me gusta que la gente vaya al asunto. ˗ Ya sabía yo que serias un reto –dice sonriendo con sus dientes llenos de labial rojo–. Mira, voy a ir directo al grano… Mi socio y yo tenemos un lugar donde se llegan a divertir los hombre y andamos buscando a una mujer que sepa bailar, pero tiene que verse con clase, porque sería para un público selecto. No tendrías que acostarte con alguien, a menos que tú quisieras, claro. Y la paga es más que buena, a parte de las propinas que recogieras, solo tendrías que hacerme una demostración de que sabes cómo menear ese cuerpo tan bonito y listo –suelta con alegría.

Yo me rio frívolamente, ¿acaso me ha visto talle de puta o necesitada?

˗ ¿Esto es una broma? –le digo incrédula.

˗ Oh, no cariño. Mira sé que no pareces ser una mujer que hace esas cosas, comprendo tú incertidumbre, pero solo piénsalo. Creo que he visto algo en ti diferente a todas las demás personas. Se nota que tu personalidad llama la atención y no solo tú físico, es como si quisieras que los hombres te vean, que muy a diferencia de otras mujeres, no parece molestarte que todos te observen lascivamente. Es extraño de una manera buena, pero es por ello que quiero que tú trabajes con nosotros. Me encantaría ver, para variar, a una mujer que no haga esto porque lo necesita sino porque le gusta. Yo me quedo escuchando toda su perorata sin decir ni una palabra, pero tratando de comprender lo que acaba de decir. Para mí, nada de eso tiene sentido. ¿Quién se le acerca a una mujer para decirle eso? ˗ Piénsalo –me pasa una tarjeta, yo la tomo y la guardo en mis pantalones–. Llámame si te interesa. ¡Ah! pero solo tendrás hasta tres días para contestar, sino buscare a alguien más. Se va dejándome solo en la mesa. Saco la tarjeta y me fijo en ella, es negra y tiene el borde dorado, parece que alguien con mucha estilo la diseño. Las letras son plateadas y se lee: “Girl dreams, club nocturno para hombres. Haciendo tus fantasías realidad”. Tel: 5945-1354. Calle midelton, Ave trébol #56. Bufo, y la vuelvo a guardar. No creo que sea necesario recurrir a ese “trabajo”, pero quien sabe.





-2



Llego a mi casa un poco cansada, este día ha sido un sube y baja de una montaña rusa. Por un lado tenemos al delicioso señor Araujo y su debut y despedida, y por otro lado tenemos al recordatorio del pasado a través de una tonta visita a una tienda de lencería, y por supuesto, para poner la cereza en el pastel… la disque propuesta de trabajo para convertirme en una “fina puta”. Después de hablar con esa mujer de espantoso físico, me fui a comprar otras cosas, me sentía perturbada y quería tener algo para pasar el día, o al menos lo que resta de él. Por ello fui a una tienda de películas y rente una peli vieja. La dependienta que me atendió me dijo que era basado en un libro hecho por un tal Nicholas no sé qué. En una ocasión vi en la televisión un anuncio y me llamo la atención, pero justo el día que la dieron… no pude verla, porque, ¡Oh, sorpresa! Fue el día en que todo mi mundo se deshizo. A decir verdad no me acordaba porque fue hace cuatro años y es muy difícil acordarse de esas cosas, pero en esta ocasión me acorde por todo lo que reviví al entrar en esa tienda de ropa íntima. No sé por qué, pero luego de hablar con esa mujer extraña, quise comprarla, o al menos rentarla, quería volver a sentir algo real, sentir que hay más emociones que solo la lujuria, y no entiendo porque mi cerebro decidió que al ver algo que no vi por… ESO, sería bueno para mí. No sé si ya me volví un poco estúpida y sentimental, cosa que desde hace mucho no me he permitido ser, pero no es algo que quiero sobrepensar, solo dejare llevarme por esa emoción, y una vez este satisfecha al sentirme más humana y tener menos el presentimiento de que solo soy un objeto –hasta para mí–, volveré a ser quien he sido en estos últimos tres años. Quizás solo necesito liberar un poco de estrés.

También añadí más ropa a mi armario que ya está bastante cargado de prendas pero… qué más da, uno necesita ropa siempre, todos los días. Dejo las compras en mi cuarto y camino directo a la cocina. Quiero prepararme un poco de comida, porque aparte de lo que me compro la señora esa, no he comido absolutamente nada en el día. En el refrigerador hay una nota de mi padre, como siempre acostumbra a dejarlas cuando no llegara o le ha salido un viaje y no llegara hasta dentro de unos días. La nota dice: “Hija, me voy en un viaje de un día a una reunión de negocios con uno de los nuevos inversionistas de la clínica. No hagas ninguna bobada mientras yo no estoy. Mañana llegare como a eso de las cuatro de la tarde y quiero hallar la casa en una pieza”. Como siempre, él avisa a última hora, aunque al menos avisa. Supongo que piensa que voy a tener un tipo de ataque de pánico si no lo veo en la noche, aunque solo sea para regañarme. Creo que piensa que tendré miedo a que me deje igual que como nos dejó ella. En fin… Me preparo un emparedado de jamón y queso y saco una enorme botella de yogurt de fresa con banano. Camino a la sala y suelto todo en la mesa frente a la televisión. Después, me voy nuevamente a mi habitación y me quito la ropa, no la necesito. Me visto con una pijama celeste claro, de algodón un poco ralo. Me gusta mucho este pijama porque con ella me siento poderosa y cómoda. Es una camisa de tirantes ajustada en mi busto y un poco holgada en la parte del abdomen, y un pequeño short. Mis pechos y pezones resaltan a simple vista en la tela rala, y combina a la perfección con mi tono de piel. Juego un poco con mis pechos y luego me voy a la sala. Pongo la película de “Un paseo para recordar”, y le doy play al DVD. ***



La película termina, y yo… me siento peor que una basura. Mis ojos no dejan de lagrimear, mi pecho no deja de sentir esa presión que pocas veces me he permitido sentir. No quiero recordar nada de mi pasado, no quiero sentirme de esta manera cada vez que alguien o algo me recuerdan lo que pasó después de que Luis me rompiera el corazón. No quiero sentirme de esta forma. ¿Puede alguien detenerlo, controlarlo? No puedo creer como esta estúpida película en lugar de hacerme olvidar todo lo ocurrido, solo haya hecho que recuerda lo horrible que soy. Hace años me prometí no volver a dejar que mi mundo se callera y hoy, justamente hoy que todo había comenzado bien… está terminando de esta manera. Deben ser las hormonas. ¡Sí, eso ha de ser! ˗ ¡Contrólate, Cassandra! –me grito eufórica. Debo saber llevar esto, no es primera vez que me pasa, no es primera vez que algo me hace recordarlo, no es primera vez que tengo que hacer que mis pensamientos no vayan a ese lado oscuro, no debo dejarme dominar por la tristeza, por la melancolía y mucho menos no debo dejarme en el abismo del ayer. Respiro profundamente, pero el llanto no cesa, mis ojos no pretenden hacerme caso. Mi estómago solo se comprime y mi respiración se siente pesada. El timbre suena. Rápidamente me limpio las lágrimas. ¡Solo deja de pensar! Me limpio la cara rápidamente, no quiero que quien sea que este

tocando a mi puerta me vea de esta manera, eso solo sería humillante, y yo no soy de las que lloran, no puedo, no debo y no quiero. Enderezo mi espalda y con la mejor postura que puedo mostrar dando las circunstancias, abro la puerta. ˗ Holaaaa –dice mi vecino de enfrente, el hijo del señor Araujo. Él me mira de pies a cabeza, y me hace recordar que he abierto la puerta en la pijama transparente que tengo puesta. ¡Eso… justo eso! ¡Desahógate! –me grita mi mente de forma desesperada. ˗ ¿Te agarro en mal momento? –pregunta queriéndose hacer pasar como si fuera casual su visita y su comentario. Modelando mi mejor sonrisa pícara, le guiño un ojo. ˗ Claro que no, pasa por favor –lo invito a entrar apartándome de la entrada para que pueda pasar. Mike Araujo, a decir verdad no está nada mal. Es ligeramente más alto que su padre y tiene bastantes rasgos similares a él, nada más que versión más joven y menos canosa. Quizás no sea mi tipo en lo referente a la edad, pero en este momento lo único que quiero es dejar de pensar, dejar de sentir y solo dejarme llevar. ˗ Siéntate, por favor –le digo mordiéndome el labio y jugando un poco con el tirante de mi camisa. Él solo se queda viendo como lelo hipnotizado. ˗ ¿Ya te… te ibas a dormir? –cuestiona mirándome de pies a cabeza. ˗ Oh, no –respondo sin inquietarme, esperando que entienda mis insinuaciones y que se dé un poco de prisa. Me urge no tener tan lleno de ideas mi cerebro y la única forma que he hallado con el tiempo es el sexo. Necesito tener sexo–, solo estaba, ya sabes… ahí haciendo cualquier cosa.

Vuelvo a jugar con mi camiseta, pero esta vez un poco más abajo, casi rozando mis pechos. Me acerco a él, al comprender que quizás sea de familia y necesiten un empujón para que se despabilen. Quizás y solo quizás, está un poco desorientado por la situación porque nunca en mi vida le había hablado. ˗ ¿Y que deseas? –digo sentándome sobre sus piernas. Él se toca la cara, evidentemente nervioso. ˗ Solo venía a ver si deseabas ir a una fiesta conmigo en la casa de unos amigos y así poder disfrutar de que la escuela haya acabado –logra decir sin tartamudear, pero con algo de dificultad. ˗ Ya veo –le digo moviéndome un poco sobre sus piernas. Me acerca su cara y le doy un casto beso en los labios. ˗ Joder, me voy a quemar –dice Mike, levantándome rápidamente y al mismo tiempo poniéndose de pie sin soltarme de sus brazos. Antes de que yo si quiera pueda darme cuenta que está ocurriendo, él ya me tiene acostada en el sillón debajo de él. Un movimiento muy rápido por si me preguntan. Quizás y Mike me haga cambiar de opinión con respecto a los jóvenes, quizás esto es mucho mejor de lo que pensé que iba a hacer. Me besa en los labios con ferocidad y desenfreno. Yo le correspondo de la misma forma y comienzo a olvidar. Comienzo a olvidar hasta mi nombre. Sus manos viajan por todo mi cuerpo, tocando y sensibilizando mucho mi piel. Se levanta y me atrae junto a él. De un solo tiro, me quita la camisa y comienza a masajear mis senos con mucha pericia, aniquilando cualquier pensamiento lejos de sus manos

habilidosas. ˗ ¡Qué bien hueles! –menciona mientras pasa su nariz por mi cuello y luego lo muerde levemente. Si supiera que hoy me folle a su padre… creo que pensaría diferente, pero los hombres son unos series primarios cuya primera conducta al ver una mujer que les atrae es quererse acostar con ella. Con mis manos, le quito su camisa de botones, uno por uno, dándoles un poco más de tiempo a este acto sexual, porque seguro que si fuera por Mike… ya estaría dentro de mí. Le da un empujón con sus dedos al elástico de mi short y caen al suelo, a mis pies. Se aleja un poco y me ve con ojos de cazador. Una mirada que no es nueva en ningún sentido, todos la hacen cuando ven a una mujer con un cuerpo “perfecto” –en teoría, claro–. ˗ Esplendido agasaje –murmura pasándose un dedo por su labio inferior. Esa acción me hace abrir los ojos, se ven tan… jodidamente bien al hacerlo, que esta vez soy yo la que se lanza sobre él y me lo monto ahí mismo. Me subo sobre él como toda una escaladora, poniendo mis pies alrededor de sus caderas y mis brazos sobre sus hombros. Él me toma firmemente de mi trasero, apretándome más contra su cuerpo. Nos besamos con desesperación. Me tira al sillón y con movimientos rápidos se termina de quitar toda su ropa. ˗ Quieta –me ordena con un rugido muy varonil. Trago saliva al verlo moverse hasta su pantalón y sacar de su cartera un preservativo. No es que yo no tenga precaución cuando tengo sexo, de hecho tomo píldoras desde hace muchos años porque a los trece me detectaron ovarios

poliquísticos aunque solo los tuve por un año. Aun así, me gusta que sea aun pensante en un momento como este. Se tira encima de mí y pone mis manos arriba de mi cabeza, y abre mis piernas con sus rodillas. ˗ Creo que perdimos tiempo solo siendo vecinos –se burla. ˗ Creo que si –respondo sin saber muy bien que decir. Me lame el cuello con la punta de su lengua sin presionar mucho, lo que crea un espasmo delicioso en el centro de mi cuerpo y luego se expande por todo mí ser. Sus manos están en mis senos y presionan con acierto mi parte más sensible de ese pedazo de mi cuerpo. Me trato de mover, pero el rápidamente me vuelve a inmovilizar, dejando una de sus manos sobre las mías. ˗ Quieta, gatita –susurra en mi odio. Nunca me ha gustado que me llamen de ninguna forma, pero que me diga gatita… no se oye tan mal viniendo de su boca con sabor a caramelo dulce. Me besa, aspirando todo mi aire, dejándome con la respiración errática y con mi mente en las nubes. Con la otra mano, me toma de una pierna a la vez y las deja flexionadas para poderse posicionar tranquilamente sobre mí, y de una mete su pene en mi vagina; dejándome atontada por un momento, con una sensación… mejor que si estuviera fumando marihuana. *** Mi encuentro con Mike, dura un poco más del que me hubiera imagina, incluso más de lo que duro con su padre. Y si, el niño le gano a su padre, por mucho.

Los dos estamos tendidos en la alfombra de la sala de estar, jadeando y totalmente desnudos, con la ropa tirada por doquier. ˗ Eso fue impresionante –alago con sinceridad. ¡Vaya que si lo fue! Decir que fue impresionante es quedarse corto, muy, pero muy corto. El niño parece un toro, en todo el sentido en el que la metáfora se puede usar, porque por mucho que a mí no me gusta que me dominen, en esta ocasión ha sido, como dirían por ahí, LA-LECHE. Él era salvaje, preciso, y sé que me hizo tener mis cuantos orgasmos, perdí la cuenta. Me siento en el piso y lo miro apenada. ˗ Lo siento –le digo tímidamente. Aquí viene la parte difícil, tener que echarlo antes de que quiera ponerse de alguna forma sentimental o quien sabe que podría pasar por su cabeza, pero antes que cualquier cosa se ponga… extraña, mejor despacharlo–. Mi padre ya no tarda en venir, y no sé qué hará si te halla aquí. Él me sonríe cálidamente. ˗ No te preocupes, gatita. Lo entiendo, y créeme tampoco quiero que te pelees con tu padre por mi culpa. Pero, ya sabes, cualquier cosa, mi cuarto está cruzando la calle –me guiña un ojo. Luego se levanta y se viste. Me fijo en su espalda mientras se pone el pantalón, y le veo un tatuaje de una calavera en medio de los omoplatos, es un poco pequeña y macabra, pero eso solo habla de su personalidad. ˗ Cuando quieras –dice una vez esta vestido, antes de salir de la casa. Yo solo le sonrió y evito decirle que eso nunca pasara. Me visto nuevamente, pero luego, prefiero irme a dar una ducha. No quiero quedarme con ningún olor de ningún hombre.



Como el baño de mi padre es el único que tiene bañera me voy directamente al de él y lleno la tina, poniéndole un poco de las sales aromáticas que he comprado para mí, para cuando él no está en casa y puedo usarla. Al menos mi día terminara así como comenzó… de buena forma. *** Maldita sea. ¿¡A quién se le ocurre hace una reunión de “alta sociedad” en un día lunes!? Me pongo el vestido color marfil, de corte sencillo que me llega hasta las rodillas, y que me hace ver como una perdedora bien “educada”. Pero, aceptémoslo, lo único que yo tengo de educada, es pues… diría que nada, o bueno si, porque no como como cerdo, ni nada de eso, pero no soy una hija obediente y abnegada que se supone que debería ser. Solo me estoy vistiendo de esta manera porque se supone que iré con mi padre a esa reunión de estúpidos hipócritas aristocráticos, que, para colmo son unos grandes soberbios sin sentidos. ¿Quién les ha dicho que solo porque alguien tenga dinero es mejor que los demás? De cualquier forma, hoy, toca fingir para poder seguir viviendo a costa de mi padre, porque el día en que yo me deje de comportar como una santa frente a sus amistades… ¡Dios me socorra! Una cosa que he aprendido con los años sobre mi padre, es que él se fija mucho en lo que los otros piensen de él, y tomando en cuenta que él es psiquiatra y tener una hija descarrilada no le serviría de nada para su carrera, es muy fácil ver porque me presiona con ello. Además, de las típicas reprimendas que siempre me hace, desde que vino, a estado preguntando como unas mil veces al día sobre la inscripciones a las universidades: que si ya elegí carrera, que si se dónde estudiar, si ya sé que materias coger, de cuantos años será, etc. No ha dejado de acribillarme con preguntas, una tras otra. Yo solo le he

contestado con respuestas ambiguas, como por ejemplo; con lo de la carrera le he dicho que no estoy segura si escoger entre economía o escoger idiomas. Obviamente no deseo seguir estudiando, no le veo caso seguir en algo que no me gusta ni me llena en ninguna forma. Debe de haber otra forma de ganar dinero que no solo sea estudiando y sacando un cartón acreditado por una universidad. Por eso, es que estado viendo la posibilidad de convertirme en modelo, de cualquier cosa, incluso podría aceptar convertirme en modelo de lencería, me daría igual; pero, por mi estatura sería difícil de conseguir, demasiado. ˗ ¿Ya estas lista? –pregunta mi padre tocando dos veces la puerta de mi cuarto. Me calzo rápidamente los zapatos planos que siempre uso para estas cosas, porque mis tacones se ven muy atrevidos para este vestido, y salgo a la sala. Encuentro a mi padre sentado en el sofá, frente a la televisión, que está apagada pero él la mira fijamente. Como siempre, él anda con un traje negro y una camisa blanca debajo, y una corbata gris. Mi padre y yo no nos parecemos tanto. Él es rubio como yo, pero es de cabello liso, su piel es igual de blanca que la mía, es alto y delgado, pero hasta ahí acaban las similitudes. Se supone que en lo demás… me parezco a ella, al menos eso comenta la abuela de vez en cuando, sobre todo cuando ya lleva dos sangrías encima. ˗ Vámonos –dice cuando me ve parada viéndolo. Salimos de la casa y subimos a su auto. En el trayecto ninguno de los dos dice nada. Siempre es lo mismo, todo el tiempo el parece taciturno, perdido dentro de su mente. Es increíble como el siendo un psiquiatra no se dé cuenta la manera en que se comporta, y lo peor es que solo lo hace cuando está conmigo, porque cuando esta con las demás personas –que lo he visto muy pocas

veces porque lo normal es que cuando este cerca se comporte de la misma manera que ahora–, él se ve diferente, sonríe, se ríe y hasta bromea con las personas. Cada vez que eso ha pasado me he fijado que al volver a estar yo con él, cambia radicalmente. Lo he analizado, y he llegado a una conclusión; y es que, supongo que yo le recuerdo su único fracaso, y no me refiero a mi propiamente, si no a mi disque madre. La historia del porque yo no tengo una madre es un poco oscura. Nunca me he enterado bien que pasó como para que ella se haya ido. Cuando era pequeña y ella se fue, mi padre no me decía mucho, solo que ella no estaría más con nosotros y que no podría verla; pero la verdad es que no se mucho más. La abuela solo habla de ella con incoherencias, casi no dice nada. Además a la abuela le podría sacar información en una de sus borracheras pero, tengo la desventaja de que vive lejos, bastante. Y la otra cuestión es que ella casi nunca se pone tan borracha como para que se le vaya la lengua, es más, llegados a las tres sangrías, ella deja de tomar. Intente un tiempo que tomara más que eso, pero fue casi imposible, pero supongo que si viviera cerca lo podría hacer. Miro periféricamente la cara de mi padre. Tiene el ceño un poco fruncido y los labios apretados. Antes de deprimirme aparto la vista de él y miro mejor la ventana. A los diez minutos estamos frente al hotel California, que es donde será la fiesta, reunión, o lo que sea. Se supone que es uno de los eventos más esperado y siempre se celebra en la misma fecha. En años anteriores hemos venido, y créanme que no es nada divertido, es una basura total. Entramos en el salón enorme que tiene el hotel para este tipo de cosas. Está decorado con tonos oscuros, sobre todo con azul noche y negro; casi ni se nota la diferencia entre uno y otro. Al menos si se ve bien el lugar. Hago una revisión rápida de las personas, viendo si hay algo con lo que me pueda divertir, pero rápido descarto esa idea porque hoy no puedo si quiera dejar que se me caiga un cubierto. Debo de comportarme así como

lo hacía antes de que cumpliera los catorce, antes de Luis quiero decir. Vaya que si me jodí después de todo lo que pasó, aunque si tiene sus ventajas ser quien soy ahora. Tengo la habilidad de no dejar que las cosas que dicen y hacen los demás me afecten, aprendí que mi opinión es la única importante. Me mantengo al margen de cualquier plática, toda la noche, solo me limito a sonreír cuando todos lo hacen o a parecer interesada en lo que dicen, pero ya estoy en piloto automático, pensando en cómo hubiera sido todo si mi madre no se hubiera ido. ¿Hubiera tenido más comunión con mi padre? ¿Sería diferente? ¿Si quiera hubiera conocido a Luis, o al tener una madre a la que contarle todo me hubiera dicho la verdad o al menos me hubiera aconsejado? Lo más sensato es darse por vencida con esta línea de pensamiento, porque él hubiera no existe. No voy a poder adivinar qué hubiera pasado, por lo que decido no mortificarme y me concentro en pensar que hare con mi vida, porque a pesar de que no quiera estudiar eso no deja de preocuparme. Es cierto, me convendría casarme con un hombre rico y ya saben lo demás de, ser una esposa trofeo y eso, pero cómo hacer que eso pase. Vuelvo a mirar la sala para ver si hay un posible prospecto, pero se me hace bastante difícil ver mucho más allá del señor que tengo enfrente, es muy alto y no me deja ver nada. De todas formas puede que sea lo mejor, no vaya a ser la mala suerte y me encuentre con Luis, porque es probable que él ande aquí, por lo que doy gracias que el salón sea lo suficiente grande como para no alcanzar a ver a todas las personas. La noche termina y regreso al carro con mi padre, y pasa lo mismo. ¿No se aburrirá de su vida? Digo, no tendrá algo más que solo su trabajo, ¿una amante al menos? Yo no me enojaría de ser así, hasta me pondría feliz porque de esa manera vería que si es un humano y no solo una máquina que trabaja. Cuando estamos en casa, me voy directo a mi habitación. Estoy casada.

Es muy absorbente este tipo de reuniones, aun cuando uno no hace nada siempre termina agotado. El timbre de la casa comienza a sonar muchas veces seguidas, parece como si alguien hubiera dejado el dedo sobre el botón. ¿Pero quién diablos podría venir a las doce de la noche de un lunes? Al seguir escuchando como llaman a la puerta, me levanto. Seguro que don aburrido ya se fue a dormir y no ha escuchado el timbre. Muevo mi trasero hasta la puerta, pero mi padre ya se me ha adelantado y le ha abierto la puerta a la señora Araujo. ¿Qué querrá esta vieja cacatúa? Parece muy alterada, está gritando cosas incoherentes. ˗ Ella –dice la señora Araujo, apuntándome con su dedo índice y quitando a mi padre de en medio para poder pasar a la casa. Yo frunzo el ceño sin comprender que hace aquí, pero rápidamente la mujer avanza hacia donde yo estoy. Con un brinco más animal que humano, se lanza sobre mí, derribándome en el piso y comienza a tratar de golpearme, pero yo trato de que sus golpes y arañazos no me den y termino pegándole en más de una ocasión también. ˗ ¿Qué pasa aquí? –grita mi papá, después de un rato en el que supongo que se quedó en shock. Yo también me hubiera quedado así si no fuera porque peligra mi cara. Con una movida un poco extraña, la señora Araujo, me toma de las manos con una de las suyas y me trata de ahorcar con la otra. ˗ Ella… –me señala mi vecina– se acostó con mi marido y para colmo también con mi hijo y no solo le basto con romper mi hermosa familia, ¡no!, sino que también provoco una pelea entre mi esposo y Mike, mi pobre Mike. Maldita niña –tiembla de pies a cabeza y veo en sus ojos como se comienzan a llenar de lágrimas de furia contenida.

Yo comienzo a toser porque me está realmente ahorcando.

Mi padre llega y la jala de la cintura soltándola de mi garganta. Comienzo a toser más mientras trato de respirar un poco.

Me levanto un poco mal, y mi padre sigue sosteniendo a una furiosa señora Araujo, que trata a toda costa de zafarse de sus manos, pero él la tiene aprisionada contra sí. Debe de estar acostumbrado ya que trabaja como loquero y la gente cuando no es cuerda acostumbra a ponerse así. ˗ ¿Cómo lo supo? –logro articular una vez me recupero. Mis ojos se van directamente a mi padre, él me mira con una cara… de miedo, de asco, de horror. ¡Qué más da estarlo ocultando! Él ya lo escucho y no creo que se quede quieto sin hacer nada después de haber oído a la vecina. La señora Araujo, comienza a llorar a mares, retorciéndose con dolor sobre los brazos de mi padre. Casi me da lástima, pero sería mentir. Esa mujer casi me acaba de matar y no merece ninguna consideración. Mi padre la suelta, y ella cae al suelo, sollozando como loca. ˗ ¿Qué has hecho? –me pregunta mi padre horrorizado, acercándoseme consternado. Sus ojos azules me ven con asco primero, pero luego se convierte en dolor, uno agudo. Rápidamente me siento mal y por primera vez en mucho tiempo… siento que he hecho algo mal. Trago con dificultad. No necesito que alguien me mire así, no quiero que alguien lo haga. Comienzo a reír, no sé si como acto reflejo, o como una forma de sentirme mejor. En un santiamén dejo de sentirme triste y comienzo a sentirme gozosa. Al final, quien la manda a esta mujer a dejarse engañar por su marido, y

hacer un hijo tan caliente. Yo no hice nada malo, no me voy a sentir mal por ello. Ambos me ven asombrados por mi actitud, pero yo solo los puede ver como si fueran tontos. Niego con la cabeza frente a esa actitud ingenua. ¡Hay que ver que las personas a veces son muy estúpidas! ˗ ¿De verdad quiere saber cómo lo hice? –pregunto con sorna–. Bien, que así sea. Fácil, me acosté primero con su esposo –la señalo–, y luego el mismo día pero en la noche, con Mike, me pregunto si algún día querrán hacer un trio –vuelvo a reír. A decir verdad, ahora que lo digo, si se me antoja hacer alguna vez algo así, pero no, eso no entra dentro de mis planes. Aun para mí, eso sería demasiado. ˗ Maldita hija de puta –dice la señora Araujo. Con un movimiento violento se levanta y otra vez se acerca a mí con la intensión de pegarme, pero en esta ocasión yo, previendo lo que va a hacer, prefiero ser yo la golpeadora, por lo que sin darle aviso de mis movimiento, me planto firmemente y la golpeo a puño cerrado en la quijada. ˗ ¡Hay de usted si se atreve a tocarme! –le grito furiosa mientras ella se retuerce del dolor. ˗ ¡Cassandra! –grita sorprendido mi padre, aunque bien podría pasar por enojado. Lo miro, mientras la señora Araujo sale corriendo. Su cometido, termino aquí y ahora que ve que ya me jodió todo y que no se va a poder desquitar de mí usando la violencia… huye. Una vez estamos solos, él me ve nuevamente. Su mirada está llena de odio.



˗ Ve a arreglar tus cosas, hoy mismo te vas de MI casa –dice con una voz tan tranquila y desquiciante, todo a la vez–. Y da gracias que al menos te deje llevar algo. Me quedo parada ahí, en medio de la sala sin saber qué hacer, él me ve una vez más con el ceño fruncido y los labios apretados y luego se va a su cuarto. ˗ Te quiero hoy fuera de mi casa –grita desde su cuarto. Tanto comportarme hoy… y para nada. Corro a mi habitación y saco rápidamente la maleta más grande que tengo y comienzo a meter todas mis cosas, de forma desordenada y errática. Termino de llenar la primera maleta y sigo así hasta tener tres maletas llenas. He metido la mayoría de mi ropa y zapatos, mi ropa interior; mi maquillaje va todo en mi neceser, mis perfumes y demás cosas, mi laptop. Y he logrado encontrar que tengo alrededor de $1000 dólares en efectivo. Por suerte para mí, ayer había sacado esa cantidad porque quería comprar una cosa a una mujer que solo vende en efectivo, pero al final decidí no comprar nada porque no fuera que solo fuera una estafa. Salgo de la habitación como puedo con una maleta en una mano y las otras dos en la otra. Con mi cartera sobre el hombro y mi neceser atado a la maleta grande. Cuando voy a salir la voz de mi padre me detiene. ˗ Cassandra, devuélveme las tarjetas de débito –dice aun molesto. Me volteo enojada dejando las maletas y saco de mi cartera todas las tarjetas y se las aviento a la cara. Tomo nuevamente mis maletas y salgo de ahí. Como puedo logro meter todo en mi auto y me subo en él. Antes de arrancar, veo como el señor Araujo sale de su casa y me mira,

me hace señas con las manos, pero no tiene sentido pararse a hablar con él. No quiero enojar más a mi padre y luego solo termine yéndome con lo que traje. No sé qué hacer ahora, cuando estaba arreglando mis cosas solo sentía enojo y eso me impulso a no pensar mucho, pero la verdad es que no tengo a donde ir. No puedo ir donde mi abuela, y es una lástima que es el único familiar que tengo, porque mi padre es hijo único y de la familia de mi madre no tengo a nadie con quien hablar, ni siquiera sé si existen. Decido que lo mejor será pasar la noche en un hotel, pero por más que yo quiera ir a un hotel de mínimo 3 estrellas, no puedo darme ese lujo. Tengo que reducir mis gastos hasta poder encontrar un trabajo y aun si lo encontrara dentro de unos días bien podrían tardar en pagarme al menos una quincena. ¡Como detesto esto! Manejo una media hora, aún no he encontrado el hotel indicado y de todas formas no me hubiera quedado cerca de la casa de mi padre. Un rotulo me llama la atención. “Posada los Alpes 5km Abierto 24/7” Suspiro profundamente conteniendo mis ganas de llorar. Quizás esto es lo único que pueda permitirme pagar, una POSADA. Conduzco hasta el pequeño estacionamiento de la posada. Solo hay dos autos más y el estacionamiento es para cuatro. La posada es en realidad una casa un poco grande, de dos plantas y con una enorme fachada. Apago el auto y miro fijamente la entrada del lugar. La luz esta prendida y el cartel que cuelga en la puerta de vidrio, anuncia que está abierto. Miro mis maletas, pero lo mejor será no bajarlas aun, no sé qué puedo encontrarme adentro, y tampoco es que tenga muchas ganas de bajar todo.

Tomo mi bolso y bajo del carro.

¡Vamos, que no me puede salir todo mal!

Mi ánimo cae, pero esto es solo es una fase más, y es probable que haya sido necesario abandonar mi casa para cumplir mis grandes sueños. Aunque eso de grandes es decir mucho, porque no tengo ni uno. Abro la puerta del local, y frente a mi aparece una estancia pequeña, pero extrañamente se ve bien. Es una pequeña sala, por llamarlo de alguna forma, hay dos sillones grandes y como aun metro se ve el mostrador. Camino con dignidad hasta el mostrador. Hay un chico detrás de él, aunque solo le veo la espalda es indiscutible que es un chico, primero por su espalda y sus formas lo delatan que es un hombre, pero por su vestuario denota que no ha de tener ni mi edad, probablemente. Carraspeo mi garganta para llamar su atención. Él voltea. Como bien dije, es un chico, y en efecto es algo menor que yo, al menos en un año. Es rubio ojos color miel, de tez blanca y hasta algo pálida. Aun le salen unas cuantas espinillas, no muchas sin embargo. Su cuerpo grita que le hace falta crecer. Me sonríe ampliamente. Estoy segura que es lo mejor que le ha pasado esta noche, porque no creo que sea difícil observar que las noches en esta posada no son agitadas. ˗ Hola –saludo al ver que él solo sonríe como tonto–. Quisiera una habitación –le pido sacudiendo mis pestañas y relamiendo mis labios. No es que me guste. Faltaría más que me gustaran los niños menores que yo cuando ni siquiera me gustan los de mi edad, pero esto es diversión para mí. ˗ Claro –dice guiñándome un ojo, tratando de ser “coqueto”, pero le

hace falta mucho que aprender si de verdad lo quiere ser. Me da una llave–. Son veinte por día. Saco mi cartera y le paso un billete de cien. ˗ La quiero por 5 noches –le sonrió. Él hace una anotación en un cuaderno que saca del mostrador. ˗ Es en la segunda planta –me informa aturdido. Sonrió y asiento. Camino moviendo de más mis caderas, porque sé que me está viendo. Además, ¡un poquito de calor a nadie le cae mal! Llego a la habitación y me acuesto en la cama. Estoy más que cansada. El cuarto es pequeño y solo tiene lo básico, una cama tamaño mediano, un mueble con estantes, un pequeño “Closet”, que solo es un tubo con ganchos colgando de él, y una mesita con un reloj sobre ella. También está la puerta del baño, y desde aquí puedo ver que solo ha de ser la regadera, el lavamanos y el inodoro. Me quito el vestido que use para ir a esa fiesta, y me quedo solo en ropa interior. Solo espero que aquí no haya ácaros ni piojos, u otros bichos. *** Me levanto con un sudor frio recorriendo mi cuerpo. Mis palpitaciones están por las nubes, pero no recuerdo que soñé. Debe haber sido algo malo como para que me despertara así. Veo el reloj que está en la mesita de noche, marca las 2:00 P.m. ¡No puedo creer que haya dormido tanto! Cojo mi vestido y me visto rápidamente, debo bajar las cosas de mi auto para poderme bañar y cambiarme.



Salgo del cuarto y voy directo a mi carro y saco todas las maletas que tengo, por suerte tengo buen equilibro con ellas, porque aquí no hay nadie que me ayude. El chico que ayer estaba en el mostrador ya no está, ahora en su lugar esta una mujer como de unos cuarenta y tantos, un poco robusta y enojada que solo me dijo que si quería servicio a la habitación lo pidiera un día antes. Además, me informo de que ahí solo era posada y no tenían ni comedor ni nada, por lo que tenía que comer fuera. Creo que $20 dólares no es tan barato después de todo. Tengo que buscar trabajo a como dé lugar, necesito más dinero que el que tengo. Me acuerdo de la tarjeta que me dio aquella mujer. La saco de mi bolso y veo la dirección. Para mi buena suerte, no queda muy lejos de aquí, esta como a unas cinco cuadras, por lo que puedo prescindir de mi auto, porque para comenzar es lo único que tengo además del poco dinero que traje y por cualquier cosa, servirá como mi seguro contra el desempleo. ¡Dios no lo quiera! Solo espero que no haya conseguido a nadie más para el trabajo porque necesito ese empleo y ya no me interesa si para ello tengo que bailar medio desnuda. Los tres días que me dijo ella acabaron, pero con un poquito de suerte podre tener trabajo hoy mismo. Me baño rápido y me pongo una corta minifalda de jeans color amarillo y una blusa blanca de tirantes. Me calzo una sandalias de plataforma alta, al menos eso me dará unos diez centímetro más de altura y podrán ver mi facilidad para manejar los tacones. Salgo de la posada y camino hasta el local. Digamos que algunas cosas me han favorecido, por ejemplo que este lugar este cerca de donde me estoy quedando y que conozca más o menos

las calles de aquí. Hace unos meses una “amiga” mía y yo vinimos a recorrer estas calle en busca de su novio, casi todos los días pasábamos por aquí; lo hicimos porque tenía sospecha que la engañaba, y así era, lo único que era con una chica que vivía en otro lugar y nunca los logro agarrar como ella quería. El local no tiene más que una pequeña placa dorada que cuelga al lado del timbre en donde se lee el nombre, “Girl dreams”. Toco dos veces y una voz sale del parlante pequeño que hay sobre la cámara. ˗ ¿A quién busca, señorita? –dicen con una voz grave. ˗ Vengo por un trabajo que me ofreció una mujer. No sé su nombre – confieso–, pero me dio esto –le enseño a la cámara la tarjeta. La puerta de la entrada se abre. ˗ Pase. Entro rápidamente y antes de que yo camine para cualquier sitio, un hombre grande vestido todo de negro sale a mi encuentro. ˗ Sígame –dice. Asiento y camino rápido para tratar de seguir sus pasos. Pasamos por un gran jardín antes de entrar a una casa enorme de una sola planta, pero en lugar de entrar por las grandes puertas de la entrada, me mete por una entrada diferente en la que hay un gran pasillo con algunas puertas del lado derecho, todas cerradas. Yo solo miro y trato de gravar en mi mente todo lo que estoy observando. Llegamos al tope del pasillo, en donde hay otro pasillo al lado derecho y dos puertas de madera al final del mismo. Paramos frente a las dos puertas.

˗ Espere aquí –dice el hombre.

Yo me quedo quieta mientras el toca dos veces a la puerta y entra antes de escuchar nada. No logro oír nada de lo que están hablando, aunque puedo suponer que probablemente es la oficina de la mujer con quien hable el otro día en el centro comercial. Espero por unos dos minutos y luego el hombre fornido y alto, vestido de negro, sale. ˗ Entre, la espera –me informa en tono neutro, mientras se pega a la pared y cruza los brazos. Le sonrió, y luego entro a la oficina. El lugar es mucho más grande que en la habitación donde ahora duermo, podrían entrar tres habitaciones de ese hotel en esta oficina. Las paredes son de madera, y el piso esta alfombrado con una alfombra de color negro. Hay una estantería con libros y otros objetos, como pelotas de béisbol. También hay una pequeña “sala”, conformada por un sillón grande y uno pequeño. Al lado de ella, está un mini bar. Frente a la puerta está el escritorio, uno grande, y como no, de madera oscura. Sobre el escritorio esta una computadora y unas cuantas cosas como una extraña balanza. Frente al escritorio hay dos sillas y detrás de él, hay otra más, una grande de cuero negro. La persona que está sentada ahí, está dándome la espalda, supongo que para darle suspenso a la situación, pero más lo hace ver como un mafioso, o mafiosa, lo que sea. ˗ Siéntate –dice una voz masculina. ¿Es un hombre? Eso es evidente. Pero su voz me suena conocida, demasiado. Mi estómago da vueltas, y un sudor espeso comienza a brotar de toda mi piel. Mi corazón se estruja. No, no, no, no, no. ¡Esto no puede estarme pasado a mí!



Se da vuelta, confirmando mi pensamiento.

˗ ¿Cassandra? –pregunta viéndose tan asombrado como se es de esperar. ¿Y pensar que mi día iba bien? ¡Vaya mierda de suerte!



-3

El reflector esta sobre mí, enfocándome. Ya comienzo a acostumbrarme a esa rutina.

Contoneo mis caderas, y luego me agacho lentamente para luego levantarme tocando cada parte de mi cuerpo. Camino hasta el centro del escenario. No veo a ningún hombre, es parte de tener un foco alumbrándote solo a ti y que los demás estén en la penumbra. Escucho sus respiraciones, y los tintineos de las copas de licor, pero no veo sus caras, ni sus cuerpos. Comienzo a bailar otra vez, sintiéndome libre y deseada. Agito mi trasero, muevo mis piernas y toco levemente mis pechos, todo, sin parecer una vulgar cualquiera. No tengo permitido quitarme la ropa, solo que andemos algo más que la lencería, está permitido, o bueno ese es mi caso, las demás chicas se pueden quitar la parte de arriba de lo que sea que anden puesto. Dejo que la música sensual llene mi cerebro y mi cuerpo, y sigo moviéndome lentamente, pero con movimientos que hacen que estos hombres –quienes quiera que sean–, suspiren continuamente o se les pare el corazón. Me gusta. Es una sensación inigualable, es embriagante. Mis manos pasan tocando todo mi cuerpo, y juego con los tirantes de la parte de arriba de mi traje y también con el borde. Desciendo hasta el suelo, posicionándome en cuatro. Gateo hasta el borde del escenario, moviéndome como un verdadero animal, presa de mis deseos. Mi cadera va hacia la izquierda cuando mi torso está en el lado derecho. Me muerdo el labio. Logro ver la silueta de un hombre. Hasta donde la luz me permite ver,

es un hombre relativamente joven, de unos treinta años de edad, bien vestido. No logro distinguir mayores rasgos; su pelo es corto, aunque no se bien de qué color, tampoco distingo sus ojos, solo veo su barba que cubre su hermosa y definida cara. Podría decir que es mi tipo, aunque dicen que las personas en la oscuridad tienden a verse mucho mejor. Tomo su corbata y sin arrugarla juego con ella un rato, luego la suelto y me hago un medio Split al hacer que mi pelvis casi toque el escenario. Le toco el torso y la pierna, tratando de darle la mejor mirada ardiente que se me puede ocurrir. Me voy levantando con las rodillas y quito mis manos de su cuerpo. Una de las reglas –inamovibles para todas las chicas–, es que tenemos que interactuar con los clientes, no importa si son gordos, feos, calvos, o como sean, tenemos la obligación de hacerlos sentir que actuamos para ellos y que son nuestro más profundo deseo. Los bailes de Girl Dreams, no involucran meter dinero en las bragas de las bailarinas, y tampoco implican que ellas se desvistan del todo. Como ya dije la mayoría se puede quitar la parte de arriba de su traje –mejor dicho, todas excepto yo–. Tampoco hay un tubo del cual colgarse. Como bien me dijo Claudia –la mujer con quien hable en el centro comercial–, este lugar está diseñado para empresarios, políticos, en general hombres de mucho dinero a los que no les gusta ver las cosas usuales. En realidad mi baile es uno de los más normales, porque no tengo que hacer más que un baile, no ocupo utilería y mi ropa es normal. También hay bailes privados en donde las chicas pueden hacer casi lo que quieran, incluso quitarse toda su ropa, claro que tienen límites, como por ejemplo que no pueden tener sexo ahí con los clientes, a lo sumo bailar sobre ellos para excitarlos, pero no más que eso. Eso es algo que tampoco puedo hacer, no tengo permitido hacer privados. Lo que implica que no tengo propina. El lugar es verdaderamente exclusivo. Pocos saben de su existencia y los que saben son hombres adinerados, pero no entra aquí cualquier tonto con una billetera abultada, eso evita que nosotras podamos tener un altercado con un individuo “irrespetuoso”, como les dice Claudia. Se

necesita una invitación para poder venir, y si la persona se quiere hacer miembro del club, se analiza su comportamiento y muchas otras cosas. Si son miembros, la entrada y la bebida son gratis, claro, se paga todo un año para serlo y se va renovando la membresía cada año. Por supuesto que los bailes privados no entran dentro de las cosas “gratuitas”, esas se pagan por aparte, y un porcentaje es para la chica o bailarina, y el otro para el club. El porcentaje que se queda el club es algo mínimo, de todas formas. Con lo que se ganan más, según Claudia, son con los eventos que se hacen, porque aunque el club permanece abierto seis días de la semana – todos, menos lunes–, si hay fiesta, se cierra para los invitados de quien organice el evento y no pudiendo entrar más que los que estén en la lista. Aunque, me comento de que si un hombre pide un baile privado –con antelación, por supuesto–, se le reserva para ese día independientemente que haya un evento. Salgo del escenario y me dirijo a los camerinos. En realidad solo es un camerino, todas usamos el mismo. Somos un total de 8 chicas, en las que hay de todos colores y formas. Por ejemplo, esta una chica que se llama Lucia que tiene un bello cabello rojizo y ojos verdes, también hay chicas que parecen asiáticas, aunque no lo son, tal vez solo su descendencia. El caso es que para ser nada más 8, es muy variada las razas. Todas las chicas, excepto yo, están aquí porque necesitan el dinero y no hallaron empleo en otra parte, y como tienen que cuidar de sus familias no tuvieron más opción que la de aceptar este trabajo. Claro, yo también busque este empleo porque me hace falta dinero, pero ni siquiera busque otro lugar donde ir, me fui por lo seguro, por decirlo de alguna forma. Algunas de la chicas me dan lastima, por ejemplo Carla; ella es huérfana desde los 16 y tiene un hermano pequeño, así que para que no se los llevaran a hogares diferentes o peor, a un orfanatorio, ella comenzó a trabajar en cualquier cosa –excepto venderse a sí misma, según lo que me dijo–, hasta que ya ni siquiera le alcanzaba para la comida y tuvo que recurrir a otra clase de empleo; para ese entonces tenía ya 18 años y entro a trabajar aquí, ya lleva dos años de eso.

Las chicas en los primeros días me comentaron algo bien curioso: en el contrato que las hicieron firmar –y es que cuando yo entre me dieron tres días antes de firmar cualquier cosa, en cambio a ellas las hicieron firmar en el momento; y por ello tengo la firme convicción de que mi contrato no es el mismo que ellas–, había una clausula sobre las fiestas “privadas”, en donde se hacía algo así como una subasta de alguna de las chicas, y quien ofertaba más era quien se la llevaba por una hora. Pero al igual que los privados, ese dinero se destina para ellas y se firma algo así como aparte del contrato. Si la firmaron, pueden entrar en la subasta, de lo contrario, no pueden. En mi caso no puedo porque no estaba en mi contrato. A pesar de que ya llevo dos semanas aquí, no me adapto a algunas cosas. ¡Vah!, a muchas de hecho. Mi ropa, es diferente a la de los demás; toda mi lencería o trajes, es de color blanco, casi virginal y me han hecho alisarme el pelo. Parezco más joven de lo que soy. Ah, y no me dejan usar tacones en el escenario, solo unas medias blancas que llegan a medio muslo. Esa imagen de niña virginal que me han puesto no me gusta, pero peor hubiera sido si no me hubieran dado el empleo. Gano más del mínimo, y ya con eso es suficiente para mí, al menos para vivir como cualquier otra persona, porque ya no podré darme tantos lujos, como lo hacía antes. En realidad, cuando vine hace dos semanas, casi tuve que rogarle para que me dejara trabajar, y al llegar a la posada tuve que casi llorar de rabia y vomitar al mismo tiempo. Ni yo me creía lo que acababa de pasar, pero algo me había impulsado a rogarle para que me dejare quedarme. Le tuve que contar lo que había pasado con mi padre, o sea que me había echado, no le conté todo con lujo de detalles, solo lo esencial, pero fue hasta que casi me hinque que él me dio el trabajo. Al día siguiente, comenzó mi trabajo en “Girl Dreams”. El horario laboral es de seis de la tarde a tres de la madrugada, y como ya dije va de martes a domingo. Todo el tiempo debo andar con la lencería bien puesta y el cabello arreglado y maquillada. A pesar de que yo no seré la única chica, me gusta pensar que soy de las

más deseadas. Para comenzar soy la más joven, la mayoría ya tiene 20 o casi 30. Solo estamos dos chicas que somos rubias, pero a ella si le dejan andar el cabello rizado, aunque ilógicamente, el de ella si es liso. Soy también la más pequeña en estatura, las otras parecen modelos, pero eso también me deja como la más delgada, aunque mis caderas casi son iguales a las de ellas, esa es una “desventaja” de tener el cuerpo un poco “aperado”. Yo no sé si solo son ideas mías, pero creo fervientemente que cuando salgo todo se paraliza, hasta el cantinero deja de servir, o por lo menos no lo escucho moviendo cosas. En el camerino, me encuentro con Carla, que se está poniendo su traje de dominatriz, hecho todo de cuero y lleva una botas enormes del mismo material, ella hasta mascara puede usar. Todas tienen aquí características especiales. ˗ ¡Hay! –exclama con un largo suspiro– quisiera ser tú y ya haber terminado con la tortura de haber bailado. Yo la miro directamente. Ellas no entenderían si les confieso que para mí no es un sacrilegio bailar frente a esos hombre, me siento bien al hacerlo. Las miradas que siento que recorren mi cuerpo, sus pulsaciones alteradas con cada movimiento que hacen mis extremidades… No, no lo entenderían. Para mis compañeras de trabajo, esto solo es un simple, o mejor dicho, el único medio de subsistencia que pudieron conseguir gracias a que no terminaron si quiera el bachillerato. Yo en cambio… lo hago… no se ni porque lo hago. Creo que si me disculpara con mi padre y me inscribiera en una universidad tal y como él me ha pedido un millón de veces… No tendría que estar aquí. Pero no pienso hacer nada de eso, no pienso volver a mi ex casa, estoy bien ahora viviendo en ese hotel de mala muerte. Ese pequeño cuarto se ha convertido en mi hogar, aunque es probable que ya debería de ver la manera de buscar un apartamento y que sea amueblado porque ni cama

tengo. Le sonrió a mi compañera antes de que ella salga de camerino. Me arreglo el maquillaje aunque en realidad no se me ha corrido ni un poco, ni siquiera tengo brillo en la frente o en la nariz. Paso la mano por mi cabello. No me acostumbro a verlo liso y angelical, como si fuera un halo de luz sobre mi cabeza, en lugar de un desastre que enmarca mi rostro. Respiro profundamente, añorando poder vestirme y peinarme como se me dé la gana. La única ventaja en todo esto es que en mi baile y en lo que haga dentro en el escenario no pueden meterse. No me puede decir que hacer él o nadie, una vez estoy en esa tarima. Calzo unos tacones de seis centímetros que ocupo cuando no estoy en el escenario. Son monos pero algo ñoños. Son de tela blanca, de plataforma, y son cerrados. Me levanto y pongo una sonrisa al pensar en ello. Camino por todo el pasillo y me dirijo directamente a la barra. ˗ ¿Vas a querer algo, Cassandra? –me pregunta Santiago, el bar-tender. Normalmente nos dejan tomar una o dos copas para poder dejar el estrés fuera de nuestro cuerpo y así también poder incitar a los caballeros que andan por todo el local, a que se tomen algo con nosotras. ˗ No lo sé –acepto y me toco el labio inferior tratando de pensar si será buena idea que tome algo. Yo puedo ser una puta casi en el sentido estricto de la palabra, pero no soy alcohólica y drogadicta y nunca he sido buena consumiéndolo. Para mi unas tres copas es demasiado, me pongo mal con tomar más de una. ˗ ¿Te puedo invitar a algo? –susurra a mi espalda un cliente, aunque de todas formas aquí a nadie se le cobra un trago.

Giro para poder mirar de quien se trata.

Seguro que será algún bancario harto de verle el cuerpo solo a su esposa. De esos vienen muchos. Me fijo en el sujeto, pero no parece el típico banquero. De hecho, creo que es mucho más joven del promedio de hombres que vienen. Aunque no es de extrañar, no todos son viejos, algunos solo son niños ricos, pero no es tan común que vengan en días de semana. La mayoría de jóvenes de veintitantos solo vienen los días sábados y domingos. Él, lleva puesto un traje, como casi todos los demás, pero se ve… diferente en su cuerpo. Reconozco la corbata que lleva atada en su cuello, es la misma que jale cuando estaba en el escenario, lo que significa que al señor este le ha gustado mucho lo que he hecho como para que se haya acercado a mi después. Además, sus rasgos… su barba y sus ojos, aunque ahora ya veo el lindo color azul intenso de ellos, son los mismos que me miraban cuando estaba en el escenario y sentía que me examinaban con determinación. ¡Joder!, pero este tío esta bueno. Podrá ser que ya haya llegado a los treinta, pero se ve… jodidamente bueno. Él es alto, de piel blanca y con el pelo oscuro, aunque no me atrevería a decir con exactitud de qué color es porque la luz no da para eso. Es una gracia ya, que le haya podido ver el color de esos extravagantes ojos, aunque bien podría estarme equivocando con ellos, pero me da igual. Con esta luz o con cualquiera… se nota que no está nada mal. Su cuerpo se nota bajo esa ropa formal que lleva puesta. Se notan sus hombros anchos y su cadera estrecha. En sumas, un hombre con cuerpo ideal. Pero… no lo sé, hay algo perturbador con los hombres que vienen aquí, más cuando son guapos; porque bien podrían irse a cualquier otro lugar y tratar de acostarse con una mujer que no lleve consigo un historial peculiar como el que llevamos las ocho mujeres que laboramos en el club.

Me suena ilógico pensar en que un hombre con dinero, físico y demás, podría estar aquí conociendo a una chica o viendo su baile. Aunque lo único que es certero es que me daría igual acostarme con él. Al fin y al cabo no pretendo una relación formal con nadie. ˗ Está bien, sería un gusto que me invitaras –me tomo un mechón de cabello. ˗ Dos martinis, por favor –le pide a Santiago. Santiago, se los entrega y él me da uno. Cuando lo tomo rozo su mano con la mía. Este maldito celibato que he tenido por estas dos semanas que han pasado, me acaba de pasar factura. Se me ha acelerado el corazón, y mi respiración se ha agitado, y… ¡cómo no! todos mis sentidos están alerta. Lo vergonzoso es que solo me ha medio tocado la mano. ¡Quién sabe qué pasaría si me llegase a tocar otras partes de mi cuerpo! ˗ Vamos a una mesa –sugiere poniendo su mano extendida sobre mi cintura. Me dirige con su mano hasta la mesa más cercana que logramos encontrar. Siento el calor de su palma en mi cintura, como si sintiera electricidad recorriendo cada parte de mi cuerpo, y se origina en donde nuestros cuerpos tienen contacto. Trago saliva con dificultad. Nos sentamos ambos en el mismo sillón. Él me acerca con cuidado a su cuerpo, casi en un movimiento imperceptible. Yo no me molesto, no hay necesidad de hacerlo. Sé que aquí nos ven como putas por más que se les diga que no lo somos, y por eso no me molesta. Y no es como si fuéramos mujeres decentes.



Aunque no me desnude ni nada por el estilo, de todas formas ando medio vestida en frente de ellos… ˗ ¿Cómo te llamas? –pregunto siguiendo una rutina que nos han estipulado en la que no podemos dejar que el cliente –porque eso es lo que es–, nos saque información tanto de nosotras como del lugar. ˗ Sebastián Evans, un gusto –roza con su mano mi hombro desnudo. Desliza su mano de mi hombro hasta tocar mi mano, la alza y luego se la lleva a los labios, dándole un beso que tarda más de lo esperado. Un beso que hace que me estremezca de cuerpo entero. Me relamo los labios pensando en todo lo que pudiera hacer con este hombre, aunque no es mi forma adecuada de conocer chicos, me da lo mismo. ˗ ¿Y tú? –pregunta después de vernos un buen tiempo. ˗ El que tú quieras –digo coquetamente. Se ríe ampliamente y luego cuando termina me sonríe. ˗ Ya lo había oído, Cassandra –con la cabeza señala el bar. ¡Genial! Ahora sí que me mataran. No debería saber mi nombre, ni ahora ni nunca. Eso no es un buen augurio. Bueno, al menos me puedo defender diciendo que no fue culpa mía, que no se lo he dicho yo, sino que lo escucho por casualidad. ˗ ¿Y qué hace un hombre como tú en este lugar? –hago un circulo con mi dedo índice, señalando todo. ˗ ¿A qué te refieres con “un hombre como yo”? –dice maliciosamente. ˗ Pues… por lo evidente –soplo un poco mi voz para sonar más sexy que de costumbre. Lo miro fijamente antes de seguir con mi explicación–. Eres un hombre muy guapo, además de que el hecho que todos aquí tienen dinero y seguro que no eres la excepción, por lo que no comprendo que

haces aquí pudiendo conseguir que una chica baile, como yo lo he hecho, y sin necesidad de pagar. Él me mira con esos hermosos ojos azules. Se acerca un poco más a mí, con actitud de sabelotodo y con pose de tener todo bajo control. ˗ ¿Por qué supones eso? –dice pasando el pulgar por su labio inferior. Me fijo con muchas emoción en como hace ese simple pero tortuoso gesto. Yo sonrió con ímpetu. Sorbo mi bebida y decido que no va a obtener lo que desea, no va a obtener la respuesta que quiere que le dé. Muerdo mi labio, él se acerca más. Cuando ya está casi por llegar a mi boca, me aparto un poco y con mi dedo índice le digo que no moviéndolo en forma de negativa. Sonríe una prepotencia inigualable, pero estoy segura que se siente un poco humillado porque una tipa con mi trabajo le haya dicho que no a un hombre como él, y más a sabiendas que le dije o bueno le di a entender que estaba guapo. Hay nene, si supiera que está hablando en realidad con alguien que tiene más experiencia en hombre que él mismo. ˗ Y bien ¿en que trabajas? –pregunto después de un momento de silencio en el que no dejó de observarme, a mi forma de ver, con más detenimiento de lo que jamás me había visto alguien. ˗ De todo un poco –dice restándole importancia. Me quedo pensando un rato, mientras me termino mi Martini. ¿Será que no me quiere decir porque no quiere que le quiera sacar dinero o porque su trabajo es algo que no debería hacer?



˗ Y tú, aparte de bailar ¿a qué te dedicas? –su tono en apariencia es neutro, pero yo ya soy una mujer que ha andado con los de su tipo y todos quieren aparentar no tener interés cuando si lo tienen. Con estos hombres todo es una guerra de poder, a ver quién es que puede más, quien finge desinterés en el otro, o quien afloja más rápido información, pero a mi aunque no me molesta dar información, no puedo hacerlo, debo conservar este trabajo que a pesar de lo que todos crean, a mí me gusta. Me recuesto en el mi lugar y sonrió esta vez tiernamente. ˗ Me gustan los acertijos y los enigmas, pero me aburren rápido –mira para otro lado para darme entender que debería hacerle caso o se ira. Yo me acerco con mucha superioridad a él. ˗ Tienes razón, después de un tiempo a todos nos aburren –digo asiendo un gesto de fastidio. Voltea a verme sin entender casi nada. Si cariño, te acabo de decir que si quieres irte… por mi bien. Me termino el último trago de mi Martini. Veo en mi reloj con disimulo, que ya es mi hora de salir. ˗ Bueno, lo siento, pero es mi hora de salida –hago un puchero haciéndome la apenada. La verdad es que si me dice que me lleva a un lugar como un hotel le diría que no, al principio pensé decirle si, pero me da mucha, pero mucha haraganería. Solo quiero ir a dormir al hotelucho donde me estoy quedando he invernar como un oso toda la mañana. Me levanto y él ve para otro lado como si no le importara mi partida. Muy bien con que con esas estamos…

Me acerco y le doy un beso en la mejía cerca de la comisura de sus labios. Él se queda quieto por mi repentina atención. Me voy de ahí antes que reaccione. Llego al “camerino” y tomo todas mis cosas. Me pongo el sobretodo y me cambio los zapatos por unos bajos, y no los de seis centímetros que ando. Como es mi costumbre no me cambio, porque ya ni caso tiene si de todas maneras para que me cambiaria, no tengo a quien llegar a ver en la noche como la mayoría de las chicas aquí. Ellas tienen que llegar con sus familias y yo a una habitación solitaria. Camino por el pasillo atrás del escenario, para llegar a la entrada y salida del personal. ˗ Cassandra –grita mi nombre una de mis compañeras. Volteo y la veo toda agitada corriendo hacia mí. ˗ ¿Qué pasa? –pregunto intrigada por verla correr y llamarme. ˗ El jefe quiere hablar contigo –dice sin aliento cuando llega a la par mía. ˗ Está bien, gracias por avisarme –digo atemorizada y fingiendo que estoy bien. Ella asiente y se va trotando. ¿Ahora qué querrá? Respiro hondo tratando de controlarme. Controlar el cumulo de emociones que se me ha venido encima, como un huracán que no deja nada a su paso. No quiero verlo, él solo me trae malos recuerdos, no quiero verlo jamás en mi vida, pero sé que si no voy probablemente me despida y no

pueda hallar algo después. Sé cómo es de vengativo y sé que se la cobraría de esa manera, todo para que yo después viniera de rodillas ante él a suplicarle que me devolviera el trabajo y quizás a pedirle que sabe que cosas más. Su mente es más retorcida que la mía, recuerdo haberlo visto una vez volcar todo a su paso, solo porque yo le dije que no quería hacer algo, él se enojó mucho y me dijo que me largara, que nunca más me quería volver a ver, y no me hablo todo una semana, en la que yo llore y hasta rebaje porque el modo de auto-castigarme era no comer nada, con suerte y tomaba algo. Quería morirme. Pero después de eso obedecía con cada vez que el me pedía que hiciera algo, no importaba que fuera, yo lo hacía. Me había convertido en una de esas personas a las que le dices “salta” y ellas dicen “que tan alto”. Y no quiero que eso me vuelva a pasar, no puedo permitírmelo, no es lo correcto. No puedo volver a esa época de mi vida. Vuelvo a respirar. Todo saldrá bien, repito una y otra vez. Camino como si no pasara nada del otro mundo. Llego a su oficina y toco antes de arrepentirme, cosa que estoy a punto de hacer. ˗ Pase –oigo decir a través de la puerta. Abro cuidadosamente sin hacer mucha bulla. ˗ Entra y cierra la puerta, Cassandra –dice autoritariamente. No podría ser de otra manera con él. ˗ ¿Qué deseas, Luis? –digo manteniendo el tono más neutro que puedo. Las piernas me tiemblan y comienzo a sudar al verlo tan imponente detrás de ese escritorio que reconozco muy bien, aunque antes no estuviera aquí, estaba en donde nos veíamos todos los días… ˗ Siéntate –señala la silla enfrente de él.

Yo trago saliva y obedezco.



-4



Cruzo las piernas, y mi sobretodo se desliza por mi muslo, dejando ver las medias blancas que cubren mis piernas. Me fijo como su mirada se guía hasta esa parte de mi cuerpo. Luis, tiene su típica mirada, la misma que me dio cuando apenas tenía 14 años, la misma que puso cuando la impresión de verme le paso hace dos semanas, esa mirada entre lujuria, deseo de algo –aunque nunca supe bien de qué–, una mirada salvaje y arrogante. Siempre me intimido cada vez que me veía de esa manera, aunque antes era muy joven como para ver todo lo que veo hoy en esa mirada, pero de todas formas siempre me intimido. Me sentía cohibida y eso no ha cambiado a pesar de que ya pasaron 4 años. Tendría que dejar de mirarme así, me hace estar más incómoda que antes, y no solo porque sé que me engaño, sino porque hace que me recuerde que sentía cuando estaba con él, lo que me hacía. ˗ Te escucho –le digo para que comience a hablar. Es una lástima que mi voz haya salido como una súplica. Se levanta de su silla y se pone frente a mí, sentándose un poco en su escritorio. Ese maldito escritorio… ˗ Hay una conversación que tenemos pendiente desde hace ya varios años, Cassandra –me retuerzo porque cuando dice mi nombre… suena como si en realidad lo dijera con cariño, como si en lugar de llamarme, me dijera “amor”, “cariño”… están… patético de mi parte–. Nos debemos esa conversación. ˗ No, no es así –me levanto bruscamente votando la silla en la que estaba sentada, pero ni siquiera me molesto en recogerla, no deseo hablar del pasado, y más cuando yo fui la única que salió herida, y la única que resultara jodida si le cuenta todo o si él saca algún tema que me ponga mal. No quiero eso–. Si no es de trabajo, no tenemos que hablar.



Sujeto con más fuerza mi sobretodo a mi cuerpo, en un intento de sostenerme a mí misma. Había estado temiendo este día durante años y años, pero él no se merece que hablemos de ello, y tampoco merezco que me vea humillada. Podre ser una puta en todo el esplendor de la palabra, pero no pienso que nadie deba lastimarme, y menos él. Luis, es la persona que más daño me ha hecho en mi vida, ni siquiera mi madre me ha hecho tanto daño como él. Se llevó mi inocencia y mi alma. No le dejare que me quite lo último que me queda. ˗ Muy bien, sigue aplazando lo inevitable –dice levantándose bruscamente. Como ya sé que esta conversación absurda acaba de terminar, camino a la salida, no puedo quedarme aquí como una idiota. ˗ Una cosa más, Cassandra –lo escucho a mi espalda, muy cerca de mí–. Sí vuelve a venir el hombre con el que estabas hablando hoy, no quiero que te le acerques, y mucho menos que le bailes. Me volteo con una expresión de incredulidad en mi cara. Siento como mi mandíbula cae hasta topar con el suelo. No puedo creer que me esté ordenando eso. ˗ ¿Era para esto, no? ¿No querías hablar de lo que paso hace años? Solo querías asegurarte de que no me acercara a nadie. ¿Por qué haces eso? Ya no te pertenezco, no tengo porque obedecerte…. –suspiro tratando de calmarme Trato de calmarme, porque esto me llevara a nada bueno, solo hará que me eche de aquí. ˗ ¿Sabes? No importa, ya nada de eso importa –trato de no sonar estúpida, pero todo lo que hago y digo frente a Luis, me hace sentir de esa forma.

Salgo de la oficina antes de que él diga o haga algo. Necesito alejarme lo más posible de él. Es más, en este momento renunciaría si no necesitara este maldito trabajo. Cuando voy nuevamente por el pasillo para poder salir, pongo mi mejor cara, tratando de hacer como si nada hubiera pasado, tratando de disimular el dolor del ayer, el dolor de recordar. Salgo del edificio y camino rodeando los autos para poder llegar al portón. ¡Quiero salir ahora mismo de aquí! Me estoy ahogando estando en el mismo lugar en el que esta Luis. Todos los recuerdos golpean mi mente una y otra vez. Cada roce de nuestro cuerpo, cada palabra que en realidad eran ordenes, cada cosa que hicimos juntos. Lo que paso cuando él me engaño. Todo. Al salir paro un taxi, no quiero caminar, no quiero tener que ir hasta el hotel andando. No podría de cualquier forma. Pasan unos minutos y al llegar al hotel le pago rápidamente al taxista y entro al edificio como alma en pena. Bueno, no es así. Si tuviera alma… al menos no me sentiría tan mal. Rápidamente voy a mi habitación, no necesito que la mujer que está en el mostrador me diga algo o que haga esa cara de perra que hace cada vez que me ve entrar a plena madrugada. Creo que esa señora pensara que soy una prostituta, aunque no es cierto, está bastante cerca de la realidad. Al abrir mi cuarto y entrar, me derrumbo contra la puerta. El sueño se me ha esfumado, no es como si últimamente no pasara, pero esta ocasión es… más difícil. No sé porque ahora se le dio a Luis de querer hablar sobre lo que paso hace cuatro años, no lo entiendo. Él debería ser el primero en tratar de dejar eso en el pasado, en no remover esa mierda y más aún cuando no sabe ni la mitad de las cosas.



Hace unos años escuche que estudios psicológicos dicen que el amor dura como máximo siete años, pero ¿Por qué lo que yo he sentido por Luis, no importa que nombre le dé, no se ha ido? ¿Por qué sigue doliéndome lo que él me hace? No debería si quiera sentir mariposas cada vez que lo miro. Es una locura sentir algo por una persona que me destrozo. Porque sin importar que haga o con quien me acueste él vuelve una y otra vez a mi mente, pero por lo menos antes lo podía controlar, pero ahora que estoy tan cerca de él, no lo sé, siento que otra vez tengo 14 años y me acabo de enterar que él me ha engañado durante toda la relación. Lo más perturbador es que él nunca vio ni una sola consecuencia. De hecho, parece que las cosas le van de maravilla. Sigue en su puesto como funcionario público, ha sido reelegido. No sé cómo estará con su esposa, pero de todas formas… Además, tiene el club, en el que seguro tiene unas ganancias jodidamente buenas. ¿Y yo? Yo solo he estado acostándome con un montón de hombres, tratando de olvidar todo. Por más que me esfuerzo en decir que es porque me gusta, que de hecho me gusta, no todo es tan sencillo. Yo sé lo que hay detrás de toda esa mierda de solo buscar a los hombres para un momento, pero no deseo volver a un punto ciego. Desde hace años decidí lo que tenía que hacer con mi futuro, y no me parece mal acostarme con quien quiera hasta que llegue el hombre millonario que me mantenga. Mientras eso pase no pienso tener ni una relación seria, y menos con alguien que no me va a poder cumplir mis caprichos, porque eso es lo que son. Creo que mi moral ha decaído mucho desde que cumplí los 14 años. Antes no es que fuera más buena que el pan, pero al menos no era considerada… no se ni como ponerle. Es por ello, que no puedo tampoco recriminarle nada a Luis sobre tener

el club, porque sería una ironía de lo más estúpida, dado que yo trabajo ahí. Tampoco es que lo defienda por tenerlo, no, ¡Dios, líbrame de eso!, pero yo soy la menos adecuada para decirle cualquier cosa, aun cuando él, con su segundo trabajo podría arruinar el primero. Además se supone que la moral no solo es externa sino que interna, y si ponemos en ese plano, nadie seria moralmente correcto, porque todo el mundo, pero todos, tienen algo guardado en su mente que los avergonzaría si otros lo llegaran a descubrir. Yo que sé, podría ser desde un asesinar a alguien que les hizo una simple mala cara, o algo más fuerte como engañar a sus esposas o esposos con la vecina o vecino, inclusive algo que no está dentro del cerebro de casi nadie; como matar a sus propios familiares. En fin, cosas que la sociedad en definitiva no aprobaría, pero nos detenemos y no las hacemos y no por desistimiento propio sino, solo porque pensamos en el que dirían los demás, ni siquiera lo comentamos por miedo a lo que podría decir que somos, pero, vamos que sería lo más grave de comentar: mira me quiero acostar con ese hombre a pesar de que ya tengo esposo y él tiene esposa, o todo eso. Les digo que, aunque la otra persona también pensara lo mismo nos verían con horror y nos tildarían de infiel por algo que ellos también quisieran hacer, cosa que no es más que una absurda basura. Me entra una terrible curiosidad de saber sobre Luis, ver que ha pasado con él durante estos años. Todo este tiempo siempre mantuve mis pensamientos a limite cuando se trataba de él, y no buscaba nada sobre él, aunque como es de suponer muchas veces vi su cara en una portada del periódico local o en alguna noticia, pero nunca me quedaba a ver lo suficiente. Pero ahora… tengo que saber, necesito saber que ha pasado con él y por supuesto que no se lo pienso decir. Me paro y me quito el sobretodo y las medias ridículamente blancas. Detesto mi vestuario. En lencería, me siento en mi cama y saco mi laptop.



La mejor forma de averiguar en este momento es buscar las cosas en internet, porque no tengo otra fuente de información. Enciendo el portátil y pongo la contraseña del WIFI del hotel. Al menos que sirva de algo pagar $20 dólares al día. Encojo las piernas y me pongo la laptop sobre ellas. -Veamos que ha pasado por tu vida, Luis Borgia –me rio al recordar que su maldito apellido ni siquiera es del país. Me recuerdo que una vez estaba zapeando, cuando pase por un canal de películas y series, sobre todo películas, y estaban dando una serie que llevaba como nombre “Los Borgias”. Solo llevo mis pensamientos a él, pero lo saque rápido de mi mente. Comienzan a salir todas las noticias de lo que ha hecho como funcionario público, una tras otra página. Me salto la mayoría porque no me importa si ha inaugurado un nuevo museo o si ha ido a la opera o ese montón de choradas. Luego veo una que logra llamar mi atención. Tapo rápidamente mi boca con mi mano para evitar sollozar. “ESPOSA DE SENADOR BORGIAS, SARA DE BORGIAS, ESPERANDO SEGUNDO HIJO DEL MATRIMONIO”. Respiro profundamente y trato de meter mis ojos en sus orbitas, se me han salido de la cara, al leer la noticia. Miro la fecha de la noticia, esperando que no sea reciente, pero no hay suerte. Es de hace un mes, más o menos. Abro la página y miro la foto que aparece a un lado de la noticia. Se burla de mí esa pequeña imagen y susurra todo lo que yo no pude tener. Ella está ya de un tiempo de embarazada, él con una mano le está tocando el pequeño abultado abdomen y con la otra mano está sosteniendo

a un niño de unos tres años muy parecido a él. Leo la descripción de la foto: “Ana de Borgia embarazada, senador Luis Borgia, e hijo Luis jr. Borgia”. Cierro la laptop fuertemente y se me escapa una maldita lágrima que quito de inmediato de forma brusca. No puedo permitirme llorar por ese hombre, no merece más lágrimas que las que ya llore cuando era una adolescente. Pero, me da furia saber que le haya puesto así cuando… Solo me reafirma que nuevamente todo lo que me decía era una mentira. El nombre de ese pequeño niño con los ojos tan verdes como los de su padre hace que se me cierre la tráquea. *** Hace cuatro años. Me siento a la orilla de la cama que acabo de compartir con el amor de mi vida. Nuevamente me hizo llegar a las nubes, aunque sé que él es mi cielo y mi todo. No me importaría que no tuviera un orgasmo, me conformo con poderlo tener cerca, con olerlo, con escucharlo hablar a pesar de que nunca me dice nada cariñoso. Estoy perdida en él. Luis, se está bañando después de una larga hora del mejor sexo. Bueno creo que fue más de una hora si contamos las preliminares. Miro el departamento y por mucho que me guste venir aquí, por una vez quisiera que me llevara a un restaurante o al menos a un parque. Él siempre dice que no porque es peligroso que las personas nos vean juntos, que lo podrían denunciar de estupro o peor… de violación. Solo de pensar que eso le puede pasar a él por mi culpa… hace que se me ponga la piel de gallina. Luis, con todo y sus manías y sus órdenes, me quiere, o al menos eso siento cada vez que me toca, que me besa con esa pasión que hace que me

derrita. También me gustaría que a veces el fuera lento en el sexo, que hiciéramos el amor, que sintiera más que solo… no lo sé, quizás todas las personas lo hacen de esa forma y aun así sigue siendo “hacer el amor”. No tengo con que compararlo. Luis es mi primera vez, y quiero que sea la última, y todas las de en medio. ¡Oh, Dios! Pero prefiero mil veces que me trate así, a tener que estar nuevamente lejos de él. Solo de recordar lo que paso en esa horrible semana que paso sin hablarme… un escalofrío se apodera de mi cuerpo. Sale del baño azotando la puerta y camina a mí con furia. Retrocedo por inercia, me recuerda el día en que me pidió que me fuera. ˗ ¿Qué hace esta caja de test de embarazo tirada en la basura del baño? ¿Y dónde diablos está el test? ¿No estarás embarazada? Teníamos un trato, te tenías que cuidar, contéstame –grita. Me agita de los hombros exigiéndome respuesta. Yo trato de contener mis lágrimas. Con mucho disimulo escondo la prueba que tenía en mi mano en medio de mis bragas y la pretina de mi falda del uniforme. ˗ No, no estoy embarazada –digo tartamudeando. ˗ Más te vale –dice amenazadoramente–. Me voy. Lo veo salir rápido y enojado, del departamento. Saco el test. ˗ POSITIVO –lloro. Me siento en la silla más cercana. ˗ ¿Qué hare?



Lloro mucho. Peor de cómo había llorado en todo este tiempo. ¿Lo habré perdido?

Con las manos temblorosas, cojo el test de embarazo y lo quiebro a la mitad, tratando de pensar que todo esto es una mentira. ˗ El dolor se ira –pienso en voz alta. Me acuesto en la cama y trato de imaginar que él regresa y me dice que no me preocupe, que él se encargara de mí y de nuestro hijo. ˗ Te lo juro, Luis, no fue mi intención quedarme embaraza. Siempre tomo la píldora –gimo. Me cubro la cara con las manos. Esto no me puede estar pasando a mí. No puede dejarme. Lo amo tanto. Froto mi abdomen aun plano. Solo tendré como mucho unos meses. Quizás concebimos a este pequeño ángel que crece en mi abdomen, unas semanas antes de que me dejara de hablar por esa larga semana. Se suponía que la regla me tenía que venir hace unos días, y no lo hizo; por eso fue que compre esa prueba. Pero, ahora… no sé qué hare si él me deja. No puede dejarme, mejor dicho, no puede dejarnos. Lloro con mucha tristeza, conteniéndome, pero a la vez apretando con suavidad mi vientre. Dos días después (hace cuatro años). Todavía no le he dicho a Luis que estoy embarazada pero es que me da mucho pavor que ya no me quiera ver ni a mí, ni a su hijo. Fui donde la ginecóloga ayer y me dijo que solo tenía unas seis semanas y que no debía de preocuparme, que todo iba muy bien, que

aunque no lo pudiera ver todavía, todo parecía normal. No sé qué hacer todavía. Todo esto me parece surrealista. Acabamos de “follar”, como él lo llama. Estamos tendidos en la cama, aunque seguramente dentro de poco se ira corriendo a bañarse e inventara otra excusa para alejarse de mi como siempre hace. Me pican los ojos, y trato de contener las lágrimas. No puedo llorar frente a él, sabría que algo no anda bien y me echaría a patadas de su departamento. Me acerco a él, con la mejor sonrisa que puedo darle dadas las circunstancias. Pongo mis manos sobre su pecho y levanto mi cabeza hasta ponerla sobre mis manos. Luis, solo me mira desde su posición, pero no dice nada para que me quite de su pecho. Eso es un gran avance para él. ˗ ¿Luis, si llegara a quedar embaraza, que es un supuesto –me apresuro a decir, cosa que no es cierta–, como le pondríamos? ¿Cómo tú? – pregunto con dulzura y con una leve esperanza de que me diga aunque sea de que quiere tener hijos conmigo. Se rasca la cabeza. ˗ Siempre he pensado que quiero ponerle a mi hijo como yo –dice con indiferencia. Yo sonrió como tonta. Al menos ahora sé que si quiere tener hijos. *** Hoy, ya sé que se refería al hijo que iba a tener con su esposa. Él nunca se enteró que yo estaba embaraza, ni lo supuso. Aunque fue mejor así. No sé qué hubiera hecho Luis de haberse enterado. Tres días después de eso, fue la comida en su casa. Y una semana

después, con toda la depresión que yo tenía y el hecho que no podía comer absolutamente nada sin vomitar… hizo que perdiera a mi hijo. Solo una doctora a la que fui cuando comencé a sangrar, y yo, sabíamos de su existencia. Mi bebe murió un once de mayo de 2011. La ironía es que yo trate de celebrarme el día de las madres un día antes. Recuerdo que al salir de clases, porque no pude faltar, había pasado por una pastelería y me compre un pastel que decía “Feliz día, mamá”. La mujer que me atendió pensó que era para mi madre, pero era para mí. Con cada bocado que le daba a ese delicioso pastel, que en realidad no me sabía a nada, me sobaba el vientre y lloraba, pero no me sentía tan desgracia tocando a ese pedazo mío y de él. No quería volver a ver a Luis, pero amaba con todas mis fuerzas a nuestro hijo. A la mañana siguiente, me levante con un fuerte dolor en mi vientre, no podía ni siquiera estarme de pie por mucho tiempo. El dolor era insoportable y solo quería desmayarme para así dejar de sentirlo. Como pude saque el celular de la gaveta de la mesita de noche y marque el número de la doctora que era mi ginecóloga, aunque solo me había atendido la ocasión que me dijo que estaba embarazada. Cuando ella contesto, yo ya estaba sangrando a mares, no podía levantarme del suelo y lloraba como una niña. Me dijo que llamaría a la ambulancia, pero le dije que no lo hiciera. Supe en ese instante que era caso perdido, por lo que, como pude me bañe y me cambie y fui donde ella para que me hiciera un legrado. Ha sido el peor día de mi vida. Cada once de mayo, me pongo mal y me arrepiento de no haberme cuidado más, de no haber tomado vitaminas, de no haber hecho todo lo posible para que mi bebe creciera y naciera. No me hubiera importado que mi papá me echara de la casa, que ya no hubiera podido seguir estudiando, o que ya no tuviera ninguna de las comodidades que tenía.

Si tan solo…

Pero ahora ya no tiene caso.

Mi hijo jamás existió para las personas, jamás vi una de sus manitas, jamás roce uno de sus mejillas. A veces, sueño con mi bebe, lo veo llamándome mami, lo veo agitando sus pequeñas manos frente a mi cara. Veo los ojos verdes de Luis en él y mi cabello rubio y rizado. Hubiera sido precioso. Es mi ángel, lo único que es mío. Lo único que ni siquiera el propio Luis puede quitarme. Luis, no solo me rompió en un sentido, sino que en varios. Por eso es que no puedo hablar de nuestro pasado, no puedo dejarle ver todo el daño que me hizo, solo me dejaría vulnerable y más quebrada. Toda esta mierda se está poniendo peor. Ya no sé qué hacer, no sé cómo debo comportarme cuando estoy cerca de él. No quiero pensar en el que pasaría si él se entera, o que hubiera pasado si se hubiera enterado cuando estaba embarazada. Mis sentimientos están al borde del precipicio. Creo que por primera vez en mi vida, estoy reconsiderando hacer algo por mí misma, lo que todavía no sé, es que hacer. Solo quiero dejar que el dolor desaparezca, porque hasta ahora el sexo no ha ayudado como he pensado.



-5

Sacudo mi cabeza.

Lo único que deseo en este momento es olvidar todo lo que ha pasado. Debo despejar mi mente de todo pensamiento de las últimas horas. Tengo que comenzar el día como si estas cinco horas que ya han pasado, no hubieran ocurrido, como si todo fuera una mala pesadilla. Lógicamente esa es una vil mentira que estoy dispuesta a aceptar, no deseo complicarme la vida con tonterías que no me van ni me vienen. Me paro de un salto de la cama. Tengo la íntima convicción que no dejare que nada me estrese a partir de ahora, no voy a dejar que cualquier cosa que tenga que ver con Luis o cualquier otro personaje de mi anterior vida, me lleve a un estancamiento emocional o mucho menos a una depresión, como la que anteriormente he vivido. Hoy voy a conocer esta parte de la ciudad, y quien sabe tal vez esta vez sea yo la que deje que algún hombre me baile, en lugar de yo bailarles a ellos. Oí a un chico hace unos días burlándose de unos hombres que estaban haciendo estriptis cerca de unas calles del hotel. Quién sabe, tal vez lo único que necesito es una buena revolcada para sacarme este cumulo de pensamientos absurdos que cruzan por mi mente a gran velocidad. También podría ir a ver a la casa de la cultura a ver si me puedo inscribir en un curso o algo así. Necesito mantener distraído mi cerebro al máximo. Pero lo que sí es principal es pedir el día libre en el trabajo.

Miro la hora.

Son apenas las cinco y media de la mañana, puede que todavía haya alguien en el “Gril dreams”. Marco rápidamente el número de la oficina de Claudia. No me atrevería llamar a otro lado y luego encontrarme con la voz nada agradable de Luis. ˗ Bueno –escucho la voz de Claudia un poco molesta, pero tratando de ser cordial. ˗ Hola, Claudia. Soy yo, Cassandra. Te llamaba para pedirte permiso y faltar hoy al… –trato de ponerle un nombre a lugar donde laboro sin que le escuche ofensivo– …club –concluyo no muy convencida del término–. Necesito faltar porque me ha surgido un imprevisto familiar, ya sabes de esos que uno no se puede zafar. La primera explicación que se me viene a la cabeza es la que le termino sacando. No puedo decirle que es porque estoy enferma porque fui el amante de nuestro jefe y ahora me han venido a la cabeza todos los recuerdos… La única cosa que suena coherente y no necesita que alguien más –como un doctor– que la verifique, es la excusa tonta del “imprevisto familiar”. Además, cualquier persona en un momento de su vida ha hecho uso de ese argumento para salirse con la suya. No importa para que sea, si es para una reunión con amigos, o si es para no llegar a un lugar; no importa, ahí está esta esa excusa que cualquiera puede usar. Claro, la única cosa en la que no puedes ponerla es para compromisos familiares, eso sería ser falto de inteligencia. En mi caso, simplemente era porque necesito tener un día en el que pueda descansar de ser objeto sexual de los hombres, que por más que me guste, no deja de ser algo aburrido y a eso si le agregas la constante zozobra de no querer ver a Luis. Que para acabarla de cagar, tenía que prohibirme poderme acostar con los hombres que llegaran al club, solo porque creo que se le ha ocurrido que debo seguir siendo solo de él. O sea, no me jodas, necesito un largo respiro de toda esa bazofia inservible.



Escucho como Claudia gruñe un poco. Seguro que no quiere dejarme faltar, porque eso supondría que tendría que reorganizar la rutina, y no solo poner un baile más, sino que maniobrar para que las chicas no se sientan presionadas al tener que ver que hacen con ese tiempo de sobra. ˗ Muy bien –dice finalmente no muy convencida–. Podrás tener esta noche libre, pero mañana te quiero aquí puntal. Además, de que tendrás que salir más tarde porque luego el jefe ha convocado a una reunión de personal, ya que se organizara una fiesta privada –ironiza la forma en que yo llame al “Gril dreams”–. Así que mañana sin excusas. Escuchaste, Cassandra –finaliza su larga explicación. ˗ Muy bien, te lo prometo, mañana sin excusas estaré ahí puntual y me quedare hasta la hora de salida –digo algo emocionada por el día que planeo disfrutar a todas mis anchas. Antes de si quiera darme cuenta que ha sucedido, escucho que me ha colgado el teléfono, sin un adiós, o un hasta mañana, nada de nada. Esa mujer parecía amable cuando me invito al café, pero la verdad es que es molesta y gruñona. Quizás le hace falta un marido. De cualquier manera, agradezco que me haya dejado faltar un día, porque bien pudo haberme dicho que no o que me lo descontaría. Un poco desganada, y aun con el corazón arrinconado dentro de mí pecho; me paro y me dirijo a mis cosas a sacar un poco de ropa. Quizás no me vendría mal correr un poco… –pienso al mirar mi ropa. Saco una camisa de licra que siempre he ocupado para hacer ejercicio y un pantalón del mismo material. Ambas prendas son ajustadas, demasiado, aun para mí, pero de todas maneras si las hubiera comprado una talla más no me hubieran quedado. Saco también un sostén deportivo un bóxer femenino. No se me hace correcto correr sin ropa interior y tampoco es que me llame mucho la atención la idea de que me termine doliendo el busto gracias a correr medio desnuda. Cojo la toalla y me meto rápidamente a la ducha.



Por suerte el hotel tiene regulador y el agua de la regadera no cae sobre mi cuerpo como un tempano de hielo. Me baño por unos quince minutos, hasta que estoy satisfecha con lo limpia que he quedado. Sé que es una tontería mía bañarme antes de ir a sudar como un cerdo, pero no me gusta la idea de ir con todo ese sudor recolectado de la noche y de la madrugada que he pasado, y menos con los restos de lágrimas que había en mi cara y en mi escote. Y por supuesto, no podre duchar al venir de correr, porque eso solo haría que mis músculos dolieran mucho. Me seco el cuerpo, y me visto lo más deprisa posible. Como no me he lavado el cabello, me hago una coleta de caballo sujetándolo un poco más socada de lo conveniente. Una vez cambiada me pongo zapatillas de deporte, las únicas que tengo. Tomo mi iPod, pero al final decido que no tengo ánimos para correr, así que solo andaré de un lugar a otro, caminando como un turista perdido. Lo que si necesito con urgencia es un café calientito, porque hasta ahora me doy cuenta que el clima no está caliente, ni siquiera tibio, de hecho, está bastante fresco. Me pongo, sobre mi camisa deportiva, una sudadera ajustada y salgo del hotel con nada más que mi cartera que llevo escondida en el bolsillo de la sudadera, la llave de mi habitación, y mi teléfono celular. Aunque no entiendo porque llevo el celular cuando ni siquiera lo he usado. Al salir del hotel, el aire frio de la ciudad me golpea fuertemente. El sol está saliendo, pero me daña los ojos, por lo que decido ir en dirección contraria. Son como las seis y media, y no sé si encontrare una maldita cafetería abierta. Ni siquiera hay peatones en la calle, solo uno que otro carro que pasa en la carretera.



A pesar de que no he dormido nada, no me siento con ánimos de dormir, pero tampoco tengo ánimos de mucho. Y menos de pensar. A veces me pregunto qué seria ser normal, qué sería ser una joven más, de 18 años. Siempre me ha quedado dudas de como hubiera sido mi vida si no me hubiera pasado nada de lo que paso, si Luis no se me hubiera acercado nunca, si mi madre no me hubiera abandonado, si mi padre no se hubiera desentendido de mí, si los niños no me hubieran tratado como una mierda cuando era una niña. La única verdad, es que son muchos hubiera y nada de “así fuera”. En otras palabras, son muchas preguntas y pocas respuestas. El día de una persona cualquiera, comienza levantándose a tempranas horas para prepararse para asistir a su trabajo, que es probable que odien, luego despertar a sus hijos, que aunque no los odien a veces no les caen del todo bien, después apresurar a medio mundo para estar puntuales… No sé, pero supongo que mi vida y todo lo que me ha pasado, viendo la vida de los demás… no suena tan mal. No desprecio mi trabajo a pesar de que no me gusta para quien laboro, no me agrada nada tener que vivir en un hotel, pero pudiera ser peor y vivir en un callejón. Me siento feliz porque no soy fea, y sobre todo, porque me gusto. No seré la mejor persona, pero tampoco soy la peor. No me quejo, mi vida es un asco, pero pudiera estar sumergida en una mierda. Es cierto que tengo serios problemas para relacionarme, sobre todo con los hombres, porque solo los veo como un objeto para satisfacer mi libido, pero de cualquier manera, para mí el sexo no representa tanto como para las otras personas. Creo que nunca lo comprendí como eso, o no lo quise comprender como eso cuando me di cuenta de todo lo que me había pasado con Luis. ¡Al diablo! No me voy a poner de analítica solo porque me han pasado un par de cosas malas hoy. Debo avanzar en lugar de retroceder, y ponerme a

estudiar el porqué de mis comportamientos no traerá más que incertidumbre y sobre todo… tristeza, y no quiero estar triste, para eso ya tengo un día predilecto. Camino unas calles más, observando todo a mi paso. No tengo prisa, así que no es necesario que tenga que caminar más rápido o hacer algo diferente a: solo mirar. Al pasar por un bar que ya está cerrado, me pregunto: ¿Cuánto tiempo más podré trabajar como bailarina? Supongo que me quedaran al menos unos diez años, pero ¿y luego? Ahora comienzo a entender lo que mi padre quería decir, pero no tengo porque apresurarme con ello. Por ahora el único plan que tengo es conseguir a un ricachón que me mantenga, pero no tengo ni idea de cómo hacer que uno se enrede conmigo. Lo más probable es que en el trabajo no pueda encontrar ni uno que me vea como una seria propuesta matrimonial, o al menos una novia a la cual poder enseñarle a sus padres. Pero entonces ¿Dónde puedo conseguir al valiente que me salve de la pobreza? ¡Ah, que fastidio! Tal vez de verdad no estaría mal ver la posibilidad de estudiar algo, o al menos tener la posibilidad de que un día de estos poder trabajar de otra cosa que no solo sea menando mi culo, por más que me guste, no puede ser eterno. Cruzo en una esquina y veo un comedor de tamaño mediano que está abierto. ¡Gracias al cielo! No he comido bien estos días y hoy estoy con un apetito que ni yo misma soporto. Solo hay unas cuantas personas desayunando, pero eso se debe a la hora, no son todavía las siete aunque ya camine un buen de tiempo.



Me siento en la primera mesa que encuentro.

Una mujer algo mayor se me acerca. Lleva un mandil negro puesto encima de una camiseta tipo polo blanca y unos pantalones formales de color negro. ˗ Buenos días –sonríe cálidamente, y me recuerda a una abuela bonachona, de esas que solo sacan en la tele. Nada que ver con la mía. ˗ Buenos días –la saludo sin poder evitar sonreírle. Con su mano derecha me entrega el menú. ˗ Cuándo estés lista para ordenar, me llamas, cariño –dice con la voz de un ángel mayor. Asiento y ella se aleja. Vale, admito que es agradable ver que al menos una persona te trate con cariño, aunque solo sea fingido. Y si, ayuda que te sonrían en la mañana en lugar de ponerte una cara de buldog que ni ellos mismos se la aguantan. Hojeo el menú, y rápidamente me decido. Con una mirada localizo a la camarera y ella entiende rápidamente. Se acerca a mí, y le hago la orden. ˗ Tráigame, por favor, un jugo de naranja, un café, un panecillo de chocolate, unos huevos revueltos con salchichas y un pan tostado –pido con alegría. ˗ En seguida –responde con una gran sonrisa. En unos minutos, mi comida está servida en la mesa y comienzo a comer como una indigente. No debería comer tanto, porque mi trabajo es exhibir mi cuerpo, pero un día que coma más de la cuenta, no le hace daño a nadie. Al terminar pago y quedo convencida que este pudiera ser el lugar

donde venir a comer de vez en cuando, porque como no tengo ni siquiera donde hacer una maldita sopa enlatada, debo recurrir a comer en lugares de comida rápida o cualquier otro sitio, o incluso ir a la tienda más cercana y solo ingerir yogurts o algo bajo en calorías. Sigo deambulando por las calles, camino más de dos horas seguidas. De vez en cuando miro mi teléfono para saber qué horas son. Me he quedado pensando en que a estas alturas de vivir sola, es posible que ya se haya regado el chambre que me han echado de mi casa, de otra forma tendría al menos 10 mensajes que leer a diario, pero en lugar de eso, mi teléfono está más silencioso que cualquier otra cosa, incluso los hombres que antes me llamaban… han dejado de llamar, pero eso supongo que ha de ser por la señora Araujo, seguro se ha encargado de decirle a medio mundo que tengo una enfermedad venérea o algo por el estilo. Al fin y al cabo, no llevo ganas ni para tener sexo. No me siento deprimida, pero es como si mi adicción hubiera disminuido, aunque no estoy segura a que se deba. Tampoco es que pretenda que ya de sopetón soy una mujer madura que ya no piensa tener sexo ni nada de ellos, pero si me parece que ya no siento tanta necesidad como antes, aunque creo que si me hace falta uno o dos polvos, porque es imperdonable como me puse cuando me toco ese tal Sebastián. Eso me hizo sentir urgida, y no debería volver a pasarme, y peor con un cliente, además del hecho que me trajo problemas, aunque eso no es mi culpa. Camino unas cuantas cuadras más antes de ver mi celular y darme cuenta que ya son las once de la mañana. He caminado demasiado, y sin rumbo alguno. Debería regresar por donde vine, es demasiado lo que he caminado, y dudo que pueda seguir caminando así hasta llegar a la frontera. Doy media vuelta y regreso por mis pasos, la mejor forma para no perderse es no meterse por donde uno no ha ido. Camino más rápido que antes, y en cuestión de una hora llego nuevamente al comedor.

Decido entrar y pedir algo para llevar. Ya es hora del almuerzo, por lo que se tardan un poco en darme mi comida. Al salir noto que por donde lleva hacia el hotel, hay unos hombres mal encarados, y uno de ellos me ve de una manera que no me resulta nada grata. Siento como se me hela la sangre con esa mirada horripilante que me está lanzando. Sus ojos recorren mi cuerpo, pero a diferencia de lo que he sentido cuando otros hombres lo hacen, este me hace sentir insegura y una alarma en mi cerebro se activa. Camino por otro rumbo y lo más rápido posible. No miro atrás por miedo, pero no sé dónde voy. Estoy medio perdida. Después de un tiempo de medio trotar cuesta arriba, me siento en la banca un pequeño parque. Exhalo profundamente al ver que nadie me ha seguido y reviso el contenido de mi comida. No es que se me apetezca mucho, pero ya pague por ella, y como no estoy para desperdiciar dinero, comienzo a comer poco a poco. Al terminar voto todo y me siento nuevamente en la banca. Mis ojos se cierran del cansancio, necesito dormir, pero aquí no es un lugar para hacerlo. Aun así cierro mis ojos. La brisa hace que me sienta acogida, y tranquila, como si estuviera bien permanecer en este sitio. Un papel golpea en mi cara y abro los ojos rápidamente, quitándome el molesto panfleto de mi rostro. Miro el anuncio y leo que es acerca de una academia de actuación. ¿Actuación? No, no me llama nada la idea. Siempre he visto como la gente actúa frente a otros y es algo de lo que no me agrada para nada. Pero quién sabe si voy a dar una vuelta por ahí, no se tal vez pueda ver

algo que me guste o hasta puede llegarme a gustar actuar. No lo sabré si no lo veo, y por supuesto, se supone que hoy haría algo diferente, algo para mí, así que no está del todo mal la idea. Me levanto de la banca y camino hacia la dirección escrita en el panfleto. Busco en el móvil la dirección y veo que al otro lado de donde me encuentro está el hotel, aunque no hay calle que las conecte, pero aun así, si me llama la atención esas clases, bien podría ir caminando. Necesito ahorrar dinero a toda costa. Me pregunto si mi padre seguirá pagando la factura de mi teléfono o será otra de esas cosas que ya no saldrá de su bolsa. Al menos si ya no lo paga tendrá que llamar y cancelar la línea, y no me cobraran a mí, porque cuando saco la línea estaba a su nombre porque era menor de edad. No podría pagar la cuenta del celular, aun cuando ya ni siquiera lo uso. Tendría que comprar uno pre-pago, pero en estos momentos me da igual todo eso. ¡Estoy más preocupada por quedarme a vivir debajo de un puente, que en ver si tengo un puto teléfono! Camino durante unos diez minutos y me detengo cuando estoy frente a la dirección que marca el anuncio. El local no es muy bonito, es un edificio tipo bodega que parece mucho más viejo de lo que debería. La fachada no tienen color, más que el del propio cemento. No tiene más que una puerta y dos ventanas pequeñas a pesar de que es un enorme edificio, al menos en lo alto. Al lado de la puerta hay un papel pegado a la pared en la que se detallan los horarios en los que está abierto. Horarios de entrada de 2:00 p.m. a 6:00 p.m. Falta un poco más de una hora para que abran y no me quiero quedar aquí hasta que eso pase. Seria patético por mi parte hacer tal cosa, además de que estoy muy cansada y no he dormido nada.



Me quedo mirando la pared por un instante.

No sé qué hacer, pero no me quiero quedar por mucho más tiempo aquí parada, como una tonta. ˗ Hola –dice la un hombre a mi espalda. Me volteo a ver quién. Cuando lo veo, me quedo pasmada. Enserio esa voz fuerte y varonil proviene de… un joven de como de unos veinte años de edad, delgado, alto, blanco, de cabello cobrizo, una linda cara pero no es mi gusto, además, lleva puesto unas gafas de moldura oscura que no le quedan bien, y por si fuera poco son de esos lentes que se adaptan a la luz e impiden ver el color de sus ojos. Anda vestido bastante formal para estar en la calle y por estos lugares. ˗ Hola –contesto con desconfianza. No me parece que sea un loco o un acosador, pero de cualquier forma no me da confianza que cualquiera me hable en la calle y más si nunca lo he conocido. ˗ Vi que has estado mirando los horarios, y en tu mano llevas uno de los anuncios que hemos esparcido –comenta alegremente–. Yo soy el ayudante de los maestros que imparten las clases de actuación. ¿Te ha interesado alguna? Me mira con interés, pero no es el típico interés que normalmente tienen los hombres hacia mí Asiento un poco aturdida, pero es que me siento como si estuviera en un universo paralelo. Nunca había visto a una persona que irradiará tanta felicidad, y menos que un hombre lo hiciera, parece tan… vivo. Sacudo mi cabeza con un movimiento imperceptible. ˗ Excelente –dice con una voz parecida a un grito, que se escucha un poco femenino a pesar de que su voz es ronca. A mí me asusta, pero

tratado de disimularlo lo mejor que puedo. De su portafolio de maestro de secundaria, saca una hoja y me la entrega. ˗ Estos son los horarios de las clases, y toda la información necesaria para poder inscribirse –me indica con su dedo mientras mi mirada viaja rápidamente por el pedazo de papel. Lo miro con detenimiento. ˗ Hay dos clases; una es de actuación clásica y la otra es de actuación moderna. La primera es más tarde, de 4:00 p.m. a 6:00 p.m., y la segunda es dentro de casi una hora, comenzara a las 2:00 p.m. a 4:00 p.m. Su gran sonrisa me hace devolvérsela, pero es más un movimiento automático que otra cosa. ˗ Si me disculpas, tengo que irme –señala la puerta derecha de la bodega. Asiento nuevamente, pero es que de todas formas él se reúsa a dejarme hablar, parece un loro, ¿o solo será la emoción? No tengo ni idea, pero me parece muy poco… normal, que alguien sea tan entusiasta. ˗ Está bien, gracias –logro decir. ˗ Bien, te espero – dice antes de meterse a esa vieja bodega. Miro la hoja que tengo en las manos. Ni siquiera sabía que había más de un tipo de actuación o como quiera que se llame. Bostezo del gran cansancio que tengo, y le hago una parada a un taxi que va pasando. No quiero caminar más. Se me hace que he caminado todo el día y seguro que mi exceso de comida ha desaparecido de mi organismo. Hablo con el señor que maneja el taxi y le comento sin querer, que me

quiero mudar a un departamento, y él me hace mención de una sobrina suya que está alquilando un pequeño departamento para una persona y esta amueblado. Me quedo sorprendida porque parece caído del cielo, y sobre todo porque se me ha salido la lengua al contarle mis asuntos privados a un simple señor. La verdad es que tiene pinta de buena persona. Al final le pido el teléfono de su sobrina. También me dice que hay un atajo para poder llegar al “teatro” –que así es como le llaman a esa vieja bodega–, que no me llevara más de diez minutos atravesar desde el hotel hasta el teatro, pero me advierte que lo mejor será que solo lo haga a tempranas horas, porque es a través de un callejón. Le agradezco por la ayuda y le pago. Al llegar al hotel, me acuesto en la cama y me duermo al instante. *** Me despierto toda apurada al escuchar la alarma del teléfono que puse antes de dormirme. La había puesto para las tres y media de la tarde, pero al fijarme, me doy cuenta que casi son las cuatro y que es probable que no la haya escuchado antes. La ultima clase del día comenzara dentro de poco, y yo tengo que lavarme la cara y los dientes, y además llegar hasta ahí, y obviamente no puedo usar el carro. Sería una tontería desperdiciar gasolina en ello. Pero, si me voy a pie, llegare tarde a la clase, aunque eso de debería preocuparme, al final, yo solo voy de oyente y no de alumna, al menos por hoy. Me levanto de un salto y me voy al pequeño baño. Me lavo la cara y me cepillo los dientes rápida y eficientemente. Una vez termino de arreglarme, cojo una cartera de las que se cuelgan

transversalmente y meto todo lo que necesitare. Compruebo nuevamente la hora en el teléfono y miro que ya son casi las cuatro. Salgo del cuarto y cierro de un portazo, pero no me importa ni siquiera cuando la señora fea de la recepción me mira con el ceño fruncido. Recuerdo lo que me dijo el señor del taxi y decido hacerle caso, porque no tengo más remedio. El pasaje por el que tengo que pasar, queda un poco más arriba que el hotel, pero lo localizo al instante. El callejón, es oscuro, lúgubre, pero como todavía hay sol, y no da tanto miedo. Al llegar al “teatro”, entro porque la puerta está abierta y observo el lugar. Al igual que la fachada, el interior no está pintado; hay una tarima enfrente de un montón de asientos de butaca que se nota que están bastante antiguos, y la tarima chilla cada vez que alguien se para en ella. Por dentro se ve un poco más amplio que por fuera, pero definitivamente le hace falta buena iluminación y un gran telón para que parezca más un teatro. Todas las personas que hay dentro –que no suman ni 20–, están cerca de la tarima. A lo lejos, logro distinguir el cabello cobrizo del chico que me atendió cuando vine al medio día. Él, está hablando con una chica bastante guapa, de cabello rubio oscuro, de facciones muy femeninas, y delgada aunque más del tipo tabla de surf – nada por delante y nada por detrás–. Él tiene una cara que pareciera que están discutiendo, aunque ella esta relajada. Me pregunto si serán novios. Si fuera así… digamos que ese chico tuvo suerte, y no porque ella sea la gran belleza, pero él esta… mal arreglado y… no lo sé, no parece del chico que sale con una mujer fuera de su alcance. Parecía tan tímido cuando me hablo, y eso que hablo mucho y demás, pero aun así… nunca me miro a los ojos. Fue raro, ahora que recuerdo. ˗ ¡Sí! –suspira una chica, que ni cuenta me había dado que estaba a mi lado–. Él es muy guapo ¿no?

Su tono denota que está enamorada de él, o tal vez peor…

Yo miro en la misma dirección para comprobar si no me he equivocado y yo soy la que he visto mal y la chica este viendo a otro hombre, porque de guapo ese no tiene nada en absoluto. Miro por una segunda vez, y en efecto no me he equivocado. Solo logro fruncir más el ceño. No lo comprendo, que le ve. Guapo no es, atractivo tampoco, ni siquiera suda testosterona. Nada. Es muy simple. ˗ ¿Cuál es tu nombre, nueva? –pregunta la chica. Me fijo en ella. Es una de esas frikis de cabello verde y vestuario extravagante. No es nada guapa, de hecho, parece más fea con todo ese maquillaje y vestuario ridículo. ˗ Cassandra –contesto lo más cordial que puedo, pero la verdad es que no se me da nada bien, soy un fiasco en eso de ser gentil–. Y ¿tú? Le pregunto más por compromiso que por interés. Me mira antes de pronunciar cualquier cosa. Parece que está estudiando, tal y como yo hice hace un segundo. ˗ Serias perfecta para interpretar a Clavel –¿Clavel? De qué habla–. Por cierto me llamo Anabel, pero me puede decir Ana –me tiende la mano y con ella una nueva sonrisa, más amplia que la anterior. Estrecho su mano con la mía, pero no me siento cómoda haciéndolo. ˗ Oye, pero de verdad eres nueva ¿no? porque de lo contrario me acordaría de ti. Tengo excelente memoria –presume con orgullo–. Además nadie podría olvidarse de una persona como tú; eres preciosa con ese cabello dorado y esa piel tan suavecita y tersa, pareces una Barbie versión miniatura…

Mi cerebro se desconecta de la plática, pero no porque hable como una loca, sino porque nunca ni una mujer me había dicho eso. Ni siquiera mis aduladoras del bachillerato me decían que era bonita, siempre disimulaban diciendo que me miraba genial o algo así. Pero, ¿llamarme Barbie? ¿Podrá ser que le agrado a esta desconocida? ˗ Ven –toma mi mano y me jala con ella hacia donde están los demás, que es sobre el escenario, porque mientras hablábamos todos subieron a la tarima. Yo camino o más bien troto detrás de ella para alcanzarla y no hacer que me arranque el brazo, porque sí que tiene fuerza a pesar de ser muy escuálida. Subimos las gradas y cada una de ellas cruje bajo nuestro peso. Me suelta y da un estrepitoso silbido para que todos se callen, cosa que resulta bastante bien. ˗ Todos escúchenme, ella es Cassandra –me señala, se acerca mí, y me susurra, si ya me inscribí, yo niego con la cabeza, pero le digo que estoy viendo–. Viene aquí a ver como es todo y decidir si se inscribe o no, así que compórtense. Se aleja de mi lado y corre hasta donde está el chico de que me ayudo hace algunas horas. Todos me miran con curiosidad. Las mujeres tienen cierta mirada irritada a la que ya estoy acostumbrada. Me repasan el cuerpo entero a cada momento; seguramente tratando de encontrarme algún defecto, o a saber porque lo hacen. Los hombres, o mejor dicho adolescente, la mayoría menor que yo, me mira con… de la misma forma que todos los hombres lo hacen, nada nuevo, pero no con la misma intensidad con la que lo hacen los adultos. A pesar de que en mi trabajo y en todas partes estoy acostumbrada a ser, de cierta forma, un punto focal, esto no me gusta. Me siento como un animal de exhibición.



No es grato ser la nueva.

Al pasar unos segundos que se me hacen eternos, todos vuelven a sus pláticas como si no pasara nada, y saco el aire que estaba conteniendo. Un chico como de mi edad, vestido a la moda y bastante guapo, se acerca a mí. ˗ Hola –hace una sonrisa de lado que le sale totalmente fatal. Yo me aguanto las ganas de reír que tengo, porque es que; si será tonto el niño, ¡hay que ver todo lo que hace para parecer mejor, solo hace que se vea ridículo! Esa es una de las razones por las que no ando con niños de mi edad, esos es totalmente incorrecto. ˗ Hola –saludo un poco fastidiada pero ocultándolo bajo mi mejor sonrisa falsa. ˗ ¡Qué bueno que hayas venido! –me saluda el chico que me dijo que era el ayudante. Ni siquiera vi en qué momento se acercó a mí, parece que se escabulle. ˗ Sí, yo dije que lo haría y heme aquí –contesto animada. No sé porque, pero este chico me resulta… cómodo, no lo sé. ˗ Pues qué bueno que te animaras, pensé que estarías en la primera clase, pero –se encoje de hombros–, da igual. Su sonrisa me tranquiliza. El otro chico, solo se queda mirándonos, tiene los ojos entornados y el ceño fruncido, pero ni siquiera me importa que este justo frente a mí, no me cae nada bien; y eso que ni siquiera lo conozco. ˗ Muy bien, espero que te guste lo que estamos haciendo, si quieres hoy te puedes sentar y solo ver –señala con la mano las butacas. Son horribles como para que yo me siente y ensucie mi ropa con ellas,

pero no pienso portarme como una perra y hacerle el feo. ˗ Está bien, gracias –digo fingiendo estar emocionada. Camino nuevamente a las butacas y me siento en primera fila, sin interesarme despedirme del otro chico. ¿Por qué diablos decidí esta mañana hacer algo de mi vida? Y más aún ¿Por qué elegí venir aquí? Aun así, no parece ser la peor decisión que he cometido en mi vida. Sin embargo, solo el tiempo podrá darme o quitarme la razón. Ojala y la tenga, porque donde este solo sea un error más por no pensar las cosas… me iré a meter a un convento, al menos ahí no tendré que preocuparme por pagar un centavo. El sonido de la puerta cerrándose fuertemente, me distrae de mis pensamientos. Volteo la cabeza para ver de quien se trata. Una señora de mediana edad, camina con elegancia hasta la tarima. Lleva una capa roja del estilo que usan los pintores, nada más que en su versión elegante, y unos pantalones medio ajustados de color negro. Tiene pinta de ser dominante y seguramente también es la maestra. Se ve flemática. ˗ Bien todos hagan una fila, rápido –dice con tono autoritario y poniéndose enfrente de todos. Una vez todos se acomodan, exceptuando el “ayudante”, que se pone al lado de la señora, ella prosigue: ˗ Espero que todos hayan investigado un poco sobre la tarea que les di. Forme grupos de dos y vamos a interpretar una de mis historias favoritas, utilizando la técnica de Stanislavsky –todos comienzan a dispersarse y a formar pareja–. La obra que interpretaremos es Edipo Rey, de Sófocles. Y más les vale saber algo de la obra, por lo menos la parte principal, en donde Edipo se acuesta con su madre. Yo me quedo helada al escuchar eso. ¿Cómo que se acostó con su madre?



Qué asco, como es que les gusta leer eso.

˗ Ya saben que dentro de esta técnica ustedes tienen que saber los antecedentes del personaje. Así que repito tuvieron que haber leído esa obra hace ya mucho tiempo –luego de decir eso se sienta bastante cerca de mí, pero ni tan siquiera me voltea a ver, solo se fija en como todos comienzan a sudar y a ponerse nerviosos. Yo me quedo mirando sin prestar mucha atención a como cada uno de ellos comienza a decir unas líneas de lo que parece ser la obra que ella menciono. Después de un tiempo, ella les da una orden sobre que pasen a hacerlo enfrente de ella, y con cada pareja que pasa les dice que deben de mejorar. Pasan todos sin excepción alguna. Hay algunos que lo hacen bastante bien y otros totalmente mal; hasta yo que no soy conocedora del tema se cuándo no está nada bien, y algunas de sus actuaciones fueron detestables, fatales. ˗ Muy bien –se levanta la señora con una cara de fastidio bastante grande–. Les mostrare como se debe hacer. Para hacerlo bien según la técnica de Stanislavsky, hay que saber para comenzar que Edipo Rey, es una tragedia en la que Sófocles pone como uno de los temas principales la fuerza del destino, porque como sabrán las predicciones hechas de que Edipo iba a matar a su padre y se casaría con su madre, al final se terminan haciendo realidad a pesar del hecho que hicieron todo lo posible por no cumplirlo. Ahora venga aquí Ethan –el “ayudante” se levante y va donde ella esta. ¡Vaya al fin se su nombre! Es un nombre bastante bonito, se escucha fuerte, de hombre, y no de niño. Eso me gusta. ˗ Has la parte en donde Edipo les confiesa a sus hijas, que son hijas de su propia madre –dice con tono duro y luego se aparta para dejarlo a él en medio de todos. Ella se vuelve a sentar en su anterior lugar.

Ethan, me ve por un momento y luego a ella, le asiente, como dándole la señal para que inicie. ˗ “¡Qué tengas ventura y por esta acción que la divinidad te guarde mejor que a mí! ¡Oh hijas! ¿Dónde estáis? Acercaos, venid a estas fraternas, a estas mis manos, que han hecho que veáis así los ojos antes brillantes del padre que os engendro. Yo, hijas que sin ver, ni saber nada, resulte para vosotras padre con aquella en la que fui engendrado. Y lloro por vosotras…” Él sigue hablando diciendo un dialogo que no entiendo. Por alguna razón su actuación me cautiva. Es como ver a Miguel Ángel pintando la capilla Sixtina, o a Mozart creando la sinfonía nº 40, que tanto me obliga a oír mi padre de niña y a la que tanto le tome aprecio. Es increíble ver como las palabras surgen con tal seguridad de la boca de Ethan, y de forma natural como si fueran las de él, y sus facciones parecen como si de verdad sintiera cada una de esas palabras. Se siente como ver por primera vez, un atardecer con nubes rosadas y el cielo celeste, con un sol entre anaranjado y rojo bajo un árbol que cumbre parte del cielo. Quiero eso, quiero sentir esas emociones de la misma manera, deseo poder hacer lo mismo que él hace. Ya se ahora porque vine aquí. Quiero aprender a actuar. No, a interpretar emociones, eso es lo que quiero. Quiero saber qué es lo que sienten los demás, que siento yo. Termina, y aunque yo ya no logre entender ni la mitad, comienzo a aplaudir emocionada, todos lo hacen; pero quizás yo sea la que lo hace más efusivamente. ˗ Excelente Ethan, como siempre. Ven, así se debe actuar –explica la señora–. Hasta aquí llegaremos hoy –se sube la señora nuevamente a la tarima–. Para mañana, quiero que se lean Electra de Eurípides, que es como la antítesis de Edipo, y vamos a aplicar la misma técnica.

Todos se despiden y la tal Ana me saluda a lo lejos con la mano, pero se va platicando con un chico que parece que le gusta mucho más que Ethan, tiene una cara de embobada que seguro ni ella se la aguanta. Yo me quedo esperando a Ethan, porque ahora que me decidí, quiero inscribirme lo antes posible, aunque se me hace que tendré que hacerlo para la primera clase porque esta no me dejaría espacio para ir al trabajo, o mejor dicho, para llegar a tiempo al trabajo. Lo bueno es que no tendré que leer obras que no entienda. ¿O será que ocupan las mismas obras y diferente método? Ni idea. Después de un momento, la señora se va y deja a Ethan guardando una cosa dentro de una caja que tienen al lado del escenario. Me acerco a él. Carraspeo mi garganta cuando llego a estar detrás de él. ˗ Disculpa –lo llamo. Él voltea y me regala una gran sonrisa, que hace que mi corazón se sienta feliz. ˗ ¿Sí? ˗ Quiero inscribirme, ya me decidí. Y por cierto, tu actuación estuvo maravillosa. Ethan, se pone más rojo que un tomate y eso me hace sonreír, pero no me burlo de él, solo me parece gracioso ver a alguien ponerse rojo por un alago. ˗ Oh gracias –dice tímidamente. Toma su maletín del suelo y lo abre para sacar dos hojas de papel–. Esta es la hoja de inscripción, no importa a cuál te inscribas porque los requisitos son los mismos, pero si debes poner en la siguiente hoja –le da la vuelta a la página–, cuál es el horario que tomaras, aunque solo es por control.

˗ Gracias –digo cuando me entrega el papel.

˗ Entonces… ¿cuál tomaras? –pregunta mirando al suelo.

˗ La de las dos de la tarde, no me pega con mi trabajo –respondo sin pensarlo. Me doy cuenta de mi error, pero decido no ponerle mucho interés. ˗ Además –agrego para que no pregunte por mi trabajo o yo que sé–, por donde vivo no es buena idea pasar muy de noche. ˗ ¿Por dónde vives? –me mira un poco preocupado. ˗ Vivo en un hotel que queda a unas cuadras de aquí, pero tengo que pasar por un callejón que está a una cuadra –señalo más o menos donde queda, aunque de todas maneras ni lo puede ver porque aún seguimos dentro del teatro. Se queda pensando por un momento viendo la salida del lugar. ˗ Entonces te acompaño, así llegas a salvo a tu casa –sonríe nuevamente, y a mí se revuelve el estómago de una forma inusual–. Y me puedes ir diciendo tus datos para poder hacer tu inscripción. ˗ Gracias –digo realmente agradecida, porque no quiero pasar por ese callejón oscuro yo sola. Salimos del teatro y comenzamos a caminar en silencio. Él trata de caminar a mi ritmo, pero casi puedo ver como hace un leve esfuerzo para poder llevar mi paso. Seguramente camina más rápido y le incomoda ir tan lento. Por otro lado yo me siento de lo más a gusto, a la par de este espécimen tan fascinante. Un hombre como ninguno que haya visto en toda mi vida. Representa toda la pureza de la humanidad, por lo menos para mí que nunca la pude apreciar tan de cerca. ˗ Dime tu nombre completo –dice quitándome el formulario que llevo en las manos y sacando un lapicero del bolsillo de sus pantalones.



˗ Cassandra, a secas –respondo un poco molesta.

No quiero decirle mi apellido. Es probable que haya oído hablar de mi padre y no quiero que me relacionen con él. ˗ Muy bien –dice anotándolo–. Ahora, dime tu edad. ˗ 18 –pronuncio con bastante indiferencia. Vuelve a anotarlo. ˗ Un número donde poder llamar en caso de emergencia –me mira de reojo. Creo que ha anticipado mi repuesta pero igual la espera. ˗ Es el 5945-1354 –doy el número del club donde trabajo. No quiero que piense que soy tan patética como para no tener a nadie a quien le importe aunque sea esa la pura verdad. Sigue haciéndome preguntas sin trascendencia y yo sigo contestando con algunas verdades y otras que no lo son en absoluto, pero no lo necesita saber. Terminamos de llenar el cuestionario juntos, y me dice con un poco de pena que mañana tendré que llevar el dinero para cancelar le mensualidad. Pero en lugar de esperar, saco los $50 dólares y le pago en el momento. Ethan, no dice nada, solo se mete el dinero en los pantalones sin siquiera contarlo. Cuando llegamos al hotel, ambos paramos y nos quedamos viendo uno al otro. ˗ Bueno, gracias por acompañarme –digo jugando con mi mano. ˗ De nada –sonríe y veo por fin el color de sus ojos cuando se acerca y me da un beso de despedida en la mejilla.

Sus ojos son fabulosos, son de varios colores. Tiene verde musgo, junto con un amarillo miel, y hasta una pizca de un rojo oscuro que rodea su pupila. Literalmente el aire se sale de mis pulmones al verme reflejada en esos lindos ojos. Sin darme cuenta por estar pensando en Ethan y sus ojos de sueño… una mano me jala y me aparta rápidamente de él. ˗ Cassandra, necesitamos hablar –dice Luis, una vez me tiene frente a él. Parece furioso. Un escalofrío duro pasa por toda mis vertebras. Me acuerdo que detrás de mi esta Ethan, cuando el posa su mano en mi hombro. Volteo y le doy una sonrisa para tratar de tranquilizarlo. La cara de Ethan, es de disgusto y se ha puesto ligeramente rojo, sin embargo, cuando ve mi cara, se relaja. Luis, me arrastra con él hacia un coche que esta aparcado al otro lado de la carretera, pero mis ojos no se apartan de los de Ethan, y le digo adiós con la mano y trato de fingir que no pasa nada. Una vez dentro del auto, mi mente se queda en blanco.



-6



Me siento muy incómoda sentada junto a Luis, y más después de lo que paso antes… ¡Joder! ¿Ahora cómo voy a volver a ese lugar sin sentirme como una estúpida? Por culpa de este idiota, ahora tengo que inventar algo para cuando vuelva a ver a Ethan. Seguro que no está acostumbrado a ver como casi raptan a una mujer, y seguro que él no lo haría. ¡¿Por qué Mierdas vino Luis?! Lo miro de reojo. No quiero que me vea observándolo. Y estoy cansada… cansada de todo, cansada de verlo y tener que callarme, cansada de tener que revivir todo cada vez que estoy cerca de él. Justamente hoy, que había decidido pasar todo mi día lo más lejos de él, y luego aparece aquí, que es mucho peor que solo estar en el club con él. Me abruma todo lo que siento, no puedo resistirme a la fuerza del pasado, me está comenzando a arrastrar y no quiero volver allí. Con cada giro de llantas que da el auto, me pongo más ansiosa, más nerviosa. Necesito que algo me haga olvidar todo, que algo me saque de este mundo y me haga ver estrellas. Lo miro otra vez; sus ojos están fijos en la calle, tiene el ceño fruncido y los labios bien apretados. No sé qué pasara por su cabeza, pero me intriga, siento una enorme curiosidad, pero a su vez no quiero saber nada. No puedo negar que parte de mi quiere hacer las paces con él, pero… algo mucho más grande que mi orgullo, me detiene. Aunque ahora, a pesar de que todo está confuso en mi cabeza; solo experimento odio, odio por cómo me ha traído o mejor dicho arrastrado junto a él, odio por lo que ha pasado. Advierto como una tormenta se avecina, y no hablo del clima. Es como si una nube oscura se cerniera

sobre mi cuerpo, sobre mi alma. Un pensamiento inunda mi mente… ¿Qué tal si a él solo le gusta tenerme cerca porque tiene la esperanza de que algún día me va a volver a utilizar como ya lo hizo en el pasado? Un escalofrío recorre mi columna vertebral. Sé que solo fui un juguete para él, que solo me utilizo para saciar sus ansias de poder. Quizás he cambiado mucho desde que salí de casa de mi padre, pero ahora ni siquiera puedo pensar en todo lo que me hacía, sin sentirme asqueada y hasta sucia. He crecido y ya conozco lo que yo era para él: solo era su sumisa. Y aún, creo que a las sumisas las tratan mejor de cómo me trataba él a mí. Podría decir que si él pensara en mí más que como un juguete tal vez me podría plantear la idea de volver con él… pero, no hay nada más lejos de la realidad. Estoy tentada a querer abrir la puerta y tirarme por la calle, sin siquiera importarme que eso pueda significar mi muerte. El infierno sería el cielo a comparación de esto. Sentarme junto a él, en este auto, yendo a solo Dios sabe dónde, no me gusta en absoluto. Lo miro fijamente. Ya no me puedo seguir quedando callada y mucho menos esperar a que Luis se digne a hablar. ˗ ¿Qué quieres de mí? –pregunto en un susurro. Al ver como él mueve su pecho más agitadamente, no lo soporto y miro para otro lado. Me desespera todo. El aire es espeso. Se puede sentir la tensión que hay flotando en la atmosfera. Hasta el peso de la gravedad cae en mi cuerpo con pesadez, como si todo este tiempo hubiera estado en el espacio sin sentirla y ahora mis músculos la recienten.



Suspiro un poco frustrada al no escuchar su respuesta y decido voltear y verlo a la cara. La sorpresa que me llevo cuando lo miro… él me está viendo como… no se ni como describirlo. Sus ojos están muy abiertos, su boca está más que apretada pareciendo una línea muy delgada de labios, su frente esta arrugada en una expresión indescifrable. Me confunde. Sacude su cabeza. En sus ojos aparece una mirada que ya me la conozco bien, ya sé que significa. ˗ Déjame bajarme o me tiro –amenazo. Veo su sonrisa aparecer frente a mis ojos. Esa de arrogancia con la que siempre me miraba cada vez que teníamos sexo. Ah, porque hacer el amor no era para él. Siempre exigiéndome que me mantuviera callada, que no gimiera, o me tapaba la boca con sus manos y en ocasiones hasta con una cinta gruesa de color gris, que cada vez que me la quitaba me dejaba los labios lastimados y de paso él le encantaba eso; verme maltratada. Ahora que recuerdo todo eso me doy cuenta que le gustaba hacerme daño en todos los sentidos. Saber que se aprovechó de mi cuando apenas tenía 14 años de edad, que no había visto el mundo y que solo buscaba complacerse a sí mismo, hace que quiera vomitar. Lo miro de reojo y él no ha parado de verme. No ha hecho nada para que el auto se detenga, y no creo que lo llegue hacer. Me giro a la puerta y trato de abrirla, le quito la llave, pero sigue sin abrir. No importa cuánto la jale o le pegue la puerta sigue cerrada. ˗ No la vas a poder abrir –dice con una voz que me deja helada. Siento como se acerca más a mí. No volteo por miedo. Miedo a sentirme tan vulnerable como hace cuatro años. Por no querer ver sus ojos, que es seguro que no me guardan nada bueno. No quiero si quiera pensar que estoy en el mismo lugar que el

sin tener forma de escaparme. ˗ Ahora eres más bonita que cuando tenías catorce –murmura pasado un dedo por mi columna, Una corriente eléctrica recorre todo mi cuerpo. Se me hela por completo la sangre y puedo sentir como el color abandonar mi cuerpo. Detesto sentirme así. Quisiera demostrarle que él ya no tiene influencia sobre mí, que ya no me controla. En mi mente me doy vuelta, lo empujo lo más lejos que puedo y logro abrir la puerta y escapar de él, para nunca jamás volverlo a ver. Se acerca a mí, lentamente. Su cara esta justo sobre mi cuello, siento su respiración agitada golpeando contra mi nuca. Mi cuerpo tiembla ligeramente cada vez que exhala, como si un viento helado me golpeara. Levanta con una mano parte de mi cabello y lo pone sobre mi hombro, dejando descubierto mi cuello. Me siento vulnerable, y no puedo moverme ni un centímetro, estoy contra la puerta, y como si eso no fuera poco, mi cuerpo no responde, ni siquiera mi cabeza logra poder computar un pensamiento de forma coherente. Pasa un dedo por el tallo de mi cabeza, y luego lo hace bajar lentamente hasta llegar a mi espalda baja. Miro mis manos temblorosas y pálidas. A pesar de que ya han pasado cuatro años, en mi mente es como si no hubieran transcurridos, lo único que ha cambiado es que no me siento capacitada para obedecer, no siento esa necesidad de dejarme engatusar por sus delicadas caricias, aunque siempre fueron pocas y casi nunca pasaban, solo las hacia cuando sabía que haría algo nuevo que me podía asustar, o simplemente porque me había molestado con algo; aunque

nuevamente, eso casi no pasaba, nunca estuve realmente molesta con él, hasta que claro, todo llego a su final. Se acerca más y con sus labios roza mi nuca. Un escalofrío más grande que el anterior, se apodera de mi cuerpo. Una capa fina de sudor cubre mi rostro. Un sudor frio. Por instinto, mi cuerpo se pega más a la puerta, pero se me hace casi imposible alejarme del todo de Luis. ˗ No te recordaba tan apática –se burla volviendo a rozar mi cuello con un dedo. Mis manos se estrujan contra mi pecho en un vano intento de proteger mi corazón de él y de su voz. Esa voz que es como el canto de una sirena que me ínsita a dejarme hacer lo que él quiera, que me dice que confié en él, que no deje el pasado ni el futuro arruine lo que podría ser. Me doy vuelta temblando de pies a cabeza. Al menos la primera impresión ya me paso y mi cerebro ha logrado obtener una conexión estable con mi cuerpo. Tengo la boca abierta, y mis dientes chocan unos contra otros como si estuviéramos bajo cero. Luis, me mira con superioridad, sabiendo que en parte, todavía soy suya, que todavía sus palabras me afectan, que sus caricias me hacen que mi cuerpo se derrita sin apenas tocarlo. Una alarma suena en mi mente, y de pronto, es como si mi cabeza funcionara en la dirección correcta. Estoy furiosa. Ahora mi cuerpo convulsiona, pero es de enojo. No puedo creer que nuevamente me la esté haciendo pasar. Él no ha cambiado y nunca cambiara, y yo merezco algo mejor.

Nota, como mi actitud ha cambiado y se pone serio, pero sin denotar ninguna emoción. ˗ Te dije que necesito hablar contigo, y eso vamos a hacer –se arregla su traje y se recompone en su asiento nuevamente sin mirarme. Aprieto mis puños evitando así, saltar sobre él y ahorcarlo en este mismo momento. ˗ ¿De-que-quieres-hablar? –digo a través de mis dientes, apretando mi mandíbula. No quiero oírlo, pero si esa es la única forma que me dejara nuevamente sola… que así sea. Sé que sus palabras estarán cargadas de mentiras, solo quera volverme a ser su objeto, su muñeca de trapo con la que hace y deshace. Pero eso no va a ocurrir. Rápidamente me doy cuenta que esta no es la manera de lidiar con él, que si le demuestro cualquier emoción, él la manipulara y la pondrá a su favor. Luis, es el rey de las marionetas humanas. Puede controlar cualquier cosa, y a mí en especial. Supongo que esa fue la manera de como llego al poder, de como se hizo senador. La única manera de deshacerme de él, será usando la indiferencia. Me siento correctamente, mirando hacia el frente y dejo de gesticular. Mi cara está en blanco. ˗ Dime ¿de qué querías hablar? –uso mi mejor tono neutro. Lo veo y tiene el ceño fruncido, esta vez sí parece molesto, y mucho. ˗ Quiero que dejes de trabajar para mí –achico los ojos, mientras que él solo aprieta la mandíbula. ˗ ¿Me estas corriendo? –respondo con un grito escéptico.



Trato de relajarme nuevamente, pero cada vez se me está haciendo más difícil. Aunque la verdad, es que su comentario –o lo que sea–, me hace pensar que verdaderamente necesito otro trabajo, pero no puedo decirle que de cierta forma, estoy de acuerdo con él. Luis, resopla molesto, pero soy yo la que debería estarlo. Me miro las uñas para ya no tener que mirarlo. ˗ Si eso será todo lo que me vas a decir… creo que me puedes dejar aquí –ordeno, muy confiada de lo que estoy diciendo. No me importa si me toca pedir un taxi desde donde quiera que estemos. Tampoco me importa que el lugar donde estemos quede lejos o sea un lugar peligroso. Además, para mi mejor que solo quiera hablar de eso. Con un movimiento rápido y brusco, toma mi quijada y hace que lo mire. Su cara está muy cerca de la mía. Su mirada es de león, y su sonrisa es malévola. Sin previo aviso, se lanza a mis labios con una brutalidad animal. Por un momento me excito, mi cuerpo se comienza a calentar y a llenar de endorfinas, pero rápidamente mi mente me hace recordar quien es él y que es lo que he pasado por su culpa. Sin corresponderle el beso, lo empujo con todas mis fuerzas, pero él no hace más que pegarse más y más a mi cuerpo. Me empuja hacia él, juntándonos. Trato de mover mi cara para ver si de esa manera puedo alejarme de él, o al menos evitar su beso, pero fallo en mi intento cuando él coloca sus manos en mis mejillas y me direcciona la cara a su gusto. Se está quedando sin aliento, lo puedo sentir. Su respiración está cada

vez más agitada y no puede mantener sus labios pegados a los míos por mucho más tiempo. Se separa de mí pero mantiene su rostro cerca del mío, tocando mi frente con la suya. Cierra los ojos con fuerza y resopla e inhala fuertemente. Yo también estoy igual, pero no por gusto. Esto es su culpa, mi respiración esta agitada por su culpa. No hubo nada placentero en ese beso forzado, al menos para mí. Abre los ojos. Su pupila esta dilatada, y las comisuras de su boca se levantan en una sonrisa de satisfacción. Mis ganas de vomitar aumentan cada vez que miro su ridículo rostro, con esa expresión de gozo. Ha disfrutado del maldito beso, cosa que no me sorprende. Tengo una arcada. Luis se aleja de mí, asustado por mi reacción. Mi estómago esta patas arriba y trata de devolver todo lo que he comido en el día. Me tapo la boca para evitar vomitar en ese instante. ˗ Para el auto –le grita al chofer. Con la mano derecha busca algo en el asiento y saca un control remoto pequeño, y quita la llave de las puertas. Al parar el auto, abro rápidamente la puerta del auto y salgo de él. Vomito en el asfalto, hasta que mi estómago se queda sin nada, no lo puedo evitar. Detrás de una arcada viene otra y otra. Cuando termino, estoy un poco mareada y sudo frio. Agradezco haberme hecho una coleta de caballo, de lo contrario tendría todo el cabello lleno de porquería.

˗ Toma –me pasa Luis, una botella con agua.

A decir verdad, no me había dado cuenta que estaba a la par mía. No le había prestado atención a sus movimientos desde que salí del auto. Tomo la botella y me enjuago la boca. Me siento débil y miserable, pero sobre todo molesta. ˗ ¿Me pudo ir? –pregunto agotada, y mirándolo con odio. Él también está enojado, pero hay confusión marcada en sus ojos. Respiro hondo. Ya no aguanto estar cerca de él. No soporto estar con este cumulo de emociones que siempre me aguardan cuando me encuentro junto a él. ˗ Entra al carro, Cassandra –ordena. Me quedo de piedra en cuanto escucho las palabras que salen de su boca. No me importa lo que acaba de decir, no le hare caso. No volveré a ese auto y menos cuando acabo de vomitar a causa de él. ˗ Vamos, no me hagas perder la paciencia –se soba las cienes, desesperado–. Metete al auto –sisea. Sonrió con superioridad. Estoy resultando ser mejor actriz de lo que pensaba. No me siento feliz y tampoco tengo ganas de ser cínica, pero no necesito que él sepa lo miserable que estoy ahora. Me doy vuelta y comienzo a caminar en dirección contraria de adonde nos dirigíamos. Veo que en una bifurcación está el nombre de la calle donde nos encontramos y me doy cuenta que no estamos tan lejos de mi hotel como yo pensaba. Aunque no soy tan tonta como para ir caminando hasta ahí a esta hora. Escucho un portazo y poco después, el carro arranca.

Camino con tranquilidad cuando veo que él aparece a la par mía.

˗ No te he despedido –dice tranquilo.

Con el rabillo del ojo veo como está caminando sereno y con sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Si nos viera cualquier persona, pensaría que somos algo, aunque solo sea que sus pensamientos vayan encaminados a creer que solo somos hermanos o algo por el estilo Yo estoy más incómoda que antes porque no me esperaba que esto sucediera. Frunzo el ceño cuando sus palabras se repiten en mi cabeza. ˗ No entiendo –pronuncio lentamente. ˗ Lo que has oído. No quiero que trabajes para mí, pero no por eso te voy a dejar en la calle –me quedo callada, y él continua–. Quiero que dejes de bailar, pero… quiero algo más. Reflexiono. Luis, no quiere que siga bailando, pero tampoco quiere dejarme sin trabajo. Y… ¿quiere algo más? ¿A qué se refiere con eso? ˗ No quieres que baile –afirmo–. Pero, ¿Qué es lo que quieres? Tengo temor de su respuesta. De hecho, no estoy tan segura de escuchar lo que me quiera decir. La pregunta ya está hecha, no hay marcha atrás y debo aceptar y asimilar cualquier cosa que me diga. Con ello no quiero decir que hare lo que me diga. Él se queda callado mientras seguimos caminando.



˗ Te quiero a ti –responde después de un rato. Paro de caminar, y doy media vuelta.

No me ve, solo ve la calle. Parece tenso, pero… no lo sé. Sus palabras sonaron tan sinceras, tan emotivas y él también parecía desolado al decirlas. Su voz era triste, y ahora está ahí, parado, mirando hacia la nada. Jamás escuche que él me hablara así. Luis, nunca daba a conocer sus pensamientos, o sus emociones, al menos, no las de carácter romántico. Se da media vuelta y me mira. En sus ojos veo algo más de lo que estaba acostumbrada a ver. Ruegan por algo, por mí… Me toma la cara entre sus manos, pero yo me aparto de su toque y sigo caminando. ˗ Eso no va a pasar –le aseguro. Ya no escucho sus pasos. Se ha quedado atrás a propósito, lo sé. Es mejor de esa forma. Los dos necesitamos espacio. Los dos debemos de pensar las cosas. Tengo sentimientos confusos. Por un lado me siento aliviada que ya no me siguiera, pero por otro lado, me siento angustiada, desesperada. Y sobre todo, mi pecho se oprime, pero no entiendo cuál es la razón de ello. Camino hasta que miro un taxi y le doy la dirección del hotel. En diez minutos, estoy dentro de mi habitación, aun con las sensaciones alborotadas y con un leve dolor de cabeza. Siento como el día me pesa. Como el sueño se desliza lentamente sobre mi cuerpo. Es lógico que ahora me sienta cansada, después de todo, no he dormido nada desde ayer, y necesito hacerlo, necito fuerzas para mañana. Me quedo pensando en las palabras de Luis. Yo tampoco quiero trabajar con él, por ahora no tengo otra manera de conseguir dinero. Necesito el

trabajo, tanto como cualquiera de las otras chicas que trabaja ahí. Ahora las entiendo. Entiendo porque no pueden renunciar a ese trabajo de mierda. Bueno, no es que el curro no me guste, más bien que no me gusta mi jefe. Soy un fiasco haciendo cualquier otra cosa. Solo soy buena haciendo que los hombres se fijen en mí. Me desinflo como pelota de playa. Me tiro a la cama y me duermo al instante. *** Me levanto de un brinco, con el corazón alterado y sudando como si hubiera corrido un maratón. Estoy angustiada, y no sé porque es. Tengo un gran nudo en la garganta y siento la necesidad de gritar, pero no lo hago. Eso sería una locura. Me levanto de la cama y decido que si mi cuerpo quiere actuar de esta forma, le daré una verdadera razón para hacerlo. Me pongo los tenis, y ropa deportiva parecida a la andaba ayer. Debo olvidar toda esta frustración, y el ejercicio será una buena herramienta para hacerlo. Necesito olvidar todo lo que paso ayer, bueno, no todo, solo lo que tiene que ver con Luis. Ahora mismo lo detesto mucho. Tomo un poco de dinero, mi iPod y mi celular. Salgo de la habitación, y en la recepción me encuentro con el chico que me atendió la primera noche que vine. Me sonríe queriéndose hacer el “sexy” pero no le funciona muy bien, de hecho, se le ve bastante cómica. Yo también le sonrió, un poco coqueta. ¿Por qué no hacerlo? ˗ Buenos días –saluda él con una voz ronca. ˗ Buenos días –contesto mordiéndome el labio y dándole una buena

repasada a su cuerpo, solo por el gusto de poner el clima un poco más caliente de lo que está. ˗ Espera –grita antes de que yo me ponga los audífonos, lista para salir–. ¿Tú eres Cassandra, verdad? Me acerco al mostrador al ver que él me hace una seña para que llegue hasta donde está. ˗ Esperame aquí –dice saliendo del mostrador y entrando a una puerta detrás de él. Al poco tiempo, sale con un enorme ramo de rosas de todos los colores. Es hermoso y muy grande, pero sobre todo hermoso. ˗ Hace como media hora lo dejaron para ti –me quedo viendo como tonta el arreglo, quizás hay como 4 docenas de rosas. Le da vueltas y lo detiene–. Aquí hay una tarjeta. Tomo la tarjeta, aunque la verdad no es necesario; no hay que ser un genio como para no saber quién las mando. Bueno, si hay algo de raro. Nunca ha sido de las personas que manda flores y ya no digamos rosas, al menos a mí. La tarjeta está escrita a mano, su letra: Te deseo, más que antes. Necesito recuperarte y nunca volverte a perder. Me tienes loco. Solo piénsalo, no tendrías que trabajar, yo te daría todo… no me contestes aun, sé que tengo que reconquistarte, por eso solo te puedo pedir que lo pienses y que recuerdes los momentos buenos que vivimos. Cuídate bebe. ATT: Luis.



-7

Me quedo viendo la nota que pende de mis dedos. No doy crédito a lo que mis ojos acaban de leer.

Releo nuevamente el papel, una y otra vez, hasta que casi me la sé de memoria. El chico que trabaja en este hotel se ha quedado callado, seguramente intuyendo mi sorpresa, aunque dudo que pueda ver reflejado en mi semblante algo más que eso. Simplemente no me lo puedo creer. ¿Cuánto tiempo espere que algo así pasara? Hace algunos años hubiera llorado y corrido a su lado. Le hubiera dejado hacerme lo que él quisiera. Hubiera muerto por una cosa como esta, por una nota como esa. Habría hecho cualquier cosa por escucharlo decir cómo se sentía por mí. ¿Cuánto tiempo me negó conocer sus sentimientos? Mientras estábamos juntos y mi inocencia estaba intacta, y claro, no me refiero a mi virginidad, sino a mi ingenuidad, bien pudiera haberme dicho mucho menos que esto y le hubiera perdonado cualquier cosa. Quizás… incluso hubiera perdonado sus mentiras y engaños si yo hubiera conocido que sus sentimientos hacia mí, existían. Ahora… simplemente cada una de sus palabras me suenan vacías, carentes de las emociones que tratan de proyectar. No creo nada de lo que ha puesto ahí. Con esto no hace más que decepcionarme más y más. Estoy segura que con ello pretende hacer que mis piernas flaqueen y que nuevamente lo deje entrar en mi vida. No se redirá hasta verme otra vez a su merced.



Me enloquece la idea.

No puedo creer lo mezquino que sigue siendo, a pesar de que ya ha pasado mucho tiempo. Ya tendría que haber madurado y darse cuenta que no puede manipular a las personas a su alrededor y volverlas sus muñecos andantes. Siempre espere verlo con un enorme ramo de rosas, o al menos una. Recuerdo como en los primeros días de relación, al salir del colegio, espera verlo recargado en su auto, sosteniendo una simple rosa entre sus deliciosos dedos. Pero nunca paso. Lo tonto es que seguí esperando que eso pasara, aun cuando ya todo estaba roto. Yo no quería una estúpida llamada en la que me decía que no todo era como me imaginaba, no quería escuchar su voz quejumbrosa por medio de un aparato. Yo solo quería una disculpa real, frete a frente. Una disculpa que obviamente, nunca llego. Me rio con dolor. ¿Cómo es posible que un hombre, aparentemente perfecto, como él, sea en realidad un ser tan asqueroso? Mi sangre comienza a hervir dentro de mi cuerpo, mi cara se calienta al igual que mis ojos. Quiero llorar de furia, pero también deseo golpearlo hasta que mi agonía acabe. Maldito sea, Luis. ˗ ¿Puedes hacer que estas rosas desaparezcan? –le pregunto al chico. Él me mira sin comprender nada. Claro, ha de pensar que estoy zafada por querer votar unas rosas que mínimo han de valer unos $100 dólares. Joder. En este momento no me importa nada. Ni siquiera me importaría si fuera otra cosa aún más cara. ˗ ¿Está segura? –pregunta escéptico. ¡Joder, claro que lo estoy!



No me puedo desquitar con este niño. Me limito a asentir.

Me abruma esta situación, pero no dejare que me vean en un estado desquiciante. Si algo he aprendido de estos años de ser la hija de mi padre, es que hay que saber en qué momento explotar y frente a quien hacerlo. Hacerlo en este momento sería un error, y uno muy grande. Por ahora me conformo con que ese remedo de “disculpa/conquista”, desaparezca de mi vista. ˗ Como desee… –me contesta el niño. Articulo un “gracias”, y sigo mi camino. Más que nunca necesito correr. Rompo el papel en mil pedazos y lo tiro al cesto de la basura antes de salir a la calle. Jamás en mi vida quiero volver a leer esa cosa, aunque siendo realistas, esas palabras están incrustadas en mi cabeza. ¿Cómo puede ser que algo que añore por tanto tiempo… se convierta en algo repulsivo cuando pasa? Al llegar a la calle, me pongo los audífonos. En este momento necesito mucho deshacerme de esta mala energía que brota de mi cuerpo, y la única forma que conozco que me quita los pensamientos, es cansarme. Lo haría con el sexo, pero no tengo a nadie, y no hay tiempo para buscar a alguien que no tenga ninguna ETS. Pero necesito que mi ira incremente rápidamente para quitármela de encima con mayor facilidad. Busco en mi iPod, y encuentro la canción que necesito justo ahora. La canción “Ich Will” de Rammstein, suena a todo volumen en mis

oídos. A pesar de que esta canción no se acomoda a como me siento, al menos en lo que dice; sus altos y sus bajos y la forma en como es cantada… me hace sentir eufórica, como si yo fuera la dueña de la tierra y todos en ella fueran mis súbditos. Comienzo a trotar apenas suenan las primeras notas. Me comienzo a sentir mejor, pero no de una buena forma, es como si mi ira incrementa con cada acorde que hay en la canción, con cada pisada fuerte que dan mis pies en el pavimento. Antes que termine la canción, ya estoy corriendo a todo lo que mis pies dan. Como si corriera por mi vida. Aunque ahora, así se siente. En menos de unos minutos, ya llevo un buen trecho desde el hotel. No hay mucha gente, y la poca que hay, me da espacio para que corra con libertad. Respiro agitadamente, pero disfruto cada una de las exhalaciones e inhalaciones, como si alimentaran mi ánimo de destrucción, que es lo que quiero. Ich will eure Fantasie Ich will eure Energie Ich will eure Hände sehen Ich will in Beifall untergehen Siento como mi cuerpo responde al escuchar cada nota, al escuchar cada palabra. Quisiera tener esa habilidad de la que se habla en la canción, que más de ser una habilidad, es un deseo. Quisiera las fantasías de él, su energía sus manos, sus aplausos, todo… Lo quiero todo de él. Para así, como él me tuvo una vez él a sus pies ahora ser yo la que pueda mirarlo hacia abajo y poderme burlar de él.



Mis pies siguen acelerando su paso cuando cambia mi reproductor de canción, y ahora se comienza a reproducir “Radioactive” de Imagine Dragons. Aun, cuando esta canción no es tan energética como la anterior, mi cuerpo fluye. Todavía no llego al máximo de mi ira, puedo sentir como todavía tengo una visión levemente blanca sobre mi cerebro, cuando debería de ver todo rojo. Debería verlo sangrar. Necesito detener a esa pequeña niña que me susurra que tenga compasión de él. A esa mugrienta niña que me grita que le cuente todo y que le deje elegir. ¡No! grito internamente. Las canciones pasan. Mi reproductor va de, “Left behind” de Slipknot, a “Sugar” de System of a Down. Siento el éxtasis del enojo. Las fantasías de la venganza golpean fuertemente mi cabeza. Solo hasta cuando comienza a sonar una canción que guarda mucho significado para mí, me doy cuenta que hay lágrimas en mis mejillas, y que mis pies están cansados y pesan. La canción que suena es “Hijo de la Luna” de Mecano. Mi pecho se oprime. ¡Ahora no! Paro lentamente, y me apoyo en una pared. Mis manos tiemblan, y mis piernas flaquean. Necesito un respiro y esta canción no me lo da, solo me hace recordar. Cada palabra de la canción, perfora mi alma, como si mil pedazos de vidrios se alojaran en mi tórax. Últimamente, desde que he vuelto a ver a Luis, todos los pensamientos

me llevan de una a otra forma a mi hijo, mi bebe, a él que nunca veré. Detesto esta sensación, pero parte de mí, se aferra con uñas y dientes a ella. Cuando la canción acaba, me doy cuenta que ya no podre correr. Solo hace media hora que deje el hotel, así que no estaré muy lejos, o al menos eso espero. Doy media vuelta y vuelvo por mis pasos. Necesito un descanso, quizás me dé una buena ducha o me duerma un momento. Estoy harta de mis sentimientos, y más de los que él despertó en mi nuevamente. Toda mi vida estaba en control, hasta que el volvió. ¡Lo DE-TES-TO! Mi cabeza comienza a dar unas cuantas vueltas. Todo mi cuerpo esta exhausto. Al estar dentro del hotel, me voy directo al cuarto y me desplomo en mi cama. Me cuesta respirar al estar boca abajo. Ruedo hasta quedar mirando el cielo de la habitación. Ya no sé qué hacer. No sé si ponerme a llorar o si golpear algo. El pasado me está consumiendo. Mis decisiones, sus decisiones… están pasándome factura. No tengo a nadie con quien poder comentar mis problemas. No tengo amigos, no tengo familiar, bueno, esta mi papá, pero es como si no estuviera. ¿Realmente cuando ha estado ahí? Dejo salir el aire de mis pulmones. ¿Cuándo he tenido a alguien? NUNCA.



Quizás por eso me fije en Luis, no lo sé. En este momento parece así, pero no me puedo fiar de mi cabeza. La pregunta es… ¿estoy dispuesta a dejarme hundir de esta manera? NO, jamás me dejare desvanecer en un recuerdo, en algo que no podrá ser. El tiempo pasó. Mi padre, seguirá siendo mi padre, pero no puedo dejarme llevar por lo que no fue, él también lo tuvo difícil. Me levanto de un brinco. Yo no soy de esas personas que se quedan lloran uno y mil mares por su pasado. Los problemas no se enfrentan con lágrimas y mucho menos autocompadeciéndome. El cielo sabe que a pesar de todas las putadas que he tenido que vivir, nunca he dejado consumirme. La única vez fue hace un tiempo, y es la excepción, no hay otra, ni la habrá. Me quito la ropa, como si quemara mi piel. Me voy a la ducha. El agua helada refresca mi cabeza y me quita esas ideas estúpidas de ella. Pasado unos minutos, me termino de bañar y salgo en toalla. No he traído ropa, pero de cualquier manera, no es necesario cubrirme porque estoy sola. La toalla se queda atorada en el pomo del baño, y termino quedando desnuda en medio de mi recamara. ˗ Dios… –dice el chico de la recepción, que está frente a mí. Tiene los ojos bien abiertos, y examina mi cuerpo con detenimiento. Yo noto que sus pantalones le están quedando muy ajustados, su entrepierna es prominente. Reviso la puerta. Es una suerte que esté cerrada. ˗ ¿Y tú qué haces aquí? –le recrimino, poniendo mis manos en mi

cintura. ¿Cómo se atreve a interrumpir en mis aposentos este niñato? ˗ ¿Te podrías poner ropa? –pregunta cortado. ¡Ja! Y ahora cree que le hare caso… está muy equivocado este preescolar. Se sonroja mucho cuando clavo mi mirada en la suya. Rápidamente la baja al suelo. Me relamo los labios. ¡Las gracias de la vida! ˗ Dime, ¿Qué-haces-aquí? No contesta, solo se queda mirando al suelo. ˗ Te molesta –me doy una vuelta, coqueteando al pasar mis manos por mi cuerpo, sin rozar ninguna parte que erógena. Sus mejillas se vuelven más rojas. Tan dulce… tan infantil… da ternura ver a un hombre tan tímido. No son mi tipo, realmente no lo son, pero quizás… pueda ayudar. Me acerco a él, contoneando mis caderas de manera ligeramente exagerada. Al estar muy cerca del niño, le levanto la cara con mi mano derecha. ˗ Mirame –le digo, malvada–, observa mi cuerpo. Gravalo en tu mente, niño, jamás veras que una mujer mayor que tú, te deje ver su cuerpo, así que aprovecha –lo incito, al poner su mano en mi pecho izquierdo. ˗ Tengo 17, no soy menor que tú… –alega tontamente. ˗ Shh –lo callo–, no me importa tu edad. Con mis manos, lo empujo despacio, hasta que cae en la cama.



˗ ¿Eres virgen? –pregunto sin emoción. ˗ S-si –contesta entrecortado.

Rio por lo bajo. Sé que está siendo honesto porque no puede pensar y dijo lo primero que se le paso por la mente, que fue, obviamente, la verdad. Me coloco sobre él, y le muerdo el labio inferior. ˗ Aprenderás… –prometo. Paso una mano por su pene, excitándolo más. El niño, cierra sus ojos. Creo que ya casi está por llegar al orgasmo. ˗ ¿Alguna vez alguien te ha tocado? ˗ S-sí. ˗ ¿Te han hecho una mamada? ˗ N-no. Solo me he frotado con una amiga –se atraganta con su propia saliva. ˗ Bien. Bajo por su cuerpo, hasta estar a la altura de su miembro. Se me antoja impartir clases… Le desabotono el pantalón y lo escucho jadear. Creo que por su reacción, se está conteniendo para no alcanzar el clímax. Me relamo los labios. Le quito los pantalones junto con el bóxer y luego me deshago de su camisa. No es el mejor dotado, pero está bien… Lo cojo entre mis manos, y solloza como un leoncito.



Meto la punta en mi boca y al instante se derrama en ella. Me quedo petrificada y con disimulo escupo el contenido en mi mano. ˗ Tranquilo, leoncito –lo animo al ver su entrecejo marcado. ˗ N-no quería… –se lamenta. ˗ Callate –lo reprendo–. Ya volverás a la vida –lo miro picara. Me paro y me vuelvo a acostar, a su lado. ˗ Me toca. Te enseñare a hacer un buen sexo oral –le alecciono. Mueve la cabeza repetidamente. Se pone entre mis piernas, mientras yo las abro. Me mira hipnotizado, embelesado. ˗ Puedes jugar si quieres –me rio–. Esto se trata de excitar a tu pareja, has lo que creas que deberías hacer, y si te equivocas yo te digo. Aunque te aviso que cada persona es diferente, aunque son los mismos principios. Tímido y con miedo, se pone entre mis piernas y comienza a besar mi entre pierna. Le da besos cortos. Abre más mis piernas y se posiciona mejor. Da un lengüetazo a toda mi intimidad. De su garganta sale un sonido de excitación un poco raro. ˗ Sabe… salado –menciona. ˗ Si no vas a decir algo que me caliente, mejor callate –recomiendo. Obedece, y sigue lamiendo, aunque no me gusta tanto, pudiera ser peor. Coloca sus labios sobre mi clítoris, y comienza a besarme con fuerza. ˗ Joder –grito. Al ver como apretujo las sabanas con mis manos, sigue y sigue, hasta

que alcanzo un torpe orgasmo. Para ser la primera vez, esta… bien. ˗ ¿Cómo lo hice? –pregunta avergonzado. ˗ Puedes mejorar, pero que no te de pena, es tu primera vez. Me mira con una media sonrisa. Veo su pene, otra vez erecto. ˗ Arreglemos eso –señalo su entrepierna. Se sonroja, pero asiente. Me pongo en pie, y lo tumbo en la cama, y saco un preservativo de mi cartera. ˗ Me pondré sobre ti, y trata de resistir, porque esta es una posición bastante afrodisiaca para los hombres. Hago lo dicho y lentamente meto su virilidad en mi cavidad. Jadea muchas veces, pero yo lo calmo y lo hago que me mire, lo que solo hace que incremente más su deseo. Lo sé, soy mala por hacerlo mirar sin tener experiencia para aguantar. ˗ No te vengas –lo regaño. Asiente con fervor. Comienzo a cabalgar lentamente y los dos aullamos. Se siente bien. Creo que el hecho de ser mi primera relación desde hace un rato, hace que se sienta mejor de cómo se hubiera sentido si hace poco hubiera tenido relaciones. Además del hecho que estoy excitada por el orgasmo anterior. Cabalgo más rápido. Sin piedad.

Lo siento tensarse mucho, y sigo cabalgando. Él llega al orgasmo, pero a mí me toca fingir, más por pena con el niño. ˗ Bien hecho –lo alago. No es del todo cierto, sobre todo porque él no hizo nada, pero sería muy jodida si se lo recriminara considerando que lo he utilizado y que fue su primera vez. Tiene una sonrisa triunfante en sus labios. Me enternece. Soy buena maestra. ˗ No le cuentes a nadie, soy mayor que tú y eso no es bueno –lo amenazo. ˗ S-si –dice volviendo a ser tímido. ˗ Sal de aquí, tengo que hacer. Asiente como un muñequito, y se viste rápidamente y se va. Al salir, me quedo un momento en la cama y luego me voy otra vez al baño. Creo que me va a tocar bañarme para no tener este olor a sexo en mi cuerpo. *** Paso un rato revisando en la laptop todas mis redes sociales. En Facebook, he perdido amigos y seguidores, igual en Twitter. Antes tenía como diez solicitudes en un día, y eso era lo menos, y ahora… pase de tener más de mil amigos a unos setecientos, y bajando. No es que en este momento me importe ser popular, ni mucho menos, pero a veces me dan ganas de hablar con alguien, pero eso no pasara. Estoy sola, con mi alma; claro, si es que tengo una. Frustrada, cierro la laptop. Lo mejor será cerrar todas las malditas redes sociales, no las necesito para nada, ni siquiera me son de utilidad. Ya sabía yo que no tenía amigos de verdad, pero de cualquier manera

eso no quita el leve dolor que me produce confirmarlo. Todos los chicos que me rogaron, todas las chicas que andaban detrás de mi… todos, han desaparecido. Miro la hora y me doy cuenta que es casi la hora de la clase de actuación… Doy un brinco y me comienzo a arreglar, nada extravagante, sin embargo. No estoy de ánimo para verme bien, ni siquiera más o menos. Solo quiero que el día acabe. Ha sido una verdadera mierda. Creo que desde hace días mi vida ha perdido el rumbo. Ya no sé si ir a la izquierda o a la derecha. Todo se siente confuso, extraño, como si no fuera a mí a la que le pasa todo esto, como si lo estuviera soñando y en algún momento me despertare en la casa de mi padre y podre suspirar. Volver a ser yo, es un sueño que veo lejano. Deseo volver a ser esa tonta chica que no se preocupaba por nada, que todo lo arreglara con sexo, que vivía pensando en encontrarse a un rico que la mantuviera; pero ahora parece que ya no está, que se esfumo. Quizás esto me esté sobrepasando. Volverme a encontrar con Luis, es… como despertar de mi ensoñación y darme cuenta que no puedo seguir viviendo como si nada importara, como si lo único relevante en esta vida fuera el dinero, la ropa, los lujos. ¡Joder, ya me siento hasta más vieja! Me termino de cambiar y me miro al espejo en busca de algo distinto, pero no, sigo siendo yo, al menos físicamente. Antes de salir, meto mis cosas en una cartera cruzada que tengo. Veo las llaves del coche. Hoy deberé usarlo, hace mucho que no lo hago y se arruinara de estar varado en el estacionamiento, a parte, no ando ganas de caminar ni un paso. Salgo del hotel y monto el auto. Todavía huele al arbolito que cuelga del retrovisor. Es un buen

aromatizante, pero yo creo que ya no sirve porque se ve todo pálido. Que buena metáfora… soy el puto arbolito, con aparente olor, pero más lívido que un muerto. Niego con la cabeza, divertida. Conduzco por la calles, y en menos del cantar de un gallo, estoy frente al “teatro”. Me quedo un momento en el coche. He pensado últimamente, en todo lo que deje en la casa de mi padre, debería irlas a traer. Él nunca me pido las llaves, por lo que aun las conservo, y si aún no las ha tirado… puedo traerlas conmigo. Espero que no se haya deshecho de ellas, de verdad necesito algunas cosas. Sé que no puedo coger mi cama, pero al menos me daría por satisfecha si pudiera recoger lo que me falto de la ropa y las almohadas, no soporto las del hotel. También se me quedaron otras cosas. Me entran ganas de llorar en pensar en todo eso que tenía y ya no tengo, pero debo de ser fuerte, no me puedo derrumbar solo por cosas materiales. “Deberías dejar que Luis te mantenga, que pague por lo que te hizo y le hizo a tu bebe” –susurra mi puto subconsciente. Bufo. A pesar de que en parte, y solo en un leve porcentaje, verdaderamente, Luis, tiene cierto grado de culpa de como soy, sería estúpido e irresponsable de mi parte culparlo por mis acciones. Ni siquiera estuvo él metido en medio cuando me acosté con el señor Araujo y su hijo, o cuando lo hice con los demás. Bajo del auto. Muevo los hombros. Estoy tensa.



El polvo con el niñato no me funciono, ni siquiera un poco. Ya no sé si fue porque lo hice con él, o porque yo he “cambiado”. Entro al teatro y evito hacer una mueca de disgusto. Estoy incomoda, todos me ven. Otra vez soy la nueva. Ayer lo era, pero hoy como estoy en el otro grupo… también lo soy. Miro por doquier para buscar a alguien conocido, pero nada. Hasta que veo a Ethan, que sonríe de oreja a oreja. Ethan, me saluda efusivamente, agitando su mano de lado a lado, me quedo viéndolo y le sonrió sin poderlo evitar. Ese chico tiene algo… no sé qué, pero lo tiene. Suspiro con pesadez. De pronto todas las cosas de ayer y hoy, dejan de tener importancia, es como si me acabara de quitar un peso. Me acerco a Ethan. ˗ Puedo hablar, contigo –le digo interrumpiendo la plática que tiene con una chica de mi edad, quizás un poco mayor. Asiente con la cabeza. ˗ Permiteme –le dice a la chica. ˗ Te espero, Ethan –remarca ella su nombre. ¿Será la novia? Sacudo la cabeza. La chica, solo se me queda viendo de pies a cabeza, con una característica demostración de desprecio marcada en su rostro. ¿Pero de que va? No le estoy quitando nada, luego reanudara la plática que tenía con Ethan. Y no es como si me lo estuviera secuestrando. El tío no es mi gusto como para planear eso.

Ethan, me toma del brazo y me guia hasta una esquina del teatro, donde no hay personas. ˗ Me he quedado preocupado por ti… ya sabes… por lo que sucedió anoche –menciona apenado, pero con una media sonrisa en su rostro. Si me dieran a escoger entre las personas que conozco, quien tiene mejor sonrisa, diría que es este chico. Como ya dije, él tiene algo especial, único. Me sorprende su declaración. Es usual que casi nadie se preocupe por mí, mejor dicho, nadie lo hace. Y él es un desconocido, nunca nos hemos visto ni hablado. Lo conozco desde ayer y solo medio sostuvimos una pequeña charla, que más era un interrogatorio. ˗ Gracias por preocuparte. Todo está bajo control. Solo era un amigo enojado por algo que le hice –sonrió como tonta–. Aunque, no es de eso que quiero hablar contigo. ˗ ¿No? Está confundido, lo noto. Yo niego con la cabeza y sonrió ante su cara de confusión, es muy cómica. Sus labio se frunce al igual que su frente, además sus ojos se achican mucho, casi puedo decir que no ve nada cuando lo hace. Me olvido de lo que iba a decirle. Estoy medio tonta. ˗ ¿Sabes? Se me ha olvidado –me rio ante mi estupidez. Ethan, sonríe. ˗ Me alegra que estés bien –me aprieta el hombro y yo no paro de sonreír–. Me tengo que ir, pero espero que disfrutes de la clase, aunque te advierto que es algo diferente a la que viste ayer. ˗ Bien –digo sin saber que más decir. Me le quedo viendo un segundo. A decir verdad el chico tiene su estilo,

muy raro, pero es su estilo. Lleva puesto unos pantalones formales color caqui, una camisa de botones blanca y unos zapatos tenis converse de color negro. ˗ Primero te voy a presentar a los demás, dudo que conozcas a alguien, y sería muy mal educado de mi parte dejarte aquí tirada –se burla con gentileza. Ethan, me presenta con todos. Algunas chicas me miran raro y otras solo parecen decepcionadas. Los chicos me miran de dos formas también, unos expectantes y otros –un selecto grupo, que supongo que son homosexuales–, me miran con ganas de golpearme. ¿Qué les pasa a estas personas? Comienza la clase y yo pongo mucha atención aunque me cuesta agarrar un poco el hilo de las cosas, porque nunca en mi vida había visto una clase de actuación moderna. Luego nos dan una tarea para mañana que es leer una obra contemporánea y sacar las ideas principales, y luego aprendernos un pequeño dialogo para ver cómo es que estamos con la actuación. Ethan me informa que este grupo, comenzó un poco después que el siguiente y que por eso estaban recién iniciando. Termina la clase y me despido de todos. Salgo directo al trabajo que aunque voy con tiempo no pienso llegar tarde y darle alguna excusa a Luis para despedirme. Llego faltando poco para la hora de entrada. Bajo del auto, y veo que uno de los de seguridad me hace una seña. Camino donde esta él. ˗ El jefe quiere hablar contigo –me dice. Bryan, el grandulón de seguridad, es uno de los empleados más serios que hay, y también de los más intimidantes. Pero, me da una pequeña

sonrisa, como de compasión. Es raro, y no me gusta. Asiento suavemente y camino hasta la entrada de empleados. ¿Ahora qué querrá?



-8

Tomo fuerza para poder afrontar lo que sea que me espera adentro. Camino pisando fuerte.

Estoy harta de sus “llamadas” a su oficina, siempre terminan mal, y honestamente yo no tengo nada que hablar con Luis, de hecho, preferiría no tener que ni siquiera oír que alguien lo mencione; claro, eso sería imposible trabajando para él. Creo saber porque me llama… seguro que será por la misma razón por la que me mando las rosas. Ese maldito nunca se detendrá. ¡Joder! Paro frente a su puerta. Tengo unas inmensas ganas de entrar a su oficina y de una tirarle los dientes de un buen derechazo. Mi cabeza arma toda una escena, en la que yo entro sin golpear la puerta, me acerco como un animal buscando a su presa y antes de que él se dé cuenta de lo que ocurre, le pego, una y otra vez, y luego le digo todo lo que se merece. Sería una buena escena, es una lástima que no lo pueda hacer. Quiero decirle tantas cosas, y a la vez no quiero decirle nada. Lo único que me une a él es el trabajo, y es evidente que estoy todavía aquí, como su empleada, por dos razones: número uno, porque me gusta este trabajo y la emoción que tengo cada vez que subo a la tarima y siento las miradas de deseo de los clientes; segundo, porque lo necesito, necesito el dinero que gano en este lugar. Lo único que busco en este momento, es que Luis, se dé cuenta que ya no soy la misma niña de 14 años a la que podía manipular y engatusar con una sola palabra. Y mucho menos que me puede tratar como si fuera su sumisa. Se acabó esa Cassandra que él conoció. Ya no puede seguir mandando mi vida a su antojo. Solo soy su empleada y solo le debo obediencia con respecto al trabajo.



No puede seguir hablándome con imperativos u órdenes. Toco la puerta con mucho ímpetu. ¡Qué me oiga el mundo entero! Estoy tan enojada que me importa un pepino lo que haga.

Más me vale mostrarme borde desde el principio, así mi querido jefe se dará cuenta que su intento de chantaje emocional no ha servido de nada. Debo mantener la fuerza que nunca tuve para enfrentarlo. ¡Basta de ser su juguete! ˗ Entra –grita. ¡Ya está hasta gritando! Cierro los puños fuertemente antes de entrar. Me acabo de encajar las uñas en las palmas, pero no me importa. Llevo el ceño fruncido y una mirada asesina, como armas. No es mucho, pero Luis jamás las ha visto en mi rostro. Nunca me enoje con él cuando estamos en esa estúpida relación. ˗ Hola, cariño –me saluda con una gran sonrisa. Me quedo un instante parada en el umbral de la puerta. ¿Acaso me acaba de llamar cariño? ¿Está bromeando? ¿Qué piensa que con eso voy a caer? Mientras que yo estoy parada como una tonta, él está sentado, detrás de ese escritorio que solo le hace ver como un puto cabrón con poder, pero no es más que un… Me tengo que calmar.



La sangre fluye en mis venas con más fuerza.

Es increíble como a las personas como Luis, les vaya de maravilla. Es como si el destino, la vida y hasta las personas, se dedicaran a hacerles la vida más fácil. No hay consecuencias en su vida, no hay ni siquiera un perdón detrás de todo lo que ha hecho. ˗ ¿Qué quieres? –pregunto con hostilidad. Se levanta de la silla, con una gran sonrisa que cubre todo su rostro. Me da más desconfianza verlo feliz, aunque con él nunca se sabe de qué humor esta porque está acostumbrado a fingir. Se acerca hasta donde yo estoy y con una mano cierra la puerta. Lo tengo a unos dos pasos. Puedo oler su colonia. Huele bien, pero es un olor que detesto. ˗ Puedes sentarte, si quieres –señala cortésmente el sillón. Yo, achico mis ojos y lo observo bien. ¿A qué juega? ˗ Aquí estoy bien, gracias. ¿Para qué me llamabas? –cambio mi actitud y trato de sonreír. Niega con la cabeza, y descaradamente me mira de arriba abajo. Me muerdo la lengua para no decirle algún improperio. ¿A qué horas me dirá lo que quiere? Se ríe cuando sus ojos se detienen en mi expresión. ˗ Te ves cada vez más linda –se relame los labios. ¡Cerdo! Miro al techo buscando la paciencia que se me está escapando de las

manos. Eso de que me guste que los hombres me observen… no aplica a Luis. Detesto cuando él me mira. Me siento sucia, como plato desechable, o ya de si, como basura. ˗ Por favor, dime para que querías que viniera –siseo. ˗ Primero siéntate y relajate. Te veo tensa, Cassandra. De mala gana, y tragándome mi orgullo, me siento en el sillón. Fuera de su alcance. ˗ ¿Y bien? Se sienta en el escritorio, dejando sus piernas largas estiradas, y dobla sus manos sobre su pecho. La camisa se le tensa en los brazos y una parte de su pecho se hace visible, puedo ver la línea que divide su tórax. Tan sexi como siempre. Sigue gustándote, no lo niegues –grita mi subconsciente. Un recuerdo invade mi mente. *** Hace cuatro años. Miro el mensaje por tercera vez. Estoy ansiosa de verlo. Te tengo una sorpresa. Ven al apartamento ahora mismo. Su mensaje es escueto. Pero jamás me ha dado nada. Bueno, eso sería mentir, me ha regalado la lencería hace ya un mes, pero nada más. Quisiera que me diera un peluche, o cualquier cosa. Solo quiero algo que ver que me haga sentir que él está conmigo. Que a pesar de que no me demuestra lo que siente con palabras, ese obsequio me diga lo que tanto

anhelo escuchar de sus labios. Suspiro. Nuestro noviazgo no es como el de otros, eso yo ya lo sé, pero eso no impide que una chica como yo pueda soñar con alguna vez quitarle esa capa de chico fuerte que tiene y poder apreciar sus sentimientos. ¡Como quisiera saber que siente por mí! Lo quiero tanto… y quiero decírselo, pero no es el momento para hacerlo. Sé que no. Meto la llave en la ranura de la puerta de nuestro apartamento. Entro y me emociono al verlo sentado frente al escritorio de madera oscura que trajo hace ya unas dos semanas. No entiendo para que lo trajo, si casi ninguno de los dos pasa aquí. Solo sé que de vez en cuando le gusta ponerme contra la madera y hacerme el amor, o follar, como Luis le dice. Tiene las manos juntas y está viéndome seriamente. Se levanta y se acerca a mí. ˗ Me gusta tu uniforme –dice pasando su mano por la tela fina de la camisa. ˗ Solo un año más lo usare –le recuerdo–. El otro año estaré en otro colegio y ahí no se lleva uniforme. Pone su mano en mi nuca y me estampa sus labios en los míos, reclamando mi boca. Cada rincón. Su otra mano se queda atrapada en mi cintura y me aprieta a su cuerpo. Un calor se extiende por mis mejillas y toda mi cara. Me tiemblan las manos y las piernas. Luis, me deja sin poder pensar en nada. Me deja atontada. Se aleja bruscamente.



˗ Quitate toda la ropa, solo dejate las bragas –me ordena. Lo miro fijamente, mientras mi respiración se regula.

Se da la vuelta y se sienta en la cama, poniendo sus largas piernas cruzadas y me mira, esperando a que obedezca. Comienzo a quitarme la camisa. ˗ Despacio –ruge. Desabotono la camisa más lentamente y me descubro primero un hombro y luego el otro, y dejo que la camisa resbale de mi cuerpo y caiga al suelo. Luis, ha sido el primer hombre que me ha visto desnuda, y todavía me da vergüenza que lo haga. Quiero que me vea, pero no lo sé. Quito el botón de la falda, y lentamente bajo el cierre. Una vez abajo, dejo que caiga por gravedad, pero se queda en mis caderas y me toca bajarla lentamente. ˗ Vuelve a subirte la falda, date vuelta y vuélvela a bajar –dice con esa voz sombría que acostumbra a usar cuando está caliente. Hago lo que él me pide y me subo la falda, me doy vuelta y la bajo otra vez. Escucho su alterada respiración desde donde estoy. No entiendo cómo es que no me ha tocado. Normalmente él se deshace de mi ropa como si me quemara, y luego me toma en la cama o donde se le place, nunca espera. ˗ Gira. Lo hago y lo veo. Su mirada recorre mi cuerpo, con un deseo inconfundible en sus ojos. Me comienzo a quitar el sostén y cuando lo dejo caer, miro como su

mano pasa ligeramente por su entrepierna. ˗ Quedate ahí parada hasta que te diga. Lo hago. No deja de mirarme, de esa forma tan intensa que tiene de hacerlo, pero esta vez más fuerte. Como si quisiera tenerme y no pudiera. Soy suya, no lo comprendo. Me tiemblan las manos, y los pies, pero no me muevo. ˗ Eres muy sexi, Cassandra. Me caliento. Por su mirada, por sus palabras. *** Me tuvo parada durante una hora, más o menos. Luego me follo muy duro contra ese maldito escritorio y me dijo que nunca olvidara lo que acababa de darme. No sabía de qué hablaba. Su regalo no era algo que pudiera percibir, pero fue algo que me marco. Desde ese día no pude evitar sentirme excitada cada vez que un hombre me miraba como lo hacia él, aunque debo aclarar que nunca fue de la misma manera. El maldito sabe lo que está haciendo, y lo que ha hecho que recuerde. No se le pasa ni una. ˗ ¿Te gusto el ramo de rosas? –pregunta con esa sonrisa que me desconcierta. ˗ ¿Para qué me mandaste a llamar? –vuelvo a preguntar como por centésima vez – ¿Y porque me has mandado rosas? Mi cuerpo entero tiembla, y no solo de ira. El recuerdo que acabo de revivir me ha hecho sentir muchas cosas. Debo de concentrarme en mi odio por él.



¿Cuánto más podré aguantar en este trabajo?

Ya no soporto tenerlo cerca, ni siquiera sé si puedo solo tenerlo como jefe. Estoy llegando a mi límite, lo sé. Me conozco lo suficiente como para saber que en cualquier momento me volverá a romper y explotare, en cuyo caso, ninguna de las alternativas me gusta. Está expectante, esperando una respuesta que no sea una pregunta, quiere que le responda si me han gustado sus rosas. La ironía con él últimamente, es que todo lo que quise que fuera hace mucho… ahora parece quererlo ser. Me mata esto. Me mata tener que verlo así. ˗ Cassandra –me llama dulcemente–, reacciona. Piensa en como éramos hace años, como éramos de felices, como disfrutábamos el uno del otro. Nosotros dos juntos… –su tono un afrodisiaco para mis sentidos, me llama. Algo en mí se revienta y comienzo a respirar agitadamente, comienzo a sentirme un poco errática, mi corazón se acelera y lo siento en mis oídos, mis ojos queman porque estoy conteniendo el llanto. ˗ Tú… no sabes nada –me levanto y lo señalo con mi dedo–. No sabes lo que yo sentía por ti, no sabes lo que ahora me haces sentir. Pero ten algo por certero; JAMÁS-OBTENDRAS-ALGO-DE-MÍ. Me entiendes. Mi estómago me pide a gritos que busque un baño antes de vomitar sobre el suelo de su oficina. Tampoco quiero que me mire a los ojos y mire todo lo que pasa por mi cabeza, que vea todo el daño que me ha hecho y el que es capaz de hacerme. Me tiembla la quijada y mis dientes chocan unos contra otros. ˗ Si no es para el trabajo, te ruego que no te acerques a mí –mi voz se quiebra al final, pero mantengo mi postura y no lloro. Comienzo a caminar hacia la puerta y él se levanta rápidamente.

˗ Espera –habla con desesperación.

˗ ¿Qué? –grito sin querer.

Tengo que recordarme que esto lo está haciendo para confundirme, para meterse dentro de mi cerebro y apropiarse de mi razonamiento. Me jala del brazo y mi cuerpo se golpea contra el de él. Estoy atrapada en sus brazos, nada separa nuestros cuerpos. No puedo contener más mi llanto, y mis lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas. ¡Esto no me lo puede volver a hacer! Dejo de llorar, llena de furia. No veo nada más que al hombre que más me ha herido en toda mi vida, todo lo demás se ve oscuro, me siento como si estuviera dentro de un banco de niebla. Con violencia, lo empujo lejos de mí. No funciona mucho, pero él se aleja sorprendido e inquieto. Me siento agradecida porque se haya alejado de mí, pero eso no lo debería si quiera pensar. Sin esperar que él me diga nada, salgo de la oficina y corro hasta refugiarme en el cuarto de baño de los empleados, donde vomito todo lo que he comido en el día, que no es mucho ahora que recuerdo. Me limpio la boca y me lavo las manos y la cara. ˗ Yo no soy de esas mujeres que va llorando por los hombres –le digo a mi reflejo, aun llena de ira. Tengo que dejar de verme como la víctima y comenzar a ver las cosas como lo que son. Miro mi cara en el espejo. Me veo demacrada, más delgada, como si no hubiera comido ni dormido en días. Esto está muy mal.

¿Cómo puedo dejar que un maldito hombre me haga esto?

Me estoy destruyendo sin darme cuenta.

Mis sentimientos por Luis me están volviendo loca. Hace días que no como bien, y no se debe tanto a la falta de dinero. Es segundo día que vomito sin una razón que lo justifique. No duermo con normalidad. Me estoy matando sin darme cuenta. Yo, hablando de no dejarme controlar por él, y es justo lo que ha estado haciendo. Solo me falta darle mi autorización para volverme a follar y estaríamos igual que hace unos años, nada más que con estaría la diferencia que yo creería que soy yo la que estaría controlando la situación, cuando todo el maldito tiempo ha sido él quien ha hecho todo para volverme a tener como su muñeca. Eso tiene que cambiar. Si algo cambia en mi vida desde ahora, será porque yo lo desee, no porque alguien más lo haga. Me enjuago la boca una vez más, y busco en mis cosas un dulce de menta y me lo meto en la boca. Salgo del baño y me voy directo al camerino a cambiar. ˗ Hola, chicas –las saludo cuando entro. Todas están cambiándose o arreglándose. Me miran y me saludan con una gran sonrisa. ˗ Y bien, ¿saben de quien es la despedida de soltero? –pregunto muy animada. Necesito esa sensación que me producen las miradas de los hombres. Esa sensación de poder que me hace que me vean y no me puedan tocar. Me siento en mi espacio y comienzo a arreglarme lo mejor que puedo. *** Antes de salir a mi baile de hoy, le digo al Dj, que me ponga una

canción en específico. El Dj, se me queda viendo extraño cuando le digo que ponga “Bad Sometimes” de Randall Breneman. Seguro que no es usual que alguien le pida que transmita una canción. Antes de salir al escenario me preparo mentalmente para olvidarme de todo y complacer al público y de esa forma complacerme. Me paro con firmeza en el escenario, la música no ha comenzado y las luces están apagadas, como de costumbre antes de que empiece un número. Los acordes de la canción que solicite comienzan a retumbar por los altavoces del local. La luz cegadora se posa en mi cuerpo. ¡Que comience la función! Me comienzo a mover al ritmo de la canción, contoneando mis caderas de un lado a otro y tocándome por doquier. Me muevo con habilidad y ligereza. Estoy en un estado de placer puro. Gimo, aunque sé que nadie lo escucha, igual puede ver mis labios y eso los puede excitar. Se dé buena fuente –una de las chicas–, que el club está lleno, a reventar. Hasta donde me contaron, se supone que hoy han venido más jóvenes que de costumbre. Estoy eufórica, con una energía que se me desborda del cuerpo. Me muevo sexi, aunque no repito si quiera los pasos que siempre acostumbro a ensañar en la tarde, al venir. Sé que es ir en contra de lo que Claudia me dice que haga. Siempre habla de apegarse a lo establecido, pero hoy no me importa.



Me agacho, hasta tener las rodillas en el suelo, mis manos siguen en mi cuerpo. Abro las piernas, pero no mucho y comienzo a subir y bajar, como si estuviera cabalgando a un hombre. Muevo mis caderas y mi trasero. Me pongo en cuatro y agito mi cabeza para que mi cabello se mueva alrededor de ella. Camino felinamente hasta el borde del escenario y me recuesto sobre mis pechos sosteniendo mi barbilla con las manos, y dejando mi trasero levantado, lo muevo de manera sensual. Miro hacia el público y a pesar de la luz, logro reconocer al hombre con quien hable la vez pasada, creo que su nombre es Sebastián. Me acerco a él, y logro ver que tiene una bebida en la mano. Se la arrebato con cuidado de no derramarle encima el contenido, y luego me hinco. Muerdo mi dedo índice, y les enseño parte de mi escote a todos los que están en las primeras filas cuando me agacho y junto mis brazos. Escucho sus suspiros. Paso mi mano libre por la pequeña separación entre mis pechos. Siento que sus miradas me encienden más. Con una sonrisa cubriendo mis labios, miro hacia arriba y levanto la jarra que le he arrebatado a Sebastián y me la echo sobre el cuerpo lentamente. Escucho como los hombres vitorean mi hazaña. La lencería se me ha transparentado un poco, y sé que ahora estoy a poco de verme como vine al mundo. ¡Esto es tan erótico! Me levanto poco a poco, y miro a Sebastián, y le guiño el ojo. La música ha acabado y con ello, mi acto.



Los hombres se han puesto en pie, y me aplauden efusivamente. Solo Sebastián se ha quedado sentado, observándome. Me volteo para salir del escenario y sigo meneando mi trasero. El público pide otro baile, pero eso no se puede por lo que salgo del escenario. Cuando llego al vestidor, todas las chicas se voltean a verme. Creo que el suceso ha recorrido todo el local. ˗ Vayaaa –dice una de las chicas que tiene facciones asiáticas. Están sorprendidas, eso es evidente. Al pasar los primero segundos, todas parecen adoptar una actitud molesta cuando yo sonrió. ¡Joder! ¿Ahora qué les pasa? Saco otro conjunto de lencería, y me quito el mojado en frente de ellas, y me pongo el otro. Todas me miran como si me vieran por primera vez. No es costumbre de nosotras vestirnos frente a todas. La puerta se abre de repente, y algunas se asustan al escuchar el estruendoso ruido que hace al abrirse. Es Luis. ¡Que sorpresa! Me termino de cambiar como si él no estuviera ahí, y me comienzo a arreglar el maquillaje. Las chicas, parecen muy tensas y sus miradas van de Luis a mí. ˗ Estás despedida, Cassandra –vocifera, Luis. ˗ Bien –le respondo con una sonrisa y le guiño un ojo.



Me quito toda la ropa, mirándolo fijamente, y puedo sentir como su respiración se altera más y más. Sus ojos están por todo mi cuerpo. Saco la ropa que andaba cuando vine, y me la comienzo a poner poco a poco. Veo a una de las chicas que me mira de reojo, su cara esta roja y tiene la boca abierta. Termino de cambiarme, y Luis aún sigue parado al lado de la puerta. Está enojado, pero detecto el deseo en sus ojos. Recojo mis cosa, y camino a la salida de los vestidores. Al pasar por su lado, le paso rozando el brazo. ˗ Por cierto –volteo antes de salir– Vete a la MIERDA, Luis. Hijo de puta. Salgo del área de empleados. Una vez ahí, algo en mi pecho se siente mejor, es como si me hubiera quitado un peso de encima. Sonrió de alegría, y estoy orgullosa por lo que acabo de hacer. Camino con tranquilidad hacia la salida del club. Uno de los guardias de seguridad se me acerca. ˗ El jefe quiere verte –me informa. ˗ Pues dile, que yo digo que se vaya a la mierda, que me deje en paz. Yo ya no lo quiero volver a ver en mi vida. Jamás. Que si se me vuelve a acercar, le contare unas cosas muy bonitas a su linda y preñada esposa –lo amenazo. Miro la cámara que tengo más cercana y le sonrió con cinismo, para luego sacarle mi dedo medio. Sigo caminando con soltura y segura de mí. ¡Esto se acabó!

Llego a mi auto y me subo.

Al encenderlo, inspiro hondo y conduzco hasta el hotel. ˗ ¡Se acabó! –me repito, riendo.



-9



Llego al hotel, con la idea firme de primero dormirme por unas 20 horas seguidas, y luego despertarme y preocuparme por mis problemas. En este momento tengo mucho que pensar y poca cabeza para hacerlo. Tengo que ver la manera de como sobreviviré de ahora en adelante, como hare para pagar mis gastos. Joder. Ahora sí que me he metido en un lio muy grande, puede que hasta termine durmiendo bajo de un puente. La soledad apesta. Al menos si tuviera a alguien conmigo, esto sería más llevadero. Pero no tengo a nadie. Desde hace tiempo lo tengo claro. De hecho, creo que la realidad me golpeó fuertemente en el instante que salí de mi casa, bueno, mi ex casa. Me quedo pensando un momento. Lo que urge sobre todo lo demás, es buscar un trabajo, y quizás un lugar más barato en donde vivir. Eso sería lo mejor. Comienzo a rebuscar en mis cosas por algún vestido o alguna ropa decente que ponerme para ir a buscar trabajo. Por desgracia, lo único decente dentro de mi arsenal, es el vestido con el que vine al hotel cuando me echo mi padre de su casa, y claro, esta del asco. Imposible. No hay manera que pueda usar algo de lo que tengo aquí. En la casa de mi padre deje un poco de ropa, la mayoría de ella era la que he usado para ir a esas reuniones con mi padre, por lo que son formales. Creo que hasta tengo una pantalón negro formal como el que se acostumbra a llevar a una entrevista. Ojala todavía no haya votado mis cosas, así puedo irlas a sacar y de esa manera poder tener algunas cosas que me hacen falta. Mañana, en realidad, hoy, iré a sacar las cosas de mi vieja casa.



Una vez haya traído todas mis cosas, tengo que ponerle un rotulo al auto para poder venderlo. No tengo otra opción. Mi amado coche tendrá que venderse sí o sí. No será de este año, pero seguro, como que el agua moja, que me darán unos cuantos miles con los que podré subsistir por un tiempo más, pero tengo que buscar trabajo, no hay de otra. Si no consigo trabajo, luego tendré que vender mi ropa y así… bueno, quien sabe, nunca me he vendido a mí, pero como veo las cosas ahora, quien sabe que me toque hacerlo algún día, y la verdad no lo deseo. Puedo ser una puta cuando quiero, pero solo en sentido figurado, no en sentido literal de la palabra. No podría hacerlo. Pero, ¿de qué puedo trabajar? Me entra una angustia tremenda. No importa. Mañana veré que puedo hacer para poder seguir con mi vida. Me recuesto en la cama. Al menos recuerdo haberle puesto la alarma al coche, faltara más que siendo en este momento mi única garantía de vida, me lo robaran. Eso sí sería tener muy mala suerte. Me quedo mirando el techo. Estoy muerta sentimentalmente. ¡No hay nada como la independencia! Resoplo. Todos anhelan la libertad de sus padres cuando están jóvenes, pero la verdad es muy diferente a lo que uno cree que será. Si yo hubiera sabido que estar sola, no tener a nadie que me apoye, ni siquiera económicamente, sería tan pero tan horrible… jamás habría hecho lo que hice. No me puedo arrepentir todo el tiempo por ello, pero en definitiva, ahora mismo quisiera retroceder el tiempo e ir a darme una cachetada. Fui

tan inconsciente. Aunque no todo es un desperdicio. Si yo no me hubiera ido de la casa de mi padre, ahora no estaría aquí, no vería el mundo como ahora lo veo. Quizás seguiría siendo la misma malcriada que era entonces. Y sí, en efecto, no he cambiado mucho, pero he descubierto que quizás si tenga una que otra meta que cumplir en esta vida, que por supuesto, no involucra tener relaciones sexuales a diestra y siniestra, o incluso ser la muñeca de un hombre rico. Estar sola apesta, pero decidir sobre si mismo… eso es invaluable. Me quito toda la ropa de mala gana, y me pongo una fresca pijama. Vuelvo a tirarme en la cama. ¿Por qué Luis se habrá comportado de esa manera? ¡Qué importa! No puedo seguir pensando en él, no es sano para mí hacerlo. Además, él ya me arruino mi adolescencia, no me arruinara mi juventud. *** Restriego mis ojos con el dorso de mis manos. Estiro mis extremidades en un intento de despertarme del todo. ¿Estará en casa mi padre? Levanto la mirada hasta el reloj que está en la habitación. Son apenas las 9:30 de la mañana. Lo suficientemente tarde como para que él ya se haya ido a trabajar, y con él, todos los demás vecinos metidos que pueden llamar a la policía si me ven entrando a casa. A estas alturas no dudo que el rumor de el por qué me fui, se haya extendido por toda la colonia. Seguramente habrá escuchado los gritos de la señora Rivas, o tal vez ella misma abrió la boca, pero estoy segura que eso ya se sabe.



Salgo de la cama, y tomo lo primero que encuentro para cambiarme. No tengo tiempo para bañarme así que iré así. Camino apresuradamente con todas las cosas que necesito para ir hasta la casa de mi padre. Básicamente solo es mi celular, la llave de la habitación y pues nada más. No llevo ninguna maleta porque de todas formas no tengo donde meter la ropa que tengo aquí en el hotel. Conduzco rápidamente, casi a riesgo de pasarme el límite de velocidad. En menos de media hora, estoy frente al vecindario donde crecí, donde nací. Aparco frente a mi ex casa, y me bajo corriendo. Busco la llave de repuesto donde solía dejarla. Desde que me quede un día fuera de casa, aprendí que era necesario dejar llave de repuesto, por si las dudas. Tenía unos dieciséis años cuando paso, y tuve que ir al trabajo de papá para que él me diera su llave y así poder entrar en casa. Eso gracias a que no tengo idea donde he dejado la mía. Abro la puerta de la casas. Meto la cabeza primero, para inspeccionar que no se encuentre nadie adentro. Para mi suerte, así es. Esta desierta. Voy directo a mi cuarto. Al estar adentro, me doy cuenta que todo está tal y como lo deje. No hay ni siquiera algo diferente. Claro, hay polvo, pero de ahí… nada. Levanto el colcho de la cama y encuentro la única cosa que conservo de la mujer que me engendro. Es una bufanda de lana colorida. La encontré entre las cosas de papá cuando tenía 8 años de edad. Mi padre me cacho con ella en manos, y me la quito enseguida, pero al verme la cara de susto que puse cuando él me la quito, me la devolvió con pesar. Ese día, se sentó conmigo y me conto un poco sobre Mónica –mi madre– Según él, es una mujer muy colorida, en todos los sentidos; emocional, físicamente, y sobre todo mentalmente –esto último lo agrego yo, porque ¿Quién deja a

su hija tirada, sino es que tiene algún problema grave en la cabeza?–; dijo, que ella era una mujer muy extrovertida, llena de vida, que siempre llamaba la atención de todos, aunque según él, no era a propósito. Creo recordar como la cara de mi padre se llenó de brillo cuando hablo de ella, pero luego se ensombreció de tristeza. Al terminar de describírmela, se levantó y me miro tristemente, y dijo: “te pareces a ella, mucho”. Para eso entonces… me emocione tanto. Era igual a ella. Seguro que eso era bueno, al menos eso creí. Miro fijamente la bufanda. No sé qué hacer con ella, pero es lo único que me une con Mónica. Me la pongo en el cuello y decido que al final, puedo quedármela. De alguna forma se siente como si siempre hubiera sido mía. No huele a ella, de hecho, huele a mí. No es de ella desde hace más de 10 años, y es mi recuerdo preciado; no porque me recuerde a esa mujer, sino porque me recuerda a papá, a la única vez que realmente hable con él. Creo que al final si me parezco más a ella de lo que quisiera. No quiero, pero… ya no lo sé. Lastimo tanto a mi papá… igual que yo, ahora que lo pienso. Y, no solo hablo de haberme ido y dejarlo todavía más solo, sino que nunca hable con él, y no solo era su culpa, sino también mía. Todo lo he arruinado. Saco toda la ropa que aún me queda, y la tiro en la cama sin detenerme a ver que es. Luego me voy a la cocina y saco una enorme bolsa de basura en la que coloco toda la ropa que me queda. En menos de una hora y media, todas mis cosas están empacadas en dos bolsas de basura. Llevo conmigo, desde mi ropa, hasta las sabanas que se me habían asignado. Todo lo que era mío, me lo llevo. Arrastro las bolsas al auto y las meto en el asiento de atrás. Me quedo viendo un momento mi auto. Necesito buscar un lugar en donde vivir. Recuerdo al taxista y la propuesta de casa que me hizo.

Me devuelvo a la casa, y tomo una foto de mi padre, y luego cierro la puerta de la casa. Subo al auto, y pongo la foto en la visera. Miro la llave de la casa, de mi antigua casa. La contemplo con melancolía. Es como si por fin me diera cuenta, que estoy medio huérfana, y por mi culpa. Tomo mi vieja agenda y una pluma vieja con un poco de tinta, de la guantera del auto. Querido papá, siento haberte causado tanto daño, siento haber hecho lo que hice, siento haberme ido, siento haber despreciado todo tu cariño y lo que me has dado, siento parecerme a ella… Te pido perdón por todo… No te preocupes por mí. Sé que a pesar de que nunca me dijiste que me querías, lo hacías, lo has hecho siempre, desde el momento en que nunca me quisiste decir porque se fue Mónica; sé que no me lo dijiste porque no me haría feliz saber la razón. Siempre has tratado darme todo lo que te he pedido y yo nunca te lo he agradecido. He cambiado, creeme, ya no soy tan inconsciente, aunque sigo siendo una inmadura, una chica de 18 años. Quiero seguir cambiando, quiero ser una mujer, una verdadera mujer. Lo quiero por mí. Hasta que eso pase, no volveré. No puedo verte siendo quien soy, no puedo esperar a que me perdones siendo quien soy. Me duele tener que hacer esto, me duele tener que decepcionarte y ya no lo quiero hacer más. Necesito terminar de descubrir quién soy. Te necesito, pero no para que me des todos mis caprichos, te necesito como mi padre, y no podrás serlo mientras yo siga igual.



Estoy bien, creeme. Estoy empezando un curso de actuación, porque me gusta, y sé que tal vez no es lo que quisieras para mí, pero… por ahora es lo que puedo hacer, y la meta que tengo.



Te quiero papá, y mucho.



Tu hija, Cassandra. PDT: me lleve lo que estaba en el que era mi cuarto. Arranco la hoja de la agenda. Estoy llorando.

Doblo la hoja en dos. Salgo del auto y la deslizo por la ranura de la puerta, junto con la llave de repuesto. Hace un tiempo, escuche a alguien hablando sobre lo que verdaderamente significa la palabra ARREPENTIMIENTO. Dijo que provenía del griego, metanoia, que significaba cambiar de pensamiento. La persona que lo dijo, es una persona religiosa, y se refería a la palabra arrepentimiento cuando es usada en la biblia. Pero, se puede decir que yo estoy arrepentida, viéndolo de esa manera. He cambiado mi cosmovisión. Tal vez no seré la persona que quiero ser, pero estoy por el camino indicado. Puedo decir que estoy mejor así, un poco pobre, sin amigos… pero me ha ayudado a pensar en las cosas. *** ˗ Como veras, solo es un cuarto pequeño en el que hay de todo un poco para considerarse un departamento –me explica la chica que está alquilando el departamento, o cuarto, como ella lo ha llamado–. Tienes una pequeña cocina, un lava trasto que si quieres te podría servir para lavar tu ropa, por si no quieres ir a la lavandería, también está el sillón cama, una pequeña refrigeradora. Además si necesitas algo puedes ir a preguntarme, yo vivo justo al lado –señala su casa. ˗ Y ¿Cuánto me costaría? –hago la gran pregunta.

No es mucho, realmente casi no es nada. Es un cuarto chiquito que más parece una sala con una cocina al lado, y un pequeño cuarto más donde está el baño, que por supuesto, es pequeño. Pero todo esto es útil para una persona que no tiene nada, y no puede darse el lujo de pagar algo más caro. He de decir, que me angustia el precio, porque es cierto que es muy pequeño, pero en la reta va todo… desde los muebles, la “casa”, el agua y la electricidad. ˗ Como te imaginaras, no del todo barato –se toca la quijada–. Serán como unos $200 dólares mensuales. ¡Vayaaaa…! No sé qué pensar. No sé si es caro o barato. La vieja yo, a la que su padre le pagaba todo, diría que es una nimiedad; en cambio, yo, no tengo ni un peso, pero prefiero tener donde vivir y limitarme a comer casi nada, a tener que vivir bajo un puente. Y confió que mi caro se venda pronto y pueda pagar unas cuantas mensualidades con ese dinero. ˗ Está bien, lo tomo –acepto entusiasmada. *** Voy de camino a las clases de actuación. Han pasado dos semanas desde que deje de bailar en el club. Aún no he conseguido trabajo, y llevo toda una semana viviendo en mi nuevo apartamento. Es una suerte que me haya traído conmigo hasta las sabanas de mi ex casa, porque arrendar ese lugar me ha dejado casi sin un centavo. La arrendataria, me dijo que tenía que pagar dos meses, y me ha dejado con apenas $100 dólares para vivir. No lo voy a negar, estoy desesperada por conseguir un trabajo, de lo que sea. Ahora estoy comiendo menos de lo que ya comía, y no precisamente por gusto. No uso el auto porque no tengo para la gasolina, y si no lo uso hay menos probabilidades que alguien se dé cuenta que lo estoy vendiendo, por eso tuve que hacer acopio y poner unos cuantos

rótulos que imprimí. He estado economizando en todo. Hago mi comida, lo que significa que solo como sándwiches. Otra cosa, es que no sé cómo hare con las clases de actuación. Si no consigo vender el auto, tendré que dejarlas del todo. También he gastado en hacer mi currículo, aunque no es mucho y por supuesto que no podía poner el único empleo que he tenido. Lo he repartido por todos lados, pero dudo que alguno me llame. A estas alturas ya ha pasado un tiempo desde que lo entregue en dos lugares donde decía que se solicitaba empleada Urgente, y eso no es del todo reconfortante. Entro al pequeño teatro y los saludo. Los juzgue mal. Los conozco mejor, y me he dado cuenta que todos son muy buenas personas. He charlado con chicos y chicas de mi misma edad. Algunos estudian en la universidad y otro trabajan en la mañana o están como yo, en busca de trabajo. Ninguno de ellos tiene dinero, pero viven con sus padres, por lo que dinero no es una preocupación. La educación en este lugar, como academia de dramatismo, es de lo mejor. Según me han comentado, ambos maestros son de los más prestigiosos que hay en el país, y ayudan aquí, lo que quiere decir que su trabajo es ad honorem. Cobran la educación porque tienen la meta de arreglar el teatro y volverlo un lugar mucho mejor en donde lo primero sea culturizar a la comunidad. Toda la idea es muy buena, pero es un poco grande la meta que necesitan. ˗ ¿Cómo estas, Cassandra? –me pregunta Ethan, tan pronto me ve. ˗ Bien, bastante bien, gracias. ¿Y tú, que tal? Ethan y yo nos hemos hecho bastante amigos desde hace algún tiempo. Hablamos de todo e incluso hemos ido a dar unos paseos al parque. Es un chico muy agradable. Me encanta tener por fin a un amigo con el cual poder hablar de todo un poco. También es muy… como decirlo,

confortable, tener a una persona con la cual poder relacionarme, que sea un hombre, y que no piense todo el tiempo en la manera de salir huyendo de él, porque obviamente no estoy teniendo relaciones sexuales con él. Raro, verdad. Yo, como soy, no me he acostado con él, y no porque no quiera. O sea, hay cierta parte de mí a la que Ethan le llama la atención y mucho, es un hombre muy peculiar en el buen sentido. Pero no lo haría, eso solo lo arruinaría todo. Y como si eso no fuera suficiente, Ethan, no es material para coger y luego largarse, es con los que te acurrucas y le cuentas tus problemas y te enamoras de él. Lo sé. Suena peor de lo que se en realidad es. Pero es que es muy dulce, amable, y… Dios, él es simplemente increíble. No podría hacerle eso. Simplemente no podría arrastrarlo al hoyo negro que soy yo. Porque es de saber que yo he tenido mucha experiencia sexualmente, aunque no he tenido jamás un novio, pero esto solo hace peor las cosas. Ethan es un chico decente, y yo soy una descarriada que estuvo bailando como una prostituta. No le haría eso. ˗ Bien, mejor imposible –sonríe–. Por cierto, ¿ya leíste el libro que te preste? ˗ Si, ayer lo leí completo –rebusco en mi bolso hasta encontrar el libro, y se lo doy. ˗ ¿Y qué te pareció? ˗ Me ha encanta –comento acordándome del libro–. Ha sido excelente. La trama, los personajes… todo. Nunca espere que me gustara tanto, enserio que no. El final me hizo querer más, y… solo puedo decir que es de lo mejor que he leído. Le sonrió y el hace lo mismo, luego niega con la cabeza y mira el suelo. Siempre hace lo mismo cuando le parece acertado algún comentario. ˗ La letra escarlata es una de las mejores obras que he leído. No puedo

creer como una mujer puede proteger y sufrir a la vez tanto por un hombre. Sinceramente yo esperaba que ellos huyeran juntos con su hija y dejaran atrás ese pueblo prejuicioso, pero no lo hicieron, y me sorprendí aún más cuando él se entregó enfrente de todos, solo para que al final terminara muerta. Pero me fascino la idea de la redención de la protagonista, pasar de ser una mujer considerada como una escoria para la sociedad a pasar ser una mujer respetada… eso maravilloso –concluyo mí resumen de la obra. Me mira fijamente. ˗ Sabía que tú si lo entenderías –responde en un tono raro. Es primera vez que lo escucho tan serio, pero no detecto lo otro… Me quedo pensando en sus palabras. ˗ Clase –grita el maestro–. Ethan, ven aquí y ayudame. Antes de irse con el maestro, me regala una sonrisa de disculpa. Comienza la clase pidiéndonos que leamos un libreto que han preparado para la próxima obra que piensan lanzar para las próximas fiestas de la ciudad. Según he entendido es la historia de una mujer que abusaron de ella muy joven y a raíz de eso tiene dos hijo –o sea, gemelos–. Ella huye del pueblo donde vivía y se refugia en un lugar muy lejano y apartado, y ahí tiene con mucho esfuerzos a sus dos hijos, luego cuando se recupera del embarazo sale de su escondite y se va al pueblo más cercano en donde inventa que su marido murió y por eso esta ella sola. Una familia muy numerosa le tiene las puertas de su casa, para que pueda habitar con ellos como una empleada más. Los hijos de la familia son ya unos jóvenes, y tres de los cinco, son hombres. La mujer asustada por lo que le había pasado hace unos meses, todos los días cierra la puerta de su cuarto con llave y se mantiene todo el tiempo lo más alejada que puede de los jóvenes, con la esperanza que ninguno de ellos se fije en ella como mujer. Lastimosamente o por fortuna, a uno de los hermanos le llama mucho la atención la timidez de la joven viuda y comienza a tratar de conquistarla y ganar su corazón, porque siente que muy en el fondo es la mujer con la

que debería estar. A él no le interesa que ya es madre de dos pequeños niños a los cuales se debe ella y con mucho sacrificio ha sabido criar. Al final el hombre después de muchos intentos para acercarse a la mujer, lo logra, pero ella se resiste a la idea de enamorarse porque sabe que esconde un secreto y que si eso se sabe, ella ya no será vista por todos de la misma manera en que la ven porque creen que es viuda. Ella sabe que todos la trataran mal porque la historia está basada en una época en donde el mundo creía que las mujeres eran las culpables de sus desgracias incluyendo las violaciones, y por eso teme que él se dé cuenta de eso; pero a la vez ella no quiere iniciar una relación con un hombre que no sabe la verdad de su vida. Al final de todo, termina diciéndole la verdad y él como una persona respetable y de bueno corazón la tranquiliza y le dice que su secreto estará salvo con él, y que para él eso la hace mejor mujer, más valiosa. Ellos terminan juntos y olvidando el pasado, mirando su presente y futuro juntos. La historia se ubica en los años 20` y a mí me ha parecido maravillosa, porque es lo que yo hubiera querido que mi madre hubiera hecho conmigo, luchar y protegerme; por eso he decidido que quiero interpretar el papel principal, a pesar de que no sé qué tan buena sea para actuar, pero seguro es algo que puedo hacer. ˗ El viernes, o sea en dos días, serán las audiciones –dice el maestro a toda la clase que atentamente a escuchado todo–. Pero recuerden: no solo serán ustedes los que adicionaran, sino que también lo hará el otro grupo, y como habrán observado no son muchos los papeles, así que… suerte – nos despide. Saludo a todos, despidiéndome de ellos. Tengo que esperar a Ethan para poder hablar con él y contarle lo que pretendo hacer para la audición. Me encantaría tener su opinión y así no meter la pata. De verdad quiero ese papel. También necesito que me diga porqué me dijo que él sabía que yo entendería el libro. ¿Qué tengo yo diferente a los demás para comprenderlo? Tal vez podría ser que me siento conectada con la protagonista, pero eso él no lo sabe y no lo sabrá. Mi pasado debe quedar atrás, no necesito que nade que conozco lo sepa, suficiente difícil es recordarlo todos los días.



Yo no sé qué pasaría si alguien se diera cuenta de todo lo que he hecho en mi vida, o si alguno se enterara de mi primer trabajo… No me importaría si cualquiera se enterara, pero ¿si lo hiciera Ethan? No sé qué haría. Probable sea que si eso sucediera le diera asco, o peor. Ethan, es mi amigo, no podría soportar que él me despreciara, que me dejara de hablar. Seria tormentoso. Miro como todos han terminado de salir y me acerco a mi amigo. ˗ Ethan –lo llamo, y voltea a verme con una cálida sonrisa– ¿Cuál es la parte que debería actuar para la audición? ˗ Me gusta la acto número 7, es muy intenso cuando ella hace ese monologo –comenta mirando a un punto fijo detrás de mí. ˗ Si claro… ¡cómo no lo había pensado! –cambio mi peso de pie. Aquí viene la parte incomoda–. ¿Te puedo hacer una pregunta? ˗ Por supuesto, pregunta lo que quieras. ˗ ¿Por qué pensaste que entendería La Letra Escarlata? Me mira por un instante, alzando sus cejas sin entender exactamente a que me refiero. Lo he tomado por sorpresa, y no me extraña. ˗ Pues, porque hay personas que tienen sensibilidad hacia ciertas cosas, y me parece, que tú eres una de ellas. Casi estoy seguro. Lo has comprendido y eso demuestra que es verdad –se detiene un momento y me ve fijamente–. Mira, Cassandra, podrá ser que yo no conozca mucho de algunas cosas de tu vida, ni siquiera tu apellido, pero soy consiente cuando observo esa cualidad sensitiva en las personas. ˗ Me parece una rara explicación –confieso. Se ríe. ˗ No solo lo parece, también lo es –su vuelve a reír–. Pero es algo

bueno, creeme. Eso te dará mejores dotes como actriz. ˗ Gracias. Suspiro al darme cuenta que me acaba de quitar un gran peso de encima. ˗ No he dicho nada más que la verdad ˗ Eres una buena persona, Ethan. Y muy caballeroso. Pone su mano en mi mejilla, y un calor agradable se extiende por mi cara y luego por mi cuerpo. ˗ Cassandra… Se interrumpe cuando mi teléfono comienza a sonar. ˗ Permíteme –le pido. Ethan, asiente y me alejo para poder contestar la llamada. Saco mi teléfono de mi bolso y sin mirar el número contesto rápidamente. Solo quiero volver a hablar con Ethan. ˗ ¿Sí? ˗ Cassandra, necesitamos hablar. Reconozco esa voz. Ese maldito… ¿Cómo se atreve? Me quedo como una piedra. Esto… ya ha acabado ¿no? Volteo a ver a Ethan, y él percibe mi inquietud, mi temor. Me mira fijamente, preguntándome en silencio que pasa, pero yo solo niego con la cabeza y le sonrió como puedo. Giro, y salgo del teatro.

Una ola de aire helado, me golpea duramente en cuanto estoy en la calle. ˗ ¿Qué quieres, Luis? –cuestiono molesta, al borde de reventar el celular en el asfalto.



-10

Hay un silencio al otro lado de la línea. No escucho ni su respiración.

Comienzo a irritarme. Él es el que llama, y luego se queda callado. No lo puedo creer. ˗ Dime ya, ¿Qué quieres, Luis? –exijo. Él resopla, lo que crea una interferencia horrorosa a tal grado que me tengo que despegar el celular del oído. ˗ Quiero que vuelvas a trabajar… quiero que nuevamente bailes aquí – responde fatigado. No lo entiendo. Definitivamente es lo que menos me esperaba. Creía que me diría que necesitaba hablar conmigo para que discutiéramos lo que paso antes, pero nunca me imaginé que quisiera que regresara a trabajar. Él fue quien me despidió, en primer lugar. ¿Qué pretende? ˗ No te comprendo, Luis. Eres tu quien hizo todo eso, tú fuiste quien me despediste y ni siquiera fuiste justo al hacerlo –una luz se enciende en mi cabeza– ¿Por qué quieres que vuelva? ˗ Mira, de verdad que yo no quisiera tener que pedirte que regresaras. Es más, si por mí fuera, te ayudara a buscar otro empleo, pero… –se queda en silencio, evitando terminar la frase. ˗ Si no me dices porque quieres que vuelva… Te aseguro que jamás me veras otra vez trabajando ahí, ni aunque me llevaras a rastras. Primero muerta. Me entiendes –le aclaro con severidad. Otro momento de silencio se cierne sobre nosotros.



¿Qué tan complicado puede ser para que no me diga? ¿O solo será otra de sus artimañas para tratar de confundirme y luego arrastrarme junto a él? ˗ ¡Qué más da! –se resigna–. Te lo contare todo, está bien. El día que te fuiste, había un hombre en el bar, un cliente, uno que no me puedo dar el lujo de perder; y no exactamente porque no quiera… en fin, el caso es que le has encantado desde el primer momento en que te vio, y digamos que me ha rogado muy persuasivamente para que te traiga de nuevo a trabajar. ˗ ¿Cómo que te ha rogado persuasivamente? –pregunto al entender lo que esconden esas palabras. ˗ Digamos que rogar, en el sentido literal de la palabra es lo menos que ha hecho. Ha utilizado un argumento muy…valido –suspira–. Te enteraras de todas maneras… me ha estado extorsionando un poco para que lo haga, es más, me ha dado un plazo para poder hacerlo. Sé que está mal que te lo pida, pero… no sé qué más hacer, de verdad, Cassandra, estoy desesperado. ˗ Pero, ¿acaso no te dieron el mensaje que te deje el día que me marche? No bromeaba, Luis. Puedo ir de chismosa a contarle todoooo a tu esposa, y me importa una mierda que es lo que haga ella con lo que le diga. Por mí, te puede joder. ˗ La verdad, mi esposa me da lo mismo –menciona a su esposa con gran desdén–. Cassandra, si vuelves a trabajar conmigo, te daré lo que desees, me alejare de ti, hare lo que me digas, y lo digo muy enserio. Solo… no puedo hacer que ese hombre cumpla con su promesa. Me quedo pensando un momento en lo que me acaba de decir. ¿Quién será ese hombre al que Luis le tiene tanto miedo? ¿Con que lo estará extorsionando? ¿Por qué tengo que ver con todo ese lio? Mi curiosidad va en aumento con cada pregunta que me formulo, y hay

muchas, demasiadas, y ninguna de ellas las puedo responder. ˗ Antes de darte mi respuesta, necesito verte en persona, tenemos que hablar seriamente. ˗ Gracias, Cassandra. ¿Qué tal si cenamos esta noche? –propone un poco entusiasmado. ˗ Como gustes, solo que tiene que ser fuera de la ciudad o en otra parte, no quiero que nadie nos vea juntos. ˗ Bien, te paso a traer a las ocho en el hotel donde vives. ˗ Ya no vivo ahí –digo de mala gana. ˗ Entonces dime la dirección de donde te quedas ahora, y por favor dime que no es debajo de un puente… ˗ No vivo debajo de un puente –respondo ofendida–, pero, no te diré donde vivo. No necesito que me vayas a buscar ahí. Mejor nos vemos en un parque que está cerca de una iglesia católica, a unas cuadras de donde vivía. ˗ No me gustaría que andes en la calle a esas horas. Cassandra, eres muy bonita, y tienes ese “algo” que te hace llamativa, no es correcto que estés en la calle a oscuras, tu sola –rebate preocupado. Me rio fuertemente. ˗ Eso a ti, no te importa –respondo molesta–. Solo esperame en el parque a los ocho. Y se puntual, porque si no, olvidate que vuelva a trabajar para ti. Cuelgo con brusquedad, enfadada, pero también un poco aliviada porque tengo la posibilidad de tener un trabajo, aunque eso signifique estar nuevamente con Luis. Hay una ventaja en todo esto, y es que le puedo pedir que no se acerque a mí, y él lo hará. No tiene otra opción más que obedecerme. Miro hacia el cielo. Esta bastante claro y las nubes están muy esponjosas

y blancas. El aire esta helado, porque ya estamos comenzando el invierno y pronto estaremos a temperaturas heladísimas. Estoy tensa. Quisiera haberle dicho que no, pero dentro de unas semanas no tendré nada que comer, no podré pagar las clases y no durare mucho tiempo viva sin nada que ingerir más que agua. Una idea pasa por mi mente. Luis dijo que podía pedir lo que quisiera, y lo tendría… Miro hacia el edificio del teatro. Esta descascarándose. La otra vez escuche a Ethan, decirle a alguien que, cuando llegara la temporada de lluvia tendrían que buscar otro sitio para las clases, porque al parecer el techo tiene goteras un poco más grandes de las usuales. A lo lejos escucho como la maestra de ese grupo, grita las instrucciones para los estudiantes. Abro la puerta, sin saber muy bien que me ha motivado. Es un impulso, una idea que ya había tenido, pero ahora se reafirma más al oír a la maestra. Busco donde se encuentra Ethan. Es el único al que le puedo preguntar. Está hablando con una chica, y ella parece estar coqueteando con él, pero Ethan ni cuenta se da de los movimientos de pelo que le da la chica esa, y mucho menos de las expresiones de zorra que tiene. ¡Vaya puta! Joder, deberían de dejarlo en paz. Ethan, no es un chico para ella, se nota a simple vista. Además, ella debería estar prestando atención en clases. El pobre de Ethan, siempre tiene mujeres rondándole. Esas mujeres no tienen límite. ¿Acaso no ven que a él, no le interesan?

Camino un poco incomoda, hacia donde están hablando.

Antes de si quiera estar junto a ellos, escucho las risitas tontas de la chica. ¡Oh, vamos! Una vez estoy detrás de Ethan, carraspeo para llamar su atención. ˗ ¿Puedo hablar contigo, Ethan, a solas? –remarco, con un tono menos gentil de lo que quisiera, pero no me puedo controlar frente a esa niña retonta. Él ve mi cara, y se levanta rápidamente, un poco asustado. ˗ Claro, vamos afuera –dice desconcertado. Mira a la chica y le dice–. Ya vuelvo. Caminamos sin hablar, hasta que salimos del teatro. Una vez afuera, me quedo viendo el suelo. No sé cómo hacer esto. No tengo ni idea como explicarle todo. ˗ ¿Ha pasado algo malo? Vi la manera en la que tu cara se descompuso cuando recibiste esa llamada –está un poco exaltado, pero suena tan dulce. Me gusta que Ethan se preocupe por mí. Es la primera persona que lo hace sinceramente, porque Luis, solo lo hace por su conveniencia. ˗ No te preocupes por eso –le sonrió–. Está resuelto. Es de otra cosa que quiero hablarte. >> ¿Te acuerdas que una vez me contaste que querían remodelar el teatro, pero que era muy costoso? –asiente sin entender por qué se lo estoy preguntando–. Bueno, pues… digamos que podría conseguir que alguien nos done algo. No te puedo decir cuánto, pero podría ver si al menos llegamos a la meta con lo que ya tienen. Alza las cejas asombrado por lo que le estoy diciendo.

˗ ¿De verdad harías eso? –no se la cree.

Un poco a la fuerza… –me digo mentalmente. ˗ Lo intentare –prometo seriamente.

Lo miro fijamente para que sepa que no estoy jugando, que esto es más serio de lo que ha comprendido. Hace unos días estrenaron la obra de la que me hablo Anabel, el primer día que vine. Obviamente yo no participe en ella, pero sé que recaudaron poco. No creo que hayan llegado ni siquiera a un quinto de lo que necesitan. Tampoco creo que con la que hagamos, lo recaudaríamos. Pocas personas se interesan por el teatro y mucho menos cuando saben que es pagado. Eso está mal, pero no podemos obligarlos a que compren una entrada. ˗ Eso sería excelente, de verdad, Cassandra. Nos harías un gran favor si consiguieras una donación. Gracias. Sus palabras me conmueven. Habla con pasión cada vez que habla del teatro. Es algo hermoso de escuchar. ˗ De nada. Pero preferiría que me las dieras cuando lo haya conseguido –bromeo. Ethan se ríe, y me mira con esos ojos multicolores que tiene. Me muerdo el labio. ˗ Me voy –me despido con dos besos en la mejilla. Antes de que diga algo, o la situación se vuelva incomoda corro hacia mi casa. *** Camino por toda una larga cuadra, la última para llegar al parque. Es una lástima que ahora ya no viva en la posada, porque me hubiera

quedado más cerca, pero mejor así. La noche esta preciosa, el cielo esta con un millón de estrellas que en otras épocas del año cuesta verlas. El clima esta agradable, un poco helado, pero rico. Llevo puestos unos jeans ajustados, y una camisa de botones color negro, junto con un suéter calientito, pero sin llegar a sofocarme. También traigo puestas unas botas planas de imitación de cuero. No es que quiera verme bien para Luis, pero tenía que cambiarme, no podía traer la falda corta que andaba en la tarde y mucho menos la camisa desmangada. Llego al parque y miro hacia todas partes. Sujeto el abrigo a mi pecho. No veo ningún auto cerca del parque, está bastante solo. La verdad es que comienzo a sentir que Luis tenía razón. De cualquier forma creo que eso es lo de menos. Él ya tendría que estar aquí, ya casi es la hora pactada. En este pueblo, que es uno de los que está casi fuera de la ciudad, las personas duermen muy temprano. Ha esta hora ya no sale ni un alma a la calle. Está tan solo. Lo único que es de rescatar de que este sola en el parque, es que nadie nos vera a Luis y a mí. A pesar de ello, no es conveniente que cuando llegue nos quedemos aquí. Sé que si alguien nos viera, se armaría en grande. Evidentemente la única persona que me ha visto con él es Ethan, y no sé si lo reconoció, y si lo hizo, es lo suficientemente discreto para no preguntar por qué diablos el senador Borgia estaba arrastrándome hacia su auto, porque la verdad se vio súper mal. Ethan, es mi amigo, pero aun no hablamos nada de nuestra vida, lo que en si es un alivio. Yo, aun no se su apellido, y él tampoco el mío, simplemente hablamos de cosas vanales, como libros, películas o hasta ópera, al parecer a él le encanta la ópera, a mí me gusta, pero a él le apasiona, demasiado. En fin, solo nos dedicamos a conversar de

nimiedades. Supongo que en cuanto vaya avanzando la amistad, y con ello creciendo la confianza, preguntara por qué un hombre me metió a un auto casi a la fuerza. Detrás de mí, escucho el claxon de un coche. Volteo un poco alterada. ¡Joder, me he llevado un susto! Al otro lado del parque, hay estacionado un carro negro, con las ventanas polarizadas. Desde donde estoy se me hace imposible saber quién está dentro de él. La ventana del conductor se abre lentamente. Yo contemplo la escena sin poder dejar de mirar, no puedo quitar mis ojos de ese punto. Me ha llamado la atención. La tenue luz del parque me impide ver mucho desde donde estoy. Mi celular comienza a vibrar en mis pantalones y lo saco rápidamente. Contesto sin ver el número, sintiéndome en una de esas películas de miedo donde la tipa contesta y le dicen que dentro de siete días morirá. ˗ ¿Te piensas quedar ahí sentada y dejarme a mi tirado en el coche? – pregunta Luis, un poco molesto. ˗ ¿Eres tú, el del auto aterrador? ˗ Tu qué crees, preciosa –responde irónico. ˗ Me he llevado un buen susto –menciono, mientras me paro–. Me has asustado como no tiene una idea. No veas que cuando te vi pensé que me secuestrarias… ˗ Ya… por eso te dije que era peligroso que estuvieras sola a estas horas. Aunque lo de secuestrarte… quien sabe –se burla. ˗ Maldito –chillo.



Desconecto la llamada, y camino hacia donde esta Luis. Al acercarme al auto escucho como Luis está muerto de risa. ¡Desgraciado! Un pensamiento me hace pararme en seco.

¡Es la primera vez que lo escucho reír! Ni cuando éramos… pues eso que éramos, se reía, ni mucho menos cuando era su empleada. Nada, él siempre parece serio o medio burlón, pero ¿divertido? Jamás. Sigo caminando como si nada. ˗ Más te vale que dejes fuera tus burlas tontas, mira que si no, no voy a ninguna parte contigo –amenazo. Deja de reír, y comienza a toser. Niego con la cabeza. DE-SES-PE-RAN-TE ˗ Entra –medio grita. Ahora resulta que es él quien se puede enojar… ¿pero quién se ha creído? ˗ ¡Hay mira que caballero te has vuelto! –contraataco. Entro a su auto y me siento sin verlo. Arranca, mientras yo me pongo el cinturón de seguridad. ˗ ¿Adónde vamos? –pregunto al ver que conduce por la calle que lleva a la salida de la ciudad. Lo del secuestro se comienza a ver más real ahora. ˗ A un lugar donde nadie nos conozca, tal como pediste –responde entre dientes. Sus manos aprietan el timón con fuerza, hasta que sus nudillos se

palidecen. Vaya que si está molesto. Su entrecejo esta fruncido, y sus labios apretados. No me extraña que su ataque de risa haya durado tan poco. Con Luis, siempre es así. Si no está enojado, está en plan sensual, no tiene intermedio. Bueno, quizás sí, pero no conmigo. Algo se mueve en mi interior, y me hace querer pasar un dedo por su frente para quitarle esa arruga que se le ha formado. ˗ ¿Por qué me hiciste eso? –digo antes de darme cuenta que lo he dicho sin pensarlo. Trago fuerte. Sus facciones cambian rápidamente. Su cara ahora refleja preocupación, y se nota que está nervioso. Sus manos comienzan a moverse alrededor del timón y su respiración se vuelve más perceptible. ˗ Mejor no respondas, no quiero saber nada –me apresuro a decir. Veo la carretera, sintiéndome una tonta por no haberme dado cuenta de lo que estaba preguntando hasta que ya era muy tarde. Este no es el momento para aclarar nada. Y sobre todo, no quiero oír sus vanas excusas. ¡Solo me mentiría! ˗ Cassandra, yo… –comienza. ˗ No –grito, cortándolo–. Te dije que no quería que me respondieras. Frena el auto bruscamente, y se detiene en el carril de emergencias. ˗ ¿Pero qué…? ¿Por qué hiciste eso? Vamos a alguna parte ¿o qué? – enfurezco. ˗ He esperado por esa pregunta desde que te volvía a ver hace unas semanas… Volteo a verlo. Tiene las manos sobre la cara, cubriéndosela casi por completo. ˗ Dejame contestar, no solo por ti, sino también por mí. Por favor,

Cassandra. Solo dejame –suplica. Me quedo callada sin saber que decirle. Me ha tomado desprevenida. ˗ Sé que no te trate como merecías. Lo acepto, fui un idiota contigo. Me arrepiento todos los días de ello. Sin darme cuenta comienzo a llorar. Sollozo, y Luis al darse cuenta se quita el cinturón y me toma las manos. Yo no quiero verlo, no puedo. Solo sé que mis lágrimas invaden mi rostro, y no quiero esta sensación de vulnerabilidad, me siento mal por estar haciendo tremendo drama. ˗ No sigas – imploro. ˗ No llores, amor –dice dulcemente, mientras me enjuaga las lágrimas–. No soporto verte así. ˗ ¿No? –grito con dolor, y lo miro a los ojos, hay dolor en ellos, pero no me importa– Tú me hiciste mucho daño, mucho. Me viste llorar por ti, me viste suplicarte y no te detuviste. Yo te detuve. Se queda callado y baja su mirada a sus manos. ˗ No me puedes venir con eso ahora. Ya pase por mucho por tu culpa, y nada de lo que me digas hará que eso cambie. ˗ Dejame hablar, Cassandra. Dejame contarte todo desde un inicio, por favor –ruega nuevamente. ˗ No te dejare, porque me mentiras. Siempre fuiste cruel conmigo. Me mentiste y engañaste. Yo te amaba, entiendes. Para mi eras mi todo, no tienes idea hasta donde yo te amaba. ¿Y ahora vienes después de tanto tiempo a tratar de explicarte? No, claro que no te lo permitiré, estás loco si piensas que eso pasara. Su cabeza esta agachada y sus manos juntas.



˗ Yo te sigo amando –murmura.

˗ ¿Pero qué dices…? –exclamo alucinada–. Esa es otra de tus viles mentiras. ˗ No lo es –dice furioso, levantando la mirada–. Yo te amo, y no he dejado de hacerlo. El hecho que no me creas no lo hace menos cierto. Y si no quieres mi explicación solo tapate los oídos, porque te la daré de todas formas. ˗ No lo harás… ˗ Si lo hare. ¿Sabes? Ni siquiera conocés como es que llegamos a encontrarnos esa tarde en la biblioteca municipal, no sabes nada de como fueran las cosas. Lo miro fijamente. Ahora ha obtenido mi interés. ˗ Bien –grito nuevamente–. Di todo lo que tengas que decir. Me cruzo de brazos y espero a que él diga algo. ˗ La primera vez que te vi, no fue en la biblioteca. Ese mismo día, había ido al hospital en donde trabaja tu padre, a visitar a una vieja amiga a la que se le zafo un tornillo, se volvió loca porque la asaltaron, en fin… Yo estaba hablando con la recepcionista cunado tú llegaste y preguntaste por tu padre, no dijiste su nombre, pero no importo, ella te dijo dónde estaba. Te veías angelical con ese uniforme de colegiala y ese peinado de lado… yo te mire, pero no me pusiste atención. Te fuiste caminando y discretamente te seguí. Escuche como le decías a tu padre que irías a la biblioteca para hacer una tarea, él no te presto atención, y yo solo vi su espalda, por eso nunca supe quién era. ˗ ¿Acaso eras un maldito acosador? ˗ ¿Qué…? No, por supuesto que no. Solo me llamaste la atención. Ese día, me fui a cambiar a mi casa y cancele todas las reuniones que tenía. Tenía que verme un poco más joven y por eso no andaba con traje. Te espere en la biblioteca, hasta que apareciste con ese mismo uniforme. Me

volví loco viendo la manera de acercame a ti, lo juro –habla rápido para que no lo interrumpa–. Finalmente, decidí acercarme cuando te vi que no podías alcanzar un libro. Lo demás lo sabes, o mejor dicho a medias… ˗ Hasta ahí no entiendo por qué me trataste así, si tanto dices que te guste. ˗ Lo hice, porque me gustaste tanto que caí a tus pies, rendido ante tu belleza tanto interna como externa. Eras dulce, complaciente, y falta de amor. Me sentía como un gilipollas aprovechándome de un ángel. No lo digo a la ligera, Cassandra. Eres un ángel a pesar de todas las plumas que te quite. Yo me he arrepentido por tratarte de esa forma, me arrepentía en el instante, pero no podía tratarte como merecías. Me sentía controlador contigo, quería cada una de tus caricias, que solo me miraras a mí, que no vieras a nadie más con esos lindos ojos color azul que tienes. Eres hermosa y me dolía verte quebrada, pero no podía dejar de hacer lo que hacía. Me dolía saber que solo eras mi amante, y no soportaba ver lo cariñosa que eras. En algún momento pensé que podría controlarlo, que te dejaría seguir creciendo, que no te metería en todo mi caos, pero no pude, lo intente. Lo intente por una semana. ˗ La semana que me dejaste de hablar… ˗ Sí. ˗ Pensé que estabas molesto conmigo –digo casi sin poder respirar. Mi corazón corre, y mi cuerpo tiembla. No esperaba esas confesiones. Y es que él, suena tan honesto, que me cuesta dudar cada una de sus palabras. ˗ Cassandra, yo no te podía dar nada, y me detestaba por ello. Te quería para algo más que mi amante, aun lo hago, pero no podía hacerlo. Eras una niña muy pequeña y frágil, y necesitabas a alguien que te cuidara, pero no podía ser yo. Estaba casado y te llevo un montón de años. Hubiera ido a prisión y tú hubieras quedado muy mal. No quería eso para ti, vaya que no. ˗ ¿Y por eso decidiste mentirme? Ni siquiera me dejaste escoger lo que quería. Te quería a ti, y no me importaba como. Ni siquiera después

cuando descubrí tu mentira me hubiera importado seguir contigo… ˗ ¿Entonces porque nunca me contestaste las llamadas? –me reprocha. ˗ Porque no quería llamadas, quería que me fueras a buscar y me pidieras perdón frente a frente. Solo eso quería –me apago. ˗ Lo siento mucho, amor –toma mi rostro con su manos y quita mis lágrimas con sus pulgares–. Sé que la he cagado, que destruí tu confianza hacia mí. Sé que no te merezco, pero… ˗ No –contesto sabiendo la pregunta–. Tú no conoces toda la verdad, mi verdad. ˗ Cuéntamela, por favor –pide tranquilo, mientras me hipnotiza con su mirada. ˗ ¿Te acuerdas del día que encontraste una prueba de embarazo? – pregunto entre sollozos. ˗ Si… ˗ Si estaba embaraza –pronuncio con amargura. Una espada acaba de cortar mi corazón en dos partes. Jamás se lo he contado a nadie, y decírselo a Luis, es más difícil que muchas cosas que he tenido que hacer. Es casi tan doloroso como tener que revivir ese día en el que perdí a mi bebe. Luis, se queda quieto y no sabe qué hacer. Leo en sus ojos que no hay nada. Se ha quedado vacío. ˗ ¿Qué paso con él o con ella? –pregunta finalmente. Niego con la cabeza y lloro más fuerte. ˗ Lo siento Luis, de verdad que yo lo amaba. Era mi hijo y tuyo. Yo… yo lo quería más que mi vida, jamás me hubiera atrevido a hacerle algo malo. Lo quería proteger de todos… pero no pude.

Me zafo de sus manos y levanto mis rodillas y lloro contra ellas.

Luis me mueve la cabeza, y me ve fijamente.

˗ Yo no quería –vuelvo a decir, y sigo explicando–. Una semana después que descubriera que me engañaste, lo perdí. Estaba débil, y no podía ingerir comida sin vomitar, tampoco podía tomar mucho líquido. La doctora me había dicho que estaba bien, pero algo salió mal, y lo perdí. Perdí a mi bebe –lloro más. ˗ Calmate, amor. Seguro no fue tu culpa –trata de consolarme. ˗ Si lo fue –chillo–. Lo fue porque no tuve cuidado, solo pensé en mí y mi dolor por tu perdida, lo amaba pero estaba deprimida. Tomo mi cabeza con mis manos y jalo mi cabello. No soporto el dolor en mi pecho. ˗ Es mi culpa –digo. ˗ No lo es –afirma–. Si acaso es mi culpa, no tuya. Tú no debías estar sola. Ni mucho menos haber quedado embaraza cuando tenías catorce años, y mucho menos de un cerdo como yo. Te merecías a alguien que estuviera para ti, que te cuidara. Que te protegiera de todos, pero yo no lo hice. En lugar de eso te embarace y te deje tirada –suspira con pesadez. >> No debía pasar nada de eso. ˗ ¿Te arrepientes de que haya quedado embarazada? –pregunto en agonía. ˗ No. De lo que me arrepiento es de no haber estado contigo. De haber perdido a nuestro hijo. De dejarte por una mujer tan fría como lo es Ana, mi esposa. De no haber renunciado a todo por ti. De eso me arrepiento – responde con decisión. Me quito el cinturón de seguridad y me lanzo sobre él. Pego mis labios sobre los suyos y comenzamos a besarnos salvajemente, sintiendo sus labios dulces con mis lágrimas saladas.

No me importa lo asqueroso que pueda resultar, lo necesito.

Me subo sobre sus piernas y pongo mis manos en su cara, y él pone las suyas sobre mi espalda y me abraza fuertemente contra su pecho. Nos fundimos en una sola persona. Despego mis manos de su cara, y me quito el suéter. ˗ ¿Estás segura? –pregunta jadeando. ˗ Más que nunca –afirmo. Comenzamos a besarnos nuevamente. Un beso fogoso y dulce. Me necesita tanto como yo lo necesito a él. Mis emociones pesan sobre mi cuerpo, pero con cada beso, con cada caricia, se siente mejor. Me quito la camisa, y él hace lo mismo con la suya. Me ve por un instante y dice: ˗ Siempre has sido la perfección andante. Me quito el sostén y lo aviento a la parte trasera del auto. Luis, acomoda el asiento para darme más espacio, para bajarme los pantalones, y yo lo hago bajándome de una sola vez las bragas. Una vez desnuda, sus manos pasan por todo mi cuerpo, excitando cada una de mis zonas erógenas. Mis pechos, mi trasero, mis costados. Todo es tocado por esas manos a las que he extrañado fuertemente. Con las manos temblorosas, me deshago de su cinturón y le desabotono el pantalón, y le bajo la bragueta. Saco su miembro de su bóxer, y lo comienzo a masturbar con mi mano. ˗ No –se lamenta, y paro creyendo que hago algo mal–. Dejame que sea yo quien te complazca. Sin saber que decir, solo asiento.

Su boca se va a mi pecho izquierdo y comienza a darle pequeños besos que me vuelven loca. Nunca había sido tan tranquilo, tan… amoroso. ˗ Luis –jadeo. Con su mano derecha, masajea mi otro seno. Me comienzo a mover por inercia, pero él me para poniendo sus manos sobre mis caderas. ˗ Tranquila, te quiero para buen rato. Sigue con mis pechos, pero ahora con el derecho. Mi respiración esta acelerada. Yo estoy en una nube rosa, donde me encuentro sentada sobre petalos de rosas de todos colores y olores. Estoy en el paraíso. Una de sus manos llega hasta mi pubis y comienza a sobarme el clítoris delicadamente. ˗ Por favor –pido. ˗ Shh, tranquila. Introduce un dedo dentro de mí, y yo trato de moverme, pero rápidamente me para. Estoy ansiosa y húmeda. Lo necesito y sé que él a mí. Mis manos se posan en su esculpido pecho y toco cada uno de sus músculos, memorizando cada uno de ellos. Me besa el cuello, mientras otro dedo suyo se introduce en mí y se mueve lentamente, aumentando mi agonía. ˗ Por favor –vuelvo a decir. Me saca sus dedos y lentamente me mete su pene. ˗ Gracias –exclamo.

˗ No me des las gracias, amor. Soy yo quien te las debe dar.

Me toma del trasero y me mueve lentamente. Sus ojos y lo míos, se conecta y no se apartan, mientras por primera vez, siento que hago el amor, o algo parecido. Lentamente nos movemos, y jadeamos con cada envestida suave. Es tortuoso, pero es mágico. Una sinfonía de sensaciones. ˗ Te quiero tanto, Cassandra –confiesa. Me quedo callada, porque no sé qué decir. Múltiples sentimientos se alojan en mi alma. Sentimientos cruzados. Aumenta un poco más el ritmo y yo siento las primeras olas de mi orgasmo, y me contraigo poco a poco. Llego a mi orgasmo más satisfactorio de mi vida, y él me acompaña. Una vez terminamos, fatigados, me acuesto sobre su pecho. Estoy muy feliz, a pesar de todo. Luis, me contempla, lo puedo sentir. Toca mi cabello, arreglando los mechones que están esparcidos por mi cara. ˗ Cassandra, de verdad te amo. Me levanto apesadumbrada y me doy cuenta de todo lo que significa. ˗ Estás casado, Luis –menciono con tristeza–. Y tu esposa esta nuevamente embaraza. Te perdono por lo que me hiciste, creeme. Pero no puedo destruir tu familia, no puedo dejar a esos niños sin padre, ellos no tiene la culpa. Siento algo por ti, pero no creo que sea amor. Toda mi vida espere poder hacer el amor contigo, incluso en estos años donde he estado enojada contigo y te he guardado rencor. Pero no se siente correcto, no se siente bien hacerle esto a tu familia. Luis, me ve con una expresión que me quiebra. Mira al cielo del auto.



˗ Lo sé –dice finalmente–. No quiero a mi esposa, pero quiero a mis hijos. Entiendo lo que dices, y tampoco quiero arrastrarte a mi caos, no te lo mereces. Las personas te mirarían mal, y no lo soportaría, no quiero eso para ti. Te amo mucho, como para dejarte hacer algo así. Aunque no lo parezcas, sigues siendo una niña, no has terminado de madurar a pesar de que la vida te ha golpeado, y yo no puedo ser quien te ayude. Necesitas alguien de tu edad que este para ti, así como yo no puedo. >> Quisiera, pero no puedo. Asiento con la cabeza, mientras me desinflo por dentro. ˗ Aquí murió lo nuestro –bromeo con tristeza. ˗ Supongo… no quisiera, pero es lo mejor para ti. ˗ ¿Por qué no quieres a tu esposa? –pregunto con curiosidad. ˗ Porque nunca me gusto, ni lo hará. La estimo porque lo que hemos pasado, y porque es la madre de mis hijos, pero no más que eso. ˗ No entiendo ¿Por qué te casaste entonces? ˗ Porque me obligaron. Cuando comencé con mi carrera de político, no era del todo bien visto que no tuviera esposa. Era joven, pero era un peligro para el partido tan conservador en el que estaba. Mi padre la escogió a ella, porque era una buena mujer, y si lo es, pero es tan… aburrida. ˗ ¿Tu padre es estricto? Tengo la necesidad de saber más de Luis, no sé bien porque, pero la tengo. ˗ Algo –se encoje de hombros–, pero sé que solo quiere cosas buenas para mí, por eso hizo eso. No es que me queje, pero a veces siento que me robo mi juventud. Siempre he estado en el partido, siguiendo sus pasos desde pequeño, haciendo que toda la gente me vea como una persona digna, y mientras ellos no ven, me escabullo a mi lugar favorito, el club.



˗ ¿Cómo fue que llegaste ahí?

˗ Claudia era una vieja compañera de instituto, y nos encontramos una vez. Es de confianza, así que le conté que quería hacer algo diferente, que necesitaba alguna emoción que no podía obtener en donde estaba. Ella sabía que estaban vendiendo una casa, y me propuso al principio que fundáramos un burdel, pero me negué. Quería algo que me divirtiera, pero tenía miedo. Creímos que era buena idea hacer un club de estriptis, no sé de dónde vino la idea de hacerlo para hombre refinados, o mejor dicho con dinero. Abrimos hace casi tres años. >> Después que te deje de ver, me sentía vacío y ya nada me emocionaba. Por eso cuando llegaste a bailar en el club… sentí que era mi oportunidad. Hice el club porque quería tratar de mantenerte lejos de mis pensamientos, pero quién diría que eso me ayudaría a volverte a encontrar. ˗ Sí, es un poco raro –concuerdo–. Hablando de club… ¿Qué es lo que pasa conmigo? ¿Por qué un cliente me quiere ahí? Exhala, y se restriega la cara. Me bajo de él y me pongo la camisa suya. ˗ Es algo difícil de comentar ˗ Intentalo, de verdad necesito saberlo. No creo que sea conveniente que nos sigamos viendo, sobre todo después de lo que acaba de pasar. Pero si hay una razón de peso… lo hare. Quiero decir, puedo trabajar para ti, y comenzarnos a ver como amigos ¿no crees? Se queda pensativo mientras comienza a arreglarse los pantalones. Lo que digo es la verdad. Necesito conocer todos los detalles. ˗ Estamos juntos en esto –le toco la mano. ˗ Tienes razón –abdica–. No te lo puedo ocultar. Él tipo es un rufián, de acuerdo. Se aprovecha de todos. Es un poco convenenciero y a base de eso ha formado sus empresas. No sé cómo lo logra pero sabe el secreto de un

montón de hombres y los extorsiona para pedirles favores, aunque no lo entiendo porque. Su familia es rica y no necesita hacerlo… pero ya vez como es la gente –se encoje de hombros–. El caso es que se quedó bastante encandilado contigo, y cuando no te vio, me fue a buscar. Debes de saber, antes que siga, que nadie sabe que yo soy el dueño de “Girls Dreams”; frente a todos, quien figura como dueña es Claudia, todos creen que es la dueña, claro, a excepción de ustedes, pero todas las chicas tienen un acuerdo de confidencialidad. Entonces, cuando él vino a mí, me imagine de todo, menos con que me viniera a sentenciar y decirme que si tu no venías le contaría a todos quien era el dueño del club. Vino con pruebas, y… No quiero que nadie se entere. No por mí, eso me da igual, pero por mi padre, por mi madre, aun por Ana y los niños… ¿me entiendes? ˗ Claro, lo comprendo. No es algo que debería hacer un senador. ˗ Exacto. Entonces, me dijo que si no te traía de regreso en unos días, pagaría las consecuencias. Eso fue hace algunos días. Mañana es la despedida de soltero de uno de sus amigos, y él quiere que tú estés ahí. >> No creas que no pensé lo suficiente antes de llamarte. De hecho, considere las dos opciones, y… solo no quiero perjudicarte, pero tampoco a mi familia. Por eso he decidido que tú elijas y como dije, hare lo que quieras. Incluso si elijes que no, aceptare las consecuencias de mis actos. ˗ ¿Qué pasaría si dijera que no? ˗ Seguramente perdería mi puesto como senador. Es probable que me vería obligado a cerrar el club, porque he hecho fraude de ley al decir que es un club para hombres. Y muchas otras cosas. Eso es solo para que te hagas una idea –comenta decaído. ˗ ¿Cómo es que nadie lo ha descubierto hasta ahora? Me refiero a todo, el fraude de ley, que tú eres el dueño, eso. ˗ Lo del fraude de ley lo saben. Has visto que dentro de los clientes hay jueces y todo, pero a todos les gusta el club y nadie reniega de ello. Pero si se forma un escándalo, las listas de clientes saldrían a la luz, y eso no traería nada bueno. Es difícil de explicar.



˗ ¿Qué otra opciones quedan? No es que no quiera ayudarte, no me mal intérpretes, pero es que no estoy segura de querer bailar como una fulana el resto de mi vida. ˗ Lo sé. He estado pensando en ello, pero ahora no se me ocurre nada. Tengo el cerebro fulminado. Tengo miedo por ti y por mí. Me quedo un momento pensando en todo lo que me acaba de decir. Sigue doliendo verlo así. Sigo sintiendo algo por él, aunque ya no sé qué es. ˗ Te voy a ayudar, pero tengo una condición –anuncio. ˗ La que quieras. Te debo mucho, Cassandra. ˗ Estoy tomando unas clases de actuación en un teatro que queda cerca del parque donde me recogiste, y se está cayendo en pedazos. Han tratado de reunir dinero, pero simplemente no han logrado recaudar lo que necesitan, por eso quiero que me ayudes con eso –explico. ˗ ¿Enserio me estas pidiendo eso? ˗ Si, ¿Por qué? ˗ Pensé que me pedirías algo diferente, algo para ti – me ve extrañado. ˗ No quiero nada para mí. Me gusta la sensación de que todo lo que tengo me lo he ganado, aunque es mentira, pero últimamente así lo siento. >> El teatro me encanta, me encanta actuar, y siento que debo hacerlo, quiero hacerlo. Nunca pensé que encontraría algo en lo que sería… buena, y me siento bien al actuar. Además hay alguien… ˗ ¿Me estas pidiendo ayuda para un hombre? –achica los ojos observándome un poco molesto. ˗ No exactamente. Es mi amigo, y es el administrador, por llamarlo de alguna manera. Pero no lo hago solo por él, lo hago por todos. Quizás no me estoy dando a comprender, pero es una necesidad, es algo que siento

correcto. ˗ ¿Te gusta mucho el teatro, no? ˗ Sí. ˗ Bien –dice exasperado–. Lo hare, veré que puedo hacer. ˗ Gracias, gracias. Me levanto y lo beso en la frente y en las mejillas, muchas veces. Me agarra de las manos y me aleja de él. ˗ Tranquila que ya no te puedo volver a tocar –sonríe con malicia. Me encojo de hombros, pidiéndole disculpas. ˗ Vístete y dame tu dirección, te llevare a tu casa. Aunque primero pasemos por un local de comida rápida. Dudo que algo más sofisticado este abierto –se rasca la cabeza. Asiento, y me voy a la parte de atrás a ponerme mi ropa, mientras le paso su camisa. Trato de vestirme sin que me pueda mirar, no quiero tentarlo ni tentarme. Eso sería un error, y crueldad. Me termino de cambiar y le digo: ˗ Vamos por una hamburguesa enorme, Luisito –me burlo de él. ˗ ¡Oh, callate, Cassandrita! ˗ Pero ni creas que no me debes mi cena formal –sentencio. Se ríe con una gran carcajada. ˗ Claro que si princesa, lo que guste –hace una reverencia incomoda. ***

Llegamos a mi casa/cuartito pequeño, a las doce de la noche.

˗ Gracias por la comida –le digo mientras me quito el cinturón de seguridad. ˗ De nada. Cuando quieras. Por cierto, mañana es a las 5 de la tarde, porque la fiesta comenzara a las 6 –me avisa. ˗ Hablando de eso… ˗ ¿No te habrás arrepentido? –pregunta preocupado. ˗ Para nada, solo quiero saber quién es el misterioso cliente. ˗ Te lo diré mañana, o mejor dicho, hoy por la tarde. Tú descansa, princesa. Te lo mereces –suspira. Sonrió con cariño. ˗ Ojala las cosas hubieran sido diferentes –me toca la cara con el dorso de la mano. ˗ Recuerda, AMIGOS –le digo por millonésima vez. ˗ Adiós, amiga –me saca la lengua como un crio. Niego viéndolo de mala manera. Me bajo del auto y antes de cerrar la puerta le grito: ˗ ¡Ridículo! –cierro rápidamente, pero lo escucho reír dentro del coche. Troto hasta mi casa, y entro. Una vez segura dentro de mi departamento, escucho el carro alejarse. No salió mal, después de todo. Pero, ¿Quién será ese misterioso hombre?



-11



˗ Recuerden que solo falta un día para la audición –dice el maestro, gritando a todo pulmón, gracias a que mis compañeros de clases están más platicadores que de costumbre. Yo, por mi parte, lo comprendo. ¿Quién no estaría emocionado de saber que esta es LA oportunidad de poner en practica todo lo que hemos estado aprendiendo? Tal vez no es una oportunidad de oro, como ir a actuar en Broadway, pero da igual. Todos queremos que nos vean otras personas, actuando sobre ese escenario viejo que parece que necesita un engrasado, de tanto que chilla bajo nuestro peso. Por mi parte, no tengo a nadie a quien invitar, porque aunque quedara dentro de los actores, aunque sea como actriz muy segundaria, no podría decirle a mi padre que viniera a verme. No sé si ya me perdono y estaría dispuesto a dejar su trabajo solo por venir a ver a su hija malcriada a las afueras de la ciudad. La verdad, es que si yo lo invitara y él no viniera, sería un golpe muy bajo para mí. No lo soportaría. ˗ Hoy, solo vamos a ensayar la parte que quieran audicionar, y yo les diré que pueden mejorar. Como sabrán no hay problema que yo les ayude, pues quienes van a venir a calificar son unos colegas que trabajan conmigo. Son estrictos, eso ténganlo por seguro, pero saben apreciar cuando una persona tiene dotes actorales. >> Primero, pasemos a las damas –sugiere. El maestro Ponce, nos observa a todos, examinando quien es la que está nerviosa. No sé porque, pero siempre es así, parece que tienen un radar para identificar quien es la que no quiere pasar; al estilo los perros que detectan el miedo en las personas.



Yo le sostengo la mirada cuando sus ojos pasan sobre mí. No me presta mucha atención y sigue buscando su presa. ˗ Meredith, pasa tú –le ordena.

Meredith, es la chica más tímida de toda la clase. Es un poco escuálida, y pequeña, más que yo incluso. Es de esas que prefiere estar detrás del escenario ayudando a todos, al menos así me dijo la última vez que le pregunte porque no le gustaba participar, que fue cuando hicieron la anterior producción. Me parece descabellada su actitud, pero que se le va a hacer. Se levanta de su silla toda tímida, y llega al escenario con la cabeza agachada. Es demasiado verla así. Me da lástima la chica, y a la vez, me da unas enormes ganas de levantarme y golpearla unas cuantas veces para que reaccione. En algún momento tiene que darse cuenta que no puede seguir viendo la vida a través del suelo. A esta chica, le hace falta confianza, y a montones. ˗ Voy a interpretar a la señora Jones, en la parte donde se burla de Minerva, por ser tan desdichada al haber quedado embarazada y no estar casada –toma aire antes de empezar. El personaje que quiere Meredith, es uno corto que aparece al principio de la obra, en el primer acto. Es de antes que Minerva, salga huyendo de su pueblo natal. Puede ser que lo haya escogido por corto y porque solo sale una vez, pero también es de mucha emoción, emoción fuerte. De todas formas, la obra solo está conformada por 8 actos, y aunque son extensos, en si la obra no debe durar más de dos horas; al menos según mis cálculos. ˗ Mirate, Minerva, tan digna que te haces frente a todos. Tan “modelo a

seguir” –se burla Meredith, de alguien indeterminado, riéndose a carcajada–. Eres una mala mujer, una estúpida que se creyó por sobre todos nosotros, y ¿mira cómo quedaste…? Preñada y sin nadie quien te sirva como padre de esa criatura infeliz que aguarda a salir de tu vientre. Eres un lastre para la sociedad. No deberías de estar con nosotros. Eres una vergüenza para todo el pueblo. >> ¿No opinas lo mismo que yo, querido esposo? ¿No crees que está sucia mujer debería abandonar el pueblo como la ramera que es…? Hay de ti inmunda, si pretendes hacernos creer que lo que guardas bajo tu piel es producto de una desgracia; y aun, de ser así, estamos seguros que tú, mala yerba, lo ha propiciado. >> Vete de aquí –señala con desde y soberbia hacia el público–. Nadie quiere volverte a ver. Termina con una sonrisa tímida, mirándonos a todos. Estamos todos impactados por lo que acabamos de presenciar. Como dije, es una escena fuerte, en donde una de las mujeres, la señora Jones, echa del pueblo a la pobre de Minerva. Nos levantamos de nuestros asientos aplaudiendo fuertemente. También algunos de los chicos vitoreando a Meredith por el estupendo trabajo que ha hecho. ˗ Excelente, Meredith. Lo has hecho impresionantemente bien. No creo que haya que modificarle nada. Seguro que obtendrás el papel. Aunque me queda una duda… >> ¿Por qué has elegido ese papel, si podrías interpretar el de Minerva? Se te da la actuación –elogia. ˗ Lo intente, profesor. Pero usted siempre nos habla que tenemos que tener una conexión con el personaje, y yo no me sentía identificada con Minerva –contesta suavemente. A mi forma de ver, pensaba que ella estaría conectada con cualquier otro, pero ¿con la señora Jones? Pues no.



˗ Sigamos. La siguiente será Alicia.

La clase seguí, y el profesor hace que todas pasen, dejándome de último a mí. ¡Genial, me estoy aburriendo, y ya no sé si me acuerdo de lo que tengo que decir! ˗ Por último, para que comiencen a pasar los hombres, vamos con Cassandra. Me paro con un nudo en la garganta más grande que mi propio estómago, que por si fuera poco, está más hecho trizas que mi garganta. Mi corazón palpita rápidamente, y mis oídos han dejado de percibir cualquier sonido. Inspiro hondo. ¡Solo se trata de conectar! Cuando llego al escenario, cierro los ojos unos segundos para pensar en la escena y conectarme con Minerva. ˗ ¿Por qué me hace eso? ¿No se da cuenta de cuando lo estimo? ¿acaso no pensara que esto es muy difícil para mí? >> No le puedo corresponder. Él lo sabe. Sabe que soy una mujer sola, con dos hijos a cargo mío. Conoce mi situación. Cree que soy viuda de un hombre que jamás existió – mi ojos se comienzan a sentir calientes y mi voz se quiebra con cada palabra. No es Minerva la que está hablando, soy yo, con sus palabras. ˗ No lo comprende. No quiere hacer caso de todas las advertencias que le he dado, ni de todas las recomendaciones que su familia le hace. ¿Acaso no ha visto como me mira las personas cada vez que paso con mis hijos? >> Él, simplemente está ciego, no quiere aceptar la realidad, mi realidad.



>> Yo no lo merezco, es mucho hombre para una mujer tan desafortunada como yo. Estoy manchada, ya no tengo remedio. No sirvo como mujer. Lo quiero, y es por eso mismo que no puedo hundirlo en mi destino, un destino lleno de oscuridad y sacrificio. Mi vida desde el momento en el que ese infeliz abuso de mí, esta destina a ser una vida de sin sabores, una vida en donde solo mis hijos son lo único bueno de ella. >> No podría arrastrar a un hombre tan correcto como Antonio, al caos que simula estar en orden, ese caos en el que solo yo tengo que estar. >> ¿Cómo mirarlo a los ojos y decirle toda la verdad? No puedo. Me odiaría, me despreciaría –caigo al suelo llorando amargamente–. Si él se enterara… acabaría con lo poco que me queda de valor. Tendría que mudarme lejos por la vergüenza de no poderlo ver a los ojos. No sería capaz de soportar su indiferencia, su odio, su repulsión. Me dolería a tal grado, que… Me cortó ahí, porque en esa parte, Minerva deja de hablar y se convierte en un mar de lágrimas. Me levanto y me quito las lágrimas de la cara. Ya no se ni cuanto he llorado, pero creo que no lo hice tan mal… Nadie dice nada. Me bajo del escenario un poco desinflada al ver que nadie tiene un comentario o aplauso para mí. Todos se han quedado muy callados. ˗ Ven –dice el maestro Ponce–. Ha eso se le llama actuar. Hay que transmitir emociones y no solo aprenderse un dialogo y venirlo a decir. Muy bien hecho, Cassandra. Todos me miran fijamente. Estoy sentada, alejada de ellos, pero miro sus rostros. Están en shock, y creo que en el buen sentido. Sonrió feliz de haberlo logrado. ***

Llego a mi casa, y me quito los zapatos.

Hoy ha sido un día largo, y eso que aún no ha acabado.

Me refiero a que, dentro de unas horas tendré que ir al club y ver a mis ex compañeras/compañeras, y no sé cómo comportarme. Quiero decir, ellas me vieron cuando insulte todo a nuestro jefe, cuando me cambie delante de él, e incluso, puede ser que se hayan enterado que le saque el dedo y lo amenace. Sin embargo, algo me dice que me debería de importar una mierda, pero no es así. Me había comenzado a llevar bien con la mayoría de ellas, y ahora no sé qué hacer para no sentir incomoda. Me recuesto en la cama y me pongo las manos en la cabeza. Tengo una pequeña cefalea que me está matando lentamente. Debería verle el lado bueno al asunto: nuevamente, tengo empleo, y eso debería bastar. Bueno, también me inquieta el hecho que hay un cliente misterioso que quiere que a toda costa este en el club. Y aquí es donde se pone raro, porque si fuera cualquier cliente, lo normal sería que pediría mi dirección y me viniera a buscar, es lo más lógico, al menos para mí. Pero no, ese hombre ha decidido ir a verme bailar a un puto lugar, en el que para más, no es un baile solo para él. Hablando de bailes, ¿Qué haría Luis, si ese sujeto quisiera un privado? Yo no hago privados porque él me lo prohibió, pero ¿lo haría, si pudiera? No lo sé. Y menos aún sin saber quién es el caballero oscuro. Da igual, de cualquier manera, es mejor ir mentalizada que no será un adonis. Dudo mucho que un joven de los que llegan los sábados o los domingos, sea quien este extorsionando a Luis. Además, se supone que estaba el día que me despidió. ¡Momento! Se quien estaba ahí.

Recuerdo que Luis, me dijo que me alejara de él el primer día que hable con él. ¿Cómo no se me había ocurrido? ¡Qué boba soy! Saco mi celular de la cartera y marco rápidamente el número de Luis. Contesta al tercer tono. ˗ ¡Oh, mi cielo! –exclamo antes que él diga algo. ˗ ¿Cassandra? –pregunta extrañado. ˗ ¿Pues quien más…? –me burlo–. Te quiero hacer una pregunta – prosigo. ˗ Hazla, pero que sea rápido. Estoy a punto de entrar a una junta. ˗ ¿Es Sebastián –me quedo pensando el apellido, pero no lo recuerdo–, Sebastián algo…? ˗ ¿De que estas hablando? –se escucha cuando se levanta de una silla algo ruidosa, que se queja al sentir su peso. ˗ Del tipo… el hombre que quiere que trabaje para ti. Me dijiste que me alejara de él, y luego… Él estaba ese día –mi corazón late rápidamente. Me siento jodidamente bien al haberlo resuelto yo solita. Y sobre todo, me siento como la puta Nancy Drew. Es fascinante. Tal vez debería de buscar un trabajo como investigadora… Me rio. ¡Joder! Por adivinar esa tontería, no soy ningún detective. Aunque he de admitir que la sensación es inigualable. ˗ Si –responde molesto–. Es él. Pero yo que tú, no me emocionara. Te explique ayer que ese tipo no es de fiar, es un estafador. Y creeme cuando

te digo que si le gustas, no parara hasta que te líes con él; y honestamente, sin pensar en ti como una mujer a la que amo, él, no te conviene. >> Prometeme Cassandra, que te cuidaras de todo lo que haga ese tipo, y también cuida todo lo que le dices y haces con él. Yo no me meteré, aunque quisiera no puedo, porque son tus decisiones. Pero te aseguro algo, ese sujeto es capaz de quererte persuadir a través de cualquier artilugio, ya sea tratando de comprate –trago saliva, al entender un poco la situación–, o incluso engañarte, o peor, tratando de hacer lo mismo que hizo conmigo. Podría decirte que le dirá a tu padre sobre el trabajo que estás haciendo, o incluso usar cualquier cosa a su alcance para perjudicarte. Ambos nos quedamos en un silencio inquietante. Visto de esa manera, es espantoso el panorama. ˗ Te diré algo, para que tengas una idea de hasta dónde llegan los alcances de Sebastián –continua seriamente–. Yo lo conocía, pero como a muchos, solo de vista. nunca hemos hablado en plan de amigos, o si quiera como empresarios. Nuestro contacto ha sido casi nulo. >> Cuando me llegaron sus primeras amenazas hace ya unos días, no sabían que provenían de él. Hasta que hace tres días me fue a ver, y pregunto por ti. Como te imaginaras, me quede de piedra al escucharlo preguntar por una de las que habían sido “mi empleada”, sus palabras no las mías –lo imita, molesto–. Yo no entendía como es que se había enterado, y mucho menos porque lo había hecho, ni siquiera comprendí como es que actuó tan rápido. Hasta el momento, todo eso sigue siendo un gran enigma. Puede ser que simplemente me haya visto, o algo así. >> De cualquier manera, solo quiero que te des cuenta que ese hombre no es para creerlo santo, o pensar que solo se quedara en las amenazas. Por eso, Cassandra, te lo ruego, cuidate. ˗ Lo hare –prometo–. Nos vemos luego. Cuelgo, consternada.

No me imagine que ese hombre tan guapo, sexy, y enigmático, fuera a ser de esa clase de persona. Recuerdo cuando le pregunte en qué trabajaba, y solo me respondió que, “hacia un poco de todo”. ¡Por todos los santos! ¿Sera alguna clase de mafioso? ¡Joder! *** He llegado un poco antes que las demás chicas al club. El camerino esta vacío, y de esa manera me puedo cambiar a gusto. No es que sea cobarde, pero no quiero sus miradas acusadoras sobre mí. Me termino de deslizar las medias y me las ajusto bien. No sé a quién se le ocurrió el invento de las medias a medio muslo, pero cuando no llevan ligero, son medio incomodas, y aprietan los muslos. Me miro en el espejo y suspiro. Hoy que venía hacia el club, me di cuenta de cuanto me hace falta el dinero. Ya solo me está quedando un poco menos de $50 dólares, y si ya sé que se supone que debería de tener como unos $80, pero tuve que gastar en unos putos trastes porque eso no venía incluido dentro de la renta, tampoco el papel higiénico, ni las demás cosas que, aunque son pequeñas, hace que una maldita casa funcione. Comienzo a sentir lo que sienten estas chicas al tenerse que obligar a venir todos los días. Es odioso tener que verse limitada con el dinero, y ya no quiero ni pensar como hare si se me acaba el dinero antes de la quincena. Le sonrió a mi reflejo. Al menos se me acaba de ocurrir una excusa para decirles a las chicas.

La misma cosa que estoy viviendo puede serlo: busque trabajo, y como soy una buena para nada, no encontré nada; por eso tuve que volver rogándole al jefe, para que me dejara volver a trabajar aquí. No suena tan mal, aunque es incierta en la parte de rogarle a Luis, pero no podría explicarles cómo diablos fue que en realidad pasó al revés. Llaman a la puerta. La abro, y miro que es uno de los guardias, con el que le mande el mensaje a Luis. ˗ El jefe quiere verla– me dice con una sonrisa burla en su estúpido rostro. Asiento con mala cara. ¡Hay que ver lo que me tendré que tragar con este tipo! Se va sin decir más y yo me quedo viéndolo mientras sale por el pasillo. Vamos a ver qué es lo que quiere Luis. Seguro será otra advertencia, al estilo, soy mayor que tú, conozco a esa clase de personas, ten cuidado Cassandra; cosas así. Ya me lo dijo en la tarde, pero creo que tiene la misma manía de mi padre, de recordarme todas las cosas, porque según ellos se me olvidan. Llego a la oficina de Luis, y toco la puerta dos veces. ˗ Adelante –grita. Entro, un poco molesta porque me estoy ensuciando las medias por su culpa. ˗ Ya estoy aquí –refunfuño, tirándome en el sillón. Está en su silla, revisando unos papeles, parece muy concentrado. ˗ Si, ya me di cuenta –dice con obviedad–. Solo te mande a llamar… –se queda callado cuando me ve–. ¡Joder!, detesto que trabajes para mí y te tengas que vestir así, y que los demás te puedan ver.



Mis cejas se alzan hasta casi llegar a la altura de la raíz de mi cabello. ˗ Yo no elegí el vestuario –trato de defenderme. ˗ Ya sé que no. Fui yo quien lo hizo –se rasca la cabeza.

˗ ¿Tú elegiste que anduviera por ahí, como si fuera una piche virgen? – pregunto consternada. ˗ Así te miro yo –exclama indignado–. Además, no es virgen, es angelical. ˗ ¡Yaaaa…! ˗ Bueno, pero no te llamaba para verte… –traga saliva con esfuerzo– Si no porque, hoy me ha llamado tu admirador, para saber si ibas a venir, y yo le dije que sí, y él muy cínico –se enoja y comienza a escupir las palabras–, pidió un baile privado, contigo. Me quedo viéndolo, sin saber qué hacer. Ya me lo veía venir, pero que me lo confirme, solo hace que me sienta más… ¿Cuál es la palabra que busco? si, más ALARMADA. ˗ ¿Qué quieres que haga? –pregunta Luis, muy molesto. ˗ No, no lo sé –respondo con sinceridad. ˗ Si quieres que le diga que no estas dispuesta, lo hare con gusto – replica con altivez. Me levanto del asiento y comienzo a caminar por toda la oficina. ˗ Te vez como el pecado más dulce que hay –dice Luis con voz ronca. Volteo a verlo, y tiene una mirada ardiente. Mi corazón se comienza a acelerar con rapidez, y mi visión se centra en él.

¡No puede decirme esas cosas y pretender que no me monte sobre él!

Me contempla de pies a cabeza, deteniéndose un poco en mis áreas sensibles. Agradezco que el sostén sea de copa, sino, estaría dando un buen espectáculo en este momento. Él me enseñó a sentirme excitada cuando me mira de esa manera, y ahora lo está ocupando a su favor. Definitivamente está jugando con ventaja. Camino lentamente hasta su escritorio, y al estar frente a Luis, me subo con cuidado a su regazo. ˗ No puedes pretender que no me sienta excitada cuando me miras de esa manera –ronroneo como gata en celo–. ¿Cómo piensas que me voy a portar bien, si te ves de esa manera, y hueles a cielo? Traga saliva, nuevamente, y luego pasa su lengua por su labio superior. Antes de darme cuenta o pensar en lo que estoy haciendo. Lo beso con hambre, hambre de Luis, de ese hombre que se negó a ser mío. Sus manos me levantan y acunan mi trasero fuertemente. ˗ Tu eres la que me excita –me acusa. ˗ Eso no es mi culpa. Es culpa del gilipollas de mi jefe, y del ridículo uniforme que me hace ponerme –replico entre besos. Se ríe en mis labios, pero no le importa seguir con nuestro juego. Quita una mano de mi trasero, y la lleva hasta mi espalda y desabrocha el sostén, dejando a la vista mis senos. Yo me pego a su pecho y siento la tela de su camisa celeste, rozar mis pezones y excitarlos al máximo. Jadeo fuertemente, y él me aprieta más el trasero.

˗ ¿Quieres reinaugurar el escritorio? –cuestiona con picardía.

˗ Si –grito exaltada, al acordarme de la sensación de la madera contra mi espalda. Me levanta del trasero, mientras yo prenso mis manos en su cuello. Me deja en el suelo, y con una mano aparta las cosas del escritorio y luego me hace subirme en él. ˗ No vayas a gritar –me advierte. Asiento como muñeca. Me baja las bragas. Se me queda viendo por unos segundos. ˗ Me encanta como te hacen ver las piernas esas medias, mi ángel. Jadeo, y me excito más al escucharlo llamarme de esa manera. Se quita la camisa por encima de la cabeza y los pantalones juntos con el bóxer, los calcetines y los zapatos. Ha sido tan rápido, que en pocos segundos lo tengo desnudo frente a mí. Observo su cuerpo con pericia. Ha desarrollado más músculos. Sus abdominales esta marcados y un poco más fortalecidos. Tiene esa “V”, que concluye junto en esa parte de su anatomía que tanto me gusta. Sus piernas son largas y musculosas. Sus brazos y antebrazos demuestran las horas de ejercicio que seguramente hace. Es, en una simple palabra: perfecto. Se posiciona entre mis piernas y me mira a los ojos. Su mirada es nociva. Me embelesa. Comenzamos a besarnos nuevamente, más salvajes, más eufóricos. Me toca por doquier, y donde sus manos pasan dejan un hormigueo delicioso que me quema en todo el cuerpo.

Sus labios viajan desde mi boca hasta mi cuello, y luego hasta mi seno derecho. Besa mi pezón, y luego hace una cosa con la lengua que me hace querer gritar fervientemente. Lo chupa, lo mima, y lo calienta con su boca. Ahogo mis gritos mordiéndome el labio inferior. Uno de sus dedos, se introduce en mi cavidad y una exhalación brota de mi boca sin poderla reprimir. ˗ No hagas ruido –me regaña divertido. ˗ Imposible –mascullo. Sonríe perversamente y saca su dedo. Mete lentamente su pene dentro de mi vagina, y yo trato de no gritar y arañarle la espalda. ˗ Eres malo –me quejo como niña caprichosa. ˗ No. Te estoy dando justo lo que mereces –se burla con otra estocada lenta. ˗ Me matas… ˗ Tú a mí. Arremete, otra vez, agónica y lentamente. ˗ Por favor, Luis –le ruego entre pequeños jadeos. ˗ A sus órdenes, mi lady. Comienza a golpear mis caderas con más rapidez, llegando muy al fondo de mi cavidad. Me besa, para callarme. Le araño levemente la espalda, y siento como eso hace que entre más rápido.

Me muerde el labio inferior suavemente.

Estoy a punto de llegar a un glorioso orgasmo.

Unas cuantas estocadas más, y veo el cielo pintado con un purpura singular. Luis, sigue con su “especial baile”, mientras mi cuerpo se derrite bajo el suyo, temblando y en fuego. Al poco tiempo, él me acompaña al crucero del placer, y se viene dentro de mí. Se desploma sobre mi cuerpo, dejando que sus brazos sostenga la mayoría de su peso. Ambos, respiramos agitadamente. ˗ Eso estuvo, increíble –le digo entre respiros. ˗ Definitivamente. Pero estuvo mejor, porque lo hice contigo –declara. Mi corazón se estruja y se pone contento a rebosar. Miro sus ojos, y él está muy feliz. Me es inusual verlo de esa manera, pero a la vez es refrescante. Me gusta así. ˗ Quisiera volver a hacerlo, pero los dos tenemos que trabajar. ˗ Si –concedo. Se levanta con pesadez, y me deja sobre el escritorio por un momento. Se pone la ropa interior y los pantalones, y luego me tiende una mano para que me pueda levantar. Al pararme, me fijo que mi ropa interior, está encima del escritorio junto con el montón de papeles que aparto. Me la pongo rápidamente. ˗ Luis –lo llamo, él voltea a verme, después de ponerse el último botón de su camisa–. ¿Me veo como si acabara de follar? ˗ No –me dice serio–. Pero si como que acabas de hacer el amor – sonríe con superioridad.



Lo miro mal y niego con la cabeza. ˗ Como sea… me tendré que arreglar, otra vez. Me besa y me ve de esa forma tan intensa que solo él puede. Me matan sus ojos verdes. ˗ ¿Qué quieres que le diga a Sebastián? ˗ ¿Qué crees tú que debería hacer? –lo miro fijamente abatida.

No quiero que esto haga que las cosas entre nosotros se arruinen. Aunque oficialmente, soy la otra, me gusta estar a su lado, y no quiero que eso se arruine; a pesar de que sé que no puede durar mucho. Su esposa. Sus hijos. Todo. Está en contra de nosotros. ˗ No quiero que lo hagas, de verdad que no. Pero no sé cómo tratar de que ese hombre se aleje de ti. Le diré que no –sentencia dulcemente. La idea de no tener ni un solo centavo, vuelve a mí. Con el baile ganaría dinero, y no es necesario que me desnude, o si quiera le baile cerca. ˗ No –respiro–. Lo hare. ˗ Pero… ˗ No te preocupes –lo corto–. Tendré mucho cuidado. No me acercare a él, ni me quitare nada de ropa. Pone su frente sobre la mía y cierra los ojos. ˗ Te quiero, y no te mereces que por mi culpa tengas que tratar con un tipo de su calaña. Eres mi todo, mi ángel –susurra. ˗ Estaré bien –prometo poniendo mis manos sobre su rostro. Asiente lentamente, y me da otro beso. ˗ Será mejor que te arregles, y yo hablare con él.



Asiento con tristeza al verlo tan distante. Salgo de la oficina y me voy al camerino. ***

Antes de llegar al camerino, decido entrar al baño, necesito urgentemente refrescarme para que las chicas no me vean recién cogida. ¡Ja! Ahora Luis, estaría enojado por el término que acabo de ocupar. Diría: “no, Cassandra, no acabas de ser cogida, acabas de ser amada”. Vaya ilógica reacción de hoy, cuando él era el que se empeñaba en llamar al sexo por esos términos. Me lavo la cara y doy gracias al cielo del que el maquillaje sea a prueba de agua, sino, quien sabe cómo me vería en este momento; seguro que puro mapache, o mínimo como oso panda. Veo mi cabello, y aun está bastante liso, lo que es un gran, pero gran alivio, ya que no logro alisarlo tan rápidamente. Me entretengo en el baño un poco más, y luego salgo lista para enfrentar a las chicas. Al llegar al camerino, todas están arreglándose y dejan de hacer lo que estaban haciendo y me voltean a ver, asombradas. ˗ Hola –saludo patéticamente, agitando mi mano. Entro y me siento, en el que sigue siendo mi espacio y mi espejo enorme. ˗ No es por ser metiche –dice Cristal–. Pero ¿Cómo es que tu estas de regreso? Su pregunta suena dura, y más por la forma en como la hace, que por lo que pregunta. O sea, ya me lo veía venir, pero su tono… me ha sacado de lo esperado a lo inesperado. ˗ Ok, se los diré –concedo tristemente. Todas se acercan a mí y me ven

con curiosidad, pero perspicaces–. Yo le rogué al jefe, porque al igual que ustedes, necesito vivir de algo, y como soy tan inútil, no logre encontrar trabajo en estos días… Todas me ven por un instante, y al siguiente siguen con sus labores como si no hubiera ocurrido nada importante, pero a la vez, ignorándome completamente. ¡Cielos! Al menos la fase más fea, ya paso. Me vuelvo a pasar la plancha por mi cabello, porque siempre tengo la sensación de que en cualquier momento se volverá rizado. Pasan unos minutos más y luego entra Claudia, hecha un torbellino, con papeles en las manos y con un manos libres pegado a la oreja. ˗ Bien, señoritas –escupe con sequedad–, ya saben que hoy tenemos despedida de soltero, por lo que no harán todas sus coreografías. Solo la harán, Lucia, Carla, y Cristal con Zara, que harán la coreografía juntas, ya saben a cual me refiero –avisa con desdén. >> Las demás estarán atendiendo a los clientes, y por supuesto que todas estarán en la rifa, excepto, Cassandra. Por cierto –me ve fijamente un momento después de pasar la vista por sus papeles–, tu privado será a las diez de la noche, después de eso, te puedes ir. Se va como vino, y me deja en un tremendo lio de faldas. Todas las chicas me miran molestas. ¡Joder! Esto está cada vez mejor. Sé que esto fue una orden de Luis, quien seguramente solo busca protegerme, pero me está trayendo más problemas de lo que esperaba. Será una noche muy larga… ***

Estoy en la barra, hablando con uno de los clientes, que no es Sebastián, por suerte. Estamos con el primer número de la noche, que es el de Carla, quien toma a un chico del público y lo sodomiza. Le pega latigazos, le hace lamer el cuero de su traje y una infinidad de cosas, que no entiendo cómo es que los logra excitar. Lo que me parece raro, es que en el camerino ella parece que no lo disfruta, pero ahora que la veo bien en escenario, diría que si lo hace. Hay un brillo extraño en sus ojos. En fin, a mí que más me da si a la tipa esta le gusta ser dominatriz. Luego, continúa el número de Lucia que se dedica a hacer pura corrosión con su cuerpo, aunque esas si captan un poco mi atención, porque la chica tiene una manera sensual de hacer cada uno de los estiramientos, y el traje es mono, también. Hasta el momento, ni las luces de Sebastián, lo que ya se está poniendo un poco raro, pero no por eso me siento aliviada. Quizás solo venga al privado, en cuyo caso, es mejor para mí y para Luis. Falta poco para las diez de la noche. Hoy, comenzamos a las 9, y a pesar de que solo han pasado dos chicas, los números de ellas son más largos que los tres o cuatro minutos que yo estoy en el escenario. Mi rutina, es más normal y más simple que la de ellas, solo está la de la otra chica rubia, que se parece a la mía, aunque ella, puede ocupar utilería, de cualquier tipo. En una ocasión se mojó con agua, que es casi lo que hice yo el día que me despidieron, con el ligero cambio, de que yo me eche cerveza, y eso lo hacía más sexy, al menos para mí. Ella, se echó el agua, muy al estilo de una de esas películas viejas que no se su nombre, pero que lo he visto en una de las versiones del video de una de mis canciones favoritas sexys. La canción es Sweet Dreams, y la han cantado muchos artistas, al menos tres, que yo sepa; dentro de ellos esta Eurythmics, y Marilyn Manson, también hay una versión que es de las que más me gusta, aunque no me puedo quien la canta, pero es uno de los soundtrack de la película de Sucker Punch, vah,

la realidad es que me gustan las tres. El tercer acto, da inicio. Este es nuevo para mí, dado que ninguna de las chicas ha actuado con otra en el escenario, al menos en lo que llevo de estar aquí. Han dejado las luces apagadas, y luego se enciende el reflector sobre el escenario, mostrando una cama en medio de él. Es una de esas camas, rápidas de armar y fáciles de cargar. Encima de la cama, están dos de las chicas. Ellas, se ven fijamente, se comienzan a pasar las manos por el cuerpo de la otra… y es ahí, donde me doy cuenta de que va la escena. ¡Están interpretando una película porno, lésbica! Mi boca cae al suelo, sin remedio. No puedo creer lo que mis ojos ven. Las chicas, se están besando, y de paso ya no sé si están actuando bien, o no lo hacen, porque se están dado un buen revolcón frente a todos. A los minutos, la parte superior de los trajes de ambas, ha desaparecido, y yo estoy horrorizada, y queriendo que sean las 10 de la noche para hacer el privado e irme a mí casa. No es que tenga nada en contra de los homosexuales, pero de eso, a verlos en vivo teniendo sexo… hay una gran diferencia. Miro el reloj con impaciencia y sigo platicando con el hombre que tengo en frente, como si nada pasara en el escenario. Casi no le pongo atención de lo nerviosa que estoy por lo que está pasando sobre la tarima, pero aun así, logro contestar y seguir la conversación con este hombre, al que parece no interesarle en absoluto la porno que se está interpretando. ¡Madre mía! ˗ Y tú… ¿estarás en la subasta? –pregunta el hombre.

A decir la verdad, el tipo está bien. Ojos oscuros arrasadores, hombros anchos y fuertes, piernas largas. En fin, está más que aceptable, así como muchos que están en el local, pero no me llama la atención, es demasiado superficial y narcisista. Se ha visto los bíceps como tres ocasiones, y me ha hecho sentir su cuerpo sobre la tela de su camisa tipo polo. ˗ Oh, no, yo no estoy en la rifa –respondo con fingida tristeza. ˗ Que lastima, preciosa. Me hubiera gustado pujar por ti –guiña un ojo. Sonrió cálidamente, pero por dentro me imagino cortándole ese miembro suyo, que seguro no ha de ser tan grande como su ego. Seguro solo quisiera tenerme por una hora, para que le sostenga el espejo mientras él hace pesas o algo así. Hablamos un rato más, pero faltando diez para las diez, me despido de él y me voy a la parte donde quedan las habitaciones de los privados. Seguro que hoy no estarán muy llenas porque todos quieren pujar por alguna chica, y llevárselas a un hotel. No es que mis compañeras sean prostitutas, pero básicamente las compran por un tiempo, y en eso el club no se mete. Lo que ellas hagan, es muy su problema. Sin embargo, falta alrededor de media hora para que la subasta comience, y mientras tanto los clientes, podrán darle un vistazo a las chicas y ver cual escogen. Si, como si fueran reces listas para ser compradas. Al menos sé que iba muy en serio Claudia, cuando me dijo que era un lugar muy diferente a los burdeles. Mismo fin, diferentes técnicas. ¡Oh, Luis, ¿Cómo te metiste en esto?! Me pongo más labial y paso preguntándole a Claudia, en que privado me toca. Ella solo me hace una seña, queriéndome indicar que en el dos, y sigue trabajando como si nada.



Camino hacia el privado 2, y al estar enfrente, me quedo parada por un momento. Estoy ansiosa por abrir, pero también nerviosa, angustiada, y hay otra sensación que no identifico del todo…



-12



Al entrar en el cuarto, todo está oscuro, exceptuando la leve luz que proviene de una de las lámparas que están en la esquina que ilumina ligeramente la figura de mi acompañante, Sebastián. Esta sentado en el sillón, el que se encuentra al lado derecho del cuarto. Al otro lado, hay un pequeño bar con dos bancos frente a la barra. En el centro hay una tarima redonda, y para mi sorpresa, también hay un tubo en la tarima. ¡Más vale que supuestamente aquí no había nada de eso! Bueno, realmente afuera no hay ningún tubo en el cual bailar. Y, es lógico que yo no supiera que aquí había uno, pues, es primera vez que entro en uno de ellos. Ahora que lo pienso… a pesar de ya llevar un mes o algo así, en este lugar, nunca había entrado a uno de los privados, ni siquiera por curiosidad. Ni sabían que había dentro de aquí. Nunca pregunte. No es que no tuviera intriga sobre todo esto, pero no se me ocurrió preguntar. He de decir, que el cuarto no es muy amplio, ni hay muchas cosas, pero tampoco esperaba que hubiera una cama, puesto que no podemos acostarnos con los clientes, la menos no dentro del local. Sebastián, está sentado de un modo muy relajado; con las piernas extendidas frente a él, y todas abiertas. Se ha quitado el saco y este cuelga al otro lado del sillón en el que está sentado. En su mano derecha, tiene una copa, que sospecho, es de Whisky en las rocas. La corbata que lleva puesta, es la misma que tome el primer día que lo vi; la reconozco a pesar de la poca luz. Tiene puesta una camisa blanca, que se ajusta a su cuerpo, y más por la forma en la que se encuentra sentado, medio despatarrado.

Al darse cuenta de mi presencia, me voltea a ver, y observo una sonrisa insinuante, formándose en sus labios. Si no fuera porque es un hijo de puta… me gustaría, y mucho. Pero la realidad es muy diferente. Él no es un hombre con el que hay que estar, ni siquiera para el sexo. Es de esos de los que hay que cuidarse, porque si no te pueden arrastrar con ellos, a lo que según Dante, sería el último círculo del infierno. Si bien, Luis, es un hombre controlador, pero presiento de que en el caso de Sebastián, es mucho peor. Él tiene algo misterioso y escalofriante en su actuar, y en su rostro. Es bello como ningún otro hombre que he visto, incluso, más que el propio Luis, pero eso no le quita que sea, peculiarmente inquietante. ˗ Ven acá –ordena con un tono severo y seductor. Le sonrió ampliamente. No voy a caer de nuevo con un hombre que me quiera solo para solventar sus deseos sexuales. ˗ ¿Qué quieres que baile? –le pregunto evadiendo acercarme a él, y me dirijo directamente a la tarima. Cuando estoy sobre el pequeño círculo, me apoyo en el tubo. Si quiere que baile usando esta cosa, no sé cómo hare, porque no he ocupado uno. Igual de cualquier manera, puedo ver la manera de moverme alrededor de él. ˗ Ven acá –repite más molesto. Achico mis ojos y, dejo de sonreír. Sebastián, tiene el ceño fruncido, y la boca tan apretada que se le ha hecho una fina línea. Suelta la expresión poco a poco, y luego toma un largo trago de su bebida, acabándosela. ˗ ¿Sabes que estoy pagando por tu tiempo? –comenta soberbio, sin

mirarme. Respiro el nudo de rencor que se me acaba de acumular en mi pecho. Camino con la mejor sonrisa que puedo poner y me quedo frente a él. ˗ Así bonita. Me gusta que me obedezcan. “Seguro que le encanta ser obedecido y venerado” ˗ ¿Gustas que te sirva más? –aprieto los dientes de forma imperceptible, mientras señalo su vaso con el dedo. ˗ Siéntate, por favor –dice con displicencia, palmeando el sillón justo a la par de él. Resignada a que tendré que hacer todo lo que él me diga, me siento un poco alejada de Sebastián, lo más que puedo, que no es mucho. Espero, callada. No quiero iniciar ninguna conversación con él. De hecho, ni siquiera sé porque acepte. El dinero no es suficiente incentivo para meterme en esta situación tan incómoda. No vale todo lo que me darán por estar un tiempo justo este hombre con ese semblante tan oscuro. Me mira divertido, pero una diversión espeluznante, siniestra. No tengo ni idea que pensamiento rondara su cabeza, ni los quiero conocer… ˗ Dime, rubia, ¿Cuál es tu nombre completo? –pregunta, borde. ˗ Cassandra. Ya lo habías oído –contesto con una sonrisa bien actuada y un tono hipócritamente amable. Abre mucho los ojos y luego, se recompone en el asiento y se acerca más a mí. ˗ Me gustas mucho, pero con tu actitud… –sonríe abiertamente, con una sonrisa maliciosa–, me enamoras. Me quedo alucinada.



¿Cómo que le enamora esto…? Es simplemente ilógico. ˗ Nunca nadie se me ha resistido –explica.

˗ ¿Y por ello hiciste que Luis, me recontratara a toda costa? –pregunto tratando de razonar un poco la situación. ˗ ¿Luis? –cuestiona con curiosidad ˗ Si, Luis. ˗ No sabía que tuteabas a tu jefe –me guiña un ojo. Me quedo petrificada al saber, que he metido la pata; y a lo grande. ˗ Desde hace unas horas, cuando acepte volver, lo llamo como se me da la gana –trato de arreglar la situación. ˗ No me engañas, rubia –replica con astucia. Si, muy justo de él. Debí prever, que ni todo el dinero del mundo, me prepararía para la plática con Sebastián. Él es demasiado jodido, demasiado astuto. No sé si por experiencia, o simplemente porque su mente trabaja pensando mal de todo, pero, de cualquier forma, no puedo solucionar esto. Me levanto, sabiendo que solo hay una cosa que hacer. ˗ ¿Cómo quieres que baile? –le digo muy coqueta y seductora. ˗ Lo que quiero es que dejes de creer que estoy pagándote por un baile – dice perverso. ˗ Entonces, ya dime la verdad, ¿para qué me has llamado? ¿para qué te has molestado tanto? ˗ No te das cuenta que lo hago porque me gustas –replica con una

mirada profunda, y una voz ronca. Lejos de parecerme excitante, me da un poco de miedo. Sus ojos son profundos justo ahora, pero no me gusta lo que hay en ese pozo oscuro y siniestro. ˗ No lo entiendo, no he hecho nada para ello. Me hala de la mano, y hace que me caiga sentada en su regazo. ˗ Así te quiero siempre, preciosa, encima de mí. También pudiera ser debajo –alarga una mano, y me toca la mandíbula. Con su otra mano, me tiene fuertemente agarrada para que no me pueda quitar de su regazo. Acerca su cara a la mía, y antes de que me percate de lo que hará, me besa. Un beso voraz, deseoso, salvaje. La sangre me golpea fuertemente los tímpanos, amenazando con dejarme atontada. Se está llevando todo el aire de mis pulmones. Una de sus manos está por todo mi cuerpo, y la otra mantiene fija mi cara, para que así no me pueda mover ni un centímetro. Es un avorazado. Pone una mano en mi ceno derecho y lo apretuja con fuerza y luego masajea mi pezón. No me excita, en realidad una electricidad horrible crece en mí. Se siente similar a la que sentí cuando me toco la primera vez, pero hoy me doy cuenta que quizás no era sexual, sino de miedo. ˗ ¿Sabes por qué me gustas tanto? –pregunta entre besos y chupetes a mis labios. Su mano se quita de mi pecho y se desplaza por mi abdomen, queriendo ir más abajo. Yo, no sé cómo actuar, no sé qué hacer. Me tiene inmovilizada, y de paso sea dicho, mi mente no encuentra nada lógico en lo que está pasando

y no puedo actuar, es como si solo se encontrara buscando por qué en lugar de la solución. Es frustrante ver como no puedo hacer nada, como mi cuerpo se ha paralizado frente a sus caricias. ˗ Me gustas, porque eres con un yegua indomable. A mí nunca nadie me había dicho que no –susurra en mi oreja, acariciándola con sus labios. ¡Acaba de compararme con un puto animal! ˗ Suficiente –grito empujando mi cuerpo fuera de su alcance. Me pongo de pie en un instante, y me tambaleo rápidamente, y retrocedo lo más lejos que puedo de ese hombre ridículamente guapo, pero sin cabeza ni corazón. ˗ ¿Qué te crees que soy? –pregunto molesta–. No soy un puto objeto, y menos un animal de carga. No puedes creer que me puedes domar como si fuera una rebelde que necesita de latigazos. Me mira de arriba abajo, comiéndome con sus ojos. Lo veo tan claro ahora… ˗ Eres un maldito enfermo –exclamo–. No tienes ni idea de que significa que una mujer te diga no, ¿verdad? ˗ Nunca he escuchado esa palabra de nadie –aclara con seriedad. ˗ Pues, escuchala de mis labios. NO. No me voy acostar contigo, no te voy a chupar ni una puta parte de tu cuerpo, no voy a dejar que me manejes. No soy una mierda de yegua indomable. >>Hace unos años, probablemente, hubiera hecho cualquier cosa por tener sexo. Es más hubieras venido hace unos días y quizás me hubiera bajo las bragas ya, pero no. No soy más así. No quiero a un hombre que solo mire mi cuerpo, o mi cara. Soy mucho más que lo que ves por fuera, y no quiero tener que ver con ninguna personas que solo vea eso. >>No puede controlarme por lo que sabes de Luis –sus ojos se ensombrecen en cuanto digo su nombre–. Nadie puede chantajearme para

que haga algo o lo deje de hacer; y menos un desconocido que no conozco que nada. Grito frustrada, halándome el cabello ligeramente. ˗ ¿Qué crees que va a pasar preciosa, si no accedes a todo lo que yo quiero? –pregunta poniéndose cómodo en el sillón. Esta relajado, ya no furioso, o incrédulo. Solo cómodo. Esto no comienza a tener nada de buena pinta. Nunca la tuvo, pero ahora es peor, mucho peor. No sé de lo que será capaz, pero no quiero averiguarlo. Esta es la disyuntiva… no quiero averiguar qué es lo que pretende hacer si no hago lo que quiere, pero no quiero hacer lo que él quiera. Ya tome una decisión… pienso rápidamente. Yergo mi cabeza, y lo miro con soberbia. ˗ Por mí, puedes hacer lo que se te dé en hagas. Te dije que de mi obtendrías un no, y lo que crees que puedes hacer… me tiene sin cuidado. ˗ ¿Segura, rubia? –escupe con una sonrisa fastidiosa. ˗ Dímelo de una buena vez, ¿Qué quieres hacer para coaccionar mi voluntad? ¿Cuál es el costo de tu silencio? –pregunto sin quebrantarme, después de todo, se reduce a esto. ˗ ¿Sabes lo que te hare? –se levanta con tranquilidad y se queda parado justo enfrente mío, mirándome desde arriba–. Niña, yo sé todo de ti, hasta… –sonríe con suficiencia, pero desde aquí abajo, es más aterradora que cualquier otra cosa que he visto en mi vida–, se quién es tu madre –su voz baja hasta ser un susurro. Me quedo quieta, y se me escapa un jadeo involuntario. Mis ojos arden, y sé que es lo que viene después. ˗ Sé quién eres, Cassandra. Te he llegado a conocer bastante por medio

de documentos. Sé dónde está esa madre que te abandono. También se quién es tu padre, y como se pondrá si se da cuenta que su ÚNICA hija, es una puta, bailando en un burdel. También conozco que has tenido una relación… con alguien mucho mayor que tú. Se todo lo que escondes – concluye amenazante. ¡No puede saber todo lo que escondo! Grita mi cerebro. Estoy alucinando con esto. ˗ Estas mintiendo –logro decir. No estoy llorando, pero ya no puedo mirarlo más. Me siento insignificante. Pensé que solo iría contra Luis. Hasta hace unos minutos, pensaba en dimitir al trabajo, pedirle perdón a Luis por dejarlo solo, e irme lo más rápido posible. ˗ Si lo sé rubia. Sé todo de ti. También se lo de tu aborto –susurra y luego levanta mi cara para que mire su mirada de triunfo. Lo veo horrorizada. ¡Imposible! Me tiembla la quijada. Yo no sé nada de él, pero de alguna forma, él se ha enterado sobre cada detalle de mi vida. ˗ Eres mía, ahora –ruge–. Te tengo en mi poder, niña. ˗ ¡No! –grito lo más fuerte que puedo. Me alejo, dando trompicones. Salgo de la habitación oscura y me doy directo donde Luis. Lo escucho detrás de mí. ˗ No puedes huir de mí, niña –grita encabronado.



˗ No me importa –logro decir, me volteo decidida a no caer en su trampa–. Has lo que quieras con esa información, pero, YO-NO-VOY-ASER-TU-JODIDO-JUGUETE. Comprendelo de una buena vez. Lo miro quedarse quieto, parado en la mitad del pasillo, y viéndome con odio. Las piernas me tiemblan, pero giro, y me voy a la oficina de Luis. ¡Quién diría que por halar de la corbata a un hombre estaría en esta situación tan irreal! No me importa no comer ni mierda en lo que dure mi vida, no me importa nada, solo me importa mi integridad, y no dejare que nadie la pisotee chantajeándome. Entro a la oficina de Luis. Al oírme entrar, levanta su cara de unos documentos, y se queda con la boca abierta, viéndome. Sus ojos se agrandan. ˗ ¿Qué te hizo? –pregunta en shock. Me caigo de bruces al suelo. ˗ Lo sabe todo –suspiro, derrotada.



-13

˗ ¿De qué hablas? –pregunta confuso.

˗ Me refiero a que ese imbécil de Sebastián, sabe todo acerca de mí; hasta los detalles más escabrosos. No entiendo como se pudo haber enterado de algunas cosas –replico molesta, tratando de contenerme para no explotar con Luis. Luis, no tiene la culpa de que ese idiota haya averiguado todo… ¿o sí? Mi mente acaba de tener una epifanía, y da vueltas vertiginosamente. ¿Cómo no se me había ocurrido? ˗ ¿Tú…? –no puedo contenerme, y me acerco a él, y le doy una sonora y dolorosa cachetada–. ¿Le contaste todo, no es así? Le revelaste todo lo que yo ya te había dicho, me hiciste creer que sentías algo por mí… cuando todo este tiempo, solo has querido… venderme –grito sin control. ˗ ¿De qué rayos hablas? –me amonesta Luis, sobándose la mejilla. ˗ De que el único que sabía que yo, había tenido un aborto, y todo lo demás, eres tú. Suspira fuertemente, y luego se aleja decepcionado. Me enojo más, al ver su actitud. ¿Acaso se atreverá a negármelo? ˗ ¿Cómo pudiste después de todo lo que me has hecho, después de que yo te perdonara? –pregunto dolida, con el corazón despedazado. No sé qué me duele más, haber confiado en una persona que ya una vez se burló de mí, o haber sido tan ingenua para hacerlo. Fue una tonta al creerle en todas sus palabras, al fiarme de él. No lo tuve

que haber hecho. Mi presentimiento me fallo. ˗ Yo no hice nada –responde finalmente. ˗ ¿Cómo que no hiciste nada? –pregunto con ironía–. Todo lo que sabe Sebastián, no lo pudo saber de la nada. ˗ ¡Claro que no!, pero yo no lo dije –se para frente a mí y me mira fijamente–. Yo no te traicionaría así –dice melancólico con una expresión de sufrimiento. No sé qué creer. Luis, es la única persona que sabía alguno de los detalles que menciono Sebastián. ˗ ¿Entonces cómo explicas el conocimiento que tiene Sebastián sobre algunas cosas que solo tú sabes? –cuestiono más calmada, pero no del todo. ˗ Vamos a ver, Cassandra –se sienta en el escritorio–, esa información de tu aborto involuntario, debió haber quedado en el registro de la doctora, quizás con un poco de buena investigación el logro averiguarlo, no lo sé. Lo que si estoy seguro, es que yo no he tenido nada que ver, te lo prometo. Me quedo callada, sin saber que decir o pensar. No lo quiero ver, temo que mis sentimientos –que aún no he descubierto, que es–, por él, me hagan creer en sus palabras sin antes haberlas analizado. Todo esto es confuso. ˗ Piensa en esto, ángel, ¿Qué ganaría yo con ello? –susurra suavemente, como si tratara de calmar mi alma. ˗ Tal vez te ofreció su silencio –contesto rápidamente. ˗ Mirame –ordena dulcemente, yo levanto mi vista, y me doy cuenta… Sus ojos, están cristalinos, profundos, y honestos. Mi corazón demanda que le crea, y mi cerebro dice que no hay nadie

que pueda fingir a ese nivel. ˗ Dime algo, Luis ¿Por qué estoy aquí? ˗ ¿A qué te refieres? –pregunta sin entender mi objetivo. Cierro los ojos un minuto, y trato de pensar en cómo explicar todo de la manera correcta. ˗ Me dijiste que Sebastián, te estaba presionando para que yo regresara, pero también dices que me amas. No puedo creer como puedes poner tu bienestar sobre el mío, o porque le tienes tanto miedo. Ayudame a esclarecer esos vacíos. >> Te disculpe, no me malentiendas, pero ya no me cabe como es que él supo todo. No solo hablo de lo mío, sino también de tus cosas. Me suena, a demasiada casualidad ¿Acaso no lo ves? ˗ No sé cómo ha descubierto todo esto, Cassandra. Ahora, la pregunta importante es: ¿Qué quieres hacer? ¿Qué quieres que yo haga? –me veo serio por un milisegundo, y luego mira hacia la esquina–. Ya no me importa lo que él me haga, nunca me importo, solo necesitaba una excusa para volverte a ver y tenerte cerca –comenta apenado. Su declaración, me impacta fuertemente. Yo volví, por él, eso yo ya lo sabía. Él me dio la oportunidad de decir no, desde un inicio. Ahora, no puedo echarle la culpa a él por mis propias acciones, seria inmaduro de mi parte. Pero si estoy decidida a algo. ˗ Sé que quiero hacer –respondo decidida–. Renuncio, Luis. No puedo seguir aquí. Y, no solo por él, sino también por nosotros. No somos sanos el uno para el otro. Somos tóxicos, y no merecemos esto. >> Además, está el hecho de que tú tienes esposa, ¡estas casado!, y tienes hijos que atender. No hay lugar para mí en tú vida. Yo ni siquiera tuve que haber iniciado algo contigo. Me siento mal, porque conscientemente engañaste a tu mujer conmigo. Antes no me hubiera importado, pero en

este momento, que solo cuento con mis valores, o al menos lo pocos que tengo… no puedo obviarlos sin más. Ambos nos quedamos sin poder decir nada. No sé en lo que está pensando Luis, pero su cara esta sin vida, no hay nada ahí que delate una sola emoción. ˗ No podemos volvernos a ver –prosigo–. Es más, tenemos que olvidarnos del otro. Seguir con nuestras vidas. ˗ ¿Y qué harás, ya que no vives con nadie y necesitas un trabajo? – escucho su preocupación, pero me niego a verlo, no puedo, ya no. ˗ Ya veré como hago, no importa. Solo… solo quiero que todo este capítulo de mi vida acabe. No quiero volver a pensar en todo lo que paso hoy, no quiero si quiera recordar la plática absurda que tuve con ese hombre. >> De alguna manera, he cambiado, para mejor, y no quiero que todo este desastre entorpezca lo poco que he logrado hacer con mi vida. De verdad que no deseo que todo vuelva a como era antes. De nada serviría haber vivido todo lo que he vivido en este tiempo si no he aprendido algo. Quiero arreglar las cosas con mi padre, pero no lo podré ver si no cumplo mi promesa implícita de madurar y defenderme por mis propios medio. No me di cuenta antes, pero la verdad es que nunca aproveche lo que tenía, nunca valore nada. Ni las comodidades, ni a mi papá, ni siquiera a mí misma. ˗ A pesar de lo que eso significa… te comprendo, ángel. Siempre serás una parte muy importante de mi vida, pero tienes razón, no somos adecuados como pareja, por todo. Pero me reusó a dejarte tirada sin hacer nada. Niego con la cabeza. ˗ No puedo seguir trabajando aquí –repito sin ánimos de seguir

hablando. ˗ No hablo de eso, sino de que te puedo ayudar a conseguir un trabajo – aclara. ˗ ¿Ahhh? ˗ Conozco a una abogada, que me debe un favor por agilizar una propuesta suya, y ella está buscando un asistente… Sé, que no sabes nada de leyes, ni cosas por el estilo, pero no es necesario. ˗ No puedo –repito–, sería como estar cerca de ti, de cualquier forma. ˗ No lo estarás. Como dije, ella es solo una conocida, no mi amiga, y no tengo ningún negocio con ella. Le comentare de quien eres hija, y seguro que te aceptara. Ella conoce a tu padre, y hasta donde sé, se llevan de maravilla –trata de convencerme–. Sería más un favor a tu padre, que a mí. Pienso en cuanto me queda de dinero… lo difícil que es conseguir trabajo sin un título universitario, sin contactos, sin ninguna referencia. Una alarma se activa en mi cerebro. Miedo. Tengo pavor a quedarme debajo de un puente, a comer de la basura, además, no podré pagar mis clases de actuación… me encantan, es algo en lo que siento que soy buena, y no lo quiero desaprovechar. ˗ Bien, gracias. Acepto –digo finalmente, mirándolo por un nanosegundo. Lo veo sonreír apesadumbrado. Ambos estamos conscientes que esto es un adiós, uno definitivo. Un adiós, que ni siquiera pensé que existía cuando él me engaño, y tampoco cuando renuncie, porque siempre tuve una pequeña parte de mí que lo quería ver, por eso fue que no me importo trabajar conmigo, tampoco lo hice cuando le conteste la llamada telefónica hace pocos días. La verdad, es que cuando nos reconciliamos, tuve la sensación que no iba a durar, pero… tan poco pensé que iba a ser solo un día. Un día largo, pero al final solo un día.

Apesta, pero es así.

˗ Voy a extrañar a este Luis, que vi en estos días –comento añorando volver a hace unas horas, cuando me estaba haciendo el amor. ˗ Me olvidaras –contesta él, seguro. ˗ Nunca. ˗ Si, lo harás. ˗ ¿Por qué lo dices? Fuiste mi primer y único amor –me controlo para no llorar. ˗ Lo afirmo porque ya no me amas, no más. ˗ Eso no es cierto –respondo perturbada, al escucharlo tan resentido. ˗ Lo vi hoy. ˗ ¿Cómo puedes decir eso después de lo que hicimos hoy, aquí mismo? –replico. ˗ Porque, cuando te dije que te amaba… nunca lo dijiste. Sientes algo por mí, pero es porque solo quieres creer que si yo hubiera sido de esta manera hace cuatro años… tú vida, sería diferente. Solo sientes que debes ver lo que hubiera sido, pero no me amas. Lo sé. Lo supe desde que hablamos he hicimos el amor en el coche. Me quedo callada, contemplándolo por última vez. Él tiene razón. Parte de mí, lo sabía, pero me negaba a ver lo evidente. Por eso nunca le dije que estaba enamorada de él, porque ya no lo estoy. Suspiro. Me acerco a él. Pongo mi mano derecha sobre su cara y toco el contorno de su bella cara.

˗ Aun, aunque ya no te amo, siempre serás una parte importante para mí. Fuiste el primer hombre que se fijó realmente en mí. No importa como paso o lo que paso. Me ayudaste a afrontar muchas de mis inseguridades… ˗ Pero te jodí –reconoce interrumpiéndome. ˗ Esa fue mi decisión. Pero eso ya no tiene importancia. Ahora, cada quien debe de hacer lo que sea mejor para nosotros. Yo ya no existo para ti, desde este momento. No pienses en lo que pudo haber sido, ni en lo que fue –lo miro fijamente. ˗ Si tú haces lo mismo, me olvidaras. ˗ Yo seguiré con mi vida. La vida que ahora tengo, y con la que al fin me siento útil. Y no puedo olvidar que, mi pequeña piedra –hago una broma referente a fracaso de nuestra relación–, fue la que me guio en el camino correcto. ˗ Solo te pido, que siempre tengas presente que estaré para ti para lo que sea. No importa que, siempre puedes acudir a mí. Asiento, agotada emocionalmente. Acerco mi cara a la suya, y le doy un beso en la mejilla, largo y sentimental. ˗ Cuidate, Luis –me despido. Me doy media vuelta y camino hasta la puerta. ˗ Cassandra –me llama sin moverse. ˗ ¿Sí? –volteo, y me sorprendo al verlo, con los ojos llorosos y la nariz roja. En mi garganta se forma un nudo del tamaño del mundo. ˗ Te enviare la información del que será tu nuevo trabajo –asegura–. Y… te deseo lo mejor. Espero que encuentres a un hombre que te vea como lo que eres… un ángel.



Asiento lentamente, llorando suavemente. Sacudo la mano y me voy de la oficina, antes de que algo más suceda.



-14

Al llegar a mi pequeño departamento, me derrumbo en la cama.

No se cuan mal me puede ir de ahora en adelante, pero parece que lo que hice es lo que tuve que haber hecho desde un inicio. Solo espero que la conocida de Luis, de verdad me acepte como su asistente, aun cuando yo no tengo el mínimo conocimiento sobre el derecho o si quiera sobre trabajar. Necesito más que nunca trabajar, en lo que sea, pues el dinero que tengo solo me durara unos días más. Escucho el pitido de mi celular. Me estiro para tomarlo de mis cosas. Al encontrarlo, me fijo que tengo un mensaje de voz. Seguramente la llamada cayó cuando estaba hablando con Sebastián, o con Luis. Lo extraño, es que era ya muy noche cuando me llamaron, y nadie hace eso. Marco rápidamente el número para poder escuchar el mensaje de voz. ˗ “Tiene un mensaje del número 5007-3245, si desea escucharlo, marque uno” –dice la contestadora. Le pulso el botón de aceptar, para poder escucharlo. ˗ “Cassandra –escucho la voz de mi padre, medio quebrada. Carraspea, antes de proseguir–, solo quería decirte que… leí tu carta… –se queda callado un momento–. Quiero hablar contigo, hija. Los dos necesitamos volver a hablar, o mejor dicho, hablar por una vez. Nada de gritos, nada de berrinches, solo hablar como desde hace años tuve que haberlo hecho. Suspira cansado. ˗ Yo también te quiero, hija” –la llamada termina. Me quedo viendo el celular en mi mano.



Jamás me espere que mi padre me llamara, más aun cuando ha pasado tanto tiempo desde que deje la carta. Estoy emocionada por escucharlo. Me dijo que me quería… nunca lo había hecho, al menos que yo recuerde. Quisiera poder llorar, pero mis ojos ya no quieren. Esto me ha hecho el día. Ha veces las personas dan por sentado que sus padres los quieren, yo nunca lo hice. Siempre tuve la impresión que si era, pero escucharlo decirlo, aunque sea solo por teléfono, me hace feliz. Hace que me olvide de todo lo malo que paso. Me gusta el giro que ha dado este día, ya sea que solo dormiré feliz por ello, lo hare. Mantendré esta emoción, todo lo que pueda. Tiro de la almohada a mi pecho, y me abrazo a ella. Nunca me di cuenta de cuanto me hacía falta la figura paterna, y seguramente también la materna, pero al final, prefiero todo lo que ha ocurrido a seguir como estaba antes. Reafirmo lo que había pensado hace días, y definitivamente, es bueno que haya dejado el trabajo, y por fin haya cerrado capítulo con Luis. Ya no quiero buscar a más hombres, no los necesito para ser feliz. Ya no necesito tener relaciones sexuales para sentirme útil. Ahora tengo el teatro, tengo un amigo por fin. Y estoy segura que todo esto ha pasado por un bien mayor. *** Me levanto a las 10 de la mañana al escuchar cuando me cae un mensaje

de texto al celular. Me estiro toda, para poder tomar mi teléfono, y adormitada logro ver, que es un mensaje de Luis. Supongo que lo último que sabré de él. Eso espero. Llame a mi conocida, que por cierto, se llama Daniela Martínez, le comente sobre ti, y ya sabes, lo que habíamos hablado, y ella acepto gustosa. Quiere que seas su ayudante. Presentate mañana sábado a su oficina, te queda como a tres cuadras de donde vives actualmente. La dirección es: calle tulipán, intercepción 5, #42. Ella te espera a las 8:30 A.M. Cuidate ángel. Al menos sé que ya tengo trabajo, aunque no sepa bien que hare. No importa, me esforzare, sea lo que sea que ella me ponga a hacer… lo haré lo mejor que pueda, con ánimos. Necesito mucho este trabajo, y tendré que hacer todo para poder mantenerlo. También, espero que la paga sea someramente buena, porque el departamento vale $200 dólares mensuales, más los $50 de la mensualidad de las clases, a las que probablemente tendré que cambiarme de grupo o dejarlo por el trabajo, más los gastos de comida y gasolina, que serían otros $100 o $150 dólares… mínimo, me tendrían que pagar $400 dólares, lo cual es un poco arriba del mínimo del salario. Y lo peor, es que necesito el dinero para ya, porque dentro de poco, no tendré ni que comer. Tengo ganas de llorar, al pensar en todas las responsabilidades que tengo. No es divertido ser adulto y cuidar de uno mismo. Reviso el refrigerador, y no tengo más que una caja de leche a la mitad.



¡Que basura! Respiro profundamente.

Tengo hambre, por supuesto que la tengo, pero no tengo mucho dinero para poder gastar a lo loco. Y aunque sé que el trabajo no queda lejos, lo cual me permitirá poder ir caminando, no estoy segura que no ocupare el auto para nada. Necesito ponerlo a la venta, si quiero salir adelante, porque los panfletos que antes puse, no dieron resultado. Voy a mi cartera, y saco mi billetera. Vierto todo mi dinero en la cama y lo cuento. Cierro los ojos, al ver que solo tengo $36 dólares. Eso no me alcanzara para casi nada. Quizás para un poco de comida, para una semana o con mucha suerte, dos semanas. Me rasco la cabeza. Lo bueno de todo esto, es que solo soy yo, no tengo a mi cargo a nadie. Por más que me duela… pero no tengo hijos, ni hermanos a los cuales cuidar. Tengo que comenzar a verle el lado bueno a todo. Sino, corro el riesgo de deprimirme. Junto todo el dinero, y lo vuelvo a guardar en mi billetera. Saco el recipiente con leche del frigorífico, y vierto un poco en un vaso. Guardo el resto, y tomo lo que puse en el vaso. Mi estómago tendrá que aguantar con ello, al menos por ahora. Falta mucho para las clases de actuación, y estoy emocionada por ello. Hoy es la audición para ver si tendré aunque sea un papel mínimo en la obra. Lógicamente, yo quisiera el protagónico, pero habrá muchas

actrices buenas ahí o al menos a nuestro nivel. Agarro el libreto de la obra, y comienzo a repasar mi parte, una y otra vez. Tengo que estar más que preparada. *** Me acaban de llamar. Mi cuerpo reacciona sin siquiera darme cuenta. Estoy caminando directamente hacia el escenario. Las manos me sudan como nunca antes me había pasado. Mis piernas tiemblan y temo que en cualquier momento me vaya a caer, y termine de arruinar todo para mí. No sé cómo ve vaya a salir la voz cuando comience a decir el dialogo, pero solo quiero que salga igual que ayer o mejor. Tampoco estoy segura de ser buena, o al menos lo suficientemente como para recibir un papel secundario o cualquiera. He estado toda mi vida acostumbrada a fingir frente a los demás, incluso, a fingir frente a mí. Estoy acostumbrada a actuar cada día, a cada momento. Ahora que lo pienso… nunca he dejado de actuar desde que mi vida se detuvo hace mucho tiempo. Mi mente se queda en blanco cuando estoy frente a esas cuatro personas que están juzgándonos. Respiro hondo. Este es mi dialogo. Soy yo quien habla. No es actuar. Es ser sincera a través de un soliloquio hecho para una obra. Comienzo a decir cada una de las palabras plasmadas en la obra, cada una de ellas dicha con la intensidad que me hacen sentir. No puede ser de otra forma.



Al terminar, nuevamente estoy llorando, y de alguna forma, he acabado en el suelo. Poco a nada recuerdo de que es lo que ha pasado, solo siento como cada ojo que hay en el auditorio, me está mirando. No comprendo, ¿Habré cambiado parte del soliloquio? ¿Qué es lo que ha ocurrido? Trato de recordar todo lo que paso, pero mi mente recuerda que lo único que dije fue lo que estaba en el guion, nada más que eso. Pero parecería que no es así. Se respira un aire pesado en el ambiente. Me levanto y me limpio las lágrimas. Miro a cada uno de los jueces, y luego bajo del escenario sintiéndome un poco ridícula con todo lo que acaba de pasar. Quizás solo son ideas mías. Me voy directamente a la última fila del teatro, y me quedo ahí sentada, sola, durante todo lo que falta de las audiciones. No quiero irme a mi casa, y estar sola. Sé que desde que estoy pequeña, así ha sido siempre. Siempre he estado sola, con mi alma. Al menos antes tenía, de cierta forma a mi padre, pero ahora ya nada tengo. Tengo que volver a recordar que todo lo que ha pasado es para bien. Para un bien que ni siquiera yo puedo ver cuál es su magnitud. Estar sola me ayudara a madurar, a hacerme responsable y a cuidarme verdaderamente de mí. Aunque no se cuanto más pueda soportar de esta manera. Hasta ahora, he logrado comprender que no sirvo solo para acostarme

con los hombres, aunque debo entender para qué soy buena. Quiero valorarme, de verdad que sí. Y hasta hace unos momentos, no lo había hecho nunca. Ni siquiera cuando era una niña lo hacía. Siempre he querido sentirme querida por alguien, pero nunca llegue a quererme lo suficiente. De ello, no le puedo echar la culpa a nadie. Yo sola he provocado que me hunda en la miseria. Las audiciones terminan. Y observo como todos aplauden y se levantan de sus asientos, despidiéndose. Han dicho que, el lunes, estará la lista con las asignaciones de los papeles. Me levanto, y camino lentamente hasta la salida. No he traído el carro, porque no hubiera tenido para la gasolina, y no hubiera sido inteligente de mi parte hacerlo. En fin, debo acostumbrarme a la vida que ahora tengo. ˗ ¡Hey, Cass! –me llama Anabel, que viene corriendo desde el otro lado del teatro. Sonrió al ver cómo viene vestida en esta ocasión. Bastante similar a la primera vez que la vi. Siempre con su loca cabellera verde. Esta vez, parece que hizo un intento por verse bastante decente, pero no lo logro. Lleva una falda de tres tiempos colorida, y unas botas de combate marones que no combinan en nada con la falda, y mucho menos con esa camisa de estilo campesina color turquesa que lleva puesta. Al menos, hoy anda con el pelo recogido, y no hecho un lio, como siempre. ˗ Hola, Anabel –la saludo, agitando la mano. ˗ ¿Oye, por qué no vamos a dar una vuelta? –me sugiere pasando su mano por mi hombro, rodeándome.

˗ Claro.

Salimos del teatro, a paso tranquilo.

˗ ¿Y bien…? –pregunto a sabiendas de que ella siempre tiene algo entre manos. No somos muy amigas, porque casi no nos vemos y mucho menos hablamos todos los días. Con suerte, nos hemos encontrado una o dos veces al mes, pero es agradable. ˗ Pues… ya sabes –comienza a hablar–, quería preguntarte… ¿Cómo lo haces? ˗ Hacer ¿Qué? –pregunto sin comprender la pregunta. ˗ Oh, ya sabes, a traer a los chicos, verte perfecta, y de paso, actúas bien… –parece incrédula, pero no se siente como que estuviera envidiosa. ˗ No es así –respondo pensando en todo lo que soy. ˗ Claro que sí –afirma categóricamente. Me suelta, y me da media vuelta sujetándome de mis hombros, para que la vea de frente. ˗ Lo vi ahí, ahora mismo. Me refiero a que, te veías muy guapa, elegante, aun cuando te caían mares de lágrimas. Todos los chicos, y hombres en general, estaban babeando por ti. En parte, supongo que es por la idea arcaica de proteger a una mujer indefensa; y dejame decirte que tu parecías una ahí adentro –señala con su dedo al auditorio que ha quedado detrás de nosotras. Me rio con ganas, al escucharlo. No soy indefensa, pero supongo que no me caería mal algo de protección. ˗ De paso, eres la única que logro mostrar tantas emociones con el papel de Minerva. Estoy segura que te lo darán. Pero no me cabe en la

cabeza ¿Cómo es que lograste agregar ese párrafo, y que se sintiera como que lo decía la obra? ˗ ¿Cuál párrafo? –cuestiono consternada. Ya lo presentía. Sabía que había hecho una tontería. ˗ ¿Cómo que cual? El que hablaba acerca de cómo una mujer a veces se ve en la encrucijada de decidir dejar al amor de su vida por no hacerle daño, o algo así. Fue muy impactante. Digo, de verdad ¿Cómo haces para que todo te salga bien? No me mal entiendas, no estoy envidiosa, pero si quiero saber el secreto. La miro con un poco de tristeza. Si ella supiera… ˗ Mi vida no es perfecta, pero te puedo decir que entiendo mucho más de lo que quisiera a Minerva. ˗ ¿Por qué? No me digas que tienes un hijo –se toca el corazón escandalizada. ¡Bingo! Bueno, no lo tengo en sí, pero en parte es como si lo tengo. ˗ No, pero si se lo que se siente tener mucho equipaje y no poder descansar al decirle a todos la verdad –aclaro. ˗ ¿Qué escondes? –me ve un inquietud. ˗ Nada malo. Pero, como ya te dije, mi vida no es perfecta. Te contare algo, porque creo que eres buena persona, y no te considero una mujer que le anda contando a medio mundo las cosas –me rio un poco. ˗ Claro que no soy así –dice ofendida. Sonrió al ver su gesto extraño. ˗ Por supuesto.



>> Mira, yo me he pelado con mi padre, he hecho cosas malas de las que no estoy orgullosa, y cargo con todas ellas. Me arrepiento de mucho, pero no puedo arreglar nada. Por ello, es que no creas que porque una persona se ve bien físicamente tiene todo arreglado. >> Tú quieres saber cómo hago para llamar la atención de los hombres, pero eso no te servirá de nada. No te servirá de nada o de casi nada ser como soy yo. Lo bonito se lleva por dentro, Anabel. Además, tú eres muy bonita, y no necesitas que un hombre o cualquier persona te lo diga. Callo por un momento pensando en las tonterías que le acabo de decir, sin saber si esa es la razón por la cual me pregunto. Creo que acabo de meter la pata. ˗ Perdón –pido, antes de que ella me reclame o se burle de mi locura–. No pretendía decir eso, no creo que tengas baja autoestima. Solo basta mirarte para saber qué sabes quién eres. Me ve con melancolía, y una sonrisa floja aparece en sus labios. ˗ A mí me gusta quien soy. Pero a los chicos parecen solo gustarle las chicas como tú. Ya sabes, rubias, de ojos azules, de piel de porcelana, y con un cuerpazo. Yo… soy muy diferente a lo que ellos quieren. Solo me ven como una amiga, y ni siquiera una amiga buena, sino una con la que se pueden reír y distraerse. >> Quiero gustarle a alguien –se sonroja. ˗ Eso es una tontería –le regaño–. Los hombres me ven a mí, como algo temporal. Mujeres como tú, son lo que ven para casarse en un futuro. Y como ya dije… –recuerdo lo que Luis me dijo antes de dejarnos de hablar–. Te diré algo que me dijo una persona, afuera; habrá un hombre que te mirara a ti, y sabrá quien eres y te querrá por quien eres. No te conformes con menos. Anabel, creeme, a veces las cascaras más bonitas, esta podridas por dentro. La miro fijamente, y ella me sostiene la mirada. ˗ Eso suena bien, pero es poco probable que pase –responde con

tristeza. ˗ No lo es. No creo que sea difícil, si no te rindes con menos. Debes creer que hay alguien afuera, que mire más allá de tu físico, que mire la luz que irradias. Yo la miro. Tienes una sonrisa increíble, eres alegre sin importar que, y eso, debe de valer mucho más que un simple cuerpo. ˗ Gracias –me sonríe ampliamente–. Aunque es una lástima que no seas un hombre –se burla. Me rio. ˗ De nada. Y sí, es una lástima –concuerdo. ˗ Ven, te invito a comer –me pasa su mano por mi hombro. Suspiro feliz. Las cosas tienen solución, me consuelo, positiva. *** Paso la noche conociendo a Anabel, intercambiando algunas experiencias divertidas sobre los chicos, o simplemente hablando de cosas vanales. Para mi suerte, ella paga la cuenta e incluso, me invita a un helado luego de cenar. Me agrada mucho. Es una buena chica. Al llegar a mi departamento, después de unas dos horas, alisto uno de mis vestuarios más formales para mañana. No sé qué es lo que hare, o si de verdad ya tengo el trabajo, o si mañana será una entrevista. Estoy ansiosa y nerviosa. Pero sobre todo, estoy más relajada al saber de qué ya no tendré un trabajo que ocultar. Eso me recuerda que tengo que hablar con mi padre, para ver si era verdad que quería hablar conmigo.

Tomo el teléfono, y miro que aún son las nueve, y si no ha cambiado su horario, ha de seguir despierto. Pero no me atrevo a hablarle. No he hablado con él desde que deje la casa. Una carta no es igual que hablar con una persona. Marco el número antes de que me arrepienta. A los dos tonos, escucho su voz. ˗ ¿Cassandra? ˗ Hola –digo con voz baja. ˗ ¡Por Dios!, pensé que no me llamarías –dice alegre. Se hace un silencio incómodo. ˗ Ayer escuche tu mensaje. Dijiste que querías hablar conmigo. ˗ Claro, hija. Pero si no te importa, me gustaría que habláramos en persona. ˗ Eso sería agradable –menciono con un nudo en la garganta. ˗ Perfecto. Que tal te parece si nos vemos el domingo, para que almorcemos juntos –propone entusiasta. ˗ Muy bien papá, nos vemos el domingo –contesto. ˗ Te quiero, hija –dice antes de colgar. Me quedo ilusionada, viendo el móvil. Creo que debo de olvidarme, también, de la idea de que estoy sola. Vivo sola, pero por primera vez, tengo amigos, y estoy hablando con mi padre. Supongo que uno debe de caer en una cueva, para después ver la gloria de la luz, muy Platónico mi comparación, pero se siente de esa manera. Enciendo mi laptop, y me conecto con el wifi de mi vecina, o sea, la mujer a la que le pago la renta. Ella me ofreció atentamente, el wifi.



Leo mis correos, pero no tengo nada, puro spam. Abro facebook, y nada, solo, que nuevamente, tengo menos amigos, pero, eso ya me da lo mismo. Algún día tenía que suceder eso. Algún día debería de dejar de importarme no ser popular. Ese día, es hoy. Termino cerrando la cuenta, y me pongo a buscar una página para anunciar la venta del carro. Relleno el formulario de dos páginas y pongo una foto del auto, y el precio estimado “negociable”. Al terminar, apago la laptop. Por alguna razón, me siento feliz, viva.



-15

Me levanto animada. Hoy será mi día.

Llegare a esa oficina y hare lo mejor. Debo quedarme ahí, no importa si no sé nada de leyes o sobre cualquier otra cosa sobre ser asistente de una abogada. Lo hare, estoy determinada a hacer las cosas bien, y comienza trabajando como todas las personas. Esforzándome al máximo por lo que quiero. Me baño rápidamente, y luego me pongo la ropa que elegí ayer. Solo es una falda recta de color negro, y una camisa sencilla de color menta con unos cuantos botones en la parte superior y de manga larga. La camisa es ligeramente informal, pero no tengo tanta ropa formal como debería. Pongo mi cabello en un apretado moño y me aseguro de que mi maquillaje sea bastante discreto. Debo impresionarla. Debo parecer que soy profesional. Me pongo unos tacones negro cerrados. No tengo espejo para observarme, pero eso no importa. Me siento increíble y eso debería ser lo único que cuente. Respiro profundamente. Me termino lo que queda de la leche, y me digo que esta será la última vez que veré ese refrigerador tan vacío. No sé cuándo me pagara, pero hoy ya sé para qué sirve el dinero, y es solo para comprar lo necesario. Me sumerjo en una ola de alegría. Jamás me imagine que iba a estar orgullosa de mí.



Esto es nuevo para mí. Asiento a la nada.

Tomo la cartera que prepare anoche con todo lo necesario, desde mi currículo, hasta un lapicero viejo que encontré dentro de mis cosas. Estoy bastante preparada. Salgo del departamento. Me pongo los audífonos de mi iPod, y presiono play de King of Leon “Sex on fire”. Es algo irónico que justo vaya escuchando esta canción cuando justamente he decidido que no me volveré a acostar con nadie mientras no sepa que es lo que siento yo por él y él por mí. No volveré a sentir ni a ver nada de lo que dice esta canción hasta que eso pase. Aunque me encanta el ritmo que tiene. Reviso una vez más la dirección que me mando Luis en mensaje. Estoy a unas calles. De hoy depende que me quede o no en el grupo de teatro en el que estoy, porque si el trabajo dura hasta las cuatro, tendré que pasarme al otro. Aún no he pensado que pasaría si durara hasta las cinco o seis de la tarde. Espero que no pase eso, porque no quiero dejar de aprender sobre la actuación. Cuando llego a la dirección, reviso nuevamente el mensaje, cerciorándome de que lo que veo es verdad. El edificio frente a mí, es enorme. Una muralla de seis pisos de altura, y lo suficiente ancha para abarcar la tercera parte de la cuadra. Es impresionante. Tiene un letrero grande y refinado a la mitad del edificio, que dice: “Vargas y asociados”.



Recuerdo que una vez mi padre menciono a algún viejo Vargas, pero no recuerdo mucho más. Me quito los audífonos y los guardo. Entro al edificio, y en el primer piso, me encuentro con una recepción amplia, y con dos elevadores a cada lado. Por dentro, el edificio es precioso, algo rustico, pero igual de fascinante. Las paredes son de un material granulado, y están pintadas de un blanco hueso. El piso es de cerámica negra, y puedo ver mi reflejo en él. Maravilloso. En medio, hay una mesa redonda, algo grande en donde esta una chica pelo oscuro y vestida de negro. Parece muy formal, demasiado. Creo que mi concepto de “formal”, no es el mismo que se maneja en la empresa. Pero qué diablos, era lo único que tenia que no me hacía ver como una niña quinceañera con jeans y zapatos altos que ni sabe manejar. Llego a la recepcionista, y ella me echa una mirada curiosa. Recorre todo mi cuerpo, y casi puedo ver como la pregunta se formula en su cabeza: “¿Quién es esta?”. Sí, yo también me lo preguntaría. ˗ Buenos días –saludo con voz certera, escuchándome ligeramente mayor–. Vengo a buscar a la Licenciada Daniela Martínez. Se le dibuja una arruga en la frente. Esta desconfiada. ˗ ¿Cuál es tu nombre? –pregunta muy seria. ˗ Cassandra –le digo omitiendo mi apellido, no lo necesita saber, o eso creo. Anota mi nombre en una hoja que tiene varios nombres anotados, más bien, es un cuadro. También llena una casilla que dice visitante. ¡Genial, soy un visitante!



Espero que eso cambie hoy. Con un poco de suerte, así será.

˗ Es en el tercer piso, la oficina 15, al lado derecho–menciona de mala gana, señalándome los elevadores de esa lado. ˗ Gracias. Pongo bien la cartera sobre mi hombro, y marcho derecha hasta el ascensor. Paso por las escaleras, pero no lo soportaría. Antes de que se cierre la puerta, un hombre entra y me sonríe. No está nada mal, pero yo no ando buscando nada con ningún hombre. Por el momento, mi coqueteo, esta clausurado. Además las personas siempre dicen que es malo salir con alguien del trabajo. El hombre me sonríe, mostrándome todos sus dientes blancos y rectos. De verdad es muy guapo. Es alto, moreno de tez, ojos oscuros, el cabello negro y bien peinado. Lleva puesto un traje que se nota que es carísimo. ¡Basta! No debo mirar. Tengo que recordarme que por mirar se comienza. Eva miro el fruto del bien y el mal, y luego… pues no hay que saber mucho de historia para conocer qué es lo que pasó. Solo lo miro, pero ni siquiera le sonrió. De alguna forma, tengo que dejarle claro que no quiero nada con él. Presiono el botón para el tercer piso, y él lo presiona para el cuarto. El pitido del ascensor avisa, que ya se llegó al piso tercero. El hombre, me vuelve a sonreír, y hasta casi puedo jurar, que me guiño un ojo.

Puede que lo de mantenerme casta, se vuelva un reto. Pero no, no me fallare. Soy como un alcohólico en rehabilitación, nada más que en mi caso, no es el alcohol, sino el sexo. Pero el principio es el mismo. Yo no puedo tener sexo solo por la sensación de sentirme bien por unos segundos en los que tengo el orgasmo. Bueno, eso no estaría mal si al menos sintiera algo por la persona con la que estoy teniendo relaciones. Pero no, yo normalmente solo lo hago por quitar todo pensamiento de mi mente, y eso no puede seguir así. Otra recepción, pero esta vez más pequeña, aparece frente a mí. Las mismas características del primer piso, son las de este, aunque aquí, solo está la pequeña recepción, y luego hay oficinas formadas en un cuadrado. Solo son cuatro, pero la puerta en cada una de ellas está cerrada, y tienen un pequeño rotulo. Esta vez, es un recepcionista quien está atendiendo. Al menos este hombre no es guapo. Es un chico un poco mayor que yo, flaco, bien vestido, pero, no sé, no tiene nada de malo, pero no es guapo, ni siquiera atractivo. Me recuerda un poco a Ethan, pero solo porque lleva gafas, de lo contrario, no se parecen ni un poco. Ethan es guapo, y agradable, buena persona, tiene esos increíbles ojos, y esa dulce sonrisa; nada que ver con este hombre que tengo enfrente. Al menos se viste bien, eso debo de reconocerle, porque lo que es Ethan… trato de no reírme mordiendo mi labio al pensar en cómo se viste Ethan. ˗ Buenos días –saludo al chico, al igual que como lo hice con la recepcionista abajo–. Busco a la Licenciada Daniela Martínez. Al chico le brillan los ojos, y me sonríe cálidamente. ˗ Bienvenida a Vargas y asociados –sonríe más ampliamente–. Es esa puerta –señala con un dedo, la puerta a mi lado izquierdo. ˗ Gracias –le devuelvo la sonrisa, tratando de ser amable. Al final si trabajo aquí, tendré que serlo con él.



˗ De nada. Le sonrió una vez más, y luego camino hasta la oficina.

En el rotulo pegado a la puerta de madera, se lee el nombre de la licenciada y también dice que es abogada penalista. ¿Puede que trabaje con delincuentes? No tengo ni idea. Toco dos veces, y al no escuchar nada, entro. Adentro, hay como un escritorio de una secretaria, o algo así, pero está vacía. Hay otra puerta, está abierta, puedo ver, desde aquí, que se trata de la oficina de ella. Camino con seguridad hasta allá, y antes de entrar, toco dos veces. Una señora de unos cuarenta, levanta la cabeza y me mira con una sonrisa en el rostro. Es muy guapa. Rubia, de cabello liso, de tez pálida, con unos ojos de color avellana. Tiene pocas arrugas. ˗ ¿Eres Cassandra? –pregunta emocionada. ˗ Sí, mucho gusto –me acerco a ella y le extiendo mi mano, saludándola. ˗ Igualmente, me llamo Daniela Martínez –me aprieta ligeramente la mano–. Aunque eso, me imagino que te lo habrá dicho el senador. Asiento. ˗ Bueno, primero quiero preguntarte algunas cosas, para conocernos – explica con una sonrisa amistosa. ˗ Por mí, está perfecto –le digo confiada.

˗ Así me gusta, personas dispuesta. Por favor, siéntate –señala la silla que esta frente a su escritorio. Toma asiento, satisfecha de que hasta ahora todo este saliendo bien. ˗ Quiero corroborar la información que hasta ahora tengo de ti –se toca el labio inferior con el bolígrafo que sostiene en su mano, y busca una página en medio de otras–. Comencemos. >> ¿Cuál es tu nombre completo? ˗ Cassandra Abigail García Escolán. ˗ Bonito nombre. ˗ Gracias. ˗ ¿Cuántos años tienes? –pregunta viendo un poco seria, analizando mi edad “secretamente”. Aunque para mí, es bastante evidente lo que está haciendo. ˗ Tengo 18 años –respiro hondo al decirlo, porque ahora me doy cuenta que eso puede ser un impedimento. ˗ ¿Estudias? –achica la mirada. ˗ Actualmente no. Bueno, en realidad eso no es del todo cierto; estoy en clases de actuación, pero supongo que eso no cuenta del todo. Se queda en silencio un momento, analizando mi respuesta. ˗ ¿Eso significa que tienes tiempo disponible? –se acerca más a mí, poniendo su cara de ejecutiva. ˗ Sí, tengo tiempo disponible –acepto encogiéndome de hombros. ˗ Mejor, este trabajo es demandante –piensa en voz alta–. ¿Alguna vez has tenido un trabajo? Es la pregunta a la que más le he temido. Nunca he trabajado, no en un trabajo que cuente de cualquier forma; porque bailar para seducir a los

hombres… no es algo que debería comentar en esta entrevista. ˗ No, nunca he trabajado –digo con sinceridad. ˗ Muy bien, no vienes maleada de otras partes –sonríe complacida–. Me gustaría que comenzaras el lunes, a las ocho de la mañana –lo anota en una hoja aparte. Saca otra hoja con unas cuantas cosas escritas a computadora, y le escribe algo en la parte superior. ˗ Me imagino que sabes manejar una computadora y los programas básicos de Word y eso –asegura. ˗ Si, puedo manejarlos –contesto, aunque no me pregunto nada. ˗ Si, era de imaginarse… los de tu generación ya nacen con la computadora en las manos –se ríe de su broma extraña. Termina de anotar y luego me pasa la hoja. ˗ Dásela al chico de la recepción, que por cierto, si necesitas algo más, se lo pides a él. Ya sabes, los asistentes hablan con los secretarios, y eso… ˗ Muchas gracias –digo verdaderamente agradecida al entender que me acaba de contratar. ˗ No tienes que agradecer, muchacha –me extiende su mano, despidiéndose. Yo la tomo y le agito levemente–. Por cierto, dale mis saludos a tu padre. >> No sé si te lo comento alguna vez –dice con voz soñadora y los ojos le brillan. Evidentemente le gusta mi padre, lo cual es bastante extraño–, pero nosotros fuimos compañeros cuando estábamos en el instituto. Éramos “buenos amigos” –se ríe, pícaramente. Sonrió por educación, pero una horrible sensación recorre mi columna vertebral. ¡Joder, esta mujer seguramente se tiró a mi papá!



Salgo con la misma sonrisa, pero una vez, fuera de su campo de visión, me retuerzo en un escalofrío. El chico de recepción, o mejor dicho secretario, como lo llamo la licenciada Martínez, me ve cuando salgo, y esboza una gran sonrisa. ˗ Hola, nuevamente –saludo, al pararme frente a él–. Me dijo que te diera esto –le paso la hoja. ˗ ¡Qué bien que te contrato! –sonríe más ampliamente, si es que eso se puede. Pero, yo también estoy contenta por ello. ˗ Permíteme, ya vengo, solo bajo a la bodega –sale del escritorio redondo, abriendo una parte de él. Camina hacia al ascensor, dejándome desconcertada. Se devuelve. ˗ Perdón, que tonto –se golpea ligeramente la cabeza–. ¿Qué talla de vestido eres? ¿Un dos, o cuatro? ˗ Cuatro –respondo sin saber bien porque lo pregunta. Me mira rápidamente de pies a cabeza, y asiente. Se va corriendo cuando el ascensor llega al piso. Me quedo parada ahí, en medio de las oficinas. ¡Genial! Esta no era mi idea de pasar el fin de semana. El chico, regresa a los dos minutos, cargando dos bolsas de sastre con él. ˗ Toma –me pasa las bolsas.



˗ ¿Y esto…? ˗ No te lo dijo, ¿verdad? –afirma negando con la cabeza. ˗ ¿Decirme, qué?

˗ Nosotros usamos uniforme, menos los sábados. Y debo suponer que tampoco te dijo mucho tus horarios o cualquier otra cosa. Niego con la cabeza al verificarlo en mi memoria. ˗ Siempre hace lo mismo… En fin, trabajamos seis días de la semana. De lunes a viernes, el horario es de 8 A.M a 4 P.M. Y el sábado, solo trabajamos de 8 A.M a las 12 del mediodía. Lo que te acabo de dar, es tu uniforme, van tres en realidad, pero uno de ellos no tenía bolsa –se encoge hombros, como a manera de disculpa. >> Te diré algo, a la Licenciada Martínez, le encanta el orden y que las cosas se hagan bien, o perfecto. Le gusta que le traigan todo para la hora que ella pide, y tal como ella lo ha pedido. Es bastante estricta con eso, buena persona, pero estricta –aclara. >> ¿Tienes alguna duda? Solo tengo unas cuantas, y todas ellas tienen que ver con el dinero, lo demás, ya veré como hago para mantener este trabajo, lo necesito tanto, que ahora ya no importa nada más. Tragándome mi orgullo, pregunto. ˗ ¿Cómo es el salario? Digo, ¿Cuánto pagan y cada cuánto? Sonríe amigablemente, entendiendo bien porque lo pregunto. Yo me sonrojo, porque no es algo a lo que este acostumbrada. Nunca he tenido limitaciones económicas hasta ahora, y preguntar esto… no lo sé, me suena… raro. ˗ Pagan bien –asegura–. $550 dólares mensuales, pero lo hacen por quincena, así que son $275 cada quince días.



˗ Gracias. ˗ Antes que se me olvide, me llamo John. ˗ Un gusto, John, me llamo Cassandra. ˗ Igualmente, Cassandra. Un nombre fuerte. ˗ Si, algo –reconozco alegre–. Gracias por todo. Adiós. ˗ Que te vaya bien –se despide. Sonrió una vez más. Este chico es muy agradable.

Me dirijo al elevador, feliz porque al fin tengo un trabajo en forma. Uno del que puedo presumir, y hablarle a mi padre, e incluso, se lo puedo contar a Ethan. Hablando de Ethan… tengo que decirle que por el trabajo nuevo que tengo tendré que cambiar de clases, y que probablemente llegue unos minutos tarde. Ojala, pueda hacer todo…



-16



Al salir del edificio, me dirijo al mercado más cercano. Algo en mi mente me dice que me será más barato comprar en un mercado, que en un supermercado, aunque en mi vida he entrado a uno. He visto en las noticias algunas cosas, sobre todo de como los desalojan por estar en una zona no permitida. Antes ni sabía quién era quien llevaba las provisiones a la casa, solo tomaba del frigorífico. Sonrió. Se siente bien hacer cosas por uno mismo. Entro a un callejón que está repleto de pequeñas ventas, y vendedores por doquier. Aquí hay de todo, desde una señora vendiendo fruta, hasta un señor que anda lleno su brazo de cosas –lámparas, baterías, fundas para el celular, etc–. Es todo tan… folclórico, pero increíble de alguna manera. Una señora se acerca a mí, ofreciéndome verduras, y le compro algunas. Más adelante, compro un poco de fruta. Al final, termino saliendo con unas tres bolsas llenas de comida, y con un costo menor al que pensé. No es que me quede mucho dinero, pero al menos no moriré de hambre, a pesar de que no comeré carne ni nada tan “ostentoso”. Está bien, comeré más saludable. Quien sabe, tal vez hasta me haga vegana. Llego al departamento y guardo todo, dejando una banana fuera, y me la como rápidamente. Tomo mi computadora, e indago algunas recetas para poder hacer comida. Jamás en mi vida he cocinado algo que no se meta al microondas, pero “a situaciones desesperadas, medidas desesperadas”.

Una simple tontería como no saber cocinar, no me detendrá.

Además, tarde o temprano tenía que aprender a hacerlo, o al menos a saber cómo más o menos se hace. Veo unas recetas fáciles de hacer y que no implican muchas especies o cosas que no tengo. Otras las omito, porque ni idea de a que se refieren algunos términos. Cierro la laptop. Tomo el teléfono, y busco dentro de mis contactos el número de Ethan. Necesito hablar con él, para poder saber cómo hare con lo de las clases de actuación. De verdad me interesan, y sé que puedo trabajar y seguir yendo, solo es cuestión de tener ganas de hacerlo, y yo las tengo de sobra. Responde al segundo tono. ˗ ¿Qué tal, Cassandra? –pregunta con un tono jovial. ˗ Bien, aquí ya sabes… ¿y tú? ˗ Pues bastante bien, también. ¿A qué debo el honor de tu llamada? – pregunta medio burlándose. ˗ Quería preguntarte una cosa, pero no sé si tendrás tiempo para que nos podamos ver. ˗ Claro, es sábado, y los sábados casi no hago nada. Por supuesto que nos podemos ver. Ya sabes que me encanta platicar contigo –responde cordialmente, tal como acostumbra hacer. Me encanta eso de Ethan. Él es tan gentil. Creo que somos polos opuestos, tal vez hasta por eso es que nos llevamos bien, aunque siempre me dan ganas de cuestionarlo sobre su vida, porque a pesar de que nos hemos visto en algunas ocasiones fuera del teatro, y aun dentro de él, hemos hablado, Ethan y yo, no nos conocemos tan bien como quisiera.

˗ ¿Te parece a las 3 P.M? –me muevo inquieta por todo el departamento.

˗ Me viene bien esa hora. ¡Vah! Cualquier hora me viene bien. Estoy tirado aquí en el sofá haciendo nada –bromea risueño. ˗ Entonces quedamos a las 3 P.M, en el parque cercano al teatro. Hasta entonces –me despido. ˗ Hasta entonces, Cassandra –cuelga. Por alguna extraña razón, siempre me ha gustado como dice mi nombre, se escucha diferente cuando viene de él. Miro la hora del celular, y son las 11 A.M. Debo comenzar a hacer mi comida, porque no sé cuánto se tarda uno preparándola. Abro nuevamente la laptop, y dejo la página de la receta que había elegido. Saco las verduras que señala para ser una ensalada con un nombre bastante extraña, y luego lavo todo. No porque lo diga la receta, sino porque creo que es lo que se hace. En la receta, dice que se debe partir la verdura en julianas, pero me toca googlear que significa eso, porque ni idea. Cuando veo a que se refiere “julianas”, comienzo con la ardua tarea de cortar la tonta verdura de esa manera. ¿Quién diría que en realidad es un poco más difícil de lo que parece? Sigo cocinando, y al final logro tener un plato con una ensalada, que no se ve como la de la foto de la página web, pero tampoco se ve del todo mal, y esta comible. Posiblemente tiene mejor sabor, pero para ser la primera comida que hago, está bien; no perfecto, ni muy bueno, pero me conformo con un Ok. Una vez termino de comer, me recuesto en la cama.

Me levanto, y me voy directo hasta donde están las bolsas de sastre que tienen mi nuevo uniforme de trabajo. Saco el contenido, y me doy cuenta que son tres diferente. Del mismo color todos, pero no son de la misma forma, claro exceptuando las chaquetas, esas si son iguales. El primero, es un pantalón azul oscuro –como lo demás–, y una camisa blanca de manga larga y botones. El segundo es un vestido con cuello redondo, y como era de esperar, no tiene ningún escote. Y el tercero es una falda recta, probablemente hasta la rodilla, y también trae una camisa, pero esta, es manga corta. No entiendo como una empresa tiene uniformes prefabricados, pero me alegra no tener que usar mi ropa, porque hubiera salido de tono, vistiendo como me visto. Toco la textura de la ropa, y a simple tacto, me doy cuenta que es un poco incomoda. Suspiro resignada. No todo puedo oler a rosas. Lo cuelgo en mi pequeño armario. Debajo de las pocas cosas que tengo colgada, tengo unas cuantas bolsas de basura con ropa que no puedo poner colgada o de cualquier otra forma. Quizás debería regalar un poco. Al menos la que definitivamente no volveré a usar. Miro alrededor. Todo el departamento esta ordenado, no es que tenga mucho que desordenar, pero en cierta forma quisiera que hubiera algo que hacer. Me estoy aburriendo. Antes tenía cable, internet ilimitado, la posibilidad de rentar películas, de comprar lo que fuere que quisiera, hasta un libro, aunque eso ultimo nunca paso por mi cabeza, hasta ahora es que le encuentro sentido a leer. Vuelvo a ver todo, y se me ocurre que también pudiera ponerle un rotulo a mi auto, de esa forma, habría más probabilidad que se venda más rápido. No estoy dispuesta a conservarlo. Es un lujo que en este momento

no puedo darme. Es cierto que ahora ya tengo un trabajo que me paga un poco más de lo que necesito para vivir, pero quizás sea mejor venderlo, comprar un más económico, y comprar otras cosas. Es raro pensar de esa forma, pero ya me acostumbrare a que ya no puedo ver todo de la misma manera. Miro otra vez la hora del celular, y apenas son las 1:30 P.M. Ya quiero hablar con Ethan. Busco el libreto, y lo comienzo a leer completo, solo para distraerme. Para mí, esta es una de las mejores historias que he leído, junto con la “Letra Escarlata”. Son obras, que dejan un mensaje. Algo que normalmente no veo, o tal vez es porque no lo he hallado. No creo que los autores escriban solo por escribir. Eso sería olvidar la pasión que uno siente por escribir –o que me imagino que sientes–, y solo buscar el dinero. En fin. No puedo juzgar algo que no conozco. *** Faltando poco para la hora acordada, me cambio de ropa, por una más cómoda. Camino a paso apresurado hacia el parque, quería llegar antes que Ethan. Sentía la necesidad de estar a tiempo, o mejor dicho, antes de tiempo. Era extraño, porque normalmente no soy de las que acostumbra a llegar temprano a cualquier parte, pero quería mucho ver a Ethan. Pensé, en todas nuestras conversaciones, tratando de hallar una idea más concreta de cuanto sabíamos el uno del otro, pero no, no sabíamos mucho sobre nosotros. Lo que era normal, porque hasta hace poco nos habíamos conocido, pero una idea me taladraba el cerebro. ¡Quería saber quién era Ethan!



Una necesidad extraña, que nunca me había pasado, ni siquiera con Luis.

Ethan, me parecía un sujeto encantador, y quería conocer más acerca de él. Era un hombre mágico en mi mundo lleno de personas malas o comunes y corrientes. No todos los días podías ver a alguien como él, y eso llamaba mucho mi atención. ¿Tendría novia? Suponía que la respuesta era sí, no me creía que un hombre con esos preciosos ojos y esa personalidad tan… No sé ni cómo ponerla, pero definitivamente todas las connotaciones que se me ocurren son buenas. Algo se movió dentro de mí. No quería que la respuesta fuera sí, no quería que Ethan tuviera ya a alguien en su vida. Sacudo la cabeza. Cada vez estoy peor. Se supone que mantendría lejos de los hombres o algo así. No –me recuerda mi mente–, no dijiste eso. Pero entonces, ¿Qué es lo que quiero? No salgo de una para meterme a otra. Hasta hace un día, estaba con Luis, siendo su amante. Y ese mismo día otro hombre quería conmigo, pero de una forma retorcida, tratándome como si fuera una estúpida yegua rubia a la que tenía que domar. No me voy a meter con otro, por más que sea muy diferente. No estaría bien. Además, no podría contaminar a Ethan, con mi mierda. Él merece mucho más de lo que yo le puedo dar, él merece a una mujer buena, una mujer noble, que sea igual que él, así, formarían la pareja perfecta.



Sin darme cuenta, hago una mueca de disgusto.

De verdad que no me gusta la idea de alejarme de él, o si quiera dejar de hablar con él. ¡Podía ser su amiga! Podía seguir con él, hablando con él, y definitivamente mantener a raya mis sentimientos. De cualquier forma, aun no sentía nada fuerte por él. Y conociéndome, había una probabilidad que solo fuera por el hecho que Ethan, para mí, es como algo intocable, y mi mente sigue un poco corrompida, por lo que hay una franja en mi cerebro que puede que quiera solo llenarlo de lodo. Quizás hasta me veo reflejada en él. ¡Soy Luis! No, eso sí que no. Tengo que probarme que, no solo he cambiado y ya no me acostare con cualquier tonto, sino que también debo de ver la manera de no convertirme en lo que tanto odie. Me toco la cabeza con ambas manos. ¡Estoy jodida! ¿Cómo llegue si quiera a pensar en tanta estupidez? Ethan, es un increíble ser humano y tiene esos ojos preciosos ¿Pero de eso a gustarme? Creo que la falta de hierro y vitaminas, me están atrofiando el cerebro, porque no puedo creer la retahíla de pensamientos que acabo de tener. Llego al parque, faltan cinco minutos. Hubiera tardado menos, pero reduje la velocidad cuando comencé a pensar en eso. Miro alrededor, y no veo a Ethan. Aún no ha llegado.



Mejor, me dará tiempo para calmarme. No lo podría ver como siempre, sino relajo mi mente, y desechó la idea de que me gusta. Me sentiría avergonzada si él viniera y me hallara, con todas estas imágenes confusas que pasan por mi cerebro, me pondría peor que un tomate. Me quedo sentado donde estoy, que da la casualidad que es en la misma banca donde me senté tiempo atrás a esperar que viniera Luis por mí… Me toco la frente, abatida. Por mis propios problemas, me olvide completamente del trato que había hecho con Luis para que donara algo al teatro. Como puedo ser tan inconsciente de proponer algo y luego no hacer nada por cumplirlo. Marco su número. La bilis se me sube por el esófago, hasta casi llegar a mi boca, pero la empujo, tragando con dificultad. Al tercer tono contesta. ˗ ¿Cassandra? –pregunta desconcertado. Yo también lo estoy. Se supone que ya jamás iba a hablar con él. Pertenece a mi pasado y ahí se debe quedar, pero esto me trasciende. No se trata de mí. ˗ Disculpa que te moleste, Luis. Pero, ¿te recuerdas que cuando me propusiste que volviera hace unos días, te dije que quería algo a cambio, bueno, mejor dicho un favor… lo de remodelar o hacer una donación al teatro donde voy a mis clases de actuación? Quería saber si ¿todavía sigue en pie la oferta de querer ayudar, aunque entre nosotros no exista nada? Escucho su resoplido contra el teléfono. ˗ Siempre estaré para ti, ángel. No lo dudes ni por un segundo. Y, si eso es lo que quieres… lo tienes. Siempre, recuerda –luego colgó.



No estaba muy segura de que significaba eso, pero me sonó a que en efecto iba a ayudar. A los diez minutos, vi aparecer a Ethan, por la esquina del parque. Llevaba una camiseta blanca, y unos jeans negros, y unos timberland negros. Se miraba mucho más joven. Parecía una versión rara de chico bueno. Una mescolanza de chico bueno vestido un poco de chico malo. Tenía buena pinta. Su cabello cobrizo esta desarreglado, y se le ve estupendo juntos con sus gafas. Decir que solo era una mescolanza entre bueno y malo, es una pésima descripción, él se mira único. Inigualable. Detuve la línea de pensamientos. No podía pensar nuevamente en Ethan, como un pedazo de carne. Al verme, agita su mano y me da una de esas sonrisas que solo he visto en su persona. Extraordinario, esa era la palabra que mejor lo describía. ˗ Me alegro tanto de verte –dice saludándome, dándome dos besos en las mejillas. El contacto se siente bastante extraño. Mi pie cosquillaba ahí donde él había tocado. ˗ Igualmente –es la única respuesta que logro articular. ˗ Acabo de recibir una llamada interesante –menciona mirándome con un brillo en los ojos. Difícilmente puedo saber porque me cuenta esto, pero creo muy en mi interior que no será nada malo, de lo contrario, no estaría tan feliz. O, tal vez solo era cínico, igual que yo, y estaba disfrutando la agonía mía. A una persona como yo, medio paranoica por su pasado, no se lo podía

decir una cosa como esa, sin que pensara la cosa más ilógica. Pero era obvio que nadie podía hacer algo tan elaborado como contactar a Ethan, y contarle de mis grandes hazañas. Aunque, si sabía que Sebastián, podría estar detrás de mí, esperando a ver que algo saliera mal. Nuevamente, eso era poco probable. Cierto, que Sebastián, había desperdiciado recursos y tiempo al investigarme, pero no lo veía suficiente obsesionado para planear algo tan descabellado. Simplemente, yo estaba torturándome, pensando una y otra cosa mala. Quizás fuera que hoy todo me había salido bien, y por eso necesitaba que pasara algo malo, pero solo era mi cabeza llevándome a un lugar oscuro. La realidad, es que mi vida al fin tenía un buen rumbo, y yo era la que estaba soñando despierta, o mejor dicho, teniendo pesadillas despiertas. Ahora comprendía a que se referían que el miedo es antes de que pasen las cosas. Tenemos miedo al futuro, o lo que se supone que pasara en el futuro. Yo le estaba temiendo a un encuentro con Sebastián, porque él sabía cosas de mí. Ciertas cosas que nadie sabía –excepto Luis–, y también estaba la cuestión de mi madre; él la menciono, pero no podía saber a ciencia cierta si solo lo estaba usando como gancho o si de verdad conocía algo que yo no. Desde luego, lo único que era certero, era que Sebastián es un matón. ˗ Tierra llamando a Cassandra –se burla, Ethan. ˗ Lo siento, es que a veces se me olvida que estoy con alguien y me dejo llevar por mis pensamientos –me excuso. ˗ No hay problema, nos pasa a todos –es condescendiente–. Te decía de mi llama. Lo lograste –agita mi brazo cuando pasa su mano, y me abraza efusivamente. ˗ ¿Lograr, qué? –pregunto desconcertada. No tenía ni idea de a que se refería.



Pudiera ser que yo me había perdido en mis pensamientos, pero había muchas cosas que yo pudiera lograr y que él me las pudiera dar como buenas noticias. No lo sé, para comenzar estaba lo de la audición. Esperaba que fuera eso, me hiciera muy feliz haberle ganado a toda esa bola de niñas. ˗ Lo que me dijiste hace unos días de buscar la donación para el teatro. Eres… –se quedó callado, mirando con un intensidad que la sentía hasta mi alma. ¿Podía ver mi negra alma? No lo creí ni por un minuto. Pero me asusto de todas formas. No me sentía a gusto siendo quien era en este momento. Me parecía mucho a Minerva en ese sentido. Me veía poca cosa para Ethan. Pero al menos, yo tenía un punto para saber que era cierto. A Minerva la violaron, y a mí… fue por opción propia, y luego en lugar de buscar esa redención de la que tanto hablan en mis libros favoritos, solo busque hundirme más y más en la mierda que había comenzado a descubrir. Quite mi vista de la suya. No podía con ello. Estaba tan manchada con mi porquería, que temía que él me llegara a despreciar al saber todo lo que había hecho. Era una idea loca, puesto que solo existía una forma de que se enterara de con qué clase de persona estaba tratando, y esa era que saliera de mi boca; cosa que por supuesto no saldría. No era tan tonta como para develar mi pasado. Lo había guardado bien desde hace mucho tiempo. Me volví hacia Ethan, y le sonreí coquetamente. Solo un poco, no pasaría nada con que él y yo tuviéramos algo. Esta era mi oportunidad de saber que se sentía tener a alguien que de verdad le interesara yo, y no cualquier otra tontería. Quizás, y solo quizás, Luis tenía razón, y podía encontrar a ese hombre que mirara dentro de mí. Y aunque todo apuntaba a que sería casi

imposible encontrarlo a la primera… no perdía nada con intentarlo. Ethan, comenzó a ponerse rojo. De cabeza a pies. Y fue la cosa más linda que había visto. Estaba cansada de los hombres que son solo apariencia. ¿Cómo no lo había visto hace mucho? Los hombres adultos, se creían más que yo por tener experiencia. Les intimidaba un poco que yo fuera atrevida, pero pensaban siempre en mí, como una niña de la cual aprovecharse, a pesar de que siempre fue lo contrario. ˗ Me gustas –dije escuchando mi latido en mis oídos. Ethan, se puso más rojo –si es que eso se podía–. No dijo nada, solo me miro. Observo sus ojos multicolores. Me siento atrapada por ellos. Son la cosa más hermosa que he visto en mi vida. ˗ Tú también me gustas –responde tímido, pero firme. Se acerca a mí, tan cerca, que siento su respiración contra mi mejilla. Me va a besar. No me siento preparada. Lo alejo suavemente, con mis manos. Me felicito mentalmente por mi autocontrol. Lo había querido besar desde que supe cómo me miro, pero no podía. Estaba esa cosa rondando mi cabeza, sobre hacer las cosas bien. Que no le quisiera decir nada a Ethan de mi pasado, no hacía que yo no quisiera hacer las cosas bien con él. ˗ Quiero hacer las cosas bien, ir lento –explico al ver su cara.

˗ Lo entiendo –mueve su mano, nervioso.

˗ Deseo conocerte mejor. Me gustas, y mucho. Pero… –pensé la manera de cómo decirlo, sin realmente decirlo–, antes he tenido… digamos que dificultades, por lo que quiero que esto –nos señaló–, no sea un juego de niños. Me sentía rara al decirlo. Aquí la única que podía estar jugando, era yo. Ethan, era incapaz de hacer una cosa tan baja. Pero yo, por otro lado, tenía desconfianza de mí. Me miro con el ceño fruncido, pero no dijo nada sobre eso, solo pregunto: ˗ ¿Qué quieres saber de mí, Cassandra? Pregunta lo que gustes. Su sonrisa era cálida, y me relaje. No podía temer que mi pasado o en dado caso yo, arruinaría todo. El pasado debía ser enterrado, y nunca seria de esa manera, si yo no dejaba de recordármelo. Era masoquista por hacerlo. Sacudí mi mente. No más. “Positiva, recuerda” –me dije decidida a olvidar cualquier cosa que no me sirviera, o me hiciera sufrir. ˗ ¿Qué edad tienes? –comencé por lo más sencillo. ˗ Tengo 23, ¿y tú? ˗ 18 –respondí rápidamente–. ¿Qué más haces, aparte de ayudar en el teatro? ¿o ese es tu empleo? ˗ Para nada. En realidad, soy estudiante egresado de ciencias empresariales. Me llamo la atención el teatro cuando estaba en la universidad, antes de egresar, y me metí a las clases de actuación de la

universidad, así fue como conocí a los maestros que ahora te imparten clases a ti. Ellos tenían el proyecto el teatro al que asistimos ahora, solo era algo extracurricular el primer año. Podía probar los conocimientos que tenía sobre las empresas, aunque ya sé que no es lo mismo. De cualquier forma, la idea me entusiasmo, por lo que cuando me lo propusieron, acepte. De eso ya hace dos buenos años. ˗ ¿Vives con tus padres? –pregunte sin molestarme en ver si le seria incomoda mi pregunta. ˗ Todavía… pero ya dentro de poco ya no. Solo estoy esperando que me acepten como empleado en la empresa de mis sueños –contesto sin rechistar. ˗ ¿Tienes hermanos? Para mí, era importante saber de su familia. No porque quisiera ver si tenía dinero, sino porque yo no la tenía, o más bien, solo tenía un padre y una abuela que venía a la ciudad cada seis meses o así. ˗ No, que va, ya quisiera, pero mis padres no son tan fértiles como ellos hubieran querido –se medió burlo, pero pude notar que estaba siendo sincero. ˗ Lo siento –trate de remediarlo. ˗ No tienes porque, no es tu culpa que mi madre no pueda tener hijos – se sentía la pesadez de sus palabras–. Cuéntame algo de ti, Cassandra. Sé muy poco sobre ti, solo que tienes conectes con un senador y que él hará todo por mejorar el teatro, o eso dijo. Suspire, pensando en que podía contar. ˗ Soy hija única, también; pero a diferencia tuya, es porque mi madre nos dejó a mi padre y a mí –pare un segundo. Eso no se había sentido tan mal. ˗ Mi padre y yo, ahora casi no nos estamos llevando. Hace poco, hice una cosa bastante mala, que preferiría omitir, y él me echo de la casa. Es

médico, uno de locos –sonreí–. Claro, no vio venir que su propia hija tenía dificultades, pero –me encogí de hombros–. A veces el dolor de las personas eclipsa a otras. Asintió levemente. ˗ ¿Por eso no quisiste dar tu apellido, cuando te lo pregunte el primer día? –cuestiono sereno. ˗ Si, por eso, y porque es algo conocido él. Y siempre he odiado las comparaciones. Él, es un hombre bueno, admirado por mucho de la disque clase alta, y yo, bueno, siempre he sido yo. ˗ ¿Quieres decirme tu apellido? –preguntó con cautela. Le sonreí feliz. ˗ Mi nombre completo es: Cassandra Abigail García Escolán –respondí sin inmutarme. ˗ Me gusta el nombre Abigail –menciono con una agradable mirada que me calentó las venas. ˗ A mí, no mucho. Es como, muy suave. Y ya sabes, no soy… –recordé como me había llamado Luis, y dije rápidamente– un ángel. ˗ Nadie lo es –argumento. ˗ No, pero hay personas que son buenas y otras, que simplemente no – no quise decir mucho. ˗ De todas formas, te diré Aby, me gusta cómo se oye. Y, a pesar de lo que digas, te queda más. Es más apegado a ti. ˗ No sé qué decirte. Siempre han dicho Cassandra, no recuerdo nadie diciéndome Abigail, y mucho menos Aby. Te diré, ni si quiera cuando mi papá estaba enojado conmigo, me llamaba por mi nombre completo. ˗ Tendrás que acostumbrarte, porque así te diré –concluyo alegre. ˗ Está bien, aprenderé –concuerdo. Una pregunta me hace querer

estremecerme–. Esto parecerá tonto, dicho hasta ahora, pero, lo tengo que preguntar de cualquier modo… ¿tienes novia? Se ríe ampliamente, echando su cabeza para atrás, y dejándome ver su manzana de adán. Quiero besarlo ahí, pero me contengo. Estamos conociéndonos, lo que se supone que hacen las personas normales, antes de incluso tocarse las manos. ˗ No, rotundamente, es un no. No tengo novia –responde tratando de controlar la risa–. Creo que eso no los tuvimos que haber preguntado desde antes –menciona con ironía–. Y ¿tu? ˗ Nop, para nada. Nunca he tenido –respondo con honestidad. ¿Qué si he tenido a varios hombres, o sexos ocasionales? Sí, pero ¿novios? No. ˗ Enserio –se asombra. ˗ Pues claro, muy enserio. Mira, dejemos algo claro, antes de que continuemos con las preguntas; hay cosas que son sanas saber de la otra persona, y otras que… no. En mi caso, hay muchas cosas que ni yo quiero recordar. Ya lo dije –me he puesto seria, pero, es momento de aclaralo–, he hecho cosas malas. Por algo me han echado de mi casa. Pero, respetaría si eso impidiera que pudieras hablar conmigo. ˗ ¿Quién eres ahora, Abigail? Contestate a ti misma eso, no me lo digas ¿eres la misma? –pregunta con la misma seriedad. Me quedo meditando en ello. ˗ No soy la misma –respondo a pesar de lo que me dijo. ˗ Entonces, quiero conocer quién eres, omitamos lo que no quieres que sepa. Todos tenemos algo de lo cual nos arrepentimos, a nuestra manera, pero lo hacemos. ˗ Muy cierto. Gracias –acaricio su mano, que esta sobre su pierna.

Ve su mano, y luego la gira y extiende sus dedos, entrelazándolos con los míos. ˗ Hasta ahora, lo que he conocido de ti, me gusta –dice sin dejar de mirar nuestras manos. ˗ Me alegra escuchar eso, porque es lo que soy. Nos quedamos ahí, sin hablar, por unos minutos. Él, observa nuestras manos, y de vez en cuando, levanta la mirada me ve y me sonríe. Yo, mientras tanto, solo lo miro a él. Una voz chillona, me grita en mi cabeza, que es mucho hombre para mí. Alejo ese pensamiento, porque es destructivo, y no me conviene. Debo disfrutar lo que tenga ahora. Por más que me lo repito día tras día, todavía no me lo creo. ¡Tendré que hacerlo! Debo llegar a creer que lo malo paso, y ahora estoy de camino a un lugar mejor, a un lugar donde puedo ver todo lo bueno que puede llegar a tener mi vida. Y comienzo con Ethan. El chico con el que siempre tuve que estar. El chico en que siempre me tuve que fijar. Con quien tuve que haber tenido mi historia de amor, aunque eso todavía puede pasar. Luis, Sebastián, el señor Araujo, Mike Araujo, y un montón más, no eran los indicados, nunca lo fueron. Es una pena que hasta ahora me venga a dar cuenta. Pero hay una verdad innegable: si no hubiera hecho toda la mierda que hice, de la que ya no me quiero recordar, no estaría aquí y ahora. “Repítetelo una y otra vez, pero no por eso se va a borrar todo lo que has hecho” –susurra mi subconsciente.



-17

Paso el día junto a Ethan.

Ambos estamos ansiosos por los resultados de las audiciones. Los dos queremos tener un papel, pero, yo casi estoy segura que él se quedó con el protagónico masculino. Él es un buen actor. Además, haría bien el papel. De eso, no me queda duda. Pero en lo que respecta a mí, no sé qué pensar. Ethan, me dijo que lo hice de maravilla, aunque si menciono lo del párrafo, y me hizo saber que no sabía cómo lo iban a tomar los calificadores. Que como me podía ayudar… me podía perjudicar. Le conté, que no fue una idea planeada, solo… salió, en ese momento. Ni cuenta me había dado, pero era de afrontar las consecuencias de ello. Si yo no obtenía ningún papel, a causa de ello, no podía hacer nada al respecto, era de esperar y ver que sucedía. Antes de que anocheciera, nos fuimos cada quien por su lado, prometiendo vernos después de clases de teatro. Yo le platique mi nueva situación, y me contesto que no había problema si me cambiaba, solo que tratara de no llegar tarde, porque la maestra era muy estricta. Él, le avisaría a ella, pero de cualquier manera, ella era un poco intransigente. Otra cosa en la que no podía hacer nada. Los ensayos, si es que quedábamos, se harían los sábados por la tarde y los domingos por la mañana. Lo que estaba bien para mí –nuevamente–, si es que me quedaba con algo. Cuando llegue al departamento, estaba agotada, y tenía la piel quemada por estar tanto tiempo a la exposición solar, pero valía la pena una leve quemazón por haber pasado la tarde con Ethan. Él era una persona valiosa, de la que podía aprender muchas cosas. Me tenía fascina con cada cosa que me contaba de su vida.



Aunque también me conto algunas cosas… comunes, que había hecho, que cualquier adolescente hace. Cuando tenía 16 años de edad, se emborracho tanto, que cuando iba conduciendo se durmió y tuvo un accidente. Lo que solo hizo que lo castigaran. Yo le comente, que una noche, me había quedado en la casa de una conocida –y de una le hice saber que antes no tenía ni una amiga–, y que ese día habíamos ido a una fiesta de un amigo de su hermano, y que en esa fiesta ella había bebido mucho, y ella era la que tenía a cargo el auto, porque yo aún no tenía permiso de conducir, solo estaba en mis 15 años. Ese día, sin más remedio, gracias a que ella estaba totalmente ida, porque no solo había bebido, sino que se había drogado, y estaba muy lejos de la tierra; me toco manejar, y no fue nada divertido. Yo había recibido unas cuantas lecciones, pero era casi nulo lo que sabía sobre manejar. Además, estaba cansada, y solo quería dormir, pero sabía que no podía irme a mi casa en ese estado, y mucho menos podía ir a la casa de ella sin ella, así que decidí llevarme su auto con ella adentro. Y no le gusto, porque había comenzado a ligar con uno de los amigos de su hermano. Yo ese día –esto lo omití–, me había acostado con uno de los profesores de la escuela, no nos daba clase, y era la primera vez que lo hacía con un profesor, por lo que no quería nada con nadie ese día, me parecía tonto, exponerme a tanto por nada, y contando que todos eran menores de 23 años, la cual era mi edad de “Muy joven”, decidí abstenerme. Solo me había mantenido tonteando por ahí. Para cuando tome el coche, estaba en estado de pánico, tanto, que hasta pensé en mejor irme a mi casa, aun sabiendo que si llegaba oliendo a yerba, mi papá me mataría. No quería manejar sin permiso y que la policía me arrestara. Por lo que a mi concernía, debía hacer lo mejor posible por recordar cada cosa que me había dicho sobre como conducir, e intentar hacer más que eso. Maneje despacio, cambiando las velocidades con dificultad, pero para cuando llegue a la casa de mi compañera, había arruinado la caja del auto. Pero ¿A qué padre se le ocurría darle un carro estándar a una adolescente? A primera hora de la mañana, me largue de la casa de mi compañera. En la tarde, ella llamo reclamándome, que por mi culpa ella había sido castigada porque la caja del carro costaría mucho dinero. Yo solo le colgué, no me importo, aun cuando yo sabía que yo había arruinado esa cosa, estaba consciente de que no había sido mi culpa. Desde ese día no había conducido un auto estándar.



Ethan, se burló de mí, sin ser ofensivo, porque me dijo que eso era cuestión los principiantes, algo común, pero que son mejores lo autos estándares; los automáticos son una basura, enfatizo. Yo no dije nada de eso, porque no tenía idea, pero a él, parecía fascinarle el tema, por lo que lo deje hablar. Con todo y no entender parte de la plática por un momento, la tarde se nos pasó en un abrir y cerrar de ojos. Cambiamos mucho de tema. Conociéndonos, comparando experiencias que no me avergonzaban y riéndonos de cualquier tontería que hicimos cuando habíamos estado más jóvenes. Incluso, cometo que en un tiempo, él había sido metalero, de esos vestidos todos de negro, pero que después de los 18, se le había quitado esa costumbre y comenzó a buscar diferentes intereses. Quizás él tuviera un punto ahí, y los 18, formaban alguna clase de impulso a la madurez. No lo podía asegurar, y ni siquiera podía comparar realmente, las cosas “malas” que había hecho Ethan, con las que yo había hecho. Pero me gusto que me enseñara que no era perfecto y que tampoco lo había sido. Me hizo verlo más real, más tangible, y menos inalcanzable. Aunque eso no quitaba quien era él ahora. Para cuando términos, camine en una nube rosa, hasta llegar a la casa. Sabía que no éramos novios, los dos lo teníamos claro. Solo éramos amigos. Pero, hasta ser amiga de Ethan, era mejor que estar con otro u otros hombres. No había punto de equiparación de cualquier forma. Comí unas cuantas frutas, y luego me puse a leer el libreto, justo donde me había quedado esta tarde. Necesitaba estar preparada para cualquier cosa que me ofrecieran. A las 10 de la noche, mis ojos se cerraban, y ya no estaba leyendo nada

de lo que decía el libreto. Lo deje en la mesita de noche y dormí plácidamente. *** Me desperté a las 8 de la mañana. Un domingo soleado saltaba a mi vista desde la ventana pequeña que daba a la calle. Esperaba que así siguiera el día, resplandeciente, calentando cada parte de mi cuerpo, incluyendo mi alma. Me sentía feliz, realmente feliz, como hace mucho no había podido serlo. Ni cuando estaba en un orgasmo espectacular me sentía tan satisfecha como ahora. Pero es que no podía decir que se trataba de la misma cosa, eran emociones diferentes. Pero para mí, un orgasmo era lo más cerca que me encontraba del nirvana. Ahora, sabia cuan equivocada había estado desde un principio. Deje de pensar en ello. Era domingo, e iba a ver a mi padre. Además, era mi último día como una holgazana desempleada. Debía disfrutar hasta el último minuto de mi libertad, porque no sabía hasta qué punto iba a trabajar desde mañana. Tenía un cargo asignado. Ayudante. Pero, no tenía ni la más mínima idea de que hacia un ayudante de una aboga penalista. Parte de mí, esperaba que nunca tuviera que ir a una prisión a visitar a alguien muy malo, por orden de mi jefa. Otra parte se negaba a creer que el trabajo pusiera en riesgo mi vida. Lo más probable era, que yo solo ayudara a la Licencia con la papelería. Me levante de un salto. Decidí ir a la nevera para ver que podía desayunar.



Sabía que había adelgazado gracias a que no me había estado alimentando de la manera adecuada, e incluso, cuando sabía que no era una talla cuatro, como le hice creer a John. Mi ropa era de esa talla, pero mi cintura había reducido a una tres, casi dos. Esperaba engordar un poco. No porque creyera que lo necesitara o porque así me veía mal, pero no podía comprar ropa más ajustada, y la que tenía ahora, no me quedaba del todo bien. Tampoco es que pudiera permitirme engordar, tenía que seguir siendo una talla cuatro, no podía ensancharme más allá de eso, porque nuevamente, si hacia eso, necesitaría más ropa, y no podía comprarla. Acordándome de ello, me di cuenta que podía clasificar un poco de ropa, para poder llevar hoy a una iglesia que había visto, que también era un monasterio, seguro ahí, le encontraba un uso adecuado a todo aquello que yo ya no podía usar. Tome fruta de la refrigeradora, y la comí lentamente. Una vez termine, me dirijo hacia las bolsas de basura que tenían la mayoría de mi ropa. Las abrí y esparcí su contenido en la cama. Me quede viendo toda esa ropa. Era bastante. No sabía que tenía tanta. Saque todos los short cortos que tenía. Los puse en una pila, y vi cuales me gustaba y cuales no eran demasiados cortos. Podía ser que a una niña más pequeña le quedaran más largos y le fueran útiles, pero yo ya era una adulta y no podía seguirme viendo tan desesperada como para enseñar la mitad de mi glúteo. Metí todo lo que no debía o ya no quería ocupar, en una bolsa de basura y la arroje al otro lado del departamento. Luego metí lo demás en otra y lo deje donde estaba antes. Para cuando había acabado, eran las 10:36 A.M. Saque unos pantalones sencillos, y una playera de la misma forma, y los

tire a la cama. Busque ropa interior adecuada, dentro de toda esa lencería que tenía, y cuando encontré algo normal, me fui al baño a ducharme. Termine saliendo a las 11 A.M. del departamento. Me sentía nerviosa, porque vería a mi padre, después de este tiempo en el que habíamos estado peleados. Quería escuchar muchas cosas por su parte, y seguro él espera una disculpa audible. Yo haría lo que estuviera a mi alcance para reconciliarme con él, pero mi decisión seguía siendo la misma que hace unos días, yo iba a volver hasta que sintiera que estaría orgulloso de lo que yo había hecho. También estaba el hecho, de que yo, de cierta forma, amaba vivir por aquí. Tenía todo cerca, solo debía caminar, y eso estaba bien para mí. Me subí a mi auto, viendo dubitativamente, el rotulo de “Se Vende”. No tenía idea de que esperar de mi padre si veía que lo estaba vendiendo. Se me ocurrió, que dado que el me lo había comprado, seria indicado que el decidiera si lo podía vender o no. Estaba a mi nombre, pero fue mi padre quien pago una buena cantidad de dinero para que esa cosa estuviera en mis manos. Subí al auto sin quitar el cartel, se lo diría hoy y luego vería que decía él. Conduje tensa por todo el trayecto. Ya tenía preparada de ante mano una disculpa y era posible que él la aceptara. Sonaba bastante tranquilo al teléfono. Podía arreglar todo como una persona adulta, podía ser que tuviéramos una relación padre hija, como no la habíamos tenido. Era cuestión que ambos nos pusiéramos de acuerdo. ¡Aquí voy!

Llegue a mi antigua casa, que no parecía haber cambiado ni una pizca.

Tome una amplia respiración, y toque el timbre.

A los segundos, tenía parado frente a mí, a mi padre. Estaba nervioso, lo notaba en la manera de como pasaba sus manos por sus pantalones negros. Un sentimiento se movió en mi interior. Tenía ganas de abrazarlo. Lo quería tanto y estaba tan jodidamente arrepentida de lo que había hecho. Era una estúpida por perder lo más por lo menos. Me tire a sus brazos, abrazándolo. ˗ Lo siento, lo siento –repetí entre lágrimas. Quería mucho su perdón, y mi plan de pedirle disculpas se había ido por el caño, pero esto se sentía mejor. Sus manos estaban flácidas a los lados de su cuerpo, no me tocaba. Pedí disculpas un millón de veces, mientras me deslizaba hasta el suelo, tomándolo de las rodillas, hincada, pidiendo perdón. No podía con esto, me había sobrepasado. Amaba a mi papá. Él era mi única familia realmente, y yo me interesaba por él, no importaba todo lo que había sucedido entre nosotros, yo lo quería. Él nunca me había dejado, siempre estuvo ahí, detrás de las sobras, pero estaba. No huyo cuando lo dejaron solo con un bebe, no corrió cuando tuvo que afrontar mi difícil adolescencia. Me había querido tanto que había hecho que me fuera por mi bien. ˗ Lo siento –llore amargamente. Me dolía la garganta, y casi estaba segura, que tenía muy prensada sus piernas, pero no quería hacer nada más que eso. Puso sus manos sobre mí, y me levanto de un solo tirón, poniéndome a su altura. Me miro por un segundo. Había lágrimas en sus ojos. Estaban rojos e

hinchados, y tenía ojeras debajo de ellos. Estaba más viejo de cómo lo recordaba. Quizás solo fuera cansancio, pero me sentí peor con ello. Era mi culpa que él estuviera así. Yo había causado su sufrimiento. ˗ Perdoname, papá. Me arrepiento de lo que hice, de lo que te hice y me hice –corregí. Antes de que pudiera seguir, él, me cubrió la boca con su mano, y luego la quito para darme un fuerte abrazo, que disfrute como nunca antes había pensado que lo haría. Llore mucho más. Esto era una maravilla. Me convulsionaba por el llanto, pero no me importo verme ridícula, llorando. No me importaba nada. ˗ Te perdono, Cassy –dijo con voz quebrantada. Me metió a la casa, y me siguió abrazando. Yo tampoco lo quería soltar. Está teniendo un abrazo grande por todos lo que no había obtenido. Puso sus brazos sobre mis hombros, y me aparto de él suavemente. Yo ya había dejado de llorar. ˗ Perdoname, tu a mi hija. Te merecías un padre que estuviera a tu lado, y no fuera a refugiarse a su trabajo. Puedo decirte las excusas en las que me estado refugiando todos estos años, pero ninguna es válida –me miro firmemente. Su semblante era recto, serio, pero su mirada era la de un padre amoroso. ˗ Yo… –no sabía que contestar–. No creo que hayas hecho mal… solo, no podías con esto. Me sentía patética tratando de decir algo que sonara lógico. ˗ No tienes por qué pedir disculpas por nada –concluí.



Él respiro hondamente, como si se estuviera quitando un peso de encima. Los dos lo habíamos hecho. ˗ Quisiera hablar contigo de muchas cosas –dijo–, pero quiero que primero comas, estas más delgada. Asentí. ˗ También quiero que me cuentes como has estado sobreviviendo. Hubieras venido hace tiempo. Lo que hiciste estuvo mal, pero fue peor no comprenderte. ˗ No, no es así. Me diste justo lo que necesitaba –acepte–. No estaba haciendo bien las cosas. Me rasque la cabeza antes de seguir, no quería contarle todo lo que había hecho, creía que se podía desilusionar más de mí, pero ¿Qué si se enteraba por otra parte? ¿Qué si esto creaba una barrera entre él y yo? Era mi padre, el único que merecía saber que tan destructiva había sido antes. ˗ Primero a comer –ordeno–. No quiero tener que llevarte a un hospital. ˗ De acuerdo, pero honestamente, no tengo apetito. Solo quiero hablar. ˗ Lo harás, lo haremos –rectifico–. Vamos al comedor, pedí comida china. Caminamos al comedor, y me fije en cuanta comida había en la mesa. No podía predecir mi padre que iba a estar en los huesos ¿o sí? Que importaba. Tome unas cuantas cosas, y me serví. Él hizo lo suyo. ˗ Tengo un trabajo –comencé a hablar. Me miro dando una media sonrisa, que no llegaba hasta sus ojos. Podía ser sincera o no serlo. ˗ El lunes comienzo –seguí, entre bocados–. Es como asistente en una

oficina de una abogada penalista. Dice que la conoces. Parecía feliz cuando supo que eras mi padre –mencione tranquilamente, esperando alguna reacción por su parte, pero nada paso. Mi papá era un árbol duro de roer para las mujeres. ˗ Te mando saludos, se llama Daniela Martínez –señale. ˗ Ah, sí. Fue una amiga del instituto –le quita importancia, sin apenas inmutarse. Tenía el presentimiento que solo la tal Daniela había quedado con esa atracción a mi padre. No era mutuo. Eso se notaba a plena vista. Pobre mujer si había pensado que contratándome lograría hacer algo con mi padre. No le había visto sortija de matrimonio, pero igual podía estarlo. Ella se miraba bien para su edad, y no era grosera ni tenia mal carácter. Así que, donde estaba el juego. ˗ En realidad –cortó mis pensamientos, mi papá–, era más amiga de tu madre que mía. Me le quede viendo con sorpresa. Era de las pocas veces que hablaba de ella, pero no se veía tan incómodo como otras veces. Ingerí el bocado que tenía atravesado entre mi esófago y mi boca. ˗ Papá ¿Por qué nunca te casaste con otra mujer? –pregunte sin analizar mucho la cuestión. ˗ Porque nunca me he divorciado –sonrió con malicia. ˗ ¡¿Qué?! –grite. ˗ Nunca me ha pedido el divorcio tu madre, y yo tampoco lo he tramitado. Frente a la ley, somos un matrimonio aun –dijo sereno. Algo era raro en todo eso.

Él estaba calmado, hablado de la mujer que lo había abandonado con una bebe. ˗ ¿Por qué nunca lo has hecho? –pregunte con incertidumbre. Suspiro antes de contestar. ˗ Tenía la esperanza, que alguna vez ella volviera, que dijera que quería regresar. Y luego, simplemente no quería ponerle las cosas fáciles. Y ahora, me da lo mismo –respondí mirándome casi sin ninguna emoción. ¿Ya no le dolía? ˗ Todo este tiempo pensé que no querías dejarla ir –dije con cautela–. Creí, que el día que lo superaras, buscaría a otra mujer. Digo, estás joven, y así como mi jefa está interesado en ti, así han de haber otras. No lo entiendo. Se encogió de hombros. ˗ No es como si nunca hubiera tenido algo con otra mujer –reconoció tranquilo–. Simplemente no quiero nada serio, al principio pensé en ti, no quería que creyeras que yo buscaba una madre de remplazo para ti, y que te hicieras a la idea que eres cenicienta, o esas cosas que acostumbran a pensar los adolescente. Luego, fue porque me di cuenta que estaba bien siendo solo nosotros. No quería a una mujer que complicara todo, o que lo complicara más. Podrá ser que yo sea un psiquiatra, Cassy, pero no he usado nunca alguno de mis conocimientos contigo, y no comenzaría a hacerlo cuando una mujer que no te conoces y a la que no conoces dijera que habías hecho algo que sonara como sospechoso. >> Siempre he pensado en que era lo mejor para los dos. ˗ ¿Por eso no me comentaste como es que te dejo Mónica? –pregunte con un poco de miedo. Ahí estaba, ya había hablado, solo era cuestión de que el explicara qué había ocurrido. ˗ En parte. Otra cosa que influyo, es que ella así lo pidió. Quería

mantenerte alejada de ella, con un buen “recuerdo” de lo que ella había hecho como madre –se mofo un poco de la idea de Mónica. ˗ Pero si ni siquiera recuerdo nada. ˗ Exacto. Igual, respete lo más que pude su decisión. Pero ya no me importa, eres adulta, puedes decidir si lo que hizo tiene un gramo de sentido para ti, o si estaba totalmente siendo una egoísta. ˗ Cuéntame, quiero saber los detalles. ˗ Como sabrás, tu madre y yo, éramos jóvenes cuando nos casamos. Ella estaba embaraza. Error mío, según ella –se detuvo un minuto y negó con la cabeza–. Tú no eres un error, Cassy. Ella, siempre estuvo algo alterada con la idea de quedarse en casa y cuidar de cualquier cosa que exigiera un mínimo esfuerzo. Pensó que al casarse conmigo, la tendría fácil, que yo pondría a alguien para que cuidara de ti, para que ella pudiera hacer lo que le placiera. Pero, no fue así. Yo estaba terminando la carrera de doctor, no era psiquiatra, aun. No ganaba lo suficiente para poner a alguien, y a ella le enojaba eso. Decía que se sentía encerrada. Te llevaba donde la madre de ella, y te dejaba ahí por horas. ˗ ¿Tengo una abuela materna? ˗ Si, tienes una abuela, un abuelo, dos tíos y una tía. Tenía más familia. Pero, algo no tenía mucho sentido, ¿Por qué nunca había venido? Debía dejar que mi padre continuara, luego preguntaría por ello. ˗ Se quejaba siempre. Tú, eras una bebe callada, que no molesta, y te alegrabas cada vez que la veías a ella o a mí. Por desgracia, ninguno de los dos pasábamos suficiente tiempo contigo. >> Tu abuela se aburrió de que tu madre te dejara con ella todo el día. Dijo que ella ya estaba muy vieja para cuidar a un bebe, y que estaba cansada de la irresponsabilidad de su hija. Tu abuela te quería, te quiere; estoy seguro, pero estaba harta de que Mónica no aceptara sus

responsabilidades. Todos lo estábamos. >> Te comenzó a dejar con su hermana de apenas 20 años. Ella te llevaba a la universidad. Cuido de ti durante dos meses, pero luego no pudo. Decía que no podía estar con las dos cosas. No la culpo. Ella era una joven que quería salir adelante. >> Cuando no hubo quien te cuidara, comenzó a hastiarse porque le toco hacerse cargo. No quería la vida que yo le ofrecía. Me repetía que ella quería ser joven, que ella quería que saliéramos a diferentes eventos, que saliéramos como cuando éramos novios. Pero eso era imposible, no podíamos dejarte como si nada, todas las noches. Yo trate de cuidarte al menos dos días a la semana, pero me era imposible hacer el internado y cuidarte. Tenías un año, y comenzabas a hacer el intento en muchas cosas, y yo no podía con todo –puso su cabeza en sus manos. >> No la puedo culpar del todo, Cassy. Ella estaba tan frustrada, como yo. ˗ Pero tú no te fuiste –le dije a sabiendas de que se refería. Tome una de sus manos, y la estruje con las mías. ˗ ¿Cómo es que ella se terminó yendo? ˗ Se hartó de todo, quería vivir en Millán, París, o en cualquier otra parte en donde ella pudiera hacer lo que le placiera. Quería ser actriz, cantante, o modelo. Según ella, lo podía hacer. >> Un día, convenció a su mamá y papá de mudarse a Nueva York. Se llevaron a tu tía con ellos. Tus tíos y sus esposas vivían allá. >> Estaba de turno el día que se fue. Me llamo del aeropuerto, me dijo que ya no podía, que era mucho ser esposa y madre. Ya no quería nada que ver conmigo. Dijo que te había dejado en la casa, que estabas dormida, y que todo tenía llave. Una sonrisa floja aflora de sus labios. ˗ Ella de verdad pensó que te estaba dejando bien, aquí sola. En cuanto

colgué, pedí permiso para venir por ti. No podía dejarte sola. >> Nunca más supe de ella, o de sus padres. Se endereza. Mi cabeza da vueltas. Desde hace ya un buen, deje de comer cualquier cosa. No me veía posibilitada para seguir. ˗ En tus primeros años, casi siempre te llevaba conmigo. Seguía sin poderle pagar a alguien para que te cuidara. Las enfermeras ayudaban, pero yo no sentía que eso fuera lo correcto para ti. Cuando cumpliste dos años, te inscribí en un colegio que no era muy caro y que aceptaba a bebes, algo así como una guardería. Te tenían casi todo el día con ellos, pero la noche yo te llegaba a recoger y te llevaba conmigo a donde fuera. Al menos así fue hasta que cumpliste cuatro, y puede pagarle a alguien. ˗ Lo recuerdo –dije. Mis recuerdos eran vagos, pero los tenía. ˗ Procure mantenerte entretenida con otras actividades, pero ninguna te gustaba por mucho tiempo. ˗ Siempre fui un reto –digo desganada. ˗ No es eso. Yo no supe que es lo que te gustaba. Y también estaba lidiando con el dolor, con el hecho que solo me tenías a mí. >> Sabes que no tengo hermanos, y que mi madre vive lejos de aquí. No me podía ayudar. Ella tenía que hacerse cargo de su casa, de sus cosas. Tampoco pedí su ayuda. No quería hacer lo mismo que tu madre, pero igual fracase… Me sentí perdida. Por un lado tenía a una madre descuidada, que me dejo tirada, y junto con ella a una bola de gente que solo apoyo a una mujer irresponsable y egoísta. ¿Hasta qué punto les importe? No creía ni por un segundo que les hubiera importado, solo querían a Mónica. La complacieron hasta en el

último detalle. Por el otro lado, tenía a un padre, que, a pesar de no saber qué hacer, había decido hacer frente y cuidar de mí. Había hecho lo mejor que pudo. Una lágrima escurrió de mi ojo. ˗ Perdón, Cassy, yo no quería que te afectara todo esto. No es más que… Ellos solo querían cuidar a Mónica, y también querían cuidar de sí mismos. ˗ Gracias –dije mirándolo, y dejando de llorar–. Eres el mejor padre del mundo. ˗ No es así, Cassy. Tú no hubieras hecho todo lo que sea que hayas hecho, si yo no te hubiera dejado sola. ˗ No –dije categóricamente–. Yo soy como ella, de cualquier forma hubiera hecho lo mismo. Y hay algunas cosas que hubieran pasado están o no tú. Como dije, yo he hecho cosas malas, pero no fue porque no estuvieras, era porque no estaba ella –dije meditando. Me debatían entre contarlo todo o no. ˗ Papá, antes de decirte las cosas horribles que he hecho, prometeme que ya no me tomaras en cuenta lo que hice, estoy muy arrepentida de todo, y solo lo quiero olvidar y reconstruir mi vida –dije tratando de suavizar mi golpe ante él. ˗ Eso está bien, Cassy –me siguió llamando como cuando lo hacía en mi infancia, antes de que cumpliera nueve. ˗ Cuando tenía catorce… –comencé a decirle todo las cosas que había hecho, a relatarle mi relación con Luis, sin entrar en detalles, o decirle su nombre, le dije que no lo haría porque ya no valía la pena, pero también porque no quería que eso después cambiara algo con su trabajo. Le dije todo, no le conté lo que había hecho con cada hombre, pero le dije que yo había buscado hombres adultos, de 23 en adelante, también hice alusión al embarazo y al aborto, tuve que decirle que no quería que

eso pasara. Le conté que hace poco había estado bailando en un club para hombres, pero le aclare que no me había desvestido, solo era un tonto baile. Le comente como estaba hoy en día. Le dije que no quería volver a lo que era antes. Yo tenía aspiraciones, tenía metas. Todavía no eran la gran cosa, pero eran mejores que antes. Cuando termine de decirle todo, lo mire, por unos minutos. Él, no tenía su mirada sobre mí. Veía su plato en la mesa. No lo culpaba. Era yo la que estaba mal, no él. ˗ Cassy –alargo mi sobrenombre–, no sé qué decir. No quiero analizarte, de verdad que no. Pero, esto, cada vez me suena a que nosotros, Mónica y yo, fuimos los culpables de que tu buscaras al padre que no tuviste en casa. En serio lo siento, Cassy. Nunca pensé que esto había llegado a tanto. >> Sabía que no querías ir a la universidad, que no querías hacer nada con tu vida. Y eso estaba mal. Pero, no creía que gracias a nuestro abandono, hubieras hecho tantas cosas solo para dañarte –su voz era enojado, y no me miraba, pero algo me decía que no estaba enojado conmigo, sino con él y con Mónica. Me quede pensando un segundo. ˗ No puedo arreglar mi pasado, papá. Pero puedo hacer las cosas como son debidas desde ahora. Quiero tener una relación de padre e hija, que nos negamos tener. Yo por rebelde y tú… –no quería decir por dolor, pero eso era. ˗ Por recordarla a ella –concordó. ˗ ¿Se parecía a mí? ¿En lo físico? ˗ No –dijo después de un rato–. Siempre te pareciste más a mí –suspire al oír eso. Siempre había creído en la palabra de mi abuela, pero de hecho. Yo no sabía bien como era mi madre.

˗ Me dijiste una vez que ella era alegre y colorida. Fue cuando me diste su bufanda –aclare–. Me dijiste que me parecía a ella. ˗ Lo dije, pero no por tu físico. Tú estás llena de vida, Cassy. No lo creerás de tu viejo padre, pero irradias vida, aun cuando no pareces estar feliz, tienes algo. Así era Mónica, al menos así, la recuerdo yo. Eso es lo que me gusto de ella. Y lo que le gustaba a todos. ˗ No parece ser del todo una característica buena –dije conociendo lo que eso podía hacer. ˗ Depende como la uses. Hija, yo no quiero que seas ella por mi culpa. Tampoco quiero que te la vivas tratando de no ser ella. Quiero que seas tú misma. Quiero que busques lo que amas. Asentí, entendiendo perfectamente que es lo que quería decir. Ya lo había dicho yo con mi pasado. No dejare que esto me marque y decida quién soy, igual seria con lo de Mónica. ˗ Yo no recuerdo como era, físicamente. Asumí que era como yo –me encogí de hombros–. En mi mente, ella se fue hasta que yo tenía unos años más que solo dos –dije recordando lo que me acaba de contar y comparándolo con mis conocimientos previos. ˗ Fue cuando comenzaste a ver que no tenías mamá –me explico–. Tenías unos tres años cuando preguntaste por ella, y yo te dije que ella ya no podía estar más con nosotros. ˗ ¿Y cómo era? –pregunte sintiendo que tenía posibilidad de extraer más información. ˗ Era blanca, su piel era de porcelana, su cabellera era medio rojiza, con rizos, así como los tuyos. Era de tu estatura, pero en definitiva, tú tienes el cuerpo de mi madre. Lo siento por eso. Ya eso me lo veía venir. Mi abuela es de esas mujeres delgadas, pero que sus caderas se agrandaron levemente cuando tuvo a mi padre, y por eso me está pidiendo perdón. Tendría más caderas si me embarazaba, o mejor dicho, si llegaba

a estar embarazada, todo el proceso, porque ya lo había estado una vez, pero mi cuerpo no llego a cambiar mucho. ˗ Tenía unos ojos color miel. Tú tienes mí mismo color de ojos. No te podría decir que no te pareces en nada a ella, pero te pareces más a mí – concluyo. Me gustaba parecerme más a mi padre. ˗ ¿Cassy? ˗ ¿Sí? ˗ Si hubieras tenido a tu hijo… que hubieras hecho –pregunta viendo muy serio, pero no enojado. ˗ Me hubiera hecho cargo de él –contesto sin rechistar, segura que eso es lo que hubiera hecho. Mi padre, sonrió de oreja a oreja. ˗ No eres ella, ves –aseguro orgulloso. Había leído mi preocupación detrás de mi pregunta. Y tenía razón, yo nunca hubiera hecho lo que ella hizo. ˗ El once de mayo siempre hago algo –dije a manera de invitación. ˗ Si quieres que yo esté ahí, ahí estaré, Casy. Eres mi única hija, y te quiero. ˗ Yo también te quiero, papá. Estaba feliz. Me sentía libre y descansada. Había logrado hacer las paces con mi padre.



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Al llegar al teatro, todos se estaban amontonando en la lista que contenía quienes actuarían. Me quede perpleja. No me acordaba que lo publicarían ahora. No tenía cabeza para nada desde ayer. ¡Un día entero con mi Padre! No me lo podía creer todavía. Había pasado todo el día hablando con él. Él, quería que regresara a casa. Por supuesto que no le dije que sí, pero tampoco puede decirle que no. lo tenía que pensar. Sobre todo porque él vivía a la par de la señora Araujo, quien no me vio nada bien cuando observo que estaba en la casa de mi padre. Con respecto al carro, me dijo que era mío, que yo podía decidir qué era lo mejor para mí, y por ello, no insistió en si me iba a vivir con él o no. Me pregunto qué es lo que yo quería hacer con mi vida, y honestamente, lo único que se me ocurría, es que quiero descubrirme, quiero saber quién realmente soy. Paso por todos los alumnos de teatro que trataban de ver si habían logrado o no obtener el papel para el que habían audicionado. Estoy nerviosa. Quería el papel de Minerva. No estaría feliz con menos. Me había esforzado mucho, y esperaba que no hubiera arruinado la audición al ponerle un párrafo de más. Con los codos, me abrí paso hasta la lista.



¡Por todos los santos! Mi boca se curva en una gran sonrisa. Lo tenía, era mío. Era Minerva. Soy la protagonista.

Revise con la mirada quien era el protagonista. No me sorprendí cuando vi que era Ethan, pero si me puse nerviosa porque los protagonistas se besan al final de la obra. Me imagine los labios dulces y tiernos de Ethan. Era un pensamiento muy caliente… pero no podía ir por ahí, al menos no ahora. Euforia… era poco decir a comparación de cómo me sentía. Había obtenido el papel que quería. Al parecer, todo en mi vida se había puesto en su lugar y todo me estaba saliendo perfecto. Hoy, había ido a trabajar, y a pesar de que en varias cosas me había equivocado, la Licenciada Martínez había tenido paciencia al explicarme todo. Llegue un poco tarde a la clase de teatro, pero no parecían que estuvieran teniendo clases de todas formas. Estaban más pendientes del mural en el que habían colgado la lista con los que actuarían que en la clase, ni siquiera la maestra estaba enojada por ello. A lo lejos, vi que Ethan, estaba hablando con un chico. Era normal que él estuviera conversando con alguien, es muy sociable. ˗ Felicidades –me grito Anabel, quien se acercó corriendo hasta donde yo me encontraba. ˗ Gracias –respondí– ¿Y tú? –no me recordaba si Anabel había audicionado, pero creía que lo había hecho. ˗ No me fue bien, pero no importa –dijo sin perder la sonrisa.



No sabía que decirle, nunca había sido buena con las palabras, pero al menos no parecía tan necesario porque no estaba triste. ˗ Pero ya sabía yo que no lo conseguiría –prosiguió. ˗ ¿Por qué? –indague. ˗ Porque no lo hice bien, me equivoque y no lo dije completo. Nunca he sido buena actriz, pero me gusta que te hayan dado el papel a ti. ˗ Gracias –repetí. ˗ Harás bonita pareja con Ethan. Se ven tan bien cuando están juntos. No como la pareja común y corriente que hay, pero es que… no sé cómo explicarlo, pero es una idea muy romántica –dijo perdida en una rara nueve de arcoíris. Me asusto su cara, pero se miraba muy convencida que Ethan y yo, formaríamos una bonita pareja, lo que hizo que me saliera una sonrisa. ˗ Si me disculpas, tengo que ir a felicitar a mi coestrella –le dije con una estúpida sonrisa. ˗ Con gusto, chica. Ve por él –dijo riéndose. Se me hacía que ella veía que me gustaba Ethan, pero poco o nada me importaba. Camine hasta donde estaba Ethan. ˗ Hola –los salude a él y al chico con el que hablaba. Para mi suerte, parecía que habían dejado de hablar. ˗ Eh, hola –dijo el chico–. Ya me voy, luego hablamos –le dijo a Ethan. ˗ Si, nos vemos después –contesto él. ˗ Felicidades –le digo abrazándolo.

Él me devuelve el abrazo.

˗ A ti también. Te dije que lo habías hecho bien –responde.

Me quede en sus brazos un momento, encantada de que se sintiera tan bien con solo abrazarlo. Un momento que trataría de recordar cuando no me sintiera bien. Esto solo me confirmaba de que con Ethan, debía hacer las cosas bien. No quería perderlo. Sonaba a tontería, porque no hace tanto lo conocía, pero con él, me sentía bien, y me sentía yo. No tenía que ser sexy, ni parecer una niña inocente. Nada de eso importaba cuando estaba con él. Me separe lentamente. ˗ No miro la hora en que nos pongamos a ensayar –le dije. Solo yo sabía que eso tenía doble intensión. Ensayar el beso… seria lo que más disfrutaría, pero no se lo diría. ˗ ¿Qué te parece si ensayamos después de clases algunos días? sé que tenemos que ensayar con el grupo, pero para eso ya tenemos los ensayos generales. ˗ Sería bueno que lo hiciéramos también por nuestra parte –concorde–. Aunque no sé cuántos días pudiera. Ya sabes que estoy trabajando ahora, y que se me complica un poco los horarios, pero quiero hacer esto bien. Es mi primer papel, y eso me pone nerviosa. ˗ Tranquila, ya lo hiciste bien la primera vez, confió que la segunda y la tercera y la cuarta y todas las veces que lo hagamos, lo harás excelente. ˗ Gracias. Ojala me tuviera la fe que tú me tienes. Puso su mano en el borde de mi cara. ˗ Y creeme que no es porque me gustas –bromeo–. De verdad eres buena.



Me mordí el labio.

Siempre había pensado que el físico de un hombre era lo más sexy que podía apreciar en ellos, o hasta incluso si mirada de deseo, o cualquier cosa que se inclinara a decir SEXO. Pero, ya sabía que estaba totalmente equivocada. Lo más sexy de un hombre era la manera en que te veías a través de sus ojos.



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˗ Repite otra vez esa parte, pero con un poco menos de emoción –me instruye Ethan. ˗ No puedo declararte mi amor, porque solo el hecho de hacerlo, hace que tu alma limpia y blanca se intoxique con mi vileza –repito un poco menos emotiva. ˗ Mejor. Me gusta que no te cueste –roza mi mano con la suya. Llevamos todo el mes entero ensayando para la obra, que será dentro de unos días. Oficialmente, somos pareja, más o menos desde hace una semana. Ya nos hemos besado, y solo hay una palabra que lo describe: INCREIBLE. Habíamos ido a ensayar a un previo baldío que está al otro lado de la ciudad. Ethan, iba a ese lugar desde que estaba pequeño. Según dijo, era un parque recreativo, algo así como un bosque que tenía juegos para niños, pero, desde hace tres años, había sido abandonado a su suerte. Todavía era hermoso, pero ya no era como antes. Árboles enormes, lo cubrían por todas partes. *** ˗ ¿Cómo es que las personas dejaron de venir aquí? –pregunto. ˗ No sé –me contesto Ethan. Me removí en el tronco donde estábamos sentados. Estábamos muy juntos, nuestras piernas se tocaban y mi respiración se agitaba cada vez que me tocaba la pierna con su mano. ˗ ¿Qué estás pensando? –pregunta.



˗ En nada –mentí.

˗ Oh, vamos. Todos pensamos en algo, y tú… creo que me debes eso – afirma. ˗ ¿Cómo que te debo contarte mis pensamientos? –pregunte asombrada. ˗ Pues porque… –estaba balbuceando y sabía que no tenía una explicación. ˗ No puedes decirme nada, no tienes ninguna excusa valida –lo puye–. Además yo nunca te lo he pedido. ˗ Ya, pero… hagamos una cosa. Si yo te cuento en que estaba pensando, tú me dices en que estabas pensando Tú –propuso entornando los ojos. ˗ Bien, pero te toca primero, así me doy valor. ˗ Está bien. Estaba pensando que te ves muy hermosa hoy. No es que todos los días no te veas hermosa –se apresura a decir–, pero hoy… no lo sé, tienes una luz especial. Aby. Puso sus manos sobre las mías, y las beso. Me acerque a él, solo un poco. No quería ser la primera en dar el paso, pero de todas maneras se sentía tan natural que no me importaba hacerlo, aun en contra de lo que yo misma me había dicho. Ethan, avanzo el resto del camino, y cuando nuestros labios se juntaron. Llamas chisporroteaban en mi mente. La conexión era intensa. Sus labios, como predije, son dulces, suaves. El tiempo paro. El espacio cambio, ya no estábamos en ninguna parte. Solo somos él y yo. No hay nada. Nos separamos cuando sentimos que nuestra respiración se volvió imposible bajo esas circunstancias. Yo no lo hubiera querido, pero no podíamos seguir pegados. ˗ Estaba pensando en cómo sería esto –confieso.



Sonríe de lado, y se pone rojo. ˗ ¿Y fue como pensaste? –pregunta mirándome fijamente. ˗ Mejor –respondo. *** ˗ ¿Quieres que lleve algo para mañana? –le pregunto.

Ethan, me llevara a conocer a sus padres. Estamos formalizando lo nuestro. Por más que solo llevamos una semana, no importa. Yo le he hablado a mi padre de él, y él le ha hablado sus padres de mí. Aun cuando no éramos pareja, nuestros padres ya sabían que estábamos interesados en el otro. Es la primera vez que tengo novio, y sé que voy ligeramente rápido, pero de todas maneras los iba a conocer la noche que hagamos la presentación de la obra. ˗ No te preocupes por ello –contesta Ethan–. Con que vayas… Pero, te tengo que decir una cosa. ˗ Dime. ˗ Mi padre invito a un hombre que quiere invertir en la compañía. Mi madre se opuso, pero él dijo que era el único día que podían hablar. No me preguntes quien es porque no tengo ni idea. ˗ Está bien, no te preocupes –le doy un beso. Toma mis manos y las besa. ˗ No quería que hubiera alguien más, incluso quise que mis padres te conocieran otro día, pero mi madre se negó a cambiar de día. Ya sabes, ella dice que está emocionada por conocerte y ha estado haciendo y comprando de todo para mañana.



Me reí. ˗ Esta chiflada –se toca la cabeza.

˗ Deberías de estar feliz de que no esté molesta porque tengas novia. No sabes cuanta suegra mala hay en este mundo, y tu madre parece un sol. ˗ Ya, pero a veces atosiga. Me rio otra vez. ˗ No seas malo –le golpeo levemente en el hombro. ˗ Ya verás mañana –sentencia.



-20



Me bajo de mi auto. Al final, no lo termine vendiendo, no fue necesario en realidad. Llevo una botella de vino blanco en la mano derecha y en la izquierda mi bolso de mano. Traigo puesto un vestido color negro de mangas largas, ajustado, hasta la rodilla. Es bastante sobrio y elegante o por lo menos lo suficiente para la ocasión. Casi no llevo maquillaje o accesorios. Mis zapatos son sandalias de plataforma de color crema. Nuevamente, tuve que alisar mi cabello para poder darme un poco de decencia. Siempre tengo la impresión que con los rizos me veo más… salvaje. Antes, me gustaba, pero ahora con Ethan, no estoy tan segura. Toco el timbre de la casa de Ethan. Es una casa muy linda, de clase media alta con un estilo antiguo. Las paredes conservan el color del cemento o del material del que fue hecha, no sabría decir exactamente cuál es porque tiene una apariencia rugosa. Es de una planta y está llena de árboles y arbustos a los lados de ella. Es grande, tanto en ancho como en alto. El pórtico es la cosa más bonita que he visto, parecidas a las que sacan en las películas de la casa de dos ancianos. Tiene dos ventanas enormes que dan directamente a la calle. La verdad, la casa de Ethan, es impresionante. A los segundos de haber tocado el timbre, Ethan, aparece en la puerta. ˗ ¡Qué bien que ya llegaste! –dice después de darme un rápido beso en los labios–. Me estaba comenzando a desesperar con la práctica de mi padre con ese disque socio. ˗ Lo siento –me compadezco de él.

˗ Gracias, Aby. No creo que sea de tu agrado la plática, pero no tengo alternativa más que llevarte con ellos –dice quejumbroso. ˗ Tranquilo, he aguantado suficientes platicas aburridas en mi vida, una más no hace daño –lo tranquilizo. ˗ Ya veremos… –murmura. Entramos a su casa, y le paso la botella de vino. ˗ No era necesario que trajeras nada –dice tomándola. ˗ Pero yo quería. Niega con la cabeza y trata de aparentar molestia, pero ya sé que no es así, sobre todo cuando reprime una sonrisa. ˗ ¿Qué te parece si primero conoces a mi madre que está en la cocina y luego pasamos a la sala? ˗ Me parece perfecto –concuerdo. Estábamos en un pasillo, y a lo lejos escuchaba la voz de dos hombres, ambos reían y hablaban lo suficientemente fuerte como para escucharlos desde aquí, pero no tanto para saber de qué hablaban. ˗ Ven conmigo –dijo tomándome la mano. Me llevo por un pasillo largo, pasamos por una puerta que en realidad no tenía puerta, pero vi que ahí era la sala, aunque no pude ver quienes estaban en ella, dado que el sillón no se reflejaba desde donde pasamos. Nos dirigimos directo a la cocina, pasando por otras puertas cerradas. Al entrar, observe primero la gran mesa que conformaba el comedor. Era enorme, de madera y con suficientes sillas para diez personas. La cocina, estaba a la derecha del comedor. Una cocina bastante rustica con toques modernos. Era como la de esas películas antiguas de los 80´ sobre la esposa perfecta, pero con electrodomésticos modernos. No se miraba mal, pero si me puso los bellos en punta.



˗ ¿Mamá? –llamo Ethan, a una mujer que se encontraba muy entretenida, sacando algo del horno. Cuando se dio vuelta, me di cuenta de a quien le había sacado Ethan esos lindos ojos. Simplemente era una señora muy hermosa. Imponente, pero tierna. Una combinación muy extraña. Una rubia hermosa, alta y refinada, era lo que tenía frente a mí. ˗ Hola, querida –saludo efusivamente, acercándose a mí, y dándome dos besos, uno en cada mejilla–. Debes de ser Abigail. Ya me imaginaba que en esta casa nadie me diría Cassandra. No me molestaba que me dijeran mi otro nombre, pero no me acostumbraba del todo. ˗ Un gusto, señora –trate hacer mi mejor sonrisa, y creo que no me salió del todo bien ya que me sentía incomoda. Ethan dejo la botella de vino en la encimera. ˗ No me digas señora, llamame Beatriz –dijo alegremente. ˗ Entonces, es un gusto, Beatriz –dije. ˗ Eres preciosa, no te hace justicia la descripción que hace Ethan, sobre ti –me alaga. ˗ Gracias –respondo. ˗ La verdad –comienza a decir Ethan–, ninguna cosa que yo dijera, te haría justicia –pone su mano en mi cintura y me da un beso en la frente. Por un momento mis piernas flaquearon y tuve que contenerme para no lazarme sobre él. Estos momentos eran los que me hacían querer correr más con la relación. Lo quería todo con él. Pero no podía apresurarme tanto. Papá, decía que era bueno que yo tratara de ir más lento, que disfrutara de un noviazgo antes de hacer cualquier cosa que conllevara

“responsabilidad” –así le llamo a tener relaciones sexuales–. Yo le pregunte su opinión, pero la respuesta… me dejo impaciente. Mi padre ya conocía a Ethan. Lo había conocido un día antes de que Ethan, me preguntara si quería ser su novia. Resulta que llego a mi casa, y yo, por supuesto, no estaba. Ya lo había planeado el muy truhan. Sabía que estaba trabajando. Hablo con mi padre, una charla muy “amena”, según lo que dijeron ambos, pero se me hace que fue un momento tenso. Creo que mi padre lo analizo de dos maneras: como padre, y como psiquiatra. La ventaja de Ethan, y con lo que se terminó ganando la confianza de mi papá, es que le pidió permiso para ser mi novio, cosa que me desconcertó cuando me lo conto al día siguiente después de que yo le dijera que SI. Ethan, le cayó bien a mi padre gracias a eso, y gracias a que es un buen chico, pero tampoco era como para que mi papá, no le fuera a quitar el ojo de encima. ˗ Se ven tan lindos juntos –dice con amor maternal, Beatriz. Sonreí porque no sabía qué hacer. ˗ Y bien, ¿Qué tal tu trabajo, Abigail? –me pregunto Beatriz. ˗ Va muy bien –conteste con sinceridad–. Mi jefa es una buena mujer, un poco insistente con querer hablar sobre mi padre, pero –me encojo de hombros–, parece llevar bien que no haya respuesta por parte de él. ˗ Si, ya Ethan me conto sobre eso. Yo no podría hacer eso –dice mirando al cielo y haciendo un gesto exagerado. ˗ No madre, tu no hubieras podido hacer eso, pero si dejaste que mi padre lo hiciera por ti –le reprocho Ethan. ˗ No seas así. Yo solo deje que Marvin, se esforzara más por lo que quería –dijo en tono digno y me guiño un ojo. Me reí un poco. ˗ ¿Le puedo ayudar en algo? –pregunte para cambiar el tema.

˗ Ya termine. No te preocupes –contesto tranquilamente–. Ethan, podrías llamar a esos hombres tan bullicios que están en la sala –le dijo con una gran sonrisa que hacía ver que estaba bromeando. Me quede en la cocina con Beatriz, cuando Ethan se fue a buscar a su padre y al que podría ser su socio. ˗ Cariño, te puedo preguntar una cosa personal –dijo Beatriz. ˗ Por supuesto –conteste con un poco de miedo escondido detrás de mi seguridad. Siendo mi suegra, debería estar asustada de todo lo que me dijera. Siempre se dice que las suegras son las peores, y aunque, Beatriz, no lo parecía, no sabría si lo era o no. No podía poner las manos al fuego por ella. ˗ ¿Cuáles son tus intensiones con mi hijo? –pregunto seriamente, achicando sus ojos y viendo fijamente. Podía sentir como estaba tratando de debelar todos mis secretos, y me sentí feliz que ella en realidad no pudiera ver lo que yo cargaba. Mi pasado, no era algo para estar orgullosa. Resople mentalmente. ˗ Las mejores, se lo juro –conteste–. Ethan, es un hombre especial. Jamás he conocido a alguien como él, y lo quiero mucho, a pesar de no conocerlo de toda la vida. Asintió lentamente, analizando mi respuesta. Después de un momento, sonrió. ˗ Me parece bien –dijo más tranquila–. Pero ten cuidado, que si le haces algo malo… ˗ No me atrevería a eso –dije antes de que ella concluyera su amenaza. Asintió nuevamente.



Entro un hombre, parecido a Ethan. Misma altura, mismo cabello, mismo todo. Era guapo. Me di cuenta que probablemente, Ethan, mejorara con la edad. Y estaba segura que así seria. Lo veía en su padre. Es más, si siguiera tras hombres adultos, casados y en general, solo buscara sexo; seguro que pusiera en mi mirada a ese hombre. Ahora, ya solo lo miraba como mi suegro. ˗ Abigail, ¿verdad? –dijo con una voz ronca, que no se parecía a la de Ethan. Más bien, se parecía a la de un militar. Eso hizo que un escalofrío bajara por mi espalda. Al parecer no solo tendría que lidiar con una suegra que no parecía del todo confiada en mí, sino que también con un suegro difícil. Bien, lo puedo manejar. ˗ Un gusto, señor –extendí mi mano, cuando él lo hizo. ˗ Igualmente –dijo con dureza, analizándome, así como había hecho Beatriz. ˗ ¿Y los demás? –pregunto Beatriz, haciendo caso omiso al tono de su marido. ˗ Ya vienen –contesto secamente el padre de Ethan. Comenzaba a temer que me tuviera que ver como Romeo y Julieta, cuya relación no prospero gracias a sus familias. Esperaba que no pasara eso con Ethan y conmigo. ˗ Y dime, Abigail ¿Qué es lo quieres hacer cuando crezcas? –pregunto el padre de Ethan. ˗ Vamos, Marvin. Ella ya trabaja –contesto por mí, Beatriz.

˗ Sí –afirme yo, tratando de no escucharme arrogante–. Pero quiero estudiar –seguí. ˗ Qué bueno, ¿y qué es lo que has pensado estudiar? –dijo Marvin. ˗ Quiero estudiar lo mismo que mi padre, señor –conteste. Comenzaba a sentirme sofocada ante tanta pregunta, pero no podía hacer nada. Solamente podía contestar. Lo bueno es que no me había hecho ninguna pregunta difícil o de la que tuviera que mentir. ˗ ¿Psiquiatría? –dijo confusa, Beatriz. ˗ Sí, me he dado cuenta que es muy interesante. Quizás ha influido también, un poco, que mi padre comenzara a hablarme de su empleo, pero me gusta, porque me ayuda a entender como funciona el pensamiento humano, y no lo sé, me pareció que la psicología no cumpliría mis ansias de conocimiento como la psiquiatría –afirme. ˗ Papá, no comiences con tus interrogatorios –dijo Ethan, cuando entro en la cocina–. Y ahora vamos, que te espera tu futuro socio. Me tomo de la mano y le dio un leve apretón. No me había dado cuenta que esta medio temblando, y que no estaba respirando como debía. Sí que sería bastante incómodo. “Con el tiempo mejorara” –me dije. Los padres de Ethan, salieron primero, llevando toda la comida con ellos. ˗ Lo siento por el interrogatorio, pero eso es lo que gano cuando no por gusto eres hijo único –se disculpó. ˗ No importa –le recorte con un beso corto. Caminamos hasta el comedor, que no estaba muy lejos, solo a unos pasos.



˗ Bueno, te presento a la novia de mi hijo –dijo Marvin cuando entramos–. Abigail, te presento a mi futuro socio, Sebastián Evans. Me quede de piedra al ver a ese hombre sentado al lado derecho del Marvin, quien estaba a la cabeza. ˗ Un gusto –dije poniendo mi mejor sonrisa falsa. ˗ Igualmente, Abigail –contesto Sebastián con un tono sugerente y una sonrisa prepotente. Mi suerte no podía ser peor. Esto era una mierda. Todo era una mierda. Se había ido por el caño la cena, y probablemente también mi relación con Ethan. Sentí como la bilis se me subía por la garganta. Esto era terrible. Sebastián, podría cumplir sus amenazas ahora. Ahora comenzaba a preguntarme si era casualidad que estuviera aquí, o si era planeado por él. Quién sabe si también Marvin, el padre de Ethan, podría estar en esto y tal vez por eso me miraba feo. Rece un plegaria al cielo para que no fuera así. Me recordé de algo que dijo mi padre: “veras las consecuencias de tus actos, y quizás eso no te guste, pero deberás afrontarlas”. Comenzaba a verlas, y él tenía razón, no me gustaban en absoluto. ˗ Siéntate a la par de Sebastián, hijo –dijo Beatriz–. Y Abigail que se siente a la par mía. Sonreí y me separe de mi novio. Al menos no estaría a la par de él, eso ya era suficiente.

Me senté a la par de Beatriz.

Sebastián, no dejaba de verme. Ya sabía yo que me había reconocido, que quizás nunca me había quitado la mirada desde que deje el club. ¡Qué ilusa había sido al pensar que me había dejado en paz! ˗ Abigail –dijo Beatriz–, me comento Ethan, que ya de nuevo vives con tu padre, y que se mudaron de la casa en la que él vivía antes. ˗ Así es. No me gustaba irlo a ver solo los domingos, y él quiso mudarse a una mejor zona –conteste mintiendo solo un poco. No le podía decir que la verdad era que nos habíamos mudado porque la señora Araujo y su familia seguían viviendo frente a nosotros. Y que también, otra razón era porque mi padre desistió de esperar a mi madre, o eso creía yo. ˗ ¿Y a donde vive ahora? –pregunto Sebastián lamiendo sus labios– Porque me han dicho que la colonia Haltman es impresionante. ˗ Justo allí vivo –respondí dándome cuenta que tenía razón, él no me había perdido la pista. Sabia donde vivía y probablemente que hacía. La plática continuo, pero por gracia divina, se dejó de centrar en mí, y en lugar de eso, las preguntas iban de Sebastián a Marvin. Comencé a comer en silencio. Y para mi suerte a nadie le importo. Pero, si me fije como de vez en cuando, Sebastián me miraba y sonreía con suficiencia, dándome a entender que me tenía en sus manos. Antes de que Beatriz, sirviera el postre, que era lo único que había faltaba en la mesa, me disculpe y pedí prestado el baño. Debía refrescarme. Me estaba poniendo claustrofóbica, y empeoraba a cada segundo. Me encerré en el baño que me habían dicho. Estaba cerca de la sala, era la primera puerta a la derecha.

Moje un poco de papel higiénico y me lo pase por toda la cara. No me hacía sentir mejor, pero era mejor eso que nada. Debía mantenerme serena durante todo el resto de la noche. Tocaron la puerta del baño. Me di una mirada rápida al espejo y respire hondo antes de abrir la puerta, pero en lugar del salir, fui empujada hacia adentro. Era Sebastián. ˗ Nos volvemos a encontrar –dijo petulante. ˗ Esto no es un encuentro casual ¿No es así? Lo planeaste. ¿Desde hace cuánto me sigues? ¿Qué haces aquí? ¿De verdad quieres hacer negocios con el señor Marvin o es una de tus tetras? –dije desafiante. ˗ Sigues siendo una yegua indomable –dijo en lugar de responder. ˗ Dejate de tonterías y dejame en paz. Estaba muy enojada, y tenerlo tan cerca, no ayudaba en nada. ˗ Te diré algo. No diré nada de tu… actividad extra a tu novio, si tú me das lo que quiero –puso su mano en mi cintura y me acerco a él. Comencé a alterarme mucho, no me sentía bien. Estaba mareada y mi respiración era superflua. ˗ Tal y como lo imagine. Tú no te has atrevido a decirle nada acerca de que no eres un ángel –me torturo diciéndolo en mi oreja. ˗ Dejame en paz –lloriquee entre dientes. No lloraba, aun. Pero me sentía frágil. ˗ No preciosa rubia. Yo cuando miro algo y lo quiero, no me importa lo que tenga que hacer, yo lo obtengo. Así que hazte el favor y se mía, si no quieres que le cuente cosas muy interesantes a tu novio y a su familia – amenazo. ˗ No puedes hacerme esto, solo soy tu capricho, y él significa mucho para mí –me callé al darme cuenta de su plan–. ¿Esperaste a que esto

sucediera? –pregunte consternada–. ¿Acaso no tienes límites? >> Ethan, es el único novio que he tenido. El único hombre que quiero para mí. El único que no me ve por mi físico. >> ¿Esperaste tanto para darme un golpe tan doloroso? –pregunte al borde de las lágrimas. Me dolía mucho el hecho de pensar en contarle todo a Ethan. Él me despreciaría cuando supiera todo, y solo empeoraría que se lo dijera alguien más. Pero yo no quería decírselo, no quería tener que enfrentar el momento en que me dejara tirada. El oxígeno comenzó a faltarme. ˗ No le digas nada, por favor –roge desesperada. ˗ No lo hare, rubia. Al menos no lo hare si me da lo que quiero –paso su mano por mi cara. ˗ ¿Qué es lo que quieres? ˗ Te quiero a ti –dijo con firmeza. ˗ No puedes tenerme. Nadie puede. ˗ No te quiero por el resto de tu vida –explico–, solo digamos por una semana. Toda mía. Todo el día. Sé que lo que te pido es una nada a comparación de mi silencio. Y mira que ya deje a tu exjefe en paz. No podía pensar en nada. Estaba en cero. Su petición era demasiado para mí. Sin previo aviso, puso sus labios sobre los míos, y me beso rudamente. Era un beso en el que solo él se estaba moviendo. Sus manos, estaban en mi espalda, apretujándome contra su pecho. Me aparte rápido. ˗ Piénsalo, rubia –dijo lamiéndose los labios, y saco una tarjeta de su

bolsillo y me la puso en el escote. Salió sin decir nada. Me enjuague la boca en cuanto estuve sola. No quería nada de Sebastián en mí. Me sentía sucia. Quise llorar. Esto era horrible. Guarde la tarjeta más adentro de mi vestido, no quería que nadie la viera. Me di viento con las manos, y me calme. Salí del baño y me dirigí al comedor. De lejos, llame a Ethan, quien se disculpó con todos en la mesa al pararse. ˗ ¿Qué sucede? Te ves pálida –dijo Ethan, una vez estuvo frente a mí. ˗ Nada, solo que mi padre me llamo, dijo que se había quedado varado en el camino a casa, y me pregunto si podía irlo a traer –me excuse con la primera mentira que se me ocurrió. ˗ Oh, está bien. Si quieres te acompaño –propuso. ˗ No es necesario. Gracias de cualquier forma. Por favor, disculpame con tus padres –le dije. ˗ Está bien, te llevo a la puerta. Me tomo de la mano, y caminamos en silencio hasta la puerta. Una vez ahí, me despedí con un beso en la mejilla, no pude darle un beso en la boca. ˗ Nos vemos luego –dije con la voz quebrada. ˗ ¿Segura que no te pasa nada? –pregunto con angustia. ˗ Sí, todo bien –fingí una sonrisa, pero me salió aguada.



Me solté de su mano, y me aleje a mi auto. No pude voltear atrás. Solo arranque el coche.

Trate no llorar en el camino, pero tuve que detenerme casi al llegar a mi casa, estaba desesperada y no sabía qué hacer. No se me ocurría a quien preguntarle, solo mi padre y yo sabíamos todo lo que había hecho, bueno, nosotros, y alguien más… Saque mi celular de mi bolsa de mano que por suerte había logrado agarrar antes de ir al baño y marque el número. ˗ Luis, ¿podemos vernos? –pregunte llorando.



-21

Mire hacia todos lados.

Una cafetería poco concurrida era lo único que podía ver. No habían muchos clientes, y los pocos que habían estaban más interesados en tomar su café y comer lo que sea que habían pedido, que en observar mi paranoia. Había quedado con Luis, para dentro de cinco minutos, pero desde que le llame, me había sentido mal por entrometerlo, pero necesitaba que alguien me calmara o que me dijera que hacer, y no me sentía cómoda llegándole a contar todo a mi padre. Él tenía suficiente ya con conocer todas las cosas que había hecho como para llegarle a decir que tal vez perdería al único hombre que… me quiere y quiero. No es que Ethan, alguna vez me haya dicho que me quiere, no llevábamos mucho tiempo como para decirlo, pero lo sentía. Y tenía el presentimiento que si le contaba todo… lo perdería. Y solo sería peor si Sebastián, lo hacía. Quería desaparecer de una vez. Me sentía una idiota por pensar que el maldito de Sebastián Evans, me dejaría sola. Yo lo había hecho sentirse humillado, yo lo había arruinado todo al no decirle que no de una buena vez, yo había provocado todo esto. Tal vez no lo había hecho de una forma directa o con intensión, pero si había logrado que él se interesara en mí. Me recoloque las gafas de sol. Estaba de encubierta. No quería que nadie supiera que Luis y yo nos veríamos en público, las personas podían sacar sus conclusiones, y seguro que no nos beneficiarían. Un escalofrío cruzo todo mi cuerpo.

Fuera aun peor si de casualidad alguien me seguía y me tomaba fotos.

Yo no podía estar segura de que tanto tenía Sebastián sobre mí. Él había dicho que sabía quién era mi madre y demás, pero como me había dicho Luis, hay cosas que él podía averiguar por su cuenta. La campanilla de la puerta suena, y veo como Luis entra, vestido como me dijo que haría. Lleva puesto un chaleco de punto y un pantalón del mismo estilo. Su cabello, no es su cabello, lleva puesta una peluca que lo hace ver más viejo, y al igual que yo, tenía puestas unas gafas oscuras, y tenía un bigote falso. Ya habíamos acordado el vestuario, así, nos reconoceríamos. Se sentó frente a mí. ˗ ¿Cómo estás? –pregunta con una línea de preocupación bien marcada en su frente. ˗ No… no, no estoy bien –reconocí. No había dormido nada el día de hoy, ni tampoco en la noche. Solo me dedique a llorar como una tonta. Era una débil por querer apoyarme en los demás y no hacer todo por mi cuenta. Después de todo, era mi problema. ˗ Explicame exactamente qué es lo que ha pasado –dijo Luis. ˗ Esto es terrible, Luis. Ese hombre jamás me dejara sola hasta que haga lo que él quiere –mencione miserablemente, poniendo mis manos sobre mi rostro. Solloce suavemente, tratando de no llorar. Sacudí mi cabeza, y me prepare para contarle todo a Luis. ˗ Ayer, fui a conocer a mis suegros –puse mi mejor cara de disculpa. No quería contarle eso–. Y, no sé cómo es que él estaba ahí, supuestamente es un futuro socio del padre de Ethan, pero… no creo que sea así, sabes… ˗ Te comprendo, yo tampoco creo que sea de esa manera, mucha

coincidencia –se queda pensando un momento–. ¿A qué se dedica el padre de tu novio? ˗ Si no mal recuerdo, tiene un concesionario de renta de autos –dije sin saber su punto. ˗ Hasta donde sé, Sebastián, no tiene nada que ver con esa industria. Él es más de bienes raíces y cosas que producen más dinero. Eso me hace pensar que tienes razón. No es coincidencia que él estuviera el mismo día en que tu conocieras a tus suegros. Solo habría que pensar como lo logro. ˗ No tengo idea –conteste reflexionando en lo que me acababa de decir–. ¿Crees que pudo haber engañado al padre de Ethan? ˗ Puede ser. Con él, todo es posible –concluye Luis. ˗ Pues, él estaba ahí –seguí narrando–, y tuve que fingir que no lo conocía e incluso, él me siguió la corriente. Me sentí enferma por su presencia y me excuse para usar el baño, y cuando iba a salir, Sebastián, me empujo adentro. Comenzó amenazándome con que le diría a Ethan y a sus padre a que me dedicaba yo antes. Y… ya no sé qué hacer. ˗ Tranquila –pone su mano sobre la mía, tratando de reconfortarme. ˗ ¿Qué harías tú? –pregunto desesperada. ˗ Lo único que se me ocurre, es que le cuentes todo a tu novio – responde cerrando los ojos. Me quedo callada. No puedo eliminar ese nudo que se ha formado en mi garganta. Es horrible. No puedo respirar bien. Estoy en una hecatombe de sentimientos. ˗ Me siento sucia cuando estoy con él –confieso–. Ethan, es buena persona, pero no creo que me pueda perdonar por ocultarle una cosa así. No es algo con lo que las personas están dispuestas a lidiar. Era casi una puta –escupo con asco.



˗ No lo eras –dice Luis con la mandíbula apretada.

˗ Ya no importa –respondo desinflada–. Él no me va a aceptar nunca más, y ese es un miedo con el que no quiero lidiar. No puedo perderlo. Eso sería… lo peor que me pudiera pasar. Me mataría. Luis, se retuerce ligeramente. Noto como esta incomodo, y me pego en la cara mentalmente. ˗ Lo siento –le digo–. Siento arrastrate a esto. Siento entrometerte en mis asuntos. Luis, te agradezco mucho que estés aquí, pero, no debería hacerte esto. Tú tienes tus propios asuntos de los cuales preocuparte, y yo no debo ponerte los míos encima. Peor aún, he sido una insensible al venirte a hablar de mi novio, cuando solo hasta hace unos meses me habías dicho… No puedo terminar la frase. Simplemente no me había dado cuenta de lo que podía significar todo esto. Los ojos de Luis, emanan ternura. ˗ Ángel, yo siempre estaré para ti. Lo sabes. Yo te amo, y siempre te amare. Siempre te veré como la mujer de mi vida, aunque yo no sea el hombre con el que debes estar. >> Estoy feliz de que hayas encontrado a alguien que te haga feliz, como yo no pude. >> No me importa si me vienes a hablar de tu novio, no me interesa si me buscas solo como amigo. Yo siempre estaré para ti. Eres mucho para mí. Contengo el llanto. ˗ Gracias, Luis. No te imaginas cuanto he necesitado el apoyo de alguien –digo con sinceridad. ˗ No hay de qué.



>> Ahora, si él no te ve de la misma forma que antes. Si ese tal Ethan, se atreve a verte de menos, simplemente, no te merece. No lo mires si es así. >> Te lo dije antes, ángel. El hombre que se quede contigo, debe saber quién eres, incluso debe amar tus errores, te debe apreciar por todo lo que eres, incluso debe amar tu pasado. No te conformes con menos. Me sostiene la mirada, dándome a entender que está siendo sincero. Asiento lentamente. ˗ Has lo que creas correcto, ángel. Tú eres la única que puede saber qué es lo que más quieres, que es lo que te hará feliz. Y con honestidad, no creo que ocultarle cosas a quien sea tu pareja, te haga sentir bien. ˗ Gracias, de nuevo. ˗ De nada. Cuando quieras, ángel. Siempre para ti –toma mis manos y las besa



-22

Me miro en el espejo una vez más. ˗ Ya solo te queda la escena final –chilla alegremente, Anabel.

˗ Eso espero. He estado nerviosa durante toda la obra –menciono, con una sonrisa fingida. ˗ No lo parece –me anima. Le vuelvo a sonreír. La obra ha ido viento en popa. Todos los actores hemos hecho lo mejor que podemos. Nadie se ha equivocado. Y tal parece que todos hemos hecho las expresiones correctas. El público ha estado expectante, lo puedo sentir y lo he visto de tras de la cortina que nos separa a los actores que no estamos en el escenario. El teatro ha sido completamente remodelado, y todo esta fantástico. Todo ha ido de maravilla. Excepto… yo. No he podido hablar con Ethan. Le he mentido diciendo que quiero tiempo para practicar las escenas, para practicar yo sola. Solo nos hemos visto para los ensayos generales y ni siquiera hemos hablado más que solo para decir los diálogos, lo que implica que en realidad no hablamos. No he podido dormir en estos días. Desde que deje la casa de Ethan, no he podido pensar claramente. Me he refugiado en la obra, y cada vez que la leía, me sentí más y más identificada con Minerva, con la diferencia que ella no tenía la culpa de todo lo que le estaba pasando.

Si la historia fuera verdadera, no me cabria duda, que Minerva y yo, no tendríamos nada en común. En cierta forma, sus sentimientos y los míos son similares, pero hasta ahí se quedan las similitudes. Ella fue la victima de todas las cosas que le hicieron. En cambio, yo… solo he sido una retorcida que encontraba la felicidad en el sexo, una holgazana que ni siquiera intento buscar un trabajo cuando se vio obligada a velar por sí misma. Nunca me había sentido de esta manera. Antes era obediente, después, una malcriada que solo quería sexo, y ahora… ahora, solo quiero sentirme como me siento cuando estoy con Ethan, o sea, plena. Soy yo cuando estoy junto a él. No hay más paredes que dividan mi interior con lo que le muestro a las personas. No hay más barreras para protegerme. Pero, no sé si podría seguir así sin él. Lo he pensado estos días, y no quiero ni imaginarme como seria toda mi existencia sin él. Parece tonto depender a tal grado de una persona. No me había pasado por mi mente algo como eso. Sentir que me voy a desgarrar de adentro hacia fuera, si él no está conmigo. No lo quiero. No quiero vivir sin Ethan. Pero, he llegado a una conclusión inevitable. Luis, tiene razón. Yo no puedo ser feliz sin decirle toda la verdad, sin contarle mi pasado tan vergonzoso y sobre todo, sin intentar estar junto a él. Debo contarle todo. Debo velar por su bien, aun si eso implica que me llevare a mí. Lo he decidido. Si Ethan, no quiere volver a estar conmigo, aun después de la explicación, aun después de mis suplicas… lo dejare ir. Sé que Luis, me dijo que si él no me veía como era, y todo eso; no me merecía. Pero no creo que sea así. Soy yo la del problema y como tal,

debe de funcionar. ˗ Ya vas a salir, Cassandra –me dice la maestra, que es quien nos ha estado ensayando conjuntamente con el maestro, pero sobre todo ella. Me levanto. Es una suerte que hayan hecho dos camerinos en el teatro. Uno para mujeres y otro para hombres, de esa manera he evitado a Ethan. No quiero decirle hasta que concluya la obra. Me enfoco en el papel. Me meto bajo la piel de Minerva, y simulo ser ella. *** ˗ Mi señor, yo no podría aceptar tal petición –digo dándome vuelta, para no ver a Ethan, o en realidad, no ver al personaje que él interpreta. Es la última parte de la obra. ˗ Minerva –pone una mano sobre mi hombro–, dime ¿Por qué me rechazas, si yo te amo? Suspiro pesadamente. ˗ Eres muy bueno para una desdichada como yo –pronuncio con voz quebrada–. Tú no tienes a nadie quien te detenga. Puedes tener a una mujer que este libre… de todo. ˗ No lo comprendo, hablame claro, por favor –suplica. Me doy vuelta para encararlo. Por un momento, cuando veo a Ethan a los ojos, mi voz se queda sumergida en mi alma, y mi corazón tiembla de miedo. Me empujo a seguir con la obra antes de congelarme. ˗ No soy quien he hecho creer –confieso.

˗ ¿Y quién eres? –pregunta asombrado.

˗ Soy una mujer que perdió una parte muy importante de ella, una mujer que se dejó tomar por las garras de un hombre malo y despiadado. Una mujer que no se merece a un hombre como usted –inclino mi cabeza, y las lágrimas saltan a mis mejillas y van directo al suelo. Ethan, me levanta la barbilla con la mano, y me la roza suavemente con sus dedos. ˗ Eres tan perfecta, que ni siquiera te das cuenta que tus imperfecciones son una excusa para no sentirte superior a los demás. Si hay aquí alguien que no te merece, ese soy yo –me da un beso casto en los labios–. Nunca que te despreciaría por algo que no fue tu culpa, ni que tuviste que ver. Eres una mujer especial, y eso es lo que veo. No miro otra cosa más que tu puro corazón –seca mis lágrimas con su mano. Sus manos se posas sobre las mías, tomándolas. ˗ Aceptame, y seré el hombre más feliz de la tierra, de la galaxia. Prometo hacerte feliz, y hare que te olvides de todo lo malo que te ha pasado. Prometo que borrare las marcas que ese hombre dejo en tu alma. Prometo, que si me aceptas, seré el hombre que mereces y el padre que tus hijos necesitan –su mirada es intensa, y quema mi alma. Su cara se acerca a la mía. ˗ Te acepto, y yo, te prometo, que seré esa mujer de la que te sientas orgullosa –comienzo con el dialogo final–. Prometo, que no veré hacia atrás y que dejare todo lo que no puedo controlar. Prometo que te hare el hombre más dichoso todos los días de tu vida. ˗ Te amo –agrega Ethan. Me quedo pasmada al escucharlo. Eso no estaba en la obra, y sé que no lo ha dicho como parte de ella. Me lo ha dicho a mí. Mi corazón se detiene, y mis ojos derraman más lágrimas de las requeridas.

Sonrió tímidamente.

Es el momento más precioso de mi vida.

Sabiendo con que parte termina la obra… me acerco a él, y junto mis labios con los suyos. Dando mí último beso. Saboreando mi momento de gloria. Disfrutando solo un momento. Un beso cálido, suave, y reconfortante. Por un momento, noto cada fibra de su alma, por un instante me deleito en su ser. Solo… desearía que fuera eterno, pero nada lo es. Al separarnos, ambos sonreímos. Se cierra el telón, y todo el mundo comienza a aplaudir eufóricamente. Lo hemos hecho, hemos terminado. ˗ Eso estuvo increíble –dice Ethan, alegremente. ˗ Si –concuerdo–, estuvo increíble –mi emoción no es la misma que la de él. Que haya terminado solo significa que estoy un paso más cerca de decirle toda la verdad, y eso, en absoluto, me emociona. Abren nuevamente el telón, y saludamos al público con una reverencia. La gente sigue aplaudiendo al igual que hace un instante. Luego, se nos unen todos los demás actores, y hacemos la misma reverencia. Después, el escritor de la obra, se acerca junto con los maestros, y se vuelve a hacer una ola de aplausos. Todo esto es irreal para mí. Es un sentimiento extraño. Por un lado estoy feliz de que todo haya salido bien, pero por otra parte… estoy aferrándome a los últimos momentos que tengo con Ethan. Lentamente, todos nos comenzamos a ir detrás del escenario, hasta que solo quedamos Ethan y yo, y volvemos a hacer una reverencia al público,

y luego nos metemos atrás del escenario. ˗ Te veré luego, Aby –me dice Ethan, caminando para el camerino de hombres. ˗ Si, recuerda que vamos a ir a cenar juntos. Tú y yo –le digo tratando de no mostrar mi aflicción. ˗ Excelente, solo hablo con mis padres entonces. ˗ En dos horas –le recuerdo ˗ En el parque –termina. Asiento con una sonrisa falsa. Al llegar al camerino, me cambio rápidamente. Me quito todo el maquillaje, que por desgracia es mucho, porque en un teatro se debe ocupar demasiado para enfatizar las facciones. Salgo del camerino y me encuentro con mi padre. Tiene una enorme sonrisa en su rostro. ˗ Estuviste asombrosa –exclama feliz y quizás orgulloso. ˗ Gracias, papá. ˗ Creo que ya sabes a lo que debes dedicar si no te gusta la psiquiatría – bromea. ˗ En realidad, esto es un pasatiempo que me gusta mucho, pero no lo considero mi medio de vida. Perdería la gracia –hago un puchero. Mi padre, se ríe ampliamente. ˗ Tienes razón. Lo que nos gusta debería ser nuestro pasatiempo, así, no los llegaríamos a odiar cuando fuera obligatorio hacerlo. Saliste igual de inteligente que yo –murmura y luego me abraza con solo un brazo. ˗ Creo que sí. ¿Papá?



˗ ¿Sí? ˗ Le diré todo a Ethan –suspiro.

˗ Me lo imaginaba. Algún día lo tendrías que hacer, y sabía que no cometerías el mismo error que yo de esperar años, y años. ˗ Creo que espere mucho, de cualquier manera. No te enojes por lo que te voy a decir –advierto–, pero digamos que hay alguien que me ha obligado a hablar… ˗ ¿Quién? –exige molesto. ˗ ¿Te recuerdas que te dije que había un tipo que estaba chantajeando al que sería –aclaro mi garganta–, mi ex? ˗ Si me recuerdo –ruge, aun molesto. ˗ Pues, es él. Me encontró, y me amenazo con contarle a Ethan. Él quiere algo que no estoy dispuesta a darle, y no lo estaré nunca. Y si es inevitable que Ethan se entere… prefiero ser yo quien se lo diga –musito más tranquila de lo que podría imaginar que estaría. ˗ ¿Crees que ese hombre parara con ello? –pregunta más calmado. ˗ No. Por ello voy a ir a hablar con él, ahora mismo –le digo muy segura. ˗ ¿Quieres que vaya conmigo? –pregunta con cautela. ˗ Preferiría ir sola. Me encontrare con él en unos minutos. Pero si te agradecería un consejo –bufo ante la ironía. Antes, no le hubiera dicho nada, y hoy busco su consejo. ˗ Nada más, que busques tu bienestar. No importa lo que ese hombre quiera, eres lo suficientemente madura para ver lo que es lo que te conviene a ti –pone su mano sobre mi hombro y le da una sacudida reconfortante. Le doy una mirada significativa, y luego me voy a buscar a Sebastián.



Salgo del teatro, y me voy directo a la nevería en la que he quedado con Sebastián. Cuando lo llame, ayer, él parecía arrogante, como si hubiera ganado y yo me hubiera rendido a sus pies. Quizás es lo que espera que pase, pero no es lo que sucederá. Sin importar todo lo que me diga, o trate de hacer, me mantendré firme, le hare frente. Lo veo entrar. ˗ ¿Quieres algo? –pregunta cuando esta frente a mí. ˗ No, gracias –digo con calma. ˗ ¿Segura que no quieres, nada, preciosa rubia? ˗ Si –contesto tratando de mantener a raya mi carácter. Me guiña un ojo, y hace una de esas sonrisas de lado, y luego se va a pedir un helado de chocolate y una botella de agua. Al llegar a la mesa, se sienta, y me pasa la botella con agua. ˗ Necesitas hidratarte desde ya –dice con doble sentido. ˗ No vine por eso –lo desconcertó. ˗ ¿Entonces? –se pone serio. ˗ Vine a decirte que ya no me interesan tus amenazas. Puedes publicar en un periódico todo lo que he hecho, si te da la gana. Puedes tratar una y mil cosas. Pero yo no voy a ceder. No voy a dejar que me manipules, te lo dije antes y te lo confirmo –le digo con firmeza. ˗ Eso es lo que tú crees, cariño –se burla de mí. ˗ Es lo que pasara –afirmo–. No pienso vivir siempre a la sombra de lo que hice, y menos pienso hacer que eso me maneje. Ya lo había pensado

antes, sabes. Y tú solo me estas empujando, así que te debo dar las gracias. ˗ Eres una rubia tonta que no se da cuenta que puedes arruinar todo si se dan cuenta quien eres en realidad –sentencia. ˗ Claro que me doy cuenta, pero no pienso permitirte que hagas lo que quieras. ¡Solo el cielo sabe hasta cuándo te detendrás si te lo permito! ˗ Le contare todo a tu padre, a tu novio y a sus padres –dice con malicia. ˗ Mi padre ya lo sabe –le aviso. ˗ Pero no tu novio… ˗ No, pero se lo diré en un poco tiempo. Y de él saldrá si le cuento a sus padres o no. No quiero vivir escondiéndome como un avestruz. Así que, te recomiendo que busques a otra mujer para chantajear. O comprate una yegua. No me importa. A mí no me puedes comprar. ˗ Te diré dónde está tu madre –recurre como último recurso. ˗ No me importa esa mujer. ˗ ¿Enserio? –dice con una sonrisa de no creerse nada. ˗ Como ya has de saber, ella me abandono, y no me importa conocerla. Y sobre todo, no me importa ninguna de tus propuestas. Acostumbrate a que te digan que No –aconsejo, levantándome del asiento. >> Espero no volverte a ver nunca –me despido–. Y ya sabes que no me importa lo que hagas con lo que sabes. Me mira con el ceño fruncido. ˗ Vete a la mierda, rubia estúpida. No eres la única mujer –se levanta de la silla y me empuja con su hombro cuando pasa a mi lado. Respiro más tranquilamente cuando lo veo irse y no volver a verme. Creo que se acabó. Creo que ya se aburrió. Ya no hay más Sebastián Evans.



Una carga, se quita de mi espalda. Solo queda una. Aceptar todo lo que he hecho frente a Ethan.

Salgo de la heladería. Me subo a mi auto, y me dirijo hasta donde está el parque. No está lejos, pero no tendré a nadie que me lleve cuando todo esto acabe. Aparco cerca del parque y me bajo. Es de noche, y hace un poco de frio. Voy directo hasta la banca en la que irónicamente, fue en la que me senté antes de enterarme del teatro, cuando quería descansar del torbellino que sentía por Luis. Eso parece que fue hace años. Ha pasado tanto desde ese entonces. Miro todo el parque y me alegro de que sea aquí. De cierta forma, me gusta que sea aquí donde termine o pase a un nuevo nivel mi relación con Ethan. Aquí comenzó y es justo que aquí de ese paso. Una brisa me altera todo el cabello. Para la obra, me lo he tenido que poner en una cola de caballo para que me pusieran una peluca oscura, ya que no podían dejar que la protagonista fuera rubia. No entendí porque. Pero cuando me lo he soltado hace unos momentos, me ha quedado todo encrespado. Trato de no pensar en nada. Ya demasiado lo he hecho, y lo peor es que últimamente, mis pensamientos son repetitivos. Creo que he comenzado a memorizarme lo que pienso decir, y quizás solo deba dejarme llevar. Decir lo que hay en mi corazón y hablar con la verdad. Espero una hora completa a que Ethan llegue. Al final, lo veo aparecer, frotándose los brazos con sus manos. Se ha puesto un pantalón caqui, y una camisa celeste de botones, manga larga. Se ve similar a la ocasión en como lo vi la primera vez. Con sus

converse y sus gafas con aumento. ˗ Hola, Aby –dice feliz, cuando se sienta a la par mía. ˗ Ethan… tenemos que hablar –le digo con una paz que jamás imagine que estuviera teniendo. ˗ Dime. ˗ ¿Te recuerdas que te dije que había hecho cosas malas en mi pasado? – pregunto viéndolo a los ojos. ˗ Si, más o menos recuerdo que me dijiste algo –dice sin entender del todo porque lo saco ahora. ˗ Yo he sido una tonta por no contarte antes, y quisiera decirte que te lo estoy diciendo por mi voluntad, pero no sería del todo cierto y no te quiero mentir –comienzo a decir. ˗ ¿Por qué te están obligando? –pregunta desconcertado. ˗ Porque el hombre se obsesiono con la idea de conseguir algo de mí. Mira, sé que lo que oirás será terrible y probablemente no me queras volver a ver, y lo aceptare, solo quiero que sepas que a pesar de todo ello, yo te quiero, y jamás quiero que me veas como la víctima, porque no lo soy. Cometí varios errores, pero no fue porque nadie me empujara a cometerlos. Creeme, sabía lo que hacía. ˗ ¿Qué es lo que has hecho? –pregunta serio. ˗ Cuando tenía catorce años, un hombre adulto, con esposa y esperando a su primogénito, se fijó en mí. Yo no sabía nada de él, y no conocía que tenía esposa ni nada, pero tampoco me importo que fuera mayor –espero un minuto antes de seguir–. Yo, me acosté con él, muchas veces. Creía estar enamorada de él, de verdad lo creía. Ahora sé que no fue así. Conozco verdaderamente lo que es el amor, y no es lo que sentí por él – omito su nombre, tal y como hice con mi padre–. Cuando teníamos unos meses de relacionarnos –si es que se le puede decir así–, quede embarazada, pero yo conocía que él no quería un hijo conmigo. Me trataba mal, era como su muñeca. Pero no lo culpo, fue mi

responsabilidad no quererme lo suficiente para no darme cuenta en que me estaba metiendo. Respiro un momento, dejándolo procesar lo que le acabo de soltar. ˗ Nunca le llegue a decir que estaba embaraza. ˗ Espera –dice acelerado–. ¿Tienes un hijo? ¿O acaso abortaste? ˗ No y no. No aborte. Espera a que siga para que entiendas. Unos días después de enterrarme que estaba embarazada –prosigo contándole–, mi padre me llevo a una reunión que tenía con unas personas “importantes”, y da la casualidad que era en su casa. Ahí, me entere que él estaba casado y tenía a su esposa embaraza. Sentí que mi mundo se caía en mil pedazos. Me enferme, pero seguía adelante con la reunión. El problema fue los días siguientes. Me sentía débil y no quería nada de nadie. A los días, perdí a mi bebe –cuento con un nudo en la garganta y en el estómago–. No pude hacer nada, y eso es de lo que más me arrepiento. Dejo un minuto, para poder controlar mis emociones. Esa angustia que siento todas las veces que recuerdo ese 11 de mayo. ˗ Nadie se enteró de mi embarazo, más que una doctora. Cuando eso paso, me quede unos meses hundida en la miseria, pero luego descubrí que es lo que me hacía sentir feliz… el sexo –las cejas de Ethan, se alzan hasta su frente y abre mucho los ojos–. No puedo excusarme, eso es horrible, pero era en lo único que me sentía bien. Ese momento era el único que alcanzaba la felicidad. >> Lo siento, por contarte algo así. No creo que sean cosas que estás dispuesto a oír, pero si quieres seguir conmigo, o si esto te va a separar de mí en el futuro, prefiero que lo sepas desde ya. Me mira fijamente, no tiene ninguna emoción, en apariencia. ˗ Me volví una descarada, una P-Puta –me cuesta decirlo–. No me importaba con quien era, ni cuando, ni si estaban casados, no me importo nada. >> Antes de mudarme aquí, porque mi padre me echo, hice una cosa

horrible. Me acosté con un vecino, él está casado, y luego –exhalo–, me acosté con su hijo. Miro como la cara de Ethan se transforman en muchas emociones. Puedo ver, asco, enojo, confusión… ˗ Mi papá, se dio cuenta, y me hizo irme de su casa. Él hizo lo correcto. >> No tenía a donde ir, ni tanto dinero como hubiera querido. Y aun cuando mi padre me dejo conservar mis cosas, estaba desesperada porque no quería vivir debajo de un puente –me rio sin encontrarle la gracia–. Unos días atrás, una señora se me había acercado a “hacerme una propuesta de trabajo”, que era bailar en un club para hombres –relamo mis labios que están resecos de tanto hablar. Me asusta que Ethan no diga nada, ni se mueva de donde está. Ha vuelto a esa cara que no demuestra ninguna expresión. ˗ Llegue donde ella, pero me encontré con ese hombre con el que estuve a los catorce. Él era el dueño. Una coincidencia. Me contrataron y comencé a bailar ahí, seis noches a la semana. Mi ex jefe –mentalmente me pateo por usar ese término–, no me quería cerca de un hombre, que se me acerco un día, y yo simplemente quería llevarle la contraria. ˗ ¿Ya nos habíamos conocido cuando eso sucedió? –pregunta serio. ˗ Sí. Te conocí un día después de que me advirtieran no acercarme a ese hombre –Ethan, solo asiente lentamente. >> El hombre llego un día después de conocerte, y yo quería demostrarle a mi ex jefe, que él no podía decirme que hacer, por lo que hice algo estúpido. No importa que fuera, no fue para tanto, sino algo más para retarlo. Ese día, me quede sin trabajo. Todo paso tan rápido – reflexiono–. Pase un tiempo sin trabajo, que es cuando salimos más. >> Después de unos días…, un día, recibí una llamada en el teatro que fue cuando te pregunte qué es lo que se necesitaba para arreglarlo. ˗ ¿El dinero con el que se remodelo el teatro salió de tu amante? – pregunta con asco.



˗ Sí –admito a sabiendas de que con eso estoy delatando que es Luis. ˗ ¿Te acostaste con un senador? Asiento lentamente, humillada.

˗ Él necesitaba que volviera al club. Necesitaba que volviera si no quería que un hombre le dijera a los medios que él tenía un… prostíbulo, bueno, no es exactamente eso, pero ya sabes… no se vería bien eso. Yo estaba desesperada porque me estaba quedando sin dinero, pero no es excusa. Lo hice por él, porque me importaba, y me importa. No te mentiré con ello. ˗ ¿Lo amas? –pregunta rígido y veo como una vena de su cuello delata su enojo. ˗ No. Nunca lo hice, pero no quería dejarlo así. De alguna manera, yo sentía que debía hacerlo. Él, me pidió perdón y… ˗ Espera, ¿él fue quien te llevo el día que nos conocimos y te lleve a ese hotel en el que vivías? –cuestiona recordando ese momento. ˗ Sí. Quería regresar conmigo, pero yo me sentía asqueada de él. ˗ ¿Pero después aceptaste su ayuda y decidiste volver? –me reclama furioso. No puedo culparlo por estar molesto. ˗ Sí. Yo lo hice porque él me confeso que… no importa, no quiero justificar lo que he hecho, porque me hare sonar como si no me hubiera equivocado. Yo… me reconcilie con él. ˗ ¿Te acostaste con él, verdad? –me acusa. ˗ Sí –vuelvo a contestar. Sé que cada vez que contesto con un sí, lo alejo más y más, lo siento. ˗ No sé si quiero saber más –dice pasando sus manos por su cabello.



˗ Lo comprendo, y en cualquier momento puedes irte, no te detendré. Conozco lo que he hecho, y como es visto. No puedo cambiarlo, pero quiero ser honesta. ˗ Sigue –instruye molesto. ˗ Me sentía bien teniendo lo que no pude obtener de él hace años. Estaba feliz, aunque eso solo duro un día –bufo–. Luego, me encontré con el hombre que estaba obligando a Luis, a traerme devuelta a trabajar, sabía quién era. Sebastián Evans –dejo de encubrirlo, y veo con la cara de Ethan, se transforma, de sorpresa a ira–. Había pagado un baile privado, cosa que yo no hacía, pero lo hice. Bueno, no lo llegue a hacer. Ese hombre –digo con repulsión–, quería… quería que yo fuera suya –menciono sin otra forma de saberlo explicar–. Yo no podía, no quería. Y no era por Luis – aclaro rápidamente. ˗ ¿Entonces por qué? –pregunta sin molestarse en ocultar su enojo. ˗ Me pareció que escondía algo. Él sabía cosas de Luis, y no tardo en amenazarme a mí. Incluso, trato de chantajearme, pero yo lo deje. No me iba a dejar. Hace un tiempo hubiera aceptado, pero no creía que fuera la misma chica que abría las piernas a cualquiera. No quería hacerlo. No quiero volver a hacer eso. >> Me fui directo a la oficina de Luis, y volví a renunciar. Le dije que ya no podíamos vernos y que él se olvidara de mí. No podíamos seguir engañando a medio mundo. Seguía casado, y lo sigue. Y yo no quería seguir en ello. >> Lo dejamos ese día. Y honestamente, pensé que ya podía seguir con mi vida sin mirar atrás. Sin pensar nuevamente en lo que hice, solo quizás aprender de ello y luego desecharlo. >> Le pedí perdón a mi padre, y sabes que conseguí otro trabajo. ˗ Y te burlaste de mí –dice dolido. ˗ No. No. En absoluto –me rasco la cabeza–. Todo iba bien, pero luego, apareció Sebastián en la casa de tus padres. Yo no sé si de verdad quiere

hacer negocios con tu padre, pero sí sé que él me ha estado siguiendo, que él había llegado ese día con la intensión de volverme a chantajear. Pero yo no me iba a dejar que eso pasara, ni lo dejare en caso que él quiera, aunque lo dudo. Aquí viene otra parte difícil de contar. ˗ Por eso me fui de tu casa. Porque me había acorralado en el baño y me volvió a chantajear, pero esta vez, con contarte a ti todo. Tenía miedo, estaba muy temerosa de lo que… pudieras pensar, de que me dejaras – explico–. Hice algo que pensé que me ayudaría. Y no sé si hice bien, creo que no del todo. Llame a Luis, y le pedí consejo. Él me dijo que te dijera. Y también le pregunte a mi padre. ˗ Todos sabían antes que yo –reclama molesto, y niega repetidas veces. ˗ Tienes todo el derecho a estar enojado, decepcionado. Y debo vivir con las consecuencias de mis actos, por eso, principalmente es que te lo cuento. No podría ser feliz si no te lo digo. Aun cuando Sebastián no hubiera vuelto, yo te lo hubiera dicho, quizás más tarde, pero eso no tiene importancia. ˗ ¿Cómo que no la tiene? –se golpea suavemente la cabeza, con su palma–. Dime solo una cosa ¿Por qué yo? ˗ ¿A qué te refieres? –pregunto con un extraño miedo. ˗ ¿Por qué te fijaste en mí? Es evidente que no soy tu tipo. Soy como 10 años menor que lo que estabas acostumbrada a buscar. No soy rico, ni tengo poder. Y no soy “guapo” –dice con desdén. ˗ Eres mucho mejor que ellos –digo categóricamente–. Y no solo por tu físico, que me gusta mucho más de lo que tú te das crédito. Eres guapo de una manera extraordinaria. No lo ves, pero hay varias mujeres que quisieran ser tu novia. Si me dejas, habrán muchas otras que querrán ocupar mi lugar –digo con tristeza–. Pero sobre todo eso, me gusta tu alma, me gusta cómo me siento cuando estoy junto a ti. Me haces sentir como… yo. No hay nada mejor que eso, te lo aseguro. Me haces sentir especial. Te quiero por eso y por mucho más. Te amo, de verdad Ethan, y

por ello, te dejare escoger que quieres hacer con nuestra relación. Si quieres que me aleje y ya no volver a verme… Pero, si me dejas seguir en tu vida, si me dejas seguir siendo tu novia, si me dejas seguir amándote… hare todo lo posible para nunca perderte. Aprieto mis labios para no llorar y parpadeo rápidamente. Todo se queda en silencio por un buen tiempo. Ethan, no me ve, solo se queda viendo a la nada, hasta que finalmente habla: ˗ Aby –dice dulcemente, y se me ablanda el corazón al escucharlo–, una cosa es segura, y es que yo también te amo. No me importa quien hayas sido en el pasado, conozco quien eres ahora. Y nada ni nadie, hará que te vea de otra forma. >> ¿Conoces el significado de arrepentirse? –sigue hablando sin esperar a que conteste–. Yo creo que lo has hecho, creo que has sufrido lo suficiente por lo que hiciste, y más que nada, veo cómo has cambiado. No reconozco a esa mujer que describiste –se ríe sin mucha gracia–. ¡Me dejaste esperando un mes para poder darte un beso! Sonrió con dificultad, gracias a las lágrimas. ˗ Para mí, no eres ella. Eres, Abigail, no esa sombra que crees que te persigue, pero que solo la traes arrastras. Concuerdo con que no lo puedes cambiar, y creo que no quiero que lo cambies, porque por más que no sea un pasado bonito, creo que eso te hizo quien eres, y amo quien eres. No quiero cambiarte, Aby. Me gustas tal como eres, y sería un placer que lucháramos juntos por esta relación. >> Te miro, y solo te miro a ti. No veo tus acciones del pasado, ni a los hombres… pues ellos. No veo nada de eso. Me abalanzo sobre él, y lo abrazo fuertemente, y él me corresponde. ˗ Te amo, y nunca te dejare ir –declaro. ˗ No me importa. Yo tampoco te dejare ir –contesta con una sonrisa, que logro sentir sobre mi cuello.

Poso mis manos sobre su quijada, y lo beso.

Un beso como los de Ethan. Que te dejan el alma brillante de alegría.



-Epílogo









Tres años después. ˗ Papá –grito desde la cocina. Lo escucho bajando desde las escaleras. ˗ ¿Qué pasa, Cassy? –pregunta cuando entra a la cocina. ˗ No encuentro el yogurt. ˗ ¿Ya buscaste en la nevera? –pregunta con obviedad. ˗ Claro que me fije –le digo poniendo los ojos en blanco. ˗ Pues buscalo mejor, sino, ya no hay –replica.

˗ Bien, comprare uno de camino a la universidad –resuelvo a sabiendas de que no encontrare nada en la nevera. A mi padre siempre se le olvida que hay que traer comida a la casa. ˗ ¿Vas ver a Ethan, hoy, verdad? –pregunta sacando jugo de naranja de la refrigeradora. ˗ Si, justo después de clases. Por eso te dije que ayer, que hoy no iría a trabajar –le respondo aburrida–. Y el domingo cancela todo, porque cenaremos en casa de los padres de Ethan. ˗ Está bien, iré. Ya es como la cuarta vez que me llevas en el mes. Y no es que me caiga mal Martin y Beatriz, pero es que ellos tienen la tendencia a ser muy…protectores con Ethan, y ahora hasta contigo. ¡Quién diría que al principio no les caíste bien! –dice teatralmente, levantando las manos al aire.

Mi padre y yo trabajamos juntos desde que comencé la universidad hace ya casi unos tres años. Deje de trabajar con la Licenciada Martínez, unos meses después de haber entrado. Ella no estaba feliz, y me pregunto si mi padre me había obligado. Esa mujer estaba obsesionada con mi papá y doy gracias al cielo que ya no la podía ver. Era algo… loca. Y también me libre de ese hombre, que siempre me encontraba en el elevador y trataba de ligar conmigo allí, pero nunca se lo permití, ni siquiera mi nombre le llegue a decir. Después de entrar a la universidad a estudiar el doctorado para después especializarme en la psiquiatría, me ofreció trabajo mi padre como su ayudante, y obviamente no pude rechazarlo. Ethan, me había instruido que tenía que aceptarlo, que no importaba que ya no pudiera seguir con la actuación, pero los dos sabíamos que solo teníamos un pasatiempo en la actuación y el teatro. Al igual que yo, mi novio, Ethan, se había retirado del teatro, solo que él lo hizo antes que yo, cuando obtuvo el trabajo de sus sueños. Celebramos por ellos, durmiendo juntos. No tuvimos relaciones sexuales, solamente dormimos. Le dije que era mi obsequio para él, que era mi primera vez. Él se rio y me dijo que era una locura pensar que él necesitara una primera vez, que con tenerme le bastaba. Eso me conmovió, pero igual de todas formas dormimos juntos. Todavía audicionamos para algunas obras, y habíamos logrado hacer unos que otros personajes, tanto protagónicos, como secundarios. Pero solo era nuestro pasatiempo. Esperamos bastante para hacer el amor. Y ese día fue el más especial de mi vida. Fue hace un año, el día de nuestro aniversario. Cumplíamos dos años de estar juntos y queríamos celebrarlo. Y yo le había dicho que quería hacerlo.

***

Hace un año, en el segundo aniversario de Cassandra y Ethan.

˗ Vamos, camina un dos pasos más –le susurró al oído a Ethan, dándole instrucciones sobre donde pararse. ˗ Aby, te quiero, pero no soy mucho para las sorpresas –protesta. ˗ No importa. Te vas a aguantar –me rio de él. ˗ Está bien –dice a regañadientas. ˗ Abre los ojos –le digo en cuanto le quito la pañuelo de su cara. Él los abre, y se queda viendo todo. Esta extrañado por donde estamos. ˗ Pero ¿te has vuelto loca, mujer? Este es un lugar abierto. Es cierto que ya no viene nadie ¿pero qué tal si se le ocurre curiosear a alguien? No podemos hacer nada aquí –se puso rojo en cuanto supo lo que había dicho. ˗ Tranquilo –digo tratando de no reír–. No estoy loca para dejar que alguien nos viera, y por eso le pedí a John –que como recuerdas ahora esta trabaja como policía–, una cinta de esas que dice que está prohibido pasar. Ah, el buen John. Lo había conocido trabajando para la Licenciada Martínez, y nos habíamos hecho amigos. Resulto que él quería ser policía, y estaba preparando para ello, así que cuando entro hace unos meses… me alegre por él, pero hoy me alegraba mucho más. ˗ Espero que sirva –die Ethan, pasándose una mano por la nuca. ˗ Veras como y lo hace. Y si no… como podrás ver, justo frente a nosotros hay una carpa de campin y así no nos podrán ver –insinuó alzando las cejas. ˗ Me parece estupendo –dice mordiéndose el labio y poniéndose nuevamente de color rojo. ˗ Me complementas al ser tímido –susurro con erotismo.



˗ Solo son excusas para seducirme –argumenta, dándome un pequeño beso. ˗ No me provoques, Ethan. Lo beso en los labios, con desesperación, con ganas de al fin estar fusionada con el amor de mi vida. Le tome la mano, y me lo lleve dentro de la carpa. La había arreglado de tal manera que parecía más cómoda de lo que era y mucho más amplia. También la había perfumado y echado unos cuantos petalos de rosas de todos los colores. Era perfecto. Nos recostamos lentamente. Ethan, estaba sobre mí. No dejo de besarme dulcemente, o incluso con ansias. La espera no solo había sido larga para mí, sino para los dos, pero era lo mejor. Además que nos había puesto más cachondos a los dos. Me quito la camisa con un solo movimiento. Y yo hice lo mismo con la de él. Me tome un momento para apreciar su pecho, que no era como los de los demás. No tenía ni un bello, y tampoco mayor definición, pero algo en su cuerpo me excitaba, él decía que era amor, pero yo sabía que no era así. Es que simplemente, Ethan, es perfecto en todos los sentidos. Masajeo con ternura mis pechos, sobre la tela de mi sostén. Se sentía muy delicioso. Sus dedos estaban calientes, y me transmitían ese calor tan impactante. Nos seguimos besando durante mucho tiempo, hasta que el bajo lentamente sus labios por mi cuello, hasta llegar a mi clavícula, y luego hacia mi escote.



Quito mi pantalón, dejándome solo en ropa interior. Yo hice lo mismo con el de él. Éramos un solo ser, trabajando con dos pares manos, dos pares de labios, nuestras piernas en continuo movimiento, rozándose unas con otras. Haciendo más caliente nuestros cuerpos. Paso sus manos hacia mi espalda y desabrocho mi sostén. Mis senos, quedaron libres, y Ethan, los acaricio con adoración. ˗ No sabes cuánto me encantas –dijo. ˗ Tu igual –respondí. Bajo mis bragas, y acaricio mis caderas. Sus manos eran suaves y estaban por todo mi cuerpo. Sentía su amor y estaba segura que el sentía el mío por él. Nunca nada se podría igualar con esto. Hacer el amor, tomo un nuevo significado. Era cuando dos personas que se aman, tenían relaciones sexuales. Se quitó sus bóxer negro, y lentamente introdujo su miembro en mí. Jadee. Era una sensación increíble. Ethan, me completaba físicamente, y no solo sentimentalmente. Una felicidad plena se acercaba a mí. Empujo unas cuantas veces antes que yo tuviera el orgasmo más lindo que jamás había experimentado. Todo se eclipso. Mi vista solo se quedó prendida en la de Ethan, quien seguía llenándome, amándome. Su mirada de diferentes colores, me enloquecía, y me hacía estar más y más caliente. Su pupila se había dilatado, pero podía ver ese rojo destellante y ese amarillo junto con ese verde.

Lo amaba más que a mi propia vida.

Mi cuerpo temblaba por las sensaciones, y aruñe su espalda. Extraordinario… era poco en comparación con lo que sentía.

Unos segundos después, tenía mi siguiente orgasmo. Más poderoso que el anterior. Estaba exhausta, pero no quería que terminara, y él no había terminado. Hace unos meses había comenzado a tomar la píldora nuevamente. La había dejado para cerciorarme que no haría ninguna locura. Pero cuando ambos decidimos que sería hoy, comencé a tomarla. No quería que hubiera nada entre nosotros. Eran cosas intimas y muy pocas las que yo le podía dar, y esta era una de ellas. Hace más de un año, me había hecho pruebas de todo, y estaba limpia, así que por qué no hacerlo. Ethan, empujo una vez más y nos mandó a ambos a un orgasmos arrasador que nos quemó a ambos. ˗ Ethan –grite jadeando. Me beso los labios, con hambre, pero con deleite. Al final, nos acostamos en cucharita, acariciando el momento y tratando de atesorarlo en nuestros corazones. *** Salgo de clases. Me voy corriendo hacia al auto, y conduzco directo al departamento de Ethan. Él ya debe estar allí. Estoy tan feliz de estar con Ethan. Más ahora que me llevo bien con sus padres. Por supuesto de que casi les da un infarto a ambos cuando Ethan, les dio un resumen escueto de lo que yo había hecho y los sentencio a aceptarme por quien era ahora, además les dijo que si él lo hacía, ellos

también podían. Al principio no fue un lecho de rosas, pero poco a poco fueron olvidándolo y aceptándome. Y ahora, como decía mi padre, se había vuelto sobreprotectores con ambos. Claro, Beatriz, ya pensaba hasta en organizar la boda, pero yo quería primer terminar la carrera, aunque sea la de doctora. Para mi suerte, nunca más volví a saber de Sebastián. Una vez recibí una nota, que supongo era de Luis, en la que me informo que se había ido huyendo del país porque había metido la pata con un narco, y un lindo pajarito, le había advertido, no solo al narco, sino a los policías, y ahora, era un hombre muy buscado, pero no exactamente por las personas que lo querían vivo. Yo no me alegre, evidentemente, pero tampoco puedo decir que me entristecí. Cuando estoy frente al edificio, aparco enfrente y me bajo. Ethan, siempre ha superado mis expectativas. Lo hizo cuando me perdono y desecho mi pasado. Y ahora lo hace siendo el mejor novio que se puede tener. Entro al edificio y me voy al segundo piso, que es donde está el departamento de mi sexy novio. Saco la llave que me ha dado, y abro la puerta. ˗ Estoy aquí –grito para que me escuche que he llegado. ˗ En la cocina –me avisa. Salto hasta ahí, y luego cuando lo veo, se me cae el alma a los pies. Lleva tan solo una toalla anudada a su cadera. ˗ Me vas a matar –exclamo con el corazón a mil. ˗ ¡Qué exagerada! Solo es un cuerpo, Aby –se burla con una sonrisa juguetona. ˗ Vale, pero es mi cuerpo favorito –le digo acercándome y pasando mi mano por su torso desnudo. ˗ Por cierto, ¿sabes quién va para embajador en parís? –pregunta

adoptando un tono serio. ˗ Si, lo leí en el periódico. Pero no te puedes porque sepas algo de Luis. Es más, deberías estar feliz de que se vaya. Aunque tus celos son infundado –lo reconforto pasando mis manos por sus brazos. ˗ No puedo dejar de sentir celos por cualquier hombre que quiera algo contigo –replica achicando los ojos. ˗ Yo solo quiero a uno. Además, ¿acaso no has visto cuantas mujeres están detrás de ti? Incluso, Anabel, que es mi amiga, la he visto mirándote con hambre –le digo seria. ˗ Eso no es cierto. Quizás solo se preguntan cómo es que tengo una novia tan guapa –me abraza. Me gira y pone su barbilla sobre mi hombro derecho. ˗ Más te vale que por el resto de tus días, me mires solo a mí –recalco categóricamente. ˗ Dalo por hecho, mi Aby.

FIN.



-Sobre la Autora

G. Elle Arce, es un seudónimo utilizado por la autora. Nació el 11 de mayo de 1994 en una pequeña ciudad de américa central.

Es una gran lectora, a la que le gustan los géneros románticos y de fantasías. Su mejor amiga, es escritora, y ambas han creado la novela “Adiós a mi Virginidad”. Su vida es tranquila, y le gusta pasar mucho de su tiempo sola, junto con su computadora, leyendo libros, o si no, simplemente viendo televisión.







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