La Caricia Del Infierno - Jennifer L. Armentrout

JENNIFER L. ARMENTROUT La caricia del infierno Traducción de Miguel Trujillo Layla Shaw intenta arreglar su vida hecha añicos, tarea complicada para u...

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JENNIFER L. ARMENTROUT La caricia del infierno Traducción de Miguel Trujillo Layla Shaw intenta arreglar su vida hecha añicos, tarea complicada para una adolescente convencida de que las cosas ya no pueden empeorar más. Zayne, su atractivo mejor amigo, está fuera de su alcance debido a su misterioso poder para robar el alma cuando besa a alguien. Los Guardianes, que siempre la han protegido, de repente ocultan peligrosos secretos. Y no se puede permitir pensar en Roth, el sexy príncipe demonio que la entendía como nadie lo había hecho antes. Pero a veces tocar fondo es solo el comienzo. De repente, los poderes de

Layla empiezan a desarrollarse y por fin recibe la tentadora oportunidad de experimentar lo que hasta ahora se le había prohibido. Entonces, cuando menos se lo espera, Roth regresa, y trae consigo noticias que podrían cambiar irremediablemente. Por

su mundo

fin consigue lo que siempre ha deseado, pero con el infierno desatándose literalmente sobre la Tierra y el aumento de los asesinatos, el precio podría ser más alto de lo que Layla está dispuesta a pagar. Título original: Stone Cold Touch, publicado en inglés, en 2014, por Harlequin Books S. A., Canadá. Edición publicada con permiso de Harlequin Books S. A. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, los lugares y los eventos son producto de la imaginación de la autora o son utilizados de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, establecimientos comerciales, eventos o lugares es una coincidencia. Primera edición en esta colección: marzo de 2017

© 2014 by Jennifer L. Armentrout © de la traducción, Miguel Trujillo, 2017 © de la presente edición: Plataforma Editorial, 2016 Plataforma Editorial c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14 www.plataformaeditorial.com [email protected] ISBN: 978-84-17002-27-5 Realización de cubierta: Lola Rodríguez Composición: Grafime Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org). Índice

Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20

Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33 Capítulo 34 Capítulo 35 Agradecimientos Para aquellos que nunca dejan de creer, que nunca dejan de intentarlo y que nunca pierden la esperanza.

Capítulo uno Diez segundos después de que la señora Cleo entrara sin prisa en clase de Biología, encendiera el proyector y apagara las luces, Bambi decidió que ya no se sentía cómoda donde se encontraba, enroscada alrededor de mi cintura. Se deslizó por mi estómago. A la serpiente demoníaca tatuada, que era muy activa, no le hacía mucha gracia quedarse quieta durante demasiado tiempo, y menos todavía durante una aburrida lección sobre la cadena alimenticia. Me puse rígida, resistiendo la necesidad de romper a reír como una hiena mientras la criatura se colaba entre mis pechos y dejaba descansar su cabeza con forma de diamante sobre mi hombro. Pasaron cinco segundos más mientras Stacey me miraba fijamente, levantando las cejas. Me obligué a dirigirle una tensa sonrisa, a sabiendas de que Bambi todavía no había terminado. Nop. Entonces sacó la lengua y me hizo cosquillas por un lateral del cuello. Me tapé la boca con la mano para amortiguar una risita mientras me retorcía

en mi asiento. –¿Te has drogado? –me preguntó Stacey en voz baja mientras se apartaba el espeso flequillo de los ojos oscuros–. ¿O es que se me ha salido la teta izquierda para saludar al mundo? Porque eres mi mejor amiga, así que tienes la obligación de decírmelo. Aunque sabía que su teta se encontraba dentro de su camiseta, o al menos eso esperaba, ya que su jersey tenía un cuello de pico muy pronunciado, bajé la mirada mientras me quitaba la mano de la boca. –Tu teta está bien. Tan solo estoy… nerviosa. Me miró arrugando la nariz antes de volver a dirigir su atención a la parte delantera del aula. Respiré hondo y recé para que Bambi se quedara donde estaba durante el resto de la clase. Con ella en mi piel, me sentía como si tuviera un tic muy fuerte. Retorcerme cada cinco segundos no iba a beneficiar a mi popularidad, o más bien mi falta de ella. Por suerte, ahora que el tiempo era mucho más frío y Acción de Gracias se acercaba con rapidez, podía llevar cuellos altos y mangas largas para ocultar de la vista a Bambi sin

levantar sospechas. Bueno, al menos mientras no decidiera trepar hasta mi cara, algo que le gustaba hacer siempre que Zayne se encontraba cerca. Era un Guardián verdaderamente guapo, miembro de una raza de criaturas que podían parecer humanos a voluntad, pero cuya verdadera forma era lo que los humanos llamaban gárgolas. Los Guardianes tenían la tarea de proteger a la humanidad cazando las cosas que acechaban por la noche… y por el día. Yo había crecido con Zayne y había desarrollado un encaprichamiento brutal por él durante años. Bambi se movió y su cola me hizo cosquillas en el lateral del estómago. No tenía ni idea de cómo Roth había sido capaz de aguantar que Bambi le trepara por todas partes. Se me cortó el aliento cuando un pinchazo profundo e implacable me atravesó el pecho. Sin pensar, llevé la mano hasta el anillo con la piedra rajada que colgaba de mi cuello; el anillo que había contenido la sangre de mi madre, la mismísima Lilith. Sentir el frío metal entre los dedos resultaba calmante. No por el lazo familiar, ya que

en realidad no quería tener ninguna clase de relación con mi madre, sino porque junto a Bambi era mi último y único enlace con Astaroth, el Príncipe Heredero del Infierno, que había hecho algo que era lo menos demoníaco posible. «Me perdí por completo en el momento en que te encontré». Roth se había sacrificado al ser él quien sujetaba a Paimón, el cabrón responsable de querer liberar una raza de demonios especialmente desagradable, en una trampa demoníaca diseñada para enviar a su prisionero al Infierno. Zayne había estado haciendo los honores de evitar que Paimón escapara, pero Roth… había ocupado el lugar de Zayne. Y ahora estaba en los fosos de fuego. Me incliné hacia delante y apoyé los codos en la fría mesa, sin tener la menor idea de lo que estaba diciendo la señora Cleo en su cháchara. Las lágrimas me quemaron el fondo de la garganta mientras miraba fijamente la silla vacía delante de mí que solía ocupar Roth. Cerré los ojos.

Dos semanas. Habían pasado más o menos trescientas treinta y seis horas desde aquella noche en el antiguo gimnasio, y ni un solo segundo había sido más fácil que el anterior. Dolía como si hubiera pasado una hora antes, y no me parecía que un mes o incluso un año después las cosas fueran a ser diferentes. Una de las cosas más difíciles eran todas las mentiras. Stacey y Sam me habían hecho cientos de preguntas cuando Roth no volvió después de la noche que encontramos La Llave Menor de Salomón (el antiguo libro que contenía las respuestas a todo lo que necesitábamos saber sobre mi madre) porque lo había atrapado Abbot (el líder del clan de Guardianes de Washington D. C., que me había adoptado cuando era una niña). Acabaron parando, pero seguía siendo otro secreto que les ocultaba a ellos, dos de mis amigos más cercanos. A pesar de nuestra amistad, ninguno de los dos sabía lo que era yo: mitad Guardiana y mitad demonio. Y ninguno de los dos se había dado cuenta de que Roth no había tenido mononucleosis y ya está, ni que se había cambiado de instituto. Pero a veces era

más fácil pensar en él de ese modo; decirme que tan solo se encontraba en otro instituto en lugar de en el lugar donde estaba en realidad. El ardor avanzó hasta mi pecho, muy parecido a la lenta ebullición que siempre estaba presente en mis venas. La necesidad de tomar un alma, la maldición que había heredado de mi madre, no había disminuido lo más mínimo durante las últimas dos semanas. Si acaso, me daba la impresión de que había aumentado. La habilidad de quitarle el alma a cualquier criatura que la tuviera era la razón por la que nunca antes me había acercado a un chico. No hasta que llegó Roth. Dado que se trataba de un demonio, el inoportuno problema de las almas quedaba fuera de la ecuación, pues él no tenía. Y, a diferencia de Abbot y casi todo el clan de los Guardianes, incluido Zayne, a Roth le había dado igual que yo fuera mestiza. Me había… me había aceptado tal como era. Me froté los ojos con las palmas de las manos y me mordí el interior de la mejilla. Cuando encontré en el apartamento de Roth mi collar reparado y limpiado, el

que Petr, un Guardián que había resultado ser mi medio hermano, había roto al atacarme, me aferré a la esperanza de que Roth no se encontrara en los fosos de fuego después de todo. De que tal vez hubiera escapado de algún modo, pero con cada día que pasaba esa esperanza había parpadeado como la luz de una vela en mitad de un huracán. Creía más que nada en este mundo que si Roth hubiera podido volver a mí, lo habría hecho a esas alturas, y eso significaba… Cuando noté una presión dolorosa en el pecho, abrí los ojos y solté con lentitud el aliento que había estado conteniendo. La clase parecía un poco borrosa a través de la neblina de las lágrimas sin derramar. Pestañeé un par de veces mientras me desplomaba sobre el respaldo de mi asiento. Lo que había en la diapositiva del proyector no tenía ningún sentido. ¿Era algo sobre el ciclo de la vida? No, eso era en El rey león. Iba a suspender la asignatura. Supuse que al menos debería tratar de tomar apuntes, así que tomé el bolígrafo y… En la parte delantera de la clase, las patas de metal de una silla arañaron el

suelo, produciendo un fuerte chirrido. Un chico salió disparado de su silla, como si alguien le hubiera prendido fuego al asiento. Un débil resplandor amarillo lo rodeaba; su aura. Yo era la única que podía verla, pero chisporroteaba de forma errática, parpadeando. Ver el aura de la gente, un reflejo de sus almas, no era nada nuevo para mí. Eran de toda clase de colores; a veces una mezcla de más de dos, pero nunca había visto una temblando de ese modo. Miré a mi alrededor y la mezcla de auras relució débilmente. ¿Qué demonios? La mano de la señora Cleo se quedó paralizada sobre el proyector mientras fruncía el ceño. –Dean McDaniel, ¿qué demonios estás…? Dean giró sobre sus talones y miró a los dos chicos que estaban sentados detrás de él. Se encontraban reclinados en sus asientos, con los brazos cruzados y los labios curvados en idénticas sonrisas de suficiencia. La boca de Dean estaba apretada en una línea delgada, y tenía la cara ruborizada. Me quedé con la boca abierta cuando plantó una

mano sobre el tablero blanco de la mesa y estampó el otro puño contra la mandíbula del chico que tenía detrás. El golpe carnoso resonó en el aula, seguido por varios jadeos de sorpresa. ¡Por todos los santos! Me erguí en mi silla mientras Stacey ponía las manos de golpe sobre nuestra mesa. –Qué cojones… –susurró, mirando con la boca abierta mientras el chico al que Dean le había pegado un puñetazo caía hacia la izquierda y golpeaba el suelo como un saco de patatas. No conocía demasiado bien a Dean. Joder, ni siquiera estaba segura de haberle dicho más que un puñado de palabras durante mis cuatro años en el instituto, pero era tranquilo y corriente, alto y delgado, muy parecido a Sam. Desde luego, jamás habría votado que fuera la clase de chico con más posibilidades de pegarle un buen puñetazo a otro, que encima era mucho más grande que él. –¡Dean! –gritó la señora Cleo, cuyo abundante pecho se elevó mientras corría hacia la pared para encender las luces del techo–. ¿Qué estás…?

El otro chico se levantó rápido como una flecha y apretó las manos en unos puños grandes a sus costados. –¿Qué coño te pasa? –Rodeó la mesa y se quitó la sudadera con cremallera–. ¿Te quieres llevar una buena? Las cosas siempre se ponían chungas cuando la gente comenzaba a quitarse la ropa. Dean soltó una risita mientras se dirigía hacia el pasillo entre las mesas. Las sillas chirriaron cuando los estudiantes se apartaron de su camino. –Ah, desde luego que quiero. –¡Pelea de chicos! –exclamó Stacey mientras escarbaba en su bolso y sacaba el móvil. Varios estudiantes más estaban haciendo lo mismo–. Por mi madre que tengo que grabar esto. –¡Chicos! Parad ahora mismo. –La señora Cleo golpeó la pared con la mano, apretando el intercomunicador que conectaba directamente con la secretaría. Sonó un pitido y ella se volvió hacia él a toda prisa–. ¡Necesito al guardia de seguridad en el aula doscientos cuatro inmediatamente! Dean se lanzó contra su oponente y lo derribó al suelo. Los brazos volaron

mientras rodaban hasta las patas de una mesa cercana. Stacey y yo nos encontrábamos a salvo al fondo del aula, pero nos levantamos de todos modos. Un escalofrío me recorrió la piel cuando Bambi se movió sin aviso alguno y pasó la cola por encima de mi estómago. Mi amiga se puso de puntillas y se estiró, pues al parecer necesitaba un ángulo mejor para su móvil. –Esto es… –¿Rarísimo? –sugerí, e hice una mueca cuando el chico lanzó un buen golpe que echó hacia atrás la cabeza de Dean. Stacey me miró arqueando una ceja. –Yo iba a decir «increíble». –Pero se están… Di un respingo cuando la puerta del aula se abrió de golpe y golpeó la pared. Los guardias de seguridad irrumpieron dentro y se dirigieron directamente hacia la pelea. Un tío grandote rodeó a Dean con los brazos y lo apartó del otro estudiante mientras la señora Cleo revoloteaba por el aula como un colibrí nervioso, aferrándose al

hortera collar de cuentas con ambas manos. Un guardia de seguridad de mediana edad se arrodilló junto al chico que Dean había golpeado. Solo entonces me di cuenta de que no se había movido ni una vez desde que cayó al suelo. Sentí un cosquilleo de intranquilidad en las tripas que no tenía nada que ver con Bambi moviéndose otra vez mientras el guardia se inclinaba sobre el chico boca abajo y colocaba una mano cerca de su pecho. El guardia se apartó de golpe y llevó la mano al micrófono que tenía en el hombro. Tenía la cara tan blanca como el papel de mi cuaderno. –Necesito a un técnico de emergencias de inmediato. Tengo a un adolescente, de unos diecisiete o dieciocho años. Se le está formando un moratón visible a lo largo del cráneo. No respira. –Dios mío –susurré, aferrando el brazo de Stacey. El silencio cayó sobre la clase, apagando la cháchara emocionada. La señora Cleo se detuvo junto a su escritorio y sus carrillos se menearon en silencio. Stacey tomó aliento mientras bajaba el teléfono.

El silencio que siguió a la llamada quedó roto cuando Dean echó la cabeza hacia atrás y se rio mientras el otro guardia de seguridad lo sacaba a rastras del aula. Stacey se colocó detrás de las orejas el pelo negro que le llegaba hasta los hombros. No había tocado la porción de pizza de su plato ni la lata de refresco. Y yo tampoco. Probablemente estaba pensando más o menos lo mismo que yo. El director Blunt y la consejera académica a la que yo nunca había prestado mucha atención nos habían dado a todos los estudiantes de la clase la opción de volver a casa. No tenía quien me llevara. Morris, que era el chófer del clan, el empleado de mantenimiento y un tío increíble, seguía en la lista de no montar conmigo en coche, dado que la última vez que habíamos estado en uno juntos un taxista había tratado de reventar nuestro vehículo. Y tampoco quería despertar a Zayne o a Nicolai; la mayoría de los Guardianes de sangre completa dormían profundamente durante el día, encerrados en sus duros caparazones. Y Stacey no quería estar en casa con su hermano pequeño, así que allí estábamos, en la cafetería.

Pero ninguna de las dos tenía apetito. –Estoy oficialmente traumatizada –declaró, y después respiró hondo–. En serio. –Ni que el tío hubiera muerto –replicó Sam con la boca llena de pizza. Sus gafas con montura de alambre se deslizaron hasta la punta de su nariz. Tenía el pelo castaño y rizado sobre la frente. Su alma, una débil mezcla de amarillo y azul, parpadeó al igual que las de todos los demás desde aquella mañana, pestañeando como si estuviera jugando a cucú conmigo–. He oído que lo reanimaron en la ambulancia. –Eso sigue sin cambiar el hecho de que vimos que le pegaban un puñetazo en la cara a alguien con tanta fuerza que se murió justo delante de nosotros –insistió ella, con los ojos muy abiertos–. ¿O es que no lo entiendes? Sam se tragó el bocado de pizza. –¿Cómo sabéis si se murió realmente? Solo porque un aspirante a policía dijera que alguien no estaba respirando no significa que sea cierto. –Echó un vistazo a mi plato–. ¿Vas a comerte eso? Negué con la cabeza, un poco aturdida.

–Toda tuya. –Un segundo después, me quitó del plato el trozo de pizza con pequeños dados de pepperoni. Su mirada se dirigió a la mía–. ¿Te encuentras bien? – pregunté. Él asintió con la cabeza mientras masticaba. –Lo siento. Sé que no sueno muy comprensivo. –¿Tú crees? –murmuró Stacey con voz seca. Un dolor apagado ardió detrás de mis ojos mientras llevaba la mano al refresco. Necesitaba cafeína. También necesitaba descubrir qué demonios estaba pasando con las auras de todo el mundo, que no dejaban de parpadear. Las sombras coloridas alrededor de un humano representaban la clase de alma que tenía: blanca para un alma completamente pura; los colores pastel eran los más comunes y normalmente indicaban un alma buena, y cuanto más oscuros eran los colores, más cuestionable era el estatus del alma de una persona. Y si alguien no tenía el revelador halo a su alrededor, eso significaba que no tenía alma. Es decir, que era un demonio. Ya no estaba identificando demasiado, otra estupenda habilidad que tenía gracias a

mi ascendencia mezclada. Si tocaba a un demonio, era el equivalente a pegar una señal de neón en su cuerpo, lo cual hacía más fácil que los Guardianes los encontraran. Bueno, no funcionaba con los demonios de Nivel Superior. Pocas cosas lo hacían. No dejé de hacerlo por lo que pasó con Paimón, ni porque me hubieran prohibido salir a identificar. Abbot me había levantado el castigo de por vida después de la noche en el gimnasio, pero me sentía mal identificando demonios al azar, sobre todo ahora que sabía que muchos de ellos podían ser inofensivos. Cuando sí identificaba, iba a por los Impostores, ya que eran peligrosos y tenían el hábito de morder a la gente, y dejaba en paz a los Esbirros. Y la verdad era que el cambio en mi rutina de identificación era todo gracias a Roth. –Es solo que lo más probable es que esos dos idiotas se estuvieran metiendo con Dean –continuó Sam mientras se terminaba la pizza en un nanosegundo–. La gente acaba explotando. –La gente normalmente no tiene puños que podrían considerarse armas letales –

replicó Stacey. Mi móvil sonó, atrayendo mi atención. Me incliné y lo saqué de la mochila. Las comisuras de mi boca se elevaron cuando vi que era de Zayne, aunque el dolor detrás de mis ojos se incrementó de forma constante. «Nic va a x ti. Nos vemos en la sala d entrenamiento cuando llegues.» Ah, entrenamiento. El estómago se me sacudió de forma extraña, una reacción familiar cuando tocaba entrenar con Zayne. Porque en algún punto durante los forcejeos y las técnicas de evasión se ponía sudoroso, e inevitablemente acababa quitándose la camiseta. Y, bueno, aunque seguía sintiendo un fiero dolor por la pérdida de Roth, ver a Zayne sin camiseta era algo que anhelaba. Y Zayne… siempre había significado muchísimo para mí. Eso no había cambiado y jamás lo haría. Cuando me llevaron con el clan por primera vez, yo estaba aterrorizada y me había escondido de inmediato en un armario. Había sido Zayne quien me había convencido para salir, con un osito de peluche nada nuevo en las manos a quien yo había llamado Señor Mocoso. Desde entonces, había estado pegada a la cadera de Zayne. Bueno, hasta que Roth llegó. Zayne había sido mi único aliado, la única

persona que sabía lo que yo era, y… Dios, había estado ahí para mí, me había ayudado a soportar el último par de semanas. –En cualquier caso… –Sam arrastró las palabras mientras yo enviaba un «vale» rápido a Zayne y guardaba el teléfono otra vez en mi mochila–. ¿Sabíais que cuando las serpientes nacen con dos cabezas, luchan la una contra la otra por la comida? –¿Qué? –preguntó Stacey, arrugando las cejas como dos pequeñas líneas furiosas. Él asintió con la cabeza y sonrió un poco. –Sip. Es como una especie de lucha a muerte… contigo mismo. Por alguna razón, parte de la rigidez abandonó mi postura cuando Stacey soltó una risa atragantada y dijo: –Tu capacidad para almacenar conocimiento inútil nunca dejará de sorprenderme. –Por eso me quieres. Stacey pestañeó y sus mejillas se llenaron de calor. Me echó un vistazo, como si por alguna razón yo tuviera el deber de ayudar con su encaprichamiento recién descubierto por Sam. Yo era la última persona en la faz de la Tierra que pudiera ayudar a

nadie en lo relativo al sexo opuesto. Tan solo había besado a un chico en toda mi vida. Y había sido un demonio. Así que… Stacey se rio en voz alta y alegre mientras tomaba su refresco. –Lo que tú digas. Molo demasiado para el amor. –De hecho… Sam parecía estar a punto de explicar alguna clase de hecho aleatorio sobre el amor cuando noté una punzada de dolor ardiente en la cabeza. Tomé un aliento corto, me presioné los ojos con las palmas y los cerré con fuerza para amortiguar la sensación de la punzada ardiente. Fue feroz y rápida, y acabó nada más empezar. –¿Layla? –preguntó Sam–. ¿Te encuentras bien? Asentí lentamente con la cabeza mientras bajaba la mano y abría los ojos. Sam me devolvió la mirada, pero… Inclinó la cabeza hacia un lado. –Estas un poco pálida.

El mareo me recorrió mientras continuaba mirándolo fijamente. –Tú… –¿Yo? ¿Eh? –Frunció el ceño y lanzó un vistazo rápido a Stacey–. ¿Que yo qué? No había nada rodeando a Sam, ni un solo rastro del azul de huevo de petirrojo ni el suave amarillo como de mantequilla. El corazón me dio un vuelco mientras me giraba hacia Stacey. El débil verde de su aura también había desaparecido. Eso significaba que ni Sam ni Stacey tenían… No, sí que tenían almas. Sabía que las tenían. –¿Layla? –dijo Stacey con suavidad, tocándome el brazo. Me giré y examiné la cafetería abarrotada. Todos parecían normales, salvo porque no había ningún halo alrededor de ninguno de ellos. Ningún tono suave de color. El pulso se me aceleró y sentí unas gotas de sudor en la frente. ¿Qué estaba pasando? Busqué a Eva Hasher, cuya aura me resultaba demasiado familiar, y la encontré sentada a unas cuantas mesas de la nuestra, rodeada por lo que Stacey describía con cariño como su séquito de zorras. Junto a ella se encontraba Gareth, que de vez en cuando salía con ella. Estaba inclinado hacia delante, con los brazos cruzados sobre la

mesa. Tenía la mirada perdida y los ojos rojos y vidriosos. Le gustaban las fiestas, pero no recordaba haberlo visto nunca colocado en el instituto. No había nada a su alrededor. Dirigí la mirada hacia Eva. Normalmente había un halo de color púrpura que rodeaba a la increíblemente sexy morena, lo que significaba que llevaba ya un tiempo cayendo en el estatus de alma cuestionable. La necesidad de saborear su alma siempre era muy grande. Pero el espacio que le rodeaba también se encontraba vacío. –Ay, Dios mío –susurré. La mano de Stacey se tensó sobre mi brazo. –¿Qué está pasando? Volví a dirigir la mirada hacia la suya. Seguía sin tener aura. Hice lo mismo con Sam. Nada. No podía ver ni una sola alma.

Capítulo dos El resto de la tarde transcurrió en una neblina. Odiaba pensar que Stacey y Sam

estaban acostumbrados a mis cambios de humor aleatorios y a mis desapariciones, pero así era. Ninguno de los dos me presionó sobre mi extraño comportamiento. Cuando vi a Nicolai esperándome delante del instituto, supe que mis habilidades demoníacas superespeciales se habían ido al infierno. Todos los Guardianes tenían almas puras, un precioso resplandor blanco que sabía a gloria. Incluso Petr tenía un alma pura, a pesar del hecho de que era un tío de lo peor y había tratado de matarme. Pero Nicolai, un Guardián que sabía que era tan bueno como Zayne, no tenía ese día su resplandor blanco habitual. Me monté en su Escalade negro, con los ojos muy abiertos mientras cerraba la puerta detrás de mí. Me dirigió una mirada rápida. Nicolai rara vez sonreía desde que había perdido a su mujer y a su único hijo durante el parto. Yo solía recibir más sonrisas que la mayoría, pero no desde la noche en que el clan me había pillado con Roth. –¿Te encuentras bien? –preguntó, con unos ojos azules idénticos a los de Zayne. Todos los Guardianes tenían unos ojos azules y brillantes que parecían un cielo de

verano antes de una tormenta. Los míos eran de un gris pálido, como si hubieran perdido todo el color, un producto de la sangre demoníaca de mi interior. Al ver que no hacía más que mirarlo como una tonta, su hermoso rostro se arrugó un poco cuando frunció el ceño. –¿Layla? Pestañeé como si estuviera saliendo de un trance y clavé la mirada en la gente que abarrotaba la acera. El cielo estaba encapotado de una lluvia fría reciente y las nubes eran gruesas, como si tuvieran más agua que descargar, pero no había rastros de ningún alma por ninguna parte. Negué con la cabeza. –Estoy bien. No volvimos a hablar durante el trayecto innecesariamente largo hasta el complejo que había más allá del puente. El tráfico siempre era un coñazo. Cuando Morris me llevaba, no hablaba (jamás hablaba), pero yo fingía tener una conversación con él. Con Nicolai, la cosa era de lo más incómoda. Me pregunté si seguiría pensando que había traicionado al clan al ayudar a Roth a encontrar La Llave Menor de Salomón, si volvería a

sonreírme otra vez. Pareció que habían pasado treinta minutos y diez años cuando el Escalade se detuvo con suavidad delante del complejo. Como siempre, tomé la mochila y abrí la puerta. Lo había hecho tantas veces que no miré dónde ponía el pie. Sabía que el bordillo del camino lateral que llevaba a los escalones del porche estaría ahí. Pero cuando bajé, mi bota solo encontró aire. Perdí el equilibrio y agité las manos mientras caía hacia delante. Mi mochila cayó a un lado cuando bajé con las palmas por delante. Bambi se movió sin previo aviso y me recorrió la cintura como si quisiera que no la aplastara al caer. Era de mucha ayuda. Logré sujetarme antes de caer de cara contra el pavimento y me deslicé sobre la piedra resbaladiza y rota. La piel de las manos se me desgarró y noté unos débiles mordiscos de dolor. Nicolai salió del Escalade y apareció junto a mí en tiempo récord, maldiciendo sonoramente.

–¿Te encuentras bien, pequeña? –Au –gimoteé, apoyándome sobre las rodillas mientras levantaba las manos magulladas. Aparte de sentirme como una gacela de tres patas, estaba bien. Con las mejillas rojas, me mordí el labio para evitar soltar un torrente de maldiciones. –Estoy bien. –¿Estás segura? –Me rodeó la parte superior del brazo con la mano para ayudarme a ponerme en pie. Bambi cambió de posición en cuanto el Guardián me tocó, y la noté trepando hacia el lateral de mi cuello, hasta llegar a mi mandíbula. Nicolai también la vio, y apartó la mano de golpe. Se aclaró la garganta mientras fijaba la mirada en mis ojos–. Te has arañado las palmas. –Se curarán. –Y se curarían en cuestión de horas. Esperaba que Bambi volviera a un lugar menos visible en ese tiempo. Había un montón de razones por las que a ninguno de los Guardianes les gustaba verla–. ¿Qué ha pasado con el bordillo? –Ni idea. –Nicolai frunció el ceño mientras miraba fijamente la piedra gris desmoronada–. Habrá sido por toda la lluvia. –Qué raro –murmuré mientras veía mi mochila en un charco. Suspiré mientras iba

hacia allí pisando fuerte y la sacaba de la porquería. Nicolai me siguió cuando subí los escalones. –¿Estás segura de que no te has hecho daño? Puedo pedirle a Jasmine que te mire las manos. No tenía ni idea de por qué seguía ahí Jasmine, un miembro del clan de Guardianes de Nueva York. Su hermana pequeña Danika, la hermosa gárgola de sangre completa que quería hacer bebés con Zayne, era otra historia. Claro que, teniendo en cuenta todo lo que Roth y yo habíamos compartido, en realidad no tenía derecho a sentirme celosa. Pero la amarga quemazón estaba ahí cada vez que veía a esa belleza de pelo oscuro. La doble moral era un asco, pero es lo que hay. –En serio. Estoy bien –aseguré mientras esperaba a que Geoff, oculto en algún lugar de las tripas del complejo, abriera las puertas–. Es solo que evidentemente no soy muy grácil. Nicolai no respondió y, gracias al niño Jesús y a los angelitos, la puerta delantera se abrió. Con cuidado de no pisar un agujero inesperado en el suelo, dejé la mochila al otro

lado de la puerta y me apresuré a subir hasta mi habitación. Buenas noticias. No me caí por la escalera, y Bambi decidió apartarse de mi cara y volvió a enroscarse por mi cuerpo. El tráfico y mi caída de cara inesperada me hicieron llegar tarde al encuentro con Zayne, pero mientras me quitaba las botas no sabía muy bien lo concentrada que iba a estar en el entrenamiento, teniendo en cuenta que parecía haberme desaparecido de pronto un cable del cerebro. ¿Por qué ya no podía ver las almas? ¿Y qué significaba eso? Tenía que decírselo a alguien; se lo diría a Zayne, pero no a su padre. Ya no confiaba demasiado en Abbot. No desde que descubrí que él había sabido todo el tiempo quiénes eran mis padres. Y estaba muy segura de que él tampoco confiaba en mi culito rosado al cien por cien. Saqué unos pantalones de chándal y una camiseta de la cómoda y los tiré sobre la cama. Recorrí mi habitación en calcetines, me desabroché los vaqueros y me quité el jersey. La electricidad estática chisporroteó en mi pelo suelto, haciendo que unos

mechones finos se me pusieran de punta alrededor de la cabeza. Zayne sabría qué hacer. Desde que Roth… La puerta de la habitación se abrió de golpe y Zayne irrumpió dentro. –Nicolai me ha dicho que… Dios santo. Me quedé paralizada junto a la cama y mis ojos crecieron hasta el tamaño de naves espaciales. Joder. Seguía teniendo el jersey enredado en un brazo, pero no llevaba más que el sujetador, el sujetador negro; y los vaqueros, que estaban medio desabrochados. No sabía por qué el color de mi sujetador suponía alguna diferencia, pero me quedé ahí plantada y boquiabierta. Zayne se había quedado inmóvil y, al igual que con Nicolai, no veía ningún resplandor perlado rodeándolo. Pero en ese momento me preocupaba más lo que Zayne veía: a mí, de pie frente a él en sujetador; en sujetador negro. Sus hermosos ojos azules estaban muy abiertos y sus pupilas eran ligeramente verticales. Su ondulado pelo rubio, que se había cortado recientemente, seguía siendo lo bastante largo como para enmarcar unos pómulos anchos. Sus labios carnosos estaban entreabiertos.

Había crecido con Zayne a mi lado durante diez años. Él era cuatro años mayor que yo, y yo lo había idolatrado como lo haría cualquier hermana pequeña, pero nada de lo que sentía por él, al menos en el último par de años, era fraternal. Lo había deseado desde que fui lo bastante mayor como para apreciar unos abdominales duros como rocas en un tío. Pero Zayne había estado y siempre estaría fuera de mis posibilidades. Era un Guardián de sangre completa y, aunque en esos momentos no podía ver su alma, sabía que tenía una y que era pura. Y, aunque él no había tenido ningún problema en acercarse mucho a mí en el pasado, una relación con alguien con alma sería demasiado peligrosa, teniendo en cuenta que los convertiría en un batido con sabor a alma. Y su padre esperaba que se reprodujera con Danika. Puaj. Pero en ese momento, su potencial futuro teniendo hijos con Danika parecía muy lejos de esa habitación. Zayne me estaba mirando como si nunca me hubiera visto de

verdad y, sinceramente, no se me ocurría ninguna vez que me hubiera visto siquiera en bikini, y mucho menos en sujetador. Traté de no pensar en las braguitas rojas con lunares que asomaban desde debajo de la apertura de mis vaqueros. Y entonces me di cuenta de lo que estaba mirando. Un rubor recorrió mis mejillas, y después seguí su mirada hasta bajar por mi cuello y más abajo. Sentía la cola de Bambi moviéndose junto a mi columna. Estaba enroscada alrededor de mi cintura, con el largo cuello estirado entre mis pechos. Su cabeza descansaba sobre mi pecho derecho, como si fuera su propia almohada personal, justo debajo de donde colgaba mi collar. La mirada de Zayne recorrió el tatuaje, y me encogí mientras el rubor se profundizaba. ¿Qué era lo que debía de estar pensando al ver a Bambi tan descaradamente a la vista, un recordatorio directo de lo diferente que era yo de él? No quería saberlo. Dio un paso hacia delante y volvió a detenerse mientras su mirada subía con la suficiente intensidad como para sentirla como una caricia física. Algo cambió en mi interior, y la vergüenza se desvaneció en una embriagadora calidez. Una

sensación de pesadez se asentó en mi estómago y los músculos de la parte baja de mi estómago se tensaron. Sabía que tenía que ponerme el jersey o, al menos, tratar de cubrirme, pero había algo en su forma de mirarme que me mantenía inmóvil, y… y quería que me viera. Que viera que ya no era la niña pequeña que se escondía en el armario. –Dios –dijo, hablando al fin con una voz que retumbaba profunda y gravemente–. Eres preciosa, Layla. Un regalo. Mi corazón dio una voltereta hacia atrás, pero tenían que habérseme estropeado también los oídos, porque sabía que eso no era lo que había dicho. En el pasado me había dicho que era guapa, pero nunca preciosa…, nunca que era un regalo. No con mi pelo, tan pálido que podía considerarse blanco, ni con el hecho de que casi tenía el aspecto de una muñeca demente, con los ojos y la boca demasiado grandes para mi cara. O sea, no era fea, pero tampoco era Danika. Ella era toda sedoso pelo negro, alta y miembros gráciles. Era impresionante.

Yo acababa de caerme de un coche tan solo unos minutos antes y podía hacerme pasar por una albina desde cierta distancia. –¿Qué? –susurré, cruzando los brazos con jersey y todo por encima de mi estómago. Él negó con la cabeza hacia un lado mientras caminaba, no, corría hacia mí, con cada paso lleno de propósito y con la gracia inherente que volvería envidioso a un bailarín. –Eres preciosa –dijo, con los ojos de un brillante y luminoso tono de azul–. Creo que nunca te lo había dicho. –No lo habías hecho, pero no soy… –No digas que no lo eres. –Su mirada volvió a bajar hasta el lugar donde descansaba la cabeza de Bambi y el aire se me escapó entre los labios separados. Por una vez, el familiar demoníaco no se movió–. Porque lo eres, Layla. Eres preciosa. Se me formó la palabra «gracias» en la punta de la lengua, porque parecía que era lo que debía decir, pero la palabra murió cuando Zayne levantó una mano. El tirante de mi sujetador se había deslizado por la parte superior del brazo, y Zayne metió dos dedos bajo él. Su piel rozó la mía y un ligero escalofrío me recorrió el cuerpo.

Una extraña oleada de posesividad me golpeó. Era la necesidad de reclamarlo, tan profunda y tan fuerte que se me debilitaron las rodillas y el aliento se me quedó atascado en la garganta. Mientras deslizaba el tirante hacia arriba por mi brazo, sus dedos me rozaban la piel, y el anhelo estaba tan arraigado que sabía que era mío, pero algo en él era extraño. Era una sed que sentía, pero… Su mirada chocó con la mía y vi que sus pupilas estaban completamente verticales. Se me quedó la boca seca, y durante un salvaje segundo pensé que iba a besarme. Cada músculo de mi cuerpo se tensó, haciendo que la cola de Bambi se moviera sobre mi columna. Ni un millar de fantasías, y había tenido muchas con Zayne, podrían haberme preparado para ese momento. Zayne… lo había significado todo para mí antes de que Roth… Roth. El aire me subió por la garganta al pensar en el demonio de ojos dorados. Su imagen se formó con facilidad en mi mente: pelo tan oscuro como la obsidiana, pómulos altos y

angulares, labios curvados en una sonrisita sabelotodo que me había enfurecido y emocionado. ¿Cómo podía estar ahí con Zayne, queriendo que me besara (porque eso era lo que quería) cuando acababa de perder a Roth? Pero en realidad nunca había tenido a Roth, y besar a Zayne era imposible. Con lo que parecía ser un gran esfuerzo, apartó la mirada de mí y miró por encima del hombro. Por todos los santos, la puerta se encontraba abierta. Cualquiera podía haber pasado por ahí y verme allí en sujetador… en sujetador negro. El calor me cubrió la cara otra vez mientras retrocedía y me apresuraba a ponerme el jersey. Me giré y me alisé el pelo lleno de estática con las manos. Sentía la cara como si hubiera estado tostándome al sol durante una tormenta solar, y no tenía ni idea de qué decir mientras me abrochaba los vaqueros con dedos temblorosos. Zayne se aclaró la garganta, pero cuando habló su voz seguía siendo más profunda y áspera de lo normal. –Supongo que debería haber llamado, ¿eh? Conté hasta diez, me volví y me obligué a encogerme de hombros como si

nada. Él seguía mirándome fijamente, como si no me hubiera puesto el jersey. –Yo lo hago todo el tiempo contigo. –Sí, pero… –Levantó las cejas mientras se frotaba la mandíbula con la mano–. Lo siento, por eso y por lo de… eh, lo de mirarte. Ahora me sentía como si hubiera pegado la cara al sol. Mientras me sentaba en el borde de la cama, me mordí el labio. –No pasa nada. Solo es un sujetador, ¿verdad? No es para tanto. Se sentó junto a mí e inclinó la cabeza en mi dirección. Unas gruesas pestañas doradas protegían sus ojos. –Sí, no es para tanto. –Hizo una pausa, y entonces sentí que apartaba la mirada de mí–. He subido porque Nicolai me dijo que te caíste fuera. –Ay, Dios. Me había olvidado de mi humillante caída–. ¿Te encuentras bien? Levanté las manos. Tenía las palmas arañadas y rosas. –Sip. Estoy bien, pero el bordillo no. ¿Tienes alguna idea de lo que le ha pasado? –No. –Estiró la mano para tomarme la mía. Me recorrió las heridas con suavidad utilizando el pulgar–. No estaba así esta mañana cuando volví de cazar. –

Levantó las pestañas–. ¿Le has pedido a Jasmine que te mire las manos? Por muy agradable que fuera que me tomara la mano, la liberé de él con un suspiro. Jasmine tenía un talento natural en lo relativo a trabajar con hierbas curativas y todas esas cosas. –Estoy bien. Ya sabes que estas marcas mañana habrán desaparecido. Me observó durante un segundo y después se echó hacia atrás sobre mi cama y se apoyó en un codo. –Por eso es por lo que he subido. Pensaba que te habías hecho más daño del que le habías dicho a Nicolai y por eso no habías bajado a la sala de entrenamiento. Me volví hacia él y lo observé mientras tomaba al Señor Mocoso con la otra mano. Lo sentó entre nosotros y yo sonreí. –Nicolai también dijo que actuabas de forma extraña en el coche –añadió después de un latido. Los Guardianes eran como viejas cotorras cotillas en sus quedadas semanales para ir al bingo, pero era cierto que tenían razones para sospechar de mí. Me puse el pelo por

detrás de las orejas. –Hoy ha pasado algo. Su mano grande se quedó inmóvil sobre el osito y sus ojos se cruzaron con los míos. –¿El qué? Aparté a un lado el asunto del sujetador y de estar medio desnuda para obsesionarme después, me acerqué a él y bajé la voz, consciente de que la puerta seguía estando abierta. –No sé cómo ni por qué pasó, pero en clase de Biología mi visión empezó a emborronarse un poco. Frunció el ceño. –Explica. –Son las almas. En clase de Biología me di cuenta de que las auras parecían… parpadear, y entonces, en la comida, se desvanecieron por completo. –¿Por completo? –Asentí con la cabeza y Zayne se sentó con un movimiento fluido. –¿No puedes ver ningún alma? –No –susurré. –¿Ni siquiera la mía? –No puedo ver ninguna. –El pulso se me aceleró mientras comenzaba a asimilarlo–.

La de nadie. Es como con los demonios, no veo nada alrededor de nadie. Levantó la pierna mientras se inclinaba hacia mí y habló en voz baja: –Y esto acaba de pasar. Estaban parpadeando, ¿y después desaparecieron? Volví a asentir con la cabeza mientras el estómago se me retorcía en unos pequeños nudos. –Durante la comida noté un dolor muy fuerte detrás de los ojos, así que los cerré. Cuando volví a abrirlos, todas las auras habían desaparecido. De golpe. –¿Y no pasó nada más? –Cuando negué con la cabeza, él se frotó un punto encima del corazón–. ¿No has entrado en contacto con… con ningún demonio? –No –respondí con rapidez–. Te lo habría dicho de inmediato. Una expresión tensa apareció en su cara durante un momento y noté que algo se retorcía en mi pecho. Por supuesto que no esperaba que se lo dijera de inmediato. Había estado dos meses mintiéndole sobre lo de Roth. –No tienes razones para creerte eso, y sé… sé que te he mentido antes. – Tragué saliva cuando apartó la mirada. Un músculo palpitaba en su mandíbula–. Y lo siento por ello, pero pensaba… –Pensabas que estabas haciendo lo correcto al no contarnos nada sobre él y la

búsqueda de la Llave Menor –dijo en voz baja, sin pronunciar su nombre–. Y lo comprendo. Estoy tratando de no echártelo en cara. Levanté las piernas y las pegué contra mi pecho. –Lo sé. Me echó un vistazo y su expresión se suavizó tras unos momentos. –Vale. ¿Entonces no pasó nada más? De acuerdo. –Soltó aire de forma prolongada mientras negaba con la cabeza–. No sé. En realidad no hay nadie a quien preguntarle. No hay ningún otro… –¿Demonio? –Sí, eso. No hay ningún otro demonio cerca que pueda hacer lo mismo que tú, así que eso nos deja con muy pocas opciones. Mi madre podía ver las almas, o al menos eso era lo que me había dicho Roth. Pero no era como si pudiera preguntárselo, ya que en esos momentos se encontraba encadenada en el Infierno. –A lo mejor solo es temporal –sugirió, y estiró la mano para apartarme un mechón de pelo rubio tan claro que prácticamente era tan blanco como mi cara–. Así que será

mejor que no nos asustemos hasta saberlo seguro, ¿de acuerdo? Asentí con la cabeza, pero ya estaba empezando a asustarme. –No voy a poder identificar demonios. Zayne inclinó la cabeza hacia un lado. –En realidad no has estado identificando demasiado últimamente, así que eso es lo último de lo que tienes que preocuparte, bichito. –No se lo dirás a Abbot, ¿verdad? –No si no quieres que lo haga. –Hizo una pausa–. Pero ¿por qué no quieres que lo sepa? Me encogí de hombros, pues en realidad no quería hablar sobre su padre. Zayne lo quería y confiaba en él. Me observó durante unos pocos momentos más y después se estiró sobre un costado. Me ofreció la mano y me sonrió. –¿Quieres que nos saltemos el entrenamiento? El entrenamiento era importante. Evitaba que me reventaran el culo cuando me encontraba con algún demonio, pero asentí con la cabeza. Tomé su mano y dejé que me tumbara junto a él. Nos quedamos así durante unos pocos momentos, yo boca arriba y

Zayne de costado. Siguió sujetándome la mano, con cuidado de no presionar la piel magullada. –¿Qué tal los anhelos últimamente? Suspiré. –Igual que siempre. Hubo una pausa. –¿Has estado comiendo con normalidad? Fruncí el ceño y eché la cabeza hacia atrás para mirarlo. –¿Por qué me preguntas eso? No respondió de inmediato. –Has perdido peso, Layla. Me encogí de hombros. –Probablemente eso sea algo bueno. –No necesitabas perder nada de peso. –Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, pero no alcanzó sus ojos–. Sé que estas últimas dos semanas han sido difíciles para ti. Noté una presión en el pecho, y una bola de emociones se formó en mi garganta. Las últimas dos semanas habían tenido segundos de calidez y luz, pero horas infinitas de oscuridad y pérdida. Nunca había perdido a nadie a quien estuviera tan unida

o que recordara. No sabía cómo llorar la pérdida ni cómo superarla. Echar de menos a Roth es como ver cerrándose en tu cara una puerta hacia una vida que no te habías atrevido a soñar. ¿Qué le estaría pasando en esos momentos? ¿Estaba siendo torturado? ¿Se encontraba bien de alguna forma? Pensaba en esas preguntas tantas veces que eran un eco constante en mi mente. –Sé que te importaba –dijo Zayne, entrelazando los dedos con los míos–. Pero no te olvides de mí. Estoy aquí para ti. Siempre lo estaré. La respiración se me entrecortó con un sollozo. Bajó la cabeza y, tras un segundo, sus labios me rozaron la mejilla. Solo Zayne, que sabía lo que podía hacerle a cualquiera que tuviera alma, se atrevería a acercarse tanto. –¿Vale? –Vale –susurré, y cerré los ojos para amortiguar la familiar quemazón–. No lo haré.

Capítulo tres A la hora de la comida del día siguiente seguía sin ver ningún alma, pero se me ocurrió una idea cuando fingía prestar atención en clase de Inglés mientras la profesora nos aleccionaba sobre las consecuencias del amor insensato en Romeo y Julieta. Llevaba días sin ver a un demonio, y a lo mejor también habría algo diferente en ellos. Tenía sentido. Más o menos. Si los humanos de pronto no tenían sus almas, tal vez también viera alguna diferencia en los demonios, que para empezar no tenían alma. Mientras Stacey disponía su brécol en forma de una cara sonriente y demente, envié un mensaje rápido a Nicolai para que me recogiera en Dupont Circle. Lo leería cuando se despertara y, dado que no sabía lo que me estaba pasando, no le parecería extraño. Para Zayne sería diferente, pero ya lo pondría al día cuando llegara a casa. –¿No ha pasado nada emocionante en la clase de Biología de hoy? –preguntó

Sam, pinchando su brécol con el tenedor de plástico. Stacey negó con la cabeza. –Nop, pero la señora Cleo no estaba. –A la pobre mujer debe de haberle dado un infarto. –Empujé las verduras alrededor de la porquería de carne misteriosa–. Hemos tenido un sustituto hoy… un tal señor Tucker. Mi amiga me sonrió. –Era joven y estaba muy bueno. –¿En serio? –preguntó Sam. Antes de que ella pudiera responder, se inclinó sobre la mesa y le pasó el pulgar por la parte superior de la mejilla. Stacey se quedó inmóvil. Yo me quedé paralizada. Sam sonrió mientras volvía a pasarle el dedo por el pómulo. –Ya está. Volvió a sentarse. –¿Ya está? –murmuró Stacey. Comencé a sonreír.

–Una pestaña –explicó él, con la mirada fija en ella–. ¿Sabías que las pestañas mantienen el polvo alejado de los ojos? –Ajá –respondió Stacey, asintiendo con la cabeza. Sam se rio. –No, no lo sabías. –Sí –susurró ella. Capté la mirada de Sam y me reí. Me encantaba que por fin estuviera empezando a mostrar algo de confianza respecto a Stacey. Era obvio que se había pasado los dos últimos años muy pillado por ella. Lo cual me daba otra idea. Dejando de lado las habilidades demoníacas defectuosas, estaría bien salir y hacer algo… normal. –¿Qué vais a hacer este fin de semana? Stacey pestañeó mientras se apartaba el grueso flequillo de la cabeza. –Tengo que hacer de niñera de mi hermano pequeño el sábado y el domingo. ¿Por qué? –Había pensado que podríamos ver una película, por ejemplo. –Estoy libre casi todas las vacaciones de Acción de Gracias. –Le dirigió a Sam una

sonrisa sorprendentemente tímida–. ¿Y tú? Sam jugueteó con el tapón de su botella de agua. –Yo estoy libre cuando sea. –Dirigió los ojos oscuros hacia mí–. ¿Por qué no invitas a Roth? El corazón me dio un vuelco y abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. Resulta que la propuesta de pasarlo bien acaba de darme un buen golpe en la cara. Echó un vistazo a Stacey. –Eh… creo que he dicho algo malo. ¿Es que ya no quedáis? Pensaba que tan solo estaba yendo a un instituto nuevo o algo así. Dios, cómo deseaba que fuera eso. –Llevo… un tiempo sin hablar con él. Sam hizo una mueca. –Ah. Lo siento. Fijó la mirada en su plato vacío. Stacey se apresuró a dirigir la conversación de vuelta a los planes de cine y, cuando nos marchamos para nuestra siguiente clase, se reclinó contra la taquilla que había junto a la mía con una mueca de simpatía en los labios.

–A Sam no se le dan muy bien las habilidades sociales, ¿verdad? Resoplé mientras sacaba mi libro de Historia. –Parece estar mejorando. –A pasos de bebé. –Se rio, pero enseguida paró–. Esperaba que me dijeras lo que pasa, pero he esperado tanto como he podido. ¿Qué ha pasado contigo y con Roth? Estabais como locos juntos. Se suponía que ibas a pasar la noche con él, pero te pillaron y… –La verdad es que no quiero hablar de ello –dije, cerrando la puerta de la taquilla. A nuestro alrededor, los estudiantes se paseaban por ahí. Era extraño verlos sin sus almas relucientes. Me alisé los leotardos negros con las manos–. No quiero ser borde ni nada, es solo que es… –¿Duro? ¿Muy pronto? Lo pillo. –Inclinó la cabeza hacia un lado y respiró hondo–. Entonces, ¿Sam…? Sonreí al ver que estaba en terreno más seguro. –¿Sí? –Vale. –Se inclinó hacia mí. Una oleada de esperanza salió de ninguna parte y me

golpeó con fuerza. Fue tan fuerte que retrocedí. La sensación de expectación se desvaneció mientras los ojos oscuros de Stacey se iluminaban–. Vale. ¿Soy yo o es que Sam estaba tratando de ligar conmigo? Sacudí la cabeza para disipar la extraña sensación. –Creo que sí. –Ha sido buena idea lo de la película. –Comenzó a caminar junto a mí–. Estoy orgullosa de ti. –No sé por qué no le pides salir y ya está. –Bajé el ritmo mientras nos acercábamos a clase de Historia–. Nunca antes habías tenido problemas en hacerlo. –Lo sé. –Echó la cabeza hacia atrás y frunció el ceño–. Pero es diferente. Es Sam. Le interesan cosas como los ordenadores y los libros y las cosas de frikis. Me reí. Sam era bastante friki, pero un friki mono. –¿Y tú? Suspiró y después me dirigió una amplia sonrisa. –Yo estoy interesada en él. –Entonces, eso es todo lo que importa, ¿verdad? –Supongo. –Se echó un vistazo y se tiró del top rojo que llevaba bajo la rebeca larga, exponiendo la silueta de sus pechos–. Y en clase de Arte descubrirá que

también le interesan las tetas. Deséame suerte. –Buena suerte. –Miré su escote–. Aunque no es que la necesites. Me guiñó un ojo. –Lo sé. Mientras Stacey se alejaba dando saltos, giré sobre mis talones para entrar en la clase y me detuve. Mis cejas se unieron en mi frente. Junto a los baños, había un chico y una chica liándose intensamente. No podía ni decir dónde empezaba uno y dónde terminaba la otra. Estaban apretados contra la pared. La chica había enroscado la pierna alrededor de la cintura del chico, y las caderas de él estaban… vaya. Creo que estaban a punto de hacer un bebé. Estaban a punto de meterse en un buen lío. Las muestras de afecto en público estaban totalmente prohibidas. Incluso tomarle la mano a alguien hacía que los de personal te miraran mal. Pero… Pero el entrenador Dinkerton, el estimado líder de nuestro equipo de fútbol sin victorias, pasó junto a ellos sin hacerles ningún caso. Ni siquiera cuando la pareja se

metió en el baño de las chicas. ¿Qué demonios estaba pasando? Después de clase, me encorvé para meterme más en mi delgada camiseta de cuello alto mientras bajaba por las abarrotadas aceras cerca de Dupont Circle. Habría sido inteligente traer una chaqueta. La falda vaquera y los leotardos realmente no me protegían del viento frío y húmedo, pero no tenía planeado salir. A mi alrededor, la gente deambulaba de un lado a otro. Nadie tenía almas visibles. Tras dos horas de mi experimento improvisado, lo declaré un fracaso gigante. Me pareció ver a unos cuantos Esbirros cerca de un poste telefónico (a los Esbirros les encantaba trastear con las cosas: electrónica, obras de construcción, fuego…), pero era difícil saberlo con seguridad. No habían provocado ningún problema, y no había nada que los distinguiera de la multitud. Podrían simplemente haber sido humanos esperando para cruzar la calle. La noche ya había comenzado a deslizarse sobre la ciudad, haciendo que las farolas se encendieran y proyectaran sombras poco amistosas sobre la mezcla de

edificios nuevos y viejos que había a cada lado de las calles. Apreté el bolso a mi cadera y me dirigí con prisa hacia el parque, manteniéndome cerca de los escaparates. Odiaba admitirlo, pero la paranoia era como un amigo caminando junto a mí. Antes siempre podía confiar en mi habilidad de ver las almas para distinguir a los demonios, y nunca había perfeccionado el instinto natural que tienen otros Guardianes para olfatearlos. De vez en cuando un escalofrío extraño me recorría la nuca, pero no sabía si eso indicaba la presencia de un demonio o no. Era más bien la sensación que tiene uno cuando lo observan. Por lo que yo sabía, cualquiera junto al que pasaba podría haber sido un potencial Impostor o demonio de Nivel Superior. A lo mejor era tan solo que no podía sentir a los demonios como los demás Guardianes. Dios, sería un asco si fuera así. Tenía que averiguar de inmediato si eso era un problema, pero ¿dónde podría encontrar a un puñado de demonios que a ser posible no intentara matarme? Me tropecé cuando se me ocurrió otra idea genial.

El apartamento de Roth junto a los Palisades. Todo el lugar estaba a rebosar de demonios, pero ¿podría volver ahí? ¿Podría enfrentarme a todas las emociones que resurgirían al estar tan cerca de donde vivía? No estaba segura, pero tenía que intentarlo. A lo mejor al día siguiente después de clase podía convencer a Zayne para que fuera conmigo. No le haría demasiada gracia, pero aceptaría… por mí. O a lo mejor al día siguiente me despertaba viendo almas otra vez. Dios, ¿cuántas veces había deseado ser normal según los estándares de los Guardianes? Y ahora que estaba más cerca de serlo, iba a salirme una úlcera, y… La forma surgió de la nada, no más que una espesa sombra que se deslizó fuera del callejón, moviéndose demasiado rápido como para que pudiera gritar siquiera. Un segundo estaba bajando la calle y al siguiente me estaban arrastrando de lado hacia un callejón oscuro y estrecho. Un estallido de agresión se encendió en mi interior y después se desvaneció en un terror intenso y helado cuando el fuerte agarre se aflojó. Caí un par de metros hacia atrás. Mi mochila chocó contra un contenedor de basura mientras yo

golpeaba el frío suelo con el culo. Aturdida, miré a través de una capa de pelo rubio pálido para ver dos ojos de un azul vibrante con pupilas verticales que me miraban. –Demonio –siseó mientras levantaba un cuchillo serrado con una mano–. Prepárate para volver al Infierno.

Capítulo cuatro Santa madre de Dios. Durante un momento, fui incapaz de moverme. Se trataba de un Guardián en su forma humana, aunque solo apenas; uno a quien nunca antes había visto. Y sabía lo que pensaba hacer con ese cuchillo. Una puñalada en el corazón era el método de los Guardianes para enviar a los demonios al Infierno. Cortar la cabeza de los demonios también funcionaba. El momento del miedo paralizador dio paso al instinto, y todas las horas de entrenamiento de evasión entraron en juego. Me puse en pie de un salto, ignorando el

dolor de mi espalda. La hoja cruelmente afilada trazó un arco en el aire mientras yo me lanzaba hacia un lado. –¡Espera! –dije, dando un salto hacia atrás mientras el Guardián se lanzaba hacia mí–. No soy un demonio. Él hizo una mueca de desprecio. Parecía joven y su cara no me era familiar, lo que significaba que no era parte del clan de Washington D. C. –¿Te crees que soy estúpido? Apestas a ellos. ¿Que apestaba? Resistiendo la necesidad de olfatearme, rodeé el contenedor verde con la esperanza de poder razonar con él. –Soy mitad demonio. Me llamo Layla Shaw. Vivo con… Se lanzó hacia delante y yo giré. El cuchillo descendió, atravesó mi jersey y abrió la piel de la parte superior de mi brazo. Grité cuando un dolor ardiente explotó en mis terminaciones nerviosas. Pasó tan rápido que no hubo forma de detenerlo. La necesidad inherente de transformarme se apoderó de mí, y mi piel se tensó mientras Bambi se desenroscaba en su lugar de descanso sobre mi piel. Se derramó en el

aire; una masa de pequeños puntos negros que flotaron entre el Guardián y yo. El déjà vu me golpeó en la cara. Los puntos cayeron al suelo del callejón y giraron hasta formar una gruesa masa que se elevó en el aire y tomó la forma de una serpiente. Nunca antes había visto a Bambi tan grande. Más alta que yo y tan ancha como el Guardián, Bambi siseó como una máquina de vapor y se echó hacia atrás, preparándose para atacar. El Guardián soltó una maldición mientras se apartaba a un lado y se agachaba. Su cuerpo comenzó a transformarse, rasgando la camiseta justo por su ancho pecho. –¿Mitad demonio? Tienes un familiar. –Sí, pero no es lo que piensas. –La sangre goteó por mi brazo mientras avanzaba dando traspiés hacia Bambi. El corazón me latía con fuerza mientras ella abría la boca, mostrando colmillos del tamaño de mis manos. Eché un vistazo hacia la entrada del callejón. En cualquier momento alguien podría entrar, y aunque el Guardián no sería demasiado difícil de explicar, la serpiente del tamaño de un coche era una historia muy

diferente–. Por favor. Déjame que te lo explique. No soy de los malos. –Esta no es la primera vez que un demonio dice eso. El Guardián rodeó a Bambi mientras su piel se oscurecía en un gris profundo. Bambi atacó, y el Guardián esquivó por poco un golpe directo. –¡Bambi! ¡No! –ordené. La serpiente volvió a echarse hacia atrás, y su poderoso cuerpo se enroscó y se tensó–. ¡No te comas al Guardián! –dije, respirando con fuerza a causa del dolor–. Todos necesitamos… El Guardián se lanzó hacia delante y se apartó de debajo de Bambi mientras ella lo atacaba. Se elevó, mitad en forma humana y mitad gárgola. Vi el cuchillo que se balanceaba por el aire. Me levanté del suelo y me tiré hacia él. Me agaché bajo su brazo mientras él hacía bajar el cuchillo. Giré y planté el pie sobre su espalda, y el Guardián cayó sobre una rodilla. –Por favor, para –jadeé, tratando todavía de poner fin a ese horrible malentendido–. Estamos del mismo… El Guardián se giró y volvió a lanzarse hacia mí. No llegó.

La serpiente se tiró hacia él como una bala, yendo directamente hacia la cabeza. –¡Bambi! Demasiado tarde. Como una cobardica, cerré los ojos con fuerza ante el primer chillido agudo. Se me revolvió el estómago cuando una enfermiza sucesión de ruidos de masticación llenaron el callejón. Me giré y miré hacia la entrada. La gente caminaba en ambas direcciones, sin tener ni idea de lo que estaba pasando dentro. Hubo un ruidoso sonido de engullimiento y estuve a punto de vomitar. Bajé la mirada, me puse la mano sobre el brazo izquierdo e hice una mueca cuando el dolor me atravesó. Mi jersey era oscuro, por lo que enmascaraba la sangre, pero esta me goteaba hasta la mano. Mordiéndome el labio, cerré los ojos mientras una oleada de mareo me cubría. Desde luego, estaba claro que tenía mala suerte con los callejones. Bambi me dio un golpecito en la cadera con el morro. Respiré hondo y la miré. Su lengua roja y bífida se meneó en el aire, y entonces ella volvió a golpearme. Levanté la

mirada hasta las sombras del callejón. Además de las ratas, allí solo estábamos ella y yo. –Dios mío –jadeé, acariciándole la cabeza con incomodidad–. De verdad te acabas de comer a un Guardián. Y de verdad que mi vida acababa de volverse mucho más complicada. Logré encontrar una vieja bufanda de seda en el fondo de mi bolso. La utilicé para limpiarme la sangre de la mano y después formé una bola con ella y la mantuve a mi alcance por si acaso comenzaba a chorrear sobre los asientos de cuero de Nicolai. No le dije nada, porque ¿qué podía decirle? Un Guardián había tratado de matarme. Podía estar desangrándome hasta la muerte. Ah, y por cierto, Bambi se comió al Guardián para cenar. Sí, eso iba a explotar como una tonelada de ladrillos con dinamita. Así que me concentré en no desmayarme desde que apareció Nicolai. En cuanto llegara a casa, buscaría a Zayne y… Dios sabía lo que haría después. Necesitaba un programa de reubicación de testigos de asesinatos a Guardianes. Apreté la mandíbula con fuerza para no soltar un gemido cada vez que pasábamos

por un bache, y cuando llegamos al complejo ya me sentía un poco mejor. El corte no podía haber sido tan profundo. Al menos esperaba que no lo fuera, pero, joder, sentía el brazo izquierdo como si fuera un trozo de carne fría. Me apresuré a entrar y me detuve en seco en el vestíbulo. Parecía que unas profundas voces masculinas estuvieran resonando desde cada esquina de la casa. Me asomé al salón, desorientada. Jasmine se encontraba ahí, con los brazos alrededor de un Guardián alto con un pelo espeso y ondulado de un castaño rojizo. Este sostenía a la hija de ambos, Izzy. La niña de dos años estaba en su forma humana, pero dos cuernos de color oscuro sobresalían entre sus rizos rojizos, y sus alas se asomaban por la parte trasera de su camiseta rosa. Drake, su hermano mellizo, intentaba trepar por las piernas de su padre, gruñendo cada vez que saltaba. Dez había vuelto. Y eso significaba que Jasmine y Danika volverían a su casa pronto, porque los miembros de su clan habían vuelto y ya no era necesario que se quedaran con nosotros

por razones de seguridad. Genial. Una mirada extraña arrugó sus hermosas facciones mientras su mirada exploraba a su alrededor. Cuando sus ojos cayeron sobre mí, sus hombros se relajaron un poco, pero la extraña tensión de su cara siguió ahí. –Layla –dijo, y sonrió mientras le entregaba Izzy a Jasmine y se inclinaba, tomaba a Drake y lo abrazaba pegado a su pecho enorme–. Me alegra verte. Pestañeé con lentitud mientras dejaba el bolso detrás de la mesita del vestíbulo. Todavía sujetando la bufanda, me obligué a sonreír. –Hola. ¿Cómo…? ¿Cómo estás? –Bien. Pareces… Unas voces se acercaron y las puertas de la biblioteca de Abbot se abrieron. Como si estuviera moviéndome a través de una neblina, me giré. Salió otro Guardián desconocido, que se detuvo en seco al verme. Al igual que el del callejón, y que el propio Dez, era joven. Probablemente a mitad de la veintena. –¿Qué de…? –dijo, llevando la mano hacia atrás. Por el amor de Dios, como sacara un cuchillo iba a renunciar a la vida en general.

–Maddox. –Dez dio un paso hacia delante y sujetó a Drake mientras este le tomaba un puñado de pelo con sus dedos regordetes–. Esta es Layla. Había un fuerte matiz de advertencia en la voz de Dez que hizo que Maddox se irguiera, como si le hubieran vertido acero en la columna vertebral. Asintió bruscamente con la cabeza y después pasó junto a mí, poniendo tanta distancia que cualquiera pensaría que tenía alguna clase de enfermedad horrible. –¿Has visto a Tomas? –preguntó Maddox mientras me observaba por el rabillo del ojo–. Se fue a la ciudad. ¿Ha vuelto ya? –No –respondió Dez, subiendo en alto a Drake. Tras él, Jasmine me miró con el ceño fruncido. Estaba segura de que sus sentidos de «pájaro herido cerca» se estaban activando. Era una sanadora de la hostia. Y eso era algo que necesitaba desesperadamente, pero tenía que salir de ahí–. Estoy seguro de que volverá pronto. Noté una sensación de terror al tener una idea bastante horrible sobre quién era Tomas… o quién había sido. Ay, Dios. Comencé a dirigirme hacia la escalera, pero la risa profunda y ronca de Zayne atrajo mi atención.

Se encontraba en la biblioteca con Geoff, nuestra gárgola tecnológica experta en artilugios, y su padre. Algunos de los otros miembros del clan también estaban ahí. Abbott se había sentado tras su escritorio y estaba haciendo girar un puro entre sus dedos. Estaba sin encender. Nunca se los fumaba, tan solo parecía que le gustaba juguetear con ellos. Zayne se hallaba de pie dando la espalda a la puerta, junto a una preciosa Guardiana de pelo oscuro. Esta tenía la clase de belleza que me hacía sentir corrientucha en un buen día. Danika estaba inclinada hacia él y sonreía mientras uno de los miembros del clan contaba una historia. No sabía qué clase de historia era. Nunca me incluían en los relatos. Y las únicas veces que había estado en la biblioteca de Abbot recientemente fueron cuando me estaban echando la bronca por una cosa u otra. Noté los pies raros mientras permanecía plantada en el pasillo. –¿Zayne? Mi voz también sonaba rara. El pañuelo parecía más húmedo.

Zayne se volvió, y la sonrisa de la cara de Zayne se quedó congelada. –¿Layla? Sabía que probablemente tenía aspecto de que la muerte me hubiera masticado para después escupirme fuera. Miré a Danika con nerviosismo y no me atreví a mirar a Abbot. –¿P… puedo hablar contigo un momento? ¿A solas? –Sí. Espera un segundo. –Se giró hacia Danika y después hacia su padre, que seguramente le estaría lanzando «esa» mirada. La mirada que decía: «Ni te atrevas a alejarte de Danika, la futura madre de tus hijos»–. Enseguida vuelvo. Ella asintió con la cabeza y se mordisqueó el labio. –No pasa nada. ¿Te encuentras bien? La pregunta iba dirigida a mí, y creo que respondí algo afirmativo. Pasé junto a donde se hallaban Dez, el chico nuevo y Jasmine, sin esperar a Zayne. Si no me sentaba, iba a caerme. Con la mano buena me agarré a la barandilla mientras comenzaba a subir la escalera. Zayne se encontraba justo detrás de mí y bajó la cabeza mientras hablaba. –¿Estás bien?

–Eh… –Unos cuantos pasos más. Unos cuantos pasos más–. En realidad no. Se acercó a mí y tomó aliento. –Huelo sangre. Estás sangrando. –Más o menos –grazné. Mientras él comenzaba a girarse, sin duda para dar la voz de alarma, dije–: No digas nada todavía. Por favor. –Pero… –Por favor. Zayne maldijo entre dientes, pero continuó subiendo la escalera. –¿Cómo estás de mal? –Eh… Llegamos al segundo rellano y, cuando quedamos fuera de la vista, Zayne se agachó y me tomó entre sus brazos. En cualquier otro momento me habría cabreado, pero con todo el asunto de estar sangrando y dolorida me mantuve en silencio. –Necesito algún detalle –dijo, dirigiéndose directamente hacia su habitación. No la mía, sino la suya. Quedé un tanto distraída por eso mientras él me apretaba contra su pecho y abría la puerta–. Háblame, Layla. Estoy empezando a asustarme. Cuando cerró la puerta tras él con el pie, me obligué a mover la lengua.

–Creo que me han apuñalado. –¿Crees? –gritó. Hice una mueca. –Vale. Me han apuñalado. –Dios. –Me sentó en el borde de su cama. Por detrás de sus hombros veía una librería de pared a pared a rebosar de libros–. ¿Dónde? ¿Dónde ha sido? – Pero ya estaba buscando con sus ojos y manos. Cuando llegó hasta la parte superior de mi brazo, solté un gritito–. Mierda. –Apartó la mano, y sus dedos estaban manchados de rojo–. ¿Por qué no se lo has dicho a Nicolai? –No está tan mal, ¿verdad? Bajé la mirada, pero la tela negra escondía los daños. Zayne me quitó la bufanda empapada y la tiró al suelo de madera. –No lo sé. Tengo que quitarte la parte de arriba. Lo miré levantando las cejas. Él me dirigió una mirada insulsa mientras se apartaba el pelo hacia atrás con el antebrazo. –Y tienes que contarme cómo ha pasado esto. –Estaba cerca de Dupont Circle, y… ¿de verdad tienes que quitarme la ropa?

– pregunté mientras él llevaba la mano al dobladillo de mi jersey. Él levantó la mirada, y sus ojos azules brillaban con determinación. Su piel normalmente dorada era un tono o dos más pálida. –Sí. Está de por medio. –Pero… –Ayer mismo te vi en sujetador. ¿Recuerdas? –Cuando señaló eso, mi argumento del pudor dejó de tener validez–. ¿Estabas en Dupont? Asentí con la cabeza y tragué saliva con fuerza mientras me quitaba el jersey. –Estaba tratando de encontrar a algún demonio. Ya sabes, para averiguar si podía ver algo diferente en ellos. –Maldita sea, Layla, podrías habérmelo dicho. Habría ido contigo. El jersey que me estaba quitando Zayne ocultó la mueca que hice. –No iba a enfrentarme al demonio. –Sí, pero eso no vale de mucho cuando es evidente que un demonio se ha enfrentado a ti. Ni siquiera miró mi sujetador rosa de encaje mientras me quitaba con suavidad la manga del jersey del brazo izquierdo.

Contuve el aliento cuando tocó la herida. –Lo siento –gruñó. –No fue ningún demonio. –La herida tenía un aspecto horrible y estaba ensangrentada, así que me obligué a apartar la mirada y centrarme en la cabeza inclinada de Zayne–. Ni siquiera estoy segura de haber visto a alguno. Permaneció en silencio mientras me quitaba el jersey por completo. Después se estiró, tomó una manta y me cubrió por delante. –Entonces, ¿quién te ha hecho esto? Levanté el brazo intacto y rodeé el collar con los dedos. –Un Guardián. Giró la cabeza hacia mí y sus labios se separaron. –¿Un Guardián te ha hecho esto? –Sí. Nunca lo había visto antes –dije, y respiré hondo mientras él inspeccionaba la herida con suavidad–. Me atacó mientras caminaba para ir adonde había quedado con Nicolai. No hice nada para provocarlo. Salió de la nada y traté de convencerlo de que no era una amenaza, pero me atacó. –Mierda. Era una hoja de hierro. –Zayne irradiaba tensión mientras se apartaba de

mí con los dedos cubiertos de mi sangre–. ¿Te transformaste? –Comencé a hacerlo cuando me clavó el cuchillo, pero… Bambi salió de mí, y entonces… Oh, Dios, Zayne, traté de detenerla, pero el Guardián… no me escuchaba. Se quedó inmóvil mientras levantaba la mirada hasta la mía. –¿Qué le pasó al Guardián? Negué con la cabeza con lentitud, pues no quería decirlo. El estómago se me revolvió. –Bambi… se lo comió. Zayne me miró fijamente. –¿Se lo comió? –Entero. Lo engulló por completo. –Se me escapó una risa estrangulada mientras bajaba la barbilla. Unos mechones de pelo se deslizaron hacia delante por encima de mi hombro–. Dios mío, esto es horrible. Creo que es el Guardián del clan de Nueva York. ¿Tomas? Ese del que estaban hablando abajo. O sea, ¿cuántos Guardianes desconocidos iban a estar deambulando por Washington D. C.? Y eso significa que Dez lo conoce y probablemente sea su amigo, y a mí me cae bien Dez. Todo el tiempo ha sido agradable

conmigo, y ahora mi serpiente demoníaca mascota se ha comido a su amigo, y… –Eh, relaja un poco, bichito. ¿Vale? Puede que fuera él, pero no hay nada que podamos hacer al respecto. Te atacó y Bambi te defendió. No hay más. –Sí –suspiré, sabiendo que los demás Guardianes no lo verían del mismo modo. –Quédate aquí. Como si fuera a ir a algún sitio sangrando y sin camiseta. Zayne desapareció en su cuarto de baño y regresó enseguida con dos toallas húmedas. Secó la sangre en silencio, y el acto… ah, me recordaba a cuando Roth me había limpiado en su apartamento, lo que hacía que el pecho me doliera tanto como el brazo y toda aquella situación fuera unas mil veces peor. –¿Te duele mucho? –Escuece. Observé el despliegue de músculos que se movían bajo su camiseta. –¿Dónde está Bambi ahora? –preguntó, mirando la manta que me cubría el pecho y el estómago. –Sobre mí. Arqueó una ceja.

–¿Es que ahora es invisible? Sonreí un poco. –Ahora mismo está enroscada alrededor de mi pierna. Creo que se está escondiendo. –A lo mejor tiene el estómago revuelto. Se me escapó una risa parcialmente histérica, y una sonrisita estiró los labios de Zayne. Nada de lo que estaba pasando era divertido, pero si no me reía, probablemente empezaría a gritar. –Traté de detenerla. Y traté de conseguir que el Guardián lo comprendiera. Te lo juro, Zayne. Pero no quería. Dijo que olía a demonio. ¿Huelo a demonio? Abrió la boca y después la cerró de golpe. Tiró la toalla ensangrentada encima de mi jersey. –El corte no está sanando, y no va a hacerlo con una hoja de hierro, y eso es jodidamente… –Peligroso para los demonios. Genial. Eso es perfecto. –Levanté la mirada hacia él, sujetando la manta contra mi pecho con una mano–. ¿Huelo a demonio? –Deja que vaya a buscar a Jasmine… –No. Se lo dirá a Abbot, y lo más seguro es que ese Guardián fuera del clan de

Nueva York. Abbot me culpará. –No lo hará. Una bola de intranquilidad se formó en mi estómago. –He acudido a ti porque confío en ti. No puedes decírselo a tu padre. Por favor. Los hombros de Zayne se tensaron. –Entonces déjame ir a por Danika. No me mires como si hubieras tragado pis de gato. –Puaj –gruñí. –No va a decir nada, y es tan buena como Jasmine con esta clase de cosas. –Se inclinó hacia delante y colocó las manos a cada lado de mis piernas–. Podemos confiar en ella. Apostaría a que tenía cara de haberme tragado también pis de hámster. Zayne se acercó mucho y presionó mi frente con la suya. Traté de apartarme, pero él me siguió y estaba demasiado cerca. Cerré los ojos y la boca con fuerza mientras la necesidad de… de alimentarme se elevaba por encima del dolor y la helada sensación de pánico. –No voy a dejar que te pase nada –dijo, curvando las manos alrededor de mis

rodillas–. Voy a hacer que te arreglen el brazo, y después vamos a resolver esto. Pero si confías en mí… Comencé a apartar la mirada, pero él colocó los dedos sobre mis mejillas y me detuvo. –Zayne. –Si confías en mí, entonces tendrás que confiar en Danika –continuó–. Yo no puedo hacer esto, coserte el brazo. No solo. ¿Vale? Estoy contigo. Contuve el aliento y asentí con la cabeza. No sabía muy bien si había aceptado solo para que se apartara de mí antes de que me lanzara contra él o si de verdad estaba dispuesta a depositar mi confianza en las manos de Danika, de entre todas las personas. Zayne levantó la cabeza y me besó en la frente, haciendo que mi corazón diera un vuelco. –Enseguida vuelvo. Tardó unos dos minutos en regresar con Danika. Durante ese tiempo, me convencí de que Zayne había sido abordado por su padre, que lo había obligado a escupir la

verdad. La enfermiza sensación de temor era como tener comida podrida en la barriga. Zayne entró y cerró la puerta en silencio detrás de Danika. Ella llevaba una bolsa pequeña que parecía un equipo de costura. Ay, Dios. Iban a coserme la piel. Dirigí unos ojos salvajes hacia Zayne. Él se sentó junto a mí, devolviéndome la mirada. –Se lo he contado todo. –No voy a decir nada –aseguró ella. Colocó la bolsa junto a mí y comenzó a rebuscar de inmediato en su interior–. Tan solo que me alegra que estés aquí y que Bambi haya tenido una buena cena. –La miré boquiabierta, y ella encogió un hombro, elegante–. No me gusta la gente que juzga, ni los Guardianes que juzgan, y si se trataba de Tomas, entonces es de esos. –¿L… lo conocías? Ella asintió con la cabeza, se giró hacia mi brazo y chasqueó la lengua. –Sin duda era hierro –le dijo a Zayne–. ¿Ves cómo los bordes están un poco quemados? –¿Tenía la piel quemada?–. Incluso aunque hubieras cambiado de forma, esto no sanaría. Estará bien cuando lo cosa –continuó, y vi por el rabillo del ojo

algo que parecía hilo–. Si fuera un demonio de sangre completa… –No lo es –señaló Zayne, y casi me reí ante el innecesario recordatorio. –Lo sé –replicó ella en voz baja–. Puedo entender por qué no quieres que Abbot lo sepa. Te habrás asustado mucho. No podía mirar a Danika, y no sabía muy bien qué hacer con su comprensión. Sabía que estaba enhebrando una aguja y yo estaba a punto de perder los papeles, pero entonces tomó un frasco. –Es una mezcla de alcanfor y hierba de los dientes. Ayudará a entumecer la piel, ¿de acuerdo? Apreté los dientes y asentí con la cabeza. Danika me extendió un poco de pringue con olor mentolado por todo el brazo. Me sacudí un poco por el escozor, pero en cuestión de segundos la mezcla se volvió fría y atravesó la piel hasta llegar al músculo. Danika guardó el tarro en la bolsa, tomó sus instrumentos de dolor inimaginable y levantó la mirada. Su impresionante rostro (pómulos altos y perfectos, nariz fina y recta y labios gruesos) estaba

desprovisto de todo color. Aquello no resultaba muy reconfortante. –Va a doler de todos modos –le dijo en voz baja a Zayne–. Probablemente deberías… eh… inmovilizarla. Tragué saliva. Zayne me rodeó la cintura con un brazo, me guio hasta ponerme de costado y se enroscó poniendo una pierna sobre la mía. Mis ojos se ensancharon, y por un momento estaba demasiado aturdida por lo cerca que estaba de mí. Roth y yo nos habíamos tumbado así después de… Movió una mano hasta la parte trasera de mi cabeza, guio mi cara a su pecho con la otra mano y me sujetó la mía, la del brazo herido. –Noto el latido de tu corazón –dijo, con la voz amortiguada por mi pelo–. Intenta respirar hondo unas cuantas veces. Me sentía como si el corazón fuera a salírseme del pecho; una mezcla de nuestra cercanía y de la sacudida de miedo que sentí con el tacto de los fríos dedos de Danika.

–Lo haré rápido –prometió–. Literalmente solo tardaré un par de segundos. Cerré los ojos y respiré hondo varias veces. –Vale. Puedo hacerlo. Puedo soportarlo. –Claro que puedes. –La mejilla de Zayne se deslizó por el lateral de mi cabeza–. Eres muy fuerte, Layla. Puedes hacer esto. Casi lo creí. Cuando la aguja atravesó mi piel, mi espalda se puso rígida. Un fuego se derramó por el pequeño agujero que había creado, prendiendo mi cuerpo como si estuviera tocando llamas. –Lo siento –murmuró Zayne, enroscando los dedos por mi pelo–. Habrá terminado antes de que… Pegó mi cara a su pecho para amortiguar el grito que estalló desde mi garganta. –Lo siento –susurró Danika, con las manos ligeramente temblorosas–. Me gustaría tener algo más fuerte que darte, pero Jasmine se daría cuenta si le falta algo. El fuego había subido por mi brazo y traté de apartarme, pero Zayne me sujetó y mantuvo mi brazo herido recto e inmóvil. Una mareante retahíla de maldiciones

abandonó mi lengua, y Zayne soltó una risa ronca. –No tenía ni idea de que tenías esa boca –dijo. –Me da igual. Quiero que pare. Ya. –Traté de alejarme, pero él me sujetó aún más fuerte–. Parad. ¡Por favor! –No podemos parar, cariño. Acabará pronto. Ya casi va por la mitad. –El cuerpo de Zayne estaba rígido, y Bambi comenzó a subir deslizándose por mi cadera. Lo último que necesitábamos era que saliera y se comiera a Danika. Pero entonces se quedó inmóvil. A lo mejor Zayne tenía razón y la serpiente tenía el estómago revuelto–. Y entonces estarás perfecta –añadió. –No soy perfecta. –Todo mi cuerpo palpitaba como una enorme herida abierta. Dios, era una cobardica. No tenía ninguna tolerancia al dolor, en absoluto. Claro que me estaban cosiendo la piel con mínimo adormecimiento–. Hu… huelo a demonio. –No hueles a demonio. –Pareció contener el aliento mientras yo volvía a gritar contra su pecho–. Hueles como a… como a fresia. –¿Fresia? Hu… huelo a sangre y a demonio –susurré con voz ronca, apretando su mano hasta que sentí sus huesos mientras Danika daba otra puntada–. Lo siento –jadeé.

–No pasa nada. –Zayne consiguió acercarse aún más, encajando su cuerpo contra el mío–. No hueles a sangre. Gemí mientras Danika tiraba del hilo. –Mientes fatal. –Ya está –dijo ella, soltando un aliento entrecortado–. Lo siento, lo siento mucho. –No… no pasa nada. –Presioné la cara contra el pecho de Zayne, inhalando su aroma a menta. Los dedos me dolían de aferrarme a su mano y su camiseta–. Gra… gracias. Ella respiró hondo mientras vendaba con rapidez la herida. –Deberías descansar unos minutos, dejar que tu cuerpo se asiente, y sería buena idea dormir profundamente esta noche, solo para que te sientas mejor después de la pérdida de sangre. Dormir profundamente significaba retirarme a una forma como un caparazón para que pudiéramos descansar en un plano celular, pero yo nunca antes había dormido de ese modo. Aunque lo más seguro es que me habría transformado ese día si Bambi no hubiera aparecido, no había cambiado de forma desde la noche del gimnasio, y

no creía que pudiera dormir de ese modo. No sé cuánto tiempo nos quedamos ahí tumbados, con Danika sentada en el borde de la cama. Zayne me pasó una mano por la espalda de arriba abajo, hasta que al final los temblores remitieron y el contenido de mi estómago se asentó un poco. Separó la pierna de la mía. –¿Te encuentras bien? –preguntó. Cuando asentí con la cabeza, se apartó un poco y me pasó una mano por las mejillas húmedas–. ¿Quieres tratar de sentarte? Todavía no confiaba en mí para hablar, así que volví a asentir con la cabeza. Con la ayuda de Zayne, me reajusté la manta y me senté. La cabeza me dio vueltas y unos puntos negros nublaron mi visión. –Puedo conseguirle unos analgésicos –dijo Danika, con la voz algo extraña mientras limpiaba mi sangre y miraba sus manos elegantes–. Jasmine no se dará cuenta de eso. – Miró por encima del hombro y su mirada cayó en el brazo de Zayne, que descansaba sobre mis hombros–. Puedo buscarte algo para ponerte.

–Debería… debería haber una sudadera en mi cama. Danika se marchó y regresó enseguida con la sudadera. Mientras los dos apartaban la mirada, me la puse teniendo cuidado con el vendaje. Cuando terminé de subir la cremallera, me miraron. –Gracias –volví a decir. –¿Cómo te sientes? –preguntó Danika, acercándose para sentarse junto a mí. –No creo que vaya a vomitar. –Traté de ocultar mi débil sonrisa ante su mirara de alivio, pero Zayne la vio y sus ojos se iluminaron–. Ha sido… horrible. –Has aguantado bien. –Miró a Zayne. Se encontraba de pie frente a mí, con los brazos cruzados y las facciones duras–. ¿Qué vamos a hacer ahora? Sentía el cerebro como si fuera papilla, suponía que porque necesitaba azúcar. Mucho azúcar. Ayudaba con los anhelos. Y una siesta. Tal vez incluso dos siestas. Porque sí. Y después iba a irme a la cama. Zayne soltó un fuerte suspiro. –No lo sé. No creo que este sea el momento. –Necesita saberlo. Es evidente. Aguzando los oídos, levanté la cabeza y mi mirada fue del uno al otro. –¿Saber qué?

Zayne tenía aspecto de querer discutir, pero en lugar de eso dio un paso y se sentó junto a mí. –Hay algo que he sentido en ti el último par de días. –Vale. –El brazo me ardía con fiereza, pero el temor apartó el dolor a un lado–. ¿Huelo como un demonio? –No hueles nada diferente a lo habitual. Ese… gilipollas nunca debía de haberlo expresado de ese modo, pero sí que… –Exhaló profundamente mientras se frotaba la mandíbula con la mano–. Sí que he sentido más en ti tu lado demoníaco. Mi estómago ya sensible dio un vuelco. –En realidad no es distinto a sentir a cualquier otro demonio –añadió Danika, retorciendo las manos–. Pero es como si sintiéramos a una cierta clase de demonio; uno de Nivel Superior. El aire se me escapó de los pulmones y me retorcí hacia Zayne. Los demonios de Nivel Superior eran los más poderosos, los más peligrosos. –Preferiría oler como un demonio normal –dije con un quejido lastimero. Él no dijo nada, pero una expresión torturada pellizcó sus facciones. Pasó un segundo. Después un minuto. Ni siquiera estaba segura de haberlo

asimilado. El hecho de que me sintieran como un demonio de Nivel Superior era como el glaseado mohoso encima de la tarta. –¿Por qué no me lo dijiste? –¿Cómo iba a decírtelo? Habrías pensado lo peor, y no quería someterte a esa carga. Y de todos modos da igual, porque eres mitad Guardiana. Eres inherentemente… Un zumbido bajo reverberó por la casa y unos escudos de acero bajaron sobre las ventanas, haciendo que Danika y yo diéramos un respingo. Sonaron unos golpes similares cuando Zayne se puso en pie. Nunca antes había visto las ventanas haciendo eso, pero sabía lo que significaba. Zayne giró como un remolino mientras Danika empalidecía. –Demonios –dijo, cerrando las manos en puños–. Hay demonios aquí. Quedaos aquí. Las dos. Ya había salido por la puerta de la habitación. Danika y yo intercambiamos unas miradas y entonces nos levantamos de mutuo acuerdo y lo seguimos hasta el piso de abajo. Lo que me habían dicho podría esperar. Para que bajaran los escudos de la casa, teníamos que estar bajo ataque.

Dos de los hombres del clan hacían guardia enfrente del salón, donde sabía que Jasmine debía de estar confinada con los bebés. La puerta delantera se encontraba abierta, lo que me pilló con la guardia baja. También había un refuerzo de acero allí, pero ¿por qué estaba abierta como si no hubiera nada que temer? El aire nocturno se filtró dentro, trayendo consigo cierto aroma. El pulso se me aceleró y la boca se me secó. Maddox bloqueó la entrada y se giró, mirándonos con los ojos entrecerrados. –Danika, tienes que permanecer atrás. –¿Qué está pasando? –exigió saber ella mientras sus pupilas se estiraban de forma vertical–. Hay demonios ahí fuera. Los siento. –Lo sabemos perfectamente. Abbot está con ellos –replicó–. Y también los hombres. Esto no es asunto tuyo. Danika se puso rígida junto a mí. Yo no sentía un carajo, lo cual resolvía la cuestión sobre eso, pero el olor… Ay, Dios mío, ese olor. Se me erizó el vello del cuerpo mientras avanzaba ciegamente a tropezones. –Layla. –Danika se apresuró a seguirme–. No deberías salir ahí fuera.

Maddox no trató de detenerme mientras pasaba junto a él. El olor se hizo más fuerte cuando salí al aire frío, y se me puso la piel de gallina. El aroma dulce y almizcleño invadió mis fosas nasales. Mi corazón demasiado acelerado se puso en velocidad extrema, y demasiadas (demasiadas) emociones se elevaron con rapidez en mi interior. Vi a Zayne de pie en el camino de entrada, y junto a él se encontraban su padre, Geoff, Dez y algunos otros. Pero eran las formas más oscuras que había más allá, cerca de la hierba que daba al bosque, lo que me hizo acercarme más. Me temblaban las piernas mientras ganaba velocidad y bajaba los escalones corriendo. Zayne se giró a medio camino y levantó una mano, como si deseara detenerme o atraparme. Tenía la mandíbula tensa en una línea dura y prohibitiva. –Layla… No me detuve. Nada en este mundo me habría hecho detenerme. El agotamiento y el dolor quedaron olvidados de golpe. Zayne se apartó solo un par de centímetros hacia un lado, para mirarme de frente. Y entonces lo vi.

Las lágrimas ardieron por detrás de mis ojos mientras mi corazón se detenía en mi pecho y después se aceleraba. Todo lo malo que habían tenido las últimas dos semanas se desvaneció en el momento en que mis ojos se clavaron en esa mirada de color dorado. –Roth –susurré.

Capítulo cinco Era tan alto e impresionante como cualquier príncipe de la superficie podía llegar a ser. Y tenía el mismo aspecto que la primera vez que lo había visto. Los rizos perezosos de un pelo negro azabache caían sobre su frente, rozando unas cejas arqueadas e igualmente oscuras. Sus pómulos eran anchos y altos; los ojos, con el rabillo ligeramente inclinado, eran de una deslumbrante mezcla de dorado y ámbar, y daban a su cara una cualidad casi inhumana. Sus labios, con el inferior más grueso, se encontraban separados en ese momento. Una camiseta negra se tensaba sobre

un pecho que sabía que estaba increíblemente bien definido y un estómago bien tonificado; la clase de estómago que avergonzaba a las tabletas de chocolate. Tenía los pantalones caídos sobre las caderas, sujetos por un cinturón de tachones. Lo único que faltaba era Bambi, que no dejaba de menearse sobre mi piel, deslizándose de arriba abajo, pero Roth estaba vivo, y se encontraba ahí. Sus ojos se ensancharon ligeramente. Puede que fuera mi imaginación, pero juraría que vi el brillo del piercing de metal en su lengua mientras se humedecía los labios. Los músculos de su mandíbula se tensaron mientras una expresión ilegible cruzaba su impresionante rostro, y me olvidé de todo lo demás. El corazón se me había hinchado tanto que me sentía como si pudiera salir flotando hasta las estrellas. Alguien dijo algo, pero se perdió en el latido de mi corazón y la sangre que me atravesaba como un torrente. Roth dio un paso hacia mí mientras su mirada se dirigía bruscamente hacia mi derecha. Se detuvo, y sus ojos emitieron un destello de un ámbar intenso. Una mano se cerró sobre la parte superior de mi brazo, justo debajo del vendaje.

Mi paso flaqueó mientras me tragaba un grito. Zayne avanzó al mismo tiempo que Roth lo hacía, pero Abbot inclinó la cabeza en mi dirección. –Ten cuidado, niña. Sin importar lo que hiciera por nosotros, no te olvides de que sigue siendo un demonio. –En realidad, soy un príncipe –lo corrigió Roth con esa voz profunda y tan intensa como el chocolate negro que hizo que una oleada de escalofríos me bajara por la columna vertebral…, la voz que estaba segura de que no volvería a oír–. Será mejor que tú no te olvides de eso. Abbot se puso rígido y su mano se tensó ligeramente mientras yo trataba de liberarme. –Y será mejor para ti que la sueltes –continuó el demonio, levantando ligeramente la barbilla–. Así podremos empezar a agitar nuestra pequeña bandera blanca de la amistad sin derramar sangre. –Aunque no es que derramar sangre fuera algo malo. Junto a Roth, un demonio a quien reconocí como un gobernante infernal sonrió ampliamente, mostrando unos dientes rectos y blancos. Cayman era algo así como la

gerencia media de los demonios. No tenía ni idea de quién era el tercer demonio que se encontraba detrás de ellos dos. –Y tú harías bien en recordar que te encuentras dentro de mi propiedad. Abbot me liberó, y habría salido corriendo hacia delante, pero la mirada que Roth me lanzó me advirtió de que no lo hiciera. Confusa, respiré hondo y traté de calmar mi corazón desbocado. Quería ignorar su mirada y lanzarme hacia él. Solo para poder tocarlo y asegurarme de que era real y se encontraba bien, pero no podía olvidar dónde estaba. La mitad de mi clan había salido y, aunque Roth se había sacrificado (bueno, al menos eso parecía) por el bien mayor, a nadie le haría mucha gracia que comenzara a subirme encima de él como un mono araña trastornado. Pero mientras lo miraba fijamente y comenzaba a asimilar de verdad que Roth estaba ahí y que se encontraba bien, no podía entender cómo era posible que esa fuera la primera vez que lo veía. Mejor aún, ¿cómo había logrado salir de los fosos de fuego? Se suponía que no había forma de escapar de ellos.

¿Y por qué estaba ahí? Abbot pareció elevarse a mayor altura. –Y nunca habrá ninguna «bandera blanca de la amistad» entre nuestras especies. Roth se puso una mano en el pecho. –Au, y yo que estaba lleno de esperanzas y sueños de nuestras especies bailando juntas bajo los arcoíris. Una vena comenzó a sobresalir en la frente de Abbot. Se giró hacia mí. –Tienes que volver dentro, Layla. No iba a entrar ni de coña, pero antes de que pudiera decirlo, Roth inclinó la cabeza y dijo: –No, tiene que estar aquí. He venido por una razón, aunque nos hemos desviado un poco. ¿Que se habían desviado un poco con qué? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí Roth? Me aparté el pelo de la cara, sintiendo como si mi cerebro fuera a cámara lenta. Eché un vistazo a Zayne, pero estaba concentrado en Roth, como si quisiera mandarlo de vuelta al Infierno de una patada. Las comisuras de mis labios bajaron. Comprendía que Zayne y

Roth jamás podrían ser los mejores amigos, pero ¿es que Zayne se había olvidado de lo que Roth había hecho por él? Maddox se había abierto camino hacia fuera y se encontraba detrás de un silencioso Dez. Debía de haberse transformado en algún momento, porque estaba en su auténtica forma. Su piel era del color del granito y sus alas se extendían unos impresionantes dos metros y medio. Con los orificios nasales planos y un fiero resplandor en los ojos amarillos, mostró los colmillos. –No puede haber ninguna razón por la que les permitamos estar aquí. –Se giró hacia Abbot, formando puños con sus manos terminadas en garras–. Tomas ha desaparecido, y apuesto a que ellos tienen algo que ver con eso. Eh… Bambi se enroscó en mi estómago y después se estiró, como si le gustara el recordatorio de su cena temprana. –No tengo ni idea de quién es Tomas –replicó Roth, con los labios (unos labios que se habían grabado a fuego en mi memoria) curvados en una sonrisita de suficiencia–.

Claro que todos los Guardianes me parecéis iguales. Maddox siseó. –¿Te crees muy mono? –Nah, me creo muy sexy. –La sonrisa se extendió, pero no alcanzó sus fríos ojos ocres–. Y también creo que soy desternillante. Dez y el resto de los Guardianes se tensaron. Supongo que pensaban que Roth debería sentirse intimidado por tantos de ellos, pero Roth… bueno, cuanto más peliaguda fuera la situación, más bocazas se volvía. Cayman me guiñó un ojo mientras avanzaba pavoneándose. Levanté las cejas; todo aquello parecía surrealista. A lo mejor había perdido demasiada sangre, me había desmayado y todo aquello era solo alguna clase de sueño extraño. –¿Podemos ir al grano? –preguntó Cayman resueltamente–. El tiempo es esencial de verdad. Abbot exhaló profundamente y sus fosas nasales se ensancharon, pero asintió con la cabeza. –Tenemos un problema enorme –dijo Roth, centrándose en el líder del clan. La sonrisita desapareció lentamente de su rostro, y un escalofrío descendió por mi

columna–. Ha nacido un Lilin. Todos los Guardianes lo miraron fijamente, como si se hubiera bajado los pantalones y se hubiera puesto a bailar. Lo miré boquiabierta, y mi mente reprodujo con rapidez lo que había dicho Roth. No podíamos haberlo oído bien. No había forma de que un Lilin, una raza de demonios que podían quitar almas con solo un toque, hubiera nacido. Eran tan malvados que quitar las almas no solo mataba al humano o al Guardián en cuestión, sino que los transformaba en espectros, unos espíritus empeñados en causar destrucción. Los Guardianes habían sido creados para limpiar a la Tierra de los Lilin en los tiempos de Eva y esa maldita manzana. –Eso es imposible –gruñó Zayne–. ¿Qué clase de gilipollez estás tratando de conseguir? Roth dirigió la mirada hacia él, y su expresión era una máscara dura. –No estoy tratando de conseguir nada y, créeme, hay mentiras más interesantes que contar. –No puede ser cierto –insistió Abbot, cruzando los enormes brazos sobre su ancho pecho–. Sabemos lo que hace falta para invocar a los Lilin, y esas cosas no

pasaron. Por no mencionar que detuvimos a Paimón antes de que lograra completar el ritual. –¿Un demonio tratando de mentirnos? –Dez resopló mientras una brisa fría le agitaba el pelo–. Menuda sorpresa. Los ojos de Roth emitieron un destello malvado, de los que derrumbaban ciudades enteras. Abrió la boca, pero entonces di un paso hacia delante. –¿Cómo es eso posible? Tú… Sabemos que no es posible. Roth mantuvo la mirada fija en Zayne. –Sí lo es.

–¿Cómo lo sabes? –pregunté. Un Guardián resopló y murmuró: –No puedo esperar a oír esa historia. Sus labios se elevaron por un lado. –Como todos vosotros deberíais saber, si habéis leído el manual de «qué hacer si las cosas se van a la mierda», hay cuatro cadenas que sujetan a Lilith en el Infierno. Asentí con la cabeza. Sabía que Lilith, mi madre desaparecida, estaba encadenada en el Infierno, pero no veía qué tenía eso que ver. –Dos de las cadenas se rompieron cuando Paimón trató de realizar el ritual, dejándola atada solo por dos cadenas –continuó–. La tercera… –Espera. –Abbot levantó una mano–. ¿Cómo se rompieron exactamente dos cadenas? Detuvimos a Paimón, y la inocencia de Layla, la clave para el ritual, permanece intacta. Así que no puede ser cierto. Ay, Dios mío… Otra vez todo el asunto de la inocencia. Me tragué un gruñido mientras sujetaba el collar con la mano. Para que se hubiera completado el ritual de invocación de los Lilin,

varias cosas tenían que haber tenido lugar. La sangre de Lilith tenía que derramarse, y había salido del anillo que todavía llevaba al cuello. Tenía que derramarse mi sangre, y eso también había pasado, pero las dos últimas eran las importantes. Tenía que haber tomado un alma, y tenía que haber perdido mi inocencia en el sentido bíblico. Solo Zayne y Roth sabían que había tomado un alma, y Abbot jamás podría saberlo, o me mataría. ¿Y la otra parte? Seguía siendo virgen, así que no podía… –Paimón consiguió hacer lo de la sangre –dijo Roth, continuando con mi cadena de pensamientos. No me miró mientras hablaba, pero había un matiz afilado como una cuchilla en sus palabras. Se me formó un nudo en el estómago–. La cortó. Yo lo vi. No lograba comprender cómo demonios había visto el diminuto corte que me había hecho durante la pelea. –Sí. Paimón me hizo sangre y esta se derramó, pero… Los recuerdos de aquella noche volvieron a mí en un torrente. Después de que Roth y Paimón quedaran atrapados y fueran enviados a los fosos de fuego, el suelo había quedado chamuscado donde ellos habían estado y había un agujero en el suelo,

justo donde me habían atado a mí. Abbot unió las cejas. Abrió la boca y después dirigió una mirada penetrante hacia mí. Yo me encogí por la acusación de su mirada fulminante. ¿Sabía lo de Petr? ¿Que había tomado el alma del Guardián en defensa propia? Ya podía sentir el lazo rodeándome el cuello. Zayne se acercó más a mí, y se me escapó el aire de los pulmones. –Tu inocencia –dijo Abbot con una voz baja y decepcionantemente calmada–. Aseguraste que seguías siendo inocente, Layla. ¿Que lo aseguré? –No te mentí. –Entonces, ¿cómo se han roto las cadenas? –exigió saber. –Ahora nos cree –señaló Cayman, negando la cabeza–. Con cuánta rapidez desconfía de Layla. Aunque la acertada observación escocía, ignoré al gobernante infernal mientras mi mirada recorría a los demonios y los Guardianes. Nicolai apartó la vista cuando mis ojos cayeron sobre los suyos. Dez y Maddox me miraron fijamente con una expresión de

repentina comprensión. Ni siquiera podía mirar a Zayne para ver si él también estaba llegando a alguna conclusión. Lo único bueno que podía ver en esos momentos era que nadie suponía que hubiera tomado un alma. En lugar de eso, creían que me había bajado las bragas. Apreté los labios. Estaba dividida entre negar lo que estaban suponiendo, revelando así lo que había hecho en realidad, y mantener la boca cerrada. Zayne soltó aire profundamente. –Layla nos dijo que era…, bueno, ya sabes lo que nos dijo. No tenemos ninguna razón para dudar de ella, pero sí tenemos todas las razones para no confiar en ellos. El alivio que me atravesó fue corto, pues Roth arqueó una grácil ceja. –Teniendo en cuenta que saqué tu culo de esa trampa y ocupé tu lugar, pensaba que tendrías un poco más de fe en mí. Cerré los ojos. Aquella conversación iba a irse cuesta abajo bien rápido. –Y te doy las gracias por ello –respondió Zayne con tono entrecortado–. Pero eso no cambia lo que eres, ni el hecho de que Layla sigue siendo… Se me inundaron las mejillas de calor.

–Vale. Parad. Todos vosotros. No quiero continuar con este festival del cotilleo sobre mi virginidad. –Y yo tampoco –murmuró Dez. –Pero la última vez que lo comprobé tenía himen, lo cual significa que sigo siendo virgen. –Mis manos formaron unos puños poco efectivos cuando las cejas de Roth se elevaron en su frente–. Así que, ¿podemos dejar de hablar de esto ya? –Entonces, si lo que dices es cierto, el demonio está mintiendo –escupió Abbot. –¿El demonio? –se mofó Roth–. Es «Su Alteza» para ti. –Vale. –Cayman se deslizó hacia delante y elevó las manos con una burlona rendición mientras los Guardianes mostraban los colmillos, en señal de advertencia–. Nadie está mintiendo; ni nuestro Príncipe Heredero ni nuestra pequeña, preciosa y virginal Layla. –Le lancé una mirada envenenada, y él sonrió–. Como siempre, el texto donde estaba escrito el ritual no entraba en detalles explicando cómo o qué hace falta para que Layla pierda su inocencia. –Me gustaría que dejaras de decir eso –murmuré, frotándome la frente. Estaba comenzando a entrarme dolor de cabeza–. No es como si pudieras «perder» la

inocencia o dejarla en un sitio equivocado por accidente y olvidarte de ella. Abbot entrecerró los ojos. –Buen argumento. –Cayman se metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros y se inclinó hacia atrás sobre los talones de sus botas. Por la alegría de su expresión, tuve la horrible sensación de que me había metido en un callejón sin salida por abrir la boca–. La pérdida de la inocencia se refiere al pecado carnal, y no es que tengas que realizar el acto para experimentar el placer del pecado. ¿Correcto? La sangre abandonó mi cara mientras mi boca se abría del todo. Ah, sí que había experimentado el placer con Roth. La sangre volvió de golpe a mi cara al recordar las horas que habían pasado antes de que fuéramos a por la Llave Menor. Roth y yo… no lo habíamos hecho, pero, sí que habíamos hecho otras cosas. Bueno, él había hecho cosas con la mano que yo solo… ay, Dios, de verdad que necesitaba dejar de pensar en eso. Roth bajó las pestañas imposiblemente largas mientras lo que Cayman había dicho calaba en la mente y la imaginación de todos los presentes. Uno por uno, todos

me miraron como si… como si hubiera asesinado a todos los bebés de una guardería y después me hubiera bañado alegremente en su sangre. –¿Qué? –dije, cambiando el peso de un pie al otro. Eché un vistazo a Zayne. Un músculo palpitaba en su mandíbula. Cayman bajó la barbilla. –En otras palabras, lo único que necesitaba era tener un orgasmo. –Ay, Dios mío –gemí, cubriéndome la cara ardiente con las manos. Preferiría volver a estar en el callejón, a punto de ser cortada y troceada por el Guardián, que donde estaba en esos momentos. –Y lo más probable es que no fuera por su cuenta –añadió Cayman–. Además, esa es la única explicación. «Que alguien me mate ya.» Zayne juró entre dientes y me pareció oír la palabra «puta» murmurada por alguien detrás de mí, pero no podía estar segura porque nadie reaccionó al murmullo bajo. No hacía falta ser un genio para descubrir con quién había experimentado «el placer del

pecado». No era como si tuviera muchas opciones, teniendo en cuenta el asunto de que no podía acercarme demasiado a nadie que tuviera alma. –Bueno… –dijo Roth, arrastrando la palabra–. Esto es muy incómodo. Bajé las manos con lentitud. –¿Tú crees? No me miró. –Entonces, ahora que tenemos esto cubierto… –Pero ¿qué hay con lo de tomar un alma? –preguntó Nicolai. El vello de mi nuca se erizó. Debería haberme alegrado por el cambio de tema, pero, joder, se había puesto aún peor. Roth se encogió de hombros. –La Llave Menor es un texto antiguo, ¿recuerdas? Eso significa que no es lo más fácil del mundo interpretarlo. Está claro que todos nos equivocamos en algo, a pesar de mi inteligencia superior. Vosotros tenéis la Llave Menor. Mirad si podéis averiguar qué ha sido. Los Guardianes parecieron creérselo por el momento, pero Abbot me lanzó una mirada que decía que hablaríamos después, y sin duda no era una

conversación que estuviera deseando mantener. –Pero, para volver al asunto entre manos…, tres de las cadenas se rompieron, lo que significa que hay un Lilin. Otra vez eso. –Espera –dije, y respiré hondo–. No sabía que sus cadenas se romperían si se creaban los Lilin. –Noté una sensación de intranquilidad en las tripas mientras miraba a Abbot, a Zayne y después otra vez a Roth–. Ninguno… ninguno de vosotros me ha dicho eso. Tan solo me dijiste que si se creaban los Lilin, todos estarían muy ocupados buscándolos para que nadie se preocupara por Lilith. –No era necesario decírtelo –respondió Abbot con voz entrecortada. Una emoción ardiente y fea reemplazó mi ansiedad mientras me giraba hacia el hombre al que una vez había considerado lo más cercano a un padre que había conocido. Estaba harta de las mentiras: sobre el hecho de que Lilith fuera mi madre, que Elijah, un Guardián que actuaba como si despreciara mi propia existencia, era en realidad mi padre. Abbot me había ocultado todo eso.

–¿De verdad? Teniendo en cuenta qué relación tiene conmigo, ¿cómo no va a ser necesario decírmelo? –Tienes razón –señaló Roth. –Tú tampoco me lo dijiste –repliqué. Sus labios formaron una línea tensa y deseé que me mirara, que me explicara por qué se había guardado ese detalle tan importante para sí. Cuando no lo hizo, la aprensión arraigó profundamente en mi interior–. Y si la cuarta cadena se rompe, ¿entonces Lilith quedará libre? El tercer demonio, que había permanecido en silencio hasta entonces, negó con la cabeza. –Lilith no va a quedar libre. Ahora el Jefe la tiene encerrada, y estoy seguro de que el Infierno se congelará antes de que logre salir. Se rio de sí mismo y yo arqueé una ceja. Los hombros de Abbot se elevaron. –Incluso aunque Lilith siga atrapada, si hay un Lilin, tenemos un problema enorme entre manos. –Ahora mismo solo debe de haber uno, porque si hubiera más todos lo sabríais –dijo

Roth–. Tendríais una superpoblación de espectros. Pero incluso un solo Lilin puede convertir esta ciudad en su propio campo de juegos de absorber almas. Pueden tomar un alma con un simple roce de la mano, o pueden jugar con la gente…, despojarlos lentamente de lo que son, cambiar todo su código moral interno. Los Lilin podrían convertir a un Guardián si lograran poner las manos en uno. Eso sería malo. Muy malo. –Y son los únicos que pueden controlar a los espectros –añadió Cayman–. Si toman un alma por completo, esa cosa vengativa que crean solo responderá ante el Lilin. Es como… el doble de mierda. Los espectros era aquello en lo que se convertía cualquier criatura que hubiera tenido un alma y después la perdiera. No iban al Infierno. No iban a ningún lugar intermedio. Se quedaban en la Tierra, atrapados, y un amargo odio los pudría por dentro. Enseguida se volvían peligrosos, y eran peligrosos, capaces de interactuar con los humanos en un plano no demasiado amistoso. A veces marcaban como objetivos a la gente que habían

conocido en vida. En otras ocasiones no discriminaban a nadie e iban a por cualquiera que se cruzara en su camino. –¿Sabéis? Con todo el asunto de las normas y tal, los Alfas, vuestros tíos grandes y malotes del cielo grande y malote, no van a estar muy contentos –dijo Roth, y cruzó los brazos por delante del pecho–. Así que tenemos que encontrar al Lilin antes de que los Alfas decidan intervenir. De lo contrario, todos estaremos en peligro, incluidos los Guardianes. Los Alfas eran los que estaban al mando. Ángeles. Evidentemente, mi culo mitad demonio nunca había visto a ninguno. –¿Por qué iban a estar los Guardianes en peligro? –pregunté, confusa. Fue Cayman quien respondió. –Los Alfas no son los mayores admiradores de los Guardianes, aunque fueron ellos quienes los crearon. ¿No es cierto, intrépido líder? –Cuando Abbot no respondió, el gobernante infernal sonrió–. Los Alfas verán la existencia de un Lilin como una señal de la incapacidad de los Guardianes de controlar las cosas, lo cual los hace inútiles. Los

erradicarán a todos como castigo, junto con el resto de nosotros. Ay, Dios mío. Los Alfas no se andaban con chiquitas. –Así que tenemos que trabajar juntos –declaró Roth. Maddox se rio severamente. –Trabajar con demonios. ¿Estás colocado? –Como ya he dicho anteriormente, al Jefe no le hace mucha gracia el uso de las drogas en horario laboral. –La expresión de Roth se volvió neutral–. Y vais a tener que superar vuestra intolerancia. Nos encontramos en una ciudad con más de medio millón de personas en ella, y eso por no contar las afueras. La clase de daño que puede provocar incluso un solo Lilin es astronómica. –Entonces, ¿volvemos a estar donde estábamos hace dos meses? –preguntó Zayne–. Salvo porque en lugar de un demonio enamorado, tenemos un Lilin; un Lilin que puede quitarle el alma a un humano… –Espera. –Maddox se giró de lado, apartando al fin los ojos de los demonios–. Si el ritual tuvo éxito en crear un Lilin, ¿entonces no sería Layla en realidad la madre? El demonio nació de su sangre.

–Puaj. –Me tragué el repentino sabor a sangre–. Ni de coña voy a referirme al Lilin como mi hijo. Así que será mejor que ninguno de vosotros intente siquiera cargarme con ello. –El Lilin también nació de la sangre de Lilith, así que… –Roth suspiró y negó con la cabeza–. Eso da igual, repudiado celestial. Maddox siseó. –¿Disculpa? Roth lo ignoró. –Justo lo que necesitábamos ahora… un Lilin o algo parecido –murmuró Abbot, más para sí que otra cosa. Fruncí el ceño: ¿qué demonios quería decir con eso? Negó con la cabeza–. Tenemos que encontrar y detener a este Lilin. –¿Estamos seguros de que Lilith no puede quedar en libertad? –pregunté, sin saber todavía muy bien cómo me sentía en relación con el hecho de que mi madre estuviera encadenada en el Infierno. –El Jefe no va a dejar que eso pase –dijo Roth mientras observaba a Abbot, y esbozó una sonrisa apretada. La tensión era palpable entre ambos, y el instinto me dijo

que era algo más profundo que el hecho de que fueran enemigos–. La cosa es que no sabemos demasiado sobre los Lilin. Me sentía como si necesitara sentarme. –Ah, ¿no? –Pues no. Tal vez haya información en la Llave Menor, pero… –Roth inclinó la cabeza hacia Abbot– … vosotros tenéis la Llave Menor. –Y permanecerá a salvo con nosotros –respondió él. –La seguridad es relativa –murmuró Roth. –Ya sabemos lo que tiene que decir la Llave Menor sobre los Lilin –dijo Nicolai. –¿Te importaría compartirlo? –Roth sonrió–. Porque compartir es divertido. Abbot cambió el peso de una pierna a otra. –No hay nada nuevo. Solo referencias vagas al tiempo en que gobernaron la Tierra; nada que no supiéramos ya. Esto es serio –añadió tras unos pocos momentos–. Lo bastante serio como para que no entorpezcamos vuestra investigación sobre el asunto. Eso significaba que los Guardianes no irían detrás de Roth y los suyos, lo cual era

algo enorme. Maddox y los otros Guardianes se pusieron furiosos, pero Abbot los silenció con una sacudida de la mano. –Como líder del clan de Washington D. C., esa es mi decisión –declaró, lanzando una feroz mirada a todos ellos–. La posibilidad de que tengamos a un Lilin en la superficie es algo que no podemos permitir. –Dirigió una mirada letal hacia los demonios–. Pero si comienzo a sospechar siquiera que esto es alguna clase de engaño, os daré caza personalmente a cada uno de vosotros. Roth se encogió de hombros. –Lo único que necesitamos es que seáis más vigilantes cuando estéis fuera…, de caza. –No puedo creer que estemos haciendo un acuerdo con los demonios –dijo Maddox, retrocediendo varios pasos. Yo tampoco, pero un Lilin era algo gordo. –Así son las cosas –replicó Abbot, y después respiró profundamente y con fuerza–. Mantendremos un ojo atento ante cualquier informe sospechoso. Nuestros contactos con los departamentos de policía y los hospitales deberían ser de ayuda en

este caso. Cayman asintió con la cabeza en señal de acuerdo, y el hecho de que todos estuvieran manteniendo una conversación bastante civilizada era algo monumental. –Nosotros mantendremos también los oídos bajo tierra. Lo más probable es que el Lilin busque a otros demonios. Ya sabéis, para estrechar lazos y hacer amigos. Esperamos que sea alguien en quien confíe. –Bien –dijo Abbot, cuadrando los hombros–. Pero por ahora, largaos de inmediato de mi propiedad. Una brumosa nube de aire salió de entre mis labios mientras el estómago me daba un vuelco. No podían marcharse todavía. Ni de broma. Di un paso hacia delante, ignorando las penetrantes miradas de los Guardianes. Me daba igual. Podían tomar sus ideales prejuiciosos y metérselos por el… –Enseguida nos vamos, pero… –Roth se giró al fin hacia mí. Nuestras miradas impactaron, y fue como un puñetazo en el pecho–. Tenemos que hablar.

Capítulo seis Estuve a punto de correr hacia Roth al momento y rodearlo con los brazos, pero un gruñido bajo retumbó detrás de mí. Al principio pensaba que era la respuesta de Abbot, pero cuando me di cuenta de que venía de Zayne, no pude moverme. Roth inclinó la cabeza hacia un lado y me observó mientras una sonrisa lenta y traviesa curvaba sus labios. –¿De verdad… me estás gruñendo, Rocoso? –Estoy a punto de hacer mucho más que gruñirte. Roth se rio entre dientes. –Eso no es muy amable. Me giré hacia Zayne y el corazón me saltó hasta la garganta, deteniendo lo que estaba a punto de decirle. Fulminaba a Roth con la mirada de una forma que no podía comprender, sobre todo no después de lo que Roth había hecho por él, como si… Negué con la cabeza. –No pasa nada –los interrumpió Abbot, sorprendiéndome–. Deja que hablen. Espera. ¿Qué? ¿Le parecía bien que me fuera a hablar con Roth? El apaciguamiento de Abbot me puso en marcha, y mi corazón dio otro salto.

Zayne abrió la boca y después la cerró de golpe. Sostuvimos las miradas durante un momento y entonces asintió con la cabeza, resignado. –Te esperaré. Quería decirle que no era necesario, pero la rareza de la declaración me robó las palabras. Respiré hondo y me volví hacia Roth. –¿Damos un paseo? –sugirió. Sus palabras estaban teñidas de una frialdad que me dejó inquieta. Me dije que solo era porque estábamos cerca de muchos Guardianes, pero sentía las rodillas débiles mientras caminaba hacia él. Su aroma único invadía mis sentidos, haciendo que mi piel se ruborizara a pesar del aire frío. Se giró mientras llegaba a su lado y comenzó a caminar hacia el débil sendero que Zayne y yo habíamos formado en el suelo por los muchos años de viajar a la casa del árbol en el bosque cercano. Con la piel cosquilleándome en la nuca, eché un vistazo por encima del hombro y contuve un pequeño aliento. Los Guardianes seguían haciendo guardia enfrente del complejo, pero ya no veía a Abbot. Zayne se había sentado en la parte baja de los anchos

escalones y estaba inclinado contra una de las grandes columnas de mármol blanco. Cayman y el otro demonio se habían ido. Era evidente que no temían por la seguridad de Roth, o no les importaba. Volví a girar la cabeza y contuve el aliento al ver el perfil de Roth. Un alivio inconmensurable me golpeó al darme cuenta una vez más de que estaba vivo y que se encontraba allí. Burbujearon muchas cosas en el momento en que pasamos más allá del muro de contención de piedra desmoronada que rodeaba el jardín bien cuidado y nos metíamos bajo las ramas gruesas y desnudas que se agitaban como huesos secos en la brisa. Pero no podía hablar. El nudo había vuelto, justo en el centro de mi garganta. El pensamiento coherente se desactivó, y me encontré moviéndome a su alrededor. Roth se detuvo a mitad de un paso mientras yo hacía lo que quería hacer desde que había aparecido. Como un cohete en miniatura, me lancé hacia él. Roth retrocedió un paso, tropezando, mientras mis brazos le rodeaban el cuello. En cuanto mi cuerpo entró en contacto con el suyo, noté una fuerte presión en el pecho.

Cerré los ojos de golpe contra la violenta oleada de emociones. Estaban tan enmarañadas (alivio y miedo, desesperación y decisión, un profundo anhelo que rivalizaba con la necesidad a la que me enfrentaba cada día, y también ansiedad) que no podía distinguirlas ni comprender cómo estaba sintiendo tantas cosas. Mientras me acurrucaba contra su pecho, podía sentir su corazón latiendo con rapidez, y me di cuenta de que tenía los brazos a los costados. Una nube de nerviosismo pasó sobre mí mientras levantaba la cabeza, buscando sus ojos en la oscuridad, pero estaban cerrados y unas pestañas espesas acariciaban sus pómulos. Tenía la cara pálida bajo los delgados rayos de luz de luna que atravesaban las ramas y los labios apretados en una línea tensa. Otro escalofrío de aprensión se deslizó por mi piel. Cuando comencé a apartarme, a dar voz al miedo que crecía como un hierbajo en la boca de mi estómago, sus brazos, por fin, ¡por fin!, me rodearon. Me atrajo con fuerza hacia él, nuestros cuerpos ruborizados y apretados de una forma que me recordaba a la noche en que habíamos encontrado la Llave Menor. Los músculos de la parte baja de mi estómago se tensaron

mientras su mano subía por mi columna y se enredaba en mi pelo. Bambi siguió la caricia, como si quisiera acercarse más a su verdadero dueño. Había tanta calidez en el abrazo que las sombras desaparecieron. Cerré los ojos y me empapé de él. No sabía qué significaba su regreso, lo que significaba para nosotros, pero en ese momento no importaba. Bajó la cabeza hasta la mía y murmuró algo con una voz profunda y gutural que estaba segura de que no se acercaba siquiera a mi idioma. –Estás herida –dijo con voz áspera. Lo único que pude hacer fue negar con la cabeza mientras formaba una bola con las manos en la parte trasera de su camiseta. Sentía demasiadas emociones conflictivas. Algunas eran mías, pero también había una cualidad distante en ellas que no comprendía del todo. Deslizó la otra mano hasta mi brazo. Cuando sus dedos se metieron bajo la manga de mi sudadera, me mordí el labio. –Tu brazo –dijo, arreglándoselas para curvar los dedos justo debajo de mi codo–. ¿Cómo ha pasado?

–Fue un Guardián –expliqué, frotando la mejilla contra su pecho como un gato con el estómago lleno y listo para una siesta. Se me escapó un suspiro–. Dijo que olía a demonio. Roth se apartó de mí y bajó la barbilla. Sus cejas oscuras se unieron. –¿Te lo hizo un Guardián? ¿Fue con hierro? Asentí con la cabeza, pero no era de eso de lo que quería hablar. –Roth… –¿Qué hay de Bambi? –continuó, apartando la mano de mi pelo–. Debería haberte protegido. –Bambi está bien. –Forcé una sonrisa, pero nada se suavizó en sus facciones–. Se comió al Guardián. Roth alzó las cejas. –Vaya… –Sí –dije, estirando la palabra con lentitud. Sabía que debía preguntarle por qué de pronto los Guardianes me percibían como si fuera un demonio de Nivel Superior, pero por malo que fuera eso no estaba en la cima de mi lista de prioridades–. No sé por

dónde empezar. ¿Cómo es que estás aquí siquiera? Los ojos dorados de Roth se clavaron en los míos durante un momento, y entonces se apartó de mí. Lamenté la pérdida de calidez de inmediato. –Bueno, hay una cosa llamada portal, y me metí en uno… –No me refería a eso. –Antes, sus respuestas de sabelotodo me habían puesto de los nervios, pero ahora había cierto alivio al sentirme irritada con él–. Estabas en la trampa demoníaca con Paimón. Fuiste a los fosos. –Pues sí. –Cruzó los brazos y se apartó otro paso de mí–. No fue divertido, por si acaso te lo estabas preguntando. Hice una mueca. –No pensaba que lo fuera, pero no lo entiendo. Los fosos son permanentes. Alzó un hombro grácilmente. –Lo son, pero yo soy el favorito del Jefe y había hecho lo que el Jefe quería: evitar que se crearan los Lilin. O al menos eso es lo que pensábamos. –¿Así que te dejaron salir por buen comportamiento? –Después de un día o dos. El Jefe no se dio mucha prisa, aunque no es que fuera ninguna sorpresa.

Noté una presión en el corazón. –Pero los fosos tenían que ser… Se me rompió la voz mientras negaba con la cabeza. –No fueron unas vacaciones, enana. Imagínate tu piel desollada y quemada durante un periodo de cuarenta y ocho horas. –Volvió a encogerse de hombros, como si no fuera gran cosa que prácticamente te quemaran vivo, y se apartó el pelo oscuro de la fuente–. Pero podría haber sido peor. El culo estúpido de Paimón sigue estando ahí. Lo que significaba que Roth podría haber seguido allí. Dos días tenían que haber sido un infierno, literalmente, pero si lo habían dejado salir tan rápido… –¿Dónde has estado? Levantó la mirada hasta las ramas desnudas. –Por ahí. –¿Por ahí? –repetí con incredulidad. –Aquí y allá, arriba y abajo. –Un lateral de sus labios se elevó, pero carecía de sinceridad–. Pasando el rato. Lo miré fijamente. –¿Por qué no has venido a verme?

La pregunta salió de mi boca como el himno de toda novia cabreada existente, pero el problema con eso es que no era su novia. Roth arqueó una ceja y abrió la boca, pero no dijo nada. Estiré la mano para tocarlo, pero él se apartó. Un músculo se tensó en su mandíbula. La intranquilidad y la frialdad de antes regresaron. –He estado muy preocupada –dije, llevándome la mano al pecho–. Te he echado de menos. ¡Te he llorado! Pero esperaba que estuvieras bien. Esto… –Le tendí el collar. La piel rajada era una triste declaración–. Encontré esto en tu apartamento, en el tejado. Tú lo dejaste allí, ¿verdad? Tú… –Así es. ¿Y qué? –¿Y qué? –susurré, sintiéndome tan vacía como un eco–. ¿Por qué hiciste eso y después no viniste a verme? –No dijo nada. Noté un hielo que goteaba por mis venas–. ¿No sabes lo mal que estaba? Me sentía perdida sin… –No estabas perdida sin mí –me cortó, con la mirada de pronto fija en mí una vez más–. Tenías a Zayne. –Sí, pero eso no es…

–Lo tenías –insistió, y respiró hondo–. ¿Por qué crees que ocupé su lugar en esa trampa? Para que pudieras tenerlo. A lo mejor estaba siendo más lenta de lo normal, pero no comprendía adónde quería ir a parar con eso. –Sé que hiciste eso por mí, y nunca podré expresar lo verdaderamente agradecida que estoy por ello, pero no quería perderte. Nunca he querido hacerlo. –Las palabras siguieron derramándose en el peor caso de diarrea verbal conocida por la humanidad, los ángeles o los demonios–. No sé qué es lo que teníamos, pero teníamos algo…, algo que significaba mucho para mí. Me miró fijamente durante un momento y un despliegue de emociones apareció en su impresionante rostro antes de que negara con la cabeza. –Has pasado por muchas cosas recientemente. Entiendo que estés mal, pero, como he dicho, no me necesitas. La frustración ardía como ácido en mi sangre. –Roth, yo… –No lo digas. –Levantó una mano–. No lo digas.

–¡Ni siquiera sabes lo que iba a decir! Joder, ni siquiera yo tenía claro lo que iba a salir por mi boca. –No quiero saberlo. –Roth se pasó los dedos por el pelo de forma rápida, con brusquedad–. Por eso necesitábamos hablar. He vuelto. Voy a estar por aquí por lo del Lilin, pero esa es la única razón por la que estoy aquí. ¿Comprendes lo que te digo? Una parte de mi cerebro comprendía totalmente lo que me estaba diciendo, pero mi corazón era otra historia. Sus palabras no tenían ningún sentido para ese músculo estúpido. Las cosas no encajaban. –No. No lo comprendo. Sus pestañas bajaron mientras murmuraba una maldición. –Mira, cuando estuve arriba contigo, fue… –Negó ligeramente con la cabeza, y después pareció obligarse a decir el resto–: Fue divertido, enana. –¿Divertido? –repetí con aturdimiento. Asintió rígidamente con la cabeza. –Y eso fue todo. Tan solo era diversión mientras pasaba. Me aparté hacia atrás, como si me hubiera dado un bofetón. –Para mí no fue solo diversión.

–Pues claro que no. –Roth se giró y pareció inspeccionar el tronco de un árbol como si ocultara las respuestas al origen de la vida–. No tenías ninguna experiencia en nada de eso. Ni siquiera habías besado a nadie antes. Era natural que desarrollaras sentimientos. Una llama de dolor se encendió en mi pecho. –Pero ¿para ti no es natural? –No. En absoluto, por muchas razones. La mayoría son aburridas, pero lógicas. Soy el Príncipe Heredero del Infierno, no como tu Rocoso. –¡No eres solo el próximo Príncipe Heredero! Eres más que eso. Así que no vayas a comenzar otra vez con esa mierda. –Roth nunca se había visto a sí mismo como nada salvo otro príncipe de los cientos de príncipes que había habido antes que él. Incluso se sentía un poco inseguro al respecto, y quería tener más cuidado con esos sentimientos, pero estaba perdiendo el control, y la furia y el dolor daban paso a un grado de desesperación necesitada que resultaba vergonzosa. Le tendí el anillo–. Esto prueba que era más que solo diversión para ti. Arreglaste el collar y lo dejaste ahí para que yo lo

encontrara. –¿Y eso prueba algo? –indagó con suavidad. –¡Sí! –El frío metal me mordió la palma–. ¿Por qué ibas a hacer eso si no te importara? Sus hombros se pusieron rígidos. –No he dicho que no me importara, enana. –Entonces, ¿qué demonios estás diciendo? –Estoy diciendo que lo que hicimos no va a volver a pasar. Eso es lo que estoy diciendo. Tomé aliento, pero se me quedó atascado. –Pero el collar… Se giró con tanta rapidez que retrocedí. Había algo oscuro en su cara, en la forma en que su piel se tensaba sobre sus huesos. –¿Importa el porqué, Layla? Tan solo es un estúpido collar. –¡Y una mierda! Sabías cuánto significaba este collar para mí. Era lo único que me conectaba a mi madre; a quien era realmente, y él lo sabía. –Eso no importa. –Avanzó a zancadas y tuve que obligarme a no apartarme. Sus pupilas comenzaron a dilatarse–. No estoy interesado en reavivar un encaprichamiento

sin sentido. ¿Te queda lo suficientemente claro? ¿Lo comprendes ahora? Soy un demonio, Layla. Un demonio de sangre completa que no se avergüenza de lo que hace mi especie. Y tú solo eres mitad demonio. Quieres ser como tus preciados Guardianes y el Rocoso. Estar en mi presencia debería llenarte de repulsión. ¿Por qué querrías estar aquí, y encima conmigo? El dolor se extendió desde mi pecho y se asentó en mis huesos. –Entonces, esto ha sido… ¿qué, un juego para ti? ¡No me lo creo! –Me mantuve firme donde estaba, con la mano temblando alrededor del anillo–. Quieres que crea que no eres nada más que un demonio, pero tu forma de besarme, lo que me dijiste antes de quedar atrapado en la trampa, demuestran lo contrario. –Eres tan ingenua. ¿Un beso? ¿Unas cuantas palabras sentimentales pronunciadas cuando pensaba que iba a pasar una eternidad siendo torturado? No puedes juzgarme por un par de lapsus momentáneos, Layla. Es quien soy lo que importa. –Se encontraba a un par de centímetros de mí, y sus manos se cerraron en puños a sus costados–. Soy el

Príncipe Heredero, quieras escucharlo o no. –Eso no significa nada –sollocé apretando el anillo, la prueba de que había algo en él. La evidencia de que tenía una conciencia… y un corazón–. Estás mintiendo, y tiene que haber una razón. Giró la cabeza, y esa vez se pasó ambas manos por el pelo. –Ya sabes lo que soy. Te lo he dicho. Anhelo las cosas bonitas. Me gusta llevarme las cosas que no puedo tener. –Entonces me miró y sonrió. Su frialdad hizo que unos escalofríos me recorrieran la piel–. De verdad pensabas que me importabas, ¿verdad? Te deseaba, Layla. Aliviabas mi aburrimiento. Eso es todo. Me tambaleé hacia atrás, queriendo evitar que sus palabras significaran nada para mí, que me hicieran daño, pero no había forma de detenerlo. En un instante me di cuenta de que debería haber sido más consciente. Tendría que haber sido más consciente todo el tiempo. Después de todo, Roth tenía razón. Yo no tenía ninguna experiencia con esas cosas, con los chicos y las relaciones. Si yo… si yo hubiera significado algo para él, habría acudido a mí antes de aquella noche, porque si hubiera sido al revés, lo

primero que habría hecho yo habría sido ir con él. Y aquello era muy triste. –En realidad no sé en qué estaba pensando. Normalmente no voy a por las vírgenes. Son un lío. Alguien como tu compañera Eva sería mucho más entretenida, y con más habilidades en ese terreno. ¿Sigue estando por aquí? –Suspiró y se encogió de hombros como si tal cosa, pero un músculo palpitaba en su mandíbula–. Como he dicho, debería haberme dado cuenta de que habías desarrollado sentimientos, enana. Culpa mía. Sentí que la sangre desaparecía de mi rostro. El término cariñoso parecía innecesariamente cruel acompañado de lo que estaba diciendo. –Lo que tú digas. –Roth se giró. La línea de su columna estaba antinaturalmente rígida–. Bambi se quedará contigo. Pestañeé para contener las lágrimas, negándome a dejar que cayeran. –No qui… –No me importa que no sea lo que quieras. Se quedará contigo. Miré fijamente su espalda, sintiéndome ahogada desde dentro. –Eres un cabrón.

Él me miró por encima del hombro, con una expresión dura bajo la luz de la luna. –Adiós, Layla. Y entonces desapareció.

Capítulo siete No recuerdo demasiado del corto camino de vuelta a la casa. Había un dolor en mi pecho que rivalizaba con el que había sentido al ver a Roth en la trampa demoníaca. Era frío y caliente al mismo tiempo, y me quemaba y me congelaba por dentro. Se había formado un nudo en el fondo de mi garganta, y la humedad detrás de mis ojos se incrementaba con cada paso. Lo que Roth había dicho hizo más que simplemente doler, y el horrible peso de la presión que sentía entre los pechos me advertía de que podría haber algo roto allí, incluso aunque no me hubiera dado cuenta de lo profundos que eran mis sentimientos por él.

«Normalmente no voy a por las vírgenes.» Dios, ¿de verdad había sido tan estúpida, me había equivocado tanto con él? Sentía las mejillas escaldadas mientras sus palabras se repetían en mi mente. Cada una de ellas había sido afilada como una púa, pronunciada con la intención de mutilar, y lo habían hecho. Mis manos temblaban mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, ignorando el dolor de mis puntos tirantes. Pero ese abrazo… su forma de abrazarme… ¿no había significado nada para él? No podía aceptarlo con facilidad. Ni el hecho de que esas palabras torturadas que me había dirigido antes de que la trampa se lo llevara, unas palabras a las que me había aferrado, las hubiera pronunciado tan despreocupadamente. Pero a lo mejor era solo así de ingenua. ¿Desarrollar sentimientos? En eso tenía razón. Los había desarrollado, y me había aferrado a ellos con fuerza. Y para qué. Debajo del dolor, una clase diferente de angustia se formó en el fondo de mi garganta; una sed abrasadora echó raíces. La sentía en cada célula, incluso en las terminaciones de mis dientes. La necesidad de alimentarme se elevó con rapidez y sin

dudar. Mis emociones estaban desatadas y avivaban el ilícito deseo. Me sequé las mejillas con furia mientras llegaba hasta el camino de entrada. Los Guardianes se estaban paseando cerca de la entrada en sus auténticas formas, con las alas cerradas y pegadas a la espalda, pero ninguno me prestó atención mientras pasaba junto a ellos con rapidez. No podía ver sus almas, pero podía saborear su pureza en la punta de la lengua. Por un momento, me permití imaginar cómo sería sentir esa calidez deslizándose por mi garganta, aliviando la frialdad y el dolor que Roth había dejado atrás. Tampoco sería demasiado difícil. No confiaban en mí, pero tampoco esperaban que atacara directamente a uno de ellos. Y en cuanto apresara un alma, no habría forma de parar… Corté el pensamiento, horrorizada al descubrir que había dejado de caminar. Simplemente estaba ahí plantada, mirando fijamente la cabeza inclinada y dorada de Zayne, y se me estaba haciendo la boca agua. La necesidad voraz de cumplir mi fantasía me hizo sentir un calambre en el estómago. Con los codos sobre las rodillas, levantó la barbilla y en un segundo se puso

en pie, con las manos abiertas a los costados. –¿Layla? –Estoy cansada. –Mi voz sonaba extraña. Estaba demasiado fatigada, demasiado tensa. No podía estar cerca de él; no podía estar cerca de nadie en esos momentos–. Me voy… me voy a la cama. El brillo de su tono de piel se desvaneció mientras se giraba. Me siguió a través de la puerta y la cerró en silencio detrás de nosotros. La luz del vestíbulo estaba apagada sobre nuestras cabezas y los pequeños candelabros de pared emitían un suave resplandor sobre el suelo. La voz de Jasmine salía flotando del salón, y aceleré el ritmo. Cada paso mientras subía la escalera me absorbía toda la energía. Para cuando llegué al rellano del segundo piso, quería girar y lanzarme contra Zayne de la peor forma posible. Él pasó junto a mí y bloqueó la puerta de la habitación. –Háblame. Levanté la mirada con lentitud, y no sé lo que vio en mi expresión, pero estiró una mano. Di un paso hacia atrás para esquivar su tacto, demasiado a punto de

estallar y hacer algo por lo que jamás podría perdonarme. Con el corazón palpitando con fuerza, negué con la cabeza. –No quiero hablar. Inclinó la cabeza hacia un lado. –No estás bien. –Contuve el aliento, y él apretó la mandíbula–. ¿Te ha hecho daño? –No –me obligué a decir, y exhalé por la nariz. –No me refiero físicamente. Te ha hecho… –No puedo hacer esto ahora. Por favor –susurré, y sus ojos se ensancharon al comprender–. Necesito estar sola. Sus fosas nasales se dilataron mientras se apartaba a un lado, y su pecho se elevó con brusquedad. –¿Necesitas algo? Tenía el estómago revuelto por lo rápido que me latía el corazón. –¿Zumo de naranja? Asintió con la cabeza y se marchó por el pasillo con rapidez. Entré en la habitación y dejé la luz apagada, pues no lo necesitaba. Pasaba tanto tiempo allí que podía recorrerla a

ciegas. Caminé hasta las grandes ventanas, deseando poder abrirlas para dejar que entrara el fresco aire nocturno, pero las habían cerrado con clavos durante mi fase de estar «castigada de por vida». Supongo que Abbot pensaba que me saldrían alas y echaría a volar para encontrarme con mi horda demoníaca. Cerré los ojos con fuerza y me di cuenta de que eso era lo que quería hacer. No lo de irme con una horda demoníaca, pero, joder, sí que quería salir volando. Casi me había transformado antes; quizá podría volver a hacerlo. Una serie de cosquilleos se extendió por mi piel. La piel de mi espalda se tensó. Abrí los ojos y solté un aliento lento y bajo. Casi podía sentir el aire nocturno acariciando mi piel. Me pregunté lo alto que podría subir, y si me sentiría tan bien como al tomar un alma. Pero Abbot se volvería loco si abandonaba el complejo, y de todos modos no era seguro para mí hacerlo. No porque pudiera correr ningún peligro, sino por el peligro que podía suponer para otras personas en esos momentos; personas inocentes. La presencia de Zayne llenó la habitación. Me giré y, por primera vez desde que

había perdido la posibilidad de ver auras, me alegró no poder ver la suya entonces. Dejó un vaso grande de zumo de naranja sobre mi escritorio, entre mis cuadernos y el papel de la impresora. Me echó un vistazo, con la hermosa cara teñida de preocupación. –Si necesitas algo, llámame o mándame un mensaje. –Asentí con la cabeza–. Prométemelo. No se acercó, pero su mirada no dejó la mía. –Te lo prometo –juré, tragándome el nudo aún más grande en mi garganta. A veces, no, siempre, no creía que me mereciera tener a Zayne–. Gracias. Sus pestañas se cerraron durante un instante. –No me des las gracias, bichito. Por esto no. –Sus ojos eran de un profundo tono de azul mientras se clavaban en los míos otra vez–. Sabes… sabes que haría cualquier cosa por ti. Las lágrimas se derramaron por mis ojos mientras asentía ciegamente con la cabeza. Sus labios se curvaron en las comisuras en una pequeña sonrisa, y entonces salió de la habitación. Fui directamente hacia el zumo de naranja, tomé el frío vaso y me tragué

todo su contenido. El sabor ácido aliviaba el ansia, y cuando puse el vaso sobre el escritorio noté un movimiento por el rabillo del ojo que atrajo mi atención. Me volví y me sequé las manos húmedas en la falda vaquera. Las cortinas blancas se movían junto a la ventana cerrada, meciéndose con suavidad en el aire vacío. Alcé las cejas. No había viento en la habitación. El aire acondicionado no estaba encendido. Habría oído a esa bestia poniéndose en marcha y, además hacía demasiado frío fuera para que lo encendieran. Mientras me dirigía hacia la ventana, las cortinas se echaron hacia atrás y se pegaron con lentitud a la pared. Vale. Aquello era muy raro. Un extraño escalofrío me descendió por la columna. De acuerdo. En realidad daba muy mal rollo, pero Bambi cobró vida y me distrajo mientras subía por mi pierna izquierda. Su movimiento seguía siendo un doloroso recordatorio, pero ahora servía para un propósito diferente. «Aliviabas mi aburrimiento.»

Tomé aire con brusquedad mientras el golpe me daba bajo las rodillas. Me aparté de la ventana, me bajé la cremallera de la sudadera y me la quité con cuidado. La dejé caer en el suelo. Bajé la mirada hasta mi brazo e hice una mueca al ver la mancha oscura en el vendaje blanco. Qué noche más horrible. Mordiéndome el labio, me quité la ropa y me puse los pantalones cortos que usaba para dormir. Antes de poder ponerme una camiseta de manga larga, Bambi salió de mi piel. En la oscuridad, no era más que una sombra mientras tomaba forma. En lugar de marcharse para cazar o volver corriendo junto a Roth como una mascota olvidada, se deslizó hasta la casa de muñecas que Abbot me había construido siendo yo niña. Me había portado fatal con el pobre trasto cuando me castigaron y Roth desapareció. Hacía cosa de una semana, había reaparecido en mi habitación, con el tejado y las paredes montados de nuevo. Suponía que había sido Zayne, y no sabía por qué lo había hecho ni por qué me había sentido aliviada al verla. Era evidente que tenía problemas desprendiéndome de las cosas.

Bambi se las arregló para enroscar su metro ochenta de longitud en el piso superior y dejó descansar la cabeza sobre la cama en miniatura. Parecía… cómoda. Y tenía un aspecto extraño. Los minutos pasaron mientras miraba fijamente a la familiar demoníaca. Un escalofrío se formó en mi pecho, reemplazando la horrible quemazón. ¿Por qué me la había dado Roth? Bambi era su familiar, no la mía, y siempre había parecido tenerle mucho cariño. No tenía sentido, pero probablemente no importara. Hacía tiempo que había admitido que hacía cosas sin razón alguna. Y resultaba que yo no era más que una de esas muchas «cosas». Dolía mucho mientras me metía en la cama, y me tumbé sobre el brazo intacto. Ni siquiera era tarde cuando cerré los ojos, pero me sentía como si hubiera pasado una eternidad desde la mañana. Todo parecía haber cambiado en el transcurso de unas pocas horas. Olía como un demonio de Nivel Superior. Roth había vuelto, y estaba relativamente intacto. Había nacido un Lilin. Al parecer, tener un orgasmo era algo apocalíptico. Y

Roth… nunca se había preocupado por mí. Tan solo había sido un trabajo para él. Y nada más. Me dolía la cabeza como si me hubiera pasado la noche golpeándola contra la pared, lo cual habría sido más divertido y fructífero que mirar al techo y recordar todos los momentos que Roth y yo habíamos compartido. Había estado buscando algún error fatal en nuestro intento de relación, y eso había sido tan productivo como hacer agujeros en un cubo y tratar de llevar agua en él. Roth era un demonio. Un demonio hombre. Un demonio hombre a quien le gustaba «anhelar cosas bonitas». Y yo tenía tan poca experiencia como una monja, así que por supuesto que había atribuido muchas cosas a lo que me había dicho, a su forma de mirarme, a cada tacto y beso. Pensaba que todo aquello significaba algo, y el dolor era intenso, con un sabor a uvas amargas en el fondo de mi boca. Extrañamente, por mucho que mi garganta y mis ojos ardieran y a pesar de todas las lágrimas que se acumularon en mis ojos,

estas no se derramaron. Deseé que lo hicieran. Parecía que había algo limpiador en el acto de llorar. Cuando llegó la hora de levantarme para ir a clase, me acurruqué debajo del edredón pesado y cálido. Esperé a que alguien fuera a decirme que saliera de la cama, pero lo único que se acercó fueron los pasos de Nicolai a la hora que siempre me llevaba al instituto. No abrió la puerta para comprobar cómo estaba. Después de unos pocos segundos, sus pasos desaparecieron por el pasillo. Cerré los ojos, sin saber si debería sentirme agradecida o herida porque no pareciera importarle a nadie. Antes de Roth… Antes de que el clan supiera sobre él y nuestra relación, Abbot o algún otro habría entrado para arrastrarme fuera de la cama, o al menos para asegurarse de que Freddy Krueger no me hubiera secuestrado. ¿Y ahora? En absoluto. Más que nunca antes, era una invitada permanente en su casa, una que se había quedado más tiempo de lo que debería. Mientras volvía a adormecerme, mi cerebro se paseó en todas direcciones. Un viejo

plan resurgió, uno en el que no había pensado demasiado desde hacía un tiempo. Mi mirada soñolienta se dirigió hacia el escritorio. El vaso vacío de zumo de naranja descansaba sobre la pila de solicitudes para entrar en la universidad. Aquellos papeles estaban casi olvidados, y lo más seguro es que fuera demasiado tarde para plantearme seriamente matricularme para el próximo otoño, pero a lo mejor eso era lo que haría. A la mierda todo: el Lilin, Roth y los Guardianes. Podría ir a la universidad muy lejos de allí y fingir ser… ¿Fingir ser qué? ¿Normal? Podía hacerlo. Llevaba mucho tiempo haciéndolo. Podía entremezclarme con los humanos y convertir todo aquello en un recuerdo distante. Era una decisión egoísta, pero me daba igual. Quería ser egoísta, y no quería estar allí, ni quedarme más tiempo en ese cuerpo ni atrapada con esos problemas. Algo bueno era que no lo vería en el instituto. No había ninguna razón para que Roth regresara allí. En algún momento volví a quedarme dormida, y me desperté al sentir la cama moverse bajo un peso repentino e inesperado y el movimiento de las mantas. Desorientada, abrí los ojos. Miré por encima del hombro con el corazón

latiéndome a toda velocidad en el pecho. Dos ojos color cielo se encontraron con los míos.

Capítulo ocho Zayne me devolvió la mirada fijamente, oculto momentáneamente por su largo pelo rubio. Contuve el aliento mientras él se ponía de costado y se subía las mantas hasta la cintura. Bajé la mirada. Llevaba una camiseta gris de algodón que se tensaba sobre sus hombros mientras metía la mano bajo el edredón y me buscaba dentro del fardo de mantas. Con su brazo alrededor de mi cintura, me llevó contra su pecho. Cada músculo de mi cuerpo se tensó mientras se colocaba detrás de mí, curvando el cuerpo alrededor del mío con una tranquilidad natural que se diseminó por mis sentidos. Básicamente no había nada entre nosotros más que nuestra fina ropa para dormir, cosa que no me protegía en absoluto del calor que irradiaba su cuerpo.

Y la calidez… oh. Se filtraba entre mis músculos, aliviando los nudos y todos los puntos doloridos. En cuestión de segundos, la rigidez abandonó mi columna vertebral y mi mejilla regresó a la almohada. La cama se convirtió en una nube, y me sentí como si estuviera en uno de esos cutres anuncios de colchones de los que Stacey y Sam siempre se reían, pero Zayne tenía el poder de cambiar un colchón corriente en algo maravilloso. Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo se hundiera. En los momentos posteriores, no pensé en nada, y eso era genial. Levantó la mano de mi cadera el tiempo suficiente para apartar unos mechones de mi pelo de su cara, y entonces sentí su cálido aliento contra mi nuca. Una serie de escalofríos bailaron sobre mi piel. Una clase diferente de tensión se formó en la parte baja de mi estómago mientras me concentraba en respirar con normalidad, y no como si acabara de intentar subir y bajar corriendo unas gradas. Había pasado mucho mucho tiempo desde que Zayne había hecho eso por última vez: meterse en mi cama para descansar en lugar de sumirse en un sueño profundo. No

desde que éramos mucho mucho más jóvenes, cuando compartir una cama era inofensivo e inocente y nadie podría tener una idea equivocada al respecto. Una sensación de aturdimiento me atravesó. Sobre todo después de la noche anterior, no esperaba algo así de él. Había sentido que había estado a punto de ceder al ansia. Lo cierto era que se encontraba en peligro constante al estar junto a mí. En cualquier momento podría darme la vuelta y nuestras bocas se encontrarían a solo unos centímetros de distancia. Y sería muy fácil tomar su alma. –¿Qué tal tu brazo? –preguntó. Cuando habló, su voz retumbó a través de mí. Me aclaré la garganta e hice una mueca ante lo áspero que sonaba. –Está bien. –Deberíamos echarle un vistazo después. –Movió el brazo y su mano acabó sobre mi barriga, justo debajo del ombligo. Di un respingo, sorprendida, pero él no se apartó ni movió la mano–. Entonces, ¿no es por eso por lo que no has ido a clase? Me tragué un suspiro y me obligué a abrir los ojos. En la mesita de noche, las luces verdes de neón mostraban que eran las 9:01 de la mañana. Debería estar de camino a

clase de Biología a esas alturas. –No. –¿Quieres hablar de ello? Hablar sobre Roth mientras estaba tumbada en la cama con Zayne era lo último que querría hacer. –No. El silencio cayó entre nosotros mientras su pecho se elevaba y caía contra mi espalda en un ritmo constante y profundo. Por relajada que me sintiera, mi cuerpo seguía siendo hiperconsciente del suyo, de cada aliento que tomaba y cada pequeño espasmo de algún músculo. En el silencio, un desagradable pensamiento se abrió camino. ¿Habría estado así tumbado con Danika? No tenía ningún derecho a sentir la corrosiva quemazón de los celos que invadió mi sangre, pero estaba ahí y estaba mal, porque ellos eran capaces de compartir más de lo que yo jamás sería capaz de compartir con él. –Lo siento –dijo, y pronunció las palabras en voz tan baja que al principio no estaba segura de que las hubiera dicho. Cerré los ojos.

–¿Por qué? Hubo otro largo periodo de silencio, y entonces dijo: –Sé que estás sufriendo, y quiero matar a ese hijo de puta por ello. El corazón me dio un fuerte vuelco. No había forma de ocultarme nada: Zayne me conocía mejor de lo que me gustaba admitir. No sabía qué decir. Quería estrangular a Roth y darle una patada giratoria en los huevos, pero también tenía la sospecha furtiva de que Zayne realmente quería actuar según sus deseos, y como era una chica, lloraría si este al final lograba matarlo. –Es un demonio –dijo Zayne–. No importa que haya momentos en los que realice actos de gran compasión, porque en el fondo, es lo que es. Me mordí el labio inferior. –Pero eso es lo que soy yo. –No. –Zayne se incorporó un poco, y su mano avanzó desde mi estómago hasta mi cadera–. No eres solo un demonio, Layla. También eres una Guardiana. No es como si no pudieras ser ambas cosas y… –¿Y…? –Me puse boca arriba, apoyándome en los codos, y su mano acabó sobre mi

tripa otra vez. Sus dedos alargados alcanzaron el elástico de mis pantalones para dormir, y nuestras miradas se encontraron–. ¿Y qué? No respondió de inmediato. En lugar de eso su mirada recorrió mi cara y después siguió bajando, más allá del cuello de mi camiseta. La manta se había deslizado hasta debajo de mi pecho. Tragó saliva con fuerza mientras volvía a tumbarse de costado. Su voz sonaba más pastosa de lo normal cuando habló. –¿Y por qué no puedes tener lo mejor de ambos mundos? Es decir, las mejores cualidades, ¿sabes? –¿Las mejores cualidades de ambos? –murmuré con lentitud–. ¿Estás diciendo que hay buenas cualidades en los demonios? –Las hay en ti. –La parte hundida de sus mejillas se ruborizó y pestañeé un par de veces, pero el rubor tardó en desaparecer–. Eres mitad demonio. Como te dije aquella noche en la heladería, no deberíamos haber hecho que odiaras esa parte de ti. Lo recordaba diciéndome eso. Las palabras se habían perdido con todo lo demás que había pasado aquella noche, Paimón y la trampa demoníaca…, pero lo recordaba.

–Cada parte de ti es buena, incluida la parte demoníaca. –Hizo una pausa–. Además, te vi aquella noche. Me tumbé y tomé un largo aliento. –¿Qué quieres decir? Se inclinó hacia mí, y varios mechones de pelo se deslizaron sobre sus mejillas. –No eras igual que nosotros cuando te transformaste, pero tampoco eras igual que un demonio. Eras una mezcla de ambos. –Entonces, ¿parecía un monstruo? –No. –Su mano se movió, y sus dedos se curvaron alrededor de mi cintura–. Tu piel era negra y gris, como el mármol moteado. Eras preciosa. Lo mejor de ambos. Un calor agradable se extendió por mis mejillas, y me esforcé por no bajar la mirada ante la intensidad de la suya. –Últimamente dices mucho eso. –¿El qué? –Lo de «preciosa». Sus labios se curvaron en las comisuras en una pequeña sonrisa. –Pues sí.

–¿Necesitas que te revisen la cabeza? Puso los ojos en blanco. –De todos modos… –Su pulgar se movió en círculos lentos y perezosos por la parte baja de mi estómago. Parecía no darse cuenta de ello, pero entonces rio entre dientes con suavidad–. No tengo ni idea de qué estábamos diciendo. Sonreí. –Estábamos hablando de lo genial que soy. –Suena correcto. Se volvió a tumbar, y parecía estar más cerca que antes. La parte superior de sus piernas estaba apretada contra los laterales de mis muslos. Y su pulgar seguía recorriendo ese círculo invisible debajo de mi ombligo, creando una calidez lánguida que me resultaba familiar. –Estaba pensando… –dije al fin, observándolo. Tenía los ojos cerrados y, en ese momento, parecía mucho más joven que sus veintiún años. Hubo un instante de silencio. –¿Sobre qué? –Sobre rellenar esas solicitudes para la universidad y tratar de ver si puedo

entrar en alguna admisión tardía. Zayne abrió un ojo, y su pulgar se quedó inmóvil. Transcurrieron varios segundos. –¿Es por él? –Abrí la boca–. Ya sabes que siempre te he apoyado con lo de ir a la universidad. –Ahora tenía ambos ojos abiertos–. Creo que sería genial para ti, pero no tomes una decisión tan importante como esa por lo que estás sintiendo ahora mismo. Quería negar la suposición de que mi repentino interés en la universidad tuviera nada que ver con Roth, pero sería una lamentable mentira. ¿A quién pretendía engañar? Antes nunca me había planteado con seriedad la idea de marcharme para ir a la universidad, pero en esos momentos la idea me daba vueltas en la cabeza por todas las razones equivocadas. Zayne me estaba mirando fijamente, con los ojos tan brillantes como el mediodía durante el verano. La inquietud me ponía nerviosa. –¿Lo…? –Respiró hondo, y yo contuve el aliento–. ¿Lo quieres, Layla? Ay, Dios. Se me ensancharon los ojos, y pude sentir cómo crecía el calor de mis

mejillas. La pregunta me derribó del planeta totalmente. Apartó la mirada y negó con la cabeza. –Mierda, bichito. –¡No! –solté abruptamente, y cuando giró la cabeza hacia mí el corazón me dio un salto hasta la garganta–. No sé qué es lo que siento –me apresuré a decir, contando la brutal verdad–. No lo sé, Zayne. Me importa mucho, y él… –De repente noté un doloroso nudo en la garganta–. No lo sé. Y realmente no lo sabía. El amor es una criatura extraña que uno cree controlar y comprender, solo para descubrir después que no era más que una mínima muestra de lo que era en realidad. Y había muchas clases diferentes de amor, eso lo sabía, pero no sabía dónde se encontraba Roth de entre todas ellas. Zayne me sostuvo la mirada durante un largo momento antes de asentir con la cabeza. –Vale. Lo entiendo. –Su mano dejó mi estómago y, antes de que pudiera sentir el pinchazo de confusa decepción, encontró mi mano y entrelazó los dedos con los míos–.

De verdad que sí. Me apretó la mano y yo le devolví el gesto de forma obediente, pero no estaba segura de cómo podía entender nada de esto cuando yo misma no lo hacía. Zayne se pasó el día durmiendo conmigo y dejó mi cama cuando los demás Guardianes comenzaron a moverse por la casa. Lo observé mientras se marchaba, con las mejillas ruborizadas sin ninguna otra razón más que el hecho de que parecía muy íntimo verlo escabullirse de mi habitación como si… como si hubiéramos hecho alguna travesura. Yo me quedé en la cama después de eso, tratando de comprender el extraño hormigueo que sentía en el pecho. Tenía una ligera sonrisa en los labios, porque Zayne… bueno, me había alegrado el día; pero entonces recordé lo que Roth me había dicho la noche anterior y la sonrisa desapareció como si jamás hubiera estado así. Probablemente tendría que ir acostumbrándome a los cambios bruscos de humor. No fue hasta después de la cena que decidí limpiarme a fondo la porquería acumulada después de un día. Con cuidado, me despegué el vendaje y me alegró ver que el corte de mi brazo estaba sanando como esperaba. Ya no necesitaría seguir

cubriéndolo. Todavía tenía el brazo dolorido, pero la sangre de Guardián en mi interior estaba deshaciendo con rapidez el daño del hierro. Después de ponerme un pijama limpio, como una auténtica ermitaña, fui hasta el escritorio, donde había dejado el móvil. Había estado en silencio durante todo el día, y cuando toqué la pantalla no me sorprendió ver un montón de mensajes de Stacey. Dónde estás? T has saltado ls clases, warra? Un minuto después: Tu taquilla t echa d menos. Tiens herpes? Ay, Dios mío. Me reí en voz alta y sonreí mientras bajaba por sus mensajes. El sustituto d bio sigue estando bueno. T lo estás perdiendo M siento sola en bio Mis tetas t echan d menos. No es un poco raro? Desde luego, aquello era raro, y al mismo tiempo no me sorprendía en absoluto. Si m quitan el móvil, es tu culpa. Joder, Layla, dónde estás?!? El aire se me escapó de los pulmones mientras leía el siguiente mensaje y los que

venían después. Ni t imaginas quién acaba d entrar en bio!!! Roth está aquí! Joder, por qué no estás aquí para ver esto? Vale. Dice que tenía mono. En serio? La gente todavía pilla la mono? Y a quién moño estaba besando? Un segundo después: Moño? No quería decir moño. Eso NO es lo que quería decir, autocorrector Otro mensaje había llegado unos quince minutos después del último: Ha preguntado dónde estabas. Le dije q t habías unido a una secta. Me reí, pero él no. Al fin, el último mensaje me pedía que la llamara si no estaba muerta. –¿Qué demonios? Tiré el móvil a la cama, con la boca totalmente abierta. La furia me golpeó como si abrieran una puerta de una patada, y le di la bienvenida porque era mucho mejor que ese maldito dolor, y la confusión, y ese… sentimiento de pérdida. ¿Roth había vuelto a clase? Aquello… aquello era inaceptable. No tenía ninguna razón para estar ahí. Ninguna en absoluto, aunque fácilmente pasaba por un chico de

dieciocho años corriente. No era como si las clases le interesaran de verdad, o como si fuera a cazar a ningún Lilin allí. ¿Y si no estaba allí por el Lilin? ¿No me había preguntado sobre Eva? En cuanto esa pregunta entró en mis pensamientos, solté una maldición y me giré para salir de mi habitación. No tenía ni idea de adónde iba, pero tenía que ir a algún sitio. A lo mejor a pegarle un puñetazo a algo. Pegar puñetazos sonaba bien. Porque el hecho de que él hubiera ido allí era de lo más desconsiderado. Llegué hasta el piso inferior, pasé junto a la biblioteca y hubiera continuado avanzando hacia Dios sabía dónde con mi pijama a lunares cuando oí su nombre. Mis pequeños pies se detuvieron en un instante y entonces me giré e incliné la cabeza hacia la rendija abierta de la puerta. –¿Qué hay de Roth? Era Dez quien había hablado. –Ni que decir tiene que no podemos confiar por completo en él –respondió Abbot, y prácticamente podía verlo en mi cabeza, sentado detrás del escritorio y haciendo girar

un puro entre los dedos–. Tenemos que mantener un ojo sobre él. –Hecho –replicó Nicolai. Hubo una pausa, y entonces Abbot dijo: –También tenemos que echarle un ojo a Layla. Cerré la boca de golpe mientras curvaba las manos. ¿Echarme un ojo a mí? Su voz había disminuido de intensidad, y entonces volvió a subir. –Ya sabéis a qué podríamos estar enfrentándonos. Lo sabéis todos. Tenemos que tener cuidado, porque si es lo que sospecho, tendremos que de… Una ráfaga de aire helado recorrió el pasillo, agitando mi cabello húmedo y haciéndolo volar por toda mi cara. Tomé aire, sobresaltada, y me volví mientras un sonoro crujido reverberaba por el complejo. El estallido retumbó como un trueno, haciendo repiquetear los cuadros de los ángeles. Justo delante de mí, las enormes ventanas del atrio se rajaron por la mitad. Di un paso hacia atrás mientras el cristal se astillaba y después explotaba.

Capítulo nueve

Con un chillido, giré y me cubrí la cabeza antes de que el cristal me bombardeara. Unas pequeñas esquirlas rebotaron en mí de forma inofensiva y tintinearon sobre el suelo como campanillas. –Joder –susurré, y di un salto cuando la puerta de la biblioteca se estampó contra la pared y los Guardianes salieron al pasillo. Abbot fue el primero. –¿Qué demonios ha pasado aquí? –No lo sé. –Me enderecé y me giré. Los cristales de tres grandes ventanas habían quedado destrozados–. Uf. –¿Te encuentras bien? –preguntó Dez, acudiendo junto a mí. No se acercó demasiado, pero sí lo suficiente como para ver que sus pupilas se habían dilatado. Bajé la mirada. Con los pies descalzos, caminar iba a ser complicado. El suelo estaba cubierto de cristal, que relucía como pequeños diamantes bajo la luz del vestíbulo. –Sí. Ni siquiera un rasguño. Nicolai y Geoff se acercaron a las ventanas reventadas. Geoff era nuestro experto en seguridad residente y parecía perturbado mientras se asomaba por la ventana,

y con buena razón. –Estas ventanas son de cristal reforzado. Casi haría falta un maldito misil para romperlas, y no hay nada ni nadie allí abajo. Ninguno de los detectores de movimiento se ha activado, ni ninguno de los encantamientos. –Tampoco hay nada aquí –dijo Nicolai, girando mientras fruncía el ceño–. No hay ladrillos ni nada. Abbot se volvió hacia mí, y la línea tensa que formó su mandíbula me dejó claro que no estaba contento. Bajé la mirada hacia sus manos. En una de ellas sostenía un pequeño vial de un líquido de un blanco lechoso. –¿Qué ha pasado aquí, Layla? –preguntó antes de que pudiera interrogarlo sobre el frasco. –No lo sé. Estaba bajando por el pasillo, y las ventanas… se agrietaron y después explotaron. –Negué con la cabeza y unos trozos de cristal cayeron de mi pelo, tintineando sobre el suelo de madera dura. Genial. Tardaría una eternidad en quitarme todo el cristal. Me aparté con cuidado a un lado.

Abbot arqueó una ceja. –¿Así que no has hecho nada? Levanté la cabeza de golpe. –¡Pues claro que no! No he hecho nada. –Entonces, ¿cómo se han roto las ventanas si no hay nada aquí que pueda haberlo hecho? Me olvidé del cristal mientras miraba fijamente a Abbot. El aire frío entraba por las ventanas, pero esa no era la causa del repentino escalofrío que se deslizó por mi columna vertebral. –No lo sé, pero estoy diciendo la verdad. No he hecho nada. Geoff nos miró, cruzando los brazos. El hoyuelo de su barbilla prácticamente había desaparecido. –Layla, no hay nada aquí que pueda haber roto las ventanas. –Pero no he sido yo. –Recorrí a los hombres con la mirada. Ninguno de ellos, ni siquiera Dez o Nicolai, tenía una expresión que dijera que me creían–. ¿Por qué iba a romper las ventanas? Abbot levantó la barbilla.

–¿Por qué estabas en el pasillo? –Ah, no sé. –La irritación me picaba sobre la piel–. A lo mejor estaba yendo a la cocina o al salón. ¿O quizás a alguna de las muchas habitaciones que hay aquí abajo? Entrecerró los ojos. –No emplees ese tono conmigo, Layla. –¡No estoy empleando ningún tono! –Mi voz subió una octava–. ¡Me estás culpando por algo que no he hecho! –Las ventanas no se han roto solas. –Sus ojos ardían con un tono brillante de azul–. Si ha sido un accidente, preferiría que me contaras la verdad. Basta ya de mentiras. –¿Que basta ya de mentiras? Eso es muy apropiado viniendo de ti –le espeté. Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas y, bueno, era como haber metido ya un pie en la tumba–. Sobre todo cuando les estás diciendo que me echen un ojo. Su pecho se elevó al respirar hondo mientras daba un paso hacia delante, y se irguió como una torre encima de mí.

–Entonces, ¿estabas escuchando a escondidas cuando se rompieron las ventanas? –¡No! –En realidad no. Al menos, no era por eso por lo que había bajado, pero esa no era la cuestión–. Tan solo estaba pasando por aquí y escuché mi nombre. La puerta estaba entreabierta, no es como si estuvierais tratando de tener cuidado. Dez dio un paso hacia nosotros. –Layla… Abbot levantó una mano para silenciar al Guardián más joven. –¿Qué has oído? Crucé los brazos y guardé silencio. Una inesperada tozudez me llenaba. No dije nada, aunque solo había escuchado esa parte. Bajó la cabeza, y ese acto parecía simbolizar el poco miedo que sentía hacia mí, y por alguna razón eso me aliviaba. Cuando habló, su voz era baja y terriblemente calmada. –¿Qué has oído, Layla? Reuniendo coraje, mantuve la boca cerrada y me obligué a devolverle la mirada. –¿Por qué? ¿Qué crees que he oído? Sus fosas nasales se dilataron cuando exhaló con fuerza.

–Chica, te he criado como si fueras de los míos. Vas a hablarme con respeto y vas a responder a mi pregunta. Una sacudida de miedo me recorrió los músculos. Había una enorme parte de mí que quería decirle que no había oído gran cosa, que quería hacerle feliz, porque él era lo más cercano que tenía a un padre. Su aprobación era algo que buscaba constantemente, pero aquello… aquello no era justo, y no iba a dejarme pisotear como un felpudo por él. Ni por nadie. La tensión llenó el atrio, y el resto de los Guardianes se movieron con incomodidad. –Díselo y ya está –me instó Nicolai con suavidad. La resolución cubrió mi columna como si fuera acero mientras seguía sosteniendo la mirada de Abbot. –¿Qué está pasando? –Zayne bajó los escalones de tres en tres. Le caían unas gotas de agua del pelo húmedo y algunas partes de su camiseta negra se pegaban a su cuerpo. Recién salido de la ducha, su aroma a menta llenaba el aire. Tenía la mirada fija en nosotros, y después la dirigió hacia las ventanas. Levantó las cejas–. ¿Padre?

Abbot sostuvo mi mirada un momento más y después se enderezó para dirigirse a su hijo. –Las ventanas han explotado por arte de magia, según Layla. –Yo no he sido –insistí, resistiendo la necesidad de dar un pisotón en el suelo y acabar con los trozos de cristal a modo de zapatos–. Las ventanas han explotado. No sé cómo habrá pasado, pero no he sido yo. –Si ella dice que no ha sido, es que no ha sido. –Para Zayne era así de simple. Creía lo que decía y, por el amor de todo lo que era sagrado en el mundo, en esos momentos era mi héroe. Su mirada se dirigió hacia el suelo–. Dios, ten cuidado. Vas descalza. Comencé a sonreír y quería lanzarme hacia él, pero Abbot se movió y pasó a zancadas junto a nosotros. –Vete a tu habitación, Layla. –El cristal crujió bajo sus botas. Como no me moví, se detuvo y su mirada furiosa me atravesó directamente–. Ahora. –¡Yo no he hecho nada! –exclamé–. ¿Por qué tengo que ir…? –¡Ahora! –exclamó, y volví a saltar. Zayne me atrapó el brazo, evitando que pisara el cristal. Le dirigió una mirada a su

padre. Abbot se giró hacia los Guardianes. Ellos comenzaron a avanzar hacia él, pero este los detuvo. –Solo Geoff. Los demás podéis marcharos. Geoff intercambió unas miradas con los demás, pero siguió a Abbot hasta la biblioteca. La puerta se cerró de golpe tras ellos y mi sensor de problemas se activó. Miré a Nicolai y a Dez. –Yo no he sido –dije una vez más. Los dos apartaron la mirada, y la intranquilidad que sentía en mi interior se expandió como un fuego sin control mientras Nicolai se marchaba del atrio. Dez suspiró. –Voy a buscar a Morris para ver si me ayuda con este desastre. Y las ventanas. Después, él también se marchó, y me dejó sola con Zayne. –Está de mal humor –razonó Zayne en voz baja mientras me ayudaba a recorrer el camino de la destrucción–. Lo ha estado desde que Ro… desde que los demonios aparecieron anoche. A lo mejor por eso estaba actuando como si le hubieran metido un palo por el culo,

pero había algo más. Hablé cuando llegamos a la base de la escalera. –Estaba en la biblioteca con los demás Guardianes. Lo oí decir algo. Zayne estaba mirando fijamente el suelo. –¿Estás segura de que no te has cortado con todo este cristal? –Sí. Préstame atención –dije, tirándole de la manga de la camiseta. Él me miró levantando las cejas–. Estaba diciéndoles a los otros Guardianes que me echaran un ojo. –Vale… –replicó con lentitud. –¿Vale? ¿Hola? Les dijo que me vigilaran. Zayne me tomó la mano y me condujo por la escalera. –Con…, bueno, con quien tú ya sabes de vuelta, por supuesto que va a querer asegurarse de que estés a salvo. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza. –No fue así, Zayne. Dijo algo más, pero fue demasiado bajo para que lo escuchara. Y después habló sobre si algo era lo que sospechaba. –¿Qué? –No lo sé. –Frustrada, le solté la mano–. No pude oírlo todo, y entonces las estúpidas ventanas explotaron. –Miré hacia el piso inferior. El cristal brillaba como la lluvia sobre el suelo–. De verdad que no fui yo.

–Te creo. Mi mirada encontró la suya. –Y no confío en tu padre. –Layla –suspiró, dando un paso hacia atrás–. Es evidente que hay problemas entre ambos, y lo entiendo totalmente. Te ha ocultado un montón de cosas. –No me digas –murmuré. Cambió el peso de pierna. –Pero si está pidiendo a los chicos que te vigilen, es porque está preocupado por ti. –Y porque no confía en mí. –Eso también –admitió él–. Oye, tienes que entenderlo. Le… –Le mentí. Lo sé. Pero él ha dicho más mentiras. Zayne me miró fijamente, como si estuviera a punto de explicarme que una cosa no compensa la otra, pero entonces volvió a suspirar. –Venga. He mangado pollo frito de la cena. Está frío, tal como te gusta. –Se supone que tengo que ir a mi habitación –señalé de mal humor. Él puso los ojos en blanco y entonces trató de agarrarme. Di un salto hacia atrás y Zayne esbozó una sonrisa malvada. –Camina o te llevo en brazos.

–Jo, cuanto más viejo, más mandón te vuelves. Me guiñó un ojo. –Todavía no has visto nada. Te doy dos segundos. –¿Dos segundos? ¿Qué ha pasado con los clásicos…? ¡Eh! –Chillé mientras trataba de agarrarme otra vez–. Vale. Caminaré. Su sonrisa se extendió. –Sabía que lo verías del mismo modo. Le saqué la lengua y él se rio, pero lo seguí por el pasillo hasta su habitación. El estómago me rugió al pensar en el pollo frito frío, pero seguía teniendo la mente en el atrio de abajo, y por alguna razón pensé en el vial con la sustancia de un blanco lechoso. Quería saber lo que era. *** Unas mariposas como parásitos habían formado un molesto nido en mi estómago y estaban tratando de abrirse camino hacia fuera a dentelladas. Nunca había estado más nerviosa por ir a clase en toda mi vida. –¿Estás segura de que te encuentras mejor? –preguntó Stacey mientras se paseaba de

un lado a otro y yo sacaba los libros de texto de la taquilla–. Pareces estar a punto de caerte. –Sí, estoy genial. Forcé una sonrisa que probablemente diera mal rollo mientras me colgaba la mochila al hombro. Apenas sentía ningún dolor donde el Guardián me había cortado, lo que me recordaba que esa mañana Tomas seguía desaparecido. Bambi se estiró por mi estómago. Serpiente mala. –Entonces… ¿estás emocionada? –preguntó Stacey, entrelazando el brazo con el mío. Sentía la garganta como si me hubiera tragado una bola de pelo. –¿Emocionada por qué? –Por Roth –dijo con un chillido agudo que hizo que me dolieran los oídos–. Porque haya vuelto. Las mariposas letales comenzaron a mordisquear. Entre la perspectiva de regresar al instituto y lo que había pasado las dos últimas noches, apenas había logrado dormir un

poco. Había esperado en secreto que Zayne se saltara sus deberes demoníacos y se quedara conmigo, pero no lo había hecho, y habría estado más que fatal pedírselo. –Y por favor, no te enfades conmigo, porque de verdad que no sé lo que pasó entre vosotros, pero ayer estaba superbueno. El corazón me dio un espasmo. Genial. Supongo que esperar que tuviera una grave crisis de herpes facial era pedir demasiado. –No estoy tan emocionada –respondí al fin. Permaneció en silencio mientras bajábamos el pasillo. La extrañeza de no ver las almas relucientes siguiendo a los estudiantes me distrajo de mi inminente encuentro cara a cara con Roth. –¿Quieres que le peguen una paliza? –preguntó Stacey–. Yo no conozco a nadie, pero seguro que Sam es capaz de encontrar matones a sueldo por internet. Me reí en voz alta. –Seguro que sí, pero no. No pasa nada. –Bueno, si cambias de idea… –Pasó junto a mí y abrió la puerta de la clase de Biología. Sabía, antes de entrar siquiera, que él todavía no estaba allí–. Las amigas son

más importantes que los tíos. Sonreí a pesar de mis nervios y tomé asiento en la parte trasera de la clase. La señora Cleo seguía sin aparecer, y en la parte delantera el señor Tucker estaba haciendo lo que podía por ignorar las miradas de adoración de las chicas que se sentaban en la fila delantera. Stacey se sentó junto a mí mientras yo sacaba el libro de texto y la clase se llenaba. Me entretuve eligiendo un bolígrafo de la horda que tenía, y al final me decidí por uno púrpura que parecía haberse dado un baño en purpurina… o con Kesha. El olor fue lo primero que noté. Ese aroma pecaminosamente oscuro y ligeramente dulce que me provocaba los sentidos. Mis dedos se tensaron alrededor del bolígrafo mientras toda la atmósfera de la clase cambiaba. No era tensión; nunca me había dado cuenta antes, pero siempre que Roth estaba cerca era como ese último día antes de las vacaciones: esa apática sensación de «qué más da» lo seguía a todas partes. Se me erizó el vello de la nuca y supe que estaba cerca, y no solo porque Stacey se hubiera tensado junto a mí. Se trataba de un sexto sentido que era consciente

de él en un plano profundo e íntimo. No levanté la mirada mientras oía las patas de la silla arrastrándose por el suelo enfrente de nuestro pupitre, pero estaba demasiado cerca y ese maldito y profundo dolor se aferró a mí otra vez, apretándome la garganta y el pecho. No quería sufrir por él, y deseé pasar a cámara rápida hasta la parte en la que el penetrante dolor no fuera más que una molestia menor. –Me alegra ver que no te has unido a una secta. Ante el sonido de su voz profunda y densa como el terciopelo, una serie de escalofríos se extendió por mi piel. Respiré hondo y me arrepentí de inmediato. Su aroma estaba por todas partes y prácticamente podía saborearlo. En contra de mi voluntad, levanté la cabeza y mi cerebro saltó por la pared cercana. Roth me miró fijamente con esos ojos color ámbar rodeados por unas pestañas negras y espesas. Su pelo estaba revuelto de forma artística, acariciando los arcos de sus cejas. Sus labios gruesos no estaban curvados en la sonrisa burlona que pensaba que acompañaría esa declaración.

No dije nada y, después de unos pocos segundos, Roth frunció los labios y se giró para sentarse. Una punzada ardió en mi pecho mientras le miraba la espalda. Bajo la camiseta de un azul desteñido que llevaba, sus hombros estaban antinaturalmente rígidos, y debería haber sentido una indecente cantidad de satisfacción al saber que se sentía incómodo. ¿Y quién sabía que un Príncipe Heredero del Infierno podía estar incómodo para empezar? Pero darme cuenta de eso no me hacía sentir mejor. Stacey se estiró y garabateó «matones a sueldo?» en mi cuaderno. Sonreí y negué con la cabeza. Ella se encogió de hombros y dirigió su atención hacia el sustituto buenorro. Traté de concentrarme en lo guapo que era mientras trasteaba con el proyector del techo, con su pelo castaño y su sonrisa juvenil, pero lo único en lo que podía pensar era en que Roth estaba sentado delante de mí como si no lo hubieran mandado al Infierno dos semanas antes ni hubiera compartido nada de ninguna importancia conmigo. Gracias a Dios y al McDonald’s que había bajando la calle del instituto que era viernes. Al menos no me vería obligada a soportar dos días más de ver a Roth

antes de tener un descanso, porque la clase de Biología fue la más larga de mi vida, peor incluso que Historia. Cuando sonó la campana salí disparada de mi asiento como un misil en miniatura y guardé los libros en mi mochila mientras salía del aula. Stacey fue detrás de mí, y quería pensar que no me echaría en cara mi apresurada marcha. Vi a Sam al final del pasillo, bebiendo agua de una de las fuentes, y solté un suspiro de alivio mientras él levantaba la mirada y sonreía, saludando con la mano. Me sorprendió un poco que no tuviera gotitas de agua por toda la sudadera como siempre que intentaba beber de las fuentes, pero fui en línea recta hacia él. Solo llegué hasta medio camino. La puerta del aula de Química se abrió de golpe y casi me golpeó en la cara. Retrocedí un paso y los ojos se me llenaron de lágrimas cuando un olor acre a huevos podridos se derramó por los pasillos. –¡Otra vez no! –exclamó un chico, y se llevó las manos a la boca. No sabía si se refería al horrible hedor del zombi que habíamos tenido en el

cuarto de calderas hacía cosa de un mes o a lo que le había pasado al demonio después de que Roth lo convirtiera en una nube de humo apestoso aquella noche en el gimnasio, pero daba igual. Un profesor salió corriendo al pasillo, atragantándose mientras se llevaba las manos a la cara. Segundo después salió una profesora a toda velocidad. Tenía quemadas las puntas del pelo rubio, literalmente chamuscadas y ennegrecidas. Peor todavía, sus cejas habían desaparecido por completo. Unas manchas grises cubrían la mitad de su rostro rojizo. –Genial –murmuró Roth, que de algún modo, y probablemente como resultado de las leyes del universo, había acabado junto a mí. Maldita sea–. Esto es lo que yo llamo un buen follón. Lo fulminé con una mirada feroz y después pasé junto a él, dispuesta a inhalar cualquier posible sustancia cancerígena que hubiera en el humo que salía del aula. Pero él me agarró del jersey y tiró de mí hacia atrás. Choqué contra su pecho duro como una

roca y comencé a girarme, a unos segundos de estamparle el puño en el estómago, porque me habría sentido muy bien haciéndolo. Pero entonces la profesora sin cejas atravesó el humo corriendo. Las manos de Roth ascendieron por mi espalda. –Cuidado, enana; tiene una misión. –¡No me toques! –Me aparté de él de un tirón e ignoré la chispa de emoción que tensó sus labios–. ¡Y no me llames así! –Me giré a tiempo de ver a la mujer dando un salto en dirección a alguien–. ¿Qué co…? Derribó al otro profesor. Se subió a su espalda y lo hizo caer de rodillas. Ahí mismo. En mitad del pasillo, lleno de alumnos y miembros del profesorado que los miraban boquiabiertos. Lo derribó, echó un brazo hacia atrás y le dio un puñetazo justo entre las piernas.

Capítulo diez –Estoy empezando a pensar que vamos al instituto más trastornado de todo el

país – dijo Stacey durante la comida, sujetando su nugget de pollo entre dos uñas pintadas de negro–. O sea, tenemos profesores pegándose en los huevos en los pasillos. Sam hizo una mueca de dolor mientras soltaba su patata rizada en la bandeja. –Sí, ha sido una locura. Era más que una simple locura. Entre la pelea en nuestra clase de Biología y ahora esto en tan solo unos pocos días, tenía que estar pasando algo más. ¿Y la pareja que había visto enrollándose en el pasillo sin interrupción alguna? Mordisqueé mi nugget esperando que mis sospechas no fueran ciertas, pero se suponía que había nacido un Lilin, y una de las señales de la presencia de un Lilin era el comportamiento extraño, ¿verdad? Pero si había un Lilin detrás de la furia de Dean, de la pareja del pasillo y de la profesora de hoy, entonces ya había cuatro personas que estaban cerca de convertirse en espectros. El peso de ese posible desastre me mató el apetito. Miré por encima del hombro, deseando una vez más poder ver las auras. Aquellas personas afectadas por el Lilin tendrían que parecer diferentes; lo que quedara de sus

almas tendría que estar manchado de algún modo. Pero no veía nada, y eso me volvía prácticamente inútil. El estómago me dio un vuelco mientras dejaba el nugget a medio comer sobre el plato. ¿Podría tener algo que ver con el Lilin mi repentina pérdida de la habilidad? Eso significaría que habría estado cerca de él. No. No podía ser. Lo sabría si estaba cerca de algo que compartiera la sangre de mi madre y la mía. Tenía que haber otra razón, pero mientras empujaba el nugget por el plato noté una sensación agria en el estómago. –¿Qué vais a hacer después de clase? –preguntó Sam, y cuando levanté la mirada vi que ya había engullido todo lo que tenía en el plato. El chico y su apetito debían de ser legendarios–. Estaba pensando que podríamos ir a comer algo. Los tres. Sonreí. Stacey me echó un vistazo con ojos esperanzados. –No tengo que cuidar a mi hermano pequeño hasta mañana, así que yo puedo. ¿Layla? Teniendo en cuenta cómo había actuado Abbot anoche, probablemente querría que

fuera derechita a casa. Lo que significaba que eso era lo último que yo quería. –Sí, voy a mandarle un mensaje a Zayne para que lo sepa. –Ni de coña iba a mandárselo a Nicolai–. No creo que vaya a ser un problema. –¡Deberías invitarlo! –dijo ella, y dio una palmada como si fuera una foca fumada. Sam levantó una ceja por encima de las gafas, y estuve a punto de desestimar la idea, pero entonces saqué el móvil y decidí que al infierno. Lo peor que podía pasar era que Zayne dijera que no; tampoco sería la primera vez. –Se lo preguntaré. Stacey le lanzó una mirada sorprendida a Sam mientras yo enviaba el mensaje. Stacey y Sam quieren ir a comer después d clase. T vienes? Dejé el móvil sobre la mesa junto al plato, sin esperar una respuesta rápida. Zayne debía de estar dormido en esos momentos. A veces no lo estaba, pero a saber. –¿Crees que vendrá? –preguntó Sam, jugueteando con su tenedor. Me encogí de hombros. –Seguro que no. –Bueno, pero si viene, no puedes pedirle que te conceda una entrevista –dijo Stacey, señalándolo con su botella de agua–. Ni actuar como un fan loco. Lo asustarás, y

entonces nunca volverá a venir a jugar con nosotros. Sam se rio entre dientes. –No voy a actuar como un fan loco. Eso lo dudaba. El par de veces que Sam había estado con Zayne en el pasado, lo había mirado embobado en señal de claro maravillamiento. No podía culparlo. Los Guardianes no se mezclaban mucho con los humanos. La mayoría ni siquiera sabía que algunas de las personas corrientes que veían en las calles, tiendas o restaurantes eran Guardianes. Stacey sonrió. –¿Alguna idea de dónde…? –¿Estoy? –completó una voz profunda que hizo que el corazón se me detuviera y el estómago me diera un vuelco al mismo tiempo–. Estoy justo aquí. Ni de coña, ni de coña podía estar Roth en nuestra mesa. Una molesta sensación de déjà vu me golpeó en la cabeza. Era como la primera vez que Roth había aparecido en mi vida y no podía creer que tuviera la audacia de buscarnos a la hora de la comida. Pero ahí estábamos otra vez.

Apreté los labios mientras él se sentaba junto a mí sin respuesta ni invitación. En lugar de llevar una de las bandejas de plástico naranja en la mano, tenía una bolsa del McDonald’s. Su boca se curvó hacia arriba por un lateral mientras sacaba una bolsita pequeña y blanca. –¿Patatas? Respiré hondo. –No. –Yo sí quiero. –Sam estiró el brazo sobre la mesa y tomó algunas de las patatas ofrecidas–. Me alegra que hayas vuelto. La mononucleosis es un asco. Yo la tuve cuando… ¡ay! Sus ojos se ensancharon mientras miraba a Stacey. Esta le lanzó una mirada fulminante. Sin reaccionar en absoluto ante eso, Roth dejó la bolsa de patatas entre nosotros, cerca de mi móvil, y después sacó una hamburguesa con queso. –Sí, la mono fue un infierno. Como si me hubieran encadenado allí. Casi me atraganté. Mi móvil vibró y la respuesta de Zayne apareció en la pantalla. Antes de que

pudiera alcanzarlo, Roth lo tomó con sus ágiles dedos. –«Te recogeré para ir allí.» –Arqueó una ceja–. ¿Juntos? Encadenando una serie de maldiciones mentales, le quité el móvil de las manos. –Es de mala educación leer los mensajes de los demás. –¿Ah, sí? –Pues sí –replicó Stacey–. Pero me alegra oír que Zayne va a venir a cenar con nosotros. Roth curvó los labios, y entonces transcurrió un segundo. –A mí también. Incapaz de contenerme, solté un resoplido. Él me miró entrecerrando los ojos. –¿A cenar? –Sam frunció el ceño–. Pensaba que íbamos a ir justo después de clase. Y estaba pensando en el italiano ese que hay bajando la calle, no a cenar de verdad… –Sam… –suspiró Stacey. Roth sonrió entonces. –En cualquier caso, volviendo a mí. Estoy mucho mejor, y ya he vuelto. –Me dirigió una mirada lasciva que hizo que me entraran ganas de darle un puñetazo en lugar de

llorar sobre mi almohada como un bebé–. Estoy seguro de que me echabais de menos. – Dio un gran mordisco a la hamburguesa y sonrió con la boca llena–. Un montón. No sé lo que pasó que hizo que mis emociones cambiaran tan rápido. El dolor que había dejado atrás su rechazo explotó en forma de rabia; rabia de la que hace girar las cabezas y soltar vómito rosa. Mi cerebro se desactivó. No estaba pensando mientras me estiraba y le quitaba la hamburguesa de la mano. Me giré por la cintura y la lancé al suelo detrás de Roth tan fuerte como pude. El satisfactorio sonido de salpicadura que produjo cuando el kétchup y la mayonesa se derramaron como una truculenta masacre de hamburguesas me dejó con una amplia sonrisa en la cara. Stacey soltó una risotada aturdida. Roth bajó la mirada hasta la hamburguesa y después la subió hacia mí con lentitud. Tenía los ojos muy abiertos. –Pero tenía muchas ganas de esa hamburguesa. –Qué pena. –Me tragué una risita alocada–. Tus patatas serán las siguientes si no quitas el culo de mi presencia.

–Jooooder… –murmuró Stacey, con el cuerpo temblando por una risa ahora silenciosa. Nos enfrentamos en una épica batalla de miradas durante unos momentos, y después sus labios temblaron como si estuviera tratando de no reír. Y, bueno, eso hizo que mi furia se incrementara varios grados. Entonces tomó su bolsa de patatas. –Creo que tenemos que hablar. –Pues yo creo que no. Tensó la mandíbula. –Sí, tenemos que hablar. Negué con la cabeza. Roth me miró fijamente, y algo… algo cambió en su forma de mirarme. Parte de la dureza se desvaneció de su expresión. –Layla. –Vale –respondí, tomando la mochila mientras una idea muy estúpida se formaba en mi mente. A lo mejor quería disculparse por haber sido un gilipollas…, pero era poco probable. Me volví hacia Stacey y Sam, que parecían muy divertidos–. Mandadme un mensaje con el sitio al que iremos después de clase.

–Vale –dijo ella, e hizo una pausa–. No les hagas daño a las patatas. Sería un sacrilegio. –No prometo nada. Comencé a caminar sin esperar a Roth, y me sentí ridículamente orgullosa de mí misma. La Layla de hacía dos meses no se habría atrevido a montar una escenita, pero esos días era una persona diferente. Estaba comenzando a verlo. Mientras pasaba junto a los baños fuera de la cafetería, la puerta del de los chicos se abrió y Gareth salió tambaleándose, seguido por unos cuantos jugadores de fútbol que soltaban risitas. Risitas. Apestaban a humo de hierba mientras se dirigían hacia la cafetería. –Mataría por una bolsa de Cheetos ahora mismo –comentó Gareth. Uno de sus colegas se rio. –Yo tiraría a un bebé frente a un autobús por unos bollitos de canela. Vaya. Eso sí que era tener un hambre voraz. Todos los chicos que iban con Gareth eran muy fiesteros, pero no eran fumetas. Sin duda su comportamiento era extraño.

¿Podría ser que ellos también estuvieran… infectados? Roth me alcanzó. No llevaba la mochila; tan solo estaban él y sus estúpidas patatas. –Estoy sorprendido. Lo admito. Me has sorprendido. –¿De verdad? –Solté una risa áspera, irritada porque estuviera aturdido–. ¿Pensabas que después de lo que me dijiste iba a estar contenta de verte? ¿En serio? Se metió una patata en la boca y la masticó pensativo, como si realmente tuviera que pensar en ello. –Sí. Sé que sí. Me detuve a mitad de un paso al final del pasillo y lo miré fijamente. –Eres un iluso. –Yo no iría tan lejos. Se comió otra patata. –Tienes un sentido de la autoestima demasiado inflado. Sonrió. –En realidad, soy muy valioso. Al ser el Príncipe… Le quité la bolsa de la mano, giré y tiré las patatas restantes a la basura. Me volví hacia él para dirigirle una amplia sonrisa. –Esto es lo que pienso de tu valiosa mierda del Príncipe Heredero.

Roth soltó un gran suspiro. –Soy un chico en edad de crecimiento y necesito mi sustento. Ahora voy a morirme de hambre y será todo culpa tuya. –Lo que tú digas. Crucé los brazos. Él me miró fijamente y después inclinó la cabeza hacia atrás y se rio. Me estremecí, pues no estaba preparada para el sonido. Había olvidado lo profunda y densa que era su risa; lo contagiosa que era. La risa se desvaneció enseguida y quedó reemplazada por una expresión sorprendentemente taciturna. –Ay, enana, ya me lo estás poniendo difícil. –¿Qué es lo que te estoy poniendo difícil? Y no me llames «enana». Negó con la cabeza. –Venga, necesitamos hablar de verdad. Donde no nos interrumpan. Se dirigió hacia las puertas dobles desteñidas, y supe adónde se dirigía: a nuestra escalera. El lugar donde se suponía que los estudiantes no podían estar; donde nadie iba nunca. Conducía al viejo gimnasio y olía a moho, pero antes había sido nuestro sitio.

Y por eso era el último lugar donde quería estar, pero Roth ya estaba bajando la escalera. Cuadré los hombros y lo seguí. Nada había cambiado en el rellano de tres por tres metros. La pintura gris seguía descascarillándose sobre los bloques de cemento. Los pasamanos estaban cubiertos de óxido. El polvo flotaba en la luz de la pequeña ventana que había en la parte superior de la escalera. El tiempo se había olvidado de ese sitio. Roth se volvió hacia mí y se reclinó contra la pared. Levantó los brazos por encima de la cabeza y se estiró. Su camiseta de manga larga se le subió un poco, exponiendo un tentador vistazo de la parte superior de su estómago y del tatuaje del dragón: Tambor. Sus escamas azules y verdes eran tan vibrantes como antes. Roth me había dicho una vez que el dragón solo salía si las cosas se ponían muy mal. No podía imaginar cuál era la idea de Roth de «mal» cuando no había empleado a la criatura aquella noche con Paimón. El dragón estaba descansando en esos momentos, con las alas cerradas cerca de la tripa y la cola desapareciendo bajo la cinturilla de los vaqueros oscuros de Roth.

Teniendo en cuenta lo caídos que los llevaba, la cantidad de cola de Tambor que podía ver hizo que las mejillas se me inundaran de calor. –Layla… –Levanté la mirada y tomé un pequeño aliento al ver lo brillantes que eran sus ojos color ocre–. ¿Te gusta lo que ves? Mis manos se curvaron en puños. –No. En absoluto. –Estás mintiendo. –Una sonrisita de suficiencia apareció en sus labios–. Y sigues siendo una mentirosa terrible. Esforzándome por tener paciencia, dejé la mochila en el suelo. –¿Por qué estás aquí, Roth? No respondió de inmediato. –¿Quieres la verdad? Puse los ojos en blanco. –No. Quiero la mentira. ¿Tú qué crees? Soltó una risa suave. –Me gusta el instituto. No tenemos lugares como este ahí abajo. –Se encogió con un solo hombro–. Es normal. Algo se tensó en mi pecho. Era la misma razón por la que me gustaba el

instituto: era normal, y yo podía ser normal ahí, pero me negaba a tener nada en común con él en ese aspecto. –No deberías estar aquí. Arqueó una ceja. –¿Por ti? Quería gritarle que sí; Dios santo, ¡sí! –Porque no tiene sentido que estés aquí. –En realidad sí. –Finalmente bajó los brazos, y di las gracias a Dios en silencio porque su estómago ya no fuera una gran distracción–. No irás a decirme que esa lucha a muerte en el pasillo esta mañana no ha sido rara. –No dije nada–. Y dudo que sea el primer incidente extraño que ha ocurrido recientemente, ¿verdad? Tenía los ojos entornados mientras me observaba. Una parte de mí quería negarlo, porque no deseaba ver cómo crecía su expresión socarrona, pero aquello sería una estupidez. No podía olvidar el problema tan real y tan enorme al que nos enfrentábamos. –Ha habido unas cuantas cosas. Dean…, un chico que nunca había hecho

nada…, le pegó un puñetazo tan fuerte a otro que de hecho lo mató durante unos segundos. Y después he visto parejas enrollándose a lo bestia… –Eso no tiene nada de malo –replicó con una sonrisa. Entrecerré los ojos. –Salvo porque tenemos una estricta política contra las muestras de afecto en público y un profesor pasó de largo junto a ellos, incluso cuando se metieron en el baño de las chicas. –Me aparté el pelo hacia atrás y después llevé la mano hacia el anillo que colgaba del collar–. Entonces, ¿piensas que el Lilin ha estado aquí? Asintió con la cabeza. –Tiene sentido… después de todo, fue creado aquí. Y es por eso por lo que tenemos que hablar. Deberías ser capaz de captar al Lilin, o al menos a cualquier demonio extraño que haya por aquí. –Eh… –Aparté la mirada y retorcí la cadena alrededor de mi cuello. No quería decírselo, pero era un demonio, así que quizá supiera lo que estaba pasando–. Bueno, en realidad no.

Se apartó de la pared y se irguió, con toda la atención centrada ahora en mí. –¿Qué quieres decir? –Ya no puedo ver auras. Nada. Pasó hace unos días. Inclinó la cabeza hacia un lado. –Detalles. Suspiré. –Las auras estaban raras al principio, parpadeaban, y entonces en la comida noté un dolor agudo detrás de los ojos y ya no puedo verlas. Así que básicamente estoy a ciegas. No siento a los demás demonios como los Guardianes…, ya sabes, no tan fuerte. Nunca he tenido que ejercitar ese músculo. –Esa es una coincidencia demasiado grande. –Eso es lo que me temía –dije, soltando el anillo–. Esperaba que no tuviera nada que ver con el Lilin. Roth no respondió. Me echó un vistazo, con las cejas caídas en profundo pensamiento. Me examinó con tanta intensidad que me entraron ganas de retorcerme. –Entonces, ¿cómo crees que estará interfiriendo con mi habilidad? –pregunté cuando el silencio se volvió demasiado.

–No lo sé. –Roth apartó la mirada al fin, y se rascó la cabeza a través del pelo–. Pero vamos a tener que encontrar al Lilin a la antigua. –¿Vamos? Bajó las pestañas y el gesto recatado casi resultaba gracioso, salvo porque era increíblemente sexy, cosa por la que lo odiaba un poco. –Sí. Vamos. Tú y yo. Nosotros. Los dos. –No. –Levanté una mano–. No vamos a trabajar juntos en nada. –¿No hemos tenido ya esta conversación antes? –Dio un paso hacia delante, y yo retrocedí–. Y recuerdo cómo acabó eso. Formamos un equipo perfecto. Seguí retrocediendo hasta que mi espalda golpeó la fría pared. –Eso fue antes de que dijeras que aliviaba tu aburrimiento. La punta de su lengua recorrió sus dientes superiores, mostrando la bola que sujetaba el piercing. Se suponía que no era el único que tenía… detuve el pensamiento. Ni de coña tenía que pensar en eso ahora. –Fue una idiotez decir eso. Lo admito. Tiendo a… decir estupideces. Soy un gilipollas. –Estoy de acuerdo. Levantó las pestañas, y entonces se movió tan rápido que no me di cuenta hasta

que estuvo delante de mí, ocupando todo mi espacio personal. –Tampoco decía en serio lo de Eva. Algo en mi interior, algo estúpido que tenía que matar a puñaladas, se abrió como una flor viendo el sol por primera vez. Traté de aplastarlo. –Me da igual. –No. No es verdad. –Bajó la cabeza, y sus labios estaban peligrosamente cerca de los míos. Me cerré en banda, y el aire se congeló en mis pulmones. Inclinó la cabeza hacia un lado y el corazón me latió con fuerza en el pecho–. Te he hecho daño. –¿Por qué te importa siquiera haberlo hecho? Roth no dijo nada, y noté un cosquilleo en los labios por lo intensamente que los estaba mirando. Puso las manos justo por encima de mis caderas; un tacto ligero que apenas estaba ahí. Le rodeé las muñecas con los dedos y comencé a apartarle las manos. –No lo hagas –dijo en voz baja.

–Entonces, ¿por qué? –susurré, cediendo ante la pequeña chispa de esperanza–. ¿Por qué dijiste todo eso? Si no iba en serio… –No cambia nada. –Se apartó y retrocedió un par de metros en un abrir y cerrar de ojos–. Tenemos que ser amigos. O al menos llevarnos bien hasta el punto de que no destruyas comida basura perfectamente buena cuando abra la boca. Y así, de golpe, era un Roth diferente. No era el chico que me había abrazado hacía semanas y que me había hecho todas esas cosas maravillosas. La pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerme. –¿He significado algo para ti? –Eso da igual –dijo Roth con voz monótona mientras se giraba hacia los escalones. Se detuvo con una mano sobre el pasamanos oxidado–. Siempre dio igual, Layla.

Capítulo once Me costó mucho superar lo que había dicho Roth y terminar el día. No lo

entendía, y tardaría mucho tiempo en dejar de intentarlo. Durante mis clases de la tarde, me sentía dividida entre querer encontrar a Roth y hacer con su cara lo que le había hecho a la hamburguesa y simplemente querer mirarlo. A veces era un asco ser una chica. Salí a rastras del instituto y fui a la esquina de la calle. Ver el viejo Impala llevó una sonrisa cansada a mi cara. Casi me había olvidado de que Zayne se iba a unir a nosotros para cenar, y mientras había estado ocupándome de Roth no había tenido oportunidad de pensar demasiado en el hecho de que hubiera aceptado. Lo cual era muy raro. Decidiendo olvidarme de cierto demonio caprichoso durante el siguiente par de horas, abrí la puerta y me deslicé en el asiento del copiloto. Sonreí mientras dejaba la mochila en la parte de atrás. –Hola –saludé. Zayne me devolvió la sonrisa. Llevaba una gorra de béisbol bien calada que ocultaba la parte superior de su cara. A algunos chicos no les quedaba bien la gorra,

pero a Zayne sí, y, de hecho, le sentaba la maravilla. –¿Adónde vamos? –A La Pequeña Italia…, está bajando dos manzanas. –Guay. Comprobó el retrovisor y salió después de unos pocos segundos. –Gracias por venir –dije, descansando la cabeza sobre el respaldo–. Me sorprendió que dijeras que sí. –Pues no sé por qué. Quería venir. –Estiró el brazo y tiró con suavidad de un mechón de pelo suelto–. ¿Qué tal el instituto? Volví la cabeza hacia él y examiné su fuerte perfil. –Nada de lo que quiera hablar ahora. –Porque si le contaba las sospechas sobre el Lilin, inevitablemente iba a tener que contarle lo de Roth, y quería disfrutar de esa pequeña salida–. ¿Después de cenar? Me echó un vistazo y permaneció en silencio durante un momento. –¿Debería preocuparme? –No. –Me gustaba cómo las puntas de su pelo se curvaban desde debajo de la gorra– . ¿Qué has hecho hoy?

–Dormir. –Se rio mientras pasaba de largo del local, buscando un aparcamiento–. Anoche fue aburrido. Las calles estaban muertas. Por alguna razón, eso me deja más cansado al día siguiente. –¿Es extraño que estuvieran tan muertas? Pensé en el Lilin. –Depende. Si continúa siendo así, entonces sí. –Tras encontrar una plaza para aparcar en la planta principal, pues tenía una suerte de locura, apagó el motor y se volvió hacia mí mientras sacaba las llaves–. Quédate quieta –dijo, y obedecí sobre todo por curiosidad. Se agachó y me recorrió el labio inferior con el pulgar–. Tenías un hilillo, y creo que… Sus palabras se apagaron y terminaron en una inhalación entrecortada. Al principio no me di cuenta de por qué, de lo que había hecho, y entonces comencé a asimilar las cosas: la sensación de dolor en las tripas que hizo que se me retorcieran las entrañas, sus pupilas dilatadas, el repentino azul vibrante de sus ojos, la forma en que su pecho se elevó con brusquedad y el sabor salado de su piel mientras mi lengua se deslizaba sobre

la yema ligeramente áspera de su pulgar. Ay, Dios. Ay, Dios mío. Le estaba chupando el pulgar. Le estaba chupando el pulgar de verdad. Y mi cuerpo respondió al sabor ilícito y totalmente prohibido de su piel. Noté un peso entre los pechos y una oleada de calor me inundó. No se apartó. Parecía como si se estuviera moviendo hacia delante, y la parte superior de su cuerpo ya estaba sobre la palanca de cambios entre nosotros. Con la sangre ardiendo por dos razones muy diferentes, me aparté hacia atrás y rompí el contacto entre nosotros. Me ardían las mejillas; todo mi cuerpo ardía. No sabía qué hacer ni decir. Zayne me miró fijamente, con el pecho subiendo y bajando sin ritmo. No sabía lo que estaba pensando. No quería saberlo. La mortificación reemplazó el calor hirviente que estaba convirtiéndome en lava por dentro. ¿Qué demonios se me estaba pasando por la cabeza? Necesitaba aire y espacio, así que me apresuré a quitarme el cinturón y prácticamente me tiré fuera del coche. Me quemaban los ojos. Ni de broma iba a poder quedarme sentada durante

toda esta especie de cena temprana después de hacer lo que quiera que estuviera haciendo. Tendría que pedir un taxi, o volver caminando a casa, o mudarme a Alaska, o coserme la boca… Mientras rodeaba el capó del Impala, Zayne apareció de pronto delante de mí. Tenía la gorra de béisbol hacia atrás y los ojos muy abiertos. Sin duda pensaría que era un monstruo. Y es que era un monstruo. Como una auténtica cobarde, me aparté con rapidez a un lado para pasar junto a él. Él bloqueó mi camino y puso las manos sobre mis hombros. –¡Eh! –dijo con suavidad–. ¿Adónde huyes? –No lo sé. –Sentía como si se me estuviera cerrando la garganta. ¿Tal vez era alérgica a su piel? Eso era una estupidez. Quizá fuera un ataque de pánico–. Deberíamos irnos. Ahora mismo. O podemos volver a casa si quieres. Lo entendería totalmente, y lo si… –Oye, nada de eso es necesario. –Sus manos se curvaron sobre mis hombros–. No pasa nada. Todo va bien. –No, no es cierto. –La voz se me rompió–. Yo…

–No pasa nada. –Tiró de mí hacia delante y, cuando me resistí, lo hizo con más fuerza. Mi cara chocó contra su pecho e inhalé su fresco aroma–. Mira, has estado bajo mucho estrés y han pasado algunas locuras. Era cierto, pero eso no era ninguna excusa en absoluto para chuparle el dedo a alguien. Cerré los ojos con fuerza mientras sus brazos me rodeaban. Agachó la cabeza y dejó descansar la barbilla sobre mi cabeza. Solo Zayne podía ser tan comprensivo. A veces era demasiado perfecto. Y muchas veces yo era demasiado extraña. –No sé por qué lo he hecho –dije con la voz amortiguada–. Ni siquiera me di cuenta de que lo estaba haciendo hasta que…, bueno, ya sabes, y lo siento mucho. –Para. –Se balanceó hacia un lado, con un movimiento tranquilizador–. No ha sido… Me aparté un poco y me atreví a echarle un vistazo. –¿No ha sido qué? ¿Asqueroso? Porque estoy muy segura de que preferías que no hubiera… –No tienes ni idea de lo que prefiero y lo que no. Su forma de decirlo no fue despectiva. Más bien como la constatación de un hecho.

Busqué en su cara la respuesta a una pregunta que no estaba lista ni dispuesta a hacer. Su mirada se encontró con la mía y yo bajé las pestañas. Me puso una mano sobre la mejilla y una abrumadora sensación de cariño se elevó en mi interior, junto a algo más profundo, más intenso. Zayne apartó la mano. –Deberíamos ir yendo. Tus amigos nos están esperando. Asentí con la cabeza y, mientras salíamos del aparcamiento al sol de noviembre que desaparecía con rapidez, se giró la gorra para ocultarse los ojos. No hablamos mientras recorríamos la mitad de la manzana hasta el restaurante, y no estaba segura de si era debido a que le había chupado el dedo o por algo más. La guapa camarera de edad universitaria que nos condujo por el estrecho pasillo de reservados y mesas se pasó la mayor parte del trayecto comiéndose a Zayne con la mirada. –Si necesitas algo, házmelo saber, por favor –le dijo directamente a Zayne mientras se detenía frente a uno de los reservados de respaldo alto. Él sonrió.

–De acuerdo. Resistí la necesidad de poner los ojos en blanco. Stacey y Sam ya habían entrado en el restaurante y estaban sentados el uno junto al otro en un reservado lo bastante grande como para seis personas. Pero estaban muy monos. Sam, con su pelo ondulado rozando los bordes de sus gafas, y Stacey, sentada con las manos unidas sobre la mesa. Esperaba de verdad que lo que quiera que estuviera empezando a pasar entre ellos funcionara. Y que se chuparan los dedos mutuamente. Zayne entró primero, y Sam se irguió. Oculté mi sonrisa mientras me sentaba junto a Zayne. –Siento que lleguemos un poco tarde. –No pasa nada –aseguró Stacey–. Hemos estado comiendo palitos de pan. –Probablemente habría sido más rápido venir caminando. –Zayne se reclinó y puso el brazo sobre el almohadón color borgoña que había tras nosotros–. Pero ni de broma iba a dejar a mi bebé aparcado en la calle. La mención del coche de Zayne atrajo el interés de Sam, y de inmediato se lanzó de

lleno a una conversación sobre el Impala. Stacey y yo lo miramos fijamente. Supongo que estábamos esperando que empezara a hiperventilar, pero logró mantener la compostura. Después de que la camarera llegara para tomar nota de nuestras bebidas, Sam agitó el palito de pan como una varita, rociando ajo por todo el mantel a cuadros. –¿Sabíais que la razón por la que utilizaron un Chevy Impala en Sobrenatural fue porque en el maletero cabía un cadáver? Fruncí el ceño. Zayne salió airoso como un profesional. –Estoy seguro de que caben dos cadáveres en el maletero. Sam sonrió, pero entonces levantó la mirada al mismo tiempo que Zayne se ponía rígido junto a mí. Hubo un cambio en el restaurante, un movimiento en el aire en un plano antinatural. Junto a mí, Zayne se estiró y alargó el cuello, y lo supe en el segundo en que oí su rápida maldición entre dientes. Lo supe, aunque no tenía ningún sentido. Frente a mí, Stacey alzó las cejas. –Eh…

Cerré los ojos mientras lo sentía literalmente pararse junto a nuestra mesa. –Qué alegría encontraros aquí –dijo Roth, y de cada palabra emanaba un humor oscuro–. Todos juntos. Cuando me obligué a abrir los ojos, seguía estando allí. Me guiñó un ojo al captar mi mirada, y quise hacerle lo que había hecho esa profesora aquella mañana. –Hola, Roth. –Sam lo saludó con la mano–. ¿Quieres sentarte con nosotros? Hay espacio más que suficiente. Me quedé boquiabierta, pero antes de que pudiera decir una palabra Roth se sentó justo a mi lado. Miré fijamente a Stacey, que tenía aspecto de necesitar un cubo de palomitas. –Qué conveniente que estés aquí –replicó Zayne. Todavía tenía el brazo sobre la parte superior del reservado, pero se inclinó hacia delante y puso su otro brazo sobre la mesa–. Si solo hay, no sé, miles de restaurantes en la ciudad. Los labios de Roth se curvaron hacia arriba mientras se estiraba y cruzaba los brazos. De algún modo, metida entre los dos, el reservado parecía de pronto de un solo asiento.

–Supongo que tengo mucha suerte. –Las posibilidades de que acabara aquí por accidente son muy escasas – murmuró Sam para sí mismo mientras Stacey se volvía con lentitud hacia él–. Pero estamos justo bajando la calle del instituto, así que eso aumenta las posibilidades. Abrí mucho los ojos. ¡Oh, no, qué desastre! No le había dicho a Zayne que Roth estaba yendo al instituto. Después de que Roth hubiera quedado atrapado en la trampa demoníaca y se hubiera desvanecido, no me parecía que hubiera necesidad. –¿Qué tiene eso que ver? –preguntó Zayne. Nadie en la mesa aparte de Roth sabía nada y alguien estaba a punto de desembuchar, así que intervine, suponiendo que sería mejor que saliera de mí. –Roth va a nuestro instituto. El cuerpo de Zayne se tensó junto a mí. Me atreví a mirarlo. Estaba observando fijamente a Roth. –¿Ah, sí? –murmuró. –¿Es que os conocéis? –preguntó Stacey. Los músculos del antebrazo de Zayne se movieron. –Nos hemos encontrado una o dos veces. Roth sonrió ampliamente.

–Buenos tiempos, ¿eh? Ay, Dios… –Sabes que es un Guardián, ¿verdad? –susurró Sam, inclinándose hacia delante–. Creo que te lo dijimos una vez durante la comida, pero no me acuerdo. –¡Sam! –siseó Stacey. Él frunció el ceño. –¿Qué? –No lo sé –dijo ella–, pero parece de mala educación decir eso. –No es de mala educación. –Los ojos dorados de Roth relucían con maldad–. Ya lo he dicho antes, me parece algo épico. Zayne esbozó una tensa sonrisa mientras la mano que tenía sobre la mesa se cerraba en un puño. –Seguro que sí. Quería golpear la cabeza contra la mesa. –Ah, pues claro que sí. Sales ahí fuera, ayudando a luchar contra el crimen y todas esas cosas geniales –respondió Roth, y me tragué un gruñido–. ¡Es genial! Seguro que pones la cabecita…, bueno, la cabeza, sobre la almohada cada día sintiéndote como un

héroe. Espera. ¿Dormís siquiera en camas? He oído que los Guardianes… –¿De verdad tienes que estar aquí sentado? –lo interrumpí, perdiendo la paciencia. Provocar a Zayne no iba a ayudar en nada. –Bueno, es que alguien se cargó mi almuerzo. –Roth me dirigió una mirada significativa–. Así que tengo hambre. Sam sonrió. –Sí, la verdad es que le debes una comida. Desplomé los hombros. Zayne se reclinó en su asiento y miró directamente hacia delante. –Esto se ha vuelto muy incómodo –murmuró Stacey, pero sus ojos oscuros relucían con interés. Aunque sorprendentemente no era tan incómodo como cuando le había chupado el pulgar a Zayne como si…, ni siquiera sabía como qué. Pero la cena fue dolorosa. Roth y Zayne se pasaron todo el tiempo intercambiando comentarios sarcásticos y Sam y Stacey estaban demasiado ocupados observándolos como si cada palabra que se lanzaran fuera una pelota de tenis. Cuando pedí la cuenta, estaba preparada para pegarle un puñetazo a

alguien. Sobre todo a mí misma. Roth estaba preguntándole en esos momentos a Zayne cuánto pesaba, ya que según él, estaba hecho de piedra. Mientras tanto, yo miraba sobre la parte trasera del reservado, rezando por que la cuenta no tardara en llegar. Cuando Sam regresó del baño por segunda vez, un cliente del pequeño bar que había al fondo del restaurante se cayó del taburete. Abrí mucho los ojos mientras Sam miraba por encima del hombro y después me miraba a mí, con la nariz arrugada. Joder, debían de estar pillando una buena ahí atrás. Seguro que había alguna clase de hora feliz. –Peso lo suficiente –replicó Zayne–. ¿Qué hay de ti? Pareces un poco enclenque. Roth resopló. –Igual deberías mirar otra vez o, mejor todavía, revisarte la vista. ¿Los Guardianes tienen enfermedades degenerativas de la visión? Suspiré mientras examinaba las mesas, en su mayoría vacías, y me balanceaba de atrás hacia delante como si fuera una paciente de una institución mental. Ya había ido al baño

una vez, pero me estaba planteando esconderme allí hasta que nos marcháramos. El restaurante no se encontraba demasiado atareado, pero estaba a punto de llegar el ajetreo de la cena. El concurso de comentarios sarcásticos de Zayne y Roth se desvaneció en el ruido de fondo mientras mi mirada pasaba por una mesa ocupada. Algo volvió a atraer mi atención a los dos hombres sentados en una de esas mesas para dos. Ambos eran ligeramente mayores que yo; supongo que tendrían más o menos la edad de Zayne. Los dos tenían el pelo castaño cortado al rape de forma idéntica, como los cortes que llevaban los policías o los militares. Sus camisas blancas parecían planchadas, aunque no las llevaban metidas por dentro. Por lo que podía ver, llevaban pantalones de un color caqui claro. Evidentemente no había nada extraño en sus auras porque ya no podía ver las almas, pero había algo en ellos que me atrajo la atención. Tal vez tuviera algo que ver con el hecho de que estaban mirando fijamente nuestra mesa, sin pestañear, como si fueran psicópatas que nos tuvieran fichados. Me estremecí mientras mi mirada se clavaba en la del chico de la derecha. Tenía la

expresión vacía, fría incluso. La de un robot. La mano de Roth cayó sobre mi muslo, haciéndome dar un respingo. –¿Qué estás mirando, enana? –Nada. Fui a quitarle la mano, pero Zayne se me adelantó. –Las manos fuera, colega. –Prácticamente le tiró la mano a Roth–. Si quieres que siga unida a tu cuerpo. Roth inclinó la cabeza y su expresión se afiló. Oh, oh. Abrió la boca, pero entonces llegó al fin la camarera con la cuenta y la tomé. –¿Estáis listos? –pregunté a Stacey y Sam. Parecían aturdidos mientras asentían con la cabeza. Zayne pagó con rapidez y yo prácticamente empujé a Roth del reservado. Él se agachó, y su aliento era cálido en mi oído mientras Zayne se deslizaba detrás de nosotros. –No salgas corriendo –susurró–. Tenemos que hablar los tres. Zayne entrecerró los ojos mientras se colaba entre Roth y yo, una enorme barrera que hizo que Roth sonriera como un gato que acabara de ver a un ratón atrapado en la

esquina de una habitación. Fingí que necesitaba ir al baño una vez más para que Stacey y Sam se adelantaran y nos dieran privacidad. Supuse que cualquier conversación que necesitáramos mantener era mejor tenerla allí y no en algún lugar demasiado remoto, donde los dos chicos probablemente tratarían de matarse entre ellos. En cuanto Stacey y Sam salieron, Roth ocupó el asiento donde había estado mi amiga y nos hizo un gesto para que nos sentáramos. Suspiré mientras volvía al reservado. Los pocos espaguetis que me había comido no me estaban sentando bien en el estómago mientras me arriesgaba a echar un vistazo hacia la mesa de antes. Los dos hombres seguían ahí, observándonos. –Que sea rápido –dijo Zayne–. Porque no estoy seguro de poder aguantar tu presencia mucho más. Roth fingió ponerse de morros. –Qué malo eres, Rocoso. ¿Igual te han metido algo por el culo que tengas que quitarte? –Roth –dije, agarrando el borde de la mesa–. Para ya. –Ha empezado él. Lo miré boquiabierta.

–¿Qué pasa? ¿Es que tenéis dos años? Echó un vistazo a Zayne, que parecía ansioso, y ese débil centelleo en sus ojos regresó. –Bueno, tiene aspecto de haberse cagado encima y necesitar un cambio de pañales. –Ya está bien. Zayne comenzó a levantarse, pero le puse una mano en el brazo. –Parad. Por favor. –Cuando soltó aire y volvió a sentarse, mantuve la mano en el brazo solo por si acaso–. ¿De qué querías hablar, Roth? Su mirada bajó hasta el lugar donde descansaba mi mano. –No sabía que fuéramos juntos a clase. Aparté la mano y me puse rígida. –No he tenido oportunidad de decírselo, y realmente espero que no sea por eso por lo que querías hablar. Se encogió de hombros. –Tan solo pienso que es interesante que mantengas en la inopia a tu mejor amigo rocoso del mundo. Zayne tamborileó con los dedos sobre la mesa. –Ve al grano, Roth.

Él se reclinó en su asiento; era la imagen de la perezosa arrogancia. –Hay una razón por la que estoy aquí, además de la deliciosa lasaña. Y es también la razón por la que he vuelto al instituto. Aunque es cierto que me resulta entretenidamente normal, hay más. –Deslizó la mirada hacia mí–. Creemos que un Lilin ha estado o está en el instituto. –Explícate. Roth contó lo que había pasado por la mañana, y después yo le conté lo de la pelea de hacía unos días. –En realidad no he pensado en ello hasta hoy. Quería decírtelo… –¿Después de la cena? –preguntó Zayne–. ¿Y entonces era cuando ibas a hablarme sobre eso? Asintió con la cabeza en dirección a Roth, y este resopló. –Sí –contesté–. No quería, ya sabes… –¿Estropear la cena? –Le dirigió una sonrisa al demonio–. Es comprensible. Roth puso los ojos en blanco. –En cualquier caso, los extraños sucesos en el instituto no son la única razón. Creo que el Lilin va a tratar de contactar con Layla –continuó, sorprendiéndome

muchísimo. –¿Qué? –dije–. Antes no me dijiste eso. Me sonrió. –No estabas muy de humor para hablar. Eso era cierto, pero daba igual. –¿Por qué piensas eso? –El Lilin debe de sentirse atraído por ti –explicó en voz baja–. Después de todo, compartís la misma sangre. Me estremecí. Mi árbol genealógico estaba verdaderamente jodido. Mi padre era un Guardián que me quería muerta. Mi madre era una superdemonio con quien nadie se metía, y ahora había un Lilin que quizá me reclamara como alguna clase de media hermana. Genial. –¿Será el Lilin peligroso para Layla? –preguntó Zayne, elevando los hombros como si estuviera a punto de tomarme en brazos y echar a volar. Roth negó con la cabeza. –La verdad es que no lo sé. –Ese no es el mayor de nuestros problemas –dije, inclinándome hacia delante–. Si el

Lilin ha estado alterando a la gente del instituto, entonces ya son cuatro personas que sepamos. ¿Qué va a pasarles? –No sé si hay alguna forma de evitar que pierdan el alma y se conviertan en espectros. Podría haber más que los cuatro de los que sabemos. Cientos que hayan sido… infectados por él. –Roth levantó las cejas. Eso de «infectados» era una buena forma de mirarlo–. En realidad, no hay forma de decir si aquellos que han sido infectados son los que el Lilin está tratando de llevarse. –¿Llevarse adónde? –pregunté. Roth se encogió de hombros. –Recuerda que cuando los Lilin crean un espectro, pueden controlarlo. Son los únicos que pueden hacerlo. Piensa en el caos. No solo hay un Lilin suelto por ahí, sino que está creando espíritus repugnantes y dementes a quienes no les gustan nada los vivos. Me había olvidado de eso. De algún modo. –La única forma que tenemos de saber que el Lilin lo ha conseguido es… – Tragué saliva, perturbada–. Es si los del instituto mueren. Asintió con la cabeza mientras dirigía la mirada hacia Zayne.

–Así que por eso estoy aquí, y por eso es por lo que voy a quedarme aquí. Y también creo que tenemos que investigar un poco. Arqueé una ceja y, cuando no continuó, solté un suspiro. –¿Por qué? –Creo que podemos dar por sentado sin ningún problema que Dean ha sido infectado. Tenemos que hablar con él. –Lo han expulsado durante Dios sabe cuánto tiempo –señalé. Roth me dirigió una sonrisa astuta. –Estoy seguro de que podré conseguir la dirección de su casa con facilidad. Sin dudarlo, eché un vistazo a Zayne. Él asintió lentamente con la cabeza. –A lo mejor puede decirnos algo que nos indique la dirección a la que tenemos que ir. –¿Veis? –Los ojos de Roth relucieron–. Soy necesario. –Yo no iría tan lejos. –Zayne clavó los ojos en los de Roth, que lo miraba con fría diversión–. Pero te prometo una cosa: si haces algo que dañe a Layla o tan solo algo que la haga mirarte de forma extraña, te destruiré personalmente. Se me salieron los ojos de las órbitas. –Vale. Bueno, creo que esta pequeña charla ha terminado. –Le di un golpecito

a Zayne con el brazo–. Vámonos. Le sostuvo la mirada a Roth un momento más y después se levantó. Se giró hacia mí para ofrecerme la mano y yo se la tomé y dejé que tirara de mí para levantarme. No había forma de negar la fiera aura protectora que emanaba, pero el papel de Zayne siempre había sido el del protector. –Nunca quise hacerle daño para empezar. Los dos nos giramos hacia Roth, que estaba de pie. Me tragué un suave jadeo, pero los labios de Zayne se arrugaron. –Lo que tú digas, tío. –Se inclinó hacia él. Aunque era más corpulento que Roth, no era tan ancho, pero aun así logró ponerse cara a cara con él–. Puedes jugar a tus jueguecitos con quien quieras, pero no vas a hacer esas mierdas con ella. Le apreté la mano a Zayne antes de que comenzara un épico combate a muerte. –Vámonos. Un músculo se tensó en la mandíbula de Roth mientras nos girábamos. Sabía que se encontraba detrás de nosotros, y cuando miré por encima del hombro no me sorprendió

verlo. Pero sí me sorprendió ver que los dos tíos de antes se levantaban. Fruncí el ceño. Los ojos de Roth se entrecerraron, y entonces siguió mi mirada. Volvió a dirigir la atención hacia mí, con los labios apretados en una línea tensa. Era como si comprendiera lo que estaba pensando: había algo raro en esos dos. Fuera, las farolas se estaban encendiendo, emitiendo su luz sobre las calles que se oscurecían con rapidez. La mano de Zayne se tensó sobre la mía mientras pasábamos junto a un grupo de personas que esperaban para cruzar la calle. Suspiró al darse cuenta de que Roth seguía estando con nosotros. –¿En serio? ¿Es que vas a acompañarnos hasta el coche? –De hecho, me parece que sí. –Roth ralentizó el ritmo y caminó detrás de mí–. Nos están siguiendo. Bajo la visera de su gorra, los ojos de Zayne se dilataron mientras miraba por encima del hombro. Volvió a girarse y adquirió velocidad. –¿Dos hombres humanos? –Sip –asintió Roth, haciendo sonar los labios. Me moría por mirar hacia atrás, pero suponía que eso sería demasiado

evidente. –¿Alguna idea de quiénes son? –Nop. A lo mejor quieren tu número de teléfono –replicó Roth–. O formar parte de tu club de fans. Una vez me había dicho que él era el presidente de mi club de fans, lo cual era una verdadera estupidez, pero el corazón se me retorció un poco ante la declaración, porque no significaba nada. Inhalé el aire fresco. –¿Qué hacemos ahora? –Tu coche está en el aparcamiento, ¿verdad? –le dijo a Zayne. Cuando le lancé una mirada interrogativa por encima del hombro, él me guiñó un ojo–. Os estaba siguiendo. –Genial. –Zayne apartó la mano de la mía y la dejó en la parte baja de mi espalda–. Así que eres un demonio y también un acosador. Estupendo. –Qué agudo, Rocoso. –Roth se rio entre dientes ante el gruñido bajo que soltó Zayne–. Vamos a ver si nos siguen. ¿Qué es lo peor que pueden hacer? Son humanos. No quería ahondar en el hecho de que los humanos eran capaces de hacer cosas bastante horribles. No pude evitarlo, y pensé en la última vez que Roth y yo

habíamos estado en un aparcamiento, con esos demonios Mortificadores que querían jugar a la pelota con nuestras cabezas. Al igual que con los callejones, no tenía muchas experiencias positivas en los aparcamientos. Doblamos la esquina, y mi aliento estaba formando unas pequeñas nubes neblinosas. Tenía la nariz fría cuando miré al fin hacia atrás, más allá de Roth. Había varias personas detrás de nosotros, y los dos hombres jóvenes se encontraban allí, con la parte baja de sus camisas aleteando. Un resplandor de algo metálico se reflejó en la cintura de uno de ellos, parcialmente oculto por la camisa. El corazón me dio un vuelco. –Creo que uno de ellos tiene una pistola. –Dios santo –murmuró Zayne. Roth soltó una risita. –Si intentan atracarnos, voy a reírme de verdad. –Solo tú te reirías de eso –repliqué, arrugando la nariz. Un atraco no era algo que quisiera añadir a la lista de cosas perturbadoras que habían pasado esa semana. –¿Qué? –dijo mientras llegábamos a la entrada de peatones del aparcamiento–. Si ese

es el caso, han escogido a la gente equivocada. El aparcamiento estaba en silencio y las luces del techo proyectaban unos tenues rayos amarillos sobre los capós de los coches y el cemento lleno de manchas. No había absolutamente nada en ese lugar que me diera esa agradable sensación de «aquí no está a punto de pasar nada malo». Junto a la última hilera de coches, unos pasos reverberaron detrás de nosotros. Roth se detuvo en seco mientras Zayne se giraba y se movía para ponerse enfrente de mí. Se quitó la gorra y me la entregó. Me pregunté qué esperaba que hiciera con ella. ¿Intentar que no se manchara? Uno de los hombres avanzó, no el que me había parecido ver con una pistola. Bajo las tenues luces, sus facciones parecían demacradas y hundidas, como si llevara un tiempo sin una buena comida. Roth cruzó los brazos y su camiseta se tensó por detrás de los hombros. –¿Qué pasa, colegas? Puse los ojos en blanco. El tío de delante se llevó la mano hacia atrás y mi corazón se

detuvo. Roth descruzó los brazos y Zayne comenzó a agacharse. El hombre sacó algo negro y rectangular…, sin duda, no era una pistola. Lo levantó delante de él como si fuera un escudo, sujetándolo con los nudillos blancos. Roth soltó una risa sonora y profunda. –Tenéis que estar de coña. El hombre tenía una Biblia en la mano derecha. –Sabemos lo que sois los tres –dijo con la voz firme, mirando de Zayne a Roth y después hacia donde yo me asomaba detrás de Zayne–. Un error de Dios, un demonio del Infierno y algo mucho peor.

Capítulo doce Mis cejas se elevaron en mi frente. ¿Por qué diablos era yo la peor de los tres? Aunque no es que debiera prestar atención a eso. Era algo gordo que ese humano supiera sobre Zayne, y aún más perturbador que supiera que Roth era un demonio,

teniendo en cuenta que ningún humano debía saber nada sobre el asunto de los demonios. –Me siento ofendida –gruñí. –La puta no debería hablar en presencia de tal texto sagrado –escupió el hombre. –¿Perdona? –aullé y salí de detrás de Zayne, que me sujetó por la cintura– ¿Acabas de llamarme «puta»? El hombre sostuvo la Biblia en mi dirección. –Eres la hija de una. ¿Eso no te convierte en lo mismo? –Vaya. –Roth dio un paso hacia delante y cerró los puños a los costados–. Eso es muy maleducado y un poco irónico…, ya sabes, usar palabras como «puta» mientras sujetas una Biblia. –¿Y eso lo dice un demonio? –escupió el otro hombre–. Sois el azote de la Tierra…, una pestilencia para la gente. –Tengo que estar de acuerdo –murmuró Zayne entre dientes. La mirada salvaje del tío de la Biblia se dirigió hacia él. –Y tú… tú no eres mejor. Fingiendo ser nuestros protectores mientras yacéis con nuestros enemigos. ¡Falsos profetas!

–La Iglesia de los Hijos de Dios –dije al darme cuenta de quiénes eran. La furia sabía como pimienta ardiente en mi lengua. Las imágenes de todos esos malditos folletos antiguardianes que cubrían los postes eléctricos bailaron delante de mí–. Sois los fanáticos que no tienen ninguna idea en absoluto sobre nada. –Sabemos más de lo que creéis –anunció con orgullo el de la Biblia. Hizo una mueca de desdén mientras miraba a Roth–. Siempre hemos sabido de vuestra existencia y nuestro objetivo es revelar lo que son los Guardianes en realidad. –Curioso –murmuró Roth, acercándose un paso. El tío de la Biblia retrocedió y parte de su arrogancia se resquebrajó como el hielo–. ¿Cómo sabéis de nosotros? –Tenemos nuestros métodos –respondió el otro. A sus costados, sus dedos temblaron. Zayne respiró hondo. –No somos demonios. Eso es lo más… –Estás con un demonio… con dos –respondió el hombre mientras pestañeaba varias veces–. Salen mentiras de tu lengua bífida. Aunque nunca había tenido una relación cercana y personal con la lengua de Zayne,

sabía perfectamente que no era bífida. –No sabéis nada sobre los Guardianes –dije, esperando darles una dosis de realidad–. Si fuera así, sabríais que están ayudando a la humanidad. No hay nada que temer… –Cállate, puta de Satán. Abrí la boca de golpe, y mi cabeza estaba a punto de girar como en El exorcista. Di un paso hacia delante mientras Roth hacía crujir su cuello, señalando que estaba listo para acabar con esa pequeña conversación. –Llámame así una vez más y te daré algo que temer. –No tenía ni idea de dónde salían esas palabras, porque incluso a pesar del entrenamiento de Zayne en realidad no era una luchadora. Tampoco era ninguna malota, pero mis labios se curvaron en una sonrisa fría y tensa–. Es una promesa. Sentí la mirada fija de Zayne, el aturdimiento y la inseguridad, porque dudaba que jamás me hubiera oído decir nada tan amenazador antes, pero tratar de razonar con fanáticos era tan fructífero como que te hagan una lobotomía. Dos veces. La furia hirviente y la indignación que bullía dentro de mí me dieron coraje.

Probablemente no fuera la mayor combinación, pero me aferré a ella. La piel me cosquilleaba y el fondo de mi garganta ardía. Bambi se movió sobre mi piel, recorriendo con la cola la parte baja de mi espalda. Seguro que sus almas sabían a zumo de fresa aguado… manchadas. –¿Hay alguna razón por la que nos habéis seguido, aparte de para predicar vuestra hipocresía sin sentido? –Las mejillas del de la Biblia se ruborizaron–. Lo dudo –continué antes de que pudiera hablar–. Dudo que haya ni una sola cosa inteligente que podáis decir ninguno de los dos. –Layla –me advirtió Zayne con suavidad, llevándome una mano al costado. –Deberían haberte matado en cuanto saliste del vientre –dijo el tío de la Biblia, y la sinceridad de su voz me sobresaltó–. Eres una atrocidad. Cualquier control que pudiera tener se había estirado hasta tensarse demasiado y se partió como una tira de goma llevada al límite. Me moví con mayor rapidez de lo que probablemente lo había hecho jamás. Me lancé hacia delante y le quité la gruesa Biblia de las manos al tío. Eché el brazo hacia atrás, lo giré y el sonido de lo que tenía

que ser la hostia más épica de la Tierra reverberó en el garaje. La risa sorprendida de Roth me agitó por dentro. –Joder. Esa ha sido una buena. En el sentido bíblico. El aturdimiento zumbó a través de mí como mil abejas confusas. El hombre retrocedió, y le salía sangre del corte en la comisura de su boca. Volvió unos ojos salvajes hacia mí mientras levantaba una mano temblorosa hasta su boca. Mi mirada bajó hasta la Biblia que sujetaba. El borde de la parte superior era más oscuro…, estaba manchado. La suave inhalación de Zayne me inquietó mientras soltaba la Biblia, esperando que me quemara. Sucedió demasiado rápido. El otro hombre se lanzó hacia delante, con la cara en forma de una roja máscara de odio, retorcida en algo tan feo que me robó el aliento. Llevó la mano derecha bajo su camisa y recordé el resplandor de algo metálico que había visto antes. Roth soltó una maldición mientras la pistola aparecía en la mano del hombre, pero en lugar de apuntarme la dirigió hacia Zayne.

–¡No! –grité. Zayne se giró, y el corazón me saltó hasta la garganta. Me lancé hacia él mientras sonaba un estallido. Antes de que pudiera llegar junto a él, Zayne se transformó. Su camiseta se partió por el medio y la piel de un gris oscuro apareció. Algo pasó zumbando junto a mi hombro y la bala encontró su objetivo, golpeando a Zayne en el pecho. Retrocedió dando traspiés. Hubo un borrón de movimiento a mi izquierda mientras el grito se quedaba congelado en mi garganta. El silencio quedó roto por un chillido agudo seguido por unos huesos rompiéndose y después una especie de sonido carnoso de la piel cediendo. El tío de la Biblia giró sobre sus talones y echó a correr como si el mismísimo Diablo lo estuviera persiguiendo. Me daba igual. Que corriera. Llegué junto a Zayne y le puse una mano sobre el pecho. Se estaba mirando mientras volvía con rapidez a su forma humana y su piel se volvía rosada. –Ay, Dios mío… –Estoy bien –dijo, pero apenas procesé las palabras. Con el corazón latiéndome con

fuerza, le pasé la mano temblorosa por encima del pecho, en busca de la calidez y la humedad de la sangre. No me detuve hasta que me agarró la muñeca para apartarme la mano–. Layla, estoy bien. Mira. –¿Cómo puedes estar bien? –Tenía la voz pastosa por las lágrimas, teñida de miedo–. Te acaban de disparar en el pecho. Sonrió cuando levanté la mirada hasta su cara. –Mira. La bala ha rebotado. Me transformé a tiempo. Tan solo hay un moretón, nada más. –¿Ha rebotado? Cuando asintió con la cabeza, miré hacia abajo y vi la bala tirada sobre el cemento. El borde redondeado se había quedado aplanado como si hubiera golpeado algo impenetrable, que era lo que había pasado. Mi cerebro tardó en procesarlo, pero debía haberlo sabido desde el principio. Zayne se había transformado. Una bala no atravesaría la piel de un Guardián. Me lancé hacia él, le pasé los brazos por el cuello y me aferré a él como un envoltorio de plástico. El corazón todavía me latía de forma enfermiza, porque por unos

cuantos segundos horribles había creído que la bala le había atravesado, y en su forma humana un Guardián no sobreviviría a un disparo al corazón. Zayne soltó una risa temblorosa mientras me quitaba los brazos de su cuello con suavidad. –Vas a estrangularme, bichito. Me obligué a retroceder. Tratando de controlarme, me giré y respiré hondo. El aire se me quedó atascado. Roth nos estaba observando con una mirada distante en las facciones, pero no fue él lo que atrajo mi atención, lo que me empapó como un cubo de agua helada. En el suelo, un par de metros detrás de él, estaba el hombre que había disparado a Zayne. O lo que quedaba de él. Su mano estaba retorcida en un ángulo antinatural, como una de esas marionetas espeluznantes. La parte delantera de su camisa blanca estaba manchada de rojo, y la pistola… Dios santo, estaba clavada en su estómago, con el mango asomándose por fuera. Traté de respirar otra vez, pero mis pulmones estaban paralizados.

Seguía vivo. No sé cómo, pero su pecho se elevaba cuando tomaba unas bocanadas de aire rápidas y superficiales. Sus ojos oscuros estaban muy abiertos e iban de derecha a izquierda. Los dedos de su brazo bueno se retorcían. Mis pies se movieron por voluntad propia. Me detuve ante el charco de sangre que se extendía con rapidez. El hombre tomó otro rápido aliento y, cuando abrió la boca, le salió sangre. –Todo ha… terminado… Sabemos lo que está pasando… –Sus ojos marrones se desenfocaron mientras la sangre salía de su boca en un hilillo constante–. Sabemos lo del Lilin… El hombre se estremeció una vez, y entonces no hubo nada más, ningún borboteo final ni ningún aliento profundo. La entrecortada inhalación simplemente se detuvo mientras la vida se escurría fuera de él. Aunque había tratado de disparar a Zayne y probablemente había querido matarlo, matarnos a todos, ver cómo se extinguía una vida, una vida humana, no era algo que me gustara ni que supiera siquiera cómo procesar.

Me tapé la boca con la palma mientras retrocedía dando un traspiés. Una mano me estabilizó, pero no podía apartar la mirada del hombre joven. En cuestión de segundos, su piel palideció y adquirió el blanco de la muerte. La vida desapareció con rapidez. Se fue. Así, de golpe. El hombre estaba muerto, y había muchas posibilidades de que hubiera sido culpa mía. Tal vez se habrían marchado si yo no me hubiera enfrentado a ellos. –Ay, Dios –susurré. Alguien tiró de mí hacia atrás y me obligó a darme la vuelta. Unos dedos cálidos me apartaron el pelo de las mejillas mientras me esforzaba por ver al hombre del suelo. –Layla. Mis ojos se encontraron con unos de color ámbar. Roth y yo estábamos cerca; demasiado cerca. Sus manos me sostuvieron donde estaba y recorrieron mis mejillas, y sus caderas presionaron mi estómago. –Tenía que hacerlo. Estaba dirigiendo esa pistola hacia ti, y no te habrías transformado lo bastante rápido. Y te habría matado. –Lo sé.

Claro que lo sabía, pero ese tío estaba muerto. –Y tienes que dejar de mirarlo. No va a hacerte ningún bien. –Sus pestañas se elevaron y su mirada pasó por encima de mi hombro–. Tienes que sacarla de aquí. Yo me ocuparé del cuerpo. No quería saber cómo iba a ocuparse de él, y no quería ser tan gallina ni que me afectara tanto un cadáver, pero las manos me temblaban mientras sus dedos se apartaban de mis mejillas. Los ojos de Roth se encontraron con los míos un segundo más, y entonces Zayne apareció ahí, apartándome de la truculenta visión. Mientras me llevaba de vuelta al Impala, eché un vistazo por encima del hombro. No hacia el cuerpo. Las sombras parecían haberse extendido por el aparcamiento, volviéndose más densas y casi tangibles. Tan solo nos encontrábamos a unos pocos coches de distancia, pero Roth ya había desaparecido entre las sombras. –Lo siento –dije, y no sabía muy bien a quién se lo decía, pero el silencio fue la única respuesta. El trayecto de vuelta a casa fue silencioso, y cuando Zayne se marchó para informar a su padre del altercado con los tíos de la Iglesia de los Hijos de Dios, yo me

retiré a mi habitación. Debería haber estado presente mientras hablaba con Abbot, pero después de la noche anterior dudaba que estar en la misma habitación que él fuera a ayudarme con mi humor. Me sentía incómoda en mi propia piel. Bambi no dejaba de moverse, tratando de encontrar la postura. Deseé que se fuera a pasar el rato a la casa de muñecas, pero no iba a irse a ninguna parte. Me recogí el pelo en un moño desordenado y recorrí mi habitación. Cada vez que cerraba los ojos veía al hombre en el suelo sucio del aparcamiento y oía sus palabras. Lo sabían… La Iglesia sabe sobre los Lilin. No tenía ni idea de cómo era posible. Y lo mismo pasaba con Roth. ¿Cómo habían descubierto lo de los demonios en general? Me froté las manos mientras pasaba otra vez por delante de mi cama. Todavía no podía creer que le hubiera pegado al tío en la cara con una Biblia. Aquello era terrible. Tal vez tuviera alguna justificación, pero mi mano habría sido una opción mejor. Claro

que, si hubiera mantenido la calma, tal vez nadie habría muerto. Aquello estaba en mis manos, y ni siquiera sabía por qué lo había hecho. Sí, me había puesto muy furiosa, pero normalmente no era una agresora. Y normalmente tampoco lamía los dedos de la gente. Era algo que Roth haría; algo que ya me había hecho antes. Cuando me lamió las migas de una galleta de azúcar. Roth. Noté un movimiento retorcido en el pecho. Uf. Con un gruñido, me detuve y me senté en el borde de la cama, dando la espalda a la puerta. Me había olvidado de todo el asunto de chuparle el dedo a Zayne tras ver a alguien morir. Había sido mejor así. Me tumbé y miré al techo. A veces me sentía como si alguna clase de entidad extraña estuviera invadiendo mi cuerpo. Me froté la cara con las manos, sintiéndome como si necesitara una limpieza de cuerpo. Un golpe en la puerta de mi habitación me obligó a levantarme. Me volví y me aclaré la garganta.

–¿Sí? Cuando la puerta se abrió y Danika apareció, mis cejas se alzaron. Ella cambió el peso de pierna. –Venía a ver… –hizo una pausa y echó un vistazo por encima del hombro– qué tal tenías el brazo. Mierda. También me había olvidado de eso. –Ya ni siquiera me duele. –Eso es lo que quería oír. –Dudó mientras se mordisqueaba el labio inferior–. ¿Puedo? Hizo un gesto en dirección a la cama. Vale. Aquello era extraño, pero habían pasado tantas cosas extrañas en mi vida recientemente que estaba interesada en ver adónde se dirigía aquello. Crucé las piernas. –Claro. Su sonrisa era dudosa mientras cerraba la puerta y cruzaba la habitación para sentarse junto a mí. Para alguien tan alto como ella, uno pensaría que sería menos grácil, pero no. La chica parecía caminar sobre el agua, y al agua probablemente le gustaba. –¿Te importa si le echo un vistazo al brazo?

–Nop. –Bajé la mano y me quité el jersey. Debajo llevaba una camiseta sin mangas, lo cual le daba acceso total. El corte de mi brazo ya no era nada más que una marca rosa. La piel estaba arrugada y lo más seguro era que eso no fuera a cambiar nunca, pero era mejor que morir–. Se me cayeron los puntos esta mañana. –Parece que está perfecto. –Levantó la mirada mientras se apartaba un mechón de pelo oscuro. Pasó un momento mientras esperaba a que se levantara, pero se quedó ahí–. He oído lo que ha pasado con esos miembros de la Iglesia. Aparté la mirada, preguntándome si Zayne le habría dicho a su padre que yo más o menos había instigado la violencia. –Sí. –Abbot está preocupado –dijo con suavidad–. No entiende cómo saben lo que… lo que era Roth, ni lo del Lilin. –Hubo una pausa mientras colocaba una pierna increíblemente larga encima de la otra–. Realmente no es un problema del que quiera preocuparse ahora mismo, pero supongo que las desgracias nunca vienen solas, ¿eh? Y tanto que no venían solas: eran una legión.

–Sip. Danika jugueteó con el brazalete de plata que llevaba en la muñeca. –No sé si lo habrás oído o no, pero ya no vamos a volver a Nueva York. No con el asunto del Lilin. Abbot quiere tener el mayor número de activos posible. – Bieeen. Apenas podía contener mi emoción–. Y con Tomas todavía desaparecido, Dez y los chicos están muy seguros de que algo le ha pasado. Me puse rígida y froté de forma distraída el lugar de mi pecho donde Bambi estaba descansando la cabeza. Danika abrió mucho los ojos. –Os prometí a ti y a Zayne que no diría nada, y no lo haré –aseguró, con los ojos tan azules y brillantes como los de Zayne–. Nadie piensa siquiera que tú o… ¿cómo se llama? –Bambi –dije–. Yo no le puse ese nombre, por cierto. Frunció el ceño. –Nadie piensa que tú o Bambi hayáis tenido nada que ver con eso. –Está bien saberlo. –Mi mirada se clavó en la puerta cerrada. Aquello era muy…

incómodo. Me sentía un tanto tentada de ir a buscar a Jasmine y dejar que su hija me mordisqueara los dedos de los pies–. ¿Zayne sigue con Abbot? –Sí. Todos los hombres están juntos en la habitación. Nadie sabe realmente cómo encargarse de la gente de la Iglesia sin empeorarlo, pero… No creo que eso sea lo que más le preocupa a Zayne. –¿No? Ella negó con la cabeza cuando la miré. –La verdad es que no le hace ninguna gracia que… Roth esté en tu instituto. Y a Abbot tampoco. –Evidentemente. –Solté un suspiro y descrucé las piernas. Mis pies ni siquiera tocaron el suelo; era un trol sentada junto a ella–. Es un demonio, así que por supuesto que están cabreados. –Dudo que esa sea la única razón por la que a Zayne no le hace gracia que Roth esté en el instituto contigo. Fruncí el ceño. –¿Qué otra razón podría haber? Levantó las cejas mientras me miraba fijamente.

–¿De verdad no lo sabes? –Cuando negué con la cabeza, ella se rio entre dientes con suavidad. Había un matiz triste en el sonido–. Layla, a veces eres tan inconsciente que me entran ganas de tirarte del pelo. Me atraganté con una risotada. –¿Qué? Danika no respondió de inmediato, y después respiró hondo. –Vale. Vamos a ser sinceras entre nosotras. No te caigo bien. Abrí la boca y sentí que mis mejillas se calentaban. Estaba a punto de negarlo, pero la mirada que me lanzó me dijo que no había ninguna razón para hacerlo. –Bueno… esto es muy incómodo. –Sip. –Asintió con la cabeza, y sus hombros esbeltos se elevaron–. Todos en el clan… en ambos clanes… esperan que Zayne y yo acabemos juntos, y yo no rechazaría esa oferta. Creo que sabes que a mí… me gusta Zayne. –Diría que «gustar» no es una palabra lo bastante fuerte. Sonrió ante eso. –Es…, bueno, ya sabes cómo es. Y también sé que a ti te gusta, y que «gustar» probablemente tampoco sea una palabra lo bastante fuerte para ti.

No dije nada, porque aquella era una conversación de la que realmente no quería formar parte. –En fin, dado que voy a quedarme aquí durante un tiempo, quería aclarar las cosas entre nosotras. Me caes muy bien, Layla. –Se encogió de hombros–. Espero que podamos ser amigas, y no quiero que te preocupes por mí y por Zayne. Una parte de mí quería decir que no me preocupaba, pero al parecer era tan transparente como una ventana. Respiré hondo y decidí que tenía que ser una mujer. –Sé que no siempre he sido… eh, simpática contigo, mientras que tú siempre has sido muy maja. Y lo siento. –Vaya. Aquellas eran probablemente las palabras más maduras que le había dicho jamás a Danika. Me merecía una galleta del tamaño de una mano–. He aceptado que tú y Zayne acabaréis juntos. –Y aquellas palabras eran una píldora amarga, pero era una que necesitaba tragarme–. Vosotros dos sois perfectos el uno para el otro. Los dos sois impresionantes, y tú eres muy simpática e inteligente. Y sé que Zayne… –Para –dijo, levantando una mano–. Sé que le gusto a Zayne, y estoy de

acuerdo. Seríamos perfectos juntos, pero eso no va a pasar jamás. La miré fijamente, confundida. –¿Por qué no? –Porque él no me quiere. No está enamorado de mí, y eso es evidente para todo el mundo menos para ti –aseguró, y entonces bajó la mirada. Unas espesas pestañas ocultaban sus ojos–. Zayne te quiere a ti. Y está enamorado de ti.

Capítulo trece Estaba empezando a arrepentirme de haber dejado que Danika se acercara a mi brazo con una aguja; estaba claro que había muchas posibilidades de que se drogara. ¿Que Zayne me quería? ¿En serio? Sí, sabía que le importaba mucho, pero ¿que estaba enamorado de mí? Aquello era un asunto totalmente distinto. No podía creerlo, no cuando había tantísimas razones por las que no estaría enamorado de mí, por las que no podría estarlo. Además del hecho de que

todos en su clan esperaban que se apareara con Danika o cualquier otra Guardiana apropiada para producir pequeños bebés gárgola, ni siquiera podía besarme. Sí, eso no significaba que no pudiera acercarse a mí y… que no pudiéramos hacer otras cosas, pero era demasiado peligroso. Pensar en esas cosas que no tenían nada que ver con nuestros labios tocándose me mantuvo despierta casi toda la noche del sábado. Incluso con mi limitada experiencia en lo relativo a esas otras cosas, mi vasta imaginación me estaba dando muchas ideas. Ideas que involucraban manos, y dedos, y otras partes del cuerpo… Ay, madre. Me tumbé boca abajo y gruñí contra la almohada. No había visto mucho a Zayne durante el día, y tal vez fuera porque lo había estado evitando, pero después de lo que había dicho Danika, e incluso aunque en realidad no la creía, había muchas posibilidades de que comenzara a soltar risitas como una hiena si me quedaba a solas con él. Y eso era ridículo.

Yo era ridícula. Pero la idea de experimentar cualquiera de esas cosas con Zayne hizo que la cabeza me diera vueltas y el corazón me bombeara sangre con fuerza por todo el cuerpo. Tratando de ponerme cómoda, curvé la pierna hacia arriba, pero no ayudó. Me quité las mantas de encima y las tiré de una patada a los pies de la cama, pero notaba la piel demasiado tensa, como si no hubiera espacio entre mis huesos y mi carne. Me puse boca arriba. Coloqué la mano contra mi estómago y no me sorprendió darme cuenta de que sentía la piel cálida, y entonces se formó un pequeño nudo que me dejó frustrada… y confusa. Mis pensamientos estaban enmarañados, porque cuando sentía ese lento ardor que se derramaba por mis venas, también pensaba en Roth y todo lo que habíamos compartido. Y cuando pensaba en Zayne de ese modo, me sentía como si estuviera haciendo algo mal, lo cual era una estupidez, porque como Roth había dejado completamente claro, no había nada entre nosotros. Con demasiado calor y demasiado alterada para dormir, salí de la cama a eso de las tres de la madrugada. Me puse unos calcetines mullidos de esos que llegan

hasta la rodilla, que a mí en realidad me llegan hasta los muslos, tomé una rebeca gruesa y me la puse sobre la camiseta sin mangas y los pantalones cortos que usaba para dormir. Con el pelo hecho un asco y yo convertida en un desastre de la moda, salí a hurtadillas de mi habitación y fui abajo. A esas horas de la noche, la mayoría de la casa estaría muerta. Jasmine y Danika estarían o bien dormidas o bien en algún sitio con los mellizos. Solo Geoff estaría por ahí, vigilando las cámaras, y fuera habría guardias solo por si acaso ocurría alguna locura. En general, tendría la casa para mí. El aire fresco alivió parte del calor mientras bajaba por la escalera, con los extremos de mi rebeca sin abotonar agitándose detrás de mí como si fueran alas. Mis pies cubiertos por los calcetines eran silenciosos mientras entraba en la cocina y tomaba una botella pequeña de zumo de naranja. Comencé a cerrar la puerta del frigorífico, pero entonces volví a meter la mano y saqué lo que quedaba de la masa de galletas de azúcar. Aferrando con fuerza mis provisiones comencé a dirigirme hacia el salón, pero

entonces me desvié en dirección a la biblioteca. Abrí la pesada puerta de madera con la cadera. Dejé la masa y el zumo sobre el escritorio y después encendí la lámpara anticuada. Un suave resplandor llenó la gran habitación. Respiré hondo e inhalé el aroma a humedad de los libros viejos. Había pasado muchos días y noches en aquella biblioteca cuando era más joven, y mientras examinaba las numerosas filas de libros me di cuenta de que ya los había leído casi todos. Había habido muchos días y noches solitarios. Todavía los había. Tomé un pedazo de masa, rodeé el escritorio y comencé a leer con detenimiento los lomos, sin buscar nada en particular, pero como estaba en algún lugar intermedio entre sentirme demasiado aburrida para leer y preferir quedarme frustrada en la cama, algo atrajo mi atención. Métodos y prácticas de las hierbas y su impacto en demonios y Guardianes. No era precisamente una lectura ligera para antes de dormir, ni la clase de libro que uno encontraría en una biblioteca humana, pero pensé en el vial que había visto en la mano de Abbot y la curiosidad me superó. Lo saqué, me giré y lo dejé sobre la mesa

mientras mordisqueaba la masa cruda. La mayor parte del libro estaba escrito a mano, con las hierbas anotadas por orden alfabético y acompañadas de dibujos. Menos de diez minutos después el espacio entre los ojos comenzó a dolerme. Había demasiadas hierbas en el mundo y muchísimas que fueran ingredientes para pociones de un blanco lechoso. Levanté la mirada mientras tomaba un trago del zumo de naranja, adorando su forma de deslizarse con un cosquilleo por mi garganta. Una idea tomó forma. No era una idea inteligente, pero sí interesante. Abbot se encontraba fuera durante toda la noche, al igual que la mayoría de los Guardianes. Geoff estaría en alguna parte, así que había un riesgo, pero… estaba aburrida y sentía curiosidad. El estudio que Abbot ocupaba se hallaba justo bajando el pasillo. Podía acceder a él desde la puerta de la biblioteca. Esta daba a una pequeña sala de estar que nadie usaba jamás, y a través de ella podía entrar en su despacho sin tener que utilizar el pasillo, que probablemente estaría monitorizado. Pero la sala de estar seguro que no. Dejé sobre el escritorio el zumo de naranja y me apresuré a rodearlo,

deslizando los pies por el suelo de madera dura. Atravesé la puerta a la sala de estar, aliviada de encontrarla vacía y a oscuras, y antes de tener tiempo para acobardarme probé el pomo de la puerta de Abbot. No estaba cerrada con llave. Contuve el aliento mientras hacía girar el pomo. La puerta crujió como huesos viejos mientras la empujaba. Había una lámpara en el escritorio con una pantalla de cerámica verde que proyectaba una pequeña franja de luz sobre el escritorio y el suelo. La habitación olía a Abbot: a jabón, a exterior y al débil rastro de los puros con los que jugueteaba. Se formó una bola en mi garganta mientras me dirigía hacia su gran escritorio de roble. Podía contar con los dedos de la mano las veces que el Guardián me había abrazado, pero cuando lo había hecho sus abrazos siempre eran cálidos y maravillosos. Los echaba de menos. Me tragué el nudo de la garganta y decidí atacar el escritorio primero. Había muchos

lugares donde podía haber metido lo que estaba buscando: los estantes en la pared de atrás, las cajas que seguramente estuvieran cerradas con llave y una docena de pequeños cubículos aquí y allá. El primer par de cajones no contenían nada en su interior que me interesara: papeles y correspondencia de la Policía y del Gobierno, correos electrónicos de los líderes de otros clanes. El segundo cajón estaba lleno de bolígrafos, de los que hacían que me entraran ganas de llevármelos, y el tercero tenía más notas adhesivas de las que Dios necesitaría. El cuarto cajón, el de abajo del todo, fue donde me tocó el gordo. Literalmente. Acolchados con una toalla gruesa y oscura, docenas de pequeños viales giraron inofensivamente mientras sacaba el cajón tanto como podía. Me arrodillé y tomé uno que contenía lo que parecía zumo de pomelo, y después volví a dejarlo en su sitio y rebusqué hasta encontrar el que me parecía familiar. Tomé el frasco con cuidado, observando el líquido lechoso que chapoteaba mientras me levantaba.

Hice girar el vial y fruncí el ceño mientras leía lo que había garabateado en el fondo. –¿Sanguinaria? –¿Qué estás haciendo? Solté un chillido y estuve a punto de soltar el líquido. Me giré aferrándolo contra mi pecho mientras soltaba un suspiro de alivio. –Zayne. Se encontraba en el umbral de la puerta por la que me había colado, vestido con unos pantalones oscuros y una camiseta negra. Aunque hacía bastante frío fuera, la temperatura corporal de un Guardián de sangre completa era más alta que la de los humanos e incluso que la mía. Cruzó los brazos y arqueó una ceja. –Me has dado un susto de muerte. –Con el corazón latiendo con fuerza, lo único en lo que podía pensar era en el vial que tenía en la mano. Zayne no comprendería por qué estaba registrando el despacho de Abbot, sin importar lo inofensivo que fuera. Al ver que se limitaba a mirarme fijamente, traté de distraerlo mientras bajaba las manos–. ¿Por qué has vuelto tan pronto?

–¿Qué estás haciendo tú en el estudio de mi padre? Arrugué la nariz. –Nada. –¿Nada? Con las manos ahora ocultas detrás del escritorio, deslicé el frasco por mi palma. Tendría que soltarlo y rezar al dalái lama que no se rompiera o fingir que me desmayaba y volver a dejarlo en su sitio. Ninguna de las dos opciones me daba confianza. –Nop. –Ajá. Mis mejillas comenzaron a arder, y di gracias por la tenue luz de la habitación. –No me has dicho por qué has vuelto tan temprano. –Y tú no me has dicho qué estás haciendo aquí en realidad. Cambié el peso de pierna y me preparé para dejar el vial en el cajón donde lo había encontrado. Lo único que necesitaba era el nombre, y ya lo había conseguido. –No podía dormir, así que… ¡Ah! Zayne se movió con increíble rapidez y pareció desaparecer del umbral de la puerta solo para reaparecer justo delante de mí. Antes de que pudiera soltar el vial, me rodeó la

muñeca con la mano. –¿Qué es esto? –preguntó mientras me levantaba el brazo. Mis dedos se tensaron alrededor del vial. –Eh… Zayne inclinó la cabeza hacia un lado y suspiró. –Layla. Traté de librarme de él, pero cuando eso no funcionó igualé y después superé su suspiro con el mío propio. –Vale. Vi a Abbot con este vial hace unos días, y quería saber lo que era. Así que eso era lo que estaba buscando. –¿A las tres de la mañana? –No podía dormir, y estaba en la biblioteca cuando se me ocurrió la idea. – Volví a tirar del brazo–. No estaba aquí fotocopiando secretos de los Guardianes ni matando bebés. Mira. –Retorcí los dedos hasta que pudo ver la etiqueta escrita a mano del frasco– . No estoy mintiendo. Bajó la mirada y frunció el ceño. –¿Sanguinaria?

–¿Sabes lo que es? Si fuera así sería estupendo, porque era mucho mejor que me lo explicara y ya está a volver a revisar ese libro polvoriento. –Sí. –Me soltó el brazo y me quitó el vial de la mano con rapidez, como un gato–. No deberías estar trasteando con estas cosas. –¿Por qué? Con mucho cuidado, volvió a dejar el vial en el cajón y lo cerró. Se puso en pie y me dirigió una larga mirada. –Ven. Tozuda, clavé los pies en el suelo. –Dime lo que sabes. Zayne rodeó el escritorio y continuó avanzando. –Layla, vámonos de aquí antes de que venga alguien más, te vea y empiece a flipar. Tenía razón, y aunque estaba sintiendo la necesidad infantil de discutir, la ignoré y lo seguí hasta la biblioteca. Pasé junto a él y fui en línea recta hacia el escritorio mientras Zayne cerraba la puerta detrás de él. Mis ojos se ensancharon cuando vi el zumo de naranja, el libro y… el

envoltorio vacío de la masa de galletas. Me giré hacia Zayne. –¡Te has comido mi masa de galletas! Una pequeña sonrisa curvó sus labios hacia arriba. –A lo mejor. Solté un suspiro mientras tomaba la botella de zumo. –Eso está fatal. Se paseó hasta el escritorio y puso las palmas sobre el borde, inclinándose hacia mí de modo que quedáramos cara a cara. –Te compraré un paquete nuevo por la mañana. –Más te vale –dije, sonando gruñona y molesta. Y estaba sintiendo esas cosas porque él se encontraba cerca, y lo único en lo que podía pensar era en lo que me había dicho Danika y en todas esas cosas sucias que había estado pensando y que me sacaron de la cama. Me aparté del escritorio. Zayne levantó una ceja mientras me observaba cruzar la habitación. –Estás de un humor estupendo. Me encogí de hombros mientras lo observaba por encima de la botella. Me desplomé

sobre el sofá parcialmente oculto por las sombras y dejé el zumo de naranja sobre la mesita auxiliar. –¿Vas a contarme lo de la sanguinaria? –Es una planta. Tomé un cojín y lo puse sobre mi regazo. –Eso ya me lo imaginaba. –De hecho, es bastante peligrosa. –Me siguió hasta el sofá, se sentó y se quitó las botas y los calcetines. Se reclinó contra el otro brazo y se estiró lo mejor que pudo, lo que significaba que me dejó el pequeño espacio que yo estaba ocupando–. No tiene grandes efectos en los demonios, aparte de volverlos soñolientos. Pero puede matar a un humano y noquear y paralizar a un Guardián durante un tiempo. El corazón se me paró durante un instante. –¿Por qué iba a tener Abbot algo así? –No lo sé. El frasco parecía muy antiguo, al igual que muchos de los que había ahí. Tal vez lo tuviera guardado para un Guardián que se descarriara. Como cuando Elijah… Dejó la frase inconclusa y bajó la mirada.

Me puse algo rígida mientras mis dedos se tensaban sobre el cojín. Era la primera vez que Zayne había utilizado el nombre de mi padre; el padre que me había abandonado. El Guardián que se había acostado con Lilith y, al descubrir que había engendrado a una hija, había tratado de matarla. Muchas veces. Y esa hija era yo. Abbot lo había detenido siendo yo pequeña, y podía imaginar cómo la sanguinaria habría sido de utilidad entonces. –En cualquier caso –dijo Zayne, observándome–. He vuelto a casa pronto porque no estaba pasando gran cosa. Y me encontré con Roth. Noté un retortijón en el estómago. –¿De verdad? Asintió con la cabeza. –Estaba cumpliendo con sus deberes acosadores nocturnos, supongo. Me encontró junto al barrio de Foggy Bottom y quería saber cómo se había tomado Abbot toda la mierda de la Iglesia de los Hijos de Dios. Volví inexpresivas mis facciones. Roth podría haberme mandado un mensaje fácilmente o llamarme para averiguarlo. Claro que no estoy segura de por qué

esperaba eso de él. –Me alegra ver que no intentasteis dañaros físicamente el uno al otro. –No diría que fuera la conversación más agradable. –Zayne se movió en el sofá junto a mí y me dio un golpecito en el muslo con el pie. Lo miré levantando las cejas–. ¿Qué te pasa? –preguntó, apartándose un mechón de pelo rubio de la frente. Me abracé más al cojín y negué con la cabeza. –Nada. Él se reclinó contra el brazo del sofá y se apretó perezosamente la nuca con la mano. Los músculos que había debajo de su fina camiseta se tensaron con el movimiento. –Algo te molesta. A veces odiaba de verdad que Zayne pudiera leerme tan bien. Que cuando me miraba, como estaba haciendo en esos momentos, me sintiera como si pudiera descubrir todos mis secretos solo con esa mirada. Pero eso no significaba que estuviera dispuesta a ponerme a compartirlo todo. Zayne soltó un suspiro. –Llevas todo el día evitándome.

–No es verdad. –Sí que lo es. –Cerró los ojos y encogió un solo hombro–. Algo te pasa. Retorcí un largo mechón de mi pelo alrededor de un dedo y le hice una mueca a Zayne, aunque no pudiera verla. –No te estaba evitando. –Una completa mentira–. Es solo tu inseguridad la que habla. Abrió un ojo. –¿Perdona? –Ya me has oído –dije, tratando de ocultar mi sonrisa–. No te estaba ignorando. He estado muy ocupada hoy. El otro ojo se abrió mientras bajaba el brazo y lo ponía sobre el respaldo del sofá. Ya tenía toda su atención. –No has hecho una mierda hoy, salvo quedarte en tu habitación y mirar a Izzy mientras trataba de morderte los pies –señaló, y yo entrecerré los ojos–. ¿Por qué no podías dormir? Continué retorciendo mi pelo en una cuerda gigante. –No podía y ya está. Pasaron unos cuantos momentos de silencio.

–En realidad, me alegra que estés despierta. Quería hablar contigo de una cosa. Tiene que ver con Roth. Pronunció su nombre como si fuera alguna nueva enfermedad de transmisión sexual. –¿De verdad tenemos que hablar de él? –Sí. –Frunció el ceño–. Deja de jugar con el pelo. Mis dedos se quedaron inmóviles y bajé la mano, devolviéndole el ceño fruncido. –¿Qué pasa con Roth? –No confío en él. No solo porque sea un demonio, sino por… Bueno, por lo que puede o no puede significar para ti. –Sus ojos aún no se habían separado de mi cara–. Es… No importa. Sé que vas a verlo en el instituto, pero no quiero que salgas corriendo con él a solas. Le lancé una mirada afilada. La frustración de antes regresó, provocándome un cosquilleo en la piel y haciendo que Bambi se agitara. –Sí, porque eso era exactamente lo que estaba planeando a hacer. –Mira, no digo que fueras a hacerlo, pero sé que vas a querer descubrir más sobre el Lilin, y no quiero que estés a solas con él. –Abrí la boca–. Solo porque no quiero ver

cómo te hace más daño –añadió. Y, en realidad, ¿qué podía decir ante eso? Sin embargo, ¿podía ser que fuera algo más? Solo Dios sabía lo que Roth y Zayne se habían dicho, y ahora que Zayne sabía todos los detalles sobre lo que había pasado con Roth, tan solo podía suponer qué era lo que estaba pensando. Desde debajo de las pestañas lo observé estirarse de forma fluida, como un gato con el estómago lleno. Zayne era superprotector conmigo, pero eso no significaba que estuviera celoso ni que estuviera enamorado de mí. –Además, hay otra razón por la que he venido pronto a casa –continuó, arrastrando las palabras perezosamente–. Estaba seguro de que me echabas de menos. –No creas. –Le tiré el cojín a la cabeza, y él lo sujetó en el aire un segundo antes de que le golpeara en la cara–. En absoluto. Él se puso el cojín detrás del cuello, observándome. –Eres una mentirosa terrible. No podía saber lo mucho que se parecían sus palabras a las de Roth, y yo no iba a decírselo.

–No estoy mintiendo. Sus labios se crisparon como si quisiera sonreír. –Ajá. Me incliné hacia delante y tiré sus piernas del sofá. Cayeron al suelo, pero él volvió a levantarlas. –No seas cría, bichito. Aparté la mirada y respiré hondo, intranquila por la inquietud que sentía. –No me llames así. Ya no soy una niña pequeña. –Créeme, sé que no lo eres. Me volví hacia él y estuve a punto de decir algo sarcástico, pero las palabras se perdieron en mi lengua. No estaba de broma. Joder, lo decía en serio. Y esa mirada, la forma en la que sus párpados estaban algo caídos y sus labios separados, decía algo a lo que no estaba acostumbrada, pero que había visto en él el día que entró en mi habitación mientras me estaba cambiando. Nos miramos fijamente, en silencio. Nada y todo cambió entre nosotros en un instante. Una densa tensión flotaba en el aire, cubriéndome como una manta demasiado cálida. Sus ojos relucían como zafiros bajo la tenue luz, provocándome un

escalofrío a pesar de que sentía que estaba ruborizada otra vez. Se incorporó un poco, y volví a pensar en lo que había dicho Danika. Quería huir de allí. Y eso es lo que hice. Me puse en pie con rapidez y me alisé el pelo con las manos, esperando que no se diera cuenta de cómo me temblaban. –Hablar tanto me ha dejado cansada. Me voy a la cama. Buenas noches. Zayne arqueó una ceja y se quedó en el sofá. Prácticamente salí corriendo de la habitación y subí la escalera. ¿Qué demonios acababa de pasar ahí? No lo sabía, pero reconocía la pesada sensación de no tener aire en el pecho. Tenía que ser la falta de sueño y mi imaginación demasiado activa. Una vez que estuve en la habitación, me quité la rebeca y los calcetines y me forcé a poner la mente en blanco. No era tarea fácil. Mientras apartaba las mantas, la puerta de mi habitación se abrió, haciéndome dar un gritito. Zayne atravesó la puerta, todavía descalzo, y cruzó los brazos por delante del pecho. ¿Y si hubiera estado desnuda? Mis mejillas se volvieron de un escarlata intenso al darme

cuenta de que la delgada camiseta no ocultaba demasiado. Esforzándome por no cruzar los brazos sobre los pechos, me quedé inmóvil. –¿Qué quieres ahora? –Nada. –Caminó hasta la cama, se sentó y estiró su larga figura. Dio unas palmaditas al punto que había junto a él–. Ven aquí. –¿Zayne…? –Me moví con incomodidad, queriendo al mismo tiempo huir de la habitación y sentarme en la cama junto a él–. Estás siendo muy molesto esta noche. –Tú eres molesta todas las noches. –Volvió a dar unas palmaditas en la cama, y un mechón de pelo cayó sobre sus ojos–. Deja de actuar de una forma tan extraña, Layla. ¿Cómo que era yo la que estaba actuando de forma extraña? Vale. Tal vez estuviera un tanto nerviosa. Que se apropiara de mi cama como si fuera suya no era nada nuevo. Joder, incluso había dormido en ella un par de noches antes. Pero todo parecía diferente después de lo que había dicho Danika. –¿Vienes? –murmuró, observándome. Respiré hondo y me metí en la cama. Él se tumbó de costado y su pierna rozó la mía–. Bonitos pantalones. Por supuesto que iba a fijarse en mis pantalones cortos de Hello Kitty.

–¿Podrías no hablar? Se rio entre dientes. –Menudo humor tienes esta noche. ¿Es por la masa de galletas? Me puse de costado para mirarlo. Había poco espacio entre nosotros, y cerré la boca, pero lo más extraño sucedió cuando nuestros ojos se encontraron. Contuve el aliento mientras miraba fijamente la cara que conocía como el dorso de mi mano. Podía cerrar los ojos y todavía conocería cada una de sus expresiones, salvo la que tenía en ese momento. Aquella era algo nuevo, completamente inexplorado. Y daba miedo; era increíblemente terrorífico, porque nunca me había planteado en serio que Zayne correspondiera mis sentimientos nada normales hacia él. Era terrorífico por lo que quería hacerle, por lo que podría hacerle. Y había algo más; estaba Roth y ese sentimiento estúpido e irracional de que estaba haciendo algo mal. Básicamente se había sacrificado por mí… y después me dijo que nada de lo que había dicho o hecho alguna vez respecto a mí importaba nada. Me puse boca arriba y miré el techo. Mi pecho subía y bajaba con una respiración

entrecortada e irregular. Su aroma invadía mis sentidos y mis dedos descansaban contra mi estómago, abriéndose y cerrándose. –¿Qué pasa, bichito? –preguntó. –Nada –susurré. –Mentira. Zayne se movió de repente y se incorporó sobre un brazo con tanta rapidez que el aire salió de mis pulmones en una ráfaga. Me miró con los labios entreabiertos como si estuviera a punto de hablar, pero pareció perder el hilo de lo que iba a decir. No pasaba nada. Yo tampoco tenía ni idea de lo que estábamos hablando. Apenas había tres o cuatro centímetros de separación entre nuestros cuerpos. Estábamos tan cerca que las puntas de su pelo me rozaban las mejillas. Su mirada bajó hasta el cuello de mi camiseta. Estaba bajo, mostrando más de lo que debería haberme hecho sentir cómoda. La cabeza de Bambi descansaba sobre la curva de mi pecho derecho. Otra vez. –Le gusta mucho poner la cabeza ahí, ¿verdad? –preguntó Zayne con voz áspera. –Supongo que para ella está blando. –En cuanto esas palabras salieron de mi

boca quise pegarme una patada en la teta blanda–. Dios –gruñí–. A veces tengo que… Zayne puso un dedo sobre mi barbilla, silenciándome. El ligero toque me provocó un montón de sensaciones: sed, necesidad, un deseo tan intenso que me agitaba hasta la médula. –Eso tiene sentido. –Hizo una pausa y tragó saliva mientras su mirada recorría los detalles del tatuaje demoníaco–. Seguro que es un… lugar blando. –Aquella conversación era… uf. En realidad no tenía palabras–. ¿Por qué conservas este colgante? – preguntó, tocando ligeramente la cadena. Hice un esfuerzo por contestar. –No… no lo sé. Sus facciones se tensaron por un momento, y entonces pareció liberar lo que quiera que estuviera sintiendo. La verdad sobre por qué conservaba el colgante no tenía nada que ver con mi madre, pero entonces su mano se movió, recorriendo con el dedo hasta el centro de mi garganta, por encima de la elevación de mi clavícula y después

directamente hacia donde descansaba Bambi. Se detuvo a solo un par de centímetros de su cabeza. Ay, Dios mío. El corazón me aleteaba tan rápido en el pecho que era como un colibrí a punto de alzar el vuelo. Noté un peso en el pecho, y la presión era exigente y al mismo tiempo agradable. Entonces su dedo volvió a moverse y se deslizó por el contorno de la cabeza de Bambi. Ella se movió ligeramente, girándose hacia el toque como una mascota buscando más caricias. Tomé aire mientras me humedecía el labio inferior. ¿Debería estar más aturdida porque me estuviera tocando de una forma tan íntima o porque estuviera tocando a Bambi? ¿O porque ella no estuviera saliendo de mi piel para tratar de comérselo? En realidad no importaba, porque sentía un cosquilleo en cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Recorrió las delicadas escamas alrededor de las fosas nasales de Bambi, y cuando me estremecí su mirada se alzó y atrapó la mía. Había tanto calor e intensidad en

esos ojos de cobalto que su forma de mirarme era inconfundible. Como aquella noche que me había visto en sujetador. La comisura de sus labios se elevó, y el corazón me saltó en el pecho. Su mirada regresó al lugar donde descansaba Bambi, donde su dedo estaba recorriendo perezosamente las escamas en suaves caricias. –El tacto no es como esperaba que fuera. La piel está ligeramente elevada, pero en realidad es como un tatuaje cualquiera. Con la boca seca, cerré los ojos mientras su dedo se movía sobre la cabeza de Bambi, acercándose al pequeño lazo que decoraba el dobladillo de mi camiseta. No l evaba nada debajo de ella, y él estaba muy muy cerca. –¿Le gusta? –preguntó, y su aliento era cálido en el espacio entre nuestros labios. Asentí con la cabeza, suponiendo que sí, ya que no estaba tratando de matarlo–. ¿Y a ti? La pregunta me golpeó con la fuerza de un huracán destructivo. Abrí los ojos de golpe, y el aire me salió en pequeños jadeos. Seguía estando muy cerca, y su pelo me hacía cosquillas en las mejillas mientras su dedo seguía descendiendo,

siguiendo la curva de Bambi, bajo el lazo de mi camiseta. Sus pestañas volvieron a elevarse y su mirada impactó contra la mía. No tenía ni idea de cómo habíamos acabado así. Su mano se quedó inmóvil y entonces esperó, y no había forma de negar la fuerza que había detrás de la pregunta. Si decía que no, se apartaría. Y si decía que sí, entonces… ni siquiera podía hacerme a la idea de esa posibilidad. Si decía que sí, todo cambiaría; cambiaría de una forma que no podía imaginar siquiera, de una forma que nunca había creído realmente que pudiera pasar entre nosotros. El corazón me latía con demasiada rapidez, y una extraña clase de calor se acumuló profundamente en mi cuerpo. –Sí. –La palabra salió en apenas un susurro, pero Zayne la escuchó. Inhaló bruscamente mientras movía la mano hasta el delgado tirante de mi camiseta. Sus ojos jamás abandonaron los míos. –¿Puedo ver el resto de Bambi? Mi ritmo cardíaco se incrementó hasta niveles de infarto. ¿Estaba soñando? ¿Me había caído por la escalera y me había abierto la cabeza? Parecía más

probable que lo que estaba sucediendo. Ver el resto de Bambi significaba ver el resto de mí. O, al menos, la mitad de mí. Abrí la boca, pero no salió ningún sonido. Mi mirada se concentró en el contorno de su boca, se clavó en sus labios entreabiertos, y no pude evitar preguntarme el tacto que tendrían…, el sabor que tendrían. Solo en la parte distante de mi mente me di cuenta de que quería saborearlo a él y no su alma. Bambi movió la cola junto a mi cintura, como si estuviera impaciente con todo el asunto y quisiera que la mostrara. Incapaz de encontrar el valor para hablar, volví a asentir con la cabeza. La mirada febril de Zayne descendió mientras me bajaba el tirante. La camiseta era tan delgada y suelta que solo hacía falta un diminuto esfuerzo para moverla. En cuestión de segundos los tirantes acabaron en mis muñecas y el tejido se acumuló sobre mis manos unidas en el estómago.

Sentí su mirada fija mientras bebía cada detalle de Bambi y todo lo demás, cada parte de mí que estaba expuesta. Era como una caricia mientras su mirada recorría la larga y elegante extensión del cuello de la serpiente entre mis pechos, hasta su cola enroscada justo debajo de mi caja torácica. –Layla… –dijo con voz ronca, y el sonido hizo que se me curvaran los dedos de los pies. Dejé de respirar mientras su mano seguía el camino de Bambi, y el anhelo y la sed que sentía se elevaron hasta que notaba cada parte de mi cuerpo como un cable eléctrico. Todo lo que había fuera de aquella habitación dejó de existir; todo problema, preocupación o contratiempo. Todo desapareció mientras su mano volvía a moverse y mi espalda se arqueaba sobre la cama. Un sonido jadeante se escapó de mí, mezclándose con el aliento entrecortado de Zayne. Su tacto era ligero y reverencial mientras exploraba la extensión de mi cuerpo. Lo hizo con tanta delicadez como si fuera su primera vez, aunque yo sabía, o al menos pensaba, que ese no podía ser el caso. Con su aspecto y su personalidad, tenía

que haber habido otras veces mientras salía de cazas, tenía que haber habido otras chicas. Pero eso no importaba mientras bajaba y su cabeza descendía hasta un lugar cercano a donde descansaba la cabeza de Bambi. Había muchas posibilidades de que aquello acabara horriblemente mal, pero mis manos formaron un puño y me mordí el labio con tanta fuerza que un sabor metálico me llenó la boca ante el primer roce ligero de sus labios contra… La puerta de la habitación se abrió de golpe y se estampó contra la pared con una fuerza que sacudió la habitación como si hubiera sonado un trueno. Zayne se separó de mí y estuvo en el suelo en un instante. Se giró con rapidez y yo me senté, aferrándome a la camiseta con el corazón en la garganta. Nos habían pillado a lo grande, e íbamos a meternos en un lío enorme. Pero cuando levanté la mirada no había nadie en el umbral de la puerta, nada detrás de ella salvo el pasillo largo y oscuro y todas las sombras de la noche. Zayne cruzó la habitación y sujetó el borde de la puerta mientras echaba un

vistazo hacia el pasillo. Negó con la cabeza mientras se enderezaba y cerraba la puerta. –No hay nada aquí. Me estremecí mientras una brisa fría y casi helada soplaba sobre mi piel. Miré a mi alrededor, pero no vi nada anormal en la habitación. –Eso ha sido… –Me aclaré la garganta–. Eso ha sido muy raro. Se pasó los dedos por el pelo; unos dedos que acababan de estar tocándome. Se volvió de nuevo hacia mí, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Comenzó a avanzar hacia mí, pero entonces se detuvo. Su forma de mirarme… mi cuerpo entero se ruborizó. –Cre… Creo que debería marcharme. No quería que lo hiciera. Quería que volviera junto a mí, pero eso no sería muy inteligente, y lo más adecuado sería dejar que se marchara de la habitación. Tiré de la manta y me obligué a asentir con la cabeza. Zayne me miró fijamente durante un momento más y después tragó saliva con fuerza antes de girar y salir en silencio de la

habitación. Me quedé donde estaba mientras la fría realidad de la situación regresaba. Sin importar lo que sintiera por él, o él por mí, buscar algo con Zayne era peligroso. Y no podía ser.

Capítulo catorce –¡Lo sabía! Miré fijamente a Stacey mientras ella contemplaba el pequeño espejo pegado a la puerta de su taquilla y se peinaba el flequillo con los dedos. La necesidad de hablar con alguien sobre lo que había pasado con Zayne me había llevado a abordarla nada más verla el lunes por la mañana. Se lo conté todo tan silenciosa y rápidamente como pude, comenzando con Danika y terminando con todo el asunto del pecho descubierto. Sin contar lo del tatuaje. –¿Cómo que lo sabías? Me dirigió una mirada inteligente.

–Bueno, tal como trataba a Roth, era evidente que a ese chico no le hacía mucha gracia que tú estuvieras con nadie más. Me aparté del camino de una chica que atravesaba el pasillo corriendo. –Es solo que no le cae bien Roth. Stacey puso los ojos en blanco. –Y tiene sentido que por fin haya dado el paso. Ahora tiene un rival. Mis labios formaron una O. En realidad, no había pensado en ello de ese modo. ¿Podía ser que Zayne al fin me viera como algo más que la niña que se escondía en el armario a causa de Roth? ¿O siempre me había visto de forma diferente, y era ahora cuando actuaba porque pensaba que había alguien más en escena? Me dije que no importaba, porque no podíamos estar juntos. A Abbot le daría un infarto, y ni siquiera podíamos besarnos, pero aun así el asunto invadió mis pensamientos mientras nos dirigíamos hacia la clase de Biología. –No debería resultarte tan difícil de creer que Zayne se sienta atraído por ti. Eres una chica muy guapa, Layla. De las que los chicos van… –No digas que soy de las que los chicos van persiguiendo, porque eso es muy extraño.

Stacey se rio y me dio un golpecito con la cadera. –Vale. Tan solo digo que no hace falta ser una lumbrera para entender este asunto con Zayne. No es como si Danika te estuviera tendiendo una trampa, y Zayne… –Bajó la voz–. Te tocó de una forma para nada platónica. Es simple. Ve a por ello. «Ve a por ello.» Negué con la cabeza, a pesar de que mi corazón había comenzado a latir con fuerza. –Es complicado. –No, no lo es. –Se detuvo enfrente de la puerta del aula de Biología y abrió mucho los ojos–. Tengo la idea más perfecta de la historia de las ideas. Arqueé una ceja. Viniendo de Stacey, aquello daba un poco de miedo, y probablemente implicara la posibilidad de ir a la cárcel. –¿Qué? –¿Sabes cuando nos tendiste una trampa a Sam y a mí para ir al cine en el puente de Acción de Gracias? –Sus ojos centelleaban de emoción–. Deberías invitar a Zayne y dejarlo claro… una cita para ir al cine. –¿Una cita para ir al cine? –dijo una voz profunda, arrastrando las palabras. Nos

giramos y vimos a Roth mirándonos con una sonrisita de suficiencia–. Qué monada. ¿Quién va a pagar las palomitas? La irritación me hormigueó en la piel mientras miraba sus burlones ojos ámbar. El hecho de que no me hubiera dado cuenta de que se encontraba cerca era prueba de lo obnubilada que estaba. Joder, estaba tan alterada que utilizaba palabras como «obnubilada». –Es de mala educación escuchar a escondidas. Él levantó un hombro. –Bloquear la puerta del aula también es de mala educación. –Lo que tú digas. Me giré, lista para conducir a Stacey al interior, cuando Roth me detuvo. –En realidad, quería robártela un segundo –le dijo a mi amiga, que estaba en el proceso de lanzarle una terrorífica mirada envenenada–. Si te parece bien. Stacey cruzó los brazos. –Dudo que ella quiera que la robes. –Es lo más cierto que se ha dicho jamás –afirmé con una tensa sonrisa. –Creo que cambiará de idea. –Roth me dirigió una mirada significativa–. Es importante.

Lo que significaba que tenía algo que ver con el Lilin, un demonio, un Guardián o cualquier otra cosa de la que en realidad no quería ocuparme. Solté un suspiro mientras me apartaba a un lado. Stacey me miró boquiabierta y yo hice una mueca. –No pasa nada. Ella miró a Roth entrecerrando los ojos. –No me hagas odiarte más. Roth levantó las cejas mientras Stacey entraba a zancadas en el aula de Biología. –¿Qué le has dicho sobre mí? Me encogí de hombros. –En realidad, no le he dicho gran cosa. Debe de haber sumado dos y dos por su cuenta y se habrá dado cuenta de que eres un gilipollas. Deslizó la mirada de vuelta hacia mí y sonrió. –Au, enana. –Sí, como si eso realmente te molestara. –Eché un vistazo por la pequeña ventana de la puerta que daba al aula. El señor Tucker se encontraba ya junto a su escritorio… ¿es que iba a volver alguna vez la señora Cleo? Solo teníamos un minuto como máximo

antes de que sonara la última campana–. ¿Qué es lo que quieres? Él se metió la mano en el bolsillo, sacó una delgada hoja de papel amarillo y me la agitó en la cara. –Adivina lo que he encontrado. –Está claro que no es una personalidad mejor –observé. –Ja, ja. Qué graciosa. –Me rozó la nariz con el borde del papel, y sonreí cuando lo apartó–. Tengo la dirección de la casa de Dean. –Ah. Vaya. Ha sido rápido. –Pues sí. No quería preguntar cómo la había conseguido; estaba segura de que tenía algo que ver con él entrando en la secretaría y haciendo algo desagradable. Traté de tomar el papel, pero él apartó la mano. Fruncí el ceño. –Necesito la dirección para que Zayne y yo podamos ir a verle. –¿El Rocoso y tú? Roth se rio mientras volvía a guardarse el papel en el bolsillo. Entrecerré los ojos. –Sí. –¿Crees que vais a divertiros sin mí? Pues piénsalo dos veces. Vamos a hacer un trío.

–Me dirigió una sonrisa malvada cuando puse los ojos en blanco–. Hoy. Después de clase. Os esperaré a ti y a tu chico bonito el gárgola fuera. Quería decir que no, pero me guiñó un ojo y se dio un golpecito en el bolsillo mientras se giraba y entraba en el aula. Aquello iba a ser muy divertido. Desde el momento en que Roth se subió al asiento trasero del Impala supe que aquel pequeño trayecto improvisado iba a acabar mal. Incluso aunque ambos estaban de acuerdo en que teníamos que trabajar juntos, ninguno de los dos iba a ponerlo nada fácil. No era como si nadie esperara que se dieran la mano y se pusieran a cantar juntos. Las cosas ya eran incómodas entre Zayne y yo. Añadir a Roth a la mezcla tan solo lo hacía unas diez veces más doloroso. Si Zayne pensaba que lo había estado ignorando el sábado, no había duda de que lo había hecho el domingo. Ni siquiera sabía cómo mirarlo sin que cada centímetro cuadrado de mi cuerpo se ruborizara. –Nos quedan unas tres manzanas. Vive en una de esas viejas casas de arenisca –dijo

Roth, con un brazo sobre el respaldo de cada uno de nuestros asientos–. Pero estaría bien que, ya sabes, condujeras a una velocidad con la que no tardáramos el resto del año en llegar. –Cállate –replicó Zayne. –Tan solo digo –continuó– que seguro que el chico al que Dean casi se carga de un puñetazo puede caminar más rápido de lo que va este coche. –Cállate –dije yo. Capté su mirada de ojos entrecerrados en el retrovisor y le dirigí una amplia sonrisa. Él se recostó en su asiento y una expresión irritable apareció en sus facciones. Permaneció en silencio el resto del viaje. Zayne encontró el edificio y logró meter el coche en una plaza de aparcamiento a un par de puertas de allí. Las hojas marrones y doradas se mecían con suavidad en la hierba mientras bajábamos la acera. Los escalones que dirigían a la entrada estaban gastados y agrietados, al igual que la fachada de arenisca. Zayne pasó junto a Roth y tomó el llamador de hierro, ignorando la mirada de disgusto que le lanzaba el príncipe. –Para ya –le murmuré a Roth mientras se abría la puer- ta.

Apareció una mujer. Su espeso pelo rojo estaba recogido hacia atrás, pero varios rizos más cortos se levantaban alrededor de su coronilla. Unas finas líneas rodeaban sus ojos marrones y sus labios de un rosa pálido. Parecía cansada, e incluso demacrada, y mientras su mirada iba de Zayne hacia Roth y vuelta a empezar, se alisó con una mano el jersey gris de punto trenzado. –¿Puedo…? ¿Puedo ayudaros? –preguntó, poniendo finalmente unos ojos cansados sobre mí. –Sí –contesté–. Somos… eh, amigos de Dean, y queríamos ver si podíamos hablar con él unos momentos. Ella cruzó las manos sobre los bordes del jersey y las pegó a su cuerpo. –Dean no puede ver a nadie ahora mismo. Lo siento, pero tendréis que volver cuando no esté castigado de por vida. –Mira, eso es un problema para nosotros –respondió Roth con suavidad mientras apartaba a Zayne de su camino. En cuanto la señora McDaniel clavó los ojos en él, las líneas de tensión de su rostro se relajaron. Cuando Roth volvió a hablar su voz era tan

suave como el sirope de chocolate–. Tenemos que hablar con Dean. Ahora. Zayne se puso rígido mientras miraba a Roth, pero no dijo nada, porque a menos que planeáramos irrumpir en la casa íbamos a necesitar un poco de persuasión demoníaca. Y funcionó. La mujer asintió lentamente con la cabeza, se apartó a un lado y cuando habló su voz era suave y aflautada. –Está en el piso de arriba. La segunda habitación a la izquierda. ¿Os gustaría algo de beber? ¿Galletas? Roth abrió la boca, pero yo di un paso hacia delante. –No. Eso no será necesario. El demonio puso cara larga. La señora McDaniel asintió con la cabeza y entonces se giró y se alejó por una puerta, tarareando Paradise City entre dientes. Mi estómago cayó en un lugar cerca de mis rodillas ante la familiar melodía. No había oído a Roth tarareándola desde que había vuelto, y por un momento lo único que pude hacer fue mirarlo fijamente.

–Tenía muchas ganas de galletas –murmuró, subiendo los escalones de dos en dos. Zayne puso los ojos en blanco. –Qué pena. Salí del trance y seguí a los chicos por la escalera. El pasillo era estrecho y estaba tenuemente iluminado. El viejo papel de pared de color beis estaba descascarillado junto a la moldura blanca. Mientras nos acercábamos a la segunda puerta a la izquierda, una sensación de intranquilidad se enroscó alrededor de mi columna vertebral y una extraña presión me rodeó el cuello, asfixiándome. Había algo pesado en el aire, como una sofocante manta de lana en un caluroso día de verano. Eché un vistazo a Zayne y vi por sus hombros tensos que él también lo sentía. La sensación era de maldad, de pura maldad. No había otra forma de describirla. Cuando Roth abrió la puerta sin molestarse siquiera en llamar, la sensación se incrementó. La parte de Guardiana de mi interior hormigueaba por las ganas de alejarme de ese hedor o de eliminarlo, pero la parte demoníaca… Sentía curiosidad. Ambos chicos se detuvieron enfrente de mí, bloqueando mi visión de la habitación.

Tuve que asomarme por un lateral de Zayne para ver algo. El dormitorio era una gigantesca contradicción. La mitad del cuarto estaba ordenada. Los libros estaban pulcramente colocados y había carpetas llenas de papeles con un montón de etiquetas para clasificarlas, como si alguien se hubiera vuelto loco con ellas. Había un pequeño taburete ante un telescopio frente a la ventana. El otro lado de la habitación parecía como si lo hubiera atravesado un huracán. Había ropa tirada por el suelo. Unas cajas de comida china a medio comer estaban tiradas de cualquier modo sobre una silla luna. Una montaña de botellas de Mountain Dew casi llegaba a los bordes de la cama. Y sobre la cama se encontraba Dean McDaniel. Estaba tumbado boca arriba, vestido solo con unos calcetines lisos y unos bóxers azules. Unos cascos cubrían sus orejas y sus pies se movían a un ritmo que no podíamos oír. Se dio cuenta de que estábamos ahí. Su mirada de párpados pesados se deslizó hacia nosotros y después volvió al techo, ignorando por completo nuestra presencia. Seguí su

mirada y solté un jadeo. Había…, joder, había dibujos hechos con rotulador; círculos con estrellas a través de ellos. Líneas que se unían para formar figuras que había visto en La Llave Menor de Salomón. Roth observó el techo durante un momento y después se dirigió hacia la cama. Le quitó los cascos de la cabeza a Dean. –Es de mala educación ignorarnos. El chico de la cama, el chico que siempre había sido callado y que sostenía las puertas a los demás estudiantes, le dirigió una sonrisita de suficiencia mientras cruzaba los brazos detrás de la cabeza. –¿Te crees que me importa? –¿Te crees que no voy a arrancarte la cabeza de encima de los hombros? – replicó Roth. –¡Eh! –dije, lanzándole una mirada–. Eso no ayuda. Dean me echó un vistazo y se sentó. Se puso la mano entre las piernas e hizo algo que provocó que me ardieran las orejas.

–Tú eres más que bienvenida si quieres quedarte, preciosa. Pero estos dos idiotas pueden largarse. Me quedé boquiabierta. –Vale. Comienza a arrancarle la cabeza. Roth me dirigió una sonrisita. –No nos conocemos. –Zayne avanzó hacia el borde de la cama, al parecer tratando de ser la voz de la razón–. Mi nombre es… –Sé lo que eres. –Dean se puso boca arriba–. Magnam de cælo, et tu super despectus. –¿Y ahora habla latín? –Aquello estaba yéndose al garete con rapidez–. ¿Qué ha dicho? Roth se rio entre dientes. –Algo que no le hará mucha gracia al Rocoso. –Y sé por qué habéis venido, pero no vais a conseguir sacarme una mierda. Así que ya sabéis dónde está la puerta. –Me miró–. Pero, como he dicho, si quieres… –Termina esa frase y te quedarás cojo de por vida –le advertí, y Zayne sonrió. Mientras miraba fijamente a Dean traté de ver al chico silencioso de clase, pero él me dirigió una mirada lasciva como si fuera un hombre de cuarenta y cinco años

que hubiera bebido demasiado–. ¿Sigues ahí dentro, Dean? –Creo que sabemos la respuesta a esa pregunta –dijo Roth, arrodillándose junto a la cama. Dean dirigió la atención hacia él–. Si le queda alguna pizca de humanidad, desde luego yo no la veo. No podía creer eso. La idea de ese chico siendo despojado poco a poco de su alma me ponía enferma. Quizá fuera porque era demasiado cercano. No estaba segura, pero no quería creer que no hubiera ninguna esperanza. Pasé junto a Zayne. –¿Sabes quién te ha hecho esto? Dean permaneció inmóvil durante un momento y después salió disparado de la cama, con tanta rapidez que durante un momento no fue más que un borrón. No sé si se dirigía hacia mí o no, pero Zayne lo interceptó y lo atrapó por el hombro. Con un fuerte empujón, el chico cayó de culo sobre la cama. –Vuelve a intentar eso y no te va a gustar lo que pase. Dean tomó un aliento entrecortado y después un gran estremecimiento lo recorrió, sacudiendo su escaso cuerpo. Se tumbó de costado y puso las rodillas bajo la barbilla.

Todo su cuerpo tembló como si alguien estuviera agitando la cama. –Es constante –dijo, llevándose las manos a las orejas para cubrírselas. Mi pulso se aceleró. –¿Qué es constante? –La voz. La oigo todo el tiempo. –Sus dedos se enroscaron en su pelo–. Nunca para. Nunca me deja en paz. –¿Quién es? –preguntó Zayne. La cara del chico se arrugó y sus mejillas palidecieron. –No para. –Creo que está sufriendo. –Miré a Zayne en busca de ayuda–. ¿Qué podemos hacer? Zayne levantó las cejas. –No está poseído. Se nota al mirarlo a los ojos. –Lo que le pasa es que le falta un buen pedazo de alma y probablemente lo sentirá como una herida de bala. –Roth sacudió la cabeza y se levantó con un movimiento fluido–. Dean, necesitamos que nos cuentes lo que te pasó. –No te entiendo –gimió él. Seguía balanceándose de una forma que hacía que me entraran ganas de acercarme a

él para darle un abrazo, a pesar de su comportamiento de antes. Roth volvió a hacerle la misma pregunta, y después Zayne la repitió. Ninguno de los dos obtuvo una respuesta coherente. Me acerqué más a la cama. –¿Cuándo comenzó, Dean? Este tardó un momento en responder. –Hace días y días. Roth me echó un vistazo y asintió con la cabeza para que continuara. –¿Dónde empezó? ¿En el instituto? –Sí –graznó el chico–. Empezó allí. Zayne se movió para ponerse junto a mí. –¿Alguien hizo que empezara? –pregunté. El balanceo de Dean se ralentizó mientras bajaba las manos, mostrando una mirada sombría. Cambié el peso de pierna, incómoda, mientras continuaba mirando en mi dirección. Me observaba como si yo debiera saberlo ya, pero eso no tenía ningún sentido para mí. Cuando no respondió, Roth le puso una mano sobre el hombro desnudo. Dean dio

una sacudida sobre la cama, como si lo hubieran marcado con un hierro candente. Abrió la boca y soltó un fuerte aullido, como un animal herido. –¿Qué le has hecho? –exigió saber Zayne. Roth apartó la mano. –No he hecho una mierda. Me giré cuando la puerta de la habitación se abrió. Entró la madre de Dean, que evidentemente había salido del trance en el que la había sumido Roth. –¿Qué estáis haciendo? ¿Qué le habéis hecho a mi hijo? –Mierda –murmuró Roth mientras caminaba hacia ella. Le sujetó las mejillas y cortó su ristra de preguntas–. Shh, no pasa nada. Tu hijo está bien. La señora McDaniel tembló. –No lo está –susurró, y el sonido roto me partió el corazón–. Es un buen chico, pero no está bien. No está bien en absoluto. –Estamos aquí para ayudarlo –dije, aliviada al ver que Dean había dejado de aullar.

Roth se puso rígido, pero mantuvo la mirada clavada en la mujer. –Todo va bien. Tan solo tienes que ir abajo y comenzar a hacer la cena. Unos perritos calientes con chili estarían bien. Después de un tenso momento, la señora McDaniel se apartó de él y salió de la habitación, tarareando otra vez la canción de Roth. Solté el aliento que estaba conteniendo y volví a girarme hacia Dean. Estaba sujetando sus cascos. –Dean… –Marchaos –dijo, y al ver que no nos movíamos levantó la mirada y un escalofrío helado me recorrió la piel. Había algo vacío en sus ojos–. Marchaos. Zayne se mantuvo firme. –Tenemos que… –¡Marchaos! –Dean se puso en pie, echó el brazo hacia atrás y tiró los cascos directamente hacia la cabeza de Roth–. ¡Marchaos! La mano de Roth salió disparada y atrapó los cascos antes de que le golpearan la nariz. Aplastó el plástico con su agarre y después lo tiró al suelo. –Odio muchísimo que la gente me tire cosas a la cara. Al chico no pareció importarle. Se giró hacia Zayne y cargó contra él. El Guardián

debió de ver algo en su mirada, porque se transformó. La camiseta se le rajó por el pecho y la espalda y una piel de granito reemplazó a la carne humana. Las alas se extendieron y parecieron ocupar toda la habitación. Zayne atrapó a Dean y lo hizo girar, poniendo un bíceps enorme bajo su cuello. El muchacho se volvió loco y comenzó a lanzar patadas y zarpazos al aire mientras soltaba una retahíla constante en latín. –Presumido –dijo Roth, poniendo los ojos en blanco–. Como si necesitaras transformarte. El Guardián lo ignoró y los músculos de sus brazos se flexionaron bajo el cuello de Dean, acallando el sonido inhumano que salía de él. Enseguida el chico se quedó quieto y sus brazos y piernas se relajaron. Había perdido el conocimiento. Zayne dejó con cuidado a Dean sobre la cama, volvió a su forma humana y miró su camiseta destrozada. –Lo siento, pero no creía que fuéramos a sacar mucho más de él después de eso. –No le hemos sacado demasiado de todos modos –respondió Roth, frunciendo los

labios mientras miraba al chico inconsciente–. Lo único que ha hecho es confirmar que entró en contacto con el Lilin en el instituto. –Pero ya es algo, ¿verdad? –dije. Ninguno de los dos respondió. Mientras salíamos de la casa de los McDaniel, no pude evitar sentirme un tanto derrotada. No sabía qué era lo que esperaba yendo allí, pero no había pensado que vería así a Dean. Ninguno de nosotros parecía tener ni idea de lo que podría estar oyendo el muchacho. En cuanto estuvimos dentro del Impala, Roth se inclinó hacia delante y me dio unos golpecitos en el hombro. –No deberías haber dicho lo que dijiste arriba. Vi el ceño fruncido de Zayne y me giré hacia Roth. –¿A qué te refieres? –Cuando le dijiste a su madre que podríamos ayudarlo –explicó, con un resplandor extrañamente serio en sus ojos ambarinos–. No deberías haberlo dicho. El estómago me dio una pequeña sacudida. –¿Por qué? –No creo que podamos ayudarlo. En absoluto.

Capítulo quince –Tengo una idea. Cuando Roth dijo esas palabras al principio de la clase de Biología del martes, me preparé de inmediato para cualquier tipo de locura, sobre todo después de nuestra visita a Dean. –¿Vale? –Como no llegamos a ninguna parte ayer con Dean, he estado pensando. –Bajó la cabeza y habló en voz baja–. Nadie ha comprobado el viejo gimnasio, ¿verdad? –Que yo sepa, no desde esa noche. ¿Y qué? Sus ojos brillaron con fuerza. –Quién sabe qué clase de evidencias podríamos encontrar abajo, dado que fue allí donde nació el Lilin, más o menos. No hará daño comprobarlo. Pensaba que estarías interesada en ir a echarle un vistazo durante la comida. Abrí la boca, pero entonces la cerré de golpe. Aquello era exactamente lo que

Zayne me había dicho que no hiciera. Claro que comprobar el gimnasio que había en las tripas del instituto no era exactamente salir corriendo con Roth. –Sé que no quieres quedarte sentada y dejar que nosotros nos encarguemos de ello – me lisonjeó, inclinando la cabeza hacia un lado–. Al menos, la Layla que recuerdo era más de las que se encargan de las cosas, no de las que prefieren quedarse sentadas al margen. Entrecerré los ojos. –Sé lo que estás haciendo. Me estás incitando a que vaya contigo. –¿Está funcionando? Suspiré. –Sí. –Perfecto –replicó y se giró hacia la puerta del aula de Biología. La sostuvo abierta para mí–. ¡Es una cita! Cuando se rio, supe que había muchas posibilidades de que fuera a matarlo y esconder su cuerpo detrás de las gradas. En lugar de ir a comer como una persona normal, dejé la mochila en la taquilla y me

dirigí en dirección contraria. Me había pasado gran parte de la mañana diciéndome que no estaba haciendo nada malo, y en cuanto viera a Zayne después de clase le contaría que habíamos ido a comprobar el gimnasio. El pasillo estaba vacío y las conversaciones que se oían detrás de las puertas cerradas sonaban amortiguadas. En el techo, el estandarte rojo y dorado se agitó con suavidad cuando se encendió la calefacción. Mientras pasaba junto al aula de informática, la puerta se abrió y Gareth salió dando un traspiés. Sus piernas y su cerebro no parecían estar conectados. Se tambaleó hacia un lado y se apoyó contra una taquilla. Se dobló por la cintura y bajó la barbilla hasta el pecho. Me detuve y me mordí el labio inferior. Gareth y yo no éramos amigos en absoluto, y me había aturdido descubrir que sabía mi nombre cuando me invitó a ver un entrenamiento de fútbol hacía no mucho tiempo. Según Stacey, Gareth probablemente supiera mi talla de sujetador, lo cual me resultaba un tanto perturbador. Su cuerpo se estremeció mientras respiraba hondo. Estaba metido en un lío… y tal vez fuera por culpa del Lilin.

Tomé un aliento rápido y caminé hacia él. –¿Gareth? ¿Te encuentras bien? Él cruzó un brazo sobre su cintura y, al ver que no respondía, le toqué un poco el hombro. Se incorporó de golpe y me quitó la mano de encima. Unos ojos inyectados en sangre se encontraron con los míos. Di un paso hacia atrás, alterada. Al igual que con Dean, detrás de los vasos sanguíneos rojos y los iris color avellana había algo vacío ahí. Algo había desaparecido. –¿Qué estás mirando, monstruo? –preguntó, y después se rio–. Monstruomonstruomonstruo… –murmuró, y soltó una risita mientras se dirigía con lentitud hacia la cafetería. Dios santo… Me apresuré a ir hacia la escalera, me recliné contra la pared de abajo y levanté la cabeza al oír que se abría la puerta encima de mí. Un segundo después, el espacio que había estado vacío delante de mí se llenó con el más de metro ochenta de estatura de Roth. Solté un jadeo y di un respingo hacia atrás. –¡Dios! ¿Por qué has hecho eso? –Me llevé la mano al pecho–. Podrías haber

utilizado la escalera. Sonrió mientras se balanceaba sobre los talones de sus zapatillas. –¿Qué tendría eso de divertido? –Me da igual. Deja de aparecer y desaparecer. –Tan solo estás celosa de no poder hacerlo porque no eres un increíble demonio de sangre completa al cien por cien como yo. Puse los ojos en blanco, pero había una pequeña parte de mí que sentía envidia de esa habilidad. Dios sabía que sería útil cada vez que me encontrara en una situación en la que quisiera desaparecer. Ignoré el comentario y me centré en lo importante. –Creo que Gareth está infectado. –No puedo decir que me sienta muy contrariado ante esa perspectiva. – Entrecerré los ojos–. ¿Qué? Como ya te he dicho, Gareth y su papi van en buen camino para pasarse la eternidad sacándose los ojos o alguna mierda parecida. –Puede que Gareth sea una persona de mierda, pero no se merece perder su alma. – Suspiré al ver que Roth no se inmutaba ante la declaración–. ¿Es que la vida humana no

significa nada para ti? –Soy un demonio –replicó–. ¿Debería? Yo sabía la verdad. Puede que sus palabras fueran frías e impulsivas, pero yo sabía que Roth era más que un simple demonio. Sin embargo, no iba a volver a comenzar esa conversación. Bajé el último tramo de la escalera. No quería quedarme allí plantada con él y acabar liberando recuerdos. Me siguió, silencioso como un fantasma. –La puerta está cerrada –dije, haciendo un gesto hacia la cadena que rodeaba el tirador–. ¿Puedes romperla? Avanzó y me lanzó una sonrisa diabólica por encima del hombro. –Pues claro. Lo único que hizo fue poner las manos sobre la cadena y tirar. El metal cedió con un crujido. La facilidad con la que rompió la cadena me hizo detenerme. Roth era peligroso, algo que no podía permitirme olvidar. El aire frío y mohoso se filtró en el pasillo mientras abría la pesada puerta. Entró en la oscuridad abismal y buscó el interruptor de la luz mientras tarareaba con suavidad entre dientes.

Noté una presión alrededor del corazón, que lo aplastó al darme cuenta de que estaba tarareando Paradise City. La canción hizo que me doliera el pecho, y deseé poder taparme los oídos. Roth encontró el interruptor y un zumbido bajo reverberó por la habitación. Unas cuantas luces parpadearon en el techo antes de encenderse. La luz era tenue, y mis ojos tardaron unos pocos segundos en adaptarse. Él ya había avanzado, y se estaba dirigiendo hacia la zona cerca del poste de baloncesto sin canasta. Ya habían quitado todas las cosas ocultistas y satánicas, pero había una maldad que todavía se aferraba al frío y húmedo gimnasio. El lugar me provocaba escalofríos. Me rodeé con los brazos y seguí a Roth, fijándome en los lugares donde las garras de los demonios Mortificadores habían provocado pequeñas rajas en el suelo. Había habido muchos aquella noche. La zona donde me habían atado estaba negra, chamuscada por el fuego que se había llevado a Roth y a Paimón. Levanté la mirada y observé la espalda del demonio, preguntándome si estar allí le hacía sentir algo.

Se arrodilló y pasó la mano por el suelo, apartando a un lado el polvo y la tierra. –Entonces… ¿el Rocoso y tú? Solté un suspiro y pasé junto a él y la débil línea blanca que marcaba el lugar donde habían dibujado el pentagrama. Examiné la zona y no me costó imaginarme a mí allí. Respiré hondo con un escalofrío. –¿Vais a tener una cita en el cine? –preguntó, sin que mi silencio lo disuadiera. Me agaché cerca del sitio donde me habían atado las manos. Había cuerda raída y quemada allí, olvidada. –No voy a hablar contigo sobre Zayne. –¿Por qué no? –Apreté los labios, levanté la mirada y la clavé en la suya. Él arqueó una ceja y yo negué con la cabeza. Volví a dirigir mi atención hacia el suelo y lo examiné con intensidad–. El Rocoso y tú habéis estado pasando mucho tiempo juntos, imagino – continuó, irguiéndose–. Yendo a la compra juntos. Tal vez yendo al cine… –Vivimos juntos, Roth. Salir y hacer la compra no es tan inusual. Él hizo un ruidito con el piercing de la lengua contra los dientes. –Ah, pero es más que eso, ¿verdad? Sobre todo teniendo en cuenta que el Rocoso

me ha advertido que me aleje de ti… dos veces ya. –¿Dos? Pasé los dedos por el suelo. –Una vez en el restaurante, estando tú presente –dijo, y su voz sonó muy cerca. Cuando miré por encima del hombro lo vi de pie detrás de mí. Ni siquiera lo había oído moverse–. Y después el sábado por la noche. Nos encontramos. –Lo sé. Volví a girarme hacia el suelo, ignorando el escalofrío que sentí al tenerlo tan cerca. –Ah, ¿así que te lo ha contado? –Tomó un mechón de mi pelo y me echó la cabeza hacia atrás con suavidad. Entrecerré los ojos mientras él me soltaba el pelo. Me sonrió–. ¿Te ha contado también lo que me dijo? –La verdad es que no quiero saberlo. Roth se arrodilló junto a mí, tan cerca que su muslo quedó apretado contra el mío. –Me dijo que tenía que alejarme de ti. –En serio –murmuré. –Sí. –Su aliento bailó sobre mi mejilla, y me puse rígida–. Y también me dijo que no me perteneces.

Levanté la barbilla hacia él y me encontré con que estábamos cara a cara. –Bueno, la última vez que lo comprobé no te pertenecía. Su sonrisa se incrementó un poco. –¿Y quieres saber qué más me dijo? –Si me lo dices, ¿dejarás el tema? Bajó la barbilla. –Claro. No me lo creía ni por un segundo. Me recliné hacia atrás y me obligué a sostenerle la mirada. –¿Qué, Roth? –Me dijo que tú –me dio un golpecito en la nariz– le perteneces a él. Me quedé boquiabierta mientras lo miraba. –No te creo. –Se encogió de hombros–. Algo así jamás saldría de su boca. –La frustración se extendió por mi cuerpo como un sarpullido–. Jamás. Roth frunció los labios. –Puedes creerme o no, pero me estoy dando cuenta de que no lo niegas. Mi primera inclinación había sido negarlo, pero mientras continuábamos mirándonos, la furia se apoderó de mí. –¿Por qué estamos hablando de esto siquiera? –Tan solo sentía curiosidad. –Se puso en pie con un movimiento fluido y se

frotó la camiseta de Pink Floyd con la mano–. Tan solo pienso que es… genial lo rápido que lo has superado. Pestañeé una vez, y después dos, pensando que no lo había oído bien, y al darme cuenta de que sí quise estampar mi puño entre sus piernas. –¿Lo dices en serio? Sus cejas se unieron. –¿Te parece que no lo estoy diciendo en serio? –Piensas que es genial que lo haya superado tan rápido. ¿Verdad? ¿Superar qué? –Me puse en pie–. Exactamente, ¿qué es lo que he superado? Según tú, lo que quiera que tuviéramos no importaba y jamás lo haría. Lo único para lo que servía era para aliviar tu aburrimiento, ¿recuerdas? –Ya me disculpé por decirte eso –replicó, y sus ojos emitieron un reluciente destello amarillo–. ¿Quieres que vuelva a disculparme? –¡No! –Di un paso hacia delante, respirando pesadamente–. Déjame hacerte una pregunta. ¿Quieres estar conmigo, Roth?

Sus pupilas se dilataron mientras daba un paso hacia atrás. –¿Qué? –Respóndeme. Volvió a retroceder, alejándose de mí, y su pecho se elevó profundamente. –No se trata de lo que quiera. –Lo que tú digas, Roth. –Avancé hacia él y le clavé un dedo en el pecho–. Me gustabas; me gustabas de verdad, y cuando desapareciste y pensé que estabas siendo torturado en los fosos de fuego, sufrí mucho. –Layla… –Sé que nunca estuvimos juntos de verdad, pero apenas pude comer o dormir después de que te marcharas, y la única persona que evitó que me volviera loca era Zayne, ¡y tú lo sabías! Incluso me dijiste que por eso era por lo que habías ocupado su lugar. Entonces vuelves y me dices que todo lo que hubo entre nosotros nunca significó una mierda para ti. Incluso me tiraste a Zayne a la cara y básicamente me dijiste que me fuera con él, ¡y ahora me dices que es genial que lo haya superado tan rápido! Pues puedes irte a tomar por cu… –Layla.

–¿Qué? –chillé. Sus ojos brillaban como charcos de oro. –Estás muy sexy cuando te cabreas. Lo miré boquiabierta y reaccioné sin pensar. Con un sonido estridente, estampé las manos en su duro pecho. Lo pillé con la guardia baja, así que retrocedió. –Eres peor que un grano en el culo. Roth echó la cabeza hacia atrás y rio sonoramente. Cuando al fin paró, la sonrisa tardó en desaparecer de su cara. –Pero ahora en serio, si quisiera estar contigo… –De pronto estuvo justo delante de mí, y sus dedos recorrieron los laterales de mi cara. El ligero tacto me dejó clavada donde estaba. Demasiada frustración acumulada explotó como un cañonazo, sacudiéndome–. Si quisiera estar contigo, ¿seguirías queriendo estar con él? Lo miré fijamente durante un momento y después me aparté de golpe, rompiendo el contacto entre nosotros. Aquella pregunta…, bueno, me cabreaba y también me dejaba anonadada, porque ¿cómo podía responderla? Era imposible. No era una pregunta justa, porque en realidad nunca había podido tener a Roth, y conocía a Zayne de prácticamente

toda la vida. En lo relativo a ellos dos, todo estaba enmarañado. –Está muy mal que me preguntes eso –susurré con voz temblorosa–. Es cruel, incluso. Una emoción fiera y tormentosa cruzó su rostro, pero desapareció tan rápidamente como había aparecido. Molesta con él y conmigo misma, volví a concentrarme y dirigí otra vez mi atención hacia el suelo. Encontré lo que estaba buscando; el agujero del tamaño de un centavo. Los bordes estaban serrados, como si un ácido lo hubiera quemado directamente a través del suelo. Resultaba un tanto perturbador, teniendo en cuenta que era mi sangre la que había hecho eso. –No hay nada aquí arriba. –Roth miró a su alrededor, con las cejas levantadas–. Salvo por el hedor de los sueños perdidos y el potencial desperdiciado. Fruncí el ceño al oírlo. –Pero ¿qué hay debajo? Bajó la mirada hacia mí. –Buena chica. Ahí es adonde tenemos que ir. –No soy un perro –gruñí, y me puse en pie mientras me frotaba las manos en

los vaqueros–. ¿Por qué no lo sugeriste y ya está desde el principio? Roth no respondió mientras se alejaba a zancadas hacia una de las puertas laterales. Fantaseé con pegarle una patada en la cabeza mientras lo seguía. Ninguno de los dos habló mientras entrábamos en otra escalera antigua y olvidada que conducía a un vestuario viejísimo y anticuado. El olor a moho y algo… irascible me atacó. Ni siquiera quería respirar aquella combinación. Aunque era diferente del hedor nauseabundo de un zombi, aquel olor resultaba igual de vomitivo. Roth encontró otro interruptor, y solo un puñado de fluorescentes se encendieron. Fila tras fila de taquillas grises y solitarias nos dieron la bienvenida. La mitad de los bancos estaban rotos o podridos y había unas extrañas sombras sobre las taquillas, pero el demonio soltó un gruñido al acercarse a ellas. –Es mugre –dijo, arrugando los labios en señal de asco. Me acerqué a uno de los bancos. Había una sustancia blanca y pegajosa en una de las

patas de metal. Sobre el tablón, la materia goteaba hasta el suelo, espesa y lenta como la miel o el sirope. Tragué saliva. –¿Esto es ectoplasma? –Sí, y un montón. –Roth se apartó a un lado con rapidez, y estuvo a punto de plantar las botas en el charco de porquería–. Creo que hemos encontrado algo. –¿De verdad? –murmuré secamente. Él resopló. –Es increíble que nadie en el instituto haya visto esto. –Examinó las paredes cubiertas de pringue y se rio sin humor–. Sería difícil de explicar. –Nadie tiene ninguna razón para venir aquí abajo. –Avancé con cuidado de no pisar nada que pudiera considerarse pegajoso–. ¿Qué significa todo esto? Roth soltó aire. –La verdad es que no lo sé. Hay unos cuantos bichos que sueltan ectoplasma, pero ninguno debería estar en un instituto. Caminé hacia delante y traté de hacerme una idea de dónde habría caído la sangre que goteaba del ritual en esa planta del edificio. Tras unos pocos segundos, me di cuenta de que debía de haber caído en algún lugar cercano a las duchas.

Eché un vistazo a la puerta que conducía hacia ellas. La luz que había allí parpadeaba esporádicamente. Cuadré los hombros, me obligué a mover los pies y entré con cuidado en las duchas abiertas. La mayoría de los grifos y las alcachofas habían sido arrancados de la pared, dejando atrás unos agujeros abiertos. Más pringue goteaba y se deslizaba por la pared. Aquello… aquello era asqueroso de verdad. –El olor es sin duda peor aquí, y… ah, esa es la razón. Roth me puso una mano sobre la espalda y me volví para ver lo que estaba mirando. –Joder… –dije, con los ojos abiertos como platos. En la parte de atrás de las duchas, un montón de… de algo colgaba del techo con unos gruesos hilos de un gris blanquecino que me recordaban a una telaraña. Salvo porque tendría que haber sido una araña con esteroides para tejer algo tan enorme. De los hilos colgaba un capullo destrozado de color blanco, abierto por la mitad. Estaba hueco por dentro y era del color de un periódico desteñido y salpicado con una sustancia oscura y aceitosa.

Parecía algo salido directamente de una película de ciencia ficción. Levanté la mirada y me di cuenta de que la telaraña estaría aproximadamente en el mismo lugar que el agujero en el suelo de arriba, donde me habían atado y esa gota de sangre había caído al suelo. –¿De esto es de lo que es capaz mi sangre? –pregunté. –Supongo que es bajo ciertas circunstancias. –Roth caminó hacia delante–. Si piensas en ello, mola mucho. Arrugué la nariz. –No mola nada que mi sangre haya creado una vaina que parece algo salido de Alien. –Una película genial, por cierto. Al contrario que las secuelas. –Solté un gruñido y él me lanzó una sonrisa malvada por encima del hombro que, a pesar de todo, hizo que me diera un vuelco el estómago–. Evidentemente, aquí es donde ha crecido nuestro pequeño bebé Lilin. –¿De una vaina? Asintió con la cabeza. –Nadie sabe gran cosa sobre los Lilin. Cómo maduran, qué aspecto tienen ni nada

parecido. Pero ¿qué otra cosa podría ser esto? –Tiene que haber algo aquí que nos lo diga. –No me acerqué más porque estar en la misma habitación que aquella cosa ya era lo bastante malo–. ¿Qué hay del vidente? – pregunté, pensando en el niño que habíamos conocido que se comunicaba con la Xbox y los ángeles… o algo por el estilo. Roth soltó una risa ahogada. –Esta vez creo que hará falta algo más que un pollo del supermercado para que nos dé esa clase de información. –Entonces, ¿qué es lo que quiere? –Cambié el peso de pierna, frustrada–. No sabemos nada. Otra vez. Y lo único que demuestra esta pequeña excursión es que mi sangre tiene la habilidad de crear una vaina asquerosa. Se giró e inclinó la cabeza hacia un lado. –Lo que demuestra es que el Lilin salió de aquí, que el Lilin estuvo aquí, enana. Levanté las manos. –¿Eso no lo sabíamos ya? No hubo respuesta mientras se giraba de nuevo hacia el capullo. –Esto tiene que ser prueba del Lilin, porque no sé…

–¿Quién está ahí? –preguntó una voz estruendosa que sonó a través de las duchas, haciéndome girar de golpe–. ¿Quién está ahí abajo? Mis ojos se ensancharon mientras me giraba de nuevo hacia Roth, que se encogió de hombros. Menuda ayuda. Antes de que pudiera decidir siquiera qué hacer, una sombra atravesó la ancha entrada, y contuve el aliento cuando un hombre entró en la habitación. Era de mediana edad, con el pelo de color cobre y unas cuantas pecas. No lo reconocí, pero el uniforme de un azul oscuro y el llavero que llevaba colgado al cinturón lo delataban. Era el conserje. Su mirada fue detrás de mí, y sentí que Roth se acercaba. Sin necesidad de mirar, supe que al caminar junto a mí lo había hecho con la gracia pura y predatoria que volvería receloso a cualquiera, humano o no. El conserje cruzó los brazos por delante del pecho. Roth me puso un brazo sobre los hombros y me acercó a su costado. Me puse rígida mientras hacía subir la mano por mi espalda y cerraba el puño en mi pelo. –Estábamos buscando un lugar privado…, ya sabes, para poder estar a solas. –

Agachó la cabeza hacia la mía, y unos mechones color azabache cayeron sobre su frente– . Entonces vimos todo esto y nos distrajimos por lo raro que era. ¿No es verdad, cariño? Me dolía la mandíbula por lo fuerte que la estaba apretando. Lo que Roth estaba haciendo era totalmente innecesario. Lo había visto meterse en las cabezas de la gente y mandarlos corriendo en dirección contraria con unas pocas palabras bien escogidas. ¿No había hecho exactamente eso con la señora McDaniel? Tocarme cuando no era necesario. Pero dado que él había comenzado con ese juego… Le rodeé la cintura con el brazo y clavé los dedos en su costado. Cuando un gruñido bajo de advertencia retumbó en su pecho, sonreí alegremente. –Sí. Totalmente verdad, «cariño». El conserje resopló. –Sí. Vale. No era precisamente la respuesta que esperaba. Comencé a apartarme, pero el agarre de Roth se incrementó. Cuando el conserje descruzó los brazos, vi al fin el nombre cosido en un bolsillo ancho. Gerald Young.

–No hace falta que inventéis historias. –Se subió la manga y nos mostró un tatuaje hecho con tinta negra; cuatro nudos unidos por un círculo pequeño. Me recordaba a un molinete, y había algo en él que me resultaba vagamente familiar. Cuando volvió a mirarnos, sus ojos eran del color de las cerezas. –Ya iba siendo hora de que alguien revisara el desastre de aquí abajo. Roth tomó aire y murmuró: –Brujo.

Capítulo dieciséis «Brujo.» Miré boquiabierta al conserje. Si mi habilidad no se hubiera vuelto un desastre, tal vez habría sabido que había algo distinto en él, porque el aura de los brujos (brujos de verdad, verdad verdadera) tenía que ser diferente. Porque un brujo de verdad era capaz de hacer una pasada de cosas: conjuros, hechizos curativos, crear fuego del aire y esas

cosas geniales que me hacían sentir envidia de, bueno, todas esas genialidades. Pero nunca había visto a un brujo anteriormente. Las probabilidades de ver a uno en esta época tenían que ser equivalentes a las de ganar el premio gordo de la lotería o a ver de verdad al monstruo del lago Ness. –¿De verdad eres un brujo? –pregunté, y sonaba un poco estúpida–. Pensaba que la mayoría de vosotros había muerto. En la Edad Media o algo… Una sonrisa irónica apareció en los labios de Gerald. –Seguimos vivitos y coleando. –Se bajó la manga y dirigió la mirada hacia Roth–. Pero tenemos cuidado. –Es comprensible –replicó él. Me quitó por fin el brazo de encima, y yo puse casi medio metro de espacio entre nosotros–. Los Guardianes nunca han sido muy amables con los brujos, ¿verdad? Fruncí el ceño, que se incrementó cuando Gerald asintió con la cabeza y dijo: –No, señor. –¿Por qué?

No se sabía gran cosa acerca de los brujos. O, al menos, yo no había hecho el esfuerzo de descubrir más acerca de ellos. –Los brujos no tienen un ADN totalmente humano. –Roth miró a Gerald con respeto–. Aunque no reafirman su otra mitad, los brujos tienen sangre demoníaca. Me giré hacia él con brusquedad. –¿Qué? Roth asintió con la cabeza. –Los brujos son los hijos de los demonios y los humanos, enana. Aunque no es que estén excepcionalmente orgullosos de ese pequeño detalle. A veces son de primera generación y otras han tenido a un demonio en la familia hace mucho tiempo. Puede que la sangre no sea tan fuerte, pero sigue estando ahí. ¿Cómo si no crees que tienen esas habilidades mágicas tan geniales? Pestañeé con rapidez. –No lo sabía. –¿Qué hay de ti? –Roth se inclinó hacia delante–. ¿Gerald? ¿Eres de primera generación o fue tu bisabuelo el que mojó la pluma donde no debía? Me pareció que era extraño que Roth no lo supiera automáticamente, con toda su

increíble grandeza demoníaca. Gerald debió de leerme la mente, porque su sonrisa se incrementó un poco. –Los demonios no pueden sentirnos. Tenemos encantamientos que lo evitan, porque la verdad es que no estamos de su parte. Más bien estamos de parte de la Madre Tierra, pero para responder a tu pregunta, fue mi abuela, un Esbirro. Tuvo una hija que era bruja, y esa bruja era mi madre. Roth se echó hacia atrás mientras cruzaba los brazos por delante del pecho. –Guay. De todos modos, volviendo a lo que quiera que sea esto… –Hizo un gesto con la cabeza en dirección al espeluznante capullo–. Supongo que te habrás dado cuenta de que esto no es normal. Gerald se rio secamente. –No lo es ni por asomo. Le he estado echando un ojo desde que lo encontré, hace dos semanas y media o tres. –Su mirada cayó sobre mí, y mis ojos se desplomaron–. No estoy seguro de lo que es. Nadie de mi aquelarre lo sabe tampoco, pero eso no es todo. –¿Ah, no? –murmuró Roth–. Genial. –Nop. –El brujo se dio la vuelta–. Seguidme.

Eché un vistazo hacia Roth, que asintió con la cabeza. Decidida a llegar hasta el final, seguí a Gerald hasta la habitación principal. Era un poco raro que supiera lo que éramos; lo que yo era. No debería hacerme sentir extraña, pero yo siempre había tenido ventaja en lo relativo a oler las cosas que no eran normales. Gerald pasó junto a un banco cubierto de pringue y se detuvo frente a una taquilla cerrada. –Todo este ectoplasma no puede ser bueno, ¿verdad? Al principio pensaba que tenía que ver con esa cosa de allí, pero ahora ya no estoy tan seguro. Roth avanzó y estiró el cuello. –¿Por qué no? –Es más fácil mostrároslo. El brujo se apartó a un lado, se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un pañuelo rojo. Con él, abrió la puerta con cuidado y mucha lentitud. –Joder –murmuró Roth. Al ser increíblemente bajita, no podía ver detrás de ninguno de ellos. Con un suspiro, me puse junto al demonio y deseé de inmediato no haberlo hecho. Metida dentro de la taquilla había una cosa, una criatura que nunca había visto

antes. Su cuerpo era del color de la leche agria, de un blanco extraño y como con bultos. No había ningún pelo visible, ni definición alguna en su forma esbelta y alta. Parecía medir alrededor de un metro ochenta de alto y algo más de medio de ancho. Tenía los brazos cruzados por encima del pecho y la cabeza inclinada hacia abajo. No había ninguna facción en la cara. Habíamos encontrado la fuente de la pringue. El viscoso líquido blanco goteaba de unos pies apenas formados. Se me revolvió el estómago. –¿Qué demonios es eso? –Buena pregunta. –Gerald cerró la puerta con rapidez–. Y no es el único. Casi todas las taquillas de aquí tienen uno dentro. –Ah… –Abrí mucho los ojos–. ¿Y no se te ocurrió pensar en decir algo? –¿A quién? –Gerald se giró hacia nosotros con ojos agudos–. Los Guardianes probablemente nos matarían en el acto por la sangre que tenemos, y los demonios probablemente nos matarían por diversión. Y no tengo ni idea de lo que son estas cosas, ni tampoco nadie de mi aquelarre. No vamos por ahí matando cosas

indiscriminadamente. –Ecologistas –murmuró Roth, ganándose una mirada fulminante–. Lo que hay en esa taquilla no es Santa Claus ni el maldito conejo de Pascua. –Un escalofrío me bajó por la columna. Tenía un muy mal presentimiento con eso–. Y si supieras lo que era ese capullo, entonces a lo mejor comprenderías que esto –continuó Roth, dirigiendo la mano hacia las taquillas– no es algo que quieras tener infestando un instituto lleno de humanos. –Los hombros de Gerald se pusieron rígidos–. Ese capullo es de un Lilin que ha nacido. Cuando las palabras salieron de boca de Roth, la sangre abandonó el rostro de Gerald, que parecía a punto de desmayarse. –¿Los Lilin? –¿Sabes algo sobre los Lilin? –pregunté con un respingo–. ¿Algo específico? Asintió vigorosamente con la cabeza. –Algunos de los aquelarres más extremos, no el nuestro, sino otros, creen que Lilith se llevó la peor parte del trato. Que es la madre de todos nosotros. –Arqueé una ceja ante eso–. No adoramos a Lilith, nosotros no, pero… –Echó un vistazo hacia la puerta

que conducía hasta las duchas–. ¿Un Lilin ha estado aquí? –Eso creemos. Y por razones obvias, nos gustaría encontrarlo. –Roth entrecerró los ojos–. Pero ¿qué, Gerald? Ibas a decir algo más. Él tragó saliva, nervioso de pronto. –Hay un aquelarre cerca de Bethesda que adora a Lilith. Si alguno supiera que hay un Lilin… –O si el Lilin buscara refugio… –El corazón me dio un vuelco por la emoción–. Iría con ellos, porque tal vez simpatizaran con él. El brujo comenzó a sudar. –Pero no lo entendéis. No son como nosotros o mi aquelarre. Miré a Roth, que sonrió mostrando una hilera de dientes blancos. –En otras palabras, son los brujos malos del oeste. –Sí, y sé lo que estáis pensando, lo de ir a verlos. No os lo aconsejaría. A él le darían la bienvenida. –Asintió en dirección a Roth–. Pero ¿a ti? Tú eres parte Guardiana, lo noto. Te desollarían viva. Comencé a decirle que yo también era la hija de Lilith, así que deberían llenarme de amor y abrazos, pero Roth me lanzó una mirada de advertencia.

–¿Cómo podemos encontrar ese aquelarre? Gerald inhaló profundamente. –Tienen un club cerca del cine Row. Sabréis cuál es por el símbolo. –Señaló la marca oculta por su manga–. La persona con quien tenéis que hablar, su bruja suprema, estará allí durante la próxima luna llena. Y que no se os ocurra siquiera llevar a un Guardián con vosotros. Que vaya ella ya es lo bastante grave. Los labios de Roth se curvaron en una deliciosa sonrisa de suficiencia mientras dirigía unos ojos dorados y bailarines hacia mí. –Eso es perfecto. –Geeeenial–. Pero, volviendo a esas cosas de las taquillas… –Roth, ahora todo serio otra vez, clavó una dura mirada en Gerald–. Son Trepadores Nocturnos en metamorfosis, y no me hace ninguna gracia pensar en cuántos de ellos podrían estar maduros. Noté un golpe de terror directamente en el estómago, que me dio un vuelco. Los Trepadores Nocturnos, al igual que los Sicarios Infernales y los demonios Mortificadores, eran criaturas demoníacas creadas en el Infierno que tenían prohibido ir

a la superficie. Además del obvio hecho de que no parecían humanos ni por asomo, eran extraordinariamente peligrosos. Como los Sicarios Infernales, eran fuertes y feroces, pero peor todavía era el veneno que había en su saliva, capaz de paralizar a sus víctimas. De ese modo, el Trepador Nocturno se podía alimentar de ellas mientras seguían con vida. Eso es lo que hacían ahí abajo, torturar a sus presas durante una eternidad en el Infierno. Y no eran de los que mordían, como los demonios Impostores. Tenían una forma impresionante de escupir proyectiles de saliva, como esos pequeños dinosaurios chungos de las películas de Jurassic Park. Si su saliva te alcanzaba la piel, las cosas se iban cuesta abajo rápidamente. Gerald echó un vistazo por encima del hombro. –No lo sabía. Ninguno de nosotros sabía lo que eran estas cosas. –Evidentemente –murmuró Roth–. Tenemos que sellar esta zona y… Un fuerte ruido nos sobresaltó. Me giré con rapidez y contuve el aliento mientras buscaba la fuente del sonido. Había reverberado, haciendo que fuera difícil determinar

de dónde venía. –¿Puede que haya alguien más aquí abajo? –pregunté, ya temiendo la respuesta. –No. –Gerald se frotó la frente con el dorso de la mano–. Nadie viene aquí abajo. Yo solo lo descubrí por accidente. Roth frunció el ceño ante el sonido del metal crujiendo, como unas viejas bisagras. Un estremecimiento me atravesó. Hubo un instante de silencio y después el sonido de unas pisadas fuertes y rítmicas. –¿Tienes algún poder superespecial de brujo del que debamos saber? – preguntó Roth. Gerald negó con la cabeza. –Tan solo soy bueno con los encantamientos y los hechizos; cosas para el amor y la suerte. ¿Hechizos de amor? Eso incrementó mi interés por alguna razón extraña, pero aquel no era el momento de investigar más sobre el tema. Los pasos se acercaron por la otra fila de taquillas y Roth bajó la barbilla. –Entonces será mejor que saques el culo de aquí. –Di un paso hacia atrás,

esquivando la pringue del suelo. Sus ojos brillaban con un fuego ambarino mientras se encontraban con los míos–. Y tú también tienes que marcharte. –No –dije, respirando hondo–. Estoy entrenada, y tú… ¡Ah! La cosa había doblado la esquina del extremo de las taquillas y estaba completamente desnuda. Aunque no es que eso fuera lo más perturbador de la criatura. Tenía la forma de un hombre de más de dos metros de altura. Los músculos se tensaban bajo una piel brillante del color de la piedra lunar. Dos gruesos cuernos le salían de la parte superior de la cabeza, curvándose hacia dentro. Las puntas eran afiladas, y no tenía ninguna duda de que si ese Trepador Nocturno le daba un cabezazo a alguien, la cosa no acabaría bien. Tenía unas pupilas con la forma de las de un felino en unos iris del color de la sangre. Sonrió, mostrando dos colmillos afilados como cuchillas. Roth fue rápido de narices. Se agachó con la velocidad de un látigo y sacó dos instrumentos esbeltos y alargados de los laterales de sus botas. Hojas de hierro. No tenía ni idea…, vaya. El hecho de que llevara algo tan letal para su propia clase… era bastante impresionante.

Se lanzó contra el Trepador Nocturno y le clavó las hojas en el abdomen. La criatura rugió y tiró a un lado a Roth, que golpeó una taquilla con un gruñido. El metal cedió y él soltó las dagas. Una de ellas cayó sobre la pringue y la otra se deslizó por el suelo. –Benditos seáis –murmuró Gerald, retrocediendo. Aparté a un lado el miedo amargo e inútil, recorrí el suelo corriendo y tomé una de las hojas. Roth había envuelto la empuñadura con una tela negra, pero todavía podía sentir el calor del hierro mientras me levantaba. Roth me gritó, y la adrenalina puso mis sentidos a toda marcha cuando el Trepador Nocturno se giró hacia mí. Inclinó la cabeza hacia un lado y aspiró el aire con unas fosas nasales semejantes a las de un toro, como si no fuera capaz de saber lo que era yo. Me lancé contra la criatura y me detuve en seco cuando este simplemente se desvaneció y reapareció detrás de mí. Me di la vuelta. Había dos agujeros en su estómago lleno de fuertes músculos que sangraban una sustancia blanca. Me giré hacia el Trepador Nocturno, que desapareció y volvió a aparecer a unos pasos a la izquierda. Me agaché como Zayne me había enseñado y me dirigí

hacia las piernas de la criatura, recordando solo entonces que aquella cosa estaba desnuda de verdad y por completo. Puaj. Antes de que mi patada conectara con él, el demonio se agachó a un lado y abrió la boca. Me lancé hacia la derecha cuando un chorro de líquido blanco de olor ácido salía disparado del orificio. Momentáneamente distraída por eso, no me moví con suficiente rapidez cuando me atacó con una mano pesada y llena de garras. Di un paso hacia atrás, pero las garras me atravesaron el jersey por la parte delantera y me engancharon. Se me escapó el aire de los pulmones cuando mis ojos se clavaron en la cosa. Hubo una rápida sensación de ardor, y después el Trepador Nocturno trastabilló hacia un lado. Se giró hacia Roth. Con un movimiento perturbadoramente rápido, tomó la otra hoja que Roth ahora tenía en la mano y la partió en dos. –Mierda –murmuró él. Entonces, el monstruo le rodeó la garganta con la mano y lo levantó del suelo. Su cuerpo vibró mientras echaba la cabeza hacia atrás, mostrando unos colmillos

letales a la vez que preparaba otro chorro venenoso. Roth se agarró a las carnosas muñecas, levantó las piernas y utilizó el pecho del Trepador Nocturno como trampolín. La acción rompió el agarre de la criatura y Roth cayó al suelo y se puso en pie de un salto. Rodeé el banco podrido y golpeé a la criatura aturdida en la espalda con la clase de patada de la que Zayne habría estado orgulloso. Eché hacia atrás la mano que sujetaba la daga, preparada para enviar a ese imbécil al Infierno con una puñalada directa al corazón. La criatura se desvaneció y golpeé el suelo, estabilizándome en el último segundo antes de caer de cara sobre un montón de pringue. El Trepador Nocturno reapareció sobre mí, me agarró por el cogote y me levantó del suelo. Bambi se movió por mi estómago mientras el dolor explotaba por mi columna a causa del fuerte agarre, pero balanceé la pierna hacia atrás y golpeé con el pie justo donde dolía. Aullando, el monstruo me soltó y se inclinó hacia abajo, llevándose las manos entre las piernas. Aterricé de pie, me giré y vi a Roth acercándosele por detrás. Sin perder un

momento de ventaja, le clavé la hoja de hierro en el pecho y después la retiré con rapidez. Un chorro de niebla blanca salió de la herida, burbujeando en el aire. El aullido del Trepador Nocturno acabó de forma abrupta cuando se prendió en llamas. En cuestión de segundos, no quedó nada salvo una mancha quemada en el suelo. Respirando pesadamente, retrocedí un paso mientras bajaba la cuchilla. Mis ojos se encontraron con los de Roth, que parecía aturdido mientras me miraba fijamente. –¿Qué? –resoplé. Él sacudió la cabeza con lentitud. –Había olvidado que sabías pelear. Y había olvidado lo increíblemente sexy que es. Mis ojos se encontraron con los suyos durante un momento, y entonces eché un vistazo hacia las taquillas y después hacia el lugar donde Gerald se había pegado contra la pared. Tenía una expresión de desdichado terror. –¿Has dicho que casi todas estas taquillas están llenas de esas cosas? – pregunté, y Gerald asintió con la cabeza. El estómago me dio un vuelco y me sequé la fina capa de sudor de la frente–. Eso es un problema.

–Podría limpiarlas –sugirió Roth. –¿Qué pasa si hay más a punto de despertar? No hay forma de que puedas ocuparte de más de una de esas cosas a la vez. –Me miró frunciendo el ceño, y yo solté un suspiro–. No seas idiota. No tiene nada que ver con tus habilidades. Apenas hemos podido derrotar a uno juntos. –Dirigí la mirada hacia Gerald. Parte del color estaba volviendo a su cara–. Lo siento, pero tenemos que meter a los Guardianes en esto. No les contaré nada sobre ti, pero yo que tú me aseguraría de permanecer oculto mientras estén aquí. El brujo volvió a asentir con la cabeza. Roth se guardó su cuchilla ahora quebrada en la bota y después cruzó la habitación. Sin decir palabra, me tendió la mano y yo le entregué la otra. –¿Por qué hay tantos aquí abajo? Tiene que ver con el Lilin, ¿verdad? –Seguro. –Una mirada atormentada crispó sus facciones–. A menos que el capullo no sea en realidad de un Lilin. Noté un dolor sordo en las sienes mientras lo miraba fijamente. –Pensaba que estabas seguro de que era de un Lilin.

–Lo estaba, pero… Miró las taquillas durante un momento, y después sus cejas se arrugaron. Se volvió de nuevo en mi dirección y frunció el ceño mientras se inclinaba hacia mí. Demasiado cerca. Di un paso hacia atrás, poniendo algo de espacio entre nosotros. Roth me imitó y bajó las pestañas durante un momento. Cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos brillaban como el cristal. –No. Sí. –Me eché un vistazo y vi los desgarrones de mi grueso jersey. Sin embargo, el estómago no me dolía–. No estoy segura. Su intensa mirada aumentó. –Enana… Llevó la mano hacia mí, pero retrocedí un paso. –Estoy bien. ¿Recuerdas? Acabo de matar a un Trepador Nocturno. Me sentía como si Roth debiera concentrarse más en eso. Me sentía algo así como una ninja. –Tienes que dejar que te eche un vistazo. –Se puso otra vez en plan manoseador, y esta vez logró tomar el dobladillo de mi jersey. Estiró el tejido, que mostró los

tres desgarrones serrados. Soltó una brusca maldición–. ¿Te ha arañado? –¡Eh! Le golpeé las manos, pero menos de un segundo después me dejó a la vista la camiseta sin mangas blanca que llevaba bajo el jersey. Tenía unos puntos rojos justo encima del ombligo. –Layla –susurró, yendo a continuación a por esa prenda. –¡Para! –Me liberé de él–. Ya he tenido suficiente con tanto toqueteo. El estómago ni siquiera me duele. Tan solo es un arañazo. Gerald seguía pegado contra la pared. La mandíbula de Roth se tensó mientras me fulminaba con la mirada. –Tienes que dejar de actuar como una idiota. El arañazo de un Trepador Nocturno… –No me ha alcanzado nada de veneno. –Pero ¡te ha arañado! –Hablaba como si yo fuera una niña de cinco años que no entendiera la lógica–. Necesito que vengas a mi casa, donde podré… Mi risa molesta y brusca cortó sus palabras. –¡Qué cara que tienes! ¿De verdad piensas que voy a caer en eso?

–Layla… –Cállate, Roth. En serio. –Pasé junto a él como una exhalación y me dirigí hacia la escalera, deteniéndome solo el tiempo suficiente para dirigirme a Gerald, que parecía petrificado–. Haré venir a los Guardianes tan pronto como pueda. Él tragó saliva con fuerza y soltó aire bruscamente. –Me aseguraré de que nadie más baje aquí. Rezando porque pudiera despertar de verdad a todos los Guardianes para que vinieran aquí lo antes posible sin armar revuelo, me apresuré a subir los escalones. Para cuando llegué al último, notaba la piel sudada y estaba sin aliento. Tenía que ser la adrenalina de la pelea. No podía ser mi estómago, porque ni siquiera me dolía. Abrí las puertas y salí al apestoso gimnasio frío y húmedo cuando Bambi comenzó a subir deslizándose por mi pierna. –¡Layla! ¡Para ahora mismo! La autoridad de su voz, la audacia de darme una orden me hizo girarme, pero cuando me detuve… la habitación siguió girando, un caleidoscopio de grises y negros. –Algo no va bien…

–¿Qué? El rostro de Roth se emborronó y los bordes de mi visión se oscurecieron. –Oh, mierda. Fui vagamente consciente de que Roth se lanzaba hacia delante mientras mis piernas simplemente dejaban de funcionar. Se doblaron debajo de mí y después no hubo nada.

Capítulo diecisiete Cuando abrí los ojos estaba mirando el perfil pétreo de Roth, que tenía la mirada concentrada delante de él, con las manos sobre el volante y los nudillos blancos. Yo estaba aovillada en el asiento delantero de su Porsche. Tomé aliento. Tenía los pensamientos sumidos en una nebulosa. –¿Qué…? Me echó un vistazo y su mirada dorada irradió algo parecido a la preocupación. –Casi estamos allí, enana. –¿Cómo…? –Tragué saliva, pero sentía la garganta reseca. Recordaba lo que había

pasado, pero no tenía ni idea de cómo había acabado en su coche–. ¿Cómo me has… sacado del instituto? Un lateral de sus labios se curvó hacia arriba mientras redirigía la atención a la carretera. –Tengo ciertas habilidades. Había muchas posibilidades de que el instituto llamara a casa, ya que me estaba perdiendo las clases de la tarde, y el corazón me latió perezosamente. Sobre todo por el lugar al que me estaba llevando. Traté de sentarme, pero lo único que logré fue deslizarme más en forma de bola. –Tienes que llevarme de vuelta al instituto –dije con un jadeo–. No puedo ir a tu apartamento. –No seas ilógica –replicó Roth con voz neutra–. Las garras de un Trepador Nocturno son infecciosas, y no puedo tratarte en mitad del pasillo, ¿verdad? Bastante malo es tener que ir en coche. Es demasiado arriesgado echar a volar durante el día. –Puedo llamar a Zayne –razoné, cerrando los ojos con fuerza mientras notaba un calambre en los músculos del estómago. Roth no respondió, y solté un

gruñido–. Creo que voy a vomitar. En lugar de a Roth diciéndome que no hiciera eso en su preciado Porsche, oí cómo el motor aceleraba y el coche salía disparado hacia delante. –Ya casi estamos –dijo con voz tensa. No quería volver a su apartamento, pero aparte de tirarme del coche no estaba en condiciones de oponer demasiada resistencia. Las cosas se volvieron un borrón durante un rato. Mantuve los ojos cerrados, concentrada en no vomitarme encima. Sentí que el coche se detenía y registré el cambio de la luz detrás de mis párpados cerrados. No seguí demasiado el proceso de Roth llevándome al interior del edificio, lo cual era bueno, porque estaba segura de que tenía algo que ver con él llevándome en brazos. –Esto me resulta familiar –anunció una voz suave y refinada mientras una puerta se cerraba tras nosotros y un débil olor a manzanas jugueteaba en mi nariz. –Cállate, Cayman. Una profunda risotada me irritó, y traté de no pensar en la primera vez que había

estado ahí, más o menos en la misma posición. –Mira, tan solo estoy señalando que esto se está convirtiendo en un comportamiento habitual, y deberíamos… Un portazo me hizo temblar y cortó lo que quiera que estuviera diciendo Cayman. Un segundo después estaba tumbada en una cama; la cama de Roth. Abrí un poco los ojos y deseé de inmediato no haberlo hecho. Ver las familiares paredes blancas llenas de los DVD y los libros que habían estado ahí antes…, el piano en una esquina…, incluso los cuadros macabros que rozaban lo perturbador… era un puñetazo en el pecho que no ayudaba con la sensibilidad de mi estómago. Mis pies colgaban a un par de centímetros del suelo, y pensé en los pequeños gatitos vampiros que habían sido al mismo tiempo tatuajes y mascotas. Me pregunté dónde se encontrarían en esos momentos; quizás ocultos bajo la cama, preparados para hundir los pequeños colmillos en mi piel expuesta. No podía estar allí. Mientras Roth se apartaba, comencé a sentarme. Él me lanzó una mirada de

advertencia. –Siéntate quieta. Cuanto más te muevas, más se extenderá la infección, y esto no va a ser fácil de arreglar. Mi pecho subió y bajó pesadamente mientras lo observaba dirigirse al frigorífico negro de su pequeña cocina. Abrió la puerta, metió la mano dentro y sacó una botella de agua sin etiqueta. Lo observé con cautela mientras se aproximaba a la cama. –Agua bendita. –Agitó ligeramente la botella–. El equivalente demoníaco al agua oxigenada. –¿Normalmente tienes agua bendita en el frigorífico? Se detuvo delante de mí. –Nunca se sabe cuándo puedes necesitarla. No se me ocurrían demasiadas ocasiones en las que un demonio pudiera necesitar agua bendita. –¿Se supone que tengo que bebérmela? Retorció la cara, asqueado. –Eres mitad demonio, Layla. Si bebes esto te liarás a vomitar como si estuvieras poseída. Dado que normalmente se utiliza contra los demonios, puede sanar

una herida infligida por otro demonio, dependiendo de la herida y esa clase de cosas. –Entonces, ¿qué se supone que hago con ella? Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. –Quítate la camiseta. –Lo miré fijamente, y él levantó las cejas–. Lo digo en serio. Necesito ponerte esto –volvió a agitar la botella– en los arañazos. Tardé un segundo en responder. –No voy a quitarme la camiseta. –Sí que lo harás. Me incorporé sobre los codos y le devolví la mirada decidida. –Estás fumado si piensas que voy a quitarme una sola prenda de ropa. –Como ya te dije una vez, fumar perjudica gravemente la salud. –Sonrió mientras lo fulminaba con la mirada–. Tienes que quitarte la camiseta, enana. La razón por la que no te duele el estómago es porque tienes el jersey empapado de veneno o sangre. Te está adormeciendo la piel, y estar llena de veneno no va a ayudar con la curación. Tienes que quitártela. Bajé la mirada. Con la oscuridad de mi jersey, era imposible saber si había sangre de

demonio en él. Roth se acercó y se agachó junto a la cama. –No seas tímida. –No es eso –balbuceé, obligándome a ponerme erguida. La habitación se inclinó un poco, así que cerré los ojos. –No es como si no te hubiera visto antes. –Ay, Dios mío –gemí–. No es eso. Roth suspiró. –Mira, estamos perdiendo el tiempo. Vas a ponerte más enferma y el agua bendita no funcionará. Es así de simple, así que deja de portarte como una cría y quítate el jersey. Abrí los ojos y traté de controlar mi pulso errático. Entonces lo vi en su mirada firme. Si no me quitaba el jersey, iba a hacerlo él, y eso sería peor. Podía hacerlo. No sentía nada por mí. Vale. Yo tampoco sentía nada por él ya. Genial. Era una chica mayor. Murmuré una maldición entre dientes, bajé la mano y me quité con cuidado el jersey y la camiseta a la vez. Mientras soltaba las prendas tan molestas al suelo, bajé la mirada hasta mi estómago.

En realidad no tenía un aspecto tan… malo. Las garras solo me habían rozado, pero las tres marcas eran de un rojo oscuro y furioso y unas pequeñas líneas salían de los cortes como si fueran venas. Después de unos pocos segundos de tensión, me di cuenta de que Roth no se había movido. ¿Dónde demonios estaba toda esa mierda de que el tiempo era esencial? Levanté la mirada y me di cuenta de que de verdad no se había movido en absoluto. Todavía agachado junto a la cama, la botella de agua bendita se balanceaba en sus dedos largos. Me estaba mirando fijamente con la misma clase de intensidad que en el vestuario, pero había un calor detrás de sus ojos dorados y su mirada estaba clavada en mi pecho. Al menos Bambi no estaba usando mi teta de almohada esa vez. Su cabeza con forma de diamante descansaba ahora contra la parte baja de mi estómago. Mientras continuaba mirándome, un calor se enroscó en la parte baja de mi tripa, sobre todo cuando sacó la lengua y la deslizó por su labio superior. La luz se reflejó en el piercing, y sentí que mi piel se ruborizaba. No me gustaba lo que estaba comenzando a

pasar en el interior de mi cuerpo. Y no me gustaba que me estuviera mirando, que pensara siquiera que tenía permitido hacer eso. Y ni de coña me gustaba tampoco esa sensación de no poder respirar que estaba invadiendo mi pecho. –Deja de mirarme –le ordené. Me dejó aturdida al levantar la mirada, y el poder concentrado detrás de sus iris me abrasó la piel mientras se levantaba. Pasó un momento, y entonces habló: –Túmbate. Quería resistirme ante su tono abrupto, pero cuanto antes acabara con aquello, mejor. Me tumbé y miré fijamente hacia el techo mientras lo sentía acercarse. Roth estaba encima de mí, y apreté las manos en puños sujetando la suave manta para mantenerme inmóvil. –Puede que esto escueza un poco. Apreté los dientes. –No puede ser peor que cuando te cosen, ¿verdad? Dirigió la mirada hacia la mía y murmuró: –Verdad. Conteniendo el aliento, me preparé para el dolor destructor de células que

estaba a punto de desatar mientras quitaba el tapón de la botella y la bajaba hasta mi estómago. La primera gota siseó sobre mi piel y después el líquido se derramó encima, cubriendo las marcas de las garras y derramándose por mi tripa hasta la cama que tenía debajo. Bambi se alejó con una sacudida, y su cabeza desapareció bajo la cinturilla de mis vaqueros, evitando el flujo constante de agua bendita. Mi piel ardía ante el contacto, volviéndose de un rosado intenso, y me mordí el labio. No era tan malo como los puntos, pero tampoco era precisamente agradable. –Lo siento –murmuró, inclinando la botella una vez más. Lo hizo con mucho cuidado, evitando el contacto directo consigo mismo. Imaginé que su reacción sería peor que la mía, dado que era de sangre completa. Una espuma blanca apareció en los cortes mientras el escozor hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Finalmente, el agua desapareció por completo y Roth se alejó. –Quédate quieta un rato. Respirando con lentitud, me quedé donde estaba hasta que Roth regresó con

una toalla. Secó en silencio el líquido sobrante a los lados de mi estómago y fue entonces cuando me di cuenta de que las puntas de sus dedos eran de un rosa intenso. Me aclaré la garganta. –Te has quemado los dedos. Se encogió de hombros. –Cosas que pasan. –No tocó las marcas de las garras, pero mientras se apartaba su mano libre me rozó la cicatriz medio desvanecida del brazo, la que me había dejado el Guardián–. Quédate quieta. No tuve que esperar mucho hasta que regresó junto a mí con una manta negra. Como la que había usado para envolverme la noche del ataque de Petr, estaba hecha de alguna clase de tejido grueso y lujoso. Me la puso sobre el pecho, dejando mi estómago desnudo, y después se apartó. –Vas a tener que quedarte quieta hasta que deje de burbujear. Se sentó en el banco que había junto al piano e inclinó la cabeza. Unos mechones de pelo oscuro cayeron hacia delante, ocultándole el rostro. No dijo nada más. Tomé un pequeño aliento. Un Roth silencioso y taciturno era un Roth

preocupante, porque era una rareza, y no sabía cómo tratar con él cuando estaba así. Una parte de mí se preguntó por el cambio de humor y quiso preguntarle al respecto, pero no quería que pareciera que estaba interesada. Porque lo estaba. Y también quería pegarme un puñetazo en la cara por eso. Por absurdo que fuera, mientras esperaba a que el agua oxigenada hiciera efecto debí de quedarme dormida, porque cuando volví a abrir los ojos las marcas de las garras ya no estaban burbujeando. No sentía náuseas ni mareo, tan solo una ligera molestia alrededor de los cortes. Y Roth estaba sentado en la cama junto a mí. Bueno, cuando volví la cabeza hacia su calor corporal, más bien estaba reclinado en la cama junto a mí. Estaba descansando el peso sobre un brazo y tenía la cabeza apoyada sobre la mano. Había una sonrisa extraña en su rostro siniestramente hermoso, en contraste con la expresión taciturna de antes. Sus labios se entreabrieron ligeramente.

–Sigues murmurando en sueños. –Arrugué las cejas–. A veces haces esos soniditos… como una gatita. Es muy mono. –¿Qué estás haciendo? El calor cubrió mis mejillas mientras me sentaba con rapidez, olvidándome de la manta, que se deslizó hasta mi cintura. Su mirada la siguió y sonrió mientras yo volvía a levantar la manta. –Te estaba observando dormir. –Qué mal rollo –dije, sujetando la manta junto a mi barbilla. Él encogió un hombro. –¿Cómo te sientes? –Bien. –Sacando fuerzas de algún profundo lugar en mi interior, me obligué a añadir–: Gracias. –Lo añadiré a tu cuenta. –Lo miré con el ceño fruncido y él se puso en pie con gracilidad y se estiró–. Es el momento perfecto para que te despiertes. No querrás que el Rocoso venga aquí y te encuentre tan feliz y contenta sobre mi cama. –¿Qué? –El Rocoso. Está de camino. –Cruzó los brazos mientras me observaba–. Para recogerte. –Pestañeé una vez y después dos mientras unos pequeños nudos se formaban

en mi estómago–. He usado tu teléfono –explicó–. Lo tenías en el bolsillo delantero. Estabas frita cuando lo saqué. Bueno, la verdad es que soltaste un gemido que me hizo pensar que te gustaba tener mis dedos… –¿Me sacaste el móvil del bolsillo para llamar a Zayne? –Me puse en pie de golpe–. ¿Te has vuelto loco? –La última vez que lo comprobé, no. Deberías estar emocionada, porque el Rocoso respondió como al primer tono. –Frunció los labios mientras una expresión pensativa aparecía en su cara–. Pero no le hizo mucha gracia escuchar mi voz. Ni saber que estabas conmigo. Ni que estabas durmiendo en mi cama. Ni que te habías hecho daño. Ni que… –¡Ya lo pillo! –chillé, sujetándome la manta al pecho–. ¿Por qué lo has llamado? Inclinó la cabeza hacia un lado y la expresión de inocencia de su cara hizo que me entraran ganas de escupir fuego como un dragón de la destrucción. –¿Cómo ibas a volver a casa si no? –Ah, no lo sé, Roth, ¿tal vez en un maldito taxi? –El corazón me martilleaba en el pecho. Ay, Dios, Zayne iba a flipar. Iba a flipar de una forma tan épica que

rompería la barrera del sonido–. ¿En qué estabas pensando? –Estaba pensando que necesitábamos informar a los Guardianes de que había Trepadores Nocturnos en el instituto –respondió con voz razonable. Quise pegarle un puñetazo–. Porque fue idea tuya, y tenías razón. Yo no puedo ocuparme de todos ellos solo. Mis dedos se clavaron en la manta. No iba a tragarme lo que estaba diciendo. La verdadera razón detrás de la llamada a Zayne no era para alertarlos de las criaturas que había en el instituto. Como si a Roth realmente le importara eso. Lo había hecho para cabrear a Zayne. La pequeña curva de sus labios lo delataba. –Seguro que estás muy orgulloso de ti mismo, ¿verdad? Me miró fijamente, y después puso los ojos en blanco. –Ni que el Rocoso fuera a salir corriendo para contarle a su papi que estabas conmigo. Esa parte no importaba. No es que a Abbot fuera a hacerle ninguna gracia que estuviera en el apartamento de Roth, pero me preocupaba más pensar cómo afectaría eso

a Zayne. De algún modo, resistí la necesidad de ponerme como un mono psicótico con él. –Necesito mi jersey. ¿Dónde está? –En la basura. Cerré los ojos y conté hasta diez. –Necesito una camiseta que ponerme. –Me dirigí hacia su armario, pero él apareció delante de mí y bloqueó mi camino–. Venga ya. Su sonrisa se ensanchó. –Lo siento. No me queda ropa de chica en estos momentos. –Necesito una camiseta –insistí–. No seas imbécil, Roth. Me examinó durante un momento, una chispa iluminó sus ojos y unas campanas de advertencia empezaron a sonar. Con una sonrisa taimada, bajó los brazos y se quitó la camiseta de manga larga que llevaba. Abrí mucho los ojos. Vaya. Había… había olvidado cómo era Roth sin camiseta. Vale. Tal vez no lo había olvidado por completo, pero mis recuerdos no le hacían

justicia. En absoluto. Roth era todo músculos esbeltos. Desde el pecho hasta aquellas hendiduras a cada lado de las caderas, era músculo duro y esculpido. El tatuaje del dragón se encontraba donde siempre, enroscado en un lateral de sus abdominales, con la cola desapareciendo bajo los vaqueros. Mi duda sobre la presencia de los gatitos quedó resuelta. Uno de ellos se hallaba bajo su pectoral derecho, con aspecto de un tigre agachado, y había otro que parecía estar acurrucado de costado. –¿Dónde está el tercer gato? –pregunté sin poder contenerme. Sus espesas pestañas bajaron. –Tendría que quitarme los pantalones para enseñártelo. –Cerré los ojos con fuerza, y él soltó una profunda risotada–. El reloj sigue moviéndose. Y, más importante todavía, cuanto más tiempo estés ahí plantada solo con el sujetador, más tentado estaré de ser un chico muy muy malo. Mis ojos se abrieron de golpe. Su mirada atrapó la mía y di un paso hacia atrás para alejarme de la intensidad que emitía. No tenía duda alguna de que estaba diciendo la verdad. Puede que no quisiera estar conmigo, pero me deseaba.

–Dame la camiseta –dije con los dientes apretados. Me la lanzó, pero fui un poco lenta para atraparla. La prenda, que olía a él como algo salvaje y pecaminoso, me golpeó en el pecho y aterrizó en el suelo. –Será mejor que te des prisa. Estará aquí en cualquier momento. –Te vas a llevar una patada en el culo –escupí, tomando la camiseta. Se rio entre dientes. –Y es un buen culo, según me dicen. Lo ignoré mientras me giraba y le daba la espalda para soltar la manta. Tal vez solo fuera mi imaginación, pero mi columna ardía bajo su mirada abrasadora. –¿Por qué has hecho que venga aquí siquiera, a un edificio lleno de demonios? ¿Esto no es peligroso? –Aparcará bajando la calle y vendrá por el tejado –replicó Roth, con la voz tensa de pronto–. No te preocupes; el Rocoso está totalmente a salvo. Me puse la camiseta y quedé tragada de inmediato por su tamaño y su aroma. Me volví hacia él, sintiéndome ruborizada. Ni siquiera sabía qué decir mientras me sentaba en el borde de la cama. No tenía forma de prepararme siquiera para la llegada de Zayne.

Aunque no tuve que esperar demasiado. No pasó más de un minuto hasta que un fuerte golpe en el tejado sacudió los cuadros retorcidos que colgaban de las paredes de Roth. Me puse en pie mientras él se giraba hacia la puerta estrecha que conducía al tejado. La abrió sin ceremonias y Zayne entró en el loft como una exhalación. Su pelo rubio era un desastre lleno de ondas e iba vestido todo de negro: camiseta negra y pantalones tácticos negros. Era como si se hubiera vestido para ir a cazar. La mirada de Zayne me encontró a mí primero, y no se apartó de mí durante un largo momento. Sus ojos eran de un cobalto sorprendente, con las pupilas estiradas de forma vertical, y tenía la mandíbula cerrada con fuerza. No tenía que leerle la mente para saber lo que pensaba al verme en el apartamento de Roth, que se encontraba en esos momentos con el pecho desnudo, y encima junto a su cama y con su camiseta puesta. Comencé a explicar por qué, aunque parecía innecesario, pero Roth habló antes de que pudiera pronunciar una palabra. Su sonrisa era amplia, pero no le alcanzaba los ojos. –Hola, colega…

Un músculo palpitó en la mandíbula de Zayne, y entonces este se giró hacia Roth, echó el brazo hacia atrás y le pegó un puñetazo en toda la cara.

Capítulo dieciocho Roth retrocedió un paso y la transformación se apoderó de él. La piel se oscureció a un ónice suave y pulido y unas alas brotaron de su espalda, de tres metros de envergadura y formando una curva elevada en el aire. Los arcos estaban adornados con unos cuernos afilados y letales, pero a diferencia de los Guardianes, su cráneo no tenía ninguno. Echó los labios hacia atrás para mostrar los colmillos. –Vuelve a hacerlo. Zayne no se había transformado, pero sí que parecía a punto de pegarle otro puñetazo en la cara a Roth. No es que dudara de la habilidad de Zayne para enfrentarse a él, pero se trataba de un demonio de Nivel Superior, un Príncipe Heredero y, más importante todavía, luchar por algo así era una estupidez.

Corrí entre ellos y levanté la mirada hasta los furiosos ojos azules de Zayne. –Para. –No la escuches. –En su verdadera forma, la voz de Roth era gutural y áspera–. Sabes que no quieres parar, Rocoso. Le lancé una mirada fulminante. –¡Cállate ya, Roth! Sus ojos, todavía dorados, se clavaron en los míos. Pasó un momento tenso mientras su mano llena de garras se abría y se cerraba, y pensé de verdad que iba a tomarme y tirarme a un lado. Cuando dio un paso hacia atrás, mi ritmo cardíaco se ralentizó. –Ha empezado el Rocoso. –Uf. –Me giré hacia Zayne, que lo estaba observando fijamente. Le puse las manos en el pecho y el calor de su cuerpo me quemó a través de la camiseta–. Tienes que calmarte. –Dejaste que le hicieran daño –rugió. Roth gruñó mientras bajaba la barbilla, como si estuviera preparándose para cargar contra él.

–Me ocupé de ella. –¿Y te crees que eso lo arregla? Empujé a Zayne. –Él no me «dejó» hacer nada. Yo bajé allí libremente, y él me dijo que me marchara, pero me quedé. Me has entrenado, Zayne. Estaba más que preparada para la pelea y maté al Trepador Nocturno. –Cosa que todo el mundo parecía olvidar–. No puedes culparlo a él por haber salido herida…, apenas herida. Como puedes ver, estoy bien. La mirada de Zayne bajó al fin hasta la mía. Sus fosas nasales se ensancharon mientras respiraba profundamente. Hubo otro tenso momento de silencio y entonces movió la barbilla en un asentimiento abrupto. Observándolo durante un segundo más para asegurarme de que no iba a cambiar de idea, bajé las manos y me giré hacia Roth. Me relajé un poco al ver que había vuelto a su forma humana. –Ahora que eso está aclarado, ¿han ido Abbot y los del clan al instituto? –Están ahí, pero no están dispuestos a hacer nada hasta que salgan los alumnos. –El tono de Zayne era entrecortado–. Nos estamos ocupando de ello. No tenéis que

preocuparos. Roth resopló. –Yo no estaba preocupado. Un destello de furia cruzó el rostro de Zayne, y supe que cuanto más tiempo pasaran esos dos cerca, más aumentarían las posibilidades de que hubiera una segunda ronda de la pelea de chicos. –Deberíamos irnos –dije en voz baja. Zayne asintió con la cabeza. –No podría estar más de acuerdo. Me volví para decirle algo a Roth, algo como «gracias», porque me había ayudado, pero los dedos de Zayne se enredaron de forma inesperada con los míos. La mirada entrecerrada de Roth bajó hasta nuestras manos unidas. Su boca se tensó y sus facciones parecían más duras, más piel y hueso que otra cosa, y entonces fue como si se cerrara una puerta y sellara cualquier pensamiento o sentimiento. –Por cierto, Zayne… –La frialdad de la voz de Roth hizo que un escalofrío me bajara por la columna vertebral–. Esta será la última vez que me pones una mano encima

y te marchas de rositas. Zayne y yo no hablamos durante la mayor parte del trayecto de vuelta a casa. Cada vez que lo miraba parecía estar desgastándose las muelas. Sabía que estaba enfadado, tan enfadado que no era ni capaz de hablar. Sentía una culpa agria en el estómago, como leche estropeada, lo cual conducía a una considerable dosis de confusión. Zayne me había pedido que no saliera corriendo con Roth, y no lo había hecho…, en realidad no. El estómago me dio un fuerte vuelco, porque mi lógica era un asco, y sabía que era más que eso. La furia que emanaba de Zayne en oleadas provenía de un lugar diferente, el lugar que se había creado en mi cama el sábado por la noche. No podía engañarme a mí misma para tratar de creer algo diferente. Como había sabido en el momento en que me había tocado, todo había cambiado entre nosotros, y su humor actual era producto de ese cambio. Pero yo no había hecho nada malo. En realidad, había hecho algo bastante increíble. Había matado a un Trepador Nocturno, demostrando que era útil por algo más que por

mi habilidad ahora inexistente. Mientras entrábamos en la carretera privada ya no pude seguir soportando el silencio. –Iba a contarte que había bajado al viejo gimnasio con Roth. El músculo de su mandíbula se movió. –¿Ah, sí? La pregunta era como una punzada ardiente. –Sí. Tenía planeado llamarte en cuanto saliera del gimnasio, pero me puse mal por culpa de ese estúpido arañazo. –Ese estúpido arañazo podría haberte herido de gravedad o algo peor, Layla. –Pero no fue así –señalé con suavidad–. Roth se me adelantó al llamarte, pero yo iba a hacerlo. –Roth –dijo con un siseo. Transcurrió un latido. –Y hay algo más que tengo que decirte. Creo que tenemos una pista sobre el Lilin, pero es de una fuente… muy poco convencional. Sus dedos tamborilearon sobre el volante. –Me da un poco de miedo preguntar. –Es algo que no puedes contar a los demás. Sé que eso no suena bien, pero

confío en ti. Tú no eres de los que van juzgando por ahí, y no vas a… –Vale. –Zayne suspiró–. Lo pillo. Y como confiaba en él, le hablé sobre Gerald, su aquelarre y el otro aquelarre de brujos en Bethesda. No le hizo precisamente mucha gracia la regla de ir sin Guardianes. –Layla, no quiero que vayas. –Alguien tiene que hacerlo –señalé. –Deja que él lo haga. –Ni de broma confío en que Roth no vaya a cabrearlos tanto como para que no nos den ninguna información. Permaneció en silencio mientras rodeábamos la casa en dirección al garaje. –¿Sabes lo difícil que es para mí contemplar la idea de que te vayas con él? – Me mordí el labio inferior, pero no dije nada–. Sé que hoy me estaba provocando, y he mordido el anzuelo. Bueno, con eso estaba totalmente de acuerdo. Por alguna razón, Roth había querido fastidiar a Zayne, y lo había hecho a la perfección. –Pero permitió que salieras herida en el proceso –continuó mientras metía el

Impala en el garaje y aparcaba junto a la flota de todoterrenos. Cuando apagó el motor, se giró hacia mí. La conversación había vuelto a él una vez más–. Y ahora hueles a él. Así que quiero volver a pegarle. –No puedes pegarle otra vez. –Levantó las cejas, en señal dudosa–. No fue culpa suya que saliera herida. –Te convenció para que bajaras ahí cuando podría haber ido solo, y en el momento en que vio ese capullo o a esos Trepadores Nocturnos tenía que haberte sacado de ahí. Pero no lo hizo. Y no solo porque quisiera fastidiarme, sino porque quería que estuvieras allí, con él. Me reí ante eso. –Estoy segura de que tan solo quería meterse contigo porque sabía que iba a contártelo todo. Negó con la cabeza mientras sacaba las llaves y abría la puerta. –Esa no es la única razón, Layla. –Me observó desde el otro lado del coche después de que yo me bajara, apoyando el brazo sobre el techo–. Puedo ver cómo te mira.

Cerré los ojos, di un paso hacia atrás y me giré hacia la entrada que conducía a la cocina. Había visto esa expresión antes en la cara de Roth, pero admitirlo no haría ningún bien. Era probable que Zayne extendiera las alas, volara hasta el apartamento de Roth y le diera una buena patada esta vez. –No sabes lo que ves. Había dado un paso cuando Zayne apareció de pronto delante de mí. Con un jadeo, retrocedí mientras su mano me rodeaba la parte superior del brazo con un agarre suave pero firme. –Sé lo que vi. –El aire salió de mis pulmones cuando me apretó contra su pecho. Bajó la barbilla de modo que nuestras caras se encontraran solo a unos centímetros de distancia. La proximidad me dejó paralizada donde estaba–. Sé exactamente cómo te mira, y tú también lo sabes. Me quedé sin palabras mientras miraba sus ojos del color del cielo infinito, porque…, ay, Dios mío, nuestros labios estaban muy cerca, y la necesidad que aumentaba en mi interior no tenía nada que ver con alimentarme y sí con querer

saborear sus labios. Su otra mano se curvó por la parte baja de mi espalda, se deslizó hacia arriba y se enredó en las puntas de mi pelo. –Conozco esa mirada. Y tú también. Porque es como yo te miro. El corazón me dio un vuelco mientras asimilaba las palabras. No sabía qué decir, y ese sentimiento creciente en mi interior se convirtió en algo más, avanzó hacia mi pecho e hizo que mi pulso se acelerara. Un sonido profundo retumbó en la garganta de Zayne, y entonces bajó la cabeza y cubrió los escasos centímetros entre nuestros labios. En el último segundo posible, el sentido común se apoderó de mí y me aparté de su abrazo. Respirando de forma errática, seguí retrocediendo hasta que choqué con el lateral de su Impala. Notaba un hormigueo en los labios y ni siquiera nos habíamos besado. Pero habíamos estado a punto de hacerlo, y eso me aterrorizaba. Mis venas se llenaron de hielo, haciendo que mi piel quedara tan fría como una mañana de febrero. Me puse la mano sobre la boca mientras lo miraba fijamente. –¿En qué estabas pensando?

Su pecho subía y bajaba con rapidez. –Layla… El miedo se apoderó de mí, un pánico más potente que el de enfrentarme al Trepador Nocturno. Si nos hubiéramos besado, habría tomado el alma de Zayne…, lo habría convertido en algo terrorífico y malvado. Habría matado lo que era. Al igual que habría hecho un Lilin. Me aparté a trompicones del Impala y pasé corriendo junto a Zayne hasta llegar al pequeño pasillo que había en el interior de la casa. Me detuve en seco al entrar en la cocina fuertemente iluminada. En la mesa redonda, Danika y Jasmine estaban sentadas con las mellizas. Había cuencos de helado en la mesa, pero los bebés parecían llevar encima más de aquella deliciosa crema de la que parecían haberse comido. Una sonrisa vacilante apareció en la cara de Danika. Tenía la mano derecha cubierta de virutas de los colores del arcoíris. –Has vuelto. Intenté que mi corazón se ralentizara. –Sí.

La puerta del pasillo se estampó contra la pared, anunciando la entrada de Zayne. Entró como una exhalación en la cocina y se detuvo al igual que yo al ver que estaba ocupada. Echó un vistazo a la mesa y después dirigió su mirada penetrante hacia mí. Ay, madre. La mirada de Jasmine fue desde él hasta mí y después volvió hacia Zayne. Un silencio de los incómodos descendió sobre la cocina mientras Danika dirigía su atención hacia su cuenco. –¿Queréis helado? –ofreció Jasmine, y se aclaró la garganta–. Estoy segura de que queda… un poco. Izzy soltó unas risitas y se apartó los rizos pelirrojos hacia atrás mientras golpeaba su cuenco con los puños. El helado le salpicó el babero. –¡Más! –Eh, gracias, pero mejor no. Me giré mientras Geoff entraba a zancadas en la cocina. Levantó las cejas al echar un vistazo a la mesa. –¿Alguna noticia de los hombres? –preguntó Jasmine, erguida.

Él asintió con la cabeza mientras se pasaba una mano por el pelo castaño que le llegaba hasta los hombros. –Sí. Dado que el instituto va a cerrar ya, están a punto de empezar la limpieza. Ya han matado a unos cuantos que estaban a punto de madurar. –Me echó un vistazo y, sorprendentemente, sonrió–. Bravo por ti, Layla. He oído que tú mataste a uno. Por fin alguien reconocía mi genialidad. –Gracias. Geoff asintió con la cabeza y después dirigió su atención hacia Zayne. –¿Tienes un segundo? Aproveché esa oportunidad para apresurarme a salir. Necesitaba un momento para aclarar mi cabeza, y también para darme una ducha, porque oler a Roth no me hacía ninguna gracia. Llegué hasta el pasillo, y entonces sentí un aire frío y extraño que me atravesaba. No pasó a mi alrededor, sino que literalmente me atravesó, haciendo que me detuviera. Y entonces oí a Zayne. –Puede esperar. El corazón me dio un salto hasta la garganta y prácticamente eché a correr en

dirección a la escalera. Logré subir dos escalones y entonces, de pronto, me levantaron del suelo y me echaron sobre un hombro fuerte. Demasiado aturdida para decir ni pío, levanté la cabeza y observé cómo el vestíbulo giraba a mi alrededor mientras Zayne atravesaba directamente el salón para entrar en la biblioteca. Cerró la puerta de una patada, se giró y echó la llave. El estómago me dio un vuelco, y mi imaginación se desbocó salvajemente. Tan repentinamente como me había levantado y me había puesto sobre su hombro como si fuera un saco de patatas, me puso en pie. Retrocedí y después me lancé hacia delante y le di un golpe en el pecho. Con fuerza. –¿Qué demonios haces? –exigí saber. Los labios de Zayne se crisparon, como si estuviera intentando con ganas no reír. –Tenemos que hablar. –Tienes que hablar con Geoff. –Lo que quiera que tenga que decirme puede esperar. –Me siguió mientras yo retrocedía, frunciendo el ceño–. ¿Por qué has salido corriendo de esa manera? –Tenía… tenía que darme una ducha –dije sin mucha convicción.

Él entrecerró los ojos. –Sí, eso estaría bien, pero corrías como si un ejército entero de Sicarios Infernales te estuvieran persiguiendo. –No es verdad. –Zayne arqueó una ceja–. Vale. A lo mejor un poco. ¿De qué querías hablar? ¿De los brujos y de cuándo podemos ir al club? –No. Nos acercamos al sofá y él se sentó. Comencé a alejarme, pero entonces estiró la mano y me tomó el brazo. –¿Qué estás…? Me hizo bajar, y no había otro lugar al que ir salvo su regazo. Caí de cara a él, con la boca a la altura de su garganta. Durante un momento, me quedé paralizada. Con mis piernas a ambos lados de las suyas, notaba una sensación de terreno inexplorado que me tensó los nervios. Si movía las caderas hacia delante… ni siquiera era capaz de terminar ese pensamiento. –No estaba huyendo de ti –murmuré. –Sí que lo hacías. Y también me estás evitando otra vez. –Sus manos me rodearon la

cintura mientras comenzaba a levantarme–. Nop. No vas a ir a ninguna parte. –¿Qué…? ¿Qué estás haciendo? –jadeé. –Evitar que salgas huyendo. –Tiró de mí hacia delante, haciéndome poner las manos sobre sus hombros para evitar que ciertas zonas de nuestros cuerpos se tocaran–. Por si acaso no te has dado cuenta todavía, no me va lo de ir persiguiendo. Mi cerebro se vació de cualquier respuesta inteligente. Levanté la mirada con lentitud y encontré la suya. Me estaba mirando…, sí, como había dicho que me miraba. Se me llenó el estómago de mariposas. Sacudí un poco la cabeza. –¿Por qué tendrías que perseguirme? La expresión que cruzó su rostro era una mezcla de cariño e incredulidad, la clase de mirada que decía «¿de verdad eres tan tonta?». –No quiero hacerlo, pero lo he hecho. Lo estoy haciendo. Y pensaba que después de la noche del sábado, sería bastante evidente. –La sangre se espesó dentro de mis venas–. De hecho… –Sus ojos buscaron los míos–. Debería haber sido evidente desde hace… desde hace mucho tiempo. O tal vez no lo fuera, pero tienes que saberlo.

Tendría que ser estúpida para no saberlo, sobre todo después de todo esto, pero… –No lo pillo. –A lo mejor no está bien. ¿Qué sé yo? Cuando mi padre te trajo a casa hace tantos años me dijo que era mi trabajo cuidar de ti, que sería lo más cercano que tendrías jamás a una familia…, a un hermano. Y me lo tomé muy en serio, desde que tenía doce años. – Bajó las pestañas de un rubio oscuro y yo pensé en el Señor Mocoso. Una emoción explotó en mi pecho y subió por mi garganta–. Sé que se suponía que nunca debía pensar en ti de ninguna otra forma, pero entonces creciste, y el último año o así… Mis manos se curvaron sobre sus hombros, clavándose a través de su camiseta. La sangre acudió en torrente a mis orejas. –Me di cuenta de que era incapaz de dejar de mirarte y era difícil no querer pasar tiempo contigo. ¿Por qué si no iba a levantarme siempre tan temprano? –Se rio con suavidad y sus mejillas se ruborizaron–. Y cuando mi padre comenzó a traer por aquí a Danika, supe…

–¿Qué supiste? –susurré. –Supe que no podría estar con ella. No cuando tú estás todo el tiempo en mi cabeza. ¿Está mal? –Su intensa mirada volvió a elevarse y se encontró con la mía–. No. A la mierda… a la mierda todo eso. Está bien. Siempre ha estado bien. Me dolía la garganta cuando hablé. –No puedes… –¿Que no puedo qué, bichito? ¿Que no puedo pensar en ti? ¿Que no puedo darme cuenta de que siempre has sido la chica más increíble que he conocido jamás? ¿Que no puedo dejar de vivir bajo el mismo techo que tú y fingir que lo que siento por ti, lo que quiero de ti, es algo fraternal? –Contuve el aliento mientras sus manos subían por mi caja torácica, provocándome una serie de escalofríos–. ¿Que no puedo abrazarte? ¿Tocarte? Porque la última vez que lo comprobé, podía hacer todas esas cosas. –Zayne… –Y sé que es lo que siempre has querido. Lo sé desde hace mucho tiempo. – Sus pulgares trazaron unos círculos perezosos mientras hablaba–. ¿O es que eso ha cambiado

por él? Aquello no tenía nada que ver con él. Después de haber esperado durante años, de haber sufrido todas mis fantasías sobre Zayne y de haber pensado que no tenía la más mínima esperanza, al oír ahora esas palabras casi sagradas no sabía qué hacer con ellas. El corazón se me expandió en el pecho hasta el punto de que estaba segura de que iba a explotar, pero había una ansiedad creciente que susurraba sobre la confusión y el miedo. –¿Por qué ahora? La pregunta se me escapó. –¿Decir que ahora me he dejado por fin de gilipolleces es la respuesta incorrecta? Supongo que probablemente no sea lo bastante buena, ¿verdad? –Bajó la cabeza hasta mi hombro y dejó descansar su frente ahí mientras sus dedos se aferraban a la espalda de mi camiseta prestada. Volví a contener el aliento–. Casi te perdí aquella noche que Paimón te capturó. Cuando me di cuenta de que podrías haber muerto… –Se estremeció–. De que yo podría haber muerto… Ya no quise seguir negando esto. No podía. Miré fijamente su cabeza agachada mientras subía las manos con lentitud. ¿Se

trataba solo de eso? ¿O había algo más? ¿Era por Roth y por el hecho de que Zayne simplemente no quería que estuviera con él? ¿O era porque ahora sabía que podía transformarme, lo cual de algún modo me volvía más adecuada? Cerré los ojos e ignoré el extraño nudo de intranquilidad. Él no era así, y nunca había creído que nada estuviera mal en mí. Toqué con cuidado las puntas de su pelo y un suspiro atravesó su cuerpo. Zayne no me mentiría. Los mechones suaves y sedosos de su pelo se deslizaron por mis dedos mientras me preguntaba si podría sentir cómo se agrietaba mi corazón. Unas lágrimas me escocieron en los ojos, humedeciendo mis pestañas, así que los cerré con fuerza. Casi era más fácil meses antes, cuando la idea de que Zayne albergara algún sentimiento hacia mí no era más que un cuento de hadas, que oír esas palabras y no ser capaz de actuar en consecuencia. –No importa –dije con la voz pastosa–. Es imposible. Zayne se apartó y levantó la cabeza. –¿Por qué?

–No podemos… O sea, no podríamos… Mis mejillas se ruborizaron y bajé la barbilla. –¿Que no podemos? –Su risa profunda y asombrosamente sexy retumbó a través de mí–. Creo que el sábado por la noche demostramos que hay muchas cosas que podemos hacer. El calor fluyó a través de mí, una mezcla de vergüenza y fuego que había cobrado vida al recordar lo que habíamos hecho. –Pero es demasiado peligroso. –Confío en ti. Esas tres palabras sonaban muy simples, pero para mí eran confusas. –No deberías. No de ese modo…, no si se trata de tu vida. Frunció el ceño. –Nunca te has dado el crédito suficiente ni has creído lo bastante en ti. Desde que te conozco, jamás me he sentido amenazado por lo que puedes hacer. Las lágrimas que llenaban mis ojos amenazaron con derramarse, y estaba a punto de llorar como si hubiera visto un maratón de películas dramáticas. –No eres mala, Layla. Nunca lo has sido. –Su sonrisa era enorme, y se abrió paso

como una serpiente hasta mi corazón–. Y creo que si te besara ahora mismo, no tomarías mi alma. Solté un jadeo mientras comenzaba a apartarme hacia atrás. –¡Ni te atrevas a intentarlo! No puedo… –Tranquila –dijo entre risas. Tenía los músculos tensos. ¿Cómo podía relajarme después de que dijera algo parecido? Le quería tanto que me marchitaría y moriría por dentro si fuera la causa de su muerte. La simple posibilidad hizo que me entraran ganas de mudarme a otro código postal. Zayne levantó la mano y pasó los dedos por las puntas de mi pelo mientras su mirada recorría mis facciones. Inclinó la cabeza y, antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba haciendo, presionó los labios contra mi cuello, contra mi pulso que latía salvajemente. Mis sentidos se volvieron hipersensibles mientras sus labios firmes trazaban un pequeño camino ardiente hasta el punto sensible debajo de mi oreja. El cerebro me dio vueltas mientras lo asimilaba todo. Sentí su pelo haciéndome cosquillas bajo la barbilla, la

suavidad de sus labios y el suave roce de su lengua, como si me estuviera saboreando la piel. Reconocí la repentina tensión en mi cuerpo, el calor líquido y la fuerza de las emociones que crecían en mi pecho. Pero había algo más, ahí estaba esa sensación extraña. Cuando curvó la mano alrededor de mi nuca, bajo mi pelo, no hizo más que aumentar. Había un matiz masculino en ella. Mientras la comprensión calaba en mí, le puse las manos sobre la cara. Él me dirigió una mirada interrogativa. No era capaz de decir cómo, pero sabía en lo más profundo de los huesos lo que estaba pasando. –Ay, Dios mío –susurré, recorriendo su cara con los dedos–. Ya lo entiendo. – Él levantó las cejas–. Puedo sentirte. Puedo sentir tus emociones.

Capítulo diecinueve Era evidente que eso no era lo que Zayne esperaba que dijera. Me miró fijamente con esos luminosos ojos azules, con una expresión confusa en sus hermosas

facciones. Lo de sentir sus emociones parecía una locura, pero tenía sentido. –¿Qué quieres decir? –preguntó. Aparté las manos, curvé los dedos sobre mis palmas y casi de inmediato esa necesidad viril se desvaneció. –Puedo sentir lo que tú sientes –expliqué, aturdida al comprenderlo–. No entiendo cómo, y esta no es la primera vez, pero antes simplemente no reconocía qué era lo que estaba sintiendo. Se reclinó contra el sofá. –Vas a tener que darme más detalles. –Cada vez que alguien me ha tocado, piel sobre piel, he recibido unos rastros débiles de emociones que no me pertenecían. –Pensé en Stacey y en cuando me había tocado mientras me estaba hablando de Sam. Había sentido esperanza; una esperanza que no me pertenecía. Después otra vez con Roth, con Zayne, e incluso cuando iba por la calle y me choqué contra la gente la noche en que había estado tratando de ver las auras… Abrí mucho los ojos–. ¡Comenzó cuando dejé de ver las auras! Como inmediatamente

después. Mierda. –Joder –dijo él, negando ligeramente con la cabeza–. Entonces, ¿podías sentir lo que yo sentía cuando te estaba tocando? –Ligeramente. Como una ráfaga de emociones; nada demasiado fuerte. Sus labios se elevaron en una pequeña sonrisa. –Bueno, entonces me alegro. Porque si hubieras estado sintiendo todo lo que siento cada vez que nos tocamos… Sería muy vergonzoso, teniendo en cuenta todo lo que he estado sintiendo. Me reí a pesar de que las mejillas me ardían. –Sí, supongo que sería incómodo. –Un poco. –Tragó saliva, y entonces me puso la mano sobre la mejilla–. ¿Cómo te sientes ahora? –No lo sé. –Era difícil tratar de descifrar entre mis propias emociones enmarañadas y las que podrían venir de él, pero había una que me parecía que podía ser suya. Un hilo constante que se entretejía alrededor de mi inquietud–. ¿Feliz? –susurré, curvando los dedos alrededor de su muñeca. La calidez se incrementó, como si me estuviera tostando

al sol del verano–. Felicidad. Su sonrisa se extendió y alcanzó sus ojos. –Sí, eso es correcto. Traté de entender cómo mi pérdida del talento para ver las almas había activado de algún modo la habilidad de sentir las emociones de los demás. Bajé la mano y comencé a levantarme de su regazo, pero sus manos fueron hasta mis caderas y me dejaron quieta donde estaba. Lo miré levantando una ceja. La sonrisa de Zayne rezumaba encanto masculino. –¿Qué? –Ya sabes qué. Se encogió con un hombro. –Céntrate en lo importante. En todo el tema de las emociones. Sabemos que los súcubos y los íncubos se alimentan de las emociones, ¿verdad? Y a Lilith se la consideraba un súcubo en algunos textos. Quizá sea una habilidad que siempre has tenido que está empezando a aparecer. En otras palabras, una habilidad demoníaca. –Oye, ¿y por qué no pueden empezar a manifestarse algunas habilidades de los

Guardianes? –¿Eso importa? Tamborileó con los dedos en mis caderas. –Debería. Para ti. La sonrisa se convirtió en un ceño fruncido. –No me importa. Sentir las emociones de los demás no es nada malvado. Probablemente podría resultar muy útil. Suponía que sí, pero era otra cosa más que me hacía muy diferente de Zayne, y que me hacía sentirme incómoda en mi propia piel. Se me ocurrió una idea mientras mi cuerpo se relajaba y unía las manos entre nosotros. –¿Crees que el Lilin podrá sentir las emociones y ver las almas? –No lo sé. Ni siquiera sabía por qué me lo preguntaba. Tal vez fuera porque quería saber lo similar que era mi propio ADN al de esa criatura. Zayne se movió, haciendo que me deslizara un par de centímetros hacia delante. –Sé lo que estás pensando. –¿Ah, sí? Asintió con la cabeza.

–Estás pensando en ese aquelarre y en cuándo podrás descubrir más cosas sobre el Lilin. Como siempre, había dado casi en el clavo. –Bueno, mis razones son puramente egoístas. Cuanto más sepamos sobre los Lilin, antes podremos encontrarlo. –¿Y la bruja suprema no estará en ese club hasta la luna llena? –preguntó tras unos momentos–. Todavía faltan unas semanas…, es el seis de diciembre, creo. Asentí con la cabeza, distraída. Los demonios, las gárgolas, los brujos y sus lunas llenas… –Entonces, ¿te parece bien que vaya? –En realidad no, pero supongo que encontrarás una forma de ir de todos modos y preferiría apoyarte antes que permanecer en la ignorancia. –Echó la cabeza hacia atrás, contra los cojines del sofá, y me observó desde detrás de sus pestañas caídas–. Y supongo que Roth está muy emocionado por la idea de ir a ese club contigo. – No sabía qué responder a eso–. Entiendo que los brujos no me quieran ahí, sobre todo esa clase

de brujos, pero voy a ir contigo esa noche; al menos, tan lejos como pueda – continuó–. Y, por mucho que me mate decir esto, ir ahí con Roth es una buena idea. –¿Qué? –Lo miré fijamente, sorprendida–. ¿De verdad acabas de decir eso? –Me gustaría arrancarle la piel de los huesos de una forma muy lenta. Ya sabes, con un pelador de naranjas o algo así. Arrugué la nariz. –Puaj. Me dirigió una sonrisa rápida. –Pero, en general, estás a salvo con él. –Seguí mirándolo fijamente. –Va a protegerte. Mejor de lo que lo hizo hoy. –La reticencia de su voz era evidente– . Lo que pasa es que no estás a salvo de él. –Da igual lo que quiera, o lo que creas que quiera; estoy a salvo de él. Créeme. Me dejó bien claro que no había nada entre nosotros excepto… –¿Lujuria? –Sí –susurré. –Qué gilipollas. Tosí una risita.

–Sí. –Lo siento –dijo, y después de todo lo que me había confesado, pensé que la disculpa era posiblemente lo más extraño que me había dicho, pero esa bondad era inherente en Zayne. Me rodeó con los brazos y me acercó a él, pegándome a su pecho. Me aovillé contra él, cerré los ojos y escuché su corazón latiendo con un ritmo constante contra mi mejilla. Con sus brazos alrededor de mí, encontré la clase de consuelo que solo era capaz de encontrar entre sus brazos; que siempre encontraría en su abrazo. Un aliento tembloroso me atravesó como un estremecimiento. Estaban pasando muchas cosas, y habían pasado muchas cosas en unas pocas semanas, pero en esos momentos silenciosos mi mente flotó hacia todas aquellas cosas maravillosas y preciosas que había soñado que Zayne me decía y que ahora eran totalmente reales. Había cosas más importantes que debería estar tratando de resolver, pero en esos momentos aquello era lo más importante para mí. Aquel giro de los acontecimientos con Zayne era muy inesperado. La lujuria era una

cosa. Preocuparse profundamente por alguien era otra distinta, pero aquellas palabras… parecían cargadas de una clase diferente de significado. De la clase que se hundía en el corazón, derribaba paredes, destruía barreras y allanaba su propio camino. Mientras Zayne subía las manos por mi columna, un suspiro se escapó de mis labios entreabiertos. –¿Estás cómoda? –preguntó, y yo asentí con la cabeza. Continuó moviendo la mano. Me obligué a abrir los ojos, y mi mirada recorrió los lomos de los libros polvorientos que llenaban los estantes. Todas sus palabras yacían en el pequeño espacio que había entre nosotros. Tenía que decir algo, pero hablar en voz alta de lo que sentía por Zayne nunca había sido fácil. Ni siquiera había admitido mis sentimientos por él ante Stacey. Mi enamoramiento de casi toda una vida había sido algo que mantenía cerca de mi corazón, ocultándolo lo mejor que podía y protegiéndolo con mentiras. Pero Zayne se había desnudado por dentro, así que le debía lo mismo. –Tengo que confesarte algo –susurré. –¿Hum?

Encontrar el coraje seguía sin ser fácil. –Siempre he soñado que tú… me decías esas cosas, que me querías. –Todo mi ser ardía, pero me obligué a continuar. Pronuncié cada palabra con un susurro tembloroso–. Te he querido probablemente desde que comprendí la diferencia entre los chicos y las chicas. Sus brazos se tensaron a mi alrededor, y cuando habló su voz era áspera. –Eso parece mucho tiempo. –Lo es. –Una bola se formó en mi garganta y, por alguna razón, me entraron ganas de llorar–. Y ha sido muy difícil, ¿sabes? Tratar de no mostrarlo y de no sentir celos por culpa de Danika o cualquier otra chica que… –Nunca ha habido ninguna otra chica, bichito. Sus palabras tardaron unos pocos segundos en atravesar mi duro cráneo, y cuando lo hicieron me aparté y levanté la cabeza. –¿Qué has dicho? Esta vez fue su rostro el que se ruborizó. –Nunca he estado con nadie. –La boca me llegó hasta el pecho–. ¿Tienes que parecer

tan sorprendida? –Lo siento. Es solo que no puedo creer que no hayas… O sea, es que eres tú. Eres impresionante, y amable, y listo, y perfecto, y las chicas te comen con la mirada por dondequiera que vayas. Sonrió. –No he dicho que la oportunidad nunca se me presentara. Tan solo no he actuado nunca basándome en ella. –¿Por qué? Los ojos de Zayne se encontraron con los míos. –¿La verdad? –Asentí con la cabeza–. En realidad, al principio no sabía por qué no cuando…, bueno, cuando podría haberlo hecho. Era como si nunca me hubiera interesado lo bastante como para seguir adelante hasta el final. No fue hasta el último año que me di cuenta de la razón. –Hizo una pausa, y mi corazón volvió a aumentar la velocidad–. Era por ti. –¿Por mí? –Sí. –Tomó unos mechones de mi pelo y los retorció alrededor de dos de sus dedos–

. Llegaba hasta cierto punto y lo único en lo que podía pensar era en ti, y eso me parecía mal. Ya sabes, continuar con otra persona cuando me imaginaba estando contigo. Ay, Dios mío… El corazón me explotó en una pila pegajosa de Zayne, y partes de mi cuerpo se emocionaron por completo por el hecho de que hubiera estado imaginándome a mí, pensando en mí de esa forma desde hacía mucho más tiempo del que podía haber imaginado. Zayne colocó sobre mi hombro los mechones de pelo con los que había estado jugueteando y dejó que se desenredaran con lentitud. –Entonces, ¿qué vamos a hacer al respecto? Mi mente se volvió sucia del todo y comenzó a juguetear felizmente con la idea de

cómo podríamos rectificar nuestros problemas de virginidad, pero dudaba que fuera eso a lo que se refería. Después de limpiar las cosas más sucias de mi cerebro, abrí la boca, pero él me puso un dedo sobre los labios. –No tienes que responder todavía –dijo–. Sé que esto es difícil. Nada entre nosotros va a ser fácil, y sé que tienes muchos miedos. No quiero presionarte ni forzarte a nada, porque sé… –Hizo una pausa y asintió con la cabeza como si se estuviera obligando a decir algo–. Sé que él todavía te importa. Roth. Me aparté. –Yo… –Lo sé –dijo con tono solemne–. No es algo que me guste decir en voz alta, ni pensar siquiera, pero lo sé. Compartiste… compartiste muchas cosas con él, y él estuvo ahí cuando yo no. Sabía que estaba pensando en la noche en que Petr me atacó, cuando había tratado de llamar a Zayne y él no me había respondido porque estaba enfadado, y porque estaba con Danika. Todavía no se había perdonado por ello.

–Zayne, lo de aquella noche no fue culpa tuya. –Debería haber respondido al teléfono, pero esa no es la cuestión. Él ha estado ahí para ti y te ha aceptado tal como eres. Otra cosa que yo no siempre he hecho demasiado bien. –Me pasó un dedo por la mandíbula y después bajó la mano–. En cualquier caso, sé que todavía tienes sentimientos hacia él, pero tan solo digo que podemos darle una oportunidad a esto…, que podemos darnos una oportunidad. Mi corazón trastabilló y después se aceleró. Zayne tenía razón. Por mucho que odiara admitirlo, todavía tenía sentimientos hacia Roth, pero… pero estaba Zayne, y también estaba nuestro historial juntos. Estaban todos esos años idolatrándolo y soñando con él. Estaba todo lo que acababa de decirme. Y también estaba todo lo que sentía por él. Cómo deseaba cada día que llegara el momento de verlo. Cómo me hacía sonreír con las miradas más simples y cómo anhelaba el contacto más breve, o ser capaz de besarlo. Siempre había habido algo entre nosotros; tan solo era que siempre había creído que era solo por mi parte. Sonrió un poco.

–Así que creo que deberíamos tomárnoslo con calma. –¿Con calma? ¿Más calma que desnudar mi pecho y sentarme en su regazo? –Sí, como tener una cita o algo así. ¿Qué te parece eso? Mi primer impulso fue decir que no. Había demasiado riesgo… y si era sincera conmigo mismo, estaba asustada, aterrorizada de conseguir por fin algo que siempre había querido. ¿Y si no funcionaba por cualquiera de los millones de razones por las que no podría funcionar? ¿Y si acababa en decepción y destruía nuestra amistad? ¿Y si Zayne perdía el alma por mi culpa? Había demasiados riesgos, pero mientras el corazón me daba un vuelco me di cuenta de que, mitad demonio o no, la vida estaba llena de riesgos, y estaba cansada de no vivirla; de no intentarlo. Una cita no podía ser nada tan malo, ¿verdad? Lo miré fijamente mientras mis labios se extendían en una amplia sonrisa. –¿Qué te parece ir al cine? Zayne se quedó levantado la mañana siguiente después de volver de cazar y me

llevó al instituto. Para el clan, aquello no parecía fuera de lugar, y lo más probable era que Nicolai estuviera encantado de liberarse de la tarea. Las cosas eran normales entre nosotros. Se metía conmigo. Hacía que me ruborizara. Hizo que me entraran ganas de pegarle en algún momento del trayecto. Y cuando llegué al instituto, su forma de inclinarse hacia mí y darme un dulce beso en la mejilla me hizo desear poder darle un buen beso de despedida. No estaba segura de cuál era nuestra relación. ¿Estábamos saliendo? ¿Éramos novios? No habíamos establecido nada parecido, y probablemente fuera lo mejor por el momento. A pesar de querer arriesgarme, no estaba segura de que pudiéramos seguir adelante. O de si intentarlo me convertía o no en la persona más egoísta del mundo. En cualquier caso, tenía una sonrisa estúpida en la cara mientras entraba en el edificio. Cuando había despertado por la mañana, todos los conflictos a los que nos enfrentábamos parecían más manejables, como si todos los problemas estuvieran bañados en purpurina.

Solté una risita, y me gané una mirada extraña de la chica que caminaba junto a mí. Oh, vaya. Doblé la esquina y pasé junto a la vitrina de trofeos todavía vacía cuando una familiar cabeza cobriza apareció. Con una escoba en una mano, Gerald me hizo un gesto con la otra para que me acercara. Pasé junto a un grupo de chicas y me dirigí hacia él. –¿Va todo bien? Él asintió con la cabeza y mantuvo la voz baja. –Se ocuparon del problema en el sótano del instituto. Lo limpiaron todo, e incluso se libraron de la pringue. –Genial. Me aliviaba oír eso. Zayne se había marchado la noche anterior para encontrarse con los demás, pero no habíamos hablado del tema por la mañana. La piel que rodeaba sus ojos se arrugó mientras echaba un vistazo a nuestro alrededor. –También quería darte las gracias. –¿Por qué? –Por no decir nada sobre mí a los Guardianes –respondió, cambiándose la escoba de

mano–. Sé que no lo has hecho porque sigo vivo, y es algo que aprecio. –No pasa nada. No creo que fueran a tener ningún problema contigo, pero yo no me arriesgaría. Tal vez lo hubiera hecho unos cuantos meses antes, pero no entonces, y darme cuenta de eso mató parte de mi felicidad. Los ojos con un tinte cereza de Gerald miraron otra vez a nuestro alrededor, con nerviosismo. –¿Todavía tienes planeado visitar el aquelarre de Bethesda? –Sí. Estábamos comenzando a recibir algunas miradas extrañas por parte de los estudiantes. Y los profesores. Desde donde nos encontrábamos, podía ver a Stacey esperándome junto a mi taquilla, al lado de un Sam de aspecto perplejo. Su expresión básicamente lo decía todo. Las cejas de Gerald se arrugaron por la preocupación. –Me gustaría que lo reconsideraras. Tiene que haber otra forma. –Salvo que sepas de algún libro de Lilin para principiantes, no se me ocurre ninguna otra opción. –Aunque la verdad es que eso sería de mucha ayuda–. Mira, gracias por tu

preocupación, pero tengo que ir… –No lo entiendes. –Me rodeó la muñeca con la mano. El repentino puñetazo de miedo en las tripas me sacudió y, ahora que sabía que no venía de mí, era aún más perturbador–. Pareces una buena chica a pesar de todo, pero a veces, niña, si vas haciendo preguntas puede que no te gusten las respuestas que encuentres. Me soltó la mano antes de que pudiera apartarme. Mientras se giraba, dirigió una larga mirada hacia mi taquilla y después se apresuró a volver al cuarto de la limpieza. Vale. Aquello era extraño, y probablemente más de lo que era típico en un brujo. Sacudí la cabeza y me di la vuelta. Stacey me observaba con curiosidad mientras me abría camino entre la marea de estudiantes. –¿Ahora quedas con los conserjes? –¿Le estabas dando la mano? –preguntó Sam. –Callaos –dije–. Los dos. Ella me hizo un corte de mangas y sonrió cuando puse los ojos en blanco. –¿Qué pasó contigo ayer? Por favor, no me digas que saliste corriendo con Roth. Bueenoo…

–Nah, tan solo me fui a casa. No me sentía bien. Ya sabes que… –Incliné la cabeza hacia un lado, frunciendo el ceño. Parecía haber algo diferente en Sam. No era su pelo, aunque parecía que por una vez se había peinado las indomables ondas. Entonces lo comprendí–. ¿Dónde están tus gafas, Sam? –Las ha perdido –respondió Stacey mientras bajábamos por el pasillo–. ¿A que está muy bueno? –Claro que sí. –Sonreí–. Pero ¿ves bien sin ellas? –Estaré bien. –Se metió con facilidad en el flujo de tráfico–. Pero ¿por qué estaba el conserje agarrándote la mano de ese modo? Daba un poco de mal rollo. –Me ayudó ayer cuando me sentía mal. –La mentira llegó a mi lengua con demasiada rapidez–. Tan solo me estaba dando la mano. El aroma dulce y salvaje anunció la cercanía de Roth. Eché un vistazo por encima del hombro. Estaba bajando por el centro del pasillo, mirando el móvil que llevaba en la mano con el ceño fruncido. Ni siquiera miraba adónde iba, pero la gente se apartaba de su camino.

Levantó la mirada, que impactó con la mía. Había una débil sombra azul en su mandíbula, señal de que un Guardián le había dado un buen puñetazo. Aparté la vista con rapidez, maldiciéndome entre dientes por la retorcida sensación de culpa. Dos segundos después pasó junto a mí. –Buenos días, damas y caballero. –Hola –dijo Sam con una sonrisa–. Tengo que ir a clase. ¿Nos vemos en la comida? Lo observé mientras giraba sobre sus talones y desaparecía por el pasillo. Roth hizo lo mismo que yo. Había una sonrisa extraña en su boca. –¿Nuestro pequeño Sam se está convirtiendo en un chico mayor? –¿Qué? –pregunté. –No sé. –Se encogió de hombros y se giró hacia Stacey–. No lleva gafas. Hoy se ha vestido como si su madre no le hubiera elegido la ropa y lo estás mirando como si quisieras tener bebés gafotas con él. Las mejillas de Stacey se volvieron de un rojo brillante, pero soltó una risita. –A lo mejor es lo que quiero. –Oh. –Los ojos de Roth se ensancharon–. Qué sucia. Además de los comentarios sobre hacer bebés, Roth estuvo bastante apagado

en clase. No se dio la vuelta para molestarme ni se reclinó en la silla de forma que sus brazos quedaran descansando sobre mi mesa. Era… diferente. Como siempre, Bambi estuvo inquieta durante la clase y comenzó a crear un mapa invisible de mi cuerpo. Para cuando terminó la hora, no podía esperar para salir. La campana sonó y el sustituto encendió las luces. –Recordad –dijo, pasándose una mano por la cabeza y agarrándose la nuca mientras miraba su agenda–. Hay un examen en el calendario… Un grito amortiguado cortó sus palabras, y entonces se giró hacia la puerta cerrada. Después hubo gritos más altos, estridentes y horrorizados, que venían desde el pasillo de fuera de la clase. Todos a una, nos pusimos en pie y nos movimos con nerviosismo. Roth se dirigió hacia la puerta mientras los gritos se intensificaban. –¿Qué está pasando? –susurró Stacey. –Creo que deberíamos quedarnos en el aula –dijo el señor Tucker, tratando de interceptar a Roth, pero este era rápido y la mitad de la clase lo estaba siguiendo–. No

sabemos lo que hay ahí fuera. Venga. ¡Todo el mundo de vuelta a su asiento! Era imposible. Hubo una pequeña congestión en la puerta, y después todos salimos al pasillo abarrotado. Stacey se aferraba a la parte trasera de mi jersey. El pasillo había quedado en silencio hasta el punto de poder oír el estornudo de un saltamontes, y de algún modo aquello era peor que los gritos. Me abrí paso entre la multitud, siguiendo la espalda de Roth. Tenía los hombros rígidos de una forma antinatural. Llegué hasta él, que me miró por encima del hombro y negó con la cabeza. Mi mirada fue más allá, hasta el claro casi circular en medio de la marea de estudiantes, un vacío roto por dos piernas de un gris apagado que se balanceaban con lentitud de atrás hacia delante. –Ay, Dios mío –susurró Stacey. Levanté la mirada y me llevé una mano al pecho. Al principio fue como si mi mente se negara a reconocer lo que estaba viendo, pero la imagen no desapareció. No cambió. En mitad del pasillo, colgado de una de las luces con el estandarte rojo y dorado del instituto alrededor del cuello, se encontraba Gerald Young.

Capítulo veinte Con la policía y el trauma, el instituto cerró temprano ese día. Mi llamada despertó a Zayne, pero en cuanto le conté lo que había pasado se levantó y salió de la casa. No más de veinte minutos después de que los agentes comenzaran a dejar salir a los estudiantes, me encontré sentada en un pequeño reservado de una pastelería que había bajando la calle… con Zayne y Roth. No éramos los únicos del instituto que se hallaban allí; Eva y Gareth también estaban. Se habían sentado en una mesa de estilo bistró, bajo una imagen enmarcada de un pan horneado. Gareth estaba encorvado sobre la taza que tenía entre las pálidas manos; sus hombros eran más delgados de lo que recordaba y su pelo, una maraña grasienta. Parecía estar colocado, pero era lo suficientemente consciente como para no volver a interferir.

Partí mi galleta por la mitad, pero por una vez no había nada en esa delicia azucarada que me llamara. Apenas conocía a Gerald y solo lo había visto por primera vez en toda mi vida el día anterior, pero era como con el miembro de la Iglesia de los Hijos de Dios. Ver la muerte nunca era fácil, sin importar la relación o falta de ella con alguien. –A lo mejor Gerald sí que se suicidó –sugirió Zayne, atrayendo mi atención al problema que teníamos entre manos–. Por triste que sea, quizá sea así de simple. Roth jugueteó con la tapa de su chocolate caliente. Por alguna razón, la idea de que un demonio –el Príncipe Heredero del Infierno– bebiera chocolate caliente curvó mis labios en una sonrisa irónica. –No lo sé. ¿Por qué iba a hacer eso, sobre todo en mitad del pasillo? Menuda forma de matarse. –Pero en realidad no lo conocías, y Layla tampoco. –Los chicos mantenían una conversación civilizada de verdad–. Tan solo habéis hablado una vez con él. –Dos, en realidad –dije, rompiendo otro pedacito de mi galleta–. Hoy me paró de camino a clase para darme las gracias por no haber hablado de él con los Guardianes.

–Eso no suena como algo que diría alguien antes de colgarse con el estandarte del instituto –señaló Roth mientras se reclinaba contra el reservado. Puso un brazo sobre el respaldo–. ¿Por qué iba a darle las gracias a Layla por no poner su vida en peligro si estaba a punto de matarse de todos modos? –¿Dijo algo más? Asentí con la cabeza. –Mencionó el aquelarre de Bethesda, y me dijo que tuviera cuidado. –Me sacudí las miguitas de las manos–. Dijo algo en plan de que igual no nos gustaban las respuestas a nuestras preguntas. Era casi como si supiera algo, pero tuviera demasiado miedo para decirlo. Roth frunció el ceño mientras que me observaba. –¿Puede que alguno de los miembros del aquelarre lo encontrara? –La pregunta no estaba dirigida a nadie en particular–. ¿O puede que fuera el Lilin? –¿No lo habrías sentido si hubiera brujos por ahí? –preguntó Zayne. El demonio negó con la cabeza. –Utilizan encantamientos para bloquearnos, al igual que hacen con los Guardianes. Y

no sabemos suficiente sobre los Lilin como para suponer siquiera si los sentiría o no. Me recosté en mi asiento y crucé los brazos sobre mi estómago, notando un repentino escalofrío que me recorría la piel. –Casi parece como si fuera un mensaje. Zayne se volvió hacia mí. Habían aparecido unas sombras bajo sus ojos, y me di cuenta de que no había descansado demasiado. –No me gusta lo que estás sugiriendo. –Pero tiene sentido –replicó Roth. –Lo conocemos ayer, nos cuenta lo que es y dónde podemos encontrar más información sobre el Lilin, me hace una advertencia y menos de una hora después aparece colgado. –Respiré hondo–. Parece que el mensaje está muy claro: «Alejaos ahora mismo». Los ojos de Roth emitieron un destello. –Eso no va a pasar. –Por mucho que odie admitirlo, el aquelarre es la única pista que tenemos. – Zayne me puso el brazo por detrás y su calor corporal se expandió de inmediato. Sus dedos recorrieron los mechones sueltos de mi pelo en un gesto que parecía ausente–.

No hay nada en las calles. Siempre volvemos con las manos vacías. –Nosotros igual. –La mirada de Roth se dirigió hacia la mano de Zayne y permaneció allí–. ¿Alguna noticia sobre posibles muertes relacionadas con el Lilin? –Nada fuera de lo normal, pero ¿cómo podemos saberlo realmente? Un músculo comenzó a palpitar en la mandíbula de Roth, y aparté la mirada para centrarme en la galleta que aún no había probado. De repente hubo un fuerte golpe al otro lado de la pastelería. Cuando levanté la mirada, vi a Gareth de rodillas junto a la mesa en la que se había sentado. Eva se encontraba junto a él, rodeándole la parte superior del brazo con los suyos. Dos puntos rosados y brillantes aparecieron en sus mejillas mientras la mitad de la pastelería se paraba para mirarlos. –Venga ya –dijo, obligándose a curvar los labios sin pintar en una sonrisa–. Tienes que levantarte. Hice una mueca a causa de la vergüenza ajena. Eva no era una gran admiradora mía, pero observar eso me incomodaba. –Ese chaval necesita una intervención –dijo un hombre mayor en la cola, lo

bastante alto como para que Eva lo oyera. Las mejillas de la chica se ruborizaron aún más, pero Gareth volvió a soltar esa risita que hizo que un escalofrío me recorriera la piel. –Más bien una intervención demoníaca –murmuró Roth, observando la situación con evidente disgusto. Gareth se levantó, pero entonces volvió a tropezar y golpeó una mesa cercana. Las bebidas se derramaron y la gente se desperdigó. Una capa vidriosa cubrió los ojos de Eva. No podía quedarme ahí sentada más tiempo. –Muévete –dije, empujando ligeramente a Zayne. Este no se movió. –¿Por qué? –Es demasiado vergonzoso ver esto. Alguien tiene que ayudarla. Zayne me miró fijamente durante un momento y después suspiró. –Quédate quieta. Me aseguraré de que lo saque de aquí. –Gracias. Mientras Zayne se dirigía hacia allí para ayudarla, mi mirada cruzó la mesa. Era

imposible que no lo hiciera; podía sentir la intensidad en los ojos de Roth. Clavé los míos en los suyos. –¿Cómo te encuentras? –preguntó. La pregunta me tomó por sorpresa. No recordaba otra ocasión en la que me hubiera preguntado eso. –Estoy bien. –Está claro que la mañana no podía haber sido más divertida. Incómoda, dejé las manos sobre la mesa para evitar ponerme a juguetear con ellas. –No lo ha sido. –Y el tío que murió hace unas noches… –Un mechón de pelo negro azulado cayó sobre su frente, suavizando sus facciones–. ¿Cómo lo llevas? Apreté los labios y no respondí de inmediato. Zayne llevó a Gareth hasta la puerta. Esperaba que dondequiera que tuvieran que ir no se encontrara lejos, porque dudaba de que llegaran sin que Zayne tuviera que llevarlo en brazos. Cuando mi mirada volvió a Roth, este seguía esperando una respuesta. –De verdad espero que no te estés culpando –dijo, inclinando su cuerpo alargado

hacia delante–. Pero, conociéndote, lo más probable es que sí. –Bueno, le di un golpe con una Biblia. –El estómago me dio un vuelco al recordarlo–. Estoy segura de que podría haber manejado mejor la situación. –Pero tú no apretaste el gatillo. Y tampoco fuiste tú quien mató al tío. –Bajó la voz–. Fui yo. –Pero yo… Sus manos rodearon las mías, sobresaltándome. –No te llenes la cabeza de mierda. Ya tienes bastante de lo que preocuparte. Parte de la frustración que se abría paso en mi interior era mía, pero había un matiz afilado que no me pertenecía. Una perturbación que no podía entender del todo que venía muy profundamente del interior… de Roth. Cuanto más tiempo me sujetaba las manos, más claras se volvían las emociones, como nubes que se separaran para mostrar el sol. Y pisándole los talones a la frustración había otra emoción… similar a la que había sentido proveniente de Zayne. Solté aliento de forma brusca y comencé a liberar mis manos. Él no me soltó al principio, pero al fin cedió. Mis dedos se deslizaron fuera de los suyos, provocando una

serie de escalofríos que me subieron por los brazos. –¿Qué pasa? –preguntó con una mirada penetrante. Negué con la cabeza. –Nada. Roth no dijo nada más. Y yo tampoco. Más tarde aquel mismo día, observé a Izzy cambiando de una forma a otra mientras Drake se aferraba a la pierna de Jasmine. Ella se inclinaba de vez en cuando y le pasaba la mano perezosamente por los bucles rojizos mientras el niño se chupaba el pulgar. Izzy era tan hábil transformándose como dando guerra. Corría por el salón a toda velocidad, agitando un ala mientras la otra caía a un lado. Varias veces se lanzó al aire al acercarse a Drake, haciendo que este chillara de terror. Durante la mayor parte del tiempo yo estaba a salvo en una esquina del sofá, oculta en mi sudadera. Sentía como si la casa fuera un congelador, pero probablemente no sería lo mismo para Danika, que no dejaba de interceptar a Izzy cada vez que ella se lanzaba

hacia mí. Cuando se acercó la hora de la cena, me marché para ir arriba. Las cenas llevaban semanas siendo incómodas, y prefería ir después en busca de sobras que quedarme sentada mientras soportaba miradas de sospecha. Pasé junto a la cocina y miré a Morris en la isla. Estaba cortando verduras con la clase de cuchillo que haría las delicias de un asesino en serie. Levantó la mirada y su piel oscura se arrugó alrededor de los ojos mientras sonreía. Me saludó alegremente con el cuchillo. Si fuera cualquier otra persona me habría preocupado, pero le devolví el saludo y después subí la escalera. En el rellano superior, un extraño escalofrío me bajó por la columna vertebral. Me giré, esperando a medias ver a alguien fulminándome con la mirada desde el piso de abajo, pero no había nadie. Podía oír la risa distante de Izzy y los bajos gimoteos de Drake, pero la sensación seguía ahí. Me estremecí y metí las manos en los bolsillos de mi sudadera mientras negaba con la cabeza. Los eventos recientes me habían vuelto paranoica, y con

razón. Me giré y dirigí la atención hacia la puerta cerrada de Zayne. Se había ido a dormir al volver a casa después de ir a la pastelería, algo que necesitaba mucho. Sabía que se levantaría pronto para entrenar antes de ir a cenar. Fui con sigilo hacia la puerta y dejé el puño en el aire durante un segundo, pero por razones que probablemente jamás sabría la abrí sin llamar. No se encontraba medio desnudo en mitad de la habitación, ni donde le gustaba estar cuando entraba en sueño profundo, que era junto al gran ventanal. A algunos de los Guardianes les gustaba posarse en el tejado, como las gárgolas de piedra que adornaban las iglesias y los colegios, pero a Zayne no. Le gustaba esa ventana desde que podía recordar. Mi mirada fue hasta su enorme cama… y allí estaba. Las comisuras de mis labios se elevaron. Estaba despatarrado en el centro de la cama en su forma humana, tumbado boca abajo. Una sábana se hallaba envuelta alrededor de sus caderas y los músculos de su

espalda estaban relajados. Una mejilla descansaba sobre la curva de su codo y estaba mirando la puerta con los labios separados. Unas espesas pestañas acariciaban sus mejillas, unas pestañas que tenían que ser la envidia de cualquier anuncio de rímel. Cerré la puerta en silencio detrás de mí y me acerqué a la cama. Durmiendo, parecía mucho más joven de lo que era, tranquilo y, en cierto modo, vulnerable. Nadie que lo viera en ese momento se creería que podía ser tan peligroso y letal estando despierto. A sabiendas de que no debería estar ahí, me senté en el borde de la cama y mi mirada descendió por la línea de su columna vertebral. En realidad no sabía por qué había ido, pero lo único en lo que podía pensar era en lo que me había pedido. «Darnos una oportunidad.» El corazón me dio un vuelco. ¿De verdad podíamos hacerlo? Todavía no estaba segura de si intentarlo era en realidad lo correcto, pero no hacerlo era como dar la espalda a la historia que compartíamos. Mientras mis ojos se inundaban de toda la piel dorada a la vista, no pude evitar preguntarme si nos encontraríamos en ese momento

incluso si Roth jamás hubiera aparecido. Al pensar en él, unos nudos se retorcieron en mi estómago, una mezcla de dolor latente, el insulso mordisco de confusión… y culpa. Mis manos se cerraron con impotencia sobre mi regazo. Odiaba sentirme así; odiaba que Roth me siguiera afectando y que pudiera sentir culpa en nada de esto. Era él quien me había alejado…, quien me había empujado directamente hasta los brazos de Zayne. Que eran unos brazos muy bonitos, pensé mientras miraba sus bíceps. Me sentía como una completa acosadora. Sí, ya iba siendo hora de moverme. Comencé a levantarme, pero una mano me rodeó la muñeca. Con un jadeo, bajé la mirada hasta Zayne. Un ojo era visible, y una sonrisa adormilada tiraba de sus labios. –¿Adónde vas? La vergüenza me inundó. –¿Cuánto tiempo llevas despierto? –El tiempo suficiente para saber que me estabas comiendo con la mirada. –La sonrisa torcida se extendió–. Me siento como un trozo de carne. –Cállate.

–No he dicho que no disfrutara de la sensación. –Giró hacia un lado y me di cuenta de que las sombras oscuras bajo sus ojos habían desaparecido. Su mirada me recorrió la cara–. Me gusta despertarme y verte aquí. Una cálida sensación me atravesó zumbando como una abejita feliz y me hizo sentir inquieta. Mientras apartaba la mirada mi pelo se deslizó sobre mi hombro, ocultando mi cara. –¿Qué? –preguntó, soltando mi muñeca para levantar la mano y apartarme los mechones rubios. –No sé. –Eché un vistazo y me obligué a no dirigir la atención por debajo de su barbilla para no encontrar una distracción enorme–. Es solo que… no sé cómo actuar cuando tú eres tan… abierto con esto. Sus dedos se quedaron en mi pelo, deslizándose entre los mechones. –Actúa como has actuado siempre, bichito. Eso es lo que siempre me ha gustado de ti. –¿El hecho de que actúo como una idiota la mayor parte del tiempo? Sonrió.

–Sí. Se me escapó una risa mientras comenzaba a relajarme. Levanté las piernas y las crucé. Lo observé mientras colocaba el brazo más cerca de mí detrás de su cabeza. –Me gustaría haber sido más abierto sobre esto antes –admitió en voz baja–. No haber esperado tanto tiempo. A mí también me gustaría que lo hubiera hecho, porque entonces tal vez las cosas no serían tan confusas y complicadas. –Más vale tarde que nunca, ¿verdad? –preguntó, y cuando asentí con la cabeza él bajó los dedos por mi brazo. Incluso a través de la sudadera podía notar su tacto–. ¿Qué hay para cenar? –Creo que alguna clase de estofado o carne asada. –¿Vas a comer con nosotros? Me encogí con un solo hombro. –No sé. Me parece extraño hacerlo. –No es que nadie quiera que estés allí, Layla. No era esa la impresión que me daba a mí. Eché un vistazo al reloj de la pared.

–Probablemente debería ir yéndome. Tienes que… Zayne me atrapó el brazo y se giró con tanta rapidez que no había nada que pudiera hacer. De pronto quedé boca arriba, mirando unos ojos que relucían con malicia. Se quedó sobre mí, apoyando el peso sobre ambos brazos. –Y tú no tienes que irte –dijo. –¿No? –Hice la que seguramente fuera la pregunta más estúpida posible, pero la culpa no era mía. La sábana se había deslizado por sus caderas, y la verdad es que no sabía si llevaba nada debajo. –No. –Su sonrisa me produjo una presión en el pecho–. Vamos a acurrucarnos un rato. –¿Acurrucarnos? Solté una risita ante la imagen de una gárgola de dos metros acurrucándose. Él se rio. –Pensaba que a las chicas os gustaba acurrucaros. –No tengo forma de saberlo. No era cierto. Claro que me encantaba acurrucarme. Todas las veces que Zayne había dormido junto a mí, y también esa vez con Roth, lo único que habíamos

hecho era abrazarnos y hablar de nada importante. Tomé aliento con brusquedad y el estómago me dio un vuelco. No debería… No podía pensar en él en esos momentos. La sonrisa de Zayne flaqueó mientras sus ojos buscaban los míos. –A veces desapareces cuando estás aquí, y seguro que no quiero saber adónde vas. Contuve el aliento mientras mis pulmones se expandían. Quería decirle que no iba a ninguna parte, y que si lo hacía no debía preocuparse, pero eso sería una mentira y él lo sabría. Un lateral de sus labios se elevó. –Pero estás aquí. Así que eso significa más. –Así es. Y era cierto. Pasó un instante de pesado silencio entre nosotros, y entonces su mirada bajó hasta los labios y después más abajo, hasta la cremallera de mi sudadera subida hasta el cuello. Su sonrisa se extendió. –¿Tienes frío?

–La casa está helada –respondí, contenta por el cambio de tema. Pero entonces su mirada se elevó, y esos ojos eran eléctricos. Mi pecho se elevó cuando respiré hondo. –Debería prepararme –murmuró. –Deberías. –Pero es que quiero quedarme aquí tumbado sin hacer nada. Un cosquilleo comenzó en mis labios y bajó con un estremecimiento hasta los dedos de mis pies. –Eso es muy poco propio de un Guardián. –Si supieras mis pensamientos muy poco propios de un Guardián, probablemente saldrías corriendo. –Se fijó en mi brusca inhalación–. O tal vez no. Me picaban los dedos por las ganas de tocarlo, pero los mantuve a los costados. Zayne había sugerido que fuéramos con calma y nos diéramos una oportunidad, y eso probablemente no implicaba meterle mano. Pero era muy difícil. –¿Quieres entrenar un poco conmigo esta noche? –preguntó. –Sí. –Mi voz sonaba ronca–. Eso… eso estaría muy bien. –Muy bien. O puede que más que bien. Probablemente estaría genial…

Perdió el hilo de sus palabras y bajó la cabeza. Me encogí, apretándome contra el colchón como si este pudiera absorberme. –Zayne, no deberías estar tan… –No pasa nada. –Siguió moviéndose, acercándose más, sin ningún miedo y totalmente loco–. Te preocupas demasiado. –Estás loco. –Giré la cabeza, pero él me puso dos dedos sobre la barbilla y me la volvió a mover. Abrí mucho los ojos–. Loco de remate. –No. Es solo que confío en ti. –Apoyó la frente sobre la mía, y cada músculo de mi cuerpo se tensó–. ¿Ves? No me estás comiendo el alma ahora, ¿verdad? Mantuve la boca cerrada con fuerza. Había un débil ardor en mi garganta, y no confiaba en mí lo suficiente para hablar. Movió la cabeza y su nariz rozó la mía, una experiencia totalmente nueva con él. El corazón se me aceleró y latía tan rápido que iba dando traspiés. Zayne soltó un suspiro tembloroso. Cerré los ojos mientras las puntas de sus dedos recorrían mi mejilla y después bajaban, adonde mi pulso latía con rapidez. Si bajaba el cuerpo solo un poco, estaríamos apretados de todas las formas que harían que se me enroscaran los pies y se

me debilitaran las rodillas, y tenía la sensación de que descubriría enseguida si llevaba algo bajo la sábana. Ay, Dios, eso no era ni de coña lo que debería estar pensando. Me pareció oír que susurraba mi nombre, y después sentí un breve roce de sus labios, tan suave y rápido como el aleteo de unas alas, sobre los míos. Noté una oleada de aturdimiento que me atravesó robándome el aliento. Abrí mucho los ojos y Zayne levantó la cabeza. Había una pequeña sonrisa engreída en sus labios, y los míos… oh, los míos me cosquilleaban y vibraban del breve toque. –Hum… –murmuró, y sacó la lengua para pasarla por la marca de su labio superior–. Sigo aquí. Con el alma intacta. Fíjate tú. Estaba totalmente aturdida, más allá de la capacidad de hablar. En realidad no había sido un beso. Yo tenía los labios sellados, así que ni siquiera había sido un pico, pero Zayne… se había atrevido a poner los labios contra los míos. Se había arriesgado a ello; se había arriesgado a perder el alma por un breve roce de los labios. Entonces se estiró, me besó la frente y después se tumbó de costado. –Tengo que ir poniéndome en marcha ya, y tengo que cambiarme.

Sacó las piernas de debajo de la sábana y se puso en pie. Estaba totalmente desnudo. Total y completamente desnudo, y yo le estaba mirando el culo, que era muy firme y… –¡Dios mío! Echó un vistazo por encima del hombro, arqueó una ceja y su sonrisa pícara se volvió malvada. –¿Qué? –¿Qué? –Lo miré fijamente, pero entonces mi mirada descendió y mi cara ardió como el primer círculo del Infierno–. Ay, Dios mío –repetí mientras salía de la cama por el otro lado. Una risita trepó por mi garganta y quedó en libertad–. Estás totalmente desnudo. –¿En serio? –dijo con ironía mientras tomaba la sábana. Se giró ligeramente y… Dios santo, me di la vuelta con los ojos muy abiertos. Por todas las gárgolas, estaba… –¿Todo bien por ahí? –Sí –grazné, sintiendo que me ruborizaba por una razón totalmente distinta. Me giré

con lentitud. Él se rio y se rodeó la cintura con la sábana, cubriéndose las… cosas. –Voy a tener que quitarme esto otra vez para cambiarme. –Sus ojos bailaron con malicia–. No digo que tengas que marcharte, pero… –Me marcho. –Pasé disparada junto a la cama, con el pelo flotando detrás de mí. Cuando pasé junto a Zayne, él estiró el brazo y me tocó el culo. Di un respingo y lo fulminé con la mirada–. Eres muy malo. –Terrible. –Sonrió mientras retrocedía, con una mano sobre el nudo de la sábana–. Nos vemos ahora. Dije algo afirmativo y después salí volando al pasillo. Mi cuerpo entero estaba ardiendo mientras me llevaba una mano a los labios que todavía me cosquilleaban y la imagen del culo de Zayne se grababa en mis retinas. Tenía un culo genial. Y por lo que había visto, tampoco iba mal en ningún otro terreno. Solté una risita mientras giraba hacia la escalera y estuve a punto de estamparme contra Maddox. Él se detuvo en el escalón superior.

–Lo siento –murmuré. Tenía la expresión afilada, sin confiar en mí del todo, pero asintió con la cabeza. Mientras se apartaba a un lado para dejarme pasar, una oleada de irritación me subió por la espalda. ¿Le mataría decirme algo? Aquel Guardián nunca me había hablado. Ni una sola vez. Respiré hondo, moví el pie al escalón inferior y una bocanada de aire frío vino del pasillo que tenía detrás, agitándome el pelo y moviendo unos finos mechones alrededor de mi cara. Miré a la izquierda y lo único que vi fue la cara de Maddox blanca a causa de la impresión, y entonces cayó de cara por la empinada escalera. Bajé la escalera corriendo y gritando, e hice una mueca cuando su cabeza golpeó con fuerza el suelo de madera dura que había abajo. Llegué junto a él mientras sonaban pies de todas las esquinas de la casa. Yacía en un ángulo antinatural, con el brazo retorcido debajo de él y una pierna doblada por la rodilla. Me agaché.

–¿Maddox? No respondió.

Capítulo veintiuno Segundos después seguía sin tener ni idea de lo que acababa de suceder. Dez fue el primero en llegar junto a nosotros. Me puso una mano sobre el hombro y me apartó a un lado mientras se arrodillaba. –¿Maddox? –le dijo al Guardián pálido e inmóvil. Cuando no recibió respuesta, le puso una mano en el pecho–. Dios. Crucé los brazos. Sabía que Maddox tenía que estar vivo. Una caída no mataría a un Guardián, pero en su forma humana eran susceptibles a los daños, incluso a los graves. –¿Cómo ha pasado esto? –me preguntó mirando por encima del hombro. Negué con la cabeza. –No lo sé. Estaba subiendo la escalera y entonces se cayó hacia atrás. Zayne bajó la escalera, vestido solo con un pantalón de chándal holgado. –¿Qué demonios?

–Se ha caído –expliqué débilmente. –¡Jasmine! –gritó Dez mientras se levantaba. En cuestión de segundos esta llegó y abrió mucho los ojos. Se giró hacia Danika y le entregó a Drake. –Saca a Izzy y a Drake de aquí –dijo, girándose hacia Maddox. Danika asintió con la cabeza y echó un vistazo adonde estábamos Zayne y yo. Se giró y se apresuró a llevarse a Drake por donde habían venido. Una puerta se cerró con suavidad. Mientras Jasmine se arrodillaba al otro lado de Maddox y colocaba unos dedos esbeltos sobre su cuello, llegaron los demás. En cuanto oyeron que Maddox se había caído por la escalera, Abbot se giró hacia mí. Me encogí, dándome cuenta de que estaban a punto de crucificarme. –¿Dices que se cayó? –preguntó Abbot, y su voz sonaba incrédula mientras pasaba junto a las piernas boca abajo de Maddox–. ¿Esperas que yo o alguno de nosotros te crea? Al menos esa vez había ido al grano.

–¡Sí! Se cayó y ya está. No sé si perdió el equilibrio o… Espera, hubo una ráfaga de aire frío justo antes de que se cayera. –Y ahora que lo decía en voz alta, sabía que no era la primera vez–. Pasó lo mismo con las ventanas. Hubo una ráfaga de… –¿De viento? –terminó Abbot, dudoso–. ¿Dices que el aire era tan fuerte como para romper unas ventanas o tirar a un Guardián de cien kilos por la escalera? Y eso si usáramos el aire acondicionado en esta época del año, cosa que no hacemos. –Vale. Sé que suena ridículo, pero no estoy mintiendo. Zayne avanzó hasta donde me encontraba. –No tiene razones para mentir, padre. Si dice que se cayó, es que se cayó. –Tiene todas las razones para mentir –escupió él, y yo me puse pálida–. Una vez, vale, pero ¿esto? –Hizo un gesto hacia Maddox–. Uno de los nuestros, un invitado de nuestro clan, ha sido herido, y otro ha desaparecido. Me puse rígida ante la implicación, aunque la última había dado bastante en el clavo. Zayne dio un paso hacia delante y me tapó. –¿Qué estás diciendo? –Chicos –intervino Jasmine–. Tengo que mover a Maddox para ver mejor sus

heridas. Ahora mismo parece que solo ha perdido el conocimiento. Igual se ha roto el brazo o tiene una grieta en el cráneo, que sanará. Pero necesito ayuda para moverlo. Zayne y Abbot, que estaban enfrascados en una épica batalla de miradas, no parecieron oírla. Dez asintió con la cabeza mientras se movía para ponerse ante los pies de Maddox. –¿Nicolai? ¿Puedes sujetarle los brazos? Mientras Nicolai obedecía, Abbot miró a su hijo. –No hay forma de que crea que ha perdido el equilibrio y se ha caído, ni tú tampoco. Los Guardianes normalmente eran un poquito más gráciles que eso, pero no había otra explicación…, aparte de ese extraño viento. –¿Estás sugiriendo que Layla lo empujó? –lo desafió Zayne mientras los músculos de su espalda se tensaban–. Porque eso es una estupidez. Abbot avanzó hacia Zayne hasta ponerse cara a cara con él, y el corazón me dio un vuelco. –Vigila cómo me hablas, chico. Soy tu padre. Tuve la salvaje necesidad de reír mientras imaginaba el casco de Darth Vader

descendiendo sobre la cabeza de Abbot. Por suerte no lo hice, porque aquello desde luego no habría ayudado. Geoff avanzó hacia nosotros. –¿Podría sugerir algo? –Cuando Abbot asintió bruscamente con la cabeza, continuó– : Lo que quiera que pasara habrá sido grabado en vídeo, al igual que las ventanas. Dirigí la mirada hacia él con brusquedad. ¿Por qué no había pensado yo en ello? –Entonces, ¿visteis el vídeo? ¿Qué mostraba? –Las ventanas explotando, al parecer por su cuenta –replicó Geoff. Zayne levantó la barbilla. –Pues vamos a ver los vídeos entonces. No estaba segura de cuánto ayudaría, teniendo en cuenta que ya habían visto un vídeo en el que yo no hacía nada, pero fuimos al centro de mando. Cerca de las salas de entrenamiento siempre había varios grados menos que en el resto de la casa, pero ese día parecía como si hubiera la misma temperatura que en los pisos superiores mientras bajábamos el pasillo estrecho y poco iluminado. Permanecí cerca de Zayne, sabiendo que no debía decir gran cosa en esos

momentos. Abbot irradiaba furia en oleadas que llenaban el pasillo. Incluso Bambi, que había estado relativamente sedentaria, estaba inquieta y se deslizó por mi estómago. Zayne emanaba tensión mientras se quedaba cerca de mí. No habló mientras entrábamos en el hogar de Geoff lejos del hogar. La sala de mando era una habitación circular que quedó abarrotada con rapidez cuando entramos en ella. Los monitores cubrían la mitad de la pared y la otra sección estaba llena de pósteres de grupos antiguos, desde Bon Jovi, Pink Floyd y AC/DC hasta Aerosmith. Algunos de ellos parecían auténticos de la época y tenían los bordes arrugados. Era extraño ver ese pequeño vistazo de la personalidad de Geoff mezclado con esa seguridad de nivel extremo que daba muy mal rollo. Geoff caminó hasta uno de los ordenadores y sus dedos bailaron sobre las teclas. La pantalla se centró en la escalera y el rellano ahora vacíos, comenzó a retroceder con rapidez y se paró justo cuando yo aparecía… tocándome los labios con los dedos. Qué bien.

Exhalé con suavidad, levanté la mirada hasta Zayne y él me miró. Uno de los laterales de sus labios se curvó mientras un brillo cómplice aparecía en sus ojos. Suspiré. Me volví hacia el vídeo mientras Maddox aparecía en la pantalla. No había sonido, pero se lo veía apartándose de mi camino. La cámara no mentía, y la mirada de desconfianza que me lanzaba era inconfundible. La habitación quedó en silencio mientras el monitor revelaba exactamente lo que les había dicho. Por la posición de la cámara, quedó claro el momento en que sentí la ráfaga de aire. Mi pelo, que parecía blanco en la cámara, se agitó como si hubiera caminado delante de un ventilador. La cámara captó cómo se ensanchaban los ojos de Maddox y su boca ligeramente abierta el segundo antes de caer. De lo que no me había dado cuenta cuando pasó fue de que, cuando Maddox cayó, no golpeó los escalones. Salió volando por el aire, sin golpear nada hasta alcanzar el suelo. Como si se hubiera tirado hacia atrás. O hubiera sido empujado por una gran fuerza. –Como podéis ver, no lo toqué –dije, levantando la mirada hacia donde Abbot se

encontraba junto a Geoff–. No he hecho nada. Un músculo se tensó en su mandíbula mientras observaba a Geoff parar la grabación. –No hay forma de negarlo. –Zayne cruzó los brazos por delante de su ancho pecho– . No ha mentido. –Pero lo estaba mirando –replicó Abbot, girándose hacia nosotros. Levanté las cejas. –Salvo que haya desarrollado algún poder superguay sin darme cuenta, mirarlo no lo ha lanzado por la escalera. Dirigió la mirada hacia mí y noté una presión en el pecho. Su forma de mirarme, como si fuera una loba entre las pobres ovejitas que se encontraban bajo su protección, fue un gran golpe. No ocultaba su desconfianza abierta, y no comprendía de dónde venía. Sí, le había mentido, pero él me había mentido sobre cosas más grandes e importantes, como quiénes eran mis padres, para empezar. No siempre había sido así. Odiaba la abrasadora oleada de lágrimas que calaba el fondo de mi garganta. Era una debilidad llorar, pero dolía darme cuenta de que Abbot ya

no me veía como parte de su familia. Aquello estaba muy claro. Zayne estaba hablando, pero no le prestaba ninguna atención. Lo que quiera que dijera, probablemente en mi defensa, enfadó a su padre. –No sabemos de lo que es capaz realmente –replicó él–. Dudo que ella misma lo sepa. La furia fue como una inyección de acero en la columna de Zayne. –¿Cómo que no lo sabemos? Sé de lo que es y de lo que no es capaz. ¿Cómo puedes pensar diferente tú? Su forma seria y firme de defenderme, a pesar del obvio disgusto que estaba creciendo entre él y su padre, me hacía sentir como si una mano me hubiera atravesado el pecho para cerrarse alrededor de mi corazón. Abbot juró entre dientes, y cuando habló fue como si yo no estuviera en la habitación o no le importara que estuviera. –Tienes que ver más allá de tus sentimientos, hijo. Ya no es la niña pequeña y asustada que traje a casa. Cuanto antes lo entiendas, mejor. Tomé aliento mientras la quemazón avanzaba hasta mis ojos ardientes. Salvo porque eso era una clase de fuego diferente, causado por un enloquecedor torrente de

emociones. Sentí escalofríos que hicieron que Bambi se moviera por mi espalda, y la necesidad de alimentarme me golpeó en las tripas. Geoff frunció los labios y apartó la mirada mientras Zayne miraba fijamente a su padre con la boca algo abierta, como si no pudiera creer lo que acababa de decir. La humillación se mezcló con el dolor profundo hasta el alma. Tomé aliento, pero no confiaba en mí misma para hablar. –Entonces, ¿qué soy? –Abbot me miró, pero no respondió. La voz me tembló al continuar–. ¿Por qué dejas siquiera que me quede aquí? Hubo un momento de silencio, y entonces Abbot apartó la mirada. Un pesado suspiro lo recorrió. –La verdad es que no lo sé. Hice una mueca mientras Zayne avanzaba hacia su padre, con los ojos emitiendo un brillo de un cobalto reluciente y antinatural. –¿Cómo puedes decir eso siquiera? Incapaz de quedarme ahí plantada y no hacer algo de lo que fuera a arrepentirme, como romper a llorar o pegarle una patada en el estómago a Abbot, me giré con rapidez

y salí del centro de mando. Notaba un cosquilleo en las manos mientras las cerraba en puños. Estaba respirando demasiado rápido…, dos inspiraciones, una espiración. ¿Cuándo le había llegado a caer tan mal a Abbot? Me di cuenta mientras cruzaba la sala de entrenamiento, y me detuve de pronto. Hacía un tiempo que no confiaba en mí, pero esa desconfianza había sido más pronunciada desde el momento en que Roth regresó y soltó la noticia de que había nacido un Lilin. –Layla. Agarré la puerta de la taquilla y contuve un gruñido ante el sonido de la voz de Roth. Aunque no quería reconocer su presencia, estaba apoyado contra la taquilla que había junto a la mía. No estaba de humor para ocuparme de él, ni de broma. –¿Qué? –Parece que estás hecha una mierda. Metí dentro el montón de libros. –Gracias. –También parecía que fueras a quedarte dormida en clase de Biología. –¿En qué me diferencia eso del resto de la clase?

Soltó una risa oscura. –Eso es cierto. –Se detuvo mientras un alumno de segundo se acercaba a su taquilla, que era esa en la que Roth había puesto el culo. El chico se detuvo y Roth levantó una ceja. Entonces el chico giró sobre sus talones y se alejó. Roth sonrió mientras inclinaba la barbilla hacia mí–. ¿No dormiste mucho anoche? Tras todo lo que había sucedido el día anterior, no había sido fácil dormir. Negué con la cabeza mientras buscaba mis libros de la tarde. –¿Es que el Rocoso te mantuvo despierta hasta tarde, susurrando pensamientos inocentes y puros en tu oído? Puse los ojos en blanco ante la burla que emanaba de su voz. –Eh. No. Se movió y puso su cuerpo en ángulo hacia el mío. –¿Te mantuvo despierta susurrándote todas las cosas traviesas que quiere hacerte? Exhalé profundamente y me giré por fin hacia él. Su pelo era una masa de bucles color azabache y la camiseta gris que llevaba se tensaba sobre su pecho. Tenía los vaqueros bajos en las caderas, rotos en ambas rodillas. Era la imagen de la perezosa

arrogancia. –Supongo que tampoco habrá hecho eso. Es demasiado bueno para esa clase de cosas sucias. –Se toqueteó la barbilla con el dedo, pensativo, y me di cuenta de que llevaba la uña pintada de negro–. Probablemente se acurrucara contigo. Zayne había hecho más o menos eso conmigo antes de que Maddox cayera por la escalera, pero no había habido nada de puro en ello. –¿Por qué quieres saber lo que está pasando entre Zayne y yo? No es asunto tuyo. Elevó un hombro. –Tan solo tengo curiosidad. –Como no respondí, suspiró–. Entonces, ¿qué es lo que te pasa hoy? ¿Es por lo que le pasó a nuestro amable vecino el brujo? ¿O es otra cosa? Hice una mueca ante su actitud indiferente. –Eso y que anoche… ¿En qué estaba pensando contándole nada siquiera a Roth? ¿Es que teníamos una banderita blanca de la amistad o qué? –¿Anoche qué? Con un suspiro, me pasé una mano por el pelo. La necesidad de dar voz a lo que me

atormentaba era demasiado fuerte. No podía hablar con Stacey de esas cosas y no quería meter a Zayne más de lo que ya lo estaba por el simple hecho de defenderme. –Abbot piensa que soy la encarnación del mal. Sus cejas se elevaron y desaparecieron bajo su pelo. –¿Qué? –¿Versión resumida? Han estado pasando algunas cosas extrañas en casa. Las ventanas explotaron, y después uno de los Guardianes se cayó por la escalera. –Me aparté el pelo hacia atrás, más que cansada–. Unido al hecho de que Tomas, a quien Bambi se comió, sigue desaparecido, Abbot piensa que yo estoy detrás de todo. Roth frunció el ceño. –¿Y por qué piensa que tienes nada que ver con eso? Esperé hasta que un pequeño grupo de personas que iban hacia la cafetería pasara junto a nosotros antes de continuar. –Porque yo estaba presente cuando se rompieron las ventanas y cuando Maddox se cayó por la escalera. No sé por qué me atribuye lo de Tomas a mí. –¿Hiciste tú esas cosas? –preguntó. –¿Qué? –Levanté las manos–. No. Yo no he hecho nada. Incluso lo tienen

grabado. –Fruncí el ceño, un poco paranoica–. ¿Por qué me preguntas eso? –¿Por qué no iba a preguntar para asegurarme? Has dicho que no has sido. Hay pruebas de que no has sido, entonces, ¿por qué sigue pensando que tú estás detrás? Y ahí estaba la parte que me había tenido moviéndome y dando vueltas toda la noche. –Abbot piensa que no saben de lo que soy capaz. Que tengo superpoderes y que he hecho todo eso con un solo pensamiento, supongo. –Eso sería una habilidad genial…, una habilidad muy demoníaca. Una de Nivel Superior, para ser exactos –dijo él con una sonrisa. Una habilidad de Nivel Superior… Dios mío, eso era lo que Zayne y Danika habían dicho sobre mí, pero con toda la locura me había olvidado de ello. –Oye. –La voz de Roth se suavizó–. Layla, no lo decía en serio. Levanté la mirada hasta la suya y vi la verdad en sus ojos. Mi corazón se aceleró. Estaba… estaba mintiendo. Lo sabía en lo más profundo de los huesos. Las palabras salieron en un susurro. –Abbot piensa que soy malvada.

Roth se apartó y se enderezó. Cuanto más tiempo permaneció en silencio, más crecieron los nudos de intranquilidad en mi estómago, hasta convertirse en bolas de plomo. –Sáltate las clases conmigo. Pestañeé. –¿Qué? –Sáltate las clases conmigo –repitió. Aquello no era en absoluto lo que esperaba que dijera. –Voy a ir a comer. –O puedes venir a comer conmigo. Negué con la cabeza. –Esa no es una buena idea. –¿Por qué no? –La sonrisa diabólica regresó, dando un encanto masculino a sus facciones–. ¿Es que el Rocoso no lo aprobaría? –Eso era quedarse muy corto–. ¿O es que te preocupa que Abbot no lo apruebe? –Bajó la cabeza hasta la mía y su aliento bailó sobre mis labios–. ¿Piensa que eres malvada? A la mierda. Pórtate mal. –No sé cómo portarme mal va a ayudar en nada. –Va a ayudar. Créeme. –Estiró el brazo para bajar el asa de mi mochila por mi

hombro y después la metió en la taquilla–. Ven a portarte mal conmigo. Di un paso hacia atrás y negué con la cabeza. –Eso no va a pasar. –No estoy sugiriendo que vengas a acostarte conmigo, Layla. –Mientras me ruborizaba hasta la raíz del pelo, él hizo un mohín con los labios–. En realidad, esa no es una mala idea, pero no es lo que estoy diciendo. –Lancé una mirada dudosa en su dirección. Él cubrió el espacio que nos separaba y curvó las manos alrededor de la parte superior de mis brazos–. Prometo tenerte de vuelta antes de que el Rocoso venga a recogerte. Usaré mi asombrosa habilidad y nadie se dará cuenta. Te lo prometo por mi honor de boy scout. –Tú nunca has sido un boy scout. Sus labios se curvaron. –Ah, eso es cierto, pero vamos. ¿Qué daño puede hacerte? Somos amigos, ¿verdad? Como dos guisantes demonio en una vaina demoníaca. –La necesidad de reírme de él era poderosa, pero me resistí porque sabía que solo alentaría al muy imbécil–. Mira, hay algo que quiero enseñarte. –Levanté la ceja y él hizo una mueca–. No son mis

partes masculinas, pequeña pervertida. –¿Tus «partes masculinas»? –Se me escapó una risa–. Qué raro eres. –Pero estabas pensando en mis partes masculinas. Dos puntos de calor florecieron en mis mejillas. En ese momento sí. –No es verdad. Sonrió. –Por cierto, mis partes masculinas son una gran parte. Solo para aclararlo. –Ay, Dios mío… –Venga. Hay un lugar que creo que necesitas ver para ayudarte a poner todo esto en perspectiva. Verás que ser mala no es malo en absoluto. Venga, enana –me provocó, con los ojos centelleando como dos trozos de topacio–. Sáltate las clases conmigo. Lo de saltarme las clases sonaba bien. Y había una saludable dosis de curiosidad en lo relativo a lo que quisiera que pudiera enseñarme que fuera a cambiar mi perspectiva, pero irme del instituto con él era una estupidez, seguro que saldría fatal, y Zayne…, bueno, no le haría ninguna gracia. Pero Roth era como un pequeño diablillo sobre mi hombro, urgiéndome a portarme

mal y disfrutar cada maldito momento. Salvo porque no era un pequeño diablillo. Era el Príncipe Heredero del Infierno. El sentido común pareció tirarse por la ventana y caer de cara al cemento que había debajo, porque me encontré asintiendo con la cabeza y diciendo: –Está bien.

Capítulo veintidós Miré fijamente el monstruo de metal que tenía enfrente y me obligué a dirigir la mirada con lentitud al lugar donde se encontraba Roth. Eso de «portarme mal» ya estaba siendo una idea horrible. –¿Desde cuándo has empezado a montar en moto? –Esta no es una moto cualquiera, enana. Es una Hayabusa, uno de los cohetes más rápidos de la carretera. –Me tendió un casco–. Toma. Eché un vistazo a la moto plateada y roja. Apenas había espacio para dos personas sobre ella.

–Venga ya. –La correa traqueteó sobre el casco mientras lo agitaba hacia mí, impaciente–. Tenemos que ponernos en marcha antes de que el de seguridad decida despertar de su siesta y nos pille aquí fuera, obligándome a hacer más desagradables cosas demoníacas. Habíamos hecho una parada en la secretaría, y no sé lo que hizo allí para asegurarse de que nadie llamara a casa. Con un suspiro, examiné la moto. No era difícil imaginar a Roth sobre ese cohete. Sin camiseta. ¿Por qué mi cerebro siempre lo llevaba todo en esa dirección? Iba a tener que culpar a los genes de mi querida madre. –¿Qué estás pensando? –preguntó Roth con una expresión de agudo interés en la cara. –Nada. Le quité el casco rojo de las manos. Me costó unos segundos ponérmelo bien, y cuando terminé de ajustar la correa Roth ya se había puesto uno negro y estaba montando a horcajadas sobre la moto. Tragué saliva al darme cuenta de lo cerca que estaríamos sobre esa cosa, un grado de

cercanía de «un cuerpo en vez de dos». Aquello era muy inapropiado. Zayne y yo no estábamos juntos juntos; pero una parte de mi cuerpo iba a estar contra otra parte del cuerpo de Roth. –Mierda de vida –murmuré. Roth giró la cabeza de golpe mientras se levantaba el protector de la cara. –¿Qué? Joder, tenía superoído o algo así. Le hice un gesto mientras me acercaba a la moto. Sabiendo que lo más probable era que fuera a arrepentirme de aquello más que si me comiera una tarta entera de una sola vez, pasé la pierna sobre el asiento y me senté. Casi de inmediato me deslicé hacia delante y mis muslos rodearon sus caderas. Ay, aquello no estaba bien. Roth puso el motor en marcha y el rugido inmediato hizo que se me abrieran mucho los ojos. Dudosa, puse las manos sobre sus costados y él me miró por encima del hombro. No podía verle la cara, pero sacudió la cabeza antes de mirar hacia delante. Entonces me sujetó los antebrazos y tiró de mí hacia delante. En un nanosegundo, mis pechos quedaron aplastados contra su espalda. Antes

de que pudiera poner entre nosotros un espacio muy necesario, él me sujetó las manos contra la parte baja de su estómago y me rodeó las muñecas con una mano. Sentí su risa, y entonces salió disparado. Era como si el muy imbécil supiera que iba a alejarme y quisiera evitarlo. El corazón me saltó hasta la garganta mientras se metía entre el tráfico, zumbando entre unos coches que parecían estar completamente quietos en comparación con lo rápido que íbamos. Roth bloqueaba la mayor parte del viento mientras viraba alrededor de un taxi, pero la parte que me alcanzaba levantó los mechones sueltos de mi pelo que flotaban bajo mi casco. Las puntas lograron meterse bajo las mangas de mi jersey y se deslizaron sobre mi piel. Mi pulso estaba en algún lugar entre «oh, mierda» y «por todos los santos». Delante de nosotros, la luz se volvió naranja y la moto se lanzó hacia delante mientras Roth pisaba con fuerza. Volamos por el cruce mientras el semáforo se ponía en rojo. El sonido de un claxon quedó amortiguado mientras la moto se apartaba a un lado.

Trazó una curva mortal, y ya no era necesario que Roth me siguiera sujetando. Mis brazos se aferraban a su cintura con una fuerza asfixiante. Roth recorría las calles abarrotadas como un profesional y, tras un par de minutos, la adrenalina que corría por mis venas no era a causa del miedo de hacerme papilla sobre el asfalto, sino por el subidón de euforia. Aquello… aquello era como la sensación de volar. Una sonrisa atolondrada apareció en mi cara, y me alegró que el casco la ocultara, porque probablemente parecía una imbécil. Aflojé un poco el agarre, me incliné hacia atrás y cerré los ojos. Oh, quería volver a transformarme. Quería saltar de esa moto y obligar a mi piel a expandirse y a mis huesos a estirarse. Quería sentir mis alas desplegándose y quería levantar el vuelo. Pero hacer eso en el centro de Washington D. C. en mitad del día no sería muy buena idea. Después de un corto tiempo, me di cuenta de que nos dirigíamos hacia los Palisades, donde vivía Roth. El instinto activó un montón de señales de advertencia, pero había

poco que pudiera hacer al respecto en ese momento. Esperé hasta que giró a la derecha hacia un aparcamiento y se detuvo en la primera planta. En cuanto puso los pies en el suelo, me quité el casco y le di un golpe en la espalda con él. Tomándose su tiempo alegremente, se desenganchó la correa, se giró hacia mí y dejó el casco sobre su regazo. –¿No te ha encantado? –Sí. Ha sido divertido, pero ¿por qué me has traído a tu apartamento? No debería estar aquí. –¿Quién lo dice? –Le lancé una mirada envenenada–. ¿El Rocoso? –¡Roth! Puso los ojos en blanco. –Te dije que quería enseñarte una cosa. No es en mi apartamento. Soy un poco más creativo que eso. Resistí la necesidad de darle un golpe con el casco mientras se bajaba grácilmente de la moto. Me alisé el pelo agitado por el viento y me maldije mentalmente. Yo me había metido en esa situación… fuera la que fuera, y mientras Roth se pasaba los dedos por su

propio pelo, agitando el caos de ondas, supe que sin duda iba a acabar pagando las consecuencias más tarde. Cuando comencé a bajarme de la moto, él murmuró: –Al fin. Me detuve y le mostré el dedo corazón. Roth se rio mientras me quitaba el casco y lo dejaba sobre la moto que había junto a la suya. –Nadie va a tocarlas –explicó cuando miré lo que hacía. Después extendió la mano–. No te arrepientas ahora. Bajé la mirada hasta su mano. No sería tan malo si de verdad estuviéramos tratando de localizar al Lilin u obtener información sobre él. Al menos tendría otra excusa para estar allí, aparte de… portarme mal. Pero ya era demasiado tarde. No tomé su mano mientras me bajaba de la moto, sin acercarme siquiera a la gracilidad de Roth. Él sacudió la cabeza mientras retrocedía para darme un poco de espacio. –Y bueno, ¿qué vas a enseñarme? Su risa baja me provocó un escalofrío.

–Un montón de cosas, pero tienes que prometerme que lo que veas se quedará aquí. Mi mirada se clavó en la suya y la curiosidad me superó. Cuando se giró y se paseó hasta la puerta gris sin ventanas, lo seguí mientras me mordía el labio inferior a causa de la preocupación. Él abrió la puerta y extendió el brazo en un gran gesto. Se dobló ligeramente por la cintura mientras yo pasaba junto a él hasta el vestíbulo de su edificio. Los aromas débiles y agradables a tabaco y café me dieron la bienvenida. Era tal como lo recordaba; el Hollywood de la vieja escuela. Unas lámparas de araña doradas proyectaban una luz brillante sobre los sofás de cuero marrón con aspecto gastado y cómodo. Levanté la mirada hasta el techo abovedado. El cuadro era lo único fuera de lugar, una brutal escena de batalla de ángeles que luchaban con espadas de fuego. Los ángeles caían entre las nubes neblinosas, con los hermosos rostros retorcidos por el dolor. Esa vez me di cuenta de algo en lo que no me había fijado antes. Los ángeles pintados, los que tenían los ojos abiertos, tenían todos los ojos azules, ese llamativo color azul eléctrico que tenían todos los Guardianes. Fruncí el

ceño mientras los examinaba. ¿Cómo había llamado Roth a los Guardianes? ¿Repudiados celestiales? –¿Enana? Me giré hacia el lugar donde Roth esperaba junto a los ascensores; unos ascensores que solo iban hacia abajo, y con abajo me refería a muy abajo. Abrió la puerta y, en lugar de subir la escalera, se dirigió hacia los escalones que llevaban hacia abajo. Me detuve en la escalera. –¿Adónde va esto? –¿Recuerdas que Gerald dijo que algunos aquelarres tienen clubs donde los otros de su clase pueden juntarse sin peligro? Nosotros tenemos lo mismo. –Bajó los escalones de dos en dos–. Cuando estamos en la superficie, nos gusta estar juntos en edificios como este, y en cada uno de ellos siempre hay algo muy especial en el sótano. Bajamos una planta y unas puertas color rojo sangre aparecieron como un faro del pecado, esperándonos. Roth puso las manos en el centro, me dirigió una rápida sonrisa y después abrió las puertas del todo. No sabía lo que esperaba ver tras ellas, probablemente algo parecido a un

bareto que diera muy mal rollo, pero lo que vi era algo totalmente diferente. El lugar estaba sorprendentemente iluminado. No había sórdidas luces rojas ni carteles de cerveza hechos de neón. Las paredes estaban llenas de lujosos sofás, divididos en secciones por tiras de terciopelo negro. En ellos había gente de distintas edades, y no necesitaba mi habilidad perdida para saber que me encontraba rodeada de demonios. Una música embriagadora sonaba con fuerza. Era de esas con las que se puede bailar, perderse en ella. El lugar se encontraba abarrotado y, en las esquinas sombrías de la habitación, podía distinguir unas sombras más gruesas que se movían sinuosamente. Estábamos en mitad del día, así que me sorprendió ver a tantos ahí, pero, claro, dudaba de que los demonios funcionaran según los horarios humanos. Roth se rio mientras bajaba los labios hasta mi oreja. –Tendrías que ver la cara que pones. Negué con la cabeza, sintiéndome fuera de mi elemento y con creces. –Es… diferente. Había un escenario en forma de ese en mitad del bar rodeado de mesas redondas y

sillas, pero era lo que había encima de él lo que llamó y mantuvo mi atención. Unas mujeres escasamente vestidas estaban bailando. Eran tan guapas que podrían haber desfilado en las pasarelas de Nueva York y Milán. Una en particular se mecía en mitad de la ese. Una pequeña falda ondulada cubría su mitad inferior y llevaba un sujetador que relucía y destellaba en la luz. –¿Lleva diamantes de sujetador? –pregunté. Roth se encogió de hombros mientras mantenía los ojos en mí, fijándose en cada una de mis reacciones. –Probablemente. No me sorprendería…, a los demonios nos gustan mucho las cosas brillantes y relucientes. La rubia con el sujetador de diamantes se movía al ritmo de la música, agachándose y volviendo a levantarse. Sus movimientos eran como los de una serpiente, o como si ella misma fuera parte de la música. Se puso de rodillas y echó la cabeza hacia atrás mientras sonreía débilmente al hombre que tenía delante. Una luz extraña se reflejó en sus ojos. –Es un demonio –señalé estúpidamente, como si no lo supiera ya.

–Les gusta que las llamen «súcubos» –explicó Roth con aire despreocupado–. Creo que ese es el término políticamente correcto. Le lancé una mirada envenenada, pero después mi vista quedó atraída de inmediato por la chica. Nunca antes había visto a una súcubo en la vida real. –¿Cómo pueden estar aquí? Los Alfas les prohíben venir a la superficie. –Yo no se lo voy a contar. ¿Y tú? Antes de que pudiera responder, un hombre se puso en pie y se apoyó contra el escenario. La súcubo de los diamantes le dirigió una sonrisa juguetona mientras se agachaba y depositaba un casto beso en sus labios. Él se quedó rígido de inmediato, sus manos moviéndose espasmódicamente a los costados mientras la piel del súcubo relucía. Me quedé boquiabierta. Aquellas reacciones solo podían significar una cosa. El hombre… era humano. –¡Eh! –grité–. Ha tomado su… Roth me puso un dedo sobre los labios. –Enana, lo que ves aquí se queda aquí. Me lo has prometido. Era cierto, pero no sabía lo que iba a pasar. Le aparté la mano de un golpe. –Esto está mal.

Ignoré la última parte. –Pero ¿cómo es que hay humanos aquí? ¿Saben lo que hay a su alrededor? No podía imaginar que lo supieran, con las reglas y tal, pero me sentía como si el mundo se hubiera vuelto del revés en el momento en que atravesé esas puertas rojas. –Algunos humanos tienden a encontrar el camino hacia aquí, pero ¿saben los humanos de verdad lo que se encuentran? Los demonios de aquí no exponen lo que son, pero estos humanos tampoco son inocentes. Si pudieras ver sus almas, sabrías que no lo son. –Su mano se curvó alrededor de mi cintura, acercándome a su cadera mientras rodeábamos el escenario. Bambi se deslizó hacia él en respuesta al toque–. Así que los que vienen aquí… Bueno, reciben lo que se merecen. ¿Qué podía responder a eso? Mientras buscaba una respuesta sentenciadora, capté un vistazo de varias jaulas incrustadas de oro que colgaban detrás del escenario. Había chicas en ellas. Una pelirroja de grandes pechos captó mi mirada y sus labios rojos se levantaron con una sonrisa provocativa. Su vestido mostraba más de lo que cubría. Aparté la mirada, sintiendo que mis mejillas ardían.

En las esquinas más oscuras del club había gente jugando al póker. Un hombre de treinta y pico años, tan corriente que tenía que ser humano, sudaba abundantemente mientras el hombre antinaturalmente hermoso que tenía delante levantaba la mirada con una sonrisa. La luz se reflejaba en sus iris, al igual que con las chicas súcubos del escenario. El demonio mostró su mano. –Color. ¿Tú? Las manos del hombre temblaron mientras giraba sus cartas. –Escalera –respondió con voz ronca. Se recostó sobre su asiento, con la cara pálida. –¿Están apostando gatitos? –pregunté, pensando en un episodio de Buffy cazavampiros que había visto en el ordenador una noche de insomnio. Roth pareció desconcertado. –¿Qué? Negué con la cabeza. –Da igual. ¿Qué están apostando? –No sé si quiero saberlo. Roth me alejó de las mesas de póker.

–Chica guapa, ¿quieres bailar conmigo? Levanté la cabeza de golpe. Una de las bailarinas de las jaulas estiró el brazo a través de las barras hacia mí. Como no podía alcanzarme, se puso en pie, cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás. El pelo largo y castaño cayó por su espalda mientras balanceaba las caderas al sonido de la música. –Venga; suéltate y vive un poco. Te va a encantar la libertad. Cómo la música prende fuego a tu sangre. Te encantará arder. A todos nos encanta. –Arpía –murmuró Roth. Los ojos de la chica formaron unas finas rendijas mientras se agachaba y pasaba las manos por la parte delantera de su cuerpo apenas vestido. Le sonrió a Roth. – Mei Domina. El lenguaje que había utilizado sonaba viejo. –¿Qué te ha dicho? Él sonrió. –No bailes con ninguna de las chicas de aquí. –No planeaba hacerlo –repliqué débilmente–. No has respondido a mi pregunta. –No planeaba hacerlo –me imitó mientras me guiaba hacia la barra, con la

mano sobre mi espalda como una especie de presencia constante en el mundo de locos en el que había entrado. –¿Qué pasa si bailo con alguna de ellas? –pregunté tras unos pocos segundos. Se inclinó hacia mí y me susurró al oído. –Jamás pararías, enana. Tan solo eres mitad demonio, así que eres susceptible a algunos de los encantos de los demonios. Algunas de esas chicas de ahí arriba son humanas. Bailaron, y mira dónde están ahora. Me estremecí, aunque no sabía si era por sus palabras o por su aliento. –Eso no me parece bien. –Si pudieras ver sus almas, seguro que no te sentirías así. Dirigí la mirada hacia ellas de forma fugaz. Las chicas eran todas guapas a su manera. Algunas eran delgadas como supermodelos y otras más grandes, de piel pálida y más oscura, rubias y morena. –¿Sus almas están manchadas? Roth asintió con la cabeza, con aspecto complacido. –Esto es una especie de sala de espera y comité de bienvenida, todo en una.

–¿Esto es… el purgatorio? –No. –Se rio–. El purgatorio no es ni de lejos tan entretenido como este sitio. No sabía muy bien qué pensar al respecto, ni por qué quería mostrarme ese lugar. Dejé que me condujera hasta la barra, que era sorprendentemente pequeña. Solo había tres o cuatro personas, todos humanos, sentados en los taburetes. Roth me dejó en el taburete que se encontraba al fondo mismo de la barra, junto a un cuenco de frutos secos. –Voy a buscarnos algo de comer que no sea una comida que haya tenido como cien dedos encima. Tú tan solo no bailes con nadie ni permitas que nadie te invite a una bebida. –Pero… –Confío en que no te meterás en ningún lío –continuó mirándome a los ojos–. Sé que puedes ocuparte de ti misma. Sé que eres lista. No voy a encerrarte en una habitación para asegurarme de que tomes buenas decisiones. Abrí la boca, pero entonces lo comprendí. Era cierto que Roth confiaba en que pudiera cuidar de mí misma y no meterme en problemas. Había una… una libertad en

eso que realmente nunca había probado antes. Toda mi vida la había pasado dentro de una jaula. No como esas en las que bailaban las chicas, sino una jaula dorada en la que estaban todas las mujeres Guardianas y, aunque había recibido más libertad que cualquiera de ellas, la frustración era la misma. –¿Layla? –dijo en voz baja. Entonces se me ocurrió otra cosa. Zayne me encerraría en una habitación para mantenerme a salvo si pensara que había siquiera una pizca de peligro en el aire. Roth…, sí, había tratado de mantenerme alejada, pero no iba a mantenerme escondida. Me dejaría… me dejaría ser yo y ya está. –Vale –respondí al fin–. Me quedaré aquí. –Bien. Sonrió y después desapareció entre la multitud. Me giré, frunciendo el ceño mientras me decía que lo tenía todo bajo control. Estaba bien. Completamente bien. Jugueteé con el borde de la barra, manteniendo los ojos bajos. Dudaba que establecer contacto visual con nadie de ese bar fuera a ser una buena idea. Si había

súcubos allí, ¿qué más podía haber? Pensé en el guapo demonio que estaba jugando a las cartas en la esquina. ¿Sería un negociador, una clase especial de Duque que podía invocarse desde el Infierno para hacer tratos? Por lo que yo sabía, antiguamente eran muy comunes en la superficie, pero, al igual que a otros demonios peligrosos, los Alfas los habían desterrado al Infierno. Dios, si los Guardianes supieran que ese lugar existía, harían una excursión hasta ahí. –Dice que necesito un trabajo mejor. Que si no puedo pagar mis propias facturas, cómo voy a pagar las de ella –dijo un hombre a unos pocos asientos de distancia. Iba vestido con un traje de un gris apagado. Parecía uno de esos de imitación que se podían comprar en las tiendas de ofertas–. No sé qué hacer. No puedo perderla. Dirigí la mirada hacia el camarero y me quedé boquiabierta. ¡Era Cayman! Me echó un vistazo y me guiñó un ojo mientras llenaba el vaso del hombre con una botella llena de un líquido claro. Su pelo rubio pálido estaba recogido hacia atrás en una coleta y

llevaba una camisa negra con las mangas subidas hasta los codos. Así que, además de ser un dirigente infernal y el compinche de Roth, al parecer Cayman también era camarero. Qué raro. Dejó la botella entre ellos y apoyó la cadera contra la encimera. –Las mujeres traen muchos problemas, Ricky. Por eso prefiero un buen hombre honesto. Que le gustaban los hombres no era ninguna noticia para mí, pero dudaba muchísimo que prefiriera a los hombres buenos y honestos. Rick se pasó el dorso de la mano por la frente, pestañeando. –Cambiarías de idea si conocieras a Angela. Es un ángel, tan angelical como su nombre. La amo. –¿Un ángel que quiere que le pagues las facturas? –El brillo de sus ojos de color miel resplandeció–. A mí no me parece una criatura celestial. –Es tan guapa. El cielo no tiene nada que envidiarle. –Ri- cky bajó la cabeza hasta las manos y, por un momento, pensé que el tío iba a ponerse a llorar–. No me devuelve ninguna de mis llamadas ni contesta mis correos. No hasta que pueda demostrar que soy

económicamente estable. Cayman suspiró. –¿Qué harías por este ángel cazafortunas tuyo? Ricky levantó la cabeza, con los ojos muy abiertos y un tanto vidriosos. Estaba borracho. –Haría cualquier cosa. –¿Cualquier cosa? –preguntó el demonio. Se inclinó hacia delante, con los ojos clavados en los del mortal. El estómago me dio un vuelco. Tenía un mal presentimiento. –Cualquier cosa –aseguró Ricky de forma vehemente. –¿Qué crees que necesitas para que ese maravilloso espécimen de mujer se quede contigo? –Dinero –respondió Ricky–. Necesito ganar la lotería. Cayman le dirigió una sonrisa lobuna y volvió a llenarle la bebida. –Entonces una bebida más, mi amigo, por la buena suerte. Levantó la botella y mi estómago se hundió aún más. Ricky chocó el vaso contra la botella y después se lo bebió de un trago. Lo dejó sobre la barra con un golpe y el cristal brilló con un rojo impío durante un breve

segundo. Acababan de hacer un trato. El amor a cambio de un alma. Ricky se alejó a traspiés de la barra tras unos pocos minutos, y esperé que no se metiera por accidente en el ascensor equivocado o algo así. Dirigí una mirada expectante hacia Cayman. Se rio mientras avanzaba hacia mí. –¿Quieres compartir tus preocupaciones? –preguntó con voz suave. Me recliné hacia atrás. –No, muchas gracias. Puso la botella delante de mí y se apoyó contra la barra. –¿Quieres una bebida, entonces? Entrecerré los ojos. –Estoy bien. –Chica lista –replicó–. Claro que dudo que pudiéramos hacer ningún trato. – Miró por encima de mi hombro y examinó el bar–. Me estás mirando como si acabara de matar a un bebé, cariño. Sabes lo que soy. Y también sabes lo que tú eres. –Has dejado que un tío entregue su alma a cambio de amor. –Una parte de su alma…, solo un trozo pequeño y diminuto. Eso es todo. –Su

mirada volvió hacia mí–. ¿Qué estaba pensando Roth al traerte aquí? Me encogí de hombros. –No tengo ni idea. –¿Y dónde está él? –Ha ido a buscarnos algo de comer. Se rio. –¿Roth te ha traído aquí para comer? Eso es genial. Pareces tan cómoda como una gatita bajo una montaña de pitbulls. Hice una mueca. –¿Tan fuera de lugar parezco? –Tienes ese aspecto que dice que no eres del todo humana, pero eso no es todo. – Cayman inclinó la cabeza hacia un lado–. Sinceramente, cuando miras a tu alrededor tienes aspecto de haber olido algo desagradable, cariño. ¿En serio? Cayman se puso el paño blanco sobre el hombro. –No tengo que conocerte tan bien para saber que no te hace gracia lo que eres. –Eso no es… Mis palabras murieron. No tenía sentido negarlo. Todavía no había aceptado del

todo que era tanto Guardiana como demonio; la encarnación del bien y también del mal. Volvió a sonreír. –¿Sabes? Sé por qué te ha traído aquí Roth. Quería que vieras esto, que comprendieras lo que es este sitio. –¿Un antro de pecado? Cayman rio entre dientes. –Muy graciosa, cariño, pero seguro que te ha dicho que hay cierta clase de gente que viene aquí, ¿verdad? –¿Gente cuyas almas ya están manchadas? Asintió con la cabeza y bajó la voz. –Son los que han tocado fondo, los que hacen las cosas mal solo por su cuenta. Encuentran su camino aquí porque está en su naturaleza, y nosotros le hacemos un favor a la sociedad con los servicios que proporcionamos. –Levanté las cejas–. Estamos ayudando en el proceso de sacarlos del acervo genético, por así decirlo, con un mordisquito cada vez. Eso es lo que hace la mayoría de los demonios. No vamos detrás de los inocentes. Vamos detrás de los pecadores, y, madre mía, cómo nos encantan. –Se

irguió–. Eso es lo que tus Guardianes no entienden. Solo porque haya unos cuantos demonios malos en el lote no significa que lo que hacemos no sea un mal muy necesario. Sus palabras llovieron sobre mí como si hubiera salido a una tormenta de hielo. ¿Por eso era por lo que me había llevado allí Roth? ¿Para mostrarme que el mal era necesario en el mundo, y que tal vez ni siquiera estuviera tan mal? Volví a echar un vistazo por el bar, distinguiendo fácilmente a los humanos, y lo más probable era que Roth tuviera razón. Si pudiera ver sus almas, vería sus pecados. Pero ¿qué tenía eso que ver conmigo? Era tan evidente que me entraron ganas de darme un golpe en la cara. A lo mejor Roth estaba tratando de demostrarme que de algún modo, de alguna forma, la parte demoníaca que tenía era necesaria. Que la parte demoníaca era la que me había dado la habilidad de ver las almas, y ahora de sentir las emociones de los demás, y había sido el demonio el que me había obligado a transformarme la noche que Paimón había tratado de liberar a Lilith. En realidad, siempre había estado tratando de mostrarme los beneficios de mi herencia más oscura. Una pequeña sonrisa estiró mis

labios. Pensar en esos beneficios no disminuía el daño del obvio desagrado de Abbot hacia mí, pero ayudaba. –Entonces, ¿Roth ya te ha quitado todo el sentido común? Está riquísimo, ¿verdad? La pregunta me pilló con la guardia baja, y noté que mi sonrisa se desvanecía. –¡No! No. La cosa no es así. –¿Ah, no? –Los ojos de Cayman parecían atrapar y tragarse toda la luz–. ¿Cómo no va a ser así la cosa con Roth? Negarse a él es como negarse a respirar. –Bueno, pues entonces no debo de estar respirando. Roth y yo solo somos amigos. La palabra «amigos» sonaba muy cutre, y ni siquiera era demasiado cierta teniendo en cuenta nuestro pasado. Cayman arqueó una ceja, pero se encogió de hombros. –Lo que tú digas, cariño. Si quieres fingir que no te sientes atraída por un buenorro así, es cosa tuya. Aunque normalmente no lleva el pelo negro. Me gusta más que el blanco teñido que se pone a veces. Es como si Billy Idol hubiera llamado para pedirle que le devolviera su pelo. Yo lo prefiero de moreno. No pude evitarlo, y la curiosidad se apoderó de mí. Me incliné hacia delante.

–¿Qué quieres decir? Sonrió y bajó la cabeza para que quedáramos cara a cara. –Le gusta cambiarse el color. Las facciones siempre son las mismas, y los piercings también, pero el pelo es diferente. Ahora que va en plan moreno y taciturno, supongo que no está en plan White Wedding o Cradle of Love. –¿Eh? Cayman puso los ojos en blanco. –Los jóvenes no reconoceríais la buena música ni aunque os golpeara en la cabeza. En fin, me gusta más cuando está moreno y poético. Es bastante entretenido. –A mí también me gusta así. –Me mordí el labio y me di un fuerte bofetón mental–. O sea, creo que el pelo le queda bien. Otro hombre se sentó en el lugar que Ricky había dejado libre con un fuerte suspiro. Cayman le echó un vistazo y una expresión de puro entusiasmo apareció en su hermoso rostro. –Ah, el deber llama, pequeña Layla. Tengo otro cliente. –Ah. Bueno, pues… ¿pásalo bien? Cayman se quitó el paño del hombro.

–Siempre me lo paso bien: me encanta mi trabajo. Quédate aquí sentada, seguro que Roth volverá pronto con toda clase de cosas ricas y grasientas. El estómago me rugió al pensar en la comida mientras me movía en mi taburete. Aquella tenía que ser probablemente una de mis conversaciones más extrañas, y eso era decir algo. Y aún más raro era el hecho de que, desde el momento en que había cruzado la puerta, ninguno de los humanos de allí me había parecido tan tentador en lo relativo a querer absorberles el alma. A lo mejor era sobrecarga sensorial, o que tanto mal mantenía a mi demonio a raya. ¿No sería eso irónico? El único lugar donde se comportaba mi demonio era con otro demonio. Encajaba del todo con mi suerte. Una mano se curvó sobre mi hombro. –Hola, ¿qué tal? Me giré. Una chica algo mayor que yo estaba ahí, con el pelo hasta la cintura, negro y brillante, al igual que su ajustado vestido. Tenía los ojos oscuros, su exuberante boca estaba pintada de rojo y era guapa de una forma totalmente pecaminosa. Otra mano me tocó el otro hombro, más pesada y más fuerte que la de ella.

–Hermana, ¿qué nos has encontrado? Dirigí la cabeza de golpe en dirección a la voz. Podría haber sido el mellizo de la mujer. El pelo negro le caía sobre las mejillas pálidas y su camisa de un blanco intenso contrastaba con fuerza con el pelo oscuro y los labios rojos. Busqué a Cayman, pero estaba ocupado con su último cliente. Tragué saliva. –Estoy aquí con Roth. –¿Has oído eso, hermana? –El hombre le dirigió una sonrisa provocativa por encima de mi cabeza–. Pertenece a Roth. –Espera. Yo no le pertenezco; tan solo estoy aquí como invitada suya. Ella se rio con suavidad. –¿Lo has oído, hermano? Tan solo es su invitada. Tuve la fuerte sensación de que debería haber dicho que pertenecía a Roth. –Entonces debemos tratarla como la invitada que es. –El hermano me recorrió el brazo con la mano y entrelazó los dedos con los míos. La repentina ráfaga de deseo estalló en una lujuria que me adormeció la mente en cuanto su piel tocó la mía–. Vamos

a ocuparnos muy bien de ti. –No… No pienso que… Mis ojos se encontraron con los suyos. Era como caer bajo el agua, hundiéndome tan rápido que ni siquiera podía obligar a mis pulmones a respirar. –No piensa –murmuró la hermana–. Aquí nadie piensa. Este es un lugar para no pensar. –Sí –asintió el hermano, y sus ojos parecían ocupar toda su cara–. Aquí es donde empieza la diversión y también donde acaba. Debes unirte a nosotros. –Me tiró de la mano–. Ven con nosotros. Me puse de pie con las rodillas temblorosas, y tenía la mente extrañamente vacía de cualquier pensamiento. La hermana me agarró la otra mano y me condujeron hasta la pista de baile. Uno de ellos me soltó la mano mientras el otro me hacía girar. El hermano me sujetó por la cintura y me atrajo hacia él. Levanté la mirada y vi que sus ojos eran de un negro sólido. Nada de blanco. En lugar de miedo y consternación, no sentí nada. –¿Qué eres? –preguntó, y me hizo girar.

La hermana me atrapó los brazos y me guio en un vals forzado. –Hay un demonio fuerte en tu interior. Me soltó, siseando como un gato asustado. –Pero –murmuró el hermano a mi oído, rodeando mi cintura con el brazo desde atrás– también hay un Guardián ahí dentro. Nos balanceamos al fuerte ritmo de la música durante unos momentos, rozando a otras parejas que parecían tan perdidas como nosotros. Él bajó las manos hasta mis caderas. Dejé que mi cabeza cayera contra su pecho y cerré los ojos. Era cierto que mi sangre ardía. La chica de la jaula tenía razón. Me hizo girar hasta los brazos expectantes de su hermana. –Eres preciosa –me arrulló, y su voz sonaba infantil. Descansó la cabeza sobre mi hombro mientras girábamos una y otra vez–. Sabrás como nada, pero debo saborearte. Mientras giraba, vi formas y sombras extrañas. Carne sin caras. Caras hechas de esqueleto y nada más. Un tejido suave se inflaba alrededor de mis piernas, flexible y osado. Por un segundo pensé que llevaba un vestido, pero al bajar la mirada solo vi mis

vaqueros azules. El hermano me acercó a sus brazos otra vez. Me apreté contra él e inhalé profundamente. No tenía ningún aroma, nada en absoluto. Nuestras caderas encajaban, moviéndose al mismo ritmo. –Sentimos la misma necesidad. –Colocó los labios sobre mi frente enrojecida–. Probar un poco no hará daño. Me apartó. –Probar aliviará su carga –susurró la hermana, depositando un beso contra mi garganta–. Probar te ayudará a ver. –¿Ver qué? –pregunté, mareada y sin aliento. Ella sonrió. –Hermano, quiere ver. Él apareció por detrás de mí y puso la mano contra mi estómago. –Tenemos una para ti, nuestra preciosa hermanita. Dejé que me apartara de ella y me girara de modo que quedara de cara a la multitud, con la espalda contra su pecho. Nos habíamos internado más en las sombras de lo que me había dado cuenta. Todo el mundo parecía muy lejano. La hermana se alejó revoloteando y girando alrededor de las parejas que bailaban como un

pequeño tornado. –Preciosa –dijo él otra vez, besándome el cuello donde latía mi pulso, y después bajo mi mandíbula y mi mejilla. Cerré los ojos y me incliné hacia él. Sentía calidez, me sentía deseada y preciada entre sus brazos. No estaba sola ni era inoportuna. Era la chica más guapa de su mundo, y su mundo se centraba en mí; solo en mí. –Abre los ojos, preciosa –ordenó con suavidad. Lo hice. Había una pelirroja enfrente de mí, con un vestido rosa con lunares morados. Pensé que parecía un bonito pastel. Me gustaban los pasteles, sobre todo los de esa clase. Pero su cara parecía borrosa. Me pareció que a lo mejor era mayor y que a lo mejor yo debía estar más preocupada, y aun así ya no me conocía. La hermana le susurró al oído y le quitó un vaso de sus dedos de pronto débiles. –Bailad –dijo el hermano. Y bailamos, la chica y yo. No nos tocamos, pero nos movíamos exactamente al mismo ritmo. Como si fuéramos reflejos la una de la otra, pero no nos parecíamos en

nada; eso lo sabía. Pronto el hermano se unió a mí, susurrando palabras que no comprendía. Un idioma que debía conocer, me pareció, pero no podía entender del todo. La hermana hizo lo mismo, y la mujer pareció volverse aún más borrosa. La mujer se quedó inmóvil delante de mí, con la cabeza inclinada hacia un lado y los ojos azules cerrados. ¿Azules? No era un demonio. No era como yo, pero daba igual. Di un paso hacia delante, porque sabía lo que debía hacer. Era lo que el hermano quería. Y yo también quería hacerlo. Me puse de puntillas, apenas capaz de alcanzarla. Sentí unas manos en mis hombros manteniéndome firme. Estábamos cerca, lo bastante cerca. Cerré los ojos esperando durante un momento; un dulce momento de pura tortura. Después inhalé lenta y profundamente. Tomé su alma.

Capítulo veintitrés La calidez inundaba mis venas, encendiendo llamas mientras avanzaba hasta

los dedos enroscados de mis pies. Aquella mujer sabía a azúcar glas y vino espumoso. Cada célula de mi cuerpo se abrió, como una flor a la que le hubieran negado agua y sol durante demasiado tiempo. Sin pensar, volví a inhalar. El aire se movió cuando la mujer dio una sacudida. Oh, Dios, ¿por qué me había negado eso? El hermano suspiró y clavó los dedos en mis brazos. La pequeña chispa de dolor no era nada en comparación con la ráfaga de la energía de aquella mujer. Seguí arrastrándola a mi interior, llenando mi cuerpo de luz y aire. Una puerta pareció abrirse en mi mente. La vi con mayor claridad. Era una mujer guapa, pero tenía una boca cruel que decía cosas crueles. Había superado la universidad haciendo trampas y también había engañado a su prometido. En un destello de luz, vi un breve recuerdo de ella susurrando palabras mezquinas a su jefe sobre un compañero de trabajo y después riéndose cuando lo despidieron. Sentí una oleada de muchas emociones, y todas ellas la dejaban en mal lugar. Era

mala, rencorosa hasta la médula, pero sabía que si seguía adelante, si seguía probando su espíritu, vería qué era lo que la había dañado. Algo la había convertido en esa persona llena de odio, algo más oscuro y retorcido que cualquier maldad de la que fuera capaz. Sin advertencia, la apartaron de mí con brusquedad. Avancé dando un traspiés, jadeando en busca de aire. Sentí que el hermano me soltaba los brazos y levanté la mirada. Roth se encontraba frente a mí, alto y terrible. Sujetó la barbilla de la mujer y la obligó a mirarlo directamente a los ojos. –No vas a recordar nada de esto –dijo–. Márchate de aquí. Vete a casa y no vuelvas a venir jamás. ¿Me entiendes? La mujer logró hacer un corto asentimiento con la cabeza y después se alejó dando un traspiés hacia la multitud. No sabía adónde iba. Ni siquiera me importaba. Mis ojos estaban fijos en Roth. La hermana soltó una risita. –Siempre arruinas toda la diversión. Nos dijo que no te pertenecía. Roth clavó los ojos en mí.

–Tampoco os pertenece a ninguno de los dos. Solté un suspiro soñador, balanceándome hacia él. –¿Dónde has estado todo este tiempo? Han pasado horas y horas. –Solo hace diez minutos que me he ido –replicó, y no me gustaba su tono ni su forma de pasarse la mano por el pelo, como si estuviera enfadado–. Mierda, Layla… ¿No te dije que te quedaras quieta? ¿Que no bailaras? Se me escapó una risita ante su expresión seria. –Ellos me obligaron. –La invitamos –me corrigió la hermana–. No la hemos obligado a hacer nada. Conocemos las normas. –La chica tan solo quería probar un poco –añadió el hermano, tocándome el brazo solo con las puntas de los dedos. Me estremecí–. No le hemos hecho daño. ¿A que no, encantadora hermanita? Roth se lanzó hacia delante, rodeó la garganta del hombre con la mano y lo levantó del suelo hasta que sus pies se balancearon en el aire. –¿Cómo la has llamado? La hermana siseó, y sus dedos se afilaron en unas garras de aspecto letal. En un

instante, su belleza desapareció. La piel se tensó sobre unos huesos afilados, con los ojos entrecerrados y predatorios. Parecía más felina que humana. –Si das un paso hacia mí, le rompo el cuello a tu hermano –le advirtió Roth, sin quitarle a él los ojos de encima–. No la toquéis siquiera. Ya no sois bienvenidos aquí. –¡No puedes expulsarnos! –chilló ella–. No eres el Rey. Roth soltó al hermano y se giró. –Tal vez no, pero puedo arrancaros el corazón y dárselo de comer a los Sicarios Infernales. ¿Cómo suena eso? ¿Es una fiesta a la que os apetezca uniros? Los disfuncionales hermanos se retiraron y se escabulleron entre la multitud. Me alejé flotando, observando a un bailarín en el escenario. Era muy guapo, lleno de músculos bien formados y con un pelo rubio y largo que flotaba. Cayman se encontraba junto al escenario, sonriéndole. Un brazo me rodeó la cintura y me detuvo. –¿Adónde vas, enana? Me incliné hacia él. –No lo sé. Me siento… muy bien.

–Claro que sí. –Un suspiro pareció atravesarlo y, cuando habló, su voz era profunda y encantadora–. Casi matas a esa chica, enana. No debería haberte dejado sola. Me encogí de hombros, moviendo la mano de atrás hacia delante. Una extraña sombra perlada la siguió. –¿Qué estás haciendo? Me giré en sus brazos y levanté la mirada hasta su cara casi perfecta. Dios, qué guapo era. ¿Por qué alguien que estaba tan bueno tenía que… estar tan bueno, sobre todo cuando no podía tenerlo? No podía recordar por qué exactamente, pero sabía que había razones, y de las buenas. –Creo que puedo ver mi alma. Levantó las cejas. –¿En serio? ¿Puedes ver la de alguien más? –No, pero la mía es blanca. –Solté un suspiro de felicidad–. Eso significa que mi alma es pura. Roth me observó con una ligera sonrisa en la cara. –Los demonios no pueden tener almas puras. De algún modo mi cabeza acabó enterrada en su pecho.

–Entonces, no puedo ser como tú. –Oh, vaya, estás muy trastornada ahora mismo. –Negó con la cabeza y se movió, y lo siguiente que supe fue que me había levantado del suelo y estaba en sus brazos–. Arriba. Se me escapó una risa salvaje y me sentí como si pudiera seguir riéndome. –¿Qué estás haciendo? –Llevarte a un lugar donde no vayas a meterte en más problemas. Avanzó dividiendo a la multitud con facilidad. El bar me parecía estar boca abajo. –Todo el mundo está caminando por el techo. Soltó una risa tensa que sonaba reluctante mientras me movía entre sus brazos. Mi cabeza quedó descansando contra su pecho. –¿Mejor? El mundo volvía a estar del derecho. –¿Quiénes eran esos dos de ahí? Empujó una puerta con el hombro y caminó hasta un pasillo tenuemente iluminado. –Un súcubo y un íncubo. Los llamo Sucky e Inky, pero creo que voy a cambiarles el nombre a Muerta y Muerto. No puedo dejarte sola diez minutos sin que los lobos vayan

a por ti. Uní los dedos por detrás de su cuello. –No eran tan malos. –¿Sabes qué? Su sonrisa no alcanzaba del todo esos ojos suyos. –¿Qué? –Después no vas a seguir pensando eso. Solté una risita. –Qué gilipollas eres. La risa de Roth fue más ligera mientras giraba hacia la escalera. –Me gustas cuando estás así. –A lo mejor. –Di unas patadas en el aire, riendo–. Podrías dejarme en el suelo. Puedo caminar. En lugar de eso, me hizo subir por un tramo de escalera con tanta facilidad como si yo no pesara más que una pluma. Bajó un pasillo y después subió otro tramo de escalera. –Te tropezarías y te romperías el cuello, o te caerías sobre uno de nuestros guardias. O tratarías de manosearlos. –¿Qué guardias? –Miré a mi alrededor, a la escalera–. Yo no veo nada.

Roth no contestó mientras continuaba subiendo hasta arriba. Un hombre corriente no habría logrado subir quince pisos, pero él ni siquiera había perdido el aliento. Cuando abrió otra puerta, vi algo que no había estado ahí antes. Sentados frente a su puerta al final del pasillo había dos perros del tamaño de chihuahuas. Solté un gritito y uní las manos. –¡A ellos sí que quiero manosearlos! ¡Qué pequeñitos que son! Suspiró. –Me han dicho que el tamaño no importa. –Pues te habrán mentido. –Ah, puede que ese sea el caso. –Me puso en pie con suavidad, manteniendo un brazo a mi alrededor–. Ten en mente que las apariencias pueden ser engañosas. Comencé a girar hacia él, pero uno de los perros rata se puso en pie. –Podría llevarlo en un bolso, como… como en uno de esos bolsos caros. –No creo que les guste cómo suena eso. No les gustaba. Los dos se habían puesto en pie, con las orejas hacia atrás mientras gruñían. Uno ladró, y sonaba como un grito. Me reí.

–¿Qué van a hacerme? ¿Morderme los tobillos? Roth me acercó más a él, cosa que me parecía estupenda. Me gustaba la calidez que emanaba de su cuerpo; cómo parecíamos encajar aunque se elevara como una torre sobre mí. ¿Cómo es que no me había dado cuenta de eso antes? Pero sí lo había hecho. Era algo que había olvidado, o que estaba tratando de olvidar, pero no lograba recordar por qué. Ahora quería admitirlo, gritarlo desde la parte superior del edificio, y hacer cosas, muchas cosas. Olvidando a los perros portátiles, me giré y puse las manos sobre el pecho de Roth. A sus perros no les gustó. Uno de ellos soltó un grito que se convirtió en un rugido. Me giré de golpe y tropecé a un lado. Gruñendo, rugiendo y lanzando dentelladas, sus cuerpos se retorcieron y crecieron. Unas patas enormes reemplazaron las pequeñas. Unas garras arañaron el suelo mientras avanzaban hacia delante, todavía gruñendo. Sus costados eran gruesos y llenos de músculos y sus colas, frondosas. Los hocicos se alargaron, las bocas se ensancharon y

las orejas se aplanaron contra un pelaje apelmazado de un castaño rojizo. Los dientes sobresalían de sus bocas, afilados como cuchillas y enormes. Sus ojos pasaron de un castaño de cervatillo a un rojo sangre, y el olor a sulfuro llenó el aire. Eran del tamaño de osos, y en una parte distante de mi cerebro me di cuenta de que eran Sabuesos Infernales. –Joder –susurré, sabiendo que debía tener miedo, pero seguía flotando. –¡Sentaos! –ordenó Roth, de pronto enfrente de mí–. Vos mos non vulnero suus! Al unísono, los perros retrocedieron y se sentaron junto a la puerta. Sus orejas seguían hacia atrás, pero ya no parecía que quisieran comerme. Consideré que era un buen desarrollo de los acontecimientos. Roth me miró por encima del hombro. –Tienes razón: el tamaño sí que importa. No te harán daño. Venga. Me tendió la mano. Yo la tomé mientras observaba a las bestias. Uno me estaba olisqueando la pierna mientras Roth abría la puerta y el otro se tumbó boca arriba con la lengua fuera de la boca. Roth se agachó y acarició la tripa expuesta del Sabueso Infernal. –Buen chico –lo arrulló–. ¿Quién es un buen chico?

–¿Cómo se llaman? –pregunté, inclinándome contra la puerta. Notaba la cabeza pesada.

Él levantó la mirada hasta mí, sonriendo. –Este es Bluebelle, y esa –hizo un gesto a la que me estaba oliendo la pierna– es Flor. Hice una mueca. –¿Qué te pasa con la película de Bambi? Se puso en pie con un movimiento fluido. –Es un clásico del cine. Cerré los ojos con una sonrisa. –Qué idiota eres. –Abre los ojos, enana. Volví a sentir su mano sobre la mía, así que abrí los ojos. –¿Por qué? –Tienes que ver adónde vamos. Me llevó a la oscuridad. Un segundo después, una luz suave llenó la habitación y me soltó la mano. Había unas pesadas persianas cerradas, bloqueando el sol. Me quité los zapatos y tropecé mientras hacía lo mismo con los calcetines. Los dedos de mis pies se hundieron en la lujosa alfombra. –Creo que tengo hambre. –Pediré que nos envíen la comida aquí.

Lo miré y contuve el aliento mientras se quitaba la camiseta y la tiraba a un lado. La piel suave se tensaba sobre el duro músculo y sus pantalones estaban muy bajos. –He pedido que nos hagan un poco de todo. Hamburguesas. Patatas. Pollo. –Se detuvo para mirarme, y una sonrisa arrogante apareció en su cara mientras se quitaba los zapatos–. ¿Ves algo que te guste? No podía responder, pero veía muchas cosas que me gustaban. Recorrió la habitación y se detuvo a un par de metros de mí. –Lo siento. No soporto el olor a humo. ¿Te molesta? Sabía que había una razón por la que debería, pero negué con la cabeza y entonces encontré mi voz y una saludable dosis de audacia. –No. –Entonces, ¿te importa quitarte esto? –Roth rodeó con los dedos los cordeles que colgaban del cuello de mi sudadera–. Apesta a Sucky e Inky. Antes de que pudiera negar con la cabeza, él me bajó la cremallera. Contuve el aliento mientras sus nudillos me rozaban. Un agudo cosquilleo me atravesó, aclarando la neblina de mi cerebro durante un momento o dos. Después me quitó la «ofensiva»

prenda de los hombros y la dejó caer al suelo. –Qué bonito… ¿cómo se llama? –murmuró, y estaba claro que no me estaba mirando la cara. –Es… una camisola. –Respiré hondo, pero no era capaz de llevar suficiente aire hasta mis pulmones–. ¿Roth? Levantó la mirada. –¿Layla? Comencé a hablar, pero algo blando y peludo me rozó el pie, atrayendo mi atención. Un pequeño gatito blanco me miró con sus bonitos ojos azules. Me doblé por la cintura para alcanzarlo, con ganas de abrazarlo, apretarlo y darle amor, pero entonces lo recordé. Miré al pequeño diablo frunciendo el ceño y quité los dedos de su alcance. –No. Me acuerdo de ti. Gatito malo. El pelo de su lomo se erizó, y el animal siseó antes de darse la vuelta y correr hasta debajo de la cama. –Veo que has aprendido de tus errores anteriores, pero creo que has enfadado a Nitro. –Esos gatitos tienen la rabia.

Me puse en pie y después solté un jadeo mientras una oleada de mareo me recorría. Roth me puso una mano en el brazo y noté una sensación amortiguada de preocupación. –¿Te encuentras bien? –Sí…, estoy bien. Me pasa después de… Perdí el hilo mientras el gatito blanco y negro asomaba la cabeza desde debajo de la cama, observándome con las orejas aplastadas. –¿Después de alimentarte? Alimentarme. ¿Era eso lo que estaba haciendo? ¿Al igual que el resto de los demonios en aquel extraño lugar en las entrañas de ese edificio? ¿Estaba cumpliendo mi papel en la cadena alimentaria demoníaca? Me estremecí. –No tomaste su alma, enana. Incliné la cabeza hacia un lado. No lo había hecho. –Estaba bien, ¿verdad? –Sí. –Y si se encontraba ahí abajo, significa que era mala, ¿verdad? Su aliento cálido bailó sobre mi mejilla. –Sí.

¿Eso hacía que estuviera bien? No estaba segura. –No quiero pensar en esto. –No tienes que hacerlo. ¿Por qué no te sientas? Como no parecía que hubiera otra cosa que pudiera hacer, rodeé el borde de la cama y me senté entre los cojines de enorme tamaño. Su aroma estaba por todas partes, y cuando cerré los ojos e inhalé profundamente, recordé estar ahí antes, en esa cama…, en sus brazos. Un cálido rubor recorrió mi piel, y mis ojos se cerraron. Cuando volví a abrirlos vi a Roth yendo hacia la cama con una enorme bandeja en las manos. Había varios platos cubiertos con tapas plateadas. Me senté erguida, confusa. –¿Me he quedado dormida? Me había parecido que solo habían transcurrido unos segundos desde que había cerrado los ojos. Él se rio mientras se sentaba y ponía la bandeja entre nosotros. Había dos vasos altos llenos de hielo junto a dos latas de refresco. Era como un servicio de habitaciones

proporcionado por un demonio buenorro y semidesnudo. –No. Estabas aquí sentada, cantando. –¿En serio? –Sip. Paradise City. –Sonrió mientras me miraba a través de sus pestañas espesas–. Creo que te la estoy pegando. Por alguna razón, eso no me hacía mucha gracia, pero entonces comenzó a quitar las tapas y me enamoré… me enamoré de toda la comida gloriosa y maravillosa que tenía delante. Un bufé de carne, grasa y sal. Entre Roth y yo acabamos con la comida en un nanosegundo. Mientras él recogía los platos y los llevaba a la zona de la cocina, me tumbé boca arriba y me puse la mano sobre el estómago. –Mi barriga está feliz. –Seguro que sí. –Hubo un sonido de agua corriendo, y entonces se detuvo. No pasó ni un segundo antes de que Roth se sentara junto a mí. Puso una mano a cada lado de mis hombros y se inclinó sobre mí–. ¿Cómo te sientes? Mis labios se dividieron en una ancha sonrisa.

–Bien. Genial. Feliz. Puede que un poco cansada, pero me siento… –Lo pillo –dijo entre risas. Inclinó la cabeza hacia la derecha mientras la intensidad de su mirada se incrementaba hasta que sentí que podía ver a través de mí. Una expresión tensa apareció en su cara al tiempo que tomaba con cuidado los mechones de mi pelo de encima de los hombros y los extendía sobre la almohada–. Ojalá te sientas así después, pero no lo harás. El corazón me dio un vuelco mientras bajaba la mirada. –Vas a odiarte después de esto –continuó–, aunque no hayas hecho daño a la mujer. Para ella será como estar de resaca después de una noche intensa de fiesta. Y no echará de menos esa pequeña parte de su alma que tomaste. Ni tampoco ha echado de menos ninguna de las partes de su alma que ha entregado por voluntad propia con cada pecado atroz que ha cometido. –Soltó un fuerte suspiro, como si hubiera un peso invisible sobre sus hombros. Sus pestañas se elevaron–. No quería que hicieras esto cuando te traje aquí. Sucky e Inky debían haber permanecido alejados de ti. Tendría que haberme asegurado de que lo hicieran.

Negó un poco con la cabeza –Tan solo quería que vieras cómo vive la otra mitad –siguió–. No esos dos cabrones. Ellos son mala gente, pero no… no todos nosotros somos así. Quería que lo vieras. Que vieras que lo que está dentro de ti… –Dio un golpecito en mi estómago–. No es malo, sin importar lo que te diga ese gilipollas del líder de tu clan ni cómo te haga sentir. –Lo mismo te digo. Arqueó una ceja. –¿Qué quieres decir? Levanté la mano y le golpeé el pecho con mi propio dedo. –No eres tan malo como te gusta pensar. Eres capaz de actos de gran generosidad. Resopló. –Estás colocada. –No lo estoy. –Volví a pincharle con el dedo–. Has hecho cosas que humanos con alma no harían. Has… Sus manos rodearon mis muñecas y me apartaron de su pecho. –Todo lo que hago es por una razón puramente egoísta. Créeme cuando te digo eso.

No me lo creía. Fui a apartar mi brazo, pero de algún modo lo único que conseguí fue acercarlo más a mí. El músculo de su brazo se flexionó mientras se elevaba sobre mí, apoyando su peso. La calidez de su cuerpo se filtró en mi interior una vez más. Bambi se movió, y me di cuenta de que me gustaba mucho esa serpiente. Se deslizó por mi piel, haciéndome cosquillas cuando su cabeza llegó hasta mi hombro, al parecer, atraída por la cercanía de Roth. Una débil sonrisa cruzó sus labios al ver a Bambi, y me pregunté si la echaría de menos. Nuestros ojos se encontraron y la sensación de antes regresó, deslizándose por mis venas. Las palabras se me escaparon burbujeando. –Bésame. Unas motas de color ámbar se oscurecieron en sus ojos. Su cara se tensó, casi como si sintiera dolor, y no sabía muy bien por qué esa petición podía molestarle tanto. –Layla… Volví a tirar de mi brazo, y se acercó aún más. Cuando hablé, nuestros labios se encontraban a unos centímetros de distancia.

–Bésame. Bajó las pestañas, que ocultaron sus ojos. –No sabes lo que estás pidiendo. –Sí que lo sé. Negó con la cabeza mientras me soltaba la mano. –No lo sabes. De verdad estás… Empujé a Roth, que aterrizó de espaldas con fuerza y rebotó en la cama. Puede que fuera el hecho de que lo había pillado con la guardia baja, pero en cualquier caso me aproveché de ello. Puse la pierna sobre su cadera y me senté, apretando sus hombros con las palmas de las manos. Abrió mucho los ojos, aturdido, mientras movía mi peso hasta mis brazos. Mi pelo se deslizó sobre mis hombros, creando una cortina de un rubio blanquecino. Me senté a horcajadas sobre él, sintiéndolo debajo de mí, entre mis piernas, como si fuera una diosa sobre un trono muy sexy. Casi me reí ante ese pensamiento, pero supuse que eso arruinaría mi atractivo. –Dios. –Echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido mientras me ponía las manos

sobre las caderas–. Me gusta mucho mucho que estés así. –Entonces, ¿cuál es el problema? –pregunté mientras me inclinaba hacia atrás, recorriendo su estómago plano con las puntas de los dedos. Sus dedos se clavaron en mis caderas mientras me miraba a través de los párpados caídos. –La verdad es que no se me ocurre ninguno ahora mismo. –Bien. Comencé a bajar la cabeza, dirigiéndome hacia sus labios separados. Él volvió a sujetarme por las muñecas, levantó mis brazos y me retuvo. –Esto… esto no va a pasar, cariño. Confusa, traté de acercarme, pero él me mantuvo alejada. Una pequeña parte de la agradable neblina se desvaneció mientras el corazón me daba un vuelco. –¿No… no me deseas? Roth se movió con tanta rapidez que no tuve un segundo para pensar lo que estaba haciendo. Me puso boca arriba, con los brazos estirados por encima de mi cabeza. –¿Que si no te deseo? –dijo, apretándose contra mí. Cada parte de nuestros cuerpos se tocaba, robándome el aliento–. Creo que sabes la respuesta a eso.

Ah, creo que lo sabía. Logré liberar unas de mis piernas de debajo de él y enrosqué la pantorrilla alrededor de la parte inferior de su pierna. Sus caderas se hundieron y el cuerpo me hormigueó como si tuviera unas pequeñas chispas bailando sobre la piel. Volvió a gruñir. –Te deseo tanto que es como un hambre que me mordisqueara sin fin. Y no desaparece. –Bajó la cabeza hasta el espacio entre mi cuello y su hombro e inhaló profundamente–. No tienes ni puta idea. –Entonces haz algo al respecto –susurré. Roth levantó la cabeza, y vi que sus pupilas se habían estirado de forma vertical. –Layla… –Su manera de pronunciar mi nombre era como una bendición–. Por favor… Mis dedos se curvaron impotentes mientras me estiraba, y al fin lo alcancé con los labios. Nuestras bocas apenas se tocaban, pero Roth se estremeció y su agarre alrededor de mis muñecas aumentó. Y entonces me atacó. Fue como si las cadenas que lo contenían se hubieran roto. Roth me besó, y no había

nada de suave ni dulce en la forma en que su boca se movía sobre la mía. Me sujetó las muñecas con una sola mano y deslizó la otra por mi brazo y después por mi costado, bajo el dobladillo de mi camisola. Su mano dejó un rastro de fuego mientras la subía hasta la piel desnuda de mi estómago, y después más arriba. Me arqueé ante el tacto y me perdí en ese beso, me perdí en ese sabor y en esa sensación de él que era tan familiar que dolía. Entonces el beso se profundizó, y su sabor me quemó de fuera hacia dentro. Su corazón golpeaba el mío. Nuestros cuerpos encajaban y se movían, haciendo que cada célula de mi cuerpo ardiera con ganas de más, exigiendo más. Y Roth me lo dio. Sus caderas se movieron de formas que me hicieron jadear entre los besos profundos y abrasadores. Mis piernas se enroscaron a su alrededor. –Cómo me encantas –murmuró contra mi boca. Un sonido profundo vibró en él mientras me besaba otra vez–. Sabes demasiado bien para ser verdad. En realidad no comprendía lo que quería decir, pero quería tocarlo, pasar mis dedos por los fuertes músculos de su espalda, meterlos bajo esos vaqueros sueltos. Me sentía

como si fuera a salirme de mi propia piel, como me había pasado… aquella noche con él, que parecía haber sucedido hacía mucho, pero en ese momento estábamos juntos y su cuerpo se movía como el pecado. Sin advertencia, se apartó de mí y la cama tembló cuando se tumbó boca arriba. Durante un momento estaba demasiado aturdida como para moverme, demasiado perdida en las sensaciones vertiginosas que recorrían mi piel. Jadeando, comencé a sentarme para seguirlo. –Roth… –No –dijo, levantando una mano que temblaba–. Dios, no puedo creer que esté diciendo esto siquiera, pero no te acerques más. No te muevas. Sin previo aviso, pasó las piernas por el borde de la cama y se puso en pie. Me incorporé lentamente sobre los codos y lo observé rodear la cama. Roth se pasó ambas manos por el pelo y maldijo en voz baja. Me miró como un animal enjaulado, y sus ojos ardían con un fuego interior. Seguí su mirada. Tenía la camisola subida, más arriba de mi sujetador. Antes de que pudiera hacer nada para rectificarlo, él se dio la vuelta y se dirigió hacia el baño. La

puerta se cerró con fuerza tras él, resonando por el loft. Exhalé profundamente, caí sobre la cama y cerré los ojos con fuerza. ¿Qué acababa de pasar? Me parecía que nos encontrábamos en el mismo punto, que los dos queríamos lo mismo. ¿No era así? Me froté la cara con las manos, y después me bajé la camiseta. Pasaron un par de minutos, tal vez más, mientras deseaba que mi cuerpo se calmara y mi corazón se ralentizara. Roth todavía no había regresado del baño, y la cara me ardió con un pecaminoso tono de rojo mientras me preguntaba qué podría estar haciendo ahí dentro. El subidón se estaba desvaneciendo con fuerza, y toda la lógica y el sentido común que había apartado a un lado como si fueran mosquitos molestos se estaban enfrentando al agotamiento que me atacaba. Esas vocecitas en el interior de mi cabeza se estaban volviendo más ruidosas, llenas de humillación justificada y amenazándome con darme un buen tortazo en la cara, pero entonces los tres gatitos demonios del Infierno subieron por los pies de la cama. Avanzaron merodeando, con las patas hundiéndose en las

mantas, observándome como si yo fuera una mariposa colorida pero estúpida atrapada en una telaraña. Me quedé paralizada mientras se acercaban meneándose hasta mi costado y después fruncí el ceño cuando formaron unas pequeñas bolas que ronroneaban tan fuerte que hacían vibrar la cama. Algo perpleja, los miré fijamente mientras esa vocecita volvía a hablar, diciéndome que me levantara y me largara de allí antes de que fuera demasiado tarde. Pero el ronroneo de los gatitos tenía un efecto como de nana, y antes de que pudiera darme cuenta la distancia entre el ahora y el después se expandió.

Capítulo veinticuatro Me desperté con el suave parpadeo de las velas y un fuerte dolor de cabeza, ligeramente confusa por lo que me rodeaba. Tardé unos pocos momentos en darme cuenta de dónde estaba y de lo que había pasado en la extraña habitación que había

debajo del apartamento de los Palisades. Me incorporé de golpe y sentí que mi ritmo cardíaco se incrementaba. Notaba un sabor extraño en la garganta. Me quité las sábanas de encima y me alivió descubrir que no estaba desnuda. Recordaba haber ido ahí con Roth, hablar con Cayman y los malvados gemelos demonios, y después… Ay, Dios. Recordaba saborear el alma de la mujer, la que me recordaba a un pastelito. Extrañamente, las náuseas que sentía tras el desaparecido subidón de tomar un alma eran mínimas. Tan solo sentía una ligera molestia en el estómago, pero era verdaderamente insignificante en comparación con todo lo demás. Salí de la cama, recorriendo con los ojos el loft de Roth. En el borde del colchón, el pequeño gatito blanco se estiraba de costado. Siseó al verme. El gato blanco y negro estaba sentado sobre el piano. Se puso en pie, paseándose perezosamente sobre las teclas. Cada nota que golpeaban las patas era chirriante. Por el rabillo del ojo, una sombra cruzó con rapidez la pared de cristal, bloqueando momentáneamente la luna y

las luces de los edificios que me rodeaban. Me giré de golpe, con el corazón en la garganta. No había nada. Mi mirada se dirigió hasta la puerta del baño. Se encontraba abierta, y había estado cerrada cuando… Ay, mierda, Roth. Me había lanzado contra él. Bueno, técnicamente lo había derribado y me había montado encima. Lo había besado, y él me había devuelto el beso antes de parar lo que seguramente yo habría continuado. Me puse una mano sobre la sien e hice una mueca. En ese momento no estaba segura de qué era lo peor: acosar a Roth y hacer que se escondiera en el baño o haber probado un alma. Volví a examinar el loft, pero no vi a Roth. Notaba los pasos pesados y las piernas descoordinadas. Encontré los zapatos y la sudadera junto a mi mochila, los tres en una silla que había junto a la puerta. Ni siquiera recordaba haber llevado la mochila. Saqué el móvil y toqué la pantalla. Había llamadas perdidas: dos de Stacey y más de las que podía contar de Zayne. El corazón me dio un vuelco, y entonces vi la hora.

Las tres y cuarto de la mañana. –Ay, mierda –chillé, sobresaltando al gato del piano. Los golpes en las teclas encajaban con el ritmo de mi pulso–. Ay, mierda, mierda, mierda. Rebusqué en busca de mi monedero y lo encontré entre dos cuadernos. Necesitaba tomar un taxi. Mientras volvía a meter el móvil en la mochila, pensé en las llamadas perdidas de Zayne. Tenía que haber estado aterrorizado, y tenía que haber pensado…, ni siquiera podía permitirme pensar eso. Me temblaba la mano mientras rodeaba la correa de la mochila. Necesitaba hablar con él, pero no podía concentrarme en nada que no fuera poner un pie enfrente del otro. ¿Dónde estaba Roth? No importaba. Me había llevado allí, y me… me había dejado dormir durante horas. Un fogonazo de furia me atravesó, pero ¿cómo podría culparlo por ese desastre? Debería haber hecho caso a mis instintos, pero me había ido con él. Y después había bailado con Sucky e Inky y, aunque me habían hecho algo, había sido yo quien probó el alma de la mujer. Era como si Roth hubiera abierto una puerta al decirme que me

portara mal con él y yo la hubiera atravesado directamente. Yo me había metido a mí misma en ese lío. Caminar hasta la puerta y abrirla me costó mucha energía. Fuera del loft, los dos Sabuesos Infernales estaban sentados como centinelas. Levantaron las orejas, pero no se movieron hacia mí. Mientras pasaba junto a ellos, los músculos de sus lomos se movieron en bultos irregulares. Contuve el aliento, rogando que no me comieran, hasta que llegué al final del pasillo y abrí la puerta. Medio corriendo y medio deslizándome por los escalones, seguí avanzando hasta que oí unos chillidos agudos y unos gimoteos. Me detuve de golpe al otro lado de la puerta que conducía al vestíbulo y me quedé paralizada. Una risa salvaje reverberaba por la escalera, y también gritos y gemidos. ¿Qué co…? Retrocedí, me giré y miré la salida hasta el garaje. Cualquier lugar era mejor que ir al vestíbulo o volver al bar, volver a la locura sin Roth. ¿O es que se encontraba en el vestíbulo, disfrutando de la fiesta?

Abrí la puerta, corrí por el garaje a oscuras y salí a la calle. Mi fino jersey no era ninguna protección contra el aire frío. Me abracé y me aferré a la mochila, recorriendo disparada las calles cubiertas de niebla. De pronto pensé en Jack el Destripador. ¿No atacaba siempre a sus víctimas en las noches neblinosas de Londres? No es que no pudiera vencer a un asesino en serie, pero el pensamiento me perturbaba de todos modos. Me di prisa, buscando con los ojos un taxi entre las calles neblinosas. Dios, estaba metida en un lío enorme. Había probado un alma. Mi interior se retorció por la culpa y la vergüenza y me dije que tenía que dejar de pensar en ello, porque ya no había nada que pudiera hacer. Pero sentía escalofríos mientras continuaba bajando la calle silenciosa. Si respiraba demasiado fuerte, si inhalaba con demasiada profundidad, todavía podía saborear su esencia, como a azúcar glas. Me mordí el labio hasta que la sangre reemplazó la dulzura azucarada. El dolor hizo poco para detener el fuerte recuerdo, el placer que me había

dado el alma. ¿Qué había hecho? Parecía que el mono todavía no me había golpeado, y me merecía el sudor, los escalofríos y el hambre que no podía aplacar. Me merecía eso y mucho más. Todos los edificios que rodeaban las calles estaban silenciosos y en sombras, hasta que crucé una calle y me di cuenta de que una de las sombras se había separado del resto. Se movía por el pavimento junto a mí, más gruesa y grande que mi propia sombra ligera. El olor a sulfuro reemplazó el olor húmedo del río cercano. Me detuve. La sombra se detuvo. El hielo congeló mis venas mientras el olor a huevos podridos se incrementaba hasta que me ardieron los ojos. Junto a mí, la sombra creció alta y esbelta, tomando la forma de una figura sin cara hecha de humo oscuro. Entonces levantó los brazos en el aire y se inclinó hacia un lado, alzando una pierna. La pesada niebla retrocedió, como si no quisiera tocar a esa abominación. Lentamente, la sombra giró como si fuera la bailarina de mi joyero, el que

nunca utilizaba. Mierda. Era un Sombra; un espíritu demoníaco. De los que podían poseer humanos débiles y causar un montón de problemas. Una risa escalofriante parecía venir del Sombra, del pavimento y de los edificios; todo a la vez. Me rodeaba, erizándome el vello de todo el cuerpo. Di un paso hacia atrás. El Sombra se detuvo y bajó la pierna hasta el suelo. Puso unos brazos humeantes en lo que suponía que eran sus caderas y dio una especie de brinco feliz. Después se inclinó y tendió una mano translúcida en mi dirección. Unos dedos endebles se menearon como una invitación para bailar. Más Sombras acudieron a unirse al extraño baile. Girando y pasando a mi alrededor, rompiendo los densos bancos de niebla. Continuaron a una velocidad mareante, invitándome a unirme a la fiesta. Me recordaba a los gemelos y a cuando había visto las caras sin carne del club. No tenía tiempo para aquello.

–Marchaos –les pedí–. No quiero nada de lo que ofrecéis. Se detuvieron inclinando hacia un lado las cabezas neblinosas, salvo por el Sombra original. Se volvió más grueso y más sólido según pasaban los segundos y su cuerpo se solidificó. Unas motas de ceniza comenzaron a caer del cielo, aterrizando sobre mis manos y mi pelo, con olor a carne quemada y maldad. –Pero nosotros tenemos tiempo para ti –dijo con voz ronca–. Nosotros sabemos lo que buscas. Todos mis instintos me gritaban que me alejara de esas cosas, pero me mantuve firme. –¿De verdad? El Sombra asintió con la cabeza y el humo se movió en el aire. –Buscas al Lilin, pero no lo estás buscando en el lugar adecuado. –Jo, gracias por la aclaración. Se rio, y el sonido hizo temblar las ventanas del edificio que había tras nosotros. –Buscas demasiado lejos. Tienes que mirar más cerca. Más cerca –repitió con voz lisonjera–. La verdad es mucho más extraña que tus suposiciones más salvajes.

Contra mi voluntad, me incliné hacia él, atraída por la voz humeante. La cara neblinosa que tenía delante tomó forma, con dos ardientes ojos rojos. Apareció una cara llena de cosas pequeñas que se retorcían. Gusanos. Gritando, me aparté de golpe y después eché a correr, golpeando la acera con fuerza con los pies. Los Sombras me persiguieron, corriendo junto a mí y riendo mientras yo trataba con desesperación de poner distancia entre nosotros. Vi a la gente de la calle, vagabundos que probablemente lo hubieran visto todo, escabullirse contra las paredes y el edificio, tratando de parecer lo más pequeños que podían. El Sombra con la cara llena de gusanos se echó hacia atrás y giró en el cielo por encima de mí. Una ráfaga de aire me golpeó mientras otro se lanzaba hacia delante. En el centro de un rostro humeante, las facciones se fundieron como si la cara estuviera hecha de cera de vela goteante. Siguieron cambiando, cada uno más perturbador que el anterior, hasta que el último, que era casi sólido, me miró con mi propia cara. Tropezando, me detuve. Mis propios ojos redondos me devolvían la mirada, pero eran diferentes. El gris

estaba dividido por la mitad, como los ojos de un gato, como mis ojos cuando me había transformado. Mi cara me siseó mostrando una cara sin dientes, tan solo gusanos…, más gusanos. Aterrorizada, no podía apartar la mirada. Los gusanos se liberaron y cayeron al pavimento con pequeños golpecitos. El Sombra con mi cara habló. –Cuando llegue el momento verás que eres igual que nosotros, y entonces todos seremos libres. Se alejó flotando y entonces me recuperé. Me giré y corrí tan rápido como pude. Las calles estaban frías. Las atravesé como una flecha y me atreví a mirar atrás. Ralenticé el ritmo y me giré. Estaba chorreando sudor, que escocía en el aire frío y húmedo, y tenía el estómago revuelto. No había sombras bailarinas. Bajé la mirada hasta mi mano, que se encontraba cubierta de ceniza. Me apresuré a limpiármela en los vaqueros mientras levantaba la mirada. El Sombra me había mostrado mi cara. Mi cara.

Noté una fuerte presión en el pecho mientras respiraba hondo y llamaba a un taxi blanco que se acercaba. Abrí la puerta y lancé una última mirada a las calles antes de deslizarme en el asiento. –¿Adónde? –preguntó el taxista. Levanté la mirada y capté su reflejo en el retrovisor. El sueño le tiraba de los ojos y dejaba varias arrugas profundas en su piel. –Dunmore Lane. Asintió con la cabeza y se volvió hacia la calle. –Es un buen viaje desde aquí. Pareces un poco joven para estar… Un Guardián bajó del cielo y aterrizó enfrente del taxi. –Oh, no –susurré. El impacto sacudió al taxi y añadió otro bache a la calle. Las alas del Guardián estaban extendidas, con varios metros de envergadura. Su pecho ancho, del color del granito, estaba pulido. Ni siquiera tenía que mirarlo a la cara para saber quién era. Zayne. –¡Jesús! –dijo el taxista con un jadeo, y se llevó una mano al pecho. Los humanos

estaban bien al tanto de la existencia de los Guardianes, pero dudaba seriamente que ninguno esperara ver a uno cayendo del cielo en mitad de la noche–. ¿De dónde ha salido? Zayne puso una mano con garras sobre el capó del taxi y lo levantó sobre dos ruedas. El taxista se aferró al volante mientras yo empujaba la parte trasera del asiento que tenía enfrente. –Sal del coche ahora mismo –ordenó Zayne, y colocó el taxi con suavidad sobre sus cuatro ruedas mientras su mirada penetrante caía sobre mí. El taxista se retorció en su asiento. –¿Te está hablando a ti? –Asentí con la cabeza–. Entonces sal –dijo mientras señalaba la puerta–. No quiero tener problemas con ellos. Si quiere que salgas del taxi, sales del taxi. Fruncí el ceño, con ganas de señalar que podría ser una chica inocente que necesitara ayuda, pero ese no era el caso y no quería arrastrar a nadie que sí fuera inocente en medio de todo aquello. Abrí la puerta y salí. En cuanto la cerré detrás de mí, el taxi salió disparado,

quemando la goma mientras volaba por la avenida. –Has estado con él. –El corazón me dio un fuerte vuelco mientras me obligaba a mirarlo a los ojos. En su verdadera forma, Zayne era una intimidatoria masa de granito–. Hueles a él, así que ni siquiera intentes mentir. –No iba a hacerlo. Lo juro. –Me tragué el nudo de mi garganta–. Zayne… –Me he pasado toda la tarde y toda la noche buscándote –dijo, y dio un paso hacia delante. Tenía la cabeza gacha–. Pasé por su casa. No pude entrar, pero nos vimos en el tejado. Me dijo que no estabas con él. ¿Que dijo qué? Tenía que haber sido cuando estaba dormida, pero ¿por qué iba a mentir Roth? Probablemente porque me había alimentado de un alma y él no sabía si aún seguía con el subidón. –Evidentemente, mintió –gruñó–. No puedo decir que eso me sorprenda, pero tú… –La furia parecía emanar de él mientras daba un paso hacia atrás. Sus hombros cayeron mientras respiraba hondo–. Tú has pasado la noche entera con él. Esa declaración, que no era una pregunta, me rompió. –No…, ¡no! No es así. No me fui con él por algo así.

Giró la cabeza, y la luz de la farola se reflejó en sus brillantes cuernos negros. El hecho de que siguiera en su forma de gárgola enfrente de mí era una declaración de lo enfadado que estaba. Había un tiempo en el que me ocultaba el aspecto que tenía en su verdadera forma. –Me salté la comida con él. ¡Eso es todo! Sé que no parece que sea así, pero por eso me marché del instituto con él. –Mi mochila cayó al suelo–. Estaba enfadada por lo que había pasado ayer con Abbot y tan solo… tan solo necesitaba marcharme. Volvió a girar la cabeza hacia mí. –¿Marcharte con él? –No me refería a eso. –Cerré los ojos con fuerza, sabiendo que lo que estaba a punto de admitir iba a ser mucho peor que cualquier cosa que pensara Zayne–. Fuimos a su casa, y había una mujer allí, y me… –¿Qué hiciste? Abrí los ojos y volví a ver lo que me había mostrado el Sombra…, mi cara. –Había una mujer, y me… me alimenté de ella. Zayne me miró fijamente, con los ojos muy abiertos.

–No. La palabra sonaba torturada y, joder, eso me producía un dolor profundo. –No quería hacerlo, y sé que esa no es excusa. –Daba igual que Sucky e Inky tuvieran algo que ver con ello. Culparlos no tenía sentido–. No la maté. Se encontraba bien, pero lo hice y me dio… –¿Un subidón? Las mejillas me ardieron a causa de la humillación. –Sí. –Déjame ver si lo entiendo. Te marchaste porque estabas enfadada por lo que pasó anoche con Maddox, que, por cierto, está despierto y ha confirmado que tú no lo empujaste. –Antes de que pudiera decir que la confirmación probablemente no hiciera gran cosa por cambiar lo que su padre pensaba, continuó–: ¿Así que hoy te fuiste con un demonio e hiciste exactamente lo que mi padre te estaba acusando de hacer? – Comenzó a pasearse por delante de mí, agitado–. ¿Cómo demonios crees que eso tiene algún sentido? Me pasé las manos por el pelo.

–No lo tiene, y sé que la he cagado… –Es porque estabas con él. Negué con la cabeza, sabiendo que ni siquiera había oído todavía la peor parte y que tenía que decírselo. –No es porque estuviera con él. Roth no me obligó a hacer nada. Zayne abrió la boca y una mueca de dolor atravesó su rostro. Dio un paso hacia atrás y su piel se aclaró hasta que quedó delante de mí en su forma humana. Solo llevaba unos pantalones de cuero caídos, pero eso no lo hacía menos intimidatorio. Pero la expresión de su cara, esos penetrantes ojos azules, me golpearon en el pecho. Se pasó un dedo por el pelo suelto y después bajó la mano. –¿Qué…? ¿Qué has hecho? –Be… Besé a Roth –dije, obligándome a no apartar la mirada y a asumir lo que había hecho–. Estaba un poco ida y… –¿Básicamente es como emborracharte y liarte con alguien? –Se rio, pero no había ningún humor–. ¿Se supone que eso hace que sea mejor? –No. No lo hace, pero no lo habría hecho si no hubiera estado ida. –Una vocecita

dentro de mí no estaba de acuerdo, pero me apresuré a silenciar a esa zorra–. Fue un error –susurré–. Lo siento. Sé que eso no cambia nada ni tampoco lo mejora, pero lo siento mucho. Negó ligeramente con la cabeza. –Ni siquiera sé qué decir, Layla. Te conozco. –Me agarró los hombros mientras bajaba la cabeza–. Te conozco, pero a veces eres una completa desconocida para mí. Haces cosas que al final solo te harán daño y ni siquiera sabes por qué. –Es solo que… –Cerré los ojos con fuerza. ¿Solo que qué? ¿Sabía por qué hacía las cosas que hacía a veces? La respuesta parecía demasiado simple. Estaba en mi naturaleza, aunque eso no era una excusa. Pero nada de eso importaba en ese momento, porque cuando abrí los ojos solo vi el dolor en los ojos de Zayne–. Lo siento. Deslizó las manos por mis brazos y después las apartó mientras se enderezaba. –Cuando dije que deberíamos darle una oportunidad a esto, a esto que hay entre nosotros, no pensaba que fuera a pasar algo así. Se me retorcieron las entrañas en nudos aún más dolorosos e intrincados. Eso era

todo. Lo que quiera que hubiera entre nosotros había terminado antes siquiera de comenzar. Tal vez fuera lo mejor. Una relación era imposible, y sería un obstáculo entre él y su padre. Aunque me estaba diciendo eso, las lágrimas se deslizaron por mi garganta, quemándome tras los ojos. –Ahora ya no hay ninguna oportunidad, ¿verdad? –pregunté con la voz rota. Tardó un largo momento en responder. –La verdad es que no lo sé. Bajé la barbilla mientras tomaba un aliento entrecortado. Fue mejor de lo que esperaba, pero no hizo nada por aliviar la culpa que recorría mi piel. Tras unos pocos segundos, dijo: –Te he cubierto. Levanté la cabeza y cuando vi que estaba diciendo la verdad quise cortarme la lengua. –¿Cómo? –De algún modo sabía que te encontrabas… bien –dijo, pasándose la palma de la mano por la mandíbula–. No me evitó pasarme horas buscándote, pero no fue difícil cubrirte. –Me sentía como si midiera medio metro–. Hemos recibido una noticia

mientras tú estabas fuera haciendo… haciendo lo que sea. Dean McDaniel ha muerto. Me llevé la mano a la boca y olvidé todo lo demás. –Ay, Dios mío. –Ya sabes lo que eso significa. ¿Además de que había perdido la vida siendo demasiado joven? Bajé la mano. –Significa que se ha convertido en un espectro.

Capítulo veinticinco Las malas noticias viajaban rápido. Cuando comenzaron las clases a la mañana siguiente, parecía que todos habían oído lo de la muerte de Dean. Aunque no había sido popular y la mayoría de la gente solo se había fijado en él tras meterse en la pelea de la clase de Biología, había un ambiente sombrío en los pasillos abarrotados. Nadie reía ni sonreía. El bajo tamborileo de emoción por las vacaciones de Acción de Gracias que se acercaban estaba amortiguado. La muerte de Dean nos afectaba a todos. Tal vez servía como doloroso y

horrible recordatorio de que incluso los jóvenes podían irse en cualquier momento. –Alguien dijo que fue un ataque al corazón –explicó Stacey mientras íbamos a clase–. Pero ¿cómo va a tener un ataque al corazón un chico de diecisiete años? Negué con la cabeza. Era lo máximo que podía lograr, teniendo en cuenta lo que había pasado la noche anterior y aquella mañana temprano. Extrañamente, el mono que sentía después de alimentarme, como cuando un adicto se recupera de un colocón, todavía no me había golpeado. Sabía por lo que Zayne me había contado aquella mañana que habían declarado que la muerte de Dean era por causas naturales, pero sabíamos que era de todo menos normal. Dean estaba muerto, pero desde luego no estaba descansando en paz. Esa nube de mal, esa espesa y casi asfixiante capa que había sentido bajo la superficie en casa de Dean, se encontraba presente ese día en el instituto. Era como una sombra escondida en cada esquina, un acosador invisible esperando para atacar. –A lo mejor fueron drogas –dijo una chica junto a nosotras, y pese a todos mis

esfuerzos no era capaz de recordar su nombre–. Puede que sufriera una sobredosis y estén diciendo que ha sido un ataque al corazón. La especulación continuó hasta que sonó la campana, señalando el comienzo de la clase. Me tensé cuando Roth entró a zancadas en el último segundo. Con el pelo húmedo y rizado por una ducha reciente, parecía tan cansado como yo me sentía. Tarareando con suavidad, tomó el asiento que había frente a nosotras y me echó un vistazo por encima del hombro. Había un secretismo en su mirada interrogativa que ignoré mientras el señor Tucker, que suponía que iba a sustituir a la señora Cleo de forma permanente, se movía para ponerse enfrente de la clase con las manos cerradas sobre las diapositivas transparentes. Mis ojos se encontraron con los de Roth durante un momento, y después me centré en el señor Tucker. Estaba demasiado cansada de sentirme avergonzada por lo que había hecho el día anterior, pero no sabía qué decirle a Roth. ¿Disculparme por haberle metido mano? Sonaba divertido. Pude sentir su mirada sobre mí durante unos cuantos segundos

más antes de que mirara hacia la parte delantera de la clase. –¿Qué pasa con vosotros dos? –preguntó Stacey con una voz baja que sabía que Roth podría oír sin problemas. –Nada –repliqué. Roth se reclinó sobre su asiento y dejó los brazos colgando a los lados. –Como tu mejor amiga, te digo que una mierda. –Stacey me golpeó la pierna con la suya–. Ayer volviste a desaparecer. Estabas con él, ¿verdad? La mentira subió hasta la punta de mi lengua, pero estaba increíblemente harta de mentir. No respondí, lo cual era respuesta suficiente. Roth apoyó la silla sobre las dos patas traseras, balanceándose precariamente de una forma que solo él podría conseguir sin caerse como un idiota. Stacey tomó aliento. –¿Qué pasa con Zayne? Noté una presión en el corazón, como si alguien lo hubiera metido en un exprimidor. Buena pregunta. Había jodido la noche anterior, y había hecho más daño a Zayne del que probablemente me diera cuenta. Cuando me llevó a clase por la mañana,

no habló. Yo tampoco podía, porque a esas alturas las palabras eran baratas e inútiles, llenas de promesas huecas y expectativas. Roth apoyó los brazos sobre nuestro pupitre y Bambi se movió con nerviosismo sobre mi estómago. Había desaparecido en cuanto llegué a casa la noche anterior, probablemente para alimentarse. Cuando me levanté con solo media hora para prepararme para ir al instituto, estaba enroscada en mi casa de muñecas. El señor Tucker se aclaró la garganta. –Sé que hoy hemos tenido una trágica noticia sobre uno de vuestros compañeros de clase. Dirigí la mirada hacia donde los chicos se habían sentado detrás de Dean. Lenny todavía no había vuelto al instituto, pero Keith se encontraba ahí. Basándome en cómo se encorvaba en su asiento, con las piernas estiradas por delante de él, me di cuenta de que no estaba demasiado abatido por la noticia. –Me han dicho que hay asesores de duelo por si alguien quisiera hablar con ellos – continuó el señor Tucker, moviendo las diapositivas de atrás hacia delante en sus manos,

como si estuvieran saludando a la clase. El siguiente aliento que tomé se me quedó atascado en la garganta mientras la sensación del pasillo se filtraba en el aula como una nube oscura y gruesa que pasara por delante del sol. No pude evitar estremecerme. Dejé el bolígrafo sobre mi cuaderno mientras miraba a mi alrededor, al aula. Todo parecía normal, pero había algo extraño. Roth inclinó la cabeza hacia un lado y supe que él también lo sentía. –No hay nada de lo que avergonzarse si sentís que necesitáis hablar con alguien – siguió el señor Tucker–. Nadie os lo va a reprochar. La muerte es algo difícil a lo que enfrentarse, da igual la edad que uno tenga. La luz que había encima del profesor parpadeó, pero solo lo notamos Roth y yo. Él puso la silla sobre las cuatro patas. La luz dejó de parpadear, pero entonces la que tenía delante empezó a hacerlo… y cuando se detuvo, otra continuó, recorriendo un camino claro en mitad del pasillo hasta que la luz que había sobre el pupitre de Keith empezó a parpadear salvajemente.

Él levantó la mirada, frunciendo el ceño. –Así que pedídnoslo a cualquier profesor y os llevaremos con alguno de los asesores… El señor Tucker perdió el hilo mientras dirigía la mirada hacia la luz. Las diapositivas se quedaron inmóviles en sus manos. Hubo un instante de silencio y cada músculo de mi cuerpo se tensó mientras una brisa helada me recorría la piel. Me puse rígida ante la familiar sensación. Algo estaba a punto de pasar, lo sabía: conocía la sensación. El escalofrío profundo hasta los huesos que se había filtrado en mi ser era lo mismo que había sentido justo antes de que las ventanas explotaran y Maddox se cayera por la escalera. Comencé a ponerme en pie y Stacey me sujetó el brazo. La luz que había encima de Keith explotó de pronto en una lluvia de chispas y cristal. El aula se llenó de chillidos y del sonido de las patas de las sillas arañando el suelo mientras la gente se ponía en pie, sorprendida. –Ya estamos –murmuró Roth, sentándose erguido. El señor Tucker soltó las diapositivas mientras corría hacia delante.

–Quedaos todos atrás. Hay cristal por todas… Keith chocó contra la silla vacía que había junto a él, sacudiendo la cabeza. Le cayeron unos trocitos de cristal del pelo. Me giré para rodear a Stacey cuando Roth se puso en pie al tiempo que un borrón negro se acercaba desde la esquina del aula, moviéndose con demasiada rapidez como para que ningún ojo humano lo siguiera. Se me puso la piel de gallina. Un espectro; había un espectro en la clase… y estaba dispuesta a apostar el suministro de galletas de azúcar de todo un año a que se trataba de Dean. La forma sombría, de no más de un metro de alto, salió disparada contra las piernas de Keith y lo derribó de la silla. Para todos los de la clase probablemente pareciera que había perdido el equilibro, pero yo sabía la verdad. El chico cayó al suelo con fuerza y soltó un gruñido. Sus piernas golpearon la silla y la sombra se emborronó mientras volvía a moverse. La silla se levantó, se movió hacia atrás y se estampó contra la cara de Keith. –¡Joder! –exclamó el señor Tucker y, Dios, en cualquier otro momento me habría reído, pero nada de aquello era divertido.

La sombra se escabulló hasta la esquina más alejada del aula y se quedó cerca de la puerta mientras el señor Tucker se agachaba para ayudar a levantarse a Keith, que estaba ensangrentado y agitado. Stacey se giró hacia mí, con la cara pálida y los ojos muy abiertos. –Estoy empezando a pensar que tal vez sea hora de cambiar de instituto. –Puede que sea una buena idea –asintió Roth mientras se dirigía hacia el pasillo del centro. Seguí la sombra con la mirada mientras salía disparada hacia la puerta. Se derrumbó sobre sí misma y se convirtió en un charco oscuro antes de meterse por debajo de la puerta. La Guardiana de mi interior me exigía que le diera caza. –¿Qué estás haciendo? Stacey volvió a intentar sujetarme, pero ya estaba demasiado lejos. –Enseguida vuelvo –dije por encima del hombro. El señor Tucker y la mitad de la clase estaban demasiado entretenidos ocupándose de Keith, que divagaba de forma incoherente, como para prestar atención a lo que estaba haciendo.

Salí por la puerta, giré a la derecha y vi al espectro de inmediato. Bajó deslizándose por el pasillo, nada más que una neblinosa nube espeluznante. Utilizando una energía que no sabía que tenía, me puse en marcha y eché a correr. El espectro se quedó inmóvil durante un instante y entonces una risa baja reverberó por el pasillo un segundo antes de que las puertas de la taquilla se abrieran de golpe. Como si hubiera saltado un resorte invisible, los libros y las chaquetas salieron volando de las taquillas, seguidos por cuadernos y papeles sueltos. Solté un grito cuando un libro de Historia particularmente pesado me golpeó el muslo, y después seguí avanzando, perdiendo de vista al espectro en la tormenta de libros. Con el caos de material escolar giratorio, abrí mucho los ojos cuando los lápices y los bolígrafos se convirtieron en pequeños instrumentos de la perdición. Zumbaron por el aire y chocaron en las paredes. La nube de libros y bolígrafos me golpeó los brazos. Derribé unos cuantos solo para seguir luchando contra más. De pronto Roth apareció ahí y tiró un libro al suelo antes de que me diera en toda la

cabeza. –Perseguir a un espectro probablemente no sea la idea más inteligente. –Entonces, ¿qué sugieres que hagamos? –Esquivé una bolsa grande de maquillaje–. ¿Dejar que haga daño a alguien más? Roth abrió la boca para responder, pero entonces el caos se detuvo. Los libros y los papeles quedaron suspendidos en mitad del aire antes de caer de golpe al suelo. El pasillo parecía como si unas rebajas de vuelta a clase hubieran salido terriblemente mal. El personal del instituto llenó el pasillo y echó un vistazo al desastre antes de girarse hacia donde Roth y yo nos encontrábamos, Unas miradas de incredulidad cruzaron sus rostros, seguidas con rapidez por la sospecha. –Mierda –murmuré. Miré fijamente la hoja de papel de un amarillo mantequilla mientras me quedaba plantada enfrente del instituto. Notaba la cara paralizada con el ceño fruncido. Una de las puertas se abrió detrás de mí, pero no tenía que mirar para saber quién era. El dulce aroma lo delataba.

–¿A ti también te han expulsado? –preguntó. Con un suspiro, doblé el papel y lo guardé en el bolsillo de mis vaqueros mientras Roth se ponía detrás de mí. –Sí. Su política de «tolerancia cero». Roth rio entre dientes mientras se metía las manos en los bolsillos. –Al menos es solo un par de días. Las vacaciones de Acción de Gracias son la semana que viene, y después ya no estaremos expulsados. El director y el personal administrativo habían echado un vistazo al pasillo y nos habían culpado a Roth y a mí por el desastre, argumentando que lo habíamos hecho antes de que llegaran o alguna mierda parecida. ¿Y qué podríamos haber dicho en nuestra defensa? ¿Que el responsable había sido un espectro? Sí, seguro que eso habría ido genial. –¿Vas a meterte en problemas? –preguntó al ver que no respondía. Entorné los ojos mientras miraba al brillante sol, estremeciéndome. –Seguro que sí. –Eso no está bien. –Inclinó el cuerpo hacia mí, bloqueando parte del fuerte viento que cruzaba el pabellón. Yo asentí con la cabeza lentamente y dirigí la atención hacia la

calle–. ¿Te metiste en un lío gordo por lo de anoche? Tiré de las mangas de mi jersey para ponerlas sobre mis dedos y mantuve el tejido tenso. –Zayne me cubrió. Los demás no tenían ni idea de que había desaparecido. Me giré hacia él y levanté las cejas. Él miró directamente hacia delante, con los labios apretados. –Le dijiste a Zayne que no estaba contigo. –Sabes por qué lo hice. –No te creyó. Levantó la barbilla. –¿Importa eso? –Me dejaste dormir hasta las tres de la mañana –dije con la voz débil–. Si Zayne no me hubiera cubierto… –Pero lo hizo. –Dirigió la mirada hacia mí–. No quería despertarte. –¿Porque tenías miedo de que fuera a lanzarme a por ti otra vez? La pregunta se me escapó antes de poder contenerme, y Roth inclinó la cabeza hacia un lado. –Más bien tenía miedo de que no lo hicieras, y ese es el problema. –Bajó un

escalón y se giró hacia mí–. Te dejé sola porque si te hubieras despertado y me hubieras pedido que te besara, no habría sido capaz de detenerme una segunda vez. Sus palabras tuvieron un efecto devastador en mí. Una ráfaga de calor fundido atravesó mis venas, provocando unos tensos bucles en la boca de mi estómago, pero eso estaba mal por una multitud de razones. –No tienes que preocuparte por una segunda vez –le aseguré–. Estaba de subidón. Una comisura se curvó hacia arriba y se rio con suavidad. –Eres una mentirosa terrible. –No estoy mintiendo. Roth volvió a subir el escalón, acercándose a mí. Bajó la cabeza de modo que su boca casi rozara la mía cuando habló, pero me negué a retroceder. –Sé por qué dices eso. Incluso lo entiendo, Layla. Lo pillo. Te hice daño y me merezco todas y cada una de tus mentiras. –Me puse rígida mientras su cálido aliento bailaba sobre mis labios–. Pero hay demasiadas cosas que no sabes o entiendes – continuó, inclinando la cabeza de modo que sus palabras rozaran el lóbulo de mi oreja,

provocándome un escalofrío que descendió por mi cuello–. Así que no creas saber lo que quiero de verdad ni lo que haría por protegerlo. Roth se giró sobre sus talones mientras yo pestañeaba como una estúpida. Bajó los anchos escalones de dos en dos, y yo me apreté el cuello con la mano mientras lo observaba alejarse. ¿Que había demasiadas cosas que yo no sabía? En lo relativo a Roth, estaba comenzando a creer que eso era cierto. Me encontré en el estudio de Abbot en cuanto se despertó y bramó mi nombre por toda la casa. Sonaba como si un monstruo gigante estuviera a punto de derribar las paredes o algo así. En ese momento, lo cierto era que más o menos me recordaba a un monstruo gigante. –¿Expulsada? –dijo, sujetando la hoja de papel. Asentí con la cabeza. –Había un espectro en el instituto. Atacó a un chico, Keith, y después salió al pasillo. Lo seguí y se volvió loco, destrozando las taquillas. ¿Qué se suponía que iba a decir cuando salieron los profesores?

Abbot dejó la hoja de papel sobre su escritorio y se pellizcó el puente de la nariz. No dijo nada, pero Nicolai, que se encontraba a su derecha, inclinó la cabeza. –Desde la muerte del chico hemos sabido que se crearía un espectro. Eso es lo que pasa cuando un humano pierde su alma. Lancé una mirada de agradecimiento en su dirección. –Lo sé –murmuró Abbot, frotándose la frente–. El hecho de que el espectro fuera directamente al instituto es preocupante. Cruzando los brazos, Zayne presionó con los hombros la pared sobre la que estaba apoyado. Había permanecido en silencio al recogerme, y no había dicho gran cosa mientras hablábamos con su padre. Su mirada se encontró brevemente con la mía antes de que la apartara. Me hundí un poco en la silla. Mientras Abbot hablaba de planes para ir a investigar en el instituto por la noche, repetí en mi mente lo que había sucedido en clase. Keith podría haber sido seriamente herido y, salvo que sacáramos al espectro de ahí, todo el mundo estaba en peligro. El escalofrío que noté en la piel me hizo arrebujarme en el

jersey…, ¡el escalofrío! El aire frío que había sentido antes de que el espectro atacara me había resultado familiar. ¿Cómo podía haber olvidado eso? Me incliné hacia delante en la silla. –Esperad un momento. Antes de que el espectro nos atacara en la clase, sentí una ráfaga de aire frío. Lo mismo que sentí antes de que las ventanas explotaran y que Maddox se cayera por la escalera. Los dedos de Abbot se detuvieron sobre su frente mientras me observaba. –¿Me estás diciendo que hay un espectro en nuestra casa? Sonaba a locura, pero no era imposible. Las barreras protectoras contra la actividad demoníaca dentro de la casa eran básicamente nulas debido a que yo estaba allí. Y, de todos modos, los espectros técnicamente no eran demonios. –¿Por qué iba a haber un espectro aquí? –continuó Abbot, bajando la mano hasta su escritorio mientras me examinaba–. Normalmente se sienten atraídos por los lugares que les son familiares de cuando estaban vivos. Dez se movió sobre uno de los enormes sillones de cuero y una expresión contemplativa cruzó su rostro. No habló, y no sabía lo que estaba pensando ni

si iba en la misma línea que mi mente. Un espectro se creaba cuando le quitaban el alma a un humano. Solo ciertos demonios podían hacer eso: Lilith, un Lilin y… y yo. Los Guardianes también tenían almas, almas puras. Y yo había tomado el alma de Petr la noche que me atacó. Había sido en defensa propia, porque me habría matado con seguridad de no haberlo hecho, pero el acto de tomar un alma, sin importar la causa, estaba estrictamente prohibido. Y algo horrible le había sucedido. No había muerto como lo haría un humano cuando le robé la última voluta de su alma. Se había transformado en algo diabólico, más terrorífico que un demonio de Nivel Superior. Pero entonces Roth había matado fuera lo que fuese en lo que se hubiera convertido. ¿Podría ser que Petr siguiera estando ahí, pero como espectro? El estómago se me retorció lleno de nudos mientras bajaba la mirada. –Tienes razón. –Las palabras eran como ácido sobre mi lengua–. No hay ninguna razón para que haya un espectro aquí. Cuando levanté la mirada me di cuenta de que Zayne se había erguido, y él sabía lo

que había pasado en realidad aquella noche. No se lo había admitido, pero él siempre podía ver a través de mis mentiras. –¿Cómo vais a libraros del espectro que atacó a Keith? –pregunté, esperando devolver la atención de Abbot al problema del instituto. Él me sostuvo la mirada con expresión cerrada. –Un buen exorcismo de la vieja escuela.

Capítulo veintiséis El tiempo se arrastraba sin que nada sucediera. Probablemente fuera porque no había salido de la casa. Abbot no me había castigado, cosa que me sorprendía. Aunque era evidente que yo no había causado el desastre que había provocado mi expulsión, la verdad es que había pensado que encontraría alguna forma de echarme a mí la culpa. Supe por mi breve conversación con Nicolai que el viernes realizaron un exorcismo en el instituto, después de que acabaran las clases, y que el espectro antes conocido como

Dean ya no era un problema. Me alivió oír que habían eliminado al malicioso espíritu y que no había necesidad de llamar a los Cazafantasmas, pero eso no cambiaba el hecho de que Dean había muerto sin alma y, por tanto, se encontraba en el Infierno. Dean no se merecía eso, y no era justo. Peor todavía, habría más espectros. O puede que ya hubiera más y simplemente no los hubiéramos descubierto todavía. Los Guardianes estaban investigando muertes sospechosas, pero era imposible que las encontraran todas. Trabajábamos a ciegas, esperando a que llegara un desastre. Al menos cuando podía ir al instituto me sentía como si pudiera ser de utilidad en caso de que sucediera algo, pero estar allí encerrada me hacía sentir como si fuera una completa inútil. Era eso. Estaba encerrada. Lo único bueno de la expulsión eran las llamadas telefónicas y los mensajes de Stacey y Sam. Seguían creyendo que iría al cine con ellos y Zayne, pero eso no iba a pasar. En realidad, no había visto a Zayne, aunque no es que pudiera culparlo por evitarme. Cada vez que pensaba en él un dolor palpitante se encendía en mi pecho. No me

arrepentía de decirle la verdad, pero eso no hacía que fuera más fácil enfrentarme a las consecuencias. Ya habían servido la cena, y la mayoría de los Guardianes se estaría preparando para salir hacia la noche. Antes de dirigirme hacia la cocina para ver qué comida podía robar, caminé hasta el lugar donde descansaba mi móvil a los pies de la cama. En alguna clase de extraño y molesto nivel subconsciente, llevé la mano hacia el teléfono. Me detuve a mitad de camino y aparté el brazo. –Joder. Había una bomba de relojería esperando en mi teléfono. Un mensaje de Roth de hacía dos días. Un mensaje al que no respondería, al que no podía responder. Había sido bastante inocente; un simple «estás aburrida ya?». Pero había sido el primer mensaje que me mandaba desde que regresó de su pequeño viaje al Infierno, y por alguna jodida razón el mensaje hizo que mi estómago decidiera que quería ser gimnasta cada vez que pensaba en él. En mi cabeza, el mensaje simbolizaba una línea

claramente dibujada, y responder sería como atravesarla de golpe. Roth había tenido razón la última vez que lo vi. No entendía una mierda en lo relativo a él. No sabía qué intenciones tenía, ni qué estaba tratando de conseguir con las cosas que me decía. Lo único que sabía era que su desprecio directo hacia lo que habíamos compartido seguía supurando como una infección en las cámaras de mi corazón. Eso era un hecho; una realidad. No iba a permitir que volviera a pasar. Y después estaba Zayne. Tomé un aliento tembloroso y me obligué a apartarme de la cama. Mientras salía de la habitación, me quité la goma del pelo de la muñeca y me recogí el cabello en una coleta mal hecha, que encajaba con mi intento mal hecho de vestirme. Mi pantalón de chándal era al menos dos tallas demasiado grande y la camiseta de manga larga era probablemente dos tallas demasiado pequeña. Qué sexy. Me alejé del comedor lo bastante grande como para acomodar a un equipo de fútbol

entero. Unas voces profundas emanaban de él, rotas por la risa suave de Jasmine o Danika. Me quedé durante un segundo junto a las puertas correderas cerradas, dejando que el ridículo anhelo por ser parte de ellos se apoderara de mí durante un segundo. Qué estúpida. Negué con la cabeza y me dirigí hacia la cocina. No era el lugar donde Jasmine alimentaba a sus bebés, sino, tal como me gustaba pensar, el lugar donde aparecía la comida mágica. Las puertas se cerraron en silencio detrás de mí. El personal de la casa rondaba por ahí, y no les sorprendió verme en el gran espacio industrial. Morris se giró enfrente de varios cuencos y sonrió al verme. Estiró el brazo, tomó un plato cubierto y lo dejó sobre la isla. Después dio una palmadita al lugar que había enfrente. Sonreí mientras saltaba sobre el taburete. –Gracias. No tenías que hacerlo. Se encogió de hombros mientras me entregaba un cuchillo y un tenedor, y después quitó la tapa del plato con una floritura de la que camareros de todo el mundo se

sentirían envidiosos. Carne asada y patatas rojas. Se me hizo la boca agua. Ataqué mi comida, masticando mientras oía de fondo el sonido del agua corriendo y los platos chocando. De algún modo, durante el último mes o así, aquel se había convertido en un sonido reconfortante. Nadie del personal aparte de Morris me prestaba en realidad ninguna atención, pero a mí no me importaba. Era un poco como ellos. Fantasmas en la casa. En realidad, no tenía nada a lo que aferrarme. Dios. Mi humor se encontraba en algún lugar entre «una mierda» y «tirado boca abajo en un charco». Tomé mi plato y caminé hasta el fregadero donde estaban lavando las cosas sucias. Como siempre, traté de enjuagarlo, pero una de las mujeres del personal me quitó el plato con una rapidez impresionante. –Puedo limpiar lo que ensucio, ¿sabes? –señalé. La mujer no dijo nada mientras lo dejaba con el resto de los platos sucios. Hice una mueca, me giré y un agudo hormigueo me bajó por la columna vertebral mientras mis

ojos se clavaban en unos azules. Zayne se encontraba en el interior de la cocina, con expresión cautelosa mientras su mirada bajaba desde mi cara hasta el cuchillo que aferraba en las manos. Arqueó una ceja. –¿Debería preocuparme? Me había quedado casi sin palabras al verlo allí. Morris apareció y me quitó el cuchillo de la mano. Abrí mucho los ojos cuando me dio un empujón no demasiado discreto en dirección a Zayne y tropecé como una idiota. –Estaba… eh… comiendo. –Sí, eso me lo imaginaba. –Volvió a bajar la mirada, y esta vez sabía que no tenía ningún arma puntiaguda. Estaba mirando la ancha franja de piel que mostraba mi camiseta demasiado pequeña. El calor fluyó hasta mis mejillas y después se convirtió en una agradable sensación líquida que iba mucho mucho más abajo. Cuando sus pestañas se levantaron al fin, supe que se me había puesto la cara como un tomate–. Iba a ir a las salas de entrenamiento. ¿Quieres venir conmigo?

Antes de que pudiera responder, Morris pasó por detrás de mí y me dio otro empujón fuerte y certero hacia Zayne. Le lancé una mirada por encima del hombro. –¡Oye! Me guiñó un ojo. Mientras me giraba hacia Zayne vi que sus labios se crispaban, como si estuviera intentando no sonreír. ¿Era una buena señal o no? –Claro –le respondí. Zayne asintió con la cabeza y lo seguí hasta la puerta estrecha que se encontraba junto al enorme frigorífico. Era una entrada a los pisos inferiores que yo rara vez utilizaba. –Hoy me quedé dormido hasta tarde –explicó Zayne mientras cerraba la puerta detrás de nosotros–. No pude entrenar nada antes de cenar. –¿Habéis…? ¿Habéis tenido una noche movida? –Lo seguí por el pasillo tenuemente iluminado, pero él se detuvo y esperó hasta que estuviera caminando junto a él–. ¿Cazando? –Encontramos un enclave de Terriers cerca de Rock Creek Park y estuvimos ocupándonos de ellos casi toda la noche.

–¿Terriers? –Cuando asintió con la cabeza, lo único que pude hacer fue sacudir la mía, pensativa. Los Terriers eran criaturas que parecían un cruce entre un avestruz y un ave rapaz, otra clase de encanto demoníaco–. Eso es un tanto anormal, ¿verdad? Zayne ralentizó el ritmo mientras alcanzábamos la puerta de una de las salas de entrenamiento. –La última vez que vimos a uno fue justo antes de que Dez trajera aquí a Jasmine por primera vez. –Eso fue hace años. Entré en la habitación mientras él sostenía la puerta abierta. –Sip –dijo, y pasó junto a mí y cruzó las colchonetas azules, en dirección al equipamiento que había sobre los bancos. Tomó un paño blanco y comenzó a envolverse los nudillos–. La cosa es que muchos de estos demonios no tienen permitido estar en la superficie y, como no los vemos, a menudo pensamos que no están aquí. Pero sí que están. Tan solo han mejorado a la hora de ocultarse. Pensé en esa especie de club bajo el edificio de los Palisades y en todos los demonios de allí que se suponía que no podían estar caminando entre los humanos.

–¿Quieres acompañarme? –me ofreció mientras terminaba de envolverse los nudillos. –No. He comido demasiado. Te miraré y ya está. Tiré del dobladillo de mi camiseta y en cuanto lo solté este volvió a saltar hacia arriba, mostrando la parte baja de mi estómago. Probablemente debería haber pensado mejor mi elección de vestuario. Después de cenar, tenía un poco de barriga. Zayne pasó a zancadas junto a mí y puso ambas manos en los lados del saco de boxeo. –De verdad me gustaría que te plantearas volver a comer con todos. –De verdad me gustaría que te plantearas dejar de sacar el tema. Me miró por encima del hombro, levantando las cejas. –No tienes que sentirte como si este no fuera tu sitio. Sí que lo es. Y se te echa de menos en la mesa. Me reí ante eso. –¿Quién? –Yo. Mis labios se separaron, pero la verdad es que no tenía respuesta para ello. Lo observé girarse otra vez hasta el saco de boxeo. Se colocó en posición y levantó los

brazos. –¿Te lo estás pasando bien en tu descanso? –preguntó, lanzando un puñetazo que empujó bien hacia atrás el saco. –He estado muerta de aburrimiento. Con cara de concentración, lanzó un golpe con el otro brazo. –Y todavía te queda el resto de la semana. –Sí, gracias por recordármelo. Me senté sobre las colchonetas y crucé las piernas. Una ligera sonrisa apareció en su cara mientras se movía alrededor del saco, atacando diferentes lados con diferentes técnicas. El sudor apareció en forma de gotas sobre su frente y humedeció el pelo rubio de sus sienes. –Hemos tenido noticias de un contacto de uno de los hospitales, el mismo al que llevaron a Dean. Les llegó otra persona muerta hace dos noches; una mujer joven que no tenía ningún problema cardíaco previo y que murió de un fuerte ataque al corazón. Prácticamente le explotó el corazón, al igual que a Dean. –Hice una mueca–. Su prometido estará fuera de aquí pasado mañana para ir al funeral en Pensilvania, así que

voy a echarle un vistazo a su casa –continuó–. Es la única forma de saber si estaba infectada, ya sabes. Si ahora es un espectro, su casa es el lugar donde es más probable que esté. Los Guardianes estaban haciendo mucho eso últimamente; investigar a las personas que acababan de morir. –¿Puedo ir? Se detuvo y se secó la parte trasera del antebrazo mientras me miraba. Transcurrió un segundo. –Estás empezando a sonar como Danika. Está pidiendo que la dejen ir a las cazas. –¿Y por qué no? Esa chica está bien entrenada. Es una Guardiana completa. Puede pelear. –Ya sabes cuál es la respuesta a eso. Fruncí el ceño. Me resultaba extraño defender a Danika cuando había pasado tanto tiempo odiándola. –A lo mejor no quiere ser solo una máquina de hacer bebés. Negó con la cabeza mientras se giraba de vuelta hacia la bolsa para continuar

entrenando. Solo él podía darle una paliza de muerte a algo y no perder el aliento. Yo estaría jadeando y tirada en el suelo sobre un charco de sudor a esas alturas. –Entonces, ¿puedo? –volví a preguntar–. No he estado identificando demonios, así que supongo que me sentiría… bien haciendo algo útil. Zayne lanzó unos cuantos puñetazos más y después se apartó del saco. La parte delantera de su camiseta gris estaba húmeda a causa del sudor. –Supongo que no sería un problema. Claro. Una ancha sonrisa apareció en mi cara. –Gracias. De verdad que quiero hacer algo que no… Perdí el hilo de mis palabras mientras él bajaba las manos, se sacaba la camiseta por encima de la cabeza y la tiraba al suelo. Era demasiado sexy… Eso sí que estaba fatal. Mis ojos recorrieron su pecho y su estómago definido como si fuera una persona muerta de hambre mirando uno de esos bufés libres. Llevaba los pantalones de chándal bajos, mostrando las marcas a ambos lados de sus caderas. En realidad, Zayne no tenía una tableta de chocolate. Era más bien como un tablón de chocolate.

–¿Qué estabas diciendo? Cada abdominal estaba perfectamente definido. Como si alguien los hubiera tallado en su estómago. –¿Eh? Dos dedos me presionaron de pronto por debajo de la barbilla, obligándome a levantar la mirada hasta su cara. Las comisuras de sus labios se elevaron cuando me ruboricé. –¿Estabas hablando sobre ir conmigo a la casa? –Ah. Sí. Eso. –Temas importantes que no tenían nada que ver con tocar su estómago ni cosas parecidas–. Será muy productivo. Zayne rio entre dientes mientras bajaba la mano y volvió al saco. La forma que tenían sus músculos de tensarse en su espalda y su estómago mientras lanzaba puñetazo tras puñetazo era verdaderamente fascinante. Estaba segura de que si me quedaba más tiempo allí sentada observándolo me convertiría en un charco de babas sobre las colchonetas, pero no me levanté. Aquello era mejor que mirar un Tumblr de tíos buenos. Cuando terminó, tomó una toalla limpia de la repisa. Yo estaba prácticamente con la

lengua fuera, todavía sentada en la colchoneta. Bajó la toalla. –Entonces, lo de ir al cine mañana… Eso fue como si me tiraran un cubo de agua helada a la cara. La realidad era una mierda. Me puse en pie, con los ojos fijos en sus zapatillas. –Sí, sobre eso… –Exhalé con lentitud, tratando de tragarme el nudo de mi garganta– . Supongo que le mandaré un mensaje a Stacey para decir que no vamos…, o sea, que no voy. En realidad no tengo ninguna razón para ir, y probablemente será mejor así, porque es como la primera cita de Sam y Stacey y todo eso. Comencé a pasar junto a él, pero él extendió el brazo y me rodeó la cintura con él. Mientras me sujetaba, la piel expuesta de su brazo tocó mi estómago y me quedé paralizada ante la repentina intrusión de emociones. Se trataba de una bola enmarañada que no tenía la habilidad suficiente para descifrar. –Eh –dijo, tirando de mí hasta que quedé justo delante de él. Bajó el brazo–. ¿Ya no quieres ir? –Bueno, supongo… Pensaba que después de lo del jueves por la noche no querrías

ir. –Tropecé con mis palabras como si hubiera aprendido a hablar el día antes–. Y entiendo completamente que… –¿Te he dicho alguna vez que hubiera cambiado de idea sobre lo de mañana? – preguntó frunciendo el ceño. –No, pero… –Pero nunca lo dije, y por lo que yo creía íbamos a ir. –Se puso la toalla sobre el hombro, observándome–. Y tú no has cambiado de idea, así que vamos. Lo miré boquiabierta, preguntándome si había contemplado sus abdominales con tanta fuerza que había sufrido un derrame. –Pero ¿por qué? –¿Por qué? –repitió con suavidad. –Sí. La… la cagué. A lo grande. –Parecía innecesario explicar eso–. ¿Por qué quieres ir al cine conmigo? Stacey y Sam van a pensar que eso significa algo. Acercó la mano para atraparme la muñeca e impedirme que siguiera jugueteando con el dobladillo de mi camiseta. –¿Tú piensas que ir juntos significa algo? –Sentía la lengua atada. Él bajó la cabeza, y su mirada firme buscó la mía–. ¿Quieres que signifique algo?

–Sí –susurré, y había muchísima verdad en esa única palabra. Su mano subió por mi manga y se cerró alrededor de mi codo. –Entonces vamos a ir al cine mañana. Sonaba muy simple, pero de verdad que no entendía por qué seguía queriendo ir. Una pequeña sonrisa cruzó su cara, como si pareciera saber lo que estaba pensando, y las palabras prácticamente se me escaparon de la boca. –No te merezco. –Mira, ahí es donde te equivocas. –Acercó la otra mano y me colocó un mechón de pelo pálido que se había escapado de mi coleta por detrás de la oreja–. Ahí es donde siempre has estado equivocada. Te lo mereces todo. Tal vez mis prioridades estaban totalmente destrozadas, pero mientras me aplicaba los últimos toques en forma de gloss de labios, el Lilin, los espectros y la diferencia que sentía en mi interior estaban muy lejos de mis pensamientos. Mientras me apartaba del espejo del baño, observé mi conjunto con ojo crítico. Stacey diría que tenía que enseñar más tetas. Llevaba unos vaqueros ajustados y oscuros, con una blusa blanca suelta ceñida a la cintura con un cinturón trenzado de un

azul oscuro. Los tacones negros me hacían sentir tan alta como si llevara zancos. No me había recogido el pelo, que caía en ondas sueltas, y el rosa que se extendía por mis mejillas me dijo que no tenía necesidad de colorete. Mi pulso era un tamborileo constante mientras me miraba en el espejo. ¿De verdad iba a tener una cita con Zayne? ¿De verdad estaba pasando eso? La emoción zumbaba por mi sangre, poniendo muy nerviosa a Bambi, pero había una parte de mí que se sentía como si estuviera soñando. Ni una sola vez había pensado que ese día fuera a llegar jamás. Tomé el tubo de rímel, pensando si otra capa me haría parecer como si unas arañas se hubieran apareado con mis pestañas. –Estás genial, así que para ya. Vamos a llegar tarde. Di un respingo ante el sonido de la voz de Zayne y solté el rímel. El tubo de plástico chocó con el lavabo. Zayne se encontraba justo dentro de mi habitación, y la sonrisa que tenía me hacía sentir como si acabara de ver un arcoíris. Llevaba un jersey con cuello de pico de un gris oscuro que se tensaba sobre sus

anchos hombros y unos vaqueros de color claro que le sentaban de muerte. –Gracias. –Tomé el bote de rímel y lo dejé en su cesta–. Tú también estás muy… muy bien. Zayne rio entre dientes mientras salía del baño. –Tienes la cara muy roja. –Gracias. –Es una monada. El hecho de que probablemente me pareciera a un pimiento no era ninguna monada. Dirigí la vista a todas partes menos a su cara. –¿Te importa recoger a Stacey y a Sam en casa de Stacey? Creo que sería más fácil que llevar dos coches. –Me parece bien. –Vale. –Me giré y miré con el ceño fruncido el desastre de mi habitación–. Tan solo necesito encontrar mi bolso. Zayne se había acercado, silencioso como una sombra. –No lo necesitas. Voy a pagar yo. Eso es lo que hacen los chicos en una cita. El corazón me dio un vuelco en el pecho. Era una cita, pero no podía hacerme a la

idea. Examiné los libros y la ropa desperdigados por ahí, me rendí en el intento de encontrar el bolso que rara vez utilizaba y miré a Zayne. Se encontraba más cerca que antes, tan cerca que podía sentir la calidez de su cuerpo. Poco a poco, levanté la mirada y me quedé temblorosa. Su mirada recorría mi cara, y la sonrisa que tenía flaqueó un poco. –Es verdad que estás muy guapa –dijo con voz ronca–. Pero siempre estás guapa, como si fueras irreal. Oír a Zayne decir algo parecido siempre conseguía tirarme de golpe a un mundo de ensueño. Lo único que podía hacer era sonreírle como una idiota. Su sonrisa regresó con toda su fuerza y él volvió a reírse. –Venga. Tenemos que irnos. Asentí con la cabeza y, mientras nos girábamos, nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Fuera, en el pasillo, se encontraban Danika y Maddox. Mi cuerpo se llenó de calor, pero fue eliminado enseguida por un rastro de dedos helados sobre mi piel. Danika estaba mirando el pasillo, con la expresión completamente carente de toda

emoción y, por extraño que fuera, sentí una punzada de dolor en el pecho por ella. Era muy extraño, pero sabía que le gustaba Zayne, que era más que gustarle, y me sentía mal. Me sentía como si debiera poner algo de espacio entre Zayne y yo. Pero Maddox… Era la primera vez que lo había visto en pie y caminando desde su caída por la escalera. No es que hubiera estado fuera de combate todo el tiempo, pero me había asegurado de evitarlo. Bueno, básicamente de evitarlos a todos. Maddox miraba fijamente a Zayne, con los ojos muy abiertos. Su mandíbula estaba muy tensa, como si estuviera haciendo todo lo posible por mantener la boca cerrada mientras me miraba. De verdad me sentía como si debiera poner más espacio entre Zayne y yo. Zayne bajó la mano y entrelazó los dedos con los míos, sorprendiéndome tanto que fue como si perdiera todo el azúcar que había consumido antes. –¿Qué pasa, chicos? Con una pequeña sonrisa, Danika negó con la cabeza. –Nada. Tan solo íbamos a las salas de entrenamiento. ¿Verdad? Miró a Maddox.

Este no le estaba prestando ninguna atención, pues tenía la mirada fija en nuestras manos unidas como si estuviéramos sujetando una granada. Me llené de furia, que me enderezó la columna y reemplazó la incomodidad que sentía. –¿Hay algo que quieras decir? –preguntó Zayne, mirándolo con los ojos entrecerrados. El Guardián negó con la cabeza mientras fruncía los labios. –No. No tengo una mierda que decir. Y entonces se giró y bajó el pasillo en dirección a la escalera. Danika nos lanzó una mirada de simpatía que no me parecía bien ver en ella. –Lo siento. Pasad… –Nos dirigió una sonrisa, pero no alcanzó sus ojos–. Pasadlo bien. En cuanto el pasillo se quedó vacío, levanté la mirada hacia Zayne. –Maddox no parecía muy contento. –¿Tengo aspecto de que me importe? –Me agarró la mano con más fuerza–. Y ahora, venga. Tenemos una película a la que llegar. Me retorcí en el asiento delantero del Impala de Zayne, miré fijamente a Sam y me pregunté si un alienígena lo habría abducido. Nada en el chico que había

sentado en el asiento de atrás junto a Stacey se parecía al chico raro y algo friki que había conocido desde el comienzo del colegio. Su pelo normalmente sin peinar estaba de hecho arreglado. Suponía que podría decirnos a todos en qué año crearon el fijador para el pelo, pero no tenía ni idea de que supiera siquiera cómo utilizarlo. Sus rizos estaban apartados de la frente de forma desordenada pero artística, y su nuevo aspecto cambiaba todo el paisaje de su cara. Su mandíbula era más fuerte, una línea recta. Sus pómulos parecían más altos y afilados, y sin las gafas sus pestañas parecían ridículamente largas. Su forma de sentarse era diferente. Tenía el cuerpo relajado y las piernas separadas y extendidas. Su encorvamiento habitual había desaparecido. Iba bien vestido; llevaba un jersey como el de Zayne con una camisa blanca debajo. Sam estaba muy bien. Era como ver a tu hijo creciendo. Y Stacey no podía quitarle los ojos de encima… ni la mano. En ese momento, tenía los dedos enroscados alrededor del antebrazo de él, y Sam tenía la mano… vaya. Tenía la mano sobre el muslo de Stacey, en la parte interior de su muslo.

Me giré de golpe hacia delante, sintiéndome como una mirona. Dirigí los ojos hacia Zayne, que tenía la mano derecha sobre su pierna mientras sujetaba el volante con la izquierda. Quería estirar la mano para ponerla sobre la suya, pero tantos años de no ser más que una amiga para él me impidieron hacerlo. La peor idea posible entró en mi cerebro en ese preciso momento. ¿Sería tan difícil con Roth olvidar quién había sido en comparación con quién era ahora? Aparté la mirada con rapidez, soltando aire mientras observaba a un taxi que se detenía para recoger a una pareja. «No voy a pensar en él. No voy a pensar en él.» Él no tenía ningún lugar en eso, en nada de eso. El tráfico era horrible y tardamos una vida en llegar al cine en el distrito histórico. El lugar no era un multicines. Era más bien un cine de la vieja escuela con solo un par de películas, pero era pintoresco y mono, y en cuanto nos decidimos por la película los cuatro estuvimos listos para entrar. El vestíbulo estaba casi vacío para cuando conseguimos nuestras entradas,

pero el olor de las palomitas con mantequilla compensaba el hecho de que nos hubiéramos perdido los tráileres. Mientras caminábamos hasta el bar, Sam se puso al otro lado de Stacey y le rodeó la cintura con el brazo. Supuse que me habría perdido el día en que su relación pasó de ser finalmente conscientes el uno del otro al territorio del toqueteo. Teniendo en cuenta lo lejos que habíamos llegado Zayne y yo sin ir en realidad a ninguna parte, me pregunté qué habría sido exactamente lo que habían compartido Sam y Stacey, y tomé nota mentalmente para exigir saber todos los pormenores del estado actual de su relación. Pero en ese momento estaba más preocupada por el estado actual de mi propia relación. Todavía sorprendida de estar ahí con Zayne después de lo que había pasado, levanté la mirada hacia él. Me estaba observando mientras yo me mordisqueaba la uña. –¿Estás bien? –preguntó, quitándome la mano de la boca. Asentí con la cabeza, y él

bajó la suya de modo que su boca quedara cerca de mi oreja–. Pues relájate. No fue hasta entonces que me di cuenta de lo agarrotados que tenía los músculos. Me obligué a respirar hondo un par de veces, tratando de eliminar la tensión de mi cuerpo. –Eso está mejor. –Me puso una mano en la parte baja de la espalda y susurró–: Quiero estar aquí, bichito. Da igual lo que sucediera en el pasado, quiero estar aquí. Aquellas palabras me hicieron contener el aliento y que mi corazón girara como una bailarina. –Yo también quiero estar aquí –le susurré. Sus labios me rozaron la sien. –Eso es lo que quería oír. Cuando se apartó, mi sonrisa era tan amplia que había muchas posibilidades de que fuera a partirme la cara por la mitad, en el buen sentido. Si es que eso era posible. El tintineo en la puerta detrás de nosotros nos anunció que no éramos los únicos en llegar tarde. El sonido atrajo mi atención, así que miré por encima del hombro y casi me caí al suelo. De cara a un cubo de basura.

Entrando por la puerta estaba el hombre al que había golpeado en la cara con la Biblia, el miembro de la Iglesia de los Hijos de Dios que había escapado. Iba vestido del mismo modo que aquel horrible día: camisa blanca, pantalones planchados y el pelo casi rapado. Llevaba una botella de agua. No podía ser una coincidencia, pero ¿sabía que estaríamos ahí? ¿Nos habría estado siguiendo a Zayne y a mí? ¿O a mis amigos? Me quedé boquiabierta mientras me giraba y sujetaba a Zayne por la parte trasera del jersey. Él se dio la vuelta con una mirada interrogativa. –Mira quién acaba de entrar –susurré. Echó un vistazo hacia allí y soltó un juramento entre dientes. –Tiene que ser una broma. –¿De qué estáis charlando? –preguntó Stacey, girándose hacia nosotros. Mientras lo hacía, se apoyó en el brazo de Sam de una forma que me habría parecido supermona de no estar a unos segundos de flipar. –Nada. –Zayne le dirigió una sonrisa segura mientras me pasaba el brazo por encima del hombro, moviéndome de modo que quedara delante de él–. ¿Vais a comprar

palomitas? –Yo necesito Skittles –contestó Sam, echando un vistazo al mostrador mientras dejaba las manos sobre la superficie de cristal. La cajera, una chica joven con más pecas que estrellas en el cielo, estaba inclinada hacia él. –¿Skittles? –Stacey arrugó la nariz–. Pero si los odias. Zayne me rodeó la parte superior del brazo con la mano. –Vamos a adelantarnos y… El hombre se puso justo delante de nosotros y miró directamente a Stacey y a Sam. –No deberíais estar aquí con ellos. Stacey lo miró, pestañeando con lentitud mientras Sam se apartaba del mostrador con una expresión de curiosidad en el rostro. –¿Disculpa? –dijo mi amiga. –No deberíais estar aquí con ellos –repitió el hombre, con la voz baja y temblorosa–. Son los esbirros del diablo. Hubo una pausa y Stacey soltó una risa ahogada. –Ay, Dios, ¿eres uno de esos raritos que odian a los Guardianes? –Tiró de la mano de Sam–. Oye, mira, al fin has podido conocer a uno en persona.

Sam lo observó. –No me impresiona. –No lo entendéis –insistió el hombre–. No es por él tanto como… –Ah, no, no vamos a aguantar esto –intervino Zayne, y me agarró la mano con más fuerza–. Vámonos. –Compraré las palomitas después –dijo Stacey, rodeando la mano de Sam con la suya–. Y volveré a por tus Skittles. Nos estábamos alejando. No era lo bastante rápido, pero nos estábamos alejando. Mi corazón comenzó a ralentizarse. Llegamos hasta el pasillo que conducía a las puertas cerradas del cine, pero entonces tres palabras nos hicieron detenernos en seco. –Ella es un demonio. –El aire se me escapó de los pulmones–. Es un demonio – repitió, con la clase de convicción de la que solo los fanáticos eran capaces–. Y puedo demostrarlo. Stacey lo miró, negando con la cabeza. –¿Estás loco? No tenía ni idea de cómo podía demostrarlo, pero no quería arriesgarme. Bambi se

inquietó mientras me llenaba de tensión. El hombre me miró con los ojos llenos de puro odio. Quería gritar que qué pasaba con las normas. Se suponía que los humanos nunca debían saber que los demonios existían. Era algo que habían decretado los Alfas: que los humanos debían tener fe sin pruebas de que existiera el Infierno. Siempre me había parecido una locura, pero él debía de saberlo y no le importaba. –Lo único que dices son mentiras. Zayne bajó el brazo y se puso delante de mí. –No me obligues a hacer algo de lo que vaya a arrepentirme. –Ya hay muchas cosas de las que deberías arrepentirte. Se apartó de Zayne. El corazón volvía a latirme de forma salvaje. Quería delatarme, justo delante de mis amigos. No me importaban las consecuencias mayores de tal acción. Eran mis amigos; amigos que pensaban que yo era normal y que me aceptaban. No podía permitir que eso pasara. Sujeté el brazo de Stacey mientras lanzaba una mirada de pánico a Zayne.

–Venga, vámonos. Podemos… –No quiere que sepáis la verdad –dijo el hombre, metiéndose la mano libre en el bolsillo trasero. Zayne se puso rígido, pero él solo sacó un papel enrollado. Nos lo tendió y vimos que era una foto de una mujer mayor. Quienquiera que fuera esa señora, llevaba una camiseta naranja y tenía grasiento el pelo de un rubio claro. Sus labios flácidos estaban cubiertos de costras y unas fuertes líneas cruzaban su cara. Sam frunció el ceño. –¿Es una foto policial? –Se llamaba Vanessa Owens –dijo con las manos temblorosas, haciendo que el papel se agitara–. Tenía veinte años cuando trabajaba en un hogar de acogida del estado a finales de los noventa, e iba a la universidad en Georgetown. Tenía un futuro brillante por delante; un buen novio, una familia unida y amigos. Stacey inclinó la cabeza hacia un lado, frunciendo el ceño. –Deja que lo adivine. ¿Se metió en las metanfetaminas? Porque es el aspecto que tiene; las drogas son un asco. Aunque no sé qué tiene eso que ver con nada de esto.

Miré fijamente la foto. Nada en su nombre ni su cara me resultaba familiar, pero una intranquilidad creciente floreció en mi pecho. –Ya es suficiente –dijo Zayne, rodeándome el brazo con la mano–. Larguémonos de aquí. –Él tampoco quiere que lo sepáis porque los Guardianes la protegen; protegen lo que es en realidad y lo que le hizo a esta mujer inocente. –Nunca he visto a esta mujer –aseguré, sintiéndome atrapada. Las pocas personas que se encontraban en el vestíbulo nos estaban mirando, pero no me pareció que pudieran oír lo que decíamos–. No sé quién es. –Puede que no la recuerdes, pero seguro que ella se acuerda de ti. Después de todo, le destruiste la vida –dijo, frunciendo los labios en señal de desagrado–. Te cuidaba mientras estabas en el hogar de acogida y tú, fiel a tu naturaleza, te alimentaste de ella y tomaste parte de su alma, mandándola a una espiral descendente que terminó en drogas, robos y después su muerte. La sangre abandonó mi cara con tanta rapidez que pensé que iba a desmayarme. La

cara de la mujer de la foto cambió y se volvió más joven y quedó reemplazada por un vibrante pelo rubio, una piel impoluta y una cálida sonrisa. Ay, Dios mío… ¿Aquella era la mujer de la que me había alimentado de pequeña? ¿La mujer a la que había atacado, lo cual había hecho que los Guardianes me descubrieran? Sabía que había estado hospitalizada después de alimentarme de ella, pero eso… –Vaya –murmuró Sam, frotándose la frente. –Estuvo diez años entrando y saliendo de la cárcel hasta que hace poco decidió robar una tienda de alimentación. Disparó y mató a uno de los cajeros, y la policía la mató cuando llegaron allí –explicó el hombre, bajando la foto–. Esto es lo que tú has hecho. ¿Cuántas vidas más has robado desde entonces? Zayne dijo algo y me tiró del brazo otra vez, pero estaba paralizada. En todos esos años, en realidad nunca había pensado en lo que le habría sucedido a esa mujer. Pensaba que, como no había tomado su alma por completo, se habría recuperado. Que estaría bien. Pero había jodido a esa mujer como si no hubiera mañana.

Entonces me di cuenta y el estómago se me agitó tanto que pensé que iba a vomitar encima del hombre. Lo que le había hecho a esa mujer al tomar solo una parte de su alma no era distinto a lo que le había pasado a Dean y lo que le estaba pasando a Gareth, y Dios sabía a cuántos más. –Eres un demonio –dijo con furia–. Y llegará el momento en el que no serás capaz de esconder lo que eres. No tenía ni idea de cómo sabía la iglesia tantas cosas sobre mí, pero en ese momento no importaba. Nada importaba, salvo lo que había dicho y lo que yo me había dado cuenta de mí misma. –Uf. Tío, estás loco. –Stacey cruzó los brazos y negó con la cabeza–. Y ni siquiera de una forma ligeramente entretenida, sino en plan «es el momento de llamar a la policía y posiblemente pensar en una orden de alejamiento». –¿No me creéis? –preguntó. Ella resopló. –¿Te cree alguien? –Ya lo verás.

La mano que sujetaba la botella de agua se movió con tanta rapidez que no pudimos detenerlo. Incluso Zayne no lo vio venir. Con una fuerza y una puntería excelentes, lanzó el contenido de la botella hacia nosotros. El agua nos empapó a Stacey y a mí y cayó sobre los pantalones de Zayne. Stacey chilló mientras se sacudía el agua con los dedos. –¿Qué coño? El agua bajaba por mi cabeza, por mi cara y mis ojos, acumulándose en varios puntos de mi camiseta y volviendo transparente el tejido, pero… pero no era agua normal. Retrocedí dando traspiés y choqué contra Stacey mientras Zayne se lanzaba hacia delante y golpeaba el pecho del hombre con el brazo, haciéndolo caer unos metros. Después se giró hacia mí y la expresión horrorizada de su cara lo confirmó. –Oh, no –susurró. Me escocía la piel por la frente y las mejillas. La visión se me emborronó y el interior de la boca me ardía como si hubiera tragado una salsa picante. Comenzaron a palpitarme unas zonas por mis pechos y mi estómago. Bambi giró por mi cuerpo y escapó hasta mi

espalda. El escozor aumentó con rapidez, convirtiéndose en un feroz ardor que me quitó el aliento de los pulmones mientras levantaba las manos. Unas delgadas volutas de humo salían de las puntas de mis dedos demasiado rosados. –Ay, Dios mío… –La voz horrorizada de Stacey alcanzó mis orejas ardientes–. Layla… El hombre se puso en pie tambaleándose, aferrando la botella con fuerza en la mano, y cuando habló su voz emanaba satisfacción mientras escupía dos palabras que lo cambiaron todo. –Agua bendita.

Capítulo veintisiete Tan solo fui vagamente consciente de Zayne dándole un buen puñetazo al tío de la Iglesia de los Hijos de Dios. Este golpeó la pared de enfrente y se deslizó. La botella de la muerte rodó por el suelo. Sentía como si me estuvieran quemando la piel

sobre los huesos. Aquello no se parecía en nada a la pequeña cantidad que había utilizado Roth cuando me atacó el Trepador Nocturno. El dolor me recorría como una onda sísmica. Estaba doblada por la cintura, tratando de respirar, pero era casi imposible. Aunque oía la voz cansada de Stacey, sonaba muy lejos de mí. –Tenemos que irnos. –Zayne estaba más cerca, y entonces me acercó a él y me dirigió fuera del pasillo y a través del vestíbulo. El aire fresco del exterior intensificó el ardor, y me mordí el labio inferior–. Tengo que quitarle esto de encima. –¿Alguien podría explicarme de qué va todo esto? –preguntó Stacey, que sonaba más cerca y con voz más clara–. No entiendo lo que acaba de pasar. –No tengo tiempo de explicarlo ahora mismo. Conduce tú. –Le lanzó las l aves a Sam, y si no hubiera estado cerca del suelo, me habría caído de todos modos por el hecho de que dejara que alguien condujera su Impala–. Tu casa está más cerca. Sam atrapó las llaves, pero negó con la cabeza. –No podemos ir a mi casa. Mis padres van a flipar.

Un gruñido bajo se elevó desde la garganta de Zayne. –Necesito meterla en una ducha ahora mismo. Me da igual lo que tus padres piensen… –No –resollé–. Llévame… a casa de Stacey. Solo está a un par de manzanas más. –Layla… –Tiene razón. Mi madre no está en casa, y es a unas pocas manzanas. Si tomas la Quinta Avenida, puede que sea aún más rápido –dijo Stacey sin aliento–. Pero ¿no deberíamos llevarla al hospital? Tiene la piel toda rosa. ¿Era ácido? Ay, Dios mío, ¿es que ese tío raro…? –No era ácido, y un hospital no puede ayudarla. –Caminamos como medio bloque antes de que Zayne soltara una maldición y me tomara en brazos. A saber lo que pensaría la gente de nuestro alrededor, pero estaba más allá del punto en que pudiera importarme. Me tragué un gemido mientras me cambiaba de posición–. Lo siento – susurró con voz ronca. –No lo entiendo –repitió Stacey, y su voz volvía a sonar distante–. Era solo agua; a

mí también me salpicó. No lo entiendo. Nadie respondió, y cuando por fin llegamos al Impala, Zayne se subió al asiento conmigo y trató de secar la mayor parte del agua con una camiseta vieja que tenía en la parte de atrás, pero no ayudó. Necesitaba una ducha. El viaje hasta la casa de Stacey fue un verdadero infierno. Fui vagamente consciente de que Zayne llamaba a Nicolai y le advertía de que quizá tuviéramos un posible desastre demoníaco entre manos. Seguí la conversación lo suficiente como para saber que Nicolai iría a echarle un vistazo al cine para hacer algo de control de daños. En algún punto, la visión se me aclaró lo suficiente como para distinguir el rostro aturdido de Stacey. Me miraba como si… como si no supiera lo que estaba mirando, y tal vez su cerebro se estuviera negando a sumar dos y dos, pero lo acabaría haciendo. Y no podía soportar verla mirándome así. Cerré los ojos y los mantuve de ese modo hasta que llegamos a su casa. El dolor que sentía en lo más profundo era tan malo como el que me quemaba la

piel. No dije nada mientras Stacey nos conducía hasta el piso de arriba y el cuarto de baño que utilizaba. Sam se quedó abajo, sin duda para investigar cómo el agua bendita podía quemar a una persona. Había permanecido extraordinariamente silencioso durante todo el trayecto. –No debería llegar nadie hasta dentro de al menos dos horas –dijo Stacey con voz confusa–. ¿Puedo…? ¿Puedo ayudar? –¿Tienes algo que pueda ponerse? –Stacey debió de asentir con la cabeza, porque Zayne dijo–: Déjalo al otro lado de la puerta. –Pero… –Te lo explicaremos todo. –Abrió la puerta y me condujo dentro–. Te lo prometo. Stacey atrapó la puerta antes de que él pudiera cerrarla. –¿Te encuentras bien, Layla? –Sí –grazné, dándole la espalda al lugar donde ella estaba. –Estaré… bien. Entonces Zayne consiguió cerrar la puerta. Se movió junto a mí y abrió el grifo de la ducha. Un segundo después, me encontraba debajo de un chorro helado de agua,

jadeando en busca de aliento. El líquido me golpeaba la cara, llevándose todo el trabajo duro con el rímel y el delineador de ojos. –Tienes que quitarte la ropa –dijo Zayne. No tuvo que decírmelo dos veces. Me giré hacia un lado y asentí con la cabeza para expresar mi acuerdo. Ninguno de los dos habló, y no hubo nada sexual en el hecho de que estaba en la ducha ahogada por un chorro constante de agua fría mientras Zayne me dejaba en ropa interior. Me quitó los vaqueros ajustados, el delgado cinturón trenzado y el sujetador. Tenía que quitarme todo lo que hubiera tocado el agua bendita. Bambi se había ido a la parte trasera de mi espalda, donde se había curvado en una bola pequeña y protectora mientras Zayne seguía girándome una y otra vez, empapándose los brazos mientras se aseguraba de enjuagar todo el agua bendita. Después de unos cinco años dando vueltas en el quinto círculo del Infierno, el ardor amainó y se me puso la carne de gallina en el estómago mientras unos escalofríos subían y bajaban por mi espalda. Parpadeando para quitarme el agua de las pestañas, vi que mis brazos, que se encontraban cruzados sobre mi pecho, eran de un bonito tono de

ay. –Siento no haberlo detenido –dijo Zayne al fin, haciéndome girar–. Debería haber podido detenerlo. Podría haberlo detenido. –No es culpa tuya. Quién iba a saber que iba… a tirarme agua bendita encima. Levanté la mirada. –Tenía que haber esperado algo. Negué con la cabeza, estremeciéndome. –No e… es culpa tu… tuya. Una mirada de duda apareció en su cara, haciéndolo parecer mayor. –Ya no estás ardiendo. –N… no. Cuando Zayne cerró el grifo, ya no podía sentir mi cara ni mis pies, lo cual probablemente fuera algo bueno. Sentía la clase de frío en la piel con el que solo un día nevado de febrero podría rivalizar. Se apresuró a envolverme con una gran toalla mullida y la metió bajo mis brazos. –Sujeta esto –dijo, así que agarré los bordes y los junté. Él me sacó de la bañera y se giró. Se sentó sobre el borde, me puso sobre su regazo y tomó otra toalla para secar de

inmediato el agua helada de mi pelo–. Dios, pareces un cubito de hielo. –¿Por qué lo habrá hecho allí, donde solo estaban Stacey y Sam para verlo y oírlo, en lugar de delante de una multitud de gente? –pregunté castañeteando los dientes. –Era personal. Es la única razón. –Zayne me frotó los brazos con la otra toalla, eliminando el frío–. ¿Cómo te encuentras? –Me… mejor. –Miré fijamente la pared de un color amarillo ranúnculo mientras Zayne ponía la sangre en movimiento bajo mi piel helada. No sé cuánto tiempo pasó hasta que volví a hablar–. ¿Qué va… vamos a decirles? No respondió de inmediato. En lugar de eso, me frotó las mejillas suavemente con la toalla. –La verdad, supongo. –¿Qué pasa con las nor… normas? Puso la toalla sobre mis hombros desnudos. –Bueno, técnicamente ya las han roto y ningún Alfa ha caído sobre nuestras cabezas, ¿verdad? Y son tus mejores amigos…, confías en ellos. –Hizo una pausa–. Además, no tengo ni idea de cómo pensar en una mentira que les haga creer cualquier otra cosa.

Traté de sonreír, pero fracasé. –¿Y si S… Stacey me odia ahora o tiene mi… miedo de mí? –Oh, Layla, no va a odiarte. –Bajó la cabeza y me presionó la frente con los labios–. No va a tener miedo de ti ni va a pensar de ti de forma distinta. Sentí lo que parecían unas cuerdas que me rodeaban el pecho. –¿Cómo no va… van a hacerlo? –Porque te conocen como yo te conozco, por eso. –La intensidad de sus palabras era muy convincente–. Lo que eres no cambia quién eres. Asentí con la cabeza. Sus ojos buscaron los míos y entonces me rodeó con los brazos, dejando que la toalla que sujetaba cayera al suelo. Me cobijé en su fuerte abrazo, empapándome de su calidez y su aceptación. Me parecía que estaba mal que creyera en mí cuando yo no me sentía segura de que me lo mereciera. Pero tenía que recomponerme, porque Stacey y Sam nos estaban esperando y no podía esconderme en el baño semidesnuda con Zayne para siempre. –Estoy lista –dije, y el corazón me dio un pequeño vuelco mientras me liberaba y me

ponía en pie. Zayne fue a por la ropa que Stacey había dejado fuera del cuarto de baño. Me puse los pantalones de chándal y el jersey y después me obligué a salir de allí. Él se encontraba reclinado contra la pared, esperándome, con los ojos cansados fijos en el techo. Cuando se apartó la pared y se puso delante de mí, quise poder rebobinar ese día. –Todo va a salir bien –me aseguró. Yo no tenía tantas esperanzas. Stacey y Sam se encontraban abajo, en el salón. Ella se puso en pie y su cara normalmente morena estaba pálida. Sam se giró hacia nosotros, con expresión expectante. –Vale –dijo, uniendo las manos–. Antes de que hablemos de nada, ¿te encuentras bien? Asentí con la cabeza. Mi piel era de un tono rosado más intenso de lo normal y la sentía un tanto dolorida al tacto, pero al día siguiente por la mañana estaría como nueva. –Estoy bien. Cerró los ojos y soltó un profundo suspiro. –Nos has asustado de verdad…, me has asustado. Pensaba que te había tirado

ácido encima o algo, pero sé… que no es eso. Para empezar, no has ido al hospital, y la piel no se te ha caído de la cara. Levanté las cejas. –Y el agua salpicó a Stacey –señaló Sam, con la cabeza inclinada hacia un lado mientras me examinaba. No era como si estuviera asustado, sino más bien como si sintiera verdadera curiosidad–. A ella no le ha pasado nada. –Pero a ti sí te pasó algo –dijo mi amiga, respirando hondo otra vez–. Te pasó algo muy extraño. Vi que te salía humo de la piel. Bueno, desde luego eso le dejaría claro a cualquiera que algo pasaba. Eché un vistazo a Zayne y él asintió con la cabeza mientras se sentaba sobre el brazo de un sillón. –Ni siquiera sé por dónde empezar.

–¿Qué tal con la verdad? –sugirió Sam. La pregunta me dolió, y con razón. –Siento no haber sido completamente honesta con vosotros dos, pero hay cosas… normas… que me han impedido hacerlo. –¿Eres como Zayne? –preguntó Stacey, mirándolo–. Porque si es así, no veo por qué es para tanto. –Soy un poco como Zayne. Soy mitad Guardiana. –Oírme decir esas palabras a mis amigos me resultaba extraño. Me senté en el sillón donde estaba Zayne–. Pero no soy como él, en realidad no. Tam… También soy mitad demonio. Por eso el agua hizo lo que hizo. Era agua bendita de verdad. Stacey abrió la boca y pestañeó una vez, y después dos. Entonces se rio mientras se sentaba junto a Sam. –Venga, Layla, no digas chorradas. –No lo hago. –Los demonios no existen –dijo, poniendo los ojos en blanco–. Ese tío del cine estaba loco.

–Las gárgolas tampoco existen –replicó Zayne con suavidad–. ¿Verdad? Stacey negó con la cabeza. –Pero eso es distinto. Vosotros solo sois otra especie, ¿verdad? Un poco como Big Foot. No sois una criatura bíblica mítica. –Pero hubo un tiempo en el que se nos consideraba míticos. –Zayne se inclinó hacia delante y descansó las manos sobre las rodillas–. Layla está diciendo la verdad. Es mitad demonio. –Los demonios no pueden ser reales. Es que no pueden serlo. –¿Crees en los ángeles? –preguntó Sam, observándome–. Porque si lo haces, ¿cómo no vas a creer en los demonios? Después de todo, ¿la mayoría de ellos no fueron ángeles una vez? A una parte de mí no le sorprendía que Sam lo estuviera manejando todo tan bien, pero me impresionaba que no estuviera levantado y toqueteándome como si fuera un experimento científico. –No. –Stacey volvió a negar con la cabeza, y el flequillo le voló por toda la cara mientras me miraba fijamente–. No puede ser.

–Vale. –Me puse en pie–. Soy mitad demonio. Y esta es la prueba. ¿Bambi? – Le imploré que saliera de mi cuerpo, esperando que me escuchara y no me hiciera quedar como una idiota–. Fuera. Bambi se movió por mi espalda y entonces la sentí levantarse de mi piel. Una sombra de pequeños puntos se formó junto a mí. Stacey se puso en pie de un salto, moviendo la boca como si estuviera tratando de decir algo mientras los puntos se unían. Un segundo después, Bambi se formó y levantó su cabeza en forma de diamante, observando a Sam y a Stacey como si pudiera ser el momento de alimentarse. –No te los comas –le advertí entre dientes. Hubo un instante de silencio, y entonces Stacey se puso a gritar como una banshee y saltó al sofá como si fuera a esconderse detrás de Sam. –¡Dios mío! ¡Dios mío, una serpiente! ¡Hay una serpiente enorme! –chilló, poniéndose tan blanca como el alma de un Guardián–. ¿De dónde demonios ha salido? –De mí –expliqué–. La mayor parte del tiempo se queda sobre mi piel, como un tatuaje. Es un familiar.

Stacey parecía estar a punto de desmayarse, así que llamé a Bambi para que volviera. La serpiente me miró siseando con su lengua bífida, molesta, pero regresó a mi brazo y después a mi estómago. –Me cago en todo –susurró Stacey, hundiéndose en el sofá–. No acabo de ver eso. –Sí. Sí que lo has visto. Volví a sentarme. –¿Cómo has podido esconder esa cosa todo este tiempo? ¡Es enorme! –En realidad, tan solo ha sido una adquisición reciente. Bambi es un familiar demoníaco, pero no es mía. En realidad no. Una expresión de entendimiento apareció en su cara. –Espera… espera un segundo. Roth tiene un tatuaje de una serpiente. Asentí con la cabeza. –Lo tenía. Abrió mucho los ojos, hasta el punto que temí que fuera a reventarse un vaso sanguíneo. –¿Estás diciendo que Roth también es un demonio? –De sangre completa –respondió Zayne–. En realidad se lo conoce como Astaroth, el Príncipe Heredero del Infierno.

Stacey miró a Sam, que se limitaba a observarnos fijamente, y después otra vez a mí. –Ni… Ni siquiera sé qué decir en este momento. –Pienses lo que pienses sobre los demonios, y a pesar de lo que dijera ese cabrón del cine, tenéis que saber que Layla no es malvada. Es buena en su esencia –dijo Zayne, y sonreí un poco ante la sinceridad de sus palabras–. Es más Guardiana, más humana, que cualquiera que conozco. Stacey hizo una mueca. –Coño, pues claro. Ya sé que no es malvada. Hace años que la conozco. Es como el equivalente de un bebé panda malvado o alguna mierda así. –La miré boquiabierta mientras Zayne me sonreía–. ¿Qué pasa con Roth? –preguntó–. O sea, acabas de decir que es el Príncipe Heredero del… ¿del Infierno? –Es totalmente malvado –aseguró Zayne. Suspiré. –No es totalmente malvado. Está aquí haciendo algo muy importante. –¿El qué? –preguntó Sam, mirándonos alternativamente–. Ahora tenéis que contárnoslo.

Zayne asintió con la cabeza con lentitud y entonces se lo conté todo sobre mí; lo que podía hacer y quién era mi madre. Zayne me relevó a mitad del camino para explicarles la situación con el Lilin y lo que sospechábamos que estaba sucediendo en el instituto. Decir que los dos parecían anonadados era el eufemismo del siglo. –Pero ninguno de los dos puede decir ni una palabra de nada de esto –dijo Zayne, terminando con la explicación más épica en la historia de la humanidad y de los Guardianes–. Lo digo en serio. Nuestro trabajo es evitar que nadie sepa que los demonios existen en realidad. Si empezáis a decírselo a la gente… –¿Es en plan que si decimos algo, tendrás que matarnos? –Stacey tragó saliva al ver que ninguno de los dos respondía–. Estoy flipando en colores… –Cuando Stacey encontró al fin la habilidad de hablar otra vez, se centró en lo que probablemente fuera lo menos importante de lo que acabábamos de decirles–: Entonces, ¿por eso antes nunca salías con ningún chico? ¿Porque si los besas, les quitas el alma? –Me gustaría pensar que esa no es la única razón –murmuró Zayne. Asentí con la cabeza.

–Soy un poco como un súcubo…, solo que de una clase muy poco común. –¿Y el Lilin ese es como tú? ¿Solo que puede quitar las almas al tocar? Uf. – Stacey miró a Sam–. De verdad que tenemos que cambiar de instituto. –Sí –dijo él, asintiendo con la cabeza–. Igual incluso de ciudad. Posiblemente de país. Era tarde para cuando terminamos de hablar, y los padres de Stacey iban a llegar en cualquier momento. Ni ella ni Sam me miraban como si fuera un monstruo peligroso, pero sospechaba que en realidad todavía no lo habían asimilado del todo. No dejaba de esperar que Sam hiciera alguna clase de declaración aleatoria sobre los demonios, pero no lo hizo, y eso solo me dijo que estaba aturdido. –Probablemente deberíamos ir yéndonos –dijo Zayne, poniéndose en pie con lentitud–. Pero, chicos… –No vamos a decir ni una palabra sobre esto. Además, nadie nos creería. – Stacey me echó un vistazo, y supe que la amistad entre nosotras había cambiado. Quizá no fuera un cambio tan grande como me había temido, pero había algo diferente–. ¿Cómo podemos ayudar?

Zayne la miró fijamente, y una enorme sonrisa apareció en mi cara. –Estás loca. –Ella me miró frunciendo el ceño, así que me disculpé de inmediato–. No lo digo en el mal sentido. Es solo que me aterrorizaba pensar que fuerais a odiarme en cuanto supierais la verdad y en lugar de eso me ofrecéis vuestra ayuda. – Las lágrimas ardían en el fondo de mi garganta–. En realidad no sé qué decir. –Bueno, si he seguido correctamente esta locura de conversación, si el Lilin continúa, eh… tomando almas, los Alfas se meterán en medio y eso es mala noticia para todos vosotros, ¿verdad? Entonces, ¿por qué no íbamos a querer ayudar? –Apreciamos la oferta, pero es demasiado peligroso que la aceptemos. –Zayne levantó la mano cuando ella comenzó a protestar–. Si de verdad queréis ayudar, estad muy atentos. Sed conscientes de lo que os rodea, observad si alguien se comporta de forma extraña. Permaneced alejados de ellos y avisadnos. –Tiene razón –dije–. No podría soportarlo si algo os pasara a alguno de los dos. –No nos pasará nada. –Sam le lanzó una mirada a Stacey–. Nos mantendremos alejados de ello, pero si necesitáis nuestra ayuda, allí estaremos para vosotros.

–Como la pandilla de Scooby-Doo –señaló Stacey con una sonrisa–. Pero más guais y sin el perro. –Hizo una pausa y arrugó la nariz–. En su lugar, tenemos una serpiente demoníaca gigante. Tosí una risa, completamente aturdida por lo bien que se lo estaban tomando todo los dos. Tan solo esperaba que eso no cambiara en cuanto tuvieran tiempo de pensar de verdad sobre todo. Cuando al fin me levanté para marcharme, estaba agotada por todo el drama del día. Stacey me detuvo junto a la puerta, y contuve el aliento mientras Zayne se detenía en la escalera de entrada, observándonos con cautela. –Me gustaría que hubieras sido sincera conmigo hace mucho tiempo, pero comprendo por qué no lo hiciste. No es algo que puedas decirle fácilmente a alguien sin esperar que no flipe. –No lo es –susurré. Respiró hondo y miró por encima del hombro hacia el oscuro pasillo que había detrás de ella, donde Sam la esperaba dentro de la casa. –Sigues siendo mi mejor amiga. Tan solo no eres humana. Y, bueno, me parece

como guay que mi mejor amiga sea mitad Guardián y mitad demonio negada. – La miré fijamente durante un momento y sentí que se me escapaba una risa. Las cuerdas alrededor de mi pecho se partieron y la presión disminuyó–. Tan solo no vuelvas a mantenerme apartada, ¿vale? Prométemelo. La miré a los ojos. –Te lo prometo. Entonces me abrazó, y en ese momento supe que aunque el mundo entero estuviera al borde de la catástrofe Stacey y yo estaríamos bien. Todo iría bien. Abbot nos estaba esperando cuando regresamos a la casa. En cuanto nuestros pies tocaron el suelo dentro del vestíbulo, apareció ante nosotros tan alto y formidable como un gran león a punto de lanzarse contra una gacela. Me echó un vistazo, no se molestó en preguntar si había estado tomando el sol recientemente ni si me encontraba bien, y después se volvió hacia su hijo. –Tenemos que hablar –dijo con la mandíbula tensa–. En privado. Zayne me echó un vistazo y yo me encogí de hombros, suponiendo que querría hablar sobre el desastre del cine. Me despedí con un pequeño gesto, pasé con

rapidez junto a Abbot y subí la escalera. Solo una pequeña parte de mí se sentía decepcionada porque Abbot no me hubiera preguntado sobre mí. Supuse que me estaba acostumbrando a cómo actuaba ahora. Una vez dentro de mi habitación, me apresuré a quitarme la ropa prestada y me puse mi propio pijama. Todavía era temprano, pero estaba agotada. Después de recogerme el pelo todavía húmedo en un moño, me metí bajo las sábanas y miré fijamente mi móvil, preguntándome si debería alertar a Roth del hecho de que Stacey y Sam sabían ya su verdadera identidad. Mis dedos flotaron sobre la pantalla. Tenía que decírselo. Era lo justo y, además, era la única razón por la que iba a contactar con él. Mi mensaje fue corto y al grano. «Stacey y Sam saben lo que eres.» Pasó quizás un minuto y entonces apareció su respuesta. «Cuenta.» «La Iglesia de los Hijos de Dios. Agua bendita. Yo. No es buena combinación. Pero todo va bien.» Esa vez su respuesta fue inmediata.

«Stás bien?» Asentí con la cabeza y después me di cuenta, como una idiota, de que no podía verme. «Sí.» Hice una pausa y después escribí: «Y Bambi también». Pasaron unos minutos después de mi último mensaje y comprendí que Roth no iba a responder. Si estaba enfadado porque lo hubiéramos expuesto, no lo sabía, pero tenía la sensación de que probablemente no le importara. Justo mientras me giraba para dejar el móvil sobre la mesilla de noche, respondió. «Probablemente no deberías haber ido al cine cn el Rocoso, eh?» Miré fijamente el mensaje, medio molesta y medio divertida porque esa fuera su única respuesta. Como si estar con el Rocoso, o sea, con Zayne, supusiera alguna diferencia. No respondí porque supuse que la conversación solo caería en picado desde entonces. El móvil volvió a sonar, pero esa vez el mensaje era de Zayne. «Quiers compañía?»

Me reí ante el hecho de que nos encontráramos en la misma casa y me estuviera mandando mensajes. «Claro.» «Ya voy.» Dirigí la mirada hacia la puerta y la observé abrirse no más de un segundo después. Contuve una sonrisa. –¿Estabas esperando en el pasillo? –A lo mejor. –Zayne se había cambiado y llevaba unos pantalones negros de chándal y una camiseta blanca. Se sentó en la cama junto a mí–. ¿Te encuentras bien? –Sí. Tan solo estoy cansada. Se estiró de costado junto a mí y apoyó la mejilla sobre su codo. –Ha sido un día infernal. –¿Qué dijo Abbot sobre el tema? Una nube cruzó sus facciones. –No ha dicho gran cosa. De inmediato, supe que había más. Me incorporé sobre el codo. –¿Qué es lo que no me estás diciendo? –Nada. –Zayne se rio, pero había algo en ello que parecía fatigado–. Relájate, bichito.

El día ya ha sido una locura sin añadir mierda encima. –Pero… –Todo va bien. Tranquila. Tengo el resto de la noche libre y quiero pasarlo contigo. Salvar el resto de nuestra cita –dijo, jugando con el borde de mi manga–. ¿De acuerdo? Se formaron unas protestas en la punta de mi lengua, pero tenía razón. Teníamos mierda suficiente para el resto de la semana, y eso me recordaba al día siguiente. –¿Todavía vamos a ir a ver esa casa mañana por la noche? –Sip. Me tumbé boca arriba y lo observé. Unas espesas pestañas ocultaban sus ojos mientras me pasaba los dedos por la vena de la muñeca. No estaba captando ninguna emoción abrumadora en él; claro que mis propios sentimientos estaban todos enmarañados. En el silencio que cayó entre nosotros, mi mente se dirigió hacia lo que me había mostrado el hombre en el cine. –¿Puedo hacerte una pregunta y que seas sincero? Arqueó una ceja. –Puedo tratar de ser sincero.

Ignoré eso. –¿Crees que lo que le hice a esa mujer es distinto a lo que está haciendo el Lilin? Sus pestañas se elevaron, y sus ojos eran de un llamativo cobalto. –Es totalmente distinto, Layla. Tan solo eras una niña que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. El Lilin está haciendo esto a propósito. –Cierto, pero… –Bajé la voz hasta un susurro–. Pero yo me alimenté de esa mujer el jueves por la noche. Sí, fue una circunstancia extraña, pero lo hice. –Ni siquiera sabemos si ese cabrón nos ha dicho la verdad –señaló–. Solo porque dijera que era esa señora no significa que lo sea en realidad. E incluso si se tratara de ella, no hay pruebas de que afectaras su vida de esa manera. No tenemos ninguna razón para creer eso. –¿De verdad lo piensas? Deseé poder compartir su seguridad. –Sí. –Hizo una pausa–. Y hablando del jueves por la noche, ¿de qué clase de circunstancia extraña estamos hablando aquí? Me concentré en el techo. No podía contárselo sin revelar lo que había pasado bajo

el edificio de los Palisades, y había hecho una promesa. Zayne suspiró. –Pensaba que ya no nos guardábamos secretos. –Lo sé. Pero si te contara esto, tendrías que decírselo a tu padre y… bueno, lo que pasaría sería culpa mía. Toda la sangre estaría en mis manos. –¿Crees que se lo cuento todo? La irritación de su voz me llamó la atención. –No, pero creo que hay algunas cosas que querrías decirle, y no voy a ponerte en esa posición. Se colocó boca arriba, tensando el músculo de la mandíbula. Sin embargo, sus dedos permanecieron sobre mi muñeca. Transcurrieron unos pocos minutos. –Sé lo que está pasando en tu cabeza. Te estás comparando con el Lilin. –Era cierto, pero se trataba de algo más que eso–. Tú no eres así. –Volvió la cabeza hacia mí y me miró a los ojos–. Ni una sola parte de ti lo es. Dios, sería muy fácil tragarme todo lo que me decía, pero cuando cerraba los ojos lo único que veía era la cara de Vanessa Owens, y no dejaba de cambiarla con la de Dean.

¿Y si…? Ni siquiera podía permitirme terminar ese pensamiento, dejar que la idea echara raíces y se clavara al suelo. Estiró el brazo para acercarme a él. –¿Vienes? Me mordí el labio y después me acerqué a él y apoyé la cabeza sobre su pecho. Su corazón latía de forma constante bajo mi mejilla. Su brazo me rodeó la cintura, pegándome a su costado. Muchos pensamientos daban vueltas por mi cabeza, pero me aferré a uno de ellos; una teoría que necesitaba investigar. –¿Recuerdas cuando estábamos hablando sobre los espectros con Abbot? – Cuando asintió con la cabeza, respiré hondo–. No estaba de broma al decir que tuve la misma sensación en el instituto que la que sentí aquí antes de que las ventanas explotaran y Maddox se cayera por la escalera. Y yo… –Dios, aquello era muy difícil–. Esa noche con Petr tuve que… –Tuviste que defenderte –me atajó en voz baja, tensando la mano sobre mi muñeca– . Sé lo que hiciste, Layla. No tienes que decirlo.

Cerré los ojos con fuerza. –Puede que esté aquí, ¿sabes? Puede que sea un espectro. Transcurrió un momento. –Lo he pensado, pero con una casa llena de Guardianes yo creo que a estas alturas ya lo habríamos descubierto. Eso era cierto, pero habían pasado locuras mayores. –Siento que se arruinara el día de hoy –dije, decidiendo que en realidad no quería pensar en Petr mientras estuviera con Zayne. –No es culpa tuya, así que no te disculpes. Quería disculparme otra vez y seguir disculpándome, como si fuera a convertirme en una de esas personas que constantemente decían que lo sentían, pero notarlo a él apartaba algunos de los pensamientos más desagradables. Zayne bajó la barbilla y me recorrió la frente con los labios. El corazón me dio un vuelco ante el tierno contacto y en ese momento supe que no podía ponerlo en peligro. Sin importar lo que él dijera, lo que quisiera creer, no podíamos ignorar la realidad. Miré fijamente la pared, sintiendo la calmante subida y bajada de su pecho en cada

célula de mi cuerpo. Una fría comprensión me heló por dentro. Si lo que había dicho el hombre era cierto, entonces lo que hacía el Lilin y lo que hacía yo eran lo mismo. Los dos destruíamos vidas y lo único que necesitaría, al menos en mi caso, sería un desliz con Zayne. Tan solo un pequeño momento y estaría en peligro. No podía hacerle eso a él. No lo haría. Incluso si eso significaba permanecer muy muy lejos de él.

Capítulo veintiocho –Pareces una ninja –dijo Danika–. Aunque no una ninja muy hábil, sino más bien una especie de ninja de serie de televisión cutre. Miré por encima del hombro a mi cama, donde se había sentado. Sinceramente, no recordaba haberla invitado a entrar en mi habitación. –Gracias. Muchas gracias. Soltó una risita. –Lo digo en broma. Pero estás muy sexy.

–No es lo que estoy intentando. Volví a ponerme las zapatillas. Pero entendía lo de que parecía una ninja: llevaba pantalones negros de yoga y una camiseta térmica del mismo color. Probablemente también parecía un fantasma; tanto negro no le hacía ningún bien a mi color de piel. –Nunca lo intentas. –Se levantó detrás de mí–. Por eso es por lo que eres sexy. Me volví para mirarla y tuve que pensar que oírla decir que soy sexy era muy extraño. La cara y el cuerpo de Danika rivalizaban con los de las modelos de las campañas de Victoria’s Secret. Humanos y Guardianes de todo el mundo caerían a sus pies sin dudarlo. –Tu piel está mucho mejor –dijo cuando el silencio se extendió entre nosotras. Habíamos hecho la promesa de ser amistosas la una con la otra, pero la verdad es que estaba yendo muy lento. –Anoche me puse un montón de crema hidratante. –¿Puedo decirte algo que va a sonar muy extraño? Me volví de nuevo hacia el pequeño espejo que colgaba cerca de mi armario y me recogí el pelo en un moño.

–Claro. Se volvió a sentar en el borde de la cama. –Estoy celosa de ti. –Una ceja se elevó en mi frente mientras bajaba las manos con lentitud y me giraba hacia ella. Sus mejillas se ruborizaron–. Y no es por Zayne. Bueno, sí, estoy un poco celosa por eso, pero en fin. Estoy más celosa porque puedas ir a hacer cosas…, ir a clase, ir a identificar demonios si quieres. Has luchado con demonios y has sufrido daños. –¿Estás celosa porque he sufrido daños? –Sé que eso no tiene sentido. –Suspiró–. No me alegra que hayas sido herida, pero has estado ahí fuera. Has recibido golpes y arañazos, pero has estado ahí fuera mientras yo he estado… –Señaló la habitación con las manos–. Yo he estado aquí atrapada. Al principio no sabía qué responder, pero lo comprendía. De verdad que lo comprendía. Las mujeres del clan estaban tan protegidas que resultaba asfixiante. En su mayor parte, a la mayoría probablemente no se le habría roto siquiera una uña, y de ser así sería una tragedia nacional.

Danika y las demás estaban atrapadas en jaulas bonitas. –Lo entiendo –dije, y me senté junto a ella–. ¿Sabes? Cuando era más joven me sentía celosa por las demás Guardianas, porque ellas eran aceptadas. Todos se preocupaban por ellas y les prestaban atención. A ellas las querían, y yo…, bueno, yo estaba aquí y ya está. Pero lo superé bastante rápido. –La miré, deseando que pudiera ser diferente para todas–. Creo que, en cierto sentido, vosotras lo tenéis peor que yo. Asintió lentamente con la cabeza. –No es que no quiera emparejarme nunca ni tener bebés. Es solo que… –¿También quieres hacer algo más? –Cuando asintió con la cabeza, me mordí el labio–. Entonces, ¿por qué no lo haces? Estás entrenada. Puedes luchar. ¿De verdad necesitas su permiso? O sea, ¿en serio? ¿Quién va a detenerte si sales a cazar? Danika no respondió durante un largo momento, y entonces sus ojos se iluminaron. –¿Sabes qué? Tienes razón. Podría hacerlo, y cuando llegara, ¿qué iban a hacer para detenerme? ¿Enviarme a casa? –Se rio–. Me gustaría ver cómo lo intentan. –¿Intentar qué? Nos giramos ante el sonido de la voz de Zayne. Dios santo, vestido como

estaba con unos pantalones cargo negros y una tensa camiseta, estaba bueno de una forma completamente peligrosa. –Nada –gorjeó Danika. Se inclinó hacia mí y me sorprendió con un rápido abrazo. Después se levantó y salió de la habitación, despidiéndose de Zayne con la mano mientras pasaba junto a él. Este frunció el ceño. –¿Qué está pasando? Negué con la cabeza y repetí lo que ella había dicho: –Nada. ¿Estás listo? –Sí. –Me observó mientras me dirigía hacia él–. Bonito conjunto. –Danika dice que parezco una ninja de serie de televisión cutre. Zayne se rio. –Qué bien. Comencé a pasar junto a él, pero su brazo formó una pared mientras colocaba la mano al otro lado de la jamba de la puerta. Levanté los ojos hasta los suyos y él bajó la cabeza, casi como si estuviera a punto de besarme, pero no podía ser eso. No se atrevería

a hacer otra vez algo tan demente. Zayne no quería morir. Pero mientras su boca se acercaba, el aleteo de mi estómago crecía. Su fresco aroma a menta me rodeaba, y entonces sus labios rozaron la curva de mi mejilla. Me tensé de la forma más dulce. Cerré los ojos mientras me moría de ganas de tocarlo con las manos. Las cosas… las cosas eran muy extrañas entre él y yo. Los dos habíamos admitido que había algo entre nosotros, que queríamos más, pero también había una línea entre los dos, una que consistía en etiquetas, promesas y peligro. Pensé en la promesa que me había hecho la noche anterior, la promesa que cambiaba lo que ambos queríamos. La decepción creció dentro de mí y me golpeó como olas tumultuosas mientras pasaba abruptamente por debajo de su brazo. Ignoré su mirada de confusión y me alisé los pantalones con las manos. –¿Tenemos que ir a por algo antes de marcharnos? Transcurrió un momento antes de que respondiera. –Tengo todo lo que necesitamos en el Impala. Todo lo que necesitábamos para un posible exorcismo era agua bendita, algo a lo que no pensaba acercarme, sal purificada y un apestoso incienso bendecido.

Teníamos todo lo que hacía falta para un ritual así en la casa, así que consideré brevemente la posibilidad de hacer uno allí, pero eso sería difícil de explicar a los Guardianes. Tendría que sacar el tema de Petr y, tal como estaba actuando Abbot conmigo, aquello no sería inteligente. No tenía ni idea de qué hacer con Petr, y había una pequeña parte de mí que de verdad se preguntaba si estaría ahí en forma de espectro. En cualquier caso, la emoción zumbaba a través de mí mientras salíamos al garaje. Nunca antes había visto un exorcismo, así que aquello debería ser interesante. –¿Puedo gritar «por el poder de Cristo, te ordeno que te marches de aquí» cuando lleguemos a ese punto? –pregunté. –¿Qué? –Zayne se rio mientras me abría la puerta del copiloto–. Odio tener que decírtelo, pero no tenemos que decir ni una palabra y nadie va a gritar nada parecido. Me puse de morros. Maldita sea, siempre había querido decir eso. –Bueno, pues no será tan divertido como los exorcismos que he visto en la tele. Me lanzó una mirada mientras se apartaba a un lado para dejarme entrar. Justo

mientras iba a cerrar la puerta, Dez salió del edificio en dirección a uno de los todoterrenos. Su mirada fue de Zayne hasta mí. –¿Va a ir contigo a la casa? –Sí. –Él se reclinó contra la puerta abierta observando al Guardián, que era mayor que él–. ¿Tienes algún problema con ello? Dez levantó las manos. –Yo no he dicho eso. Tan solo ten cuidado. –Me echó un vistazo, y su mirada me dijo que quería sacarme del coche y ponerme encima de su hombro–. Es una… Fruncí los labios. –¿Una criatura demoníaca? –No. –Dez levantó las cejas–. Iba a decir «una chica»; una que es joven y no necesita sufrir daños. –Ah. –Me sentía como una zorra–. Gracias por señalar eso. Zayne me cerró la puerta antes de que pudiera decir nada más. Mientras se cruzaba con Dez, dijo: –Ya sabes que no voy a dejar que le pase nada. Él asintió con la cabeza.

–Aun así, tan solo ten cuidado. Mientras Dez desaparecía en las profundidades del garaje, yo miré a Zayne cuando se puso detrás del volante. –¿Sabes qué? –¿Qué? El motor cobró vida con un ronroneo. –Soy una chica. Arrugó los labios. –Cállate. Me reí. Zayne salió del garaje mientras me preguntaba si había tenido noticias de Stacey o de Sam. Ella me había llamado antes y la conversación había sido un poquito extraña, pero en general había sido normal. Salvo porque le había dicho lo que de verdad iba a hacer esa noche por primera vez en la vida. Había algo liberador en el hecho de no mentir sobre mis actividades extracurriculares. El trayecto hasta Alexandría, hasta la casa de la mujer recientemente fallecida, no nos llevó demasiado tiempo. El tráfico era mínimo, y nos alivió encontrar un lugar

de aparcamiento discreto en la parte de atrás. Ver a Zayne forzando una cerradura era sorprendentemente sexy. No estaba segura de lo que decía de mí que me pusiera su confianza mientras trasteaba hasta que oímos el clic de un cerrojo abriéndose. –Esa es una habilidad muy útil. Sonrió mientras se enderezaba. –Era eso o romperla. Suponía que sería mejor ser más suave. Roth la habría roto, y lo habría hecho alegremente. No había dos chicos más diferentes que ellos dos. Abrimos la puerta sin hacer ruido y esperamos para asegurarnos de que no saltara alguna alarma. Cuando el silencio nos dio la bienvenida, entramos en el vestíbulo a oscuras. La casa estaba llena de sombras. Solo había una pequeña lámpara encendida sobre una mesita auxiliar en la sala principal. Los tablones del suelo crujían mientras nos adentrábamos cada vez más. Zayne se puso la bolsa de lona sobre el hombro, observando los cuadros que adornaban las paredes verdes. Mientras entrábamos en el comedor, una pequeña sombra

salió con rapidez de debajo de la mesa. Era una gata gris. En lugar de salir corriendo ante el posible peligro, se enroscó alrededor de las piernas de Zayne y después en las mías. Bambi se movió interesada mientras yo me agachaba para rascar las orejas de la gata. En silencio, dirigí una seria advertencia hacia la serpiente para que no pensara siquiera en comérsela. Me pregunté si la gatita pertenecería a la mujer o a su prometido. ¿O sería de los dos? Pensar en eso me puso triste. La casa estaba silenciosa como una tumba mientras entrábamos en la cocina. Había un cuenco de comida de gato cerca del fogón, junto con un plato lleno de agua. –Todo parece normal –dijo Zayne, girándose hacia mí–. ¿Sientes algo? –Negué con la cabeza–. Tenemos que comprobar el piso de arriba. La gatita nos siguió por la casa y mientras subíamos la escalera. No había luz suficiente para distinguir las fotos enmarcadas que colgaban de la pared, pero parecían de esas familiares que se tomaban durante las vacaciones. Solo había dos habitaciones en el piso de arriba y un cuarto de baño compartido para

ambas. Una de las habitaciones era un despacho improvisado y en la otra habían dejado otra lámpara pequeña encendida. La gatita atravesó la habitación como un rayo y saltó sobre la cama en cuanto se abrió la puerta. Una vez allí se tumbó boca arriba, mostrando una panza bien alimentada. Acaricié a la gata mientras Zayne comprobaba el baño. A diferencia de los gatitos de Roth, esta no trató de matarme mientras le frotaba perezosamente la tripa. Me parecía mal estar ahí, invadiendo la privacidad de alguien. La cama no estaba hecha, y las almohadas se encontraban tiradas de cualquier manera en la cabecera de la cama. Los cajones de la cómoda estaban medio abiertos y había un vaso de agua sobre la mesilla de noche, junto a la foto enmarcada de una pareja. La foto me llamó la atención, así que dejé a la gatita sobre la cama, la tomé y la sostuve bajo la luz. Un temblor me recorrió el brazo. Casi solté la foto. –Ay, Dios mío. –¿Qué? –preguntó Zayne. No podía hablar mientras miraba fijamente la foto que tenía frente a mí. Un hombre

me sonreía; probablemente estaba cerca de los treinta. Tenía el brazo sobre los hombros de una mujer más joven. Una mujer a la que había visto antes, aunque brevemente. Zayne se acercó a mí y bajó la bolsa. –¿Qué pasa? Estaba temblando mientras le entregaba la foto. –Estos son los dueños de la casa, ¿verdad? Frunció el ceño mientras la tomaba. –Supongo. Sería raro que tuvieran la foto de otra pareja junto a la cama. Una cuchillada de pánico me atravesó el pecho. –La conozco. –¿Cómo? Sentía las rodillas débiles. –Es ella…, el pastelito. Su rostro se llenó de confusión. –No tengo ni idea de qué estás hablando. Había muchas posibilidades de que el corazón fuera a salírseme del pecho de lo fuerte que latía. –Esta es la mujer de la que me alimenté el jueves por la noche.

Zayne soltó la bolsa, sobresaltando a la gata. Su garganta se movió. –¿Estás segura? –Sí. Comencé a sentarme, pero entonces no pude soportar quedarme quieta. –¿Cómo puedes estar segura? La viste… –¡Es ella! –grité, presionándome la parte baja del estómago con las manos. Sentí náuseas–. Ay, Dios mío. –Espera. –Trató de alcanzarme, pero me aparté–. Tan solo espera un momento. Te alimentaste de ella y ella se fue. ¿Parecía bien? –Sí, pero ya has visto lo que le pasó a esa mujer de la casa de acogida…, a Vanessa. –No sabemos si eso es cierto y, aunque lo fuera, tú no mataste a Vanessa. –Se pasó una mano por el pelo–. Y tampoco mataste a esta mujer. –Pero está muerta. Es una coincidencia enorme, ¿verdad? –Tenía unas gotas de sudor sobre la frente. Ese pensamiento horrible de la noche anterior regresó–. ¿Y si…? Entonces lo sentí. Se me erizó el vello de los brazos y el hedor de algo antinatural entró en la habitación como un humo pérfido. La gata arqueó el lomo, como los gatos de esas

imágenes de Halloween. Siseando, saltó de la cama y se escondió debajo. –Mierda. –Zayne se arrodilló y abrió la bolsa–. Tenemos un espectro. –Pues claro que sí –murmuré, entumecida hasta la médula. Yo había matado a esa mujer. De algún modo había hecho eso y había tomado su alma, condenándola a una eternidad en el Infierno. ¿Cómo si no iba a convertirse en un espectro? La posibilidad de que el Lilin se hubiera encontrado con ella era astronómicamente pequeña. Y eso si el Lilin existía siquiera… La temperatura de la habitación bajó mucho y unas nubes de niebla se formaron enfrente de mi boca. –Layla. –El espectro se encontraba cerca…, el espectro que yo había creado–. Layla –insistió, y apareció junto a mí en un instante–. Necesito que estés aquí conmigo. ¿Lo comprendes? Esto no va a ser fácil. Necesito que estés aquí. ¿Lo estás? Se me escapó el aire. «Contrólate un poco.» Dejé el pánico y el terror en un segundo plano y me obligué a asentir con la cabeza. Necesitaba estar en el presente. –Estoy aquí.

–Bien. –Zayne se concentró en la puerta abierta de la habitación–. Porque el espectro también lo está. Una masa oscura llenó el umbral de la puerta, más o menos del mismo tamaño que el espectro de Dean. Una persona sombra. No se movió; tan solo parecía estar ahí inmóvil mientras nos observaba. Zayne me puso el incienso seco entre las manos. Lo encendió y su olor penetrante salió en nubecillas de humo. –Pase lo que pase, no sueltes esto. Si lo haces, todo el exorcismo se detendrá. Parecía bastante fácil. –Vale. El espectro se acercó más y la habitación se convirtió en un congelador. Empezó a soplar un viento que azotó la habitación. La ropa salió volando del cajón. La lámpara se cayó y una almohada me golpeó el brazo. Zayne se movió hacia delante, con una botella de agua bendita y un pequeño tarro de sal entre las manos. –Quédate atrás. No quiero que toques nada de esto.

El humo era asfixiante mientras me apartaba de su camino. El espectro soltó un lamento agudo; un sonido que era un cruce entre una hiena y un bebé gritando. Cargó contra Zayne. Un segundo este se encontraba delante de mí y al siguiente golpeó la pared contraria. Se aferró al agua, pero el tarro de sal rodó por el suelo hasta el otro lado del espectro. Mierda. El ser siseó en mi dirección, con un sonido felino aunque distorsionado, que se estiró hasta formar un aullido. Zayne volvió a ponerse en pie, con el pelo revuelto pero todavía en su forma humana. Lanzó el agua en dirección al espectro, pero esta no atravesó la sombra. Pareció empaparse del agua, hinchándose como ese niño molesto de Charlie y la fábrica de chocolate. Mientras el espectro giraba hacia él, yo eché a correr en dirección al tarro de sal. Mis pies se levantaron por debajo de mí. Aterricé sobre mi espalda con un gruñido y, de algún modo, por la gracia de Dios, conseguí sujetar el incienso. Giré la cabeza y observé el tarro que descansaba a menos de medio metro de donde me encontraba.

El espectro soltó una risa malvada mientras yo giraba para ponerme de costado. Tomé el tarro y quité la tapa con una mano mientras unos dedos helados me recorrían la nuca. El nerviosismo que experimenté en ese momento casi me hizo gritar como si una araña me hubiera caído en el regazo. –Lanza la sal al espectro –gritó Zayne por encima del fuerte viento. Me giré contra la fuerza de la corriente de aire y supe que, si seguía el consejo de Zayne, la sal purificada tan solo me golpearía en la cara. El viento era terriblemente poderoso, robando a mis pulmones la habilidad de tomar aliento. Me puse en pie, aferrándome al incienso con fuerza mientras me obligaba a dar un paso hacia delante y después otro en dirección al espectro. En lugar de lanzar la sal, la tiré con tarro y todo a lo que habría sido el abdomen de la criatura. La reacción fue inmediata. Como una cinta de goma que se rompiera, caí hacia atrás mientras el espectro soltaba un grito del que estaban hechas las pesadillas. Caí en mitad de la cama. El incienso se deslizó, pero clavé los dedos en él para evitar que cayera sobre la cama, deteniendo el

exorcismo y probablemente quemando toda la casa. El espectro explotó en volutas de humo que se evaporaron con rapidez, como si hubieran metido una aspiradora en la habitación que absorbiera el mal. Todo se asentó y la fuerte presencia de la anormalidad disminuyó. El aire se volvió más ligero. Mis ojos se encontraron con los de Zayne. Tenía aspecto de haber atravesado un túnel de viento. –¿Te encuentras bien? –preguntó. –Sip –chillé mientras me sentaba. El incienso se había quemado por su cuenta…, qué conveniente–. Vaya. –¿Ha sido como esperabas? Me lo planteé mientras veía a la gata asomando la cabeza desde debajo de la cama. –Sigo pensando que ojalá hubiéramos gritado lo del poder de Cristo, pero ha estado bien. Zayne sacudió la cabeza mientras me ponía en pie. Me quitó el incienso, lo metió en la bolsa y después la cerró. –Tenemos que largarnos de aquí ahora mismo antes de que alguien venga a comprobar el escándalo.

Estaba de acuerdo. Acaricié a la gata una última vez y después atravesamos la casa a toda prisa. En cuanto estuvimos de vuelta en el Impala, me sentí aliviada de comprobar que el olor empalagoso no se nos había pegado a la ropa. Eché un vistazo a Zayne mientras arrancaba y salía de la estrecha calle trasera, y dejé que calara todo lo que había descubierto. Con la adrenalina todavía bombeando por mis venas, mis pensamientos tenían un matiz afilado. Mientras cada uno de ellos caía en su sitio, me cortaron y me trocearon. Ya habíamos llegado a la carretera rural que Zayne había tomado como atajo para llegar a Alexandria para cuando volví a sentirme capaz de hablar. –No podemos ignorar lo que hemos descubierto. Me lanzó una mirada rápida y afilada. –¿Qué quieres decir? –Quién era esa mujer. No podemos ignorarlo, Zayne. Yo le he hecho eso. –Las palabras me atravesaron–. Debí de alimentarme de ella más de lo que pensaba. Los nudillos de Zayne se pusieron blancos por lo fuerte que estaba agarrando

el volante. –Si fuera así, lo sabrías. Tiene que haber otra explicación para esto. –¿Cuál? –pregunté, cerrando las manos en puños apretados–. La única es que el Lilin haya estado siguiéndome por ahí y tomara su alma. –Entonces, eso es lo que sucedió. –Apretó la mandíbula–. Tiene que ser eso. Lo miré fijamente, con unas lágrimas ardiendo en los ojos. Su férrea defensa de mí me rompía el corazón. –¿Y si…? ¿Y si no hay ningún Lilin? –¿Qué? El estómago me dio un vuelco, pero necesitaba dar voz a mi miedo. Tenía que sacármelo de dentro. –¿Y si no hay ningún Lilin, Zayne? ¿Y si tan solo pensamos que lo hay, y el Infierno piensa que lo hay…, pero no es así? –Eso no tiene ningún sentido. –Sí que lo tiene –susurré mientras los árboles pasaban emborronándose junto a nosotros–. Piensa en ello. Nadie sabe de verdad lo que hacía falta para completar el ritual. Depende de cómo lo interpretemos. ¿Y si tenía que perder la virginidad

para que eso funcionara? No lo he hecho. Así que, si Cayman se equivocaba, entonces el ritual no funcionó. Era imposible. Y Abbot dijo incluso que era un Lilin o algo similar. Lo oí aquella noche. Probablemente fuera por eso por lo que ordenó a los otros miembros del clan que me vigilaran. ¡Él también lo sospecha! –Si el ritual no funcionó, ¿entonces cómo se rompieron las cadenas de Lilith? –No lo sé, pero podría ser algo que esté haciendo yo. Soy su hija…, probablemente tengo algún impacto en ello. Piénsalo. Lo que puede hacer el Lilin es lo mismo que puedo hacer yo: tomar un alma. Tan solo que lo hacemos de formas distintas. – Las palabras se derramaban de mi boca tan rápido como iba el coche–. ¿Y dónde está ese estúpido Lilin? ¿Cómo es que no lo hemos visto, y Roth tampoco? Se supone que estaba en el instituto, pero nadie lo ha encontrado. ¡Y yo sí que estoy en el instituto! He estado cerca de todos los que han sido infectados hasta ahora, y Dios sabe cuántas personas más. –Entonces, ¿qué pasa con el capullo del sótano y los Trepadores Nocturnos?

–A saber por qué estaban ahí ni qué había en el capullo. No sería la primera vez que aparece allí algo demoníaco por mi culpa. ¿Recuerdas al zombi en la sala de calderas? O a Raum…, el demonio al que mató Roth. Zayne negó con la cabeza. –No puedo creer que estés diciendo esto. –¡Y yo no puedo creer que te niegues a ver lo que tienes justo delante de las narices! –Mierda. –Viró hacia la derecha y pisó el freno. Me lancé hacia delante y quedé sujeta por el cinturón de seguridad mientras nos deteníamos con un chirrido a un lado de la carretera. Se giró hacia mí, y sus ojos eran de un furioso tono de azul eléctrico–. Pero ¡no te alimentaste de Dean! ¡Ni de Gareth! ¡Tú no eres responsable de esto, Layla! –A lo mejor ya no necesito alimentarme para tomar sus almas. ¿Quién sabe? – Tenía la garganta tensa y dolorida–. Mis habilidades han cambiado. Ya no puedo ver las auras, pero puedo sentir las emociones. A lo mejor mi habilidad de tomar almas también ha cambiado. –Esto es totalmente ridículo. ¿Te estás escuchando?

–¿Me estás escuchando tú? –contraataqué–. Lo que estoy diciendo no es imposible, y tú lo sabes. Como no dijo nada, me desabroché el cinturón de seguridad. No podía quedarme sentada en el coche. No podía estar cerca de él cuando mis emociones eran tan explosivas. La necesidad de alimentarme se encontraba ahí, bullendo por debajo de la superficie, lo cual era totalmente genial. Abrí la puerta ignorando su grito y comencé a caminar. Avancé unos pocos metros y de pronto Zayne apareció delante de mí. –Tienes que calmarte –dijo. –¡Y tú tienes que escucharme! ¿Sabes las cosas que han estado pasando en la casa? Pensaba que a lo mejor sería Petr, porque tomé su alma, pero quizá no sea él. A lo mejor soy yo. –El corazón me latía tan rápido que pensé que iba a vomitar–. A lo mejor Abbot tiene razón y no soy consciente de lo que estoy haciendo. –No… –¡No lo entiendes! –El viento soplaba con fuerza a nuestro alrededor, pero apenas lo sentía–. ¡Estaba enfadada cuando explotaron las ventanas, y estaba molesta

con Maddox por cómo me miraba cuando se cayó! Y tanto tú como Danika habéis dicho que ahora todos me sentís como si fuera un demonio de Nivel Superior. ¡Tú mismo lo dijiste! –¡Eso no significa que vayas por ahí matando gente sin saberlo! –El viento parecía tirarle las palabras a la cara–. Te conozco, Layla. Mis pestañas se humedecieron completamente mientras retrocedía un paso. –Tan solo quieres que no sea así y eso te ha cegado… –No estoy ciego. –Se lanzó hacia delante y me agarró los hombros–. Sé qué es exactamente lo que estoy mirando cuando te veo. Sé qué es exactamente lo que eres cuando te toco. Y sé que, pase lo que pase, jamás me harías daño. Y por eso sé que, quienquiera que sea el que está haciendo esto, no eres tú. Negué con la cabeza. –No puedes… Cortó mis palabras cuando me atrajo hasta su pecho y me levantó de modo que los dedos de mis pies apenas rozaran el suelo. Abrí mucho los ojos en el ínfimo segundo en que me di cuenta de lo que iba a hacer, de lo que estaba dispuesto a arriesgar para

demostrar que sus palabras eran ciertas, que sus convicciones estaban bien, que tan solo me estaba desquiciando. Me aparté hacia atrás, pero era demasiado tarde. No podía escapar de Zayne. Jamás podría. Me besó.

Capítulo veintinueve Mi jadeo de sorpresa quedó capturado por sus labios. Planté las manos contra su pecho y traté de apartarlo, pero él se aferró y aquello… oh, Dios, aquello no era ningún roce inocente de los labios que había terminado antes de empezar. Aquello era un beso de verdad. De los que rompían corazones y después volvían a unirlos. Sus labios se encontraban sobre los míos, exigentes y fieros mientras yo mantenía la boca sellada. Un profundo sonido vibró en su pecho mientras me mordisqueaba el labio inferior. Volví a jadear mientras el pequeño mordisco me atravesaba por dentro. Zayne se aprovechó por

completo y profundizó el beso. Su lengua se deslizó sobre la mía e inhalé su sabor porque no podía evitarlo, y Zayne estaba por todas partes, en todos los sentidos, y yo estaba ardiendo. Cuando finalmente se separó, solté un grito, y no sabía muy bien si era por perderlo o por lo que sin duda sabía que pasaría. Zayne siguió sujetándome los hombros, con la mirada clavada en la mía. Y estaba de pie, no convulsionándose; no cayendo al suelo y convirtiéndose en algo salido de una pesadilla. Nos miramos fijamente el uno al otro, respirando los dos con pesadez. –¿Estás…? ¿Estás bien? –Lo estoy. –Una parte de él sonaba un tanto sorprendida–. Estoy perfectamente bien. –No lo entiendo –susurré, mirándolo a los ojos. El lateral de sus labios se elevó. –Te lo dije, bichito. Te lo dije, joder. El corazón comenzó a bailarme en el pecho. –No tiene sentido. Esto es imposible. Algo ha…

Zayne volvió a besarme, logrando callarme por completo y apagar toda parte de mí que no estuviera concentrada en la sensación de sus labios contra los míos. Me quitó el aliento de la forma más maravillosa posible. Mis pies volvieron a quedar sobre el suelo y sus manos se deslizaron hasta mis mejillas para inclinar mi cabeza hacia atrás. Gemí en el beso y él movió la cabeza, profundizándolo y alargándolo. Me aferré a sus hombros. No sé lo que nos pasó. A lo mejor fue el hecho de que nos habíamos pasado una eternidad pensando que jamás podríamos compartir algo que todo el mundo daba por sentado. O a lo mejor fueran todas las emociones salvajes que estábamos sintiendo. Quizá fuera más que solo un arrebato de pasión, pero me daba igual. En cualquier caso, la promesa que me había hecho la noche anterior se desmoronó como un pétalo seco. Me estaba ahogando en Zayne. Nuestras bocas no rompieron el contacto mientras él me sujetaba la cintura y volvía a levantarme, y yo rodeé sus caderas con las piernas. No me pareció que fuéramos a

dejar de besarnos jamás. Era imposible. Ni siquiera si un Alfa aterrizaba junto a nosotros y comenzaba a bailar desnudo. Zayne se giró, subiendo las manos por mi espalda y enterrándolas en mi pelo, y entonces bajaron hasta mis caderas. Los estremecimientos me estaban volviendo loca. Caminó y, al segundo siguiente, mi espalda quedó contra el Impala. Deslicé las manos hasta su pelo, enterrando los dedos en la suavidad mientras él cambiaba su peso hacia un lado y llevaba la mano hasta la puerta. El chico era muy hábil, porque de algún modo logró abrir la puerta trasera sin romper el contacto. Dobló las rodillas y entonces estuvimos lejos del frío y dentro del asiento trasero, con su largo cuerpo presionando el mío desde arriba, y seguía besándome, atrayendo mi aliento hasta el suyo. Debía de pesar una tonelada, pero su peso era delicioso y enloquecedor de una forma del todo demente. –Dios –susurró contra mis labios hinchados mientras levantaba la cabeza–. Llevo muchísimo tiempo pensando en esto y no tenía ni idea de que me sentiría así.

Mis pensamientos estaban enmarañados mientras colocaba la mano contra su suave mandíbula. Volvió a besarme, como si ansiara oxígeno y estuviera haciendo respiraciones largas y profundas. Cuando se apartó me mordisqueó los labios, solo para volver a por más, y las cosas giraron hasta quedar fuera de control. Su mano se elevó por mis caderas y por debajo de mi camiseta, y el tacto de su piel contra la mía, la mezcla de nuestras emociones y necesidades, me alcanzó en lo más profundo de mi ser, calentando cada célula, llenando cada espacio oscuro en mi interior. Todos los años de soñar con poder hacer eso se elevaron hasta la superficie de los dos y nos volvieron avariciosos y enloquecidos. Mis dedos se aferraron a su camiseta y, cuando levantó la cabeza esa vez, tiré y él respondió, dejándome quitársela. Mis manos recorrieron su pecho mientras inclinaba la cabeza hasta la mía. Saboreé en él mi propio deseo ardiente. Lo sentí y di la bienvenida a su remolino, me regocijé en él, y esa vez fui yo quien profundizó el beso. El sonido que produjo me hizo curvar los dedos de los pies mientras sus caderas

apretaban las mías. El corazón se me aceleró y mi pulso latió con fuerza por mi cuerpo. Y entonces mi camiseta térmica desapareció en algún lugar del suelo del Impala. Los dedos de Zayne se deslizaron por mis costillas y llegaron hasta el frágil cierre. Hubo un simple movimiento de su muñeca y los dos quedamos desnudos de cintura para arriba. Ay, Dios mío, nos encontrábamos en un lateral de la carretera, medio desnudos en el asiento de un coche, y era tan… humano y normal. Una risa burbujeante se me escapó contra sus labios. Él bajó las cejas, pero antes de que pudiera hablar me estiré y volví a besarlo, maravillándome simplemente por el hecho de que pudiera hacerlo, de que aquello estuviera sucediendo. –Lo siento –dije–. Nunca esperé que pasara esto. Nunca… Me besó con suavidad, una exploración perezosa y sensual que tendría que haber empañado las ventanas del coche. –Yo nunca pensé que esto fuera imposible. Siempre he confiado en ti. Las lágrimas me escocieron en los ojos por una razón muy diferente esa vez. –Zayne, yo… No podía terminar el pensamiento, pero estaba bien.

El tiempo pareció detenerse para nosotros y lo que estábamos haciendo era una verdadera locura, pero estábamos demasiado ocupados el uno con el otro como para que nos importara. Sus labios trazaron un rastro de fuego por mi mejilla mientras su mano recorría el lugar donde Bambi estaba enroscada alrededor de mis costillas. Había vuelto a utilizar mi pecho de almohada, pero no me importaba. No cuando Zayne seguía cada elegante curva de su cuerpo con la mano y después con la boca, haciendo que me arqueara con su tacto. Volvió a levantar la cabeza, con la mirada clavada en mi cara, y entonces la hizo descender y contuve el aliento. A continuación nuestros cuerpos quedaron unidos, pecho contra pecho, y nunca antes había sentido nada parecido. Un profundo gruñido retumbó a través de él, y un millar de emociones hicieron erupción en mi interior. Nuestros cuerpos se movieron juntos contra el asiento trasero, y sentía algo salvaje que palpitaba a través de mí. Lo acerqué más a mí, pasando los labios por encima de los suyos, y él se estremeció. Quería sentir más. Deslicé la mano por los gruesos

músculos de su cuello y su espalda y después seguí bajando. Él tomó un aliento brusco. Y la forma en que su cuerpo se balanceó contra el mío y la tensión que podía sentir formándose dentro de los dos me dijo adónde se dirigía todo aquello. No era imposible, con el lugar donde estábamos y todo. En el fondo de mi cabeza sabía que no era la primera chica, y tal vez ni siquiera la primera chica con sangre de Guardián en sus venas, en hacer eso. Si había voluntad, y, joder, desde luego que había voluntad, había un camino. Pero había algo dentro de mí que me hizo pisar los frenos. No sabía de qué se trataba, ni si tenía un nombre. O tal vez sí que lo sabía y mi corazón y mi cerebro no querían reclamar la pertenencia sobre eso, pero la confusión me dejó la piel fría. Deseaba aquello. Con fuerza. Tal vez solo fueran los nervios, pero de pronto mis manos estaban temblando. Lo único que sabía era que mi ansiedad no tenía nada que ver con el estúpido hechizo atado a mi virginidad. Si de verdad había sido creado un Lilin, mi virginidad daba igual, e incluso si no había ninguno las cadenas de Lilith ya se

habían roto, así que eso tampoco importaba. –Zayne –susurré, respirando su aire–. Deberíamos… Tenía los ojos cerrados cuando respondió. –¿Parar? –Asentí con la cabeza–. Tienes razón. –Apoyó la frente sobre la mía y respiró hondo varias veces–. Tenemos que parar. No quiero que sea así…, en el asiento trasero de mi coche. De algún modo, me ruboricé. Era extraño que me sintiera avergonzada entonces cuando estar medio desnuda no tenía ese efecto en mí. Tragué saliva mientras él presionaba el puente de mi nariz con los labios y después se elevaba, utilizando los brazos para apoyarse y poner espacio entre nosotros. Tal como me miraba fijamente hacía que me entraran ganas de quitar los pies del freno y seguir adelante. –Dios, Layla, yo… De verdad que no tengo palabras. Yo tampoco las tenía, y no era en el mal sentido. Aunque tenía una sensación de extrañeza en mi interior que amenazaba con destrozar aquella calidez, quedarme sin habla era una recompensa.

Zayne pasó la mano sobre mi piel, como si estuviera intentando memorizar la sensación, y entonces encontró la ropa que había acabado en el suelo del coche. Me ayudó a volver a ponérmela y probablemente tardamos más tiempo del necesario, porque se detuvo para besarme el hombro y después el cuello, e hizo que me entraran ganas de deshacer todo su duro trabajo. Cuando me sacó del asiento trasero, el fresco aire nocturno sopló sobre mi piel ardiente. Atrapó mis mejillas e inclinó mi cabeza hacia atrás. –No quiero oír más mierdas sobre que eres responsable de lo que está sucediendo – dijo, clavando sus ojos en los míos–. Si esto sirve para probar algo, demuestra que eres capaz de controlar tus habilidades. Lo sabrías si estuvieras tomando almas. No lo estás haciendo, así que ya está. Se acabó. Prométemelo. Últimamente había sido muy mala manteniendo promesas, pero se lo prometí y recé para que fuera una que pudiera cumplir. Eran poco más de las seis de la mañana cuando, prácticamente dormida, sentí que mi cama se hundía bajo un peso repentino. Abrí los ojos adormecidos y sonreí un

poco cuando las mantas se movieron y un brazo me rodeó la cintura. Noté una calidez contra mi espalda. Cada mañana durante la última semana Zayne me había despertado así después de volver de cazar. El último par de días… bueno, había sido como algo salido de un sueño. Pasábamos mucho tiempo juntos, ya fuera escondidos en mi habitación o en la suya, o pasábamos el rato en casa de Stacey con ella y con Sam. Acción de Gracias llegó y pasó. El sábado nos marchamos y fuimos a tomar café como solíamos hacer, pero esa vez había sido diferente. Había habido besos. Había habido muchos besos. Tantos que noté los labios hinchados durante una buena parte del día. Pero mi momento favorito eran las mañanas. Siempre me tocaba más entonces, y era una forma increíble de despertarme. Sabía que en algún momento aquello tendría que parar. Alguien lo pillaría entrando o saliendo de mi habitación y a su padre le daría un infarto. Y también había razones mayores para ello. La verdad era que la realidad no había existido desde mi expulsión. No había problemas con el Lilin, ninguna noticia de

Roth salvo algunos mensajes inofensivos aquí y allá, y cuando estaba con Zayne era fácil creer que yo no era la responsable de la infección. Zayne me tocó el cuello y después se rio cuando yo di una sacudida al tocarme un punto sensible. –Buenos días –dijo, y me besó debajo de la oreja antes de levantar la cabeza. –Buenos días. –Me puse boca arriba y, de algún modo, acabé justo entre sus brazos–. Has vuelto pronto. –Sí. –Tiró de mi manta hasta mi cintura y sonrió al ver la cabeza de Bambi asomándose desde debajo del cuello bajo de mi camiseta–. Ha sido una noche un poco muerta. Bajó la cabeza y sus labios rozaron los míos con un tacto suave y tentador. Levanté la mano y la puse contra su pecho. La delgada camiseta que llevaba era un obstáculo que me molestaba, pero su corazón latía con fuerza contra mi palma. El beso se profundizó mientras se acercaba más. Una de sus piernas acabó entre las mías y el peso de él encima de mí hizo cosas terriblemente maravillosas en mi interior. Su mano bajó por mi estómago y después se metió bajo el dobladillo. Cuando

tocó mi piel desnuda, capté la intensidad de lo que estaba sintiendo. La necesidad. El deseo. Algo mucho más fuerte lo controlaba. Arqueé la espalda contra su tacto y enrosqué los dedos de los pies. Tras lo que parecía una eternidad, pero no el tiempo suficiente, se apartó de mí con un suspiro de resignación. Los dos estábamos respirando con fuerza. Nuestros pechos se alzaban el uno contra el del otro. Una de sus manos seguía debajo de mi camiseta, tocándome. Unos pequeños temblores me recorrieron. Apoyó la frente sobre la mía y las puntas de su pelo me rozaron las mejillas. –Voy a hacer que llegues tarde a clase si esto sigue así. Aquello no iba a ser lo único que sucediera si seguía moviendo el pulgar de un lado a otro, o si seguía besándome. No habíamos ido más allá de eso, ni siquiera habíamos llegado a quitarnos la ropa desde la noche que habíamos ido a aquella casa. Me daba cuenta por cómo temblaba su cuerpo de que quería ir más allá. Estaba bastante segura de que yo también quería, pero ese paso me producía tanto miedo como emoción. Todo

aquello era algo que realmente nunca había pensado que fuera posible con Zayne. Pero volver a clase también significaba volver a la realidad, y si había algo que matara mi buen humor con creces, era eso. Volver a estar con humanos que no fueran Stacey y Sam. Volver a enfrentarme a la fría posibilidad de que yo podía ser la causa de la infección. Porque aunque podía besar a Zayne sin absorberle el alma como una aspiradora, eso no significaba que no fuera yo. Sintió el momento en que me alejé y frunció el ceño. –¿Adónde has ido? –A ningún sitio. –Me obligué a sonreír. No había hablado con Zayne sobre mis miedos desde aquella noche, porque sabía que creía firmemente que era inocente y quería… quería que siguiera siendo así. Con él, no me sentía como si fuera una bomba de relojería esperando a explotar. Me sentía normal–. ¿No podría saltarme la clase? –Hum… –Rozó la punta de mi nariz con los labios–. Aunque me encanta cómo suena eso, tienes que llevar tu culito bonito a clase. –Me puse de morros. Él se rio con suavidad y entonces su sonrisa se desvaneció. Una seriedad apareció en sus ojos azules–.

Sabes que no estás infectando a nadie, bichito. No pasa nada porque vuelvas a clase. En el fondo, lo sabes. –Lo sé. Volvió a besarme y, durante un ratito, me perdí en sus labios y en su aroma y su sabor embriagador. Y durante un ratito me quedé en nuestro mundo, aunque pareciera que no fuera real. Stacey y Sam me estaban esperando junto a mi taquilla. Ella se acercó, me dio un abrazo rápido y se alejó antes de que pudiera apartarla de mi lado y quedar como si fuera una rarita. –Bienvenida de nuevo –dijo Sam. Seguía sin llevar las gafas–. Seguro que estos días has echado de menos el instituto. –Un poco sí. Abrí la puerta de la taquilla y saqué el libro de Biología. Aquello era cierto. El instituto era una especie de santuario… cuando no había zombis, Trepadores Nocturnos y espectros arrastrándose por ahí. Mi instituto se estaba convirtiendo en la Boca del Infierno.

Solté una risita y Stacey arqueó una ceja. –¿Qué? –Nada. Tan solo estaba pensando en Buffy cazavampiros. –Era un alivio poder ser sincera con ellos. Cerré la puerta de la taquilla y me giré hacia donde se encontraban–. Estaba pensando que nuestro instituto es un poco como la Boca del Infierno de Buffy. Ella sonrió. –Yo soy claramente Cordelia. Y tú eres Buffy. Me reí mientras comenzábamos a andar por el pasillo. Sam le había tomado la mano a Stacey, y eso me hacía sentir una enorme calidez y felicidad. –Yo no soy Buffy. Más bien Willow. Sam, tú eres Xander, sin duda. –Yo diría que soy más como Ángel –señaló él, y esperaba que comentara alguna clase de hecho sobre Buffy cazavampiros, pero no lo hizo. –Por cierto –dijo Stacey, inclinándose hacia mí y bajando la voz–. Supongo que le habrás dicho a Roth que sabemos la… eh, la verdad. El estómago me dio un vuelco. No lo habían visto desde que nos habían expulsado. –Sí, lo sabe, pero yo no me preocuparía demasiado. Voy a ir al baño un momentito.

Stacey se detuvo. –Yo también tengo que ir. –Se giró hacia Sam y le dio un beso rápido en la mejilla–. ¿Nos vemos luego? Él asintió con la cabeza mientras retrocedía, y entonces se giró y se pasó una mano por el pelo revuelto. Lo observé durante unos momentos y después negué con la cabeza. –¿De verdad tienes que ir al baño? –No –respondió entre risitas–. Tan solo quería unos pocos segundos a solas contigo para preguntarte si ya te has acostado con Zayne. La sangre me llenó las mejillas de calor. –¿Qué? No. ¿Sam y tú sí? Su sonrisa se ensanchó, y abrí los ojos mientras abría la puerta y me recibía el olor a desinfectante y un débil aroma a cigarrillos. –Ay, Dios mío, ¿en serio te has acostado con…? Perdí el hilo de lo que estaba diciendo y después me detuve por completo dentro del cuarto de baño. Stacey se chocó contra mí desde atrás y ella también se detuvo. Frente a uno de los lavabos se encontraba Eva, encorvada con las manos

contra la cara, cubriéndose los ojos. Sus hombros esbeltos estaban temblando. En el lavabo y en el suelo había unas bolitas de papel marrón arrugado. Había un teléfono móvil en la repisa sobre el lavabo. Estaba llorando…, no, en realidad estaba sollozando. –Qué raro es esto –murmuró Stacey mientras la puerta se cerraba tras ella. Sí, un poco sí que lo era. Eva era mala, y si no la conociera tan bien la habría catalogado como un demonio del Infierno, pero no lo era. Tan solo era la típica chica mala que probablemente no tendría suficiente amor en casa o lo que fuera, pero el código de las chicas se activó. Con un suspiro, di un paso hacia delante e hice una mueca mientras trataba de pensar en algo que decir. –Eh, Eva, ¿te encuentras bien? Sus hombros se pusieron rígidos mientras bajaba las manos. Vaya. Eva no era guapa al llorar, lo cual por alguna razón horrible me hacía sentir mejor conmigo misma. En el reflejo el rímel corría por sus mejillas y tenía la cara hinchada y roja. Entonces se arrugó; su cara se arrugó. Se retorció mientras nuevas lágrimas

bajaban por sus mejillas. –No. No estoy bien. Nunca voy a estar bien. La expresión en la cara de Stacey decía que se estaba preguntando si Eva no sería un poco melodramática, pero una sensación de intranquilidad floreció en la boca de mi estómago. Eva se volvió hacia nosotras, cerrando las manos en puños contra sus mejillas rojizas. –Está muerto. Gareth está muerto.

Capítulo treinta Gareth había sufrido una sobredosis en algún momento de la noche. Sus padres habían encontrado su cuerpo en el garaje aquella mañana, cuando su padre se marchaba para ir a trabajar. Corría el rumor de que había estado robando alcohol. Había una pesada tristeza sobre el instituto. La muerte de Dean ya había sido lo bastante mala, igual que la de Gerald, pero Gareth era popular. Todo el mundo

lo conocía y, aunque su firme descenso hacia las drogas había confundido a mucha gente, seguía siendo el chico con el que la mitad de las chicas quería estar y al que la mitad de los chicos quería imitar. Los profesores hablaron sobre ello en cada clase, diciendo que había sido un terrible accidente y convirtiéndolo en un programa especial sobre las drogas y sus peligros, pero yo sabía la verdad. Al igual que Stacey y Sam. Y al igual que Roth. No es que las drogas no fueran un problema enorme, pero aquello iba más allá de la adicción y las cosas estúpidas que hacíamos. Gareth había estado infectado. Le habían robado su vida y su alma. No solo habría otro espectro, sino que Gareth se pasaría la eternidad en el Infierno. Y eso me mataba, incluso si resultaba haber un Lilin en alguna parte. Roth se encontró conmigo mientras iba a comer. Estar a solas con él hizo que los nervios se me retorcieran en nudos inútiles. Sabía que tenía todo que ver con

Zayne y conmigo… y todo que ver con Roth. –Todavía no he sentido a ningún espectro –dijo, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros rasgados–. ¿Y tú? Negué con la cabeza mientras Bambi comenzaba a subir entre mis pechos. Le dirigí una seria advertencia para que no apareciera en mi cara. Siempre que Roth se encontraba cerca, le gustaba estar visible. Un poco como esos molestos perros saltarines que necesitaban atención. –Supongo que solo será cuestión de tiempo hasta que aparezca. ¿Todavía vamos a ir a ver el aquelarre este fin de semana? –pregunté. Cuando asintió con la cabeza, me recliné contra la pared. Los pasillos estaban prácticamente vacíos. Al levantar la mirada y verlo observándome con atención, cambié el peso de pierna–. ¿Hay algo que podamos hacer con sus almas? ¿Alguna forma de que podamos liberarlas? Roth se giró e inclinó su cuerpo de lado. Negó con la cabeza. –No a menos que quieras hacer un trato con el Jefe, y eso no te lo sugeriría. Abrí la boca para protestar, pero él me puso un dedo sobre los labios y me

silenció. Me aparté al notar la energía que saltaba entre nosotros. La comisura de sus labios se elevó. –Sé que quieres ayudarlos, enana, pero cuando las almas están ahí abajo es un coñazo sacarlas. Y no estoy hablando de una inconveniencia. Al Jefe le gusta el ojo por ojo. Si pides un alma, él te pedirá otra a cambio. No quieras hacer esa clase de tratos, cargar con esa clase de peso. Tenía razón, pero ya llevaba un gran peso sobre los hombros. –No me has contestado ninguno de mis mensajes ni llamadas –continuó tras unos pocos momentos, apoyando la cadera contra la pared que había a mi lado. Tenía la barbilla baja y sus pestañas oscuras ocultaban sus ojos–. Estaba preocupado. Levanté las cejas. –¿En serio? –Sí. –Las comisuras de sus labios bajaron–. ¿Por qué te sorprende? Me encogí con un solo hombro. Me había hablado unas cuantas veces más durante nuestra expulsión y en las vacaciones, pero yo no le había respondido. Me habría sentido

mal de haberlo hecho, y no porque estar con Zayne significara que no podía hablar con otros chicos. Tan solo se trataba de que Roth no era «otro chico», era algo completamente diferente. –Estás con Zayne, ¿verdad? –preguntó como si me hubiera leído la mente. ¿Lo estaba? No nos llamábamos «novio» ni «novia», pero nos tratábamos como si lo fuéramos. –La verdad es que no quiero hablar sobre él contigo. Frunció los labios. –Dime que al menos tienes cuidado. Abrí mucho los ojos. –Vale. Esto se parece mucho a una conversación sobre usar preservativos. –No me refería a eso, y lo sabes –dijo. Nuestros ojos se cruzaron y comprendí totalmente lo que quería decir. –Lo tengo. Lo cual era una mentira enorme. Apoyó la cabeza contra la pared e inspiró profundamente. Lo observé durante un momento. Tenía los brazos cruzados sin fuerza sobre el pecho, y todo en él parecía tenso. Ni siquiera le había contado lo de la mujer del edificio de los

Palisades. –¿Tienes hambre? –preguntó con voz extraña–. Creo que deberíamos entrar antes de que Stacey y Sam empiecen a hacer bebés sobre la mesa de la cafetería. –Hemos encontrado otro espectro –dije en voz baja. Abrió los ojos de golpe. –¿Qué? –La semana pasada. Zayne y yo hicimos un exorcismo –expliqué en voz baja. Se irguió. –¿Por qué no me lo habías dicho? –Fue la mujer del club de los Palisades, Roth. –El estómago me dio un vuelco al ver que sus ojos ardían–. La mujer de la que me alimenté. Abrió la boca y entonces la cerró mientras se pasaba una mano por el pelo oscuro. Unas líneas tensas se formaron alrededor de sus labios. –¿Estás segura? –Sí, estoy segura. Era ella. –Me froté la cara con las manos–. Se marchó, ¿verdad? Él asintió con la cabeza. –Sí. Te lo juro, Layla. Se marchó. –Pero ¿cómo acabó muriendo? Se supone que fue un ataque al corazón, pero

no tenía ningún problema previo. Sé que eso no significa que sea imposible, pero ¿cuántas posibilidades hay de eso? ¿Qué pasa si fui yo? ¿Qué pasa si la infecté? ¿Qué pasa si soy yo quien está infectando a toda esta gente? –Oye, ¿de dónde viene todo esto? –Roth ocupó todo mi espacio personal–. ¿Es por algo nuevo? Negué con la cabeza. –No. Llevo un tiempo preguntándomelo y Zayne no piensa que sea yo, pero no hemos encontrado ninguna evidencia de que haya un Lilin, nada concreto, y todos los que han sido infectados han estado cerca de mí. –Pero ¿cómo? ¿Has estado yendo por ahí besando a la gente? Porque si es así, me molesta mucho que a mí no me hayas incluido. Le lancé una mirada envenenada. Como si no lo hubiera besado recientemente. –Eh, no, no lo he hecho, y no sé cómo. Eso es lo único que no comprendo. –Lo miré y decidí soltarlo, porque confiaba en que él no se contendría. No lo había hecho antes con las cosas horribles que yo no quería oír–. ¿Crees que he sido yo? Me miró fijamente durante un momento, sin moverse. No estaba segura de que

estuviera respirando siquiera. Entonces se inclinó hacia mí y me puso las manos sobre los hombros. Su agarre no era fuerte, pero había muchas cosas en el tacto. Era una presión reconfortante, y cerré los ojos. –Para –susurró contra mi pelo– de hacer preguntas que no sirven para nada. No dijo nada más mientras se apartaba y sus brazos caían a sus costados, y cualquier consuelo que me hubiera ofrecido se convirtió en aprensión. Su silencio era inquietante. No había respondido a mi pregunta. La noche que nos marchamos para ir al club de Bethesda había un indicio de nieve en el aire. Desde luego hacía el frío suficiente, y el ambiente tenía ese aire invernal. Nuestro trayecto hasta el club fue silencioso. Roth me estaba esperando dentro de su Porsche en el aparcamiento que había enfrente de un colegio. En cuando Zayne y yo llegamos con el Impala, él abrió la puerta y salió del coche. Bajé la mirada hasta mi cuerpo y arrugué la nariz. Roth se había vestido como si estuviera a punto de entrar en un aquelarre lleno de brujas. Tenía las piernas cubiertas de cuero y llevaba una camiseta oscura. El conjunto

exudaba caos y amenaza, mientras que mis vaqueros azules y mi jersey azul con cuello de pico básicamente exudaban aura de ama de casa. –Debería haberme puesto algo mejor –comenté. –Yo creo que estás bien. Le eché un vistazo a Zayne y sonreí. –Gracias, pero tengo la sensación de que voy a destacar. –Tú siempre destacas. –La sonrisa de su cara se desvaneció cuando Roth se acercó a su ventana. La bajó refunfuñando entre dientes–. ¿Qué? Roth permaneció impávido. –Ya era hora. Creo que me ha crecido una semana de vello facial esperándoos. Zayne puso los ojos en blanco mientras yo miraba hacia el lugar donde se encontraba el club. Al principio no me pareció que estuviéramos en el lugar correcto. Era dentro de un hotel de lujo. La clase de hotel que estaba lleno de paredes de cristal reflectante y esculturas que parecían haber sido moldeadas por un niño de cinco años. O algo que hubiera hecho yo. –De verdad me gustaría entrar ahí –dijo Zayne, quitando las manos del volante–. No me hace ninguna gracia que vayas a entrar ahí sola.

–Estará conmigo. –Roth sonrió mientras se inclinaba hacia la ventana–. No estará sola. –Tú no cuentas. Ya iba siendo más que hora de que saliera del coche. Comencé a abrir la puerta, pero Zayne me atrapó la mano. –Ten cuidado –me dijo. –Lo haré. Dudé, sintiéndome como si debiera darle un beso de despedida, pero no podía con ese mirón delante. –Qué monos. –Roth se apartó del coche, hablando con tono más ligero, pero su expresión era aguda–. No te preocupes, Rocoso. Está en manos buenas y capaces. Creo que sabes exactamente lo buenas y capaces que son, ¿verdad? Zayne se apartó y la furia cruzó sus facciones. –Sí, pues que te jodan. Roth sonrió. –Bueno, hablando de eso… –Ni siquiera termines esa frase –le advertí, cerrando la puerta de golpe. Sus ojos se

cruzaron con los míos sobre el techo del Impala–. En serio. Roth arqueó una ceja y después movió los dedos en dirección a Zayne. Me giré y me dirigí hacia la acera. Apareció junto a mí en un instante. –Eso no era necesario –dije. Los hombros de Roth estaban tensos. –Lo que tú digas. No es en eso en lo que tenemos que concentrarnos ahora. –Concentrarnos en eso o no no es la cuestión. –Cruzamos la calle prácticamente vacía, lo cual era extraño teniendo en cuenta que solo eran sobre las ocho de la tarde–. No hay razón para que le digas cosas así. Me miró mientras llevaba la mano a la puerta. –¿No la hay, Layla? Por un momento nuestras miradas se clavaron la una en la otra, y fue como si sus escudos hubieran sido derribados. Furia. Decepción. Anhelo. Impotencia. Todo se mezcló en esos ojos de color ámbar. Y entonces se giró y me dirigió hacia el vestíbulo con un gesto. –Vamos a acabar con esto. Respiré hondo ante lo brusco de su tono, me sacudí de encima lo que quisiera

que estuviera pasando con él y entré. El hotel era bonito y nuevo. Las lámparas plateadas del techo emitían su luz sobre el piso principal, pero era como si el edificio estuviera tratando de alcanzarnos, como si buscara consuelo y luz. Se me erizó el vello de la nuca. Seguí a Roth hasta el ascensor y subimos al decimotercer piso en silencio. Era toda nervios cuando salimos a un largo pasillo. Y no solo era porque estuviéramos a punto de quedar rodeados por un montón de brujos de los hostiles. Una semilla de esperanza ardía con fuerza en mi pecho. Tal vez la bruja suprema nos dijera algo que cambiara lo que creía y que demostrara que Zayne tenía razón. Justo cuando estaba a punto de preguntar si habíamos ido al lugar correcto, doblamos una esquina y un restaurante o club apareció a la vista. Las ventanas estaban tintadas de bronce, pero podía distinguir varias formas humanas sentadas en las mesas. Había un diseño con curvas encima de las puertas dobles. –¿Estás preparada para esto? –preguntó Roth. –Claro. Parecía dudoso mientras abría las puertas y entrábamos. Lo primero en lo que me fijé

fue en lo normal que era todo. Totalmente normal, nivel humano. Nos encontrábamos delante de un puesto para recibir a los clientes que estaba vacío. Había parejas en las mesas, riendo y hablando. Una barra bien surtida recorría la parte posterior, llena de gente sentada y de pie. De los altavoces sobre nuestras cabezas sonaba una música de jazz tranquila. Aquella gente no parecía haber salido del tren gótico. De hecho, me entremezclaba con ellos. –¿Qué estabas esperando? –Roth rio entre dientes junto a mi oreja y me pregunté si lo habría dicho en voz alta o no. –Esto no. –¿Es que no sabes que no hay que juzgar a un libro por su portada? –Acercó la mano a la mía y me la tomó, y cuando yo me puse en plan «¿qué demonios estás haciendo?», él apretó el agarre–. Como te he dicho, enana. No juzgues a un libro por su portada. Necesito que permanezcas cerca de mí. Apareció una mujer esbelta con las manos unidas. Llevaba un simple vestido negro que le llegaba por encima de las rodillas y tenía el pelo recogido en un moño

elegante. –Lo siento. Solo aceptamos reservas. Roth sonrió. –¿Cómo sabes que no hemos reservado? –Echó un vistazo hacia el puesto. No había ningún libro–. No sabes cómo nos llamamos. –Sé que no habéis reservado. –La mujer levantó la barbilla mientras su fría mirada se centraba en nosotros–. Y también sé lo que sois los dos. Así que si queréis salir de este edificio sin tan mala suerte que en comparación el Titanic parezca una atracción de Disneyland, os sugiero que os marchéis antes de que… –Rowena –dijo un hombre que apareció tras ella–. Los estábamos esperando. Deja que pasen. ¿Nos esperaban? Eché un vistazo a Roth, pero su expresión era ilegible. La mujer no parecía feliz por ello, pero se apartó a un lado. El hombre asintió con la cabeza. –Seguidme. Os está esperando. Bueno, aquello daba un poco de mal rollo. Mientras seguíamos al hombre, que parecía tener cuarenta y pico años, la gente… eh, los brujos que se sentaban

junto a las mesas pararon de hacer lo que estuvieran haciendo para mirarnos fijamente. Algunos tenían tenedores llenos de comida a mitad de camino de sus bocas. Otros se giraron en sus sillas. Entre todos sus rostros pétreos y ojos desconfiados, ninguno de ellos parecía muy contento. De pronto, que Roth me sujetara la mano ya no estaba tan mal. Incluso aunque me hiciera sentir como una gallina. Estaba entrenada para el combate cuerpo a cuerpo, no para repeler hechizos y encantamientos. El hombre nos condujo alrededor de la barra hasta una zona del club que se encontraba algo apartada. Tan solo había una mesa allí atrás, rodeada por un gran sofá en forma de media luna. Varias mujeres se levantaron de sus asientos. Todas ellas, un total de seis, pasaron junto a nosotros sin mirarnos. No era raro ni nada. El sofá parecía vacío hasta que llegamos a la zona que estaba abierta. Entonces la vi y, joder, parecía que la guardiana de una cripta se encontraba frente a nosotros. La mujer

era vieja, tanto que no estaba segura de cómo seguía viva y respirando. Unos mechones de pelo color nieve caían sobre sus hombros pequeños y frágiles. Unas profundas arrugas le marcaban la cara y sus ojos… eran de un blanco lechoso. El ojo entero. La anciana sonrió, y tenía la cara tan arrugada que pensé que iba a derrumbarse sobre sí misma. –¿Qué esperabais? –Para ser una mujer tan mayor, su voz era fuerte–. ¿Una mujer fuerte? Buscáis a la bruja suprema, ¿verdad? Encontré la voz. –Sí. –Una bruja suprema es alguien que es vieja y sabia… o solo vieja. En cualquier caso, llevo muchos años caminando por esta Tierra –dijo, y levantó una pequeña mano blanca para indicarnos que nos sentáramos–. Y esta es la primera vez que he visto a un Príncipe Heredero. Roth se sentó y tiró de mí para dejarme junto a él. –Es un honor, bruja suprema.

Ella levantó la barbilla. –Tampoco pensaba que viviría para ver a una hija de un Guardián y nuestra verdadera madre, pero aquí estás, la propia carne y la sangre de Lilith. Realmente no tenía ni idea de qué decir a eso. La bruja suprema se inclinó hacia delante y me preocupó que cayera y se rompiera justo delante de nosotros. Su cara fuertemente arrugada pareció envejecer aún más, como si estuviera a punto de convertirse en polvo en cualquier momento. –Lo que temes, niña, está mal. Alguna maldad es necesaria, hijos míos. –Roth me lanzó una mirada, como si me estuviera diciendo que ya me lo había dicho. Mantuve la boca sabiamente cerrada–. Sé por qué estáis aquí vosotros dos. –Su risa traqueteó como huesos secos–. Sé que estáis aquí para encontrar al Lilin. El corazón me dio un vuelco y supuse que sería mejor que fuéramos sinceros. –Sí. Necesitamos encontrar al Lilin. –Lo necesitamos para ayer –añadió Roth–. Sé que os encanta Lilith, pero ya sabéis la reacción en cadena que causará el Lilin. –Ah, sí, los Alfas. –Agitó las manos–. Me sorprende que no hayan llegado ya con sus

poderosas espadas para atravesar todo lo que no creen merecedor de esta Tierra. ¿Alguna vez habéis visto a un Alfa, hijos? Negué con la cabeza. –No. He estado… cerca de ellos, pero nunca he visto a uno. –Yo tampoco –respondió Roth–. Obviamente. La bruja suprema vomitó otra risa. –No. No estarías aquí sentado si ese fuera el caso, ¿verdad? Ah, los Alfas. Son una amenaza para todos nosotros. Tal vez incluso para los humanos. Solo ven en blanco o negro, sin tonos de gris. Sin simpatía. Ellos son los verdaderos monstruos. Mantuve el rostro inexpresivo mientras ella continuaba parloteando. Los Alfas eran literalmente el coco de todas las cosas y, aunque había una parte de mí que se sentía atraída hacia ellos, también me aterrorizaban. –Volviendo al Lilin… –intervino Roth con suavidad. –¿Eres impaciente, joven Príncipe? No deberías serlo. –La vieja bruja suprema soltó una carcajada–. Ningún Lilin ha buscado refugio entre nosotros, si eso es lo que piensas. No hay razones para ello. Buscas lo que está justo delante de ti, Príncipe. Lo sabes. Es la

verdad tras tu salida del Infierno.

Capítulo treinta y uno Noté una sensación de intranquilidad en el estómago, y el miedo que nunca parecía demasiado lejano regresó como algo que me rodeara la garganta. Miré a Roth y el músculo de su mandíbula palpitó. –¿Qué quieres decir? Ella dirigió hacia mí esos ojos de un blanco lechoso. –Él lo sabe. Tú lo sabes. Eso es todo lo que estoy dispuesta a deciros. Era innecesario que vinierais aquí. Ahora, marchaos. –Levantó su frágil brazo y agitó unos dedos delgados y huesudos hacia nosotros–. Estoy cansada y harta de esta conversación. Marchaos. Roth no me dio oportunidad de protestar. Rodeó mi mano con la suya y me puso en pie. Después se dobló por la cintura. –Bendita seas.

La bruja suprema se rio a carcajadas. –Tonto Príncipe, tonto… La sonrisa de Roth era descarada mientras se giraba, pero la mirada de sus ojos podría congelar los círculos del Infierno. Me sujetó la mano mientras rodeábamos las mesas y pasábamos junto a los brujos. Puede que nos estuvieran mirando una vez más como si estuvieran a punto de lanzarnos un hechizo, pero no me importó. «Buscas lo que está justo delante de ti, Príncipe. Lo sabes.» Traté de liberar mi mano mientras los nudos de mi estómago se triplicaban, pero Roth aumentó el agarre. –No, Layla. Mi respiración iba demasiado rápida; dos inspiraciones, una espiración. Dejé que me condujera por el pasillo y me llevara hasta el ascensor. En cuanto entramos en él, me liberé y apreté el botón de emergencia. –¿Qué es lo que no me estás contando? –le exigí, cerrando las manos a los costados. Roth se recostó contra la pared del ascensor. –No sé por qué dices eso.

–No juegues conmigo, Roth. Quiero saber por qué volviste realmente del Infierno. ¿Cuál es la verdad? –Ya sabes por qué volví. Para buscar al Lilin –respondió cruzando los brazos. Todo en mi interior me dijo que había algo más. –Parece que la bruja suprema esperaba que ya supiéramos quién era el Lilin. Como si a lo mejor estuviera justo delante de nuestras narices…, delante de mí. ¿Y sabes lo que pienso? Pienso que… La voz se me rompió y aparté la mirada. –¿Qué es lo que piensas? –preguntó en voz baja–. Cuéntamelo, Layla. Lo miré a los ojos. –No creo que haya un Lilin, al menos no uno que naciera exitosamente del ritual con Paimón. No dijo nada mientras volvía a apoyar la cabeza contra la pared. Cerró los ojos y maldijo entre dientes. El estómago me dio un vuelco. –Roth –susurré. Descruzó los brazos y se frotó la cara con las manos. –No es fácil. No sé si entenderás que no lo es.

Respiré un par de veces. –Pruébame. Bajó las manos y me atravesó con unos ojos que estaba… estaban tristes, y eso me lo dijo todo antes de que hablara. –Yo no estaba cuando las cadenas comenzaron a romperse, y no sé si sucedió antes de llegar a los fosos o durante. El Jefe… bueno, en realidad no estaba prestando atención. No pudimos averiguarlo. Sabíamos que el ritual no se había completado. Me desplomé contra la pared, obligando a mis piernas a sujetarme. Había pedido la verdad, y necesitaba oírla. –Al menos no pensábamos que el ritual se hubiera completado, pero Cayman tenía razón. ¿Quién sabe si el pecado carnal era el sexo o algo relacionado con ello? Nadie lo sabe, pero sabíamos que algo estaba pasando aquí arriba, y sabíamos que o bien había nacido un Lilin o bien… –¿O bien era yo? –pregunté. Roth cerró los ojos brevemente otra vez, y después asintió con la cabeza. –O bien eras tú. Esas son las dos únicas opciones, y todos lo sabemos. Así

que el Jefe me envió aquí arriba para encontrar al Lilin o encontrar pruebas de que fueras tú. – Me apreté el pecho con la palma de la mano–. Por eso regresé al instituto al principio. No estaba convencido de que el Lilin se encontrara allí de verdad, pero tenía que… que permanecer cerca de ti, para ver si habías cambiado –continuó mientras se apartaba de la pared. Comenzó a pasearse enfrente de mí, y la música del ascensor era un extraño telón de fondo–. No creía que fueras tú, porque te conozco. Puede que seas mitad demonio, pero en tu esencia eres pura. No de esa forma de mierda que tiene la gente de etiquetar a las cosas como puras, sino que eres inherentemente buena. Me dolía el corazón, porque sus palabras me recordaban mucho a lo que creía Zayne. Parecía que la fe imperecedera de ambos en mi pegajosa bondad era lo único que tenían en común. –Pero entonces otros estudiantes fueron infectados, gente que había estado cerca de ti de una forma u otra. –Negó con la cabeza mientras pasaba delante de mí–. Y no hay

ninguna prueba de que haya un Lilin. Seguimos sin tener nada concreto aparte de un capullo. Esperaba que la bruja suprema nos dirigiera en otra dirección en vez de confirmar lo que yo… lo que yo me temía. Que era yo. Se detuvo enfrente de mí y sus impresionantes facciones estaban tensas. –Desde el principio supe que tus habilidades eran como las de los Lilin, solo que un tanto diferentes. Mientras que el Lilin puede tomar las almas con el tacto, tú lo haces absorbiéndolas. Pero a lo mejor tus habilidades han cambiado. No lo sé, pero creo que no eres consciente de ello. Que no tienes ni idea de lo que está pasando. Cerré los ojos. –¿Supone alguna diferencia? –Sí. Se me escapó una risa áspera. –No para los Guardianes o los Alfas. Ni para los humanos o… –Una vez me dijiste que todo el mundo tiene libre albedrío, y yo te dije que el libre albedrío era una mierda. ¿Lo recuerdas? Abrí los ojos.

–Sí. –Y tenías razón. Todos tenemos libre albedrío, incluso los demonios. –Puso las manos a cada lado de mi cabeza y se inclinó hacia mí–. Yo he demostrado que eso es cierto. Y lo que te está pasando, si es que eres tú, no es algo que elegirías hacer libremente. Así que para mí sí que supone una diferencia. –¿Qué quieres decir con lo de si soy yo? No hemos encontrado al Lilin. La bruja suprema prácticamente dijo que era yo. Incluso tú volviste… –Volvió a rompérseme la voz, pero no sabía por qué… por qué saber que la razón por la que había regresado al instituto era que pensaba que estaba tomando almas y por nada más me dolía como una puñalada en el pecho–. Volviste porque pensabas que había muchas posibilidades de que fuera yo. ¿Por qué…? ¿Por qué no me dijiste eso desde el principio? Giró la cabeza y respiró hondo. –¿De qué habría servido? –Tendrías que habérmelo dicho. Roth bajó la cabeza. –No quería poner esa carga sobre ti.

Algo se tambaleó en mi pecho ante la suave admisión, pero había algo más que necesitaba saber. –¿Cuáles son tus órdenes si soy yo quien está causando esto? –Negó ligeramente con la cabeza. La furia se elevó con rapidez en mi interior, así que estiré las manos y me quité sus brazos de encima de un golpe–. Dímelo. Su mirada se clavó en la mía. –Tengo que ocuparme de ti. Escuchar esas palabras era como recibir un puñetazo. –En otras palabras, ¿ibas a matarme? Tragó saliva. –Layla… –Ay, Dios mío, Roth, de verdad… de verdad estás aquí para matarme, ¿a que sí? Si encuentras pruebas o algún otro demonio o los Guardianes descubren que soy yo, estás aquí para detenerme. –Sería mi trabajo hacer eso. –¿Lo dices en serio? –Me deslicé por el lateral del ascensor, poniendo espacio entre nosotros. El estómago me dio un vuelco. Después de lo que habíamos compartido, de

que me hubiera consolado cuando había admitido mis miedos…–. Confiaba en ti. Dios, todo sobre ti, todo sobre nosotros, no ha sido más que una manipulación. ¿Lo entiendes? Estuviste aquí la primera vez para encontrar a Paimón, y entonces yo no era más que un medio para conseguir un objetivo. Y ahora soy literalmente el medio y el fin para ti. Otro puto trabajo. Hizo una mueca. Me moví en un círculo pequeño y me aparté el pelo de la cara. Mis pensamientos dieron vueltas y rebotaron de una cosa retorcida a otra. –¿Hay algo más que no sepa que quieras decirme? Hubo una pausa e incluso mientras negaba con la cabeza, supe la verdad. Bajé las manos y lo miré fijamente. –Ahora estás mintiendo. –No lo comprendes. Ya estaba bien. Perdí los nervios. A saber qué era exactamente lo que había apretado el interruptor. El hecho de que Roth hubiera subido a la superficie técnicamente para matarme tal vez tuviera algo que ver con ello. Eché el brazo hacia atrás y le estampé la

mano en la cara. El golpe lo aturdió, pero no lo movió. Y él no contraatacó. Tan solo me miró fijamente. En silencio. Lleno de más secretos. Volví a atacarlo y su mano salió disparada y me atrapó el brazo. –Para –dijo. Había superado el punto de querer escuchar. Levanté la pierna y dirigí la rodilla hasta un punto vulnerable, pero él me hizo girar antes de que pudiera hacer contacto. Cruzó mi brazo por delante de mí y después me rodeó con los suyos. –¡Suéltame! –chillé, echando el peso hacia atrás. Roth respiró hondo. –No, me da que no me apetece recibir otro puñetazo. Levanté las piernas y después giré hacia abajo la parte posterior de mi cuerpo. Lo pillé con la guardia baja y el impulso nos lanzó hacia delante. Se movió y se l evó la peor parte del choque, pero giró con rapidez y me obligó a ponerme boca abajo. Comencé a levantarme, pero de pronto se encontraba junto a mí y toda la longitud de su cuerpo me presionaba hacia abajo.

–Para –me siseó al oído–. No quiero hacerte daño. Giré la cabeza. –Todavía. Roth se movió de pronto y me puso boca arriba. Antes de que pudiera levantar los brazos, él los atrapó y los sujetó por encima de la cabeza. Levanté las caderas y traté de quitármelo de encima, pero acabó teniendo el efecto completamente opuesto y lo empujé más sobre mí. Sus ojos se encontraron con los míos y algo cambió en su mirada. Mi pecho subía y bajaba con alientos entrecortados. Roth no parecía enfadado mientras me sujetaba y mis emociones eran una tormenta demasiado fuerte como para captar nada en él, pero cuando su mirada bajó hasta mis labios las sombras que se formaron sobre su cara le hacían parecer… hambriento. A pesar de los millones de razones por las que aquello estaba mal, la familiar oleada de conciencia mutua se elevó entre nosotros, una conexión que nos entrelazaba. –Por favor –susurró.

Se quitó de encima de mí y apareció al otro lado del ascensor en un pestañeo. Sus ojos resplandecían mientras se ponía recto. Me puse en pie jadeando, volví a golpear el botón de emergencia y el ascensor se puso en marcha. Roth dio un paso hacia delante y yo negué con la cabeza. Él cerró las manos. –Layla… –¿He significado algo para ti? –Sabía que le había preguntado eso antes, pero ahora… ahora significaba muchísimo más. Y al ver que otra vez no respondía, asentí con la cabeza, comprendiéndolo al fin. Me aclaré la garganta, pero me dolía al hablar–. No quiero que te acerques a mí. Su mandíbula se tensó. –Eso no es posible. –Me da igual lo que pienses que es posible. Si te acercas a mí, te haré daño – le advertí. Y entonces lo comprendí: ¡Bambi! De pronto tenía sentido por qué le había ordenado a la serpiente que se quedara conmigo. Después de todo, era como tener un sistema de GPS instalado en la forma de un tatuaje demoníaco–. Bambi, sal.

Roth abrió mucho los ojos. –Layla, eso no es inteligente. No lo hagas. Bambi es tan parte de ti como lo es de mí. –No quiero nada que sea parte de ti. –Llamé a la serpiente otra vez y ella se derramó en el aire, tomando forma entre nosotros–. Ve con él –dije, con la voz pastosa y temblorosa. Bambi inclinó la cabeza hacia un lado, observándome. Mientras el ascensor se detenía y la puerta se abría, se giró hacia Roth. –No –dijo–. Layla, me necesitas. Necesitas… –Aléjate de mí. –Salí del ascensor mientras me llevaba la mano al cuello. Me arranqué la cadena y tiré el collar a sus pies–. Tan solo aléjate de mí. La puerta del ascensor se cerró delante de Roth y Bambi mientras yo me giraba y salía corriendo del pequeño vestíbulo hasta la fría noche. Zayne me estaba esperando reclinado contra el Impala. Se apartó del coche cuando me vio. –¡Eh! ¿Te encuentras bien? –Sí. –Ralenticé el ritmo y miré por encima del hombro. Roth no me había seguido al

exterior–. Tenemos que marcharnos. En lugar de hacerme una docena de preguntas, me abrió la puerta del copiloto y después trotó hasta su lado. Pero en cuanto la puerta se cerró y el motor cobró vida con un rugido, la prórroga terminó. –¿Qué ha pasado? Negué con la cabeza, sin saber muy bien por dónde comenzar. –Necesito un minuto. Me incliné hacia delante y me apreté la cara con las manos. Zayne acercó una mano y me cubrió la rodilla con ella mientras se metía en la calle. –Estoy aquí. Asentí con la cabeza y cerré los ojos. Aquellas fueron las dos únicas palabras pronunciadas durante todo el trayecto de vuelta a casa. Fuera lo que fuese lo que Zayne sentía, sabía que no era el momento de presionarme. Y eso era bueno, porque yo no sabía qué decir. En su mayor parte, me sentía entumecida. O tal vez alguna parte de mí ya había aceptado la verdad, ya se había hecho amiga de la idea cuando comencé a sumar dos y dos antes, pero la traición de Roth me hería profundamente.

Lo había sabido todo el tiempo, desde que había regresado. Cada vez que había hablado conmigo podría habérmelo dicho, sobre todo cuando había ido con él la última vez. Podría habérmelo dicho. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Yo confiaba en él. Por estúpido que eso fuera, yo confiaba en él, y si hubiera encontrado pruebas más allá de la duda de que yo había sido responsable, habría sido muy fácil alcanzarme. Dios, todas esas veces que había estado a solas con él. El día que estuve debajo del edificio de los Palisades con él, y en su loft…, me estremecí. Podría haberse «ocupado de mí» cualquiera de esas veces. Y eso dolía porque, joder, tenía que ser honesta. Aunque me había rechazado como si fuera unos frenos defectuosos y aunque estaba Zayne y todas las cosas maravillosas que sentía por él, todavía (muy profundamente, oculto en una parte de mí a la que me aferraba con fuerza) me importaba Roth, y esos sentimientos estaban cosidos en mi interior. En realidad no me quedaba nada más que hacer salvo balancearme en una esquina en algún sitio. Vale. Había mucho que hacer. Como, para empezar, averiguar qué haría a

continuación. Otro estremecimiento me sacudió mientras cerraba los dedos en mi pelo, sobre el cuero cabelludo. –¿Layla? Ante el sonido de la voz de Zayne, levanté la cabeza y me di cuenta de que estábamos sentados en el garaje del edificio. El coche estaba apagado. No tenía ni idea de cuánto llevábamos allí, pero un aire frío se había filtrado en el interior. Lo miré y vi que estaba pálido, pero su mirada era firme. –Vamos dentro –dijo–. Y hablaremos. ¿De acuerdo? La casa estaba silenciosa mientras entrábamos y pasábamos junto a Morris en el recibidor. Estaba llevando una maceta de flores de Pascua a uno de los salones. En el piso de arriba, Zayne cerró la puerta detrás de nosotros. Me giré justo mientras él cruzaba la habitación para rodearme los hombros con los brazos. No dijo nada mientras me acercaba a su pecho. Durante unos pocos momentos de paz, me recliné contra él, cerrando los ojos. Cuando estaba con él, cuando me abrazaba de ese modo, me sentía como antes de que todo comenzara. Pero la verdad era que no podía vivir en el pasado.

Me aparté y levanté la cabeza, preparándome para decirle lo que había dicho la bruja suprema y lo que Roth había admitido. No tenía ni idea de lo que haríamos después, pero todo había cambiado y teníamos que enfrentarnos a ello. Pero no tuve ocasión de hablar. Zayne me sujetó la cara con ambas manos y me recorrió suavemente los pómulos con los pulgares. Volví a cerrar los ojos y, mientras su aliento bailaba sobre mis labios, los problemas se alejaron, escondiéndose de forma temporal en el fondo. Besarle no debería estar en la parte alta de mi lista de prioridades, pero él estaba a salvo conmigo, y yo necesitaba recordarlo en ese momento en que me sentía como un monstruo. Su boca rozó la mía de la forma más débil posible y mis labios se abrieron de inmediato a él. Un sonido profundo retumbó en él mientras intensificaba el beso. Aspiré su sabor y gemí contra sus labios mientras los dos profundizábamos más el beso. Un temblor recorrió sus manos y sus dedos se curvaron, clavándose en mis mejillas. La chispa de dolor me hizo abrir los ojos. Sus ojos estaban muy abiertos, sin ver, y… y lo sentí.

Se reunió en la boca de mi estómago, como una tensa bola de energía. Le sujeté las muñecas, esperando romper su agarre antes de que fuera demasiado tarde. Pero ya era demasiado tarde. Podía sentir la esencia de Zayne, su pureza, y sabía a menta. El temblor de sus manos se extendió por su cuerpo. El pánico me aferró con unas horribles garras. Forcejeé contra su fuerte agarre, pero estaba pegado a mí. Y yo estaba tomando su alma.

Capítulo treinta y dos La pureza del alma de Zayne, el poder que había en ella, golpeó cada célula de mi cuerpo y el demonio que había en mi interior se empapó de ellas como una flor sedienta de agua y luz. El horror me atenazó mientras sus pupilas se dilataban hasta que solo quedó una delgada esquirla de azul. Estaba tomando su alma; tomando el alma de Zayne. Su cuerpo temblaba mientras sus manos, sus garras, se clavaban en mis mejillas. Un

dolor ardiente me atravesó mientras un líquido húmedo y cálido se derramaba por mi cara. Tenía que

detener eso. En un acto de desesperación, le golpeé el estómago con la rodilla. Se apartó de mí y se tambaleó hacia atrás. Un fantasmal tono de blanco había reemplazado el color dorado de su piel. Sus labios se separaron. –Zayne… Traté de alcanzarlo, pero cayó antes de que pudiera evitarlo. Su cuerpo golpeó el suelo con un fuerte ruido sordo y no se movió. Ni siquiera un poquito. El terror inundó mis sentidos, borrando el dolor. Aquello no podía estar pasando. Era imposible. No tenía sentido. Nos habíamos besado antes y no me había alimentado, pero esa vez…, oh, Dios, esa vez no había habido duda. En el momento en que sus labios tocaron los míos había hecho lo impensable. No me había aferrado a él durante mucho tiempo, pero el daño… el daño estaba hecho. Y una parte de su alma se arremolinaba dentro de mí, una reluciente bola de luz y calidez que era casi demasiado hermosa para comprenderla. Nunca me había sentido más fea, más monstruosa, de lo que me sentí en ese momento. Me puse de rodillas junto a su cuerpo tendido y le puse las manos en el pecho. No

podía sentir ningún movimiento mientras le agarraba los hombros. –¡Zayne! Venga ya, Zayne. No. Oh, Dios, no. –Su cabeza se movió a un lado mientras lo sacudía–. ¡Zayne! No hubo ninguna respuesta. Nada. Entrando en pánico, me puse en pie de golpe y corrí hasta la puerta de mi habitación. La abrí y ni siquiera estaba segura de lo que grité, pero grité algo que recibió como respuesta unas fuertes pisadas. En cuestión de segundos, los Guardianes llegaron a la parte superior de la escalera. Dez abrió mucho los ojos. –Dios santo, Layla, ¡tu cara! Aquello no era importante. Me giré y me dirigí hacia mi habitación. –¡Por favor! Tienes que ayudarlo. ¡Por favor! Dez me siguió a una velocidad de vértigo. Al ver a Zayne en el suelo, se puso blanco como un fantasma. –¿Qué ha pasado, Layla? Me agaché junto a Zayne mientras Nicolai y varios Guardianes más llenaban la habitación. Le puse las manos bajo la cabeza y pestañeé a través de la neblina de las lágrimas.

–No sé cómo ha pasado. Me besó, pero… –Ay, Dios –susurró Dez, poniendo la mano sobre el pecho de Zayne. Bajó la oreja hasta sus labios entreabiertos–. Venga, tío, ¡venga! Todo mi cuerpo temblaba mientras las lágrimas se derramaban, escociéndome al tocar las heridas de mis mejillas. –Por favor. Tienes que ayudarlo. Por favor. –Levanté la vista y mi mirada borrosa recorrió las caras de los Guardianes. Danika se encontraba junto a la puerta con las manos contra la boca y los ojos llenos de terror–. ¡Por favor…! Y entonces apareció Abbot y pasó junto a los Guardianes. Se detuvo en seco y se quedó boquiabierto. Se tambaleó un paso y se llevó una mano grande hasta el pecho. –¿Hijo? No hubo ninguna respuesta por parte de Zayne, y un sollozo irregular se elevó desde las profundidades de mi alma. El corazón se me partió por la mitad. –No lo entiendo… Abbot dirigió la mirada hacia mí. –¿Tú…? ¿Tú has hecho esto?

Cerré las manos sobre las de Zayne, con los hombros temblorosos. –Se suponía que esto no debía pasar. Me besó y… Salió disparado hacia delante con tanta rapidez que ni siquiera lo vi moverse ni sentí el impacto hasta que choqué contra la casa de muñecas. La madera se partió y se rompió mientras golpeaba el suelo. –¡Abbot! –gritó Dez, lanzándose hacia delante. Mientras se movía para ponerse entre nosotros, Abbot lo golpeó en el pecho con un fuerte y doloroso gancho y lo estampó contra la pared. –Apártate de mi camino –le advirtió a Dez mientras avanzaba a zancadas–. Geoff. Ya sabes qué hacer. Me puse en pie tambaleándome, y el dolor ardió a través de mis sentidos mientras Geoff salía corriendo de la habitación. –Ha sido… un accidente. –Es mi hijo… ¡Mi único hijo! –rugió Abbot, haciendo que temblaran las fotos de la pared–. Te traje a mi casa, te he protegido, ¡y así es como me lo pagas! Retrocedí levantando las manos, como si eso fuera a mantenerlo a raya.

–Lo siento. Se supone que esto… no debía suceder. La furia se extendió como sangre sobre su cara. –Elijah tenía razón. Tenía que haber dejado que te matara en el momento en que te encontramos. Las palabras dolían, pero no tuve tiempo para sentir por completo su efecto. Abbot trató de alcanzarme y, mientras me lanzaba a un lado, el demonio de mi interior empujó con fuerza contra mi piel y mis huesos. Como la noche del ataque de Paimón, no hubo ninguna duda. El cambio que se apoderó de mí era demasiado poderoso para enfrentarme a él. –¡Para! –chilló Danika–. ¡Por favor! Jamás le haría daño a Zayne, no a propósito. Sus protestas cayeron en saco roto mientras Abbot avanzaba hacia mí. El instinto se activó. Si me quedaba en la habitación, estaría muerta. La mirada de Abbot era asesina, y el demonio de mi interior quería vivir. Quería luchar, atravesar a zarpazos la habitación llena de Guardianes, pero también sabía que lo superaban en número. La parte posterior de mi camiseta se rompió mientras mis alas se extendían

por detrás de mí. Unos colmillos me atravesaron las encías y mis manos se alargaron en garras. Alguien en la habitación maldijo mientras yo me agachaba y saltaba del suelo. Esquivé por poco a Abbot mientras aterrizaba al otro lado de él. Lancé una rápida mirada hacia Zayne. Nicolai se encontraba junto a él, y me pareció (esperé) ver su pecho elevándose en un aliento superficial, pero no había tiempo. La puerta nunca me había parecido tan lejana, tan lejos de mi alcance. Mis dedos arañaron la puerta justo cuando mis piernas se levantaban bajo mi cuerpo. Ni siquiera tuve un segundo para sujetarme. Caí con fuerza y mi cabeza se estampó contra la jamba. Unos estallidos negros oscurecieron mi visión mientras me quedaba ahí tumbada, aturdida. Maddox se encontraba encima de mí, haciéndome girar, y pestañeé con lentitud. Lo único que vi fueron unas alas del color del cielo antes de una tormenta mientras él flotaba sobre mí. Dos manos llenas de garras golpearon el suelo a cada lado de mi cabeza. Echó la cabeza hacia atrás, con los músculos tensándose y sobresaliendo del

cuello mientras yo clavaba las rodillas en su abdomen y lo empujaba hacia atrás. Me levanté. Una calidez húmeda se derramaba por mi cara. Todo dio vueltas mientras salía corriendo de la habitación, estiraba el brazo y cerraba la puerta detrás de mí. Con cada paso sentía como si me atravesaran la cabeza con una estaca. El dolor me consumía, pero el instinto me obligaba a ignorarlo. Salté por encima de la barandilla y me lancé al aire. Mis alas se extendieron, ralentizando el descenso. Aterricé con un golpe en el vestíbulo y mis pies dejaron marcas en el suelo de madera dura. A mi izquierda un Guardián bloqueaba la puerta al salón, donde se oían los suaves llantos de los niños. Corrí hacia la puerta y, justo mientras la alcanzaba, Geoff se lanzó hacia mí. Me aparté a un lado, preparándome para defenderme. Su mano salió disparada y lanzó un pequeño frasco de cristal. Levanté los brazos, pero ya era demasiado tarde. El frasco explotó contra mi pecho en una lluvia de cristal y una sustancia de un blanco lechoso cayó. El líquido me empapó de inmediato la camiseta y los vaqueros rasgados, filtrándose por los poros de mi piel.

Confusa, levanté la cabeza. Geoff permanecía en pie a unos metros de mí, respirando con pesadez. Abbot apareció en la parte superior de la escalera. No tenía ni idea de qué demonios era lo que Geoff acababa de lanzarme, pero no tenía tiempo para quedarme ahí plantada haciendo preguntas. Me giré y traté de alcanzar la puerta, preparada para probar mis alas y echar a volar, pero al ver mi mano me quedé paralizada cuando el tono de mármol de la piel quedó reemplazado enseguida por uno más claro y rosado. El corazón me dio un vuelco mientras mis manos se encogían de nuevo hasta su tamaño normal y poco efectivo. Las garras desaparecieron. Los colmillos se retrajeron y las alas se plegaron sobre sí mismas. Me giré hacia Geoff con un terror creciente y traté de caminar, pero mi cerebro no se estaba comunicando con el resto de mi cuerpo. –¿Sanguinaria? –susurré, reconociendo la sustancia. Me pareció, aunque tal vez fuera mi imaginación, ver un destello de remordimiento en su cara. Y después no vi nada mientras mis piernas cedían debajo de mí. Perdí el

conocimiento antes de golpear el suelo. Cuando volví a abrir los ojos, me sorprendió comprobar que seguía con vida. O a lo mejor no lo estaba. Me encontraba rodeada de oscuridad. ¿Habría perdido la visión? Pero mientras mis sentidos volvían a ponerse en marcha, mi vista se ajustó a las sombras. Lo primero que vi fueron barrotes. Barrotes. Tomé un aliento tembloroso mientras mi ritmo cardíaco se incrementaba. Noté un calambre en el estómago mientras abría la boca seca, tratando de respirar hondo. Había un pesado olor a humedad y moho en el aire, además del acre olor del vómito. Debajo de mi cuerpo había un trozo frío de tabla rígida. Sabía dónde me encontraba. Estaba debajo del edificio, en una de las jaulas que se utilizaban para atrapar demonios. Ni siquiera sabía si las habían utilizado de verdad antes. Los demonios rara vez se acercaban al edificio lo suficiente para acabar ahí, pero los barrotes serían imposibles de romper. Aunque no es que pudiera probarlo. No podía

moverme; la sanguinaria seguía atacando mi sistema. Un espasmo tenso y doloroso recorrió mis músculos, haciéndome contener el aliento. Jadeé mientras permanecía ahí tumbada. Había un rítmico sonido de goteo en algún lugar detrás de mí. El único sonido que me permitía saber que no me hallaba en alguna clase de agujero negro. Mientras miraba fijamente la oscuridad, vi la cara pálida de Zayne con los ojos dilatados y oí la dura acusación de Abbot. ¿De verdad había visto el pecho de Zayne moverse antes de salir de la habitación? ¿Se encontraba bien? El fatídico beso y sus consecuencias no dejaron de repetirse una y otra vez en mi cabeza. No lo comprendía. Nos habíamos besado antes, mucho, y había estado bien. ¿Qué había cambiado? No encontré ninguna respuesta en la oscuridad que me rodeaba, y el corazón me dolía. Cada vez que pensaba en su nombre, se abría por la mitad y se convertía en una fea herida supurante. Si le había hecho daño, si había cambiado quién era, jamás podría perdonármelo. Y ninguna clase de castigo, nada que pudieran planear Abbot o

los otros Guardianes, sería suficiente. La sensación enfermiza de haberme alimentado de Zayne se apoderó de mí. Cuando se alejó de mi sistema, dejando atrás los escalofríos, cerré los ojos con fuerza y me negué a ver la parte de él que le había robado. ¿Se encontraría bien? No comprendía por qué el alma me había puesto enferma entonces cuando no lo había hecho antes. Había muchas preguntas y, de nuevo, ninguna respuesta. Después de un rato, el dolor de mis mejillas y costados se convirtió en un latido constante. La sanguinaria me impedía transformarme y también tenía que haber afectado el ciclo de sanación natural de mi cuerpo. Con cada hora que pasaba, partes diferentes de mi cuerpo comenzaron a dolerme y unas pequeñas punzadas de hambre me atravesaron el estómago. Me ardía el fondo de la garganta. Agua. Me concentré en ella, obsesionándome con cómo la sentiría deslizándose por mi garganta. Al fin pude hablar por encima de un susurro, así que grité. Y seguí gritando hasta que perdí la voz.

Nadie se acercó. Pasó más tiempo. Horas. ¿Días quizás? Al fin pude mover las piernas, y después los brazos. Casi podía sentarme sin golpear los barrotes de la jaula. Y seguía sin llegar nadie. Unos pequeños chillidos, junto con los arañazos de unas garras afiladas contra el cemento, se unieron al sonido del agua goteando. ¡Ratas! Se acercaron a mí, y sus ojos brillaban en la oscuridad. Me fui hasta el fondo de la jaula y me aovillé. ¿Se habrían olvidado de mí o es que me habían dejado allí para que me muriera de sed y de hambre? Me quemaba tras los ojos. No quería morir en esa jaula. No quería morir en absoluto. No era el demonio de mi interior quien lo temía, sino yo. Quería vivir. Pero pasó más tiempo y no podía sentir los dedos de los pies. Hacía mucho frío ahí abajo y las ratas se acercaron, olisqueando junto a los barrotes, buscando la forma de entrar. Había perdido la noción del tiempo cuando una pequeña luz cobró vida en algún

lugar más allá de la jaula, de modo que las ratas se escabulleron de nuevo hacia las espesas sombras que cubrían las paredes resbaladizas. Con los músculos agarrotados y débiles, me obligué a girarme. Más luz inundó la habitación, cegando mis ojos demasiado sensibles. Oí el sonido de unas pesadas pisadas que se acercaban a la jaula y finalmente la luz remitió. Podía ver. El Guardián que tenía enfrente era joven, solo un año o dos mayor que yo. Era evidente que se trataba de uno de los reclutas más recientes, recién salido de la casa donde los Guardianes emparejados vivían con sus hijos. Pero eso no fue lo que atrajo con fuerza mi atención. Ni siquiera el vaso opaco que llevaba en la mano y que probablemente estaba lleno del agua que tanto deseaba. Fue lo que vi antes de poder distinguir las facciones del Guardián. Vi el resplandor perlado y translúcido que lo rodeaba…, su alma. –Veo tu alma –susurré con voz débil. El Guardián no hizo caso a mis palabras mientras se arrodillaba enfrente de la jaula. Miró por encima del hombro y vi el aura del otro Guardián. Cuando esta se desvaneció,

reconocí a Maddox. –¿Estás seguro de que no pasa nada por abrir la jaula? –preguntó el Guardián más joven. Maddox se detuvo junto a una jaula vacía y cruzó los brazos. –No te preocupes. No va a hacer nada. Volví a dirigir la mirada hacia el Guardián más nuevo. Una expresión de duda cruzó su rostro mientras se dirigía hacia el cerrojo, que era innecesario. Yo apenas era capaz de mantener la cabeza en alto. –¿Se supone que tiene que tener este aspecto? –preguntó. ¿Tan mal estaba? Pero entonces bajé la mirada hasta mi propio brazo. Con la luz, era la primera vez que podía verme. A través de mi camiseta rasgada, vi que tenía la piel manchada: gris, negra y rosa. Abrí mucho los ojos. ¿Qué demonios…? Traté de hablar otra vez, pero las palabras solo me arañaron la garganta seca. –Es una mestiza…, mitad demonio y mitad Guardián –explicó Maddox mientras se acercaba y se arrodillaba junto al otro Guardián–. La sanguinaria le impide cambiar por completo en cualquier forma. Dale la bebida, Donn.

La puerta de la jaula se abrió y Donn extendió un brazo hacia el interior. Necesité un esfuerzo enorme para alcanzar el vaso, pero la sed era un motivador muy poderoso. El vaso tembló mientras me lo llevaba hacia los labios y bebía codiciosamente. En cuanto el líquido bajó por mi garganta, me aparté con una sacudida y solté el vaso. El agua se derramó por la jaula, empapando mis vaqueros sucios y rasgados, y después mi piel. Maddox suspiró. –La bebida no es peligrosa. Tan solo es sanguinaria mezclada con el agua. No podemos dejar que te transformes. El corazón me latía con incredulidad. –¿Por…? ¿Por qué? –Tenemos que sacarte de aquí y llevarte al almacén –explicó Maddox, y mi corazón tartamudeó débilmente en el pecho. Sabía para qué se utilizaban esos almacenes–. Y queremos los mínimos problemas posibles. Quería señalar que no iba a atacarlos salvo que no me dieran otra opción, pero la habitación comenzó a dar vueltas otra vez. Antes de caer, me obligué a pronunciar su

nombre. –¿Z… Zayne? La cara de Maddox se emborronó mientras negaba con la cabeza, y mi corazón volvió a partirse otra vez. Esa vez, di la bienvenida a la nada. No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí inconsciente esa vez, pero cuando volví a despertar ya no estaba en el edificio. La pequeña pizca de alivio quedó aplastada cuando recordé lo que había dicho Maddox y me di cuenta de dónde me encontraba exactamente. Era uno de los lugares de la ciudad donde los Guardianes llevaban a los demonios para los interrogatorios. El miedo goteó sobre mi piel, aferrándome por dentro. Oh, la cosa iba mal… Una parte de mí no se sentía sorprendida porque me hubieran llevado a ese almacén. No iban a querer ocuparse de su… trabajo sucio en sus propias instalaciones. ¿Por qué iban a querer esa clase de recordatorio? Había una cadena alrededor de mi cuello conectada a la que me sujetaba las muñecas detrás de la espalda. Y no era cualquier cadena, sino una de hierro. Ningún demonio, ni

siquiera uno de Nivel Superior, sería capaz de escapar de ellas. Estaba tumbada de costado. La habitación en la que me encontraba se hallaba vacía, a excepción de una mesa plegable alta. Desde mi posición no era capaz de ver si había algo sobre ella. Sabiendo lo que ocurría en ese lugar, el estómago me dio un vuelco ante la perspectiva de todos los horribles instrumentos de tortura que podía haber ahí. Mis pensamientos eran inconexos, y no estaba segura de si era a causa de la sanguinaria o por la falta de comida y las heridas que sabía que no habían comenzado a sanar. Cada aliento que tomaba me dolía y, mientras mi cabeza comenzaba a aclararse un poco, recordé cómo Maddox había negado con la cabeza cuando le pregunté sobre Zayne. Mi peor miedo me abrumó, amenazando con derribarme. Un sollozo encontró el camino para salir y se derramó en el aire. –Estás despierta. Me obligué a girar la cabeza y vi botas y unas piernas cubiertas de cuero. Y entonces noté unas manos sobre los hombros que me sentaron, de modo que quedé apoyada contra la pared.

Tenía la cabeza nublada, como si cada pensamiento estuviera cubierto de lana, y sentí la lengua pastosa mientras trataba de hablar. –¿Qué…? ¿Zayne…? El Guardián retrocedió y apareció en mi campo de visión. Cuando se desvaneció el resplandor perlado, vi que se trataba de Maddox. Caminó hasta la mesa. –Voy a hacer un trato contigo, Layla. Una respuesta a cambio de otra. Apoyé la cabeza contra la pared. La posición no era cómoda, con mis brazos sujetos como lo estaban, pero ese era el menor de mis dolores. Recogió algo de la mesa y la luz se reflejó de una forma que me hizo sentir náuseas que treparon hasta mi garganta. Cuando se giró hacia mí, vi que tenía una daga de hierro en las manos. Ay, mierda. –Dime dónde está Tomas, Layla. ¿Esa era la pregunta? ¿De todas las preguntas posibles, tenía que ser esa? Se me llenó la frente de sudor. Si respondía a esa pregunta con sinceridad me implicaría y eso era lo último que necesitaba, pero lo que sí necesitaba era saber algo sobre Zayne. Maddox se arrodilló junto a mis piernas, que estaban enroscadas de una forma

extraña. –Dime lo que le pasó y yo te hablaré sobre Zayne. Era una locura y solo serviría para empeorar las cosas para mí, pero no tenía ninguna otra opción. –Tomas… no está aquí. Su mandíbula se endureció. –¿Está muerto? Tragué saliva, con los ojos cerrados para concentrarme. –La noche… que llegasteis todos… me acorraló en un… callejón. Traté de decirle… que yo no era ninguna amenaza, pero no quiso… escucharme. –¿Qué pasó? –preguntó con voz dura. Mi pecho se elevó en un aliento entrecortado. –Me apuñaló… y Bambi, el tatuaje, lo atacó. Tomó aire con brusquedad. –¿Ahora no llevas al familiar encima? –No. –Mis ojos se abrieron en unas estrechas rendijas–. Bambi se lo comió…, estaba protegiéndome. –¿Se lo comió? –La repulsión de su voz era como agua embarrada sobre mi piel–.

¿Así es como murió? Sintiéndome un poco más estable, asentí con la cabeza. –¿Qué hay de… Zayne? Maddox no respondió durante un largo momento y yo bajé la barbilla. Me miró a los ojos. –Jamás volverás a verlo. Mi mundo quedó destrozado. Tomé aliento, pero no fue a ninguna parte. –No. No dijo nada mientras se levantaba tras oír el sonido de una puerta abriéndose. Nuevas lágrimas se acumularon en mis ojos y cayeron. No volver a verlo jamás tan solo podía significar una cosa. No solo había tomado una parte del alma de Zayne. Lo había matado. El dolor que me atravesó fue mayor que cualquier cosa que hubiera sentido jamás. –Layla. Ante el sonido de la voz de Abbot, quise aovillarme todavía más. –Lo siento… mucho. Nunca quise que… le pasara esto. Hubo un silencio mientras lo sentía acercándose. A través de la neblina de las lágrimas me di cuenta de que no se encontraba solo. Casi todo el clan estaba

con él. Notaba la vista borrosa otra vez, pero me pareció que Nicolai me estaba mirando aterrorizado, pálido y agitado. –Abbot –dijo, negando con la cabeza mientras retrocedía–. Esto está mal. El líder miró por encima del hombro hacia ellos mientras Maddox se ponía a mi otro lado. –Sabes que hay que hacer esto. Lo que sospechábamos es cierto. No hay ningún Lilin, tan solo es Layla. No dije nada porque era la verdad. No había ningún Lilin, había sido yo. ¿Cómo? Todavía no estaba segura del todo, pero la evidencia señalaba hacia mí. Hasta Roth lo sabía. El único que no lo sabía era Zayne, y mira lo que le había pasado. El cuerpo me tembló cuando otro sollozo me atravesó. Necesitaba recobrar la compostura. –Tendríamos que haber intervenido antes de que atacaras a mi hijo –continuó Abbot, girándose hacia mí–. Es un milagro que siga con vida. Dejé de respirar. –No tenemos evidencias concretas –argumentó Nicolai mientras Donn fruncía el

ceño–. Tan solo sospechas. Es… –No es una niña –replicó Donn, con los ojos azules furiosos. No me importaba nada de eso. Si Zayne estaba con vida, ¿por qué me encontraba yo ahí? –¿Está… bien? Abbot se giró hacia mí. Con el pelo suelto alrededor de la cara, se parecía tanto a Zayne que me dolía verlo. –Mi hijo vive. –Y… ¿c… cómo está? Una expresión de simpatía cruzó la cara de Nicolai mientras avanzaba él esa vez. –Es él mismo. Y ha estado… –Basta –lo interrumpió Abbot. El corazón me latía con fuerza en el pecho. ¿De verdad se encontraba bien Zayne? Quería verlo, comprobarlo por mí misma. –¿Puedo…? ¿Puedo ir a casa ya? Una emoción intensa brilló durante unos segundos en los ojos de Abbot y entonces apartó la mirada, negando ligeramente con la cabeza.

–Esto ya no puede continuar. Por mi culpa han pasado ya demasiadas cosas. Hay demasiadas vidas ahora en mis manos, y algunas se me han escapado. –Abbot, tengo que protestar –insistió Nicolai, y sus palabras originaron una discusión que ni siquiera seguí. Zayne estaba vivo y, por lo que decían, parecía que estaba bien. Eso era todo lo que importaba. Todo tendría que mejorar a partir de ahora. Estaba vivo y… Un dolor explotó en mi estómago, un profundo, ardiente y tortuoso dolor que se elevó, me capturó el aliento e hizo que mi cuerpo se pusiera rígido. Mis sentidos se dispararon en todas direcciones. No entendía lo que había pasado, ni por qué Nicolai y Dez estaban gritando. Ni siquiera por qué Abbot parecía horrorizado mientras me miraba. –Ya está –dijo Maddox, y apartó el brazo. Mi cuerpo se movió con él, de una forma que no era normal–. Ya está hecho y ha terminado. Todo. Un fuego recorrió mi cuerpo mientras bajaba la mirada. ¿Por qué había aceite en mi estómago? No, eso no era aceite. Era sangre. Mucha sangre. Mientras Maddox se alejaba,

vi que el extremo afilado de su daga estaba cubierto de ella. Joder. ¡Ese cabrón me había apuñalado! Traté de llevar los brazos hacia delante para cubrirme la herida, olvidando que los tenía sujetos. Aquello estaba peor que mal. Era una daga de hierro, mortal para los demonios. Incluso aunque yo solo era mitad demonio, aquello no… Abrí la boca y lo único que pude saborear fue la sangre. –¿Por qué? –La pregunta se me escapó, y ni siquiera estaba segura de por qué lo preguntaba. Conocía la respuesta. Maddox tan solo había hecho lo que se suponía que tenía que hacer; lo que a Roth también le habían ordenado hacer: detener a lo que quisiera que estuviera tomando las almas de gente inocente, asegurándose así de que los Alfas no intervinieran. Pero la pregunta volvió a salir–. ¿Po… por qué? Entonces se formó el caos. Una ventana se hizo añicos, y ahí estaba Roth de pie justo dentro de la habitación, con los rayos plateados de la luna detrás de su espalda, formando su propia aura. Soltó un aullido de furia.

Y después otro. La pared del almacén tembló y una segunda ventana explotó. Los fragmentos de cristal salieron disparados en todas direcciones. Y entonces Roth ya no estuvo solo. Cayman aterrizó agachado, con un aspecto sorprendentemente humano a excepción de sus ojos. Brillaban como topacios, y las pupilas estaban estiradas de forma vertical. Y Dez se encontraba junto a Cayman. ¿Qué estaba haciendo con ellos? Los Guardianes se transformaron de inmediato, despojándose de sus fachadas humanas mientras las alas se desplegaban y la piel se volvía de un granito profundo. Abbot gruñó mientras se giraba hacia Dez. –¿Qué has hecho? –No podía dejar que esto sucediera –dijo, transformándose también. Unos cuernos atravesaron las ondas de un castaño rojizo de su pelo–. Esto está mal. Maddox aferró el cuchillo. –Llegáis demasiado tarde. Bajé la mirada hacia donde la húmeda calidez se estaba extendiendo con rapidez. Ah, demonios, aquello era una verdadera mierda.

–Voy a disfrutar matándoos a todos. Una ráfaga de aire caliente salió de Roth y sopló por el almacén, clavando a Abbot contra la pared. Varios de los Guardianes fueron hacia él para proteger al líder del clan. Utilizando la distracción, invoqué cada gota de energía que me quedaba y obligué a moverse a los músculos de mis piernas. Me puse en pie. Donn trató de sujetarme, pero me agaché bajo su brazo, ignorando el dolor que me atravesó el estómago y me atacó entre las sienes. Tomé aire de forma dolorosa y me preparé para lo que probablemente resultaría ser una paliza de proporciones épicas, pero todo pareció quedarse congelado. Incluso Abbot parecía clavado en el lugar donde estaba. Roth se encontraba ahora en su auténtica forma, con las piernas bien extendidas y los hombros hacia atrás. Había olvidado el aspecto que tenía cuando se transformaba. Feroz. Terrorífico como el Infierno. Su piel era brillante como la obsidiana y sus alas llegaban más lejos que las de cualquier Guardián, arqueándose con gracilidad

en el aire. Había echado la cabeza pulida hacia atrás y sus dedos se habían alargado en garras. Una vez más me sentí aturdida por las similitudes entre los demonios y los Guardianes. La única diferencia era el color y la falta de cuernos en la cabeza del demonio. Roth sonrió de una forma que nunca había visto en él. La malicia y una furia justificada emanaban de él en oleadas. Me vino a la mente la imagen de un ángel vengador, uno que estaba preparado para patear bien algunos culos. Dio un paso hacia delante y sus ojos comenzaron a emitir un resplandor naranja. –Preparaos, porque estoy a punto de hacer que os caiga una lluvia de fuego y azufre sobre el culo. Y eso hizo. Un olor a sulfuro invadió el almacén, y entonces las bolas de luz naranja que rodeaban las manos de Roth salieron disparadas y se estamparon contra el Guardián que tenía más cerca. Este quedó envuelto en llamas, gritando mientras trataba de apagar el fuego. En cuestión de segundos, el fuego lo engulló. Retrocedió contra el almacén y las

llamas se extendieron. Cayman interceptó a dos guardianes mientras Roth se lanzaba hacia delante y golpeaba con el puño el pecho de otro Guardián. Lo atravesó y sacó algo que se parecía mucho a un corazón. Encogiéndome, vi que tiraba el órgano y se giraba hacia el siguiente Guardián, a quien atrapó con un brutal golpe en la garganta. Roth era la hostia…, daba miedo de verdad, pero era la hostia. Un feroz viento comenzó a soplar, haciendo que las llamas se propagaran mientras un fuerte golpe sacudió el almacén. El techo gruñó y se estremeció, y después se abrió como si fuera una lata de sardinas. Unos trozos de roca chamuscada cayeron sobre dos de los Guardianes, dejándolos fuera de juego. Dios santo, ¿todo aquello era Roth? El Príncipe Heredero estaba trazando un camino claro hacia mí. Concentrado en eso, no vio al Guardián que se le acercaba por detrás. Me lancé hacia delante, con las piernas temblorosas. –¡Roth! Se dio la vuelta mientras Donn se giraba hacia mí. Extendió el brazo y me atrapó por

el cuello antes de lanzarme varios metros hacia atrás. Golpeé el suelo con un gruñido y levanté la cabeza. El fuego estaba trepando por las paredes a unos centímetros de mi cara. Retrocedí, empujando el suelo con los pies desnudos. Unas manos me aferraron los hombros de pronto y me pusieron en pie. –Ya te tengo –dijo Dez. Mientras me giraba, vi a Donn tirado boca abajo. Dez partió las cadenas y liberó los grilletes que me rodeaban el cuello y las muñecas. Un Guardián soltó un grito que me taladró los oídos mientras le devolvía la mirada a Dez. –Gra… gracias. Él asintió con la cabeza. –No puedes volver a la casa. ¿Lo entiendes? Me pareció que eso era bastante evidente. –Vas a m… meterte en muchos problemas. Jasmine y los mellizos… –No te preocupes por nosotros. Entrecerró los ojos y entonces se lanzó al aire y aterrizó al lado de Nicolai. Juntos, obligaron a retroceder a los demás Guardianes. Roth se dirigía directamente hacia mí, pero había otro Guardián entre nosotros.

Abbot aterrizó acuclillado y Roth se enderezó, extendiendo las alas. No sé qué fue lo que lo provocó, lo que me empujó hacia delante, pero los últimos restos de energía explotaron a través de mí. Me puse enfrente de Abbot, entre él y Roth. Con el pecho subiendo y bajando y la cara cubierta de ceniza, levanté una mano temblorosa. –No. Roth aterrizó a no más de unos pocos centímetros delante de mí y el borde de su ala afilada como una cuchilla me esquivó por poco. El aire se agitó detrás de mí. Abbot se estaba levantando, y su expresión reflejaba la de Roth. Mis ojos se encontraron con los suyos durante un instante y, a pesar de estar rodeada de calor y fuego, me quedé helada por dentro. Sabía por qué había intervenido, probablemente salvando la vida de Abbot. En su furia, Roth lo habría matado, pero Abbot me había criado y eso… eso significaba algo para mí. Aunque no significara nada para Abbot. Ignorando el dolor de mi pecho, di un paso hacia atrás, tambaleándome, y choqué

contra Roth. Su brazo me rodeó la cintura, estabilizándome. –Has sido tocado por la mano de Dios –le escupió Roth a Abbot mientras su brazo se tensaba a mi alrededor–. No va a volver a pasar. Los poderosos músculos de sus piernas nos impulsaron a los dos al aire. Volamos alto, tan alto que cuando bajé la mirada no quedaba nada del almacén salvo un mar de chispas y llamas.

Capítulo treinta y tres Dejé de seguir la pista a las cosas mientras estábamos en el aire dejando atrás el almacén. Me sentía como si estuviera encendiéndome y apagándome, al igual que una bombilla estropeada. Roth aterrizó en algún momento encima de un tejado, seguido con rapidez por Cayman. –No podemos ir al edificio de los Palisades –dijo el gobernante infernal. Por detrás de sus hombros, la ciudad centelleaba como un millar de estrellas–. Es

evidente que saben dónde vives. –Sí, voy a tener que estar de acuerdo contigo en eso. –Los ojos ambarinos de Roth se clavaron en los míos como un salvavidas–. Necesito que aguantes por mí. ¿Vale, enana? Voy a curarte. –Puedo ver… las almas otra vez –anuncié, porque por alguna razón me parecía importante señalarlo. La sonrisa de Roth era débil y parecía incorrecta. –¿En serio? Eso estupendo, cariño. Estupendo de verdad. Vamos a ponerte cómoda enseguida. Aguanta un poco. Fui vagamente consciente del viento que me azotaba una vez más. Esa vez no me sentí como si tardáramos unos segundos en llegar adonde quiera que fuéramos. Fue una eternidad, y después dos años más antes de que aterrizáramos y entráramos en una casa muy cálida. Quería preguntar dónde nos encontrábamos en ese momento, pero mi lengua estaba perezosa. El corazón de Roth latía con fuerza mientras cruzaba a zancadas una habitación

tenuemente iluminada y después me dejaba sobre una cama que olía a lilas. En cuanto se enderezó, una sombra se movió de su brazo y fue hasta la cama, y los puntos se unieron en una forma. Bambi se deslizó por la cama hasta llegar a mi cadera. Una vez allí, levantó la cabeza y la dejó descansar sobre mi muslo. Noté algo tierno en el corazón cuando sacó la lengua bífida, su forma de saludarme. –Abre los ojos, Layla. –Pensaba que estaban abiertos. Lo hice–. ¿Cómo te sientes? – preguntó Roth, pasándome una mano por la frente húmeda. Evalué cómo me sentía. –No me… duele tanto. Sus facciones se tensaron como si hubiera recibido un golpe. –Eso está bien. –Se apartó y miró por encima del hombro–. ¿Cayman? El otro demonio avanzó y me puso los brazos a los costados. El humor que normalmente bailaba en sus ojos estaba ausente. –Sanguinaria –dijo, pasándome los dedos por las manos–. Sigue en su sistema, por eso está atascada. No va a poder cambiar a una forma u otra hasta que esté limpia por

completo. ¿Cómo lo había sabido? Cayman debió de leer la pregunta en mi mirada. –Llevo mucho tiempo por aquí, cariño, y lo he visto prácticamente todo. Iba a tener que tomarle la palabra. Los dedos de Roth me rozaron los pómulos. –Estas son marcas de garras. Cayman, son marcas de garras. –Lo sé, colega, pero eso no es lo más importante ahora mismo. –Me levantó el dobladillo de la camiseta–. Esto… esto es problemático. Roth soltó un siseo. –Hierro. –Sí. Me presionó con unas manos que apenas sentí. Tomé un aliento débil. –Creo… Creo que me estoy muriendo. –No –dijo Roth con fiereza, como si solo sus palabras pudieran prevenir lo inevitable–. No te estás muriendo. –Está en mala forma –señaló Cayman–. La sanguinaria lleva un tiempo en su sistema. Rodeándome la mano con la suya, Roth se acercó más a mí. Mientras hablaba con Cayman, no pudo apartar su mirada de mí, y eso estaba bien, porque de algún

modo me estaba anclando ahí. –Llevaba tres días sin conseguir contactar con ella. Pensaba que me estaba evitando otra vez. –Parecía afligido–. Le mandé mensajes y la llamé, pero… Quería decirle que no tenía forma de saberlo, pero fue Cayman quien pronunció esas palabras mientras apartaba las manos. –Esto tiene mala pinta. –No jodas –replicó Roth–. Eso ya lo sé, pero tenemos que arreglarlo. Cayman negó con la cabeza. –No puede sanarse, Príncipe. ¿Entiendes lo que significa eso? Esta herida es profunda. Puede que solo sea mitad demonio, pero el hierro está ejerciendo su efecto, y si fuera humana estaría… –No lo digas –gruñó Roth, y sus ojos dorados se volvieron iridiscentes–. Tiene que haber algo. Cayman se puso en pie y se retiró hacia las sombras como si estuviera dándonos espacio…, dando privacidad a Roth. Abrí la boca, pero me salió sangre de ella. Roth se apresuró a limpiarla y después me puso la mano con cuidado sobre la mejilla.

–No voy a dejar que esto pase. Tiene que haber… –Sus ojos ardieron con fuerza y entonces miró por encima del hombro–. ¿Y si se alimenta? ¿Podría ayudar? –No lo sé –contestó Cayman–. No debería hacer daño. –Encuéntrame a alguien. Quien sea –ordenó–. Me da igual quién, pero hazlo ya. –No –grazné. Reuniendo mi energía, me obligué a mover los labios–. Ya he hecho bastante daño. No voy a… alimentarme. Da igual… lo que pase. La frustración crispó el rostro de Roth. –Tienes que hacerlo. Vas a hacerlo. Me da igual cuánto te opongas. No voy a dejarte morir. Me parecía extraño que se enfrentara tanto a eso teniendo en cuenta que lo habían enviado a la superficie para matarme si yo resultaba ser la causa del desastre, pero ese no era el momento de tratar de comprender sus intenciones. Mi pecho subió con brusquedad. –No me hagas esto. Por favor. Por favor… no me hagas… hacer esto. ¡Por favor! Negó con la cabeza. –Layla…

–No… me hagas esto. Su rostro se contorsionó y la piel se tensó, y me di cuenta de que estaba a punto de transformarse. Se inclinó hacia mí y presionó la frente contra la mía mientras tomaba mis dos manos con la suya. –No me hagas quedarme aquí sentado y verte morir. No me hagas tú eso a mí. El dolor se elevó en mi garganta, casi superándome, y aunque sus palabras me habían dejado desequilibrada, no había nada que pudiera hacer. Puede que no supiera cómo había tomado las otras almas, pero no iba a dañar activamente a nadie más. –¿Quieres morir? –preguntó en voz baja–. ¿Es eso lo que quieres? –No. No es lo que quiero, pero no voy a condenar a otra… persona al Infierno… para poder vivir. Un estremecimiento sacudió su cuerpo mientras tomaba aire de forma entrecortada. –Oh, Layla –dijo con tristeza–. No puedo dejar que esto pase. Puedes odiarme cuando todo termine, pero al menos estarás con vida. El corazón me dio un vuelco y comencé a protestar, pero entonces habló Cayman. –Esperad. Tal vez haya otra opción.

Roth se puso recto y miró por encima del hombro. –Detalles. Que sea rápido. –¿Qué hay de los brujos? –sugirió, acercándose a la cama–. Los que adoran a Lilith. Puede que se sientan inclinados a hacer algo para salvar a su hija. Roth abrió mucho los ojos. –¿Crees que tendrán algo? –Quién sabe de qué son capaces esos bichos raros, pero merece la pena intentarlo. –Vete –dijo Roth con voz ronca–. Dales lo que quieran si pueden ayudarla. Lo que quieran. Cayman dudó durante un momento. –¿Lo que quieran? –¡Vete! –Y entonces Cayman se fue. Puf. Desapareció. Roth se giró hacia mí–. Si esto no funciona, voy a traer aquí a alguien y te alimentarás. Comencé a discutir, pero mientras mis ojos se clavaban en los suyos supe que no serviría de nada. Y Roth también. Si lo de los brujos fallaba, no habría tiempo de hacer nada más. Bajó la barbilla y tomó aliento mientras levantaba mis manos hasta sus labios

y depositaba un beso sobre cada nudillo. –Tienes las manos muy frías. Pestañeé con lentitud. Había demasiadas preguntas que quería hacerle, pero cada aliento que tomaba requería de mucha energía. –¿Cómo ha empezado esto? –preguntó, levantando la mirada torturada hasta la mía. –Zayne… Zayne me besó –susurré, y vi que sus ojos se dilataban–. Ya lo había hecho… antes, y nada había pasado entonces, pero… Su boca se movió. –Entonces, como ese idiota te besó, ¿te acusan a ti de haberlo atacado? Cerré los ojos y me concentré en mis palabras. –Es más que… eso, pero Zayne… está bien. Ahora. –Para ser sincero, no me importa una mierda lo que le pase ahora mismo. –Me habría reído de haber podido–. Abre los ojos, Layla. Esa vez tardé más tiempo en hacerlo. –Estoy… cansada. Tragó saliva con fuerza. –Ya lo sé, cariño, pero necesito que mantengas los ojos abiertos. –Va… le.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, más una mueca que cualquier otra cosa. Llevó mis manos hasta su regazo y las sujetó con fuerza. –¿Dijiste que te había besado antes y que no pasó nada? –Cuando asentí con la cabeza, él maldijo entre dientes–. Tenía que haberlo sabido. –La verdad era que no lo estaba siguiendo–. Bambi. –La comprensión destelló en su rostro mientras echaba un vistazo hacia la serpiente enroscada junto a mi cadera–. Sabía que se había unido a ti como familiar. Eso era lo que quería que hiciera, para que pudiera protegerte si fuera necesario, pero no sabía que lo había hecho hasta ese nivel. Pero ahora tiene sentido. Puedes volver a ver las almas, ¿verdad? –Sí. –Es por ella. Ya no está en ti, pero cuando lo estaba se unió a ti, cambió tus habilidades y las afectó. Los familiares pueden hacer eso, e imagino que más todavía para los que son mitad demonio. Pensaba que tan solo te haría más fuerte. No sabía que podría afectar a tu habilidad de controlar la toma de almas. Cerré los ojos mientras asimilaba sus palabras. Así que no habían sido mis sentimientos por Zayne los que me impedían absorberle el alma como alguna

clase de escudo amoroso cósmico. Tan solo había sido Bambi, un familiar demoníaco. La decepción era un fiero nudo en mi estómago, pero al menos ahora sabía cómo había sido posible que nos besáramos. Y también explicaba por qué mis habilidades se habían estropeado. Al menos, en su mayor parte. Tal vez los poderes de Bambi también habían cambiado mi forma de alimentarme, permitiéndome tomar las almas de Dean y de Gareth. Tenía sentido, sobre todo porque no había enfermado después de alimentarme de la mujer del club, cuando sí lo hice después de Zayne. La única diferencia era que una vez la serpiente estaba conmigo y la otra no estaba. Y en cuanto a lo que había pasado con Maddox y las ventanas…, podría haber sido Bambi afectando a mis poderes otra vez. O podría haber sido lo que Abbot había temido, que mis poderes simplemente estaban cambiando de todos modos. Y eso significaría que no había ningún espectro en la casa, y supongo que eso era una buena noticia. Si ese fuera el caso, entonces si el familiar nunca se hubiera conectado a mí, nada de

esto habría sucedido. Pero no podía enfadarme. Ella me había salvado la vida aquella noche con Tomas. Lo que no entendía era por qué Roth había querido que Bambi se uniera a mí. –Te habría obligado a quedártela de haberlo sabido –dijo Roth en voz baja–. Jamás te habría dejado salir de ese ascensor de haber sabido hasta qué punto te estaba afectando Bambi. –Lo miré sorprendida. Se sentó con una honestidad en su mirada que no había estado ahí antes–. Joder. Lo he convertido todo en un verdadero desastre. Cayman apareció de pronto en la habitación y Roth lo miró con intensidad. –Por favor, dime que tienes algo. –Lo tengo. –Se acercó a la cama, y en sus manos tenía un pequeño vial–. No hay garantías, pero esto es lo mejor que han podido darme, y no quieres saber siquiera lo que he tenido que prometer para conseguirlo. –Me da igual lo que hayas tenido que prometer. Poniendo mis manos sobre la cama con suavidad, Roth se levantó. Le quitó el vial a Cayman.

–Ah, probablemente no digas lo mismo más tarde. Pero ya hablaremos de eso cuando esto sea agua pasada, ¿verdad? Noté una intranquilidad en las tripas, pero Roth ya había quitado el tapón al vial. –¿Qué es esto? –preguntó. –Alguna clase de pócima que revertirá los efectos de la sanguinaria y que técnicamente debería poner en marcha la curación natural de su cuerpo con rapidez. – Hizo una pausa–. Dijeron que la haría dormir sin que haya peligro de que se vaya. Roth asintió con la cabeza y volvió a sentarse junto a mí. Si aquello era alguna clase de truco del aquelarre, en realidad no importaba. Me sentía cada vez más y más cansada, y con rapidez. Sentí una puñalada de terror frío, porque sabía que me estaba muriendo de verdad. Y de verdad que no quería morir. Dejé que Roth me levantara lo suficiente como para verter el contenido del vial por mi garganta. Me atraganté. Aquella cosa sabía a muerte recalentada, pero Roth la mantuvo junto a mis labios y me frotó la garganta de arriba abajo con su pulgar, obligándome a tragármelo todo. –Lo siento. Sé que sabe mal, pero ya casi ha terminado.

Cuando me lo tragué todo, él volvió a ponerme la cabeza sobre la almohada. –Si esto no funciona, voy a matar a todo el aquelarre. –Un músculo se tensó en su mandíbula–. Espero que sean conscientes de eso. –Creo que lo son. –Cayman retrocedió una vez más mientras Roth dirigía su atención de nuevo hacia mí–. Voy a… desaparecer un rato. Roth no le hizo caso. En lugar de eso, se movió y se estiró junto a mí. Sentía como si los huesos de las piernas se me hubieran fusionado con plomo. Giré ligeramente la cabeza y mi mirada se cruzó con la de Roth. Podía ver que estaba pensando lo mismo que yo. Quizá Cayman y la pócima brujeril del aquelarre habían llegado demasiado tarde. –Ahora mismo tan solo quiero abrazarte –dijo con voz áspera–. Eso es todo lo que quiero. Noté una presión en el pecho. Si aquellos eran mis últimos momentos, entonces eso era lo que yo también quería. No quería irme sola. Era algo más que eso, pero apenas podía procesar lo que significaba. Mis labios formaron la palabra «vale», pero me costaba

demasiada energía hablar. Me rodeó con los brazos, y su cuerpo estaba placenteramente cálido. Tras unos instantes, ya no pude seguir manteniendo los ojos abiertos. El miedo remitió mientras una paz suave y tranquila me cubría. Si aquello era morir, no estaba tan mal. En realidad era como quedarme dormida. Los brazos de Roth se tensaron a mi alrededor mientras curvaba su cuerpo sobre el mío, poniendo mis piernas entre las suyas y mi cabeza bajo su barbilla. Tomó aliento. Yo también lo hice y me deslicé más hacia la oscuridad. –¿Layla? Quería responder, pero estaba más allá de ese punto. El vacío me llamaba y no tenía forma de negarme a él. –¿Puedes oírme? Quiero que sepas una cosa –dijo. Su voz era ronca y pastosa y sonaba muy muy lejana, pero llena de urgencia–. Te quiero, Layla. ¿Me oyes? Te he querido desde el primer momento que oí tu voz y voy a seguir queriéndote. Pase lo que pase. Te quiero.

Capítulo treinta y cuatro Salir del vacío fue un proceso duro de proporciones épicas. Los dedos de mis manos se crispaban a mis costados. Los de mis pies se enroscaban. El dulce aroma a algo picante y salvaje flotaba a mi alrededor. Desde el momento en que mi cerebro comenzó a dar vueltas hasta que abrí los ojos, no me sorprendería que hubieran pasado horas. Pestañeé y me encontré mirando un pecho ancho. Un pecho desnudo. Un pecho desnudo masculino. Mis pensamientos estaban confusos por todo, pero tenía un recuerdo general de todo lo que había pasado. ¿Es que había muerto? Porque la verdad es que aquello no estaba mal como vida después de la muerte. Pero no, el dolor profundo y constante de mi cuerpo me advertía de que estaba muy viva. Tenía las manos apoyadas en un estómago duro, descansando cerca de la cabeza de un bonito dragón verde con escamas. Roth.

Uno de sus brazos se encontraba sobre mis caderas y el otro por debajo de mis hombros. Su mano estaba profundamente enterrada en mi pelo revuelto mientras su pecho subía y bajaba de forma constante. Podía sentir a Bambi al otro lado de mí, estirada. Qué… sándwich más extraño del que formar parte. «Pase lo que pase. Te quiero.» Un calor hormigueante me recorrió las mejillas y bajó en cascada por mi cuello. Tenía que haber sido mi imaginación la que me decía esas palabras. Los demonios no querían de ese modo. Ni siquiera los demonios como Roth, que eran capaces de hacer cosas muy poco demoníacas. Pero recordaba el sonido de su desesperación. Levanté un poquito la cabeza. Sus pestañas espesas le acariciaban las mejillas y tenía los labios ligeramente separados. Mientras dormía, había una juventud y una vulnerabilidad en sus facciones que nunca veía cuando estaba despierto. Parecía un ángel. No sé cuánto tiempo me quedé ahí tendida mientras lo miraba, pero probablemente fuera el suficiente como para certificarme como una completa acosadora. Pero esa vez fue útil. Estaba viva y, aparte del dolor de mi cuerpo, tenía la sensación de que

me encontraba bien. La sanguinaria estaba fuera de mi sistema y la herida de mi estómago había sanado en su mayor parte. Estaría de pie y caminando en muy poco tiempo. Pero todo había cambiado. Había cambiado tanto que ni siquiera era capaz de imaginar lo diferente que sería mi vida a partir de ese momento. No había forma de que pudiera volver a la casa, y tampoco quería, no después de lo que Abbot me había hecho: la jaula, el almacén en el centro. Ni de broma. Y si Nicolai y Dez no hubieran intervenido, yo habría muerto… y eso era lo que Abbot quería. Al igual que mi verdadero padre, él también quería que muriera. Y sí, eso dolía, y la quemazón seguía ahí. Pero no podía ahondar en ella. Me negaba a seguir ahondando en Elijah o Abbot. ¿El instituto? Eso también ni de coña. Con o sin Bambi, era un riesgo demasiado grande. No podía correr el peligro de infectar a nadie más, sobre todo cuando seguía sin tener ni idea de cómo lo estaba haciendo. No sabía qué iba a hacer, pero sabía que no

podía quedarme ahí. Los Guardianes estarían detrás de mí. Y también el Infierno en cuanto se corriera la voz de que había sido yo quien estaba detrás de todo. Y las posibilidades de volver a ver a Zayne parecían escasas y eso me destrozaba, como si me estuvieran apuñalando otra vez. Apenas podía recordar un tiempo sin él, y ahora me enfrentaba a tanto tiempo como caminara por esta Tierra sin volver a verlo, y eso… eso iba a matarme, sobre todo sabiendo lo que le había hecho. Lo único que podía esperar era alguna confirmación real de que se encontraba bien. Todo en mi vida había cambiado, pero de algún modo iba a sobrevivir. Tenía que hacerlo. Las pestañas de Roth se movieron y después se levantaron, revelando unos orbes dorados que brillaban de alivio. Abrió la boca y después se humedeció los labios, pero no habló. Nos miramos fijamente y, en ese momento y en esa cama, abrazados con fuerza, tan solo existíamos nosotros y nada más. Entonces levantó la mano de mi cadera y puso las puntas de los dedos contra mi mejilla. –Las marcas de garras se han curado –dijo–. Tan solo son unas líneas rosas y

débiles. ¿Quién te atacó? Ni de broma iba a decírselo. En el silencio, llevó las puntas de los dedos por mi cuello, haciéndome estremecer. –La cadena te ha dejado una marca. –Sí –susurré. Sus fosas nasales se dilataron. –Quiero matarlos a todos. Creía que lo decía en serio. Levanté la mano y le rodeé la muñeca. –No creo que eso sea… necesario. –Ellos te han hecho esto. –Frunció los labios–. Creo que es completamente necesario. Bajé la mano, negué con la cabeza y comencé a decirle que me encontraba bien, pero en realidad estaba muy lejos de eso. Sí, estaba viva y respirando, pero «bien» no estaba en mi diccionario. –La cosa que nos dieron los del… aquelarre. ¿Oí bien a Cayman? –pregunté–. ¿Ahora les debemos algo? Levantó una ceja oscura mientras movía el dedo hasta la curva de mi clavícula.

–No hay ni un gramo de mi ser al que le importe una mierda eso ahora mismo. Se me escapó una risa de sorpresa que sonó seca y ronca. –De acuerdo. –Me ocuparé de eso más tarde. Y entonces volvió a mirarme, de la misma forma que lo había hecho al abrir los ojos. Noté que estaba conteniendo el aliento, y los músculos de la parte baja de mi estómago se tensaron. Mi respuesta me confundía e incluso me asustaba, porque ya había caído en esa mirada antes y apenas había logrado resurgir. Pero él fue el primero en apartar la vista. –¿Quieres tratar de levantarte? Me aclaré la garganta. –Sí. Podría… Podría limpiarme. Era necesario que lo hiciera. Tenía la ropa sucia y pegada a mí. Solo Dios sabía cuándo era la última vez que me había duchado. Roth me ayudó a sentarme después de espantar a Bambi. Esta trepó hasta la cabeza de la cama y nos observó. En cuanto pasé las piernas por el borde de la cama, Roth se quedó inmóvil. Estaba de pie, con las manos sobre mis brazos, y entonces se puso de pronto

de rodillas enfrente de mí. Mi preocupación aumentó. –Roth… –Estoy bien. –Cerró los ojos mientras deslizaba las manos hasta las mías–. De verdad que no sabía si lo que nos habían dado los brujos iba a funcionar. Cuando cerraste los ojos, pensé… –Se aclaró la garganta–. No sabía si ibas a volver a abrirlos alguna vez. Se formó un nudo en mi garganta y lo único que pude hacer fue apretarle las manos. Negó con la cabeza. –Tan solo podía pensar en todas las mentiras que te había dicho y en que ibas a morir sin saber la verdad. Pensé en esas palabras que había imaginado y el corazón me dio un vuelco. Abrí la boca, pero él se inclinó hacia mí. Me soltó las manos e hizo algo que jamás habría esperado. Roth puso la cabeza sobre mi regazo, de forma muy parecida a como Bambi lo había hecho antes, y soltó un suspiro de agotamiento.

Mis manos se quedaron paralizadas sobre su cabeza. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no sabía muy bien por qué. Levanté la mirada hasta un rayo de luz diurna que se colaba por debajo de las persianas y formaba un halo sobre la espalda de Roth. –Cuando regresé a la superficie y fui a la casa para hablar con los Guardianes, Abbot se encontró conmigo primero, antes de que tú salieras. –Aquello no era nada nuevo, pero presentía que había algo más–. Abbot me advirtió de que me alejara antes de abrir la boca, antes de poder decirle siquiera por qué habíamos ido –explicó con voz baja y monótona–. No que me alejara de su propiedad, sino de ti. Y, ¿sabes?, lo entendía. Podía comprender por qué no querría que estuvieras conmigo. Después de todo, soy el Príncipe Heredero del Infierno, no la clase de chico que es bienvenido en una casa. Sobre todo la casa de un Guardián. Mientras hablaba, bajé las manos hasta su cabeza y pasé los dedos por su pelo. Una profunda emoción se agitó en el centro de mi pecho, tensando mi garganta. Roth se giró hacia la caricia como un gato que estuviera buscando más caricias.

–Pero era más que eso. Abbot sabía entonces lo que te estaba pasando, o lo que podría pasarte después del ritual de Paimón. Pensaba que mi influencia ayudaría en ese proceso, que sacaría el lado demoníaco de tu interior. Y creo… Creo que sabía que yo jamás sería capaz de hacer lo que me enviaron a hacer. No quería que estuvieras conmigo…, no quería que estuviéramos juntos. Sabía de forma inherente que con lo de «juntos» no se refería a estar en la misma habitación, sino a algo más… más profundo e íntimo. Mis dedos se quedaron inmóviles. –¿Qué…? ¿Qué fue lo que hizo? Soltó otro suspiro. –Me dijo que no pensara siquiera en buscar nada contigo, y al principio me reí y le dije que eso no iba a pasar. Desde el momento en que salí del foso iba a ir a por ti, y no porque me lo ordenaran; no por lo que uno pensaría. La amenaza de Abbot no significaba nada, pero… –Mi pecho subió y bajó con brusquedad–. Pero él sabía… él sabía cómo conseguir que permaneciera alejado de ti. –Había un matiz de furia en su tono–. No me amenazó a mí. Te amenazó a ti.

–Ay, Dios mío… Aparté las manos y me las llevé a los labios. Evidentemente Abbot ya no era mi amigo ni de broma, pero ¿también entonces? –Dijo que te… que te mataría para mantenerte alejada de mí. –Ante el sonido de mi brusca inhalación, maldijo entre dientes–. Lo decía en serio, Layla. Y no estaba dispuesto a arriesgarme. Esas cosas que te dije aquella noche… no quería decirlas. Miré fijamente su cabeza inclinada, moviendo la boca detrás de mis labios, pero no salió ningún sonido. Había tantas cosas que Roth me había dicho desde su regreso; declaraciones vagas que no tenían sentido hasta ahora. Entonces levantó la cabeza y clavó los ojos en mí. –Y ni de coña te utilicé para aliviar mi aburrimiento, Lay la. Y tampoco quería alejarte de mí, pero no podía ser la razón por la que sufrieras ningún daño. No quería serlo. –Oh, Roth… –susurré. Aquella… Nunca había esperado que aquella fuera la razón por la que Roth había dado un giro de ciento ochenta grados en lo relativo a sus sentimientos por mí.

–Quería estar contigo, pero… Había tratado de protegerme. Un agujero se abrió en mi pecho, tan impactante como la herida que ya se había sanado en mi estómago. –Lo siento. Al final fue para nada, pero no puedo deshacerlo. –Inclinó la cabeza hacia un lado mientras me observaba–. Sé que esto no cambia el dolor por el que te he hecho pasar. Tan solo quería que supieras la verdad y que te… Me tensé, esperando a que terminara lo que estaba diciendo y preguntándome si serían esas palabras que me había parecido oírle decir antes de perder el conocimiento, pero no lo hizo. Me examinó como si no hubiera esperado volver a verme jamás. Y entonces se me ocurrió algo y tuve que preguntárselo. –¿Estaba…? ¿Estaba Zayne ahí fuera cuando Abbot te dijo esas cosas? Sus ojos color ámbar ardieron con una docena de mareantes tonos dorados. –¿Importa eso? –Sí –susurré. Importaba totalmente si Zayne sabía por qué Roth se había alejado de mí, si había sabido la verdad y no me la había dicho. No respondió durante un largo momento, y noté un pinchazo de aprensión en la

base de mi columna vertebral. –Eso no cambia nada, Layla. En realidad no, porque pasara lo que pasara, él… él habría hecho lo mismo de haber estado en mi posición. –Un respeto de mala gana llenó su mirada–. Lo sé. Había demasiadas cosas dando vueltas en mi cabeza. Me quedé ahí sentada durante unos pocos momentos, totalmente aturdida. Tenía el cerebro frito. Por completo. Roth sonrió un poco mientras se levantaba y me tomó los brazos. –Venga. Vamos a limpiarte. Estaba oficialmente en piloto automático mientras me levantaba. Mi primer paso fue un fracaso. Tenía las piernas temblorosas, como las de un potro recién nacido. –Te tengo –dijo Roth, sujetándome–. Siempre. «Siempre.» La palabra rebotó en mi interior como una pelota de pimpón. Después de llevarme hasta el cuarto de baño, se marchó para buscar ropa limpia en la habitación. Era un baño bonito, grande y con una bañera y una ducha separadas. Capté un vistazo de mí misma en el espejo. Mis ojos eran demasiado grandes en mi pálido rostro. Las garras de

Zayne me habían dejado unos débiles arañazos rosas. Tenía un moratón del color de una fresa alrededor de mi garganta. Me quité la ropa y miré la herida por primera vez. Me estremecí. La franja de piel encima de mi ombligo había sanado y estaba rosada y arrugada. De haber sido humana, me habría desangrado antes de que Nicolai y Dez intervinieran. Con las manos temblorosas, me quité la ropa, toda la ropa, y abrí el grifo de la ducha. Permanecí debajo del agua hasta que las piernas comenzaron a temblarme, que fue solo unos pocos minutos después. Toda la suciedad, el sudor, la sangre y las cosas en las que no quería pensar siquiera se habían marchado con el agua. Con las piernas inestables, me rodeé con una toalla y traté de secar la mayor parte de la humedad de mi pelo. Me rendí tras unos pocos segundos. Llamaron a la puerta. –¿Estás decente? –Sí.

Roth entró con un pequeño fardo en las manos. –Son unos pantalones de chándal míos y una camiseta térmica. –Gracias. Me observó y su mirada permaneció sobre mí hasta que las orejas se me pusieron rosadas. Se pasó una mano por el pelo revuelto, se giró y volvió a la habitación. –Te esperaré aquí. Avísame cuando estés lista. Exhalé con lentitud, me puse su ropa y de inmediato quedé envuelta en su aroma. Roth regresó y me ayudó a volver cojeando a la cama. Estaba tan cansada que cuando mi cabeza tocó la almohada supe que no iba a volver a moverme en un buen rato. Roth se sentó junto a mí y sacó un teléfono. –Voy a pedir comida. Tienes que comer. No tenía hambre, pero la oferta estaba bien. Miré a mi alrededor, a la espaciosa habitación. Tenía muebles muy elegantes. –¿De quién es esta casa? Levantó la mirada desde el mensaje que estaba tecleando en su móvil. –La verdad es que no sé de quién era originalmente, pero estos días es propiedad demoníaca. A veces vengo aquí cuando quiero alejarme de la ciudad. Y

Cayman también. Una enorme parte de mí no quería saber lo que había pasado con los dueños originales. –¿Dónde estamos? Él se metió el teléfono en el bolsillo y se frotó el pecho desnudo con la mano. –Estamos encima del río, pero no cerca de la casa de los Guardianes. Al otro lado, en Maryland. Aquí estamos a salvo, no nos encontrará ningún Guardián. Unos pensamientos feos y perturbadores treparon hasta mi cabeza, así que me los sacudí de encima. –¿Dónde está Bambi? –Ahora mismo está enroscada alrededor de mi pierna. Pensaba que te vendría bien el espacio. –Ah. Jugueteé con el borde de la manta. Cuando levantó la mirada me estaba observando otra vez, y contuve el aliento. Roth se inclinó sobre mis piernas. –La comida estará aquí pronto. ¿Por qué no descansas un rato? Te despertaré cuando llegue.

Estaba agotada, pero dormir iba a ser difícil. –No puedo. Permaneció en silencio durante unos pocos momentos. –¿En qué estás pensando? –En demasiadas cosas –admití mirando al techo–. No voy a poder quedarme aquí. –Puedes quedarte aquí tanto como quieras. Mis labios se estiraron en una pequeña sonrisa. –Gracias, pero sabes… sabes que no puedo. Tengo que marcharme. No sé adónde, pero tengo que ir a alguna parte… donde no esté cerca de la gente ni de los Guardianes. Al menos, hasta que descubra cómo estoy infectando a la gente. –Dime cuándo y adónde quieres ir, y nos marcharemos. Dirigí la mirada hacia él. –No puedes venir conmigo. Roth frunció el ceño. –¿Y por qué no? –Te han ordenado que me mates. Si te marchas conmigo, ¿no sería eso como ponerte una diana en la espalda? Arqueó una ceja.

–¿Te crees que me importa? Además, estoy bastante seguro de que ya he desobedecido órdenes directas del Jefe. Y no pienso dejarte huir por tu cuenta. Ni de coña. Necesitas a alguien contigo. Necesitas ayuda. –Roth… –Mira, no vas a hacer nada de esto sola. El lío en el que estás es en parte por mi culpa. No he sido directo contigo con muchas cosas. –Su mandíbula sobresalía–. Y sé que las cosas están… jodidas entre nosotros. Lo sé. Pero aunque me dijeras que prefieres montar la pierna de un Trepador Nocturno antes que perdonarme, voy a estar ahí para ti de todos modos. Me incorporé sobre los codos. –¿Vas a ir en contra del Infierno…, en contra de tu jefe? Sonrió mientras se encogía de hombros. –Sí. –¿Por qué ibas a arriesgarte a ello? Sus ojos se clavaron en los míos. –Ya sabes la razón. En el fondo, ya lo sabes.

Capítulo treinta y cinco Mi cuerpo necesitó otro día y medio para volver a la normalidad. Durante ese tiempo, Roth se convirtió en una especie de sombra, al igual que Cayman. Los dos me mantenían entretenida mientras me obligaban a quedarme en la cama. Acabé viendo todas las películas de Will Ferrell que había. Los tres hablamos de planes sobre qué hacer a partir de entonces. Por lo que había podido averiguar, tenía que haber estado repetidamente cerca de las personas que habían sido afectadas, ya que evidentemente no había besado a ninguna de ellas. Eso tenía sentido con aquellos que ya sabíamos que habían muerto, como Dean y Gareth, pero no tanto con la mujer del edificio de los Palisades y aquellos cuyos nombres y caras no conocíamos. Había muchas cosas que no tenían sentido, pero ¿a quién se las podíamos preguntar? Me sentía bien teniendo alguna clase de plan, era un alivio aunque todavía no

estuviera demasiado detallado ni pensado, pero en los momentos de silencio, cuando Roth no estaba y Cayman dormía en el sillón reclinable, no podía evitar pensar en todo lo que había perdido. Y había perdido muchas cosas. Aunque los Guardianes se habían vuelto en mi contra al final, aun así habían sido mi clan, y lo más cercano que había tenido jamás a una familia. Había perdido a Zayne, pero, si era sincera conmigo misma, sabía que eso había sucedido mucho antes de aquel fatídico beso. En realidad, había ocurrido cuando permití que comenzara una relación entre nosotros, porque sabía cómo iba a acabar. Con Zayne saliendo herido. Y ahora nuestra amistad y lo que había entre nosotros, que era mucho más profundo, habían desaparecido, y él debía de odiarme porque me había alimentado de él. Tenía que ser rechazado, porque había confiado en mí y yo había traicionado esa confianza a un nivel que iba más allá de besar a otro chico. Casi lo había matado. El dolor de perderlo no había amainado, y dudaba que alguna vez lo hiciera.

Era como perder un miembro. ¿Y mis amigos? ¿Sam? ¿Stacey? Ellos también se encontraban fuera de mi alcance, y ni siquiera sabía si también los había infectado y simplemente no habían mostrado síntomas todavía. No saber eso me atormentaba. Dios, había demasiadas cosas que eran un desastre. En esos momentos oscuros, como entonces, quería aovillarme y básicamente convertirme en algo completamente inútil. Tenía diecisiete años y mi vida, en cierto sentido, había terminado. A lo mejor tenía toda una nueva vida esperándome, pero era una que nunca jamás había planeado. Roth entró a zancadas en el salón con un cuenco de ganchitos de queso. Se sentó en el sofá junto a mí, me echó un largo vistazo y después se metió un puñado de ganchitos en la boca. Solo él podría conseguir comer algo que manchara tanto y aun así seguir pareciendo sexy. Maldito demonio. Las cosas… las cosas estaban tensas entre nosotros. Habíamos dicho mucho,

pero todavía había mucho de lo que no habíamos hablado. De una forma u otra, él me lo había soltado todo, y no estaba convencida de que esas palabras tan bonitas que había pronunciado fueran producto de mi imaginación. Era solo que no sabía qué hacer con esas palabras, si debería creerlas o incluso permitirles tener un lugar en mi corazón. Porque mi corazón y mi cabeza estaban hechos un desastre en esos momentos. –¿Qué pasa? –preguntó, metiendo la mano en el cuenco y sacando un ganchito bastante grande. Me encogí con un solo hombro mientras miraba a la pantalla de televisión que estaba viendo Cayman. Había puesto la película Elf. Roth me ofreció el ganchito. Yo lo tomé y me lo metí en la boca. Se me cayeron unas miguitas sobre el regazo. Suspiré. Roth no dijo nada y supe que estaba esperando. Me rodeé las piernas con los brazos y apoyé la barbilla sobre las rodillas. –Quiero ver a Stacey. Frunció los labios. –No creo que esa sea una idea inteligente.

–Necesito verlos a ella y a Sam. Necesito asegurarme de que no los he infectado – expliqué. Cayman, sorprendentemente, nos estaba prestando atención–. Ahora que puedo ver las auras otra vez, podré saberlo. –Hablando de ver las auras –comenzó Roth–, quiero que vuelvas a tener a Bambi. Puede que perturbe un poco tus habilidades, pero te hace más fuerte. Yo también quería volver a tenerla, y tal vez lo hiciera, pero no hasta que descubriéramos si era ella la que estaba provocando que mis habilidades de absorber almas alcanzaran niveles de Terminator. –Lo haré más adelante, pero creo que poder ver las almas es importante. –Lo es. –Cayman se estiró como un gato–. Pero ir a ver a tu amiga es una estupidez. Los Guardianes… tu clan… lo estarán esperando. Me mantuve firme. –Puede que sí, pero al menos tengo que ver a Stacey. Es mi mejor amiga. Necesito saber si le he hecho daño de algún modo. No… no puedo irme sin saberlo. Cayman puso los ojos en blanco. –A veces me pregunto si no serás mitad humana. –Cállate –le dijo Roth, frotándose la mandíbula con la mano–. Vale. Lo

entiendo. Lo haremos, pero tendrá que ser rápido y tendremos que tener cuidado. Y después tendremos que decidir adónde vamos. Aliviada, aflojé los brazos sobre las piernas. Ojalá pudiera ver a Zayne, pero eso no era posible. Eso jamás sería posible. Delante de nosotros, Cayman suspiró. –Hablando de lugares a donde ir, he oído que Hawái está muy bien. No sé vosotros, chicos, pero a mí me vendrían muy bien unas vacaciones en la playa. Fuimos a ver a Stacey al día siguiente, un viernes. Como su madre no estaba y su hermano pequeño no salía de la guardería al menos hasta las cinco de la tarde, pudimos colarnos en la casa y esperarla allí. Y con «colarnos» me refiero a que tomé la llave que Stacey siempre dejaba debajo de la enorme palmera que había en una maceta en el patio de atrás para entrar. Respiré el familiar aroma a manzanas y calabaza, guardando el olor en mi memoria. A la madre de Stacey le encantaban los aparatos para enchufar en la pared que siempre hacían que su casa oliera a una tibia tarde de otoño.

Roth me siguió y tuve la sensación de que me estaba mirando el culo. La ropa que él y Cayman me habían comprado no era nada que llevaría normalmente. Vestidos, vaqueros ajustados que no podía ponerme sin tumbarme, pantalones de cuero y un montón de jerséis muy ajustados, como si fueran una segunda piel. Ese día llevaba unos vaqueros blancos y un jersey negro que me hacía sentir como si estuviera a unos segundos de quitarme la ropa y buscar la barra de baile más cercana. Eché un vistazo por encima del hombro y Roth levantó una ceja mientras elevaba una de las comisuras de los labios. –¿Podrías caminar delante de mí? Soltó una profunda risa entre dientes. –No en esta vida. Le lancé una rápida mirada fulminante y me apresuré a entrar en el salón. Stacey regresaría en cualquier momento y, con un poco de suerte, Sam se encontraría con ella. Tanto Roth como yo suponíamos que sería más seguro no decirle que íbamos a ir, y habíamos dado vueltas por su barrio media docena de veces antes de aparcar tres

manzanas más abajo. Roth pensaba que su Porsche era demasiado llamativo, así que había tomado prestado el coche de Cayman. Que era un Mustang vintage. Sí, como para no llamar la atención. Me senté en el borde de la cama y junté las manos. Roth se quedó junto a la chimenea de gas de piedra. –¿Quieres ser traviesa y que nos enrollemos sobre su sofá? –Me quedé boquiabierta– . O podríamos hacerlo sobre las encimeras de la cocina. –Me guiñó un ojo–. Por supuesto, en las habitaciones no solo seríamos traviesos, sino también muy guarros. –El calor inundó mis mejillas, y Roth se rio–. Tendrías que ver la cara que tienes. –Eres un pervertido –dije, tratando de contener una sonrisa. Roth se encogió de hombros. –De todas las cosas que podrían llamarme, esa no es la peor ni de lejos. –Y probablemente sea la más cierta –murmuré. Volvió a reírse. Oí que se abría la puerta de entrada de la casa y me puse en pie de un salto. Fui hacia delante, pero Roth se me adelantó. Apareció en la entrada del salón antes de que yo hubiera dado un paso.

Stacey chilló en el pasillo. –¿Qué co…? ¡Roth, me has dado un susto de muerte! –Lo siento –dijo él con suavidad. –¿Dónde has estado? ¿Dónde está Layla? ¿Cómo has…? Perdió el hilo de sus palabras mientras aparecía en la puerta. Sonreí cuando la vi, y de pronto sentí las piernas débiles. Fue un alivio… un alivio dulce y hermoso. Su aura estaba allí y era como siempre, un suave tono de verde. No era un alma pura, desde luego, pero estaba bien. No entendía cómo era posible, ya que yo había estado en contacto constante con ella, pero era normal y eso era lo que importaba. Su mochila cayó al suelo cuando me vio. –Ay, Dios mío, Layla, ¿dónde has estado? ¡Estaba muy preocupada! –Corrió hacia delante, pero yo levanté una mano para detenerla. Se paró en seco–. ¿Qué pasa? –No te acerques demasiado. No… Bueno, no estoy muy segura de que sea seguro que lo hagas. Frunció el ceño mientras miraba a Roth y después a mí. –¿Por qué no iba a ser seguro estar cerca de ti? ¿Y dónde demonios has estado?

Todo el mundo estaba muy preocupado. Sam piensa que te ha secuestrado esa gente de la Iglesia, y Zayne ha estado… –¿Qué pasa con él? –intervino Roth, acercándose a Stacey. Había bajado la voz y su cuerpo emanaba tensión. Stacey abrió mucho los ojos mientras daba un paso hacia atrás. Tragó saliva con fuerza. –Se ha pasado por aquí unas cuantas veces, preguntando si había oído algo sobre Layla. Eso es todo. El corazón me latía contra las costillas como un animal salvaje tratando de escapar de una jaula. –¿Cómo…? ¿Te pareció que estaba bien? Stacey pareció aún más confusa por la pregunta. –Parecía normal. Tan solo muy preocupado y alterado. Como yo. –Dirigió los ojos rápidamente hacia Roth–. ¿Qué está pasando, chicos? –¿Cuándo fue la última vez que vino Zayne? El hecho de que Roth no se refiriera a él como «el Rocoso» demostraba lo nefasto de

la situación. –Se pasó ayer, sobre esta hora. Se ha estado pasando todos los días desde que… Roth soltó un juramento mientras se giraba hacia mí. –Te dije que esto era una mala idea. Tenemos que marcharnos. –¡Esperad! –chilló Stacey, dando un pisotón en el suelo–. ¡Nadie va a marcharse hasta que alguien me cuente lo que está pasando! –Tenemos tiempo –le dije a Roth–. No hay nadie aporreando las puertas ahora mismo. –Exacto, ahora mismo. –Me miró con los hombros rígidos–. Sé que no quieres pensar en esto, y aunque no creo que jamás vaya a hacerte daño de forma intencionada, no puedo decir lo mismo de los demás que lo sigan. Y probablemente lo habrán estado siguiendo cada vez que ha venido aquí. –Eso ya lo sé, Roth. No soy estúpida. Sé que tenemos que marcharnos pronto, pero Stacey se merece saber lo que está pasando. –Desde luego –intervino ella–. Príncipe Heredero o no, ¿por qué no te sientas y cierras la boca? Las cejas de Roth subieron por su frente, y entonces se rio.

–Tienes suerte de caerme bien. –Le caigo bien a todo el mundo –replicó Stacey. Después respiró hondo y me miró–. ¿Qué ha pasado? –Tal vez quieras sentarte para esto –sugerí. Por un momento me pareció que iba a discutir, pero al fin se sentó. Le hice un resumen rápido de lo que había sucedido, sin dar demasiados detalles en la parte de la jaula y las torturas. Aquello no era algo que quisiera revivir. Cuando terminé, estaba pálida y agitada. –Dios, Layla, no… no sé qué decir. Quiero darte un abrazo, pero vas a ponerte como una loca si me acerco tanto, ¿verdad? Me mordí el labio. –No sé cómo estoy infectando a la gente exactamente, pero tiene… tiene que ser culpa mía. Sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas. –No. Me niego a creer eso. No puede ser cosa tuya, aunque no sepas cómo está pasando. Le sonreí y me entraron muchas ganas de abrazarla.

–Gracias, pero… Negó con la cabeza. –No tiene sentido. ¿Por qué no estoy infectada yo? ¿O Sam? Estás con nosotros más que con nadie. –No lo sabemos –admitió Roth–. Pero eso es algo que vamos a tratar de averiguar. Stacey se pasó el dorso de las manos bajo los ojos, inspiró por la nariz y después bajó las manos hasta el regazo. –¿Qué vas a hacer? No puedes marcharte y ya está. Me dolía el estómago. –Tengo que hacerlo, Stacey. Al menos hasta que descubra cómo estoy haciendo esto. –¿Qué pasa con el instituto? No vas a graduarte. Es importante, Layla. –Creo que eso ya lo sabe –replicó Roth con sequedad–. Pero gracias por señalarlo. A Stacey le tembló la boca. –Lo siento, pero es que es importante. ¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Cómo vas a…? –Estará bien –dijo Roth firmemente. Suspiré.

–Todavía no lo sé. A lo mejor puedo conseguir mi diploma de equivalencia y estudiar una carrera por internet hasta que resuelva esto. Stacey se levantó del sillón reclinable y negó con la cabeza. –Eso no está bien. –No, no lo estaba. Comenzó a pasearse–. Tiene que haber algo que podamos hacer. Esta no puede ser tu única… Roth se puso rígido, como si le hubieran vertido hormigón por la columna vertebral. Soltó un juramento mientras se giraba hacia mí como un látigo. Yo ya estaba en pie, porque solo una cosa podría causar esa reacción. –¿Qué pasa? –preguntó Stacey, mirando a su alrededor. –Hay un Guardián cerca…, muy cerca –respondió Roth. Mis manos se cerraron mientras la electricidad estática bailaba sobre mi piel. –¿A qué hora has dicho que suele venir Zayne? –Sobre esta hora, quizás un poco más tarde. –Abrió mucho los ojos–. Él jamás te haría daño. –Lo sé –contesté, y esperaba que las dos tuviéramos razón. No tenía ni idea de cómo me vería Zayne después de haberle hecho daño. –El Guardián sabrá que estamos aquí. Va a poder sentirnos. –Roth se giró y su

expresión se endureció–. Esto va a… Una puerta se abrió de golpe y Stacey soltó un chillido. El sonido provenía de la parte posterior de la casa, la misma por la que habíamos entrado y cerrado con llave detrás de nosotros, como si nos hubieran rastreado justo hasta la puerta. Pero yo sabía que Zayne era increíblemente hábil forzando cerraduras. Y sabía que se trataba de él. El débil aroma a menta me provocaba los sentidos. Roth se encontró de pronto delante de mí, pero pasé junto a él. No iba a acobardarme ni a esconderme. Justo mientras el corazón me daba un salto hasta la garganta, una sombra cayó por la entrada al salón y entonces Zayne apareció ahí. Tuve la sensación de que si hubiera habido cien personas en la habitación, él me habría encontrado inmediatamente de todos modos. Su mirada se clavó en la mía y lo primero en lo que me fijé fue en su aura. Seguía siendo blanca y hermosa, pero se había atenuado un poco, como una bombilla a punto de apagarse. Y él tenía un aspecto terrible. Unas sombras oscuras habían aparecido bajo sus ojos, como débiles manchas

de tinta. La barba incipiente cubría sus mejillas normalmente suaves, y había tensión en su mandíbula. ¿Le había hecho yo eso al tomar una parte de su alma? Zayne tropezó mientras daba un paso hacia mí, y fue como si no pudiera seguir avanzando. –Layla –dijo, y la palabra sonaba rota. Era como un arco que se partiera. Parte de la tensión de su cuerpo se disipó y sus hombros cayeron. –¿Te han seguido? –preguntó Roth. Lo único que hizo Zayne fue mirarme fijamente, con la cara pálida y el pecho subiendo en una respiración profunda. Roth soltó un gruñido bajo. –¿Te han seguido? Stacey dio un saludable paso hacia atrás. –Creo que debería quitarme de en medio. Zayne negó con la cabeza. –No. Su respuesta no sirvió para aliviar a Roth. –¿Cómo puedes estar seguro? –No tienen ninguna razón para seguirme –contestó Zayne, y después pestañeó–.

Dios, Layla, lo… lo siento mucho. Aturdida, me puse la mano contra el pecho. –¿Por qué te disculpas? Te hice da… –Sé lo que te hicieron. –Miró a Roth al fin–. Hicieras lo que hicieras, la ayudaras como la ayudaras, gracias. Nunca podré dejar de agradecértelo. Jamás. Vaya. Incluso Roth parecía un tanto sorprendido por eso. No hubo ninguna respuesta de listillo. Lo único que hizo fue asentir con la cabeza como respuesta, y entonces la mirada de Zayne regresó a la mía. Negó con la cabeza y mi pecho se tensó. Un golpe en la puerta delantera hizo que se me erizara el vello de la nuca. –Ese no será ningún Guardián, ¿verdad? –preguntó Stacey–. Dudo que llamaran a la puerta, ¿no? Zayne no apartó de mí sus brillantes ojos de cobalto. –No llamarían a la puerta, pero os lo digo en serio: no me han seguido. Piensan… piensan que está muerta. Roth frunció los labios y mostró los colmillos. Avanzó hacia Zayne y supe que, aunque era consciente de que Zayne no había sido responsable de nada, quería derramar

sangre por ello, la sangre de cualquier Guardián. Adelanté la mano y le rodeé el brazo con ella. –No lo hagas. Ya sabes que esto no es culpa suya. No te enfrentes a él. Por favor. Roth observó a Zayne como si quisiera pintar con sus entrañas. Al fin se giró hacia un lado y se inclinó hacia mí de modo que cuando habló su aliento bailó sobre mi sien. –Solo porque me lo has pedido. Solo por eso. Zayne cerró los ojos. Volvieron a llamar a la puerta. –Eh… voy a responder –dijo Stacey, e hizo una mueca que dejaba claro lo incómodo que le resultaba todo. Roth se apartó de mí. –Voy contigo. –Mientras pasaba junto a Zayne, le lanzó una mirada de advertencia–. No hagas que me arrepienta del hecho de que te permito seguir respirando. Un músculo palpitó en la mandíbula de Zayne, pero mantuvo los labios sellados. En cuanto Roth y Stacey salieron al pasillo, tomé un aliento que no necesitaba. –No… no sé qué decir –susurré, rodeándome la cintura con los brazos–. Pero siento haberte hecho daño. No quería hacerlo. Sé que eso no lo arregla, porque lo que hice fue

muy… –Para –dijo Zayne, y su voz se rompió–. Deja de disculparte, Layla. Nada de esto ha sido culpa tuya. No lo entiendes; han pasado muchas cosas. –Se calló y dio un paso hacia delante–. Me da igual lo que me hicieras o lo que haya sucedido, pero no eres tú. No puede ser. –Zayne –susurré, más bien suplicando. –Hay un espectro en la casa –continuó, y pestañeé sin saber muy bien si lo había oído bien–. Es Petr. Geoff lo captó en la cámara no mucho después de que… Dios, lo que mi clan, lo que tu clan te hizo… –Tragó saliva pesadamente y juraría que sus ojos se empañaron–. Piensan que has muerto. Incluso Nicolai no estaba muy seguro de haber conseguido llevar a Roth ahí a tiempo, pero yo sabía que no estabas muerta. Lo habría sentido aquí. –Se golpeó el pecho con la mano–. Lo habría sabido si una parte de mi corazón hubiera desaparecido. Tomé aliento mientras las voces del pasillo se acercaban, y entonces Stacey y Roth regresaron. Tras ellos se encontraba Sam, alto y esbelto, y el aire salió de mis

pulmones como si alguien me hubiera pegado una patada en el pecho. Las rodillas me temblaron mientras daba un paso hacia atrás. Mi cerebro no quería procesar lo que estaba viendo, pero no había forma de negarlo. El corazón se me partió por la mitad en el pecho. Zayne frunció el ceño mientras me miraba. –¿Layla? La habitación giró un poco. Era vagamente consciente de que Roth se estaba moviendo, inclinando el cuerpo hacia el mío de modo que quedó junto a mí, pero cada fibra de mi ser estaba centrada en Sam. Estaba en el umbral de la puerta e inclinó la cabeza hacia un lado, con expresión elusiva y un tanto curiosa. Todo en él parecía normal. Normal según los estándares del «nuevo Sam»: su pelo artísticamente revuelto, su ropa estilosa y la brillante confianza que llevaba como un par de pantalones de diseño caros. Sam había cambiado. Pero no era normal en absoluto. Su sonrisa se extendió y sus ojos centellearon. –¿Layla? ¿Te encuentras bien?

El tono de su voz era ahora como si alguien me pasara las uñas por la piel. Tomé aliento y de pronto, Dios mío, de pronto lo comprendí. Todo tenía sentido de una forma enfermiza. Tan solo era que no había podido verlo hasta entonces. –Ya lo sé –susurré horrorizada. La confusión apareció en las facciones de Stacey mientras cruzaba los brazos. –¿Qué sabes? –Ah… –canturreó Sam con suavidad–. Se ha hecho la luz. Pues ya era hora, porque de verdad estaba comenzando a dudar de tu inteligencia…, hermana. Una bocanada de hielo cruzó la habitación mientras Roth lo comprendía y soltaba un gruñido bajo con la garganta. La mirada de Sam se dirigió hacia donde Roth se encontraba, pero no parecía afectado en absoluto por la violencia que emanaba del Príncipe Heredero. Pero yo estaba pasmada y, si antes pensaba que mi mundo se había destrozado, me equivocaba. Ahora estaba reducido a pedazos. No había ningún aura a su alrededor. Nada. Al igual que con Roth y todos los demonios, tan solo había un enorme espacio vacío. Pero con Roth eso era de esperar.

Con Sam, no. Sam no tenía alma. Ah, pero era algo más que eso. Los humanos no perdían el alma y ya está. O bien la tenían o bien no, y si no la tenían estaban muertos, se convertían en espectros. Solo algo inhumano podía no tener alma. O algo totalmente poseído. Zayne acababa de decir que había un espectro en la casa de los Guardianes. Había sido Petr quien hacía esas cosas, no yo. Y entonces recordé las palabras de la bruja suprema. Habíamos entendido mal todo lo que había dicho. Lo que habíamos estado buscando había estado delante de nosotros todo el tiempo, y había sido alguien que siempre estaba cerca de mí, que tenía contacto sobre todo con la misma gente que yo. En un momento dado incluso yo lo había dicho al descubrir que la mujer del edificio de los Palisades había muerto: que la única otra opción era que el Lilin me estuviera siguiendo, pero había desechado la idea, creyendo de inmediato lo peor de mí. El ritual de Paimón había funcionado aquella noche que ahora parecía tan lejana. Mi virginidad nunca había sido la clave del hechizo. Cayman había dado en el

clavo al decir que solo tenía que ser un pecado carnal. Mi sangre se había derramado aquella noche; había atravesado el suelo quemándolo y había aparecido un capullo en el sótano del instituto. Esa era una parte del ritual: tenían que derramar mi sangre. Me di cuenta de que Bambi había afectado mis habilidades, pero había sido para bien. No me había hecho absorber almas estando cerca de otras personas. Me había ayudado, porque todas las cosas terribles que habían pasado no las había hecho yo, pero no sentí ningún alivio. –Todo el mundo, incluidos tu clan y los amores de tu vida, pensaban que eras tú. – Sam soltó una risa, que sonaba como la suya. Era la suya, pero lo que había detrás de su piel no era el chico que conocía–. Incluso tú pensabas que eras la culpable. Y en realidad eso es un poco triste…, lleva la baja autoestima a un nivel completamente nuevo. –Sam –jadeó Stacey, presionándose el pecho con la mano. La sangre desapareció de su cara–. ¿De qué estás hablando? Las pupilas de Sam se extendieron hasta cubrir sus iris, convirtiendo sus ojos

en fragmentos de obsidiana. Sus facciones siguieron siendo las mismas. No. Sam no había perdido su alma. No estaba poseído. Era peor que eso, porque lo que había delante de nosotros ya no era Sam. Hacía ya un tiempo que no lo era. Sam era el Lilin. Muy pronto, la última entrega de la trilogía LOS ELEMENTOS OSCUROS. Mientras tanto, lee una escena extra especial desde el punto de vista de Zayne…

¿Puedo? Layla se escapó de mí corriendo de verdad. Miré fijamente la puerta, tratando de reprimir la necesidad instintiva de perseguirla. Aquel deseo básico estaba allí, inherente en mí porque era lo que los Guardianes hacían siempre que algo huía de ellos, pero había una razón mucho más fuerte para esa necesidad que no tenía nada que ver con lo que yo era. O con lo que era Layla.

Y en realidad no me importaba lo que había estado haciendo en el estudio de mi padre en ese momento. En realidad no había huido de mí, pero se había alejado de mí y eso no me gustaba, no podía recordar ningún momento en que hubiera hecho eso. No antes de él…, antes de que Roth apareciera en escena. No, no me gustaba nada de esa mierda. Me aparté el pelo de la cara y exhalé con brusquedad en la habitación silenciosa. La imagen de Layla en sujetador se formó en mis pensamientos con poco o ningún esfuerzo. Exactamente igual que cualquier otro maldito segundo del día desde que la había visto. Dios, estaba… era preciosa. Aunque no es que me hiciera falta ver eso para darme cuenta…, era así desde hacía ya mucho tiempo. Dirigí la mirada hacia el techo. Tardé menos de cinco segundos en ir desde el estudio hasta su habitación. No llamé a la puerta, tan solo la abrí y allí estaba. En el momento perfecto. Sin la rebeca y los calcetines, no llevaba nada salvo unos pantalones cortos y una

delgada camiseta sin mangas que debería ser ilegal. Un calor ardió bajo mi piel mientras la observaba, pero no como me pasaba justo antes de transformarme. Ah, no, aquella era una clase diferente de ardor, más caliente y más profundo. Atravesé el umbral de la puerta y crucé los brazos por delante del pecho. Sus brazos se crisparon, como si quisiera moverlos. –¿Qué quieres ahora? El fuego de su tono no tenía ninguna reprimenda real. En todo caso, sonaba más… confusa. El desconcierto flotaba en el aire a su alrededor, y eso me confundía. –Nada –dije y, antes de poder detenerme, caminé a zancadas hasta la cama y me senté. Me estiré y di unas palmaditas al espacio que había junto a mí mientras el corazón me palpitaba con fuerza en el pecho–. Ven aquí. –¿Zayne…? –La confusión se incrementó mientras me miraba fijamente, con los labios rosados separados–. Estás siendo muy molesto esta noche. Era cierto. Lo sabía totalmente, pero no podía… no podía permanecer alejado, y ya estaba harto de intentarlo.

–Tú eres molesta todas las noches. –Volví a dar unos golpes en la cama.–. Deja de actuar de una forma tan extraña, Layla. –Como no se movió, la miré levantando las cejas–. ¿Vienes? Cinco segundos. Si no se movía en cinco segundos, me marcharía. Layla se movió. Soltando aire con suavidad, se subió a la cama junto a mí, y de pronto tragar se volvió difícil. Habíamos hecho eso un millón de veces, pero esa noche parecía diferente. Todo era diferente. Necesitaba aclararme la cabeza. –Bonitos pantalones –le dije. –¿Podrías no hablar? Se me escapó una risa suave. –Menudo humor tienes esta noche. ¿Es por la masa de galletas? Se giró para ponerse de costado y nuestras bocas quedaron a la misma altura. Rara vez se permitía acercarse tanto y me pregunté si se daba cuenta siquiera de que lo estaba haciendo. Levanté la mirada hasta ella, nuestras miradas se encontraron y se quedaron

fijas la una en la otra. Sin advertencia, pensé en la primera vez en que me di cuenta de que lo que sentía por Layla era más profundo de lo que pretendía mi padre, de lo que quería todo el clan. Había pasado el 23 de marzo, la noche que habíamos estado practicando tácticas de evasión en las salas que había debajo del edificio. No había estado prestando atención en toda la noche. Sabía que no lo hacía, porque no había dejado de concentrarse en mi…, bueno, en mi boca, mientras le daba instrucciones. Hacía un tiempo que sabía que me miraba de forma diferente, y había hecho todo lo posible por no pensar en ello, por no admitirlo ni ocuparme de ello, porque había creído que estaba mal. No porque fuera mitad demonio ni por lo que fuera o no fuera capaz de hacer, sino porque siempre había estado a cargo de mantenerla segura. Y sus miradas fijas no tan pícaras y la forma en que se ruborizaba a veces desde luego no eran seguras. Pero después del entrenamiento hizo algo que había hecho un millar de veces. Entrelazó los dedos con los míos y me los apretó y, mientras nuestros ojos se encontraban esa noche, ni siquiera supe lo que había sucedido. Toda nuestra

vida juntos pasó por mi cabeza en cuestión de segundos, repitiendo nuestra historia entrelazada. Y mientras le devolvía el apretón de la mano, tan solo podía pensar en cómo ese pequeño gesto parecía un beso. Y esa sensación me había acojonado, porque eso era lo que quería entonces. Habían pasado casi dos años. Y seguía deseándolo. Layla se apartó y se puso boca arriba. ¿Lo sentía entre nosotros ahora? ¿La historia? ¿Cómo nuestro futuro estaba cambiando y no había nada que ninguno de nosotros, ni mi padre, ni el clan ni nadie, pudiera cambiar? ¿Nada que Roth pudiera cambiar? ¿O es que había cambiado, al menos para ella? De golpe, el pánico se derramó en mi pecho. ¿Y si las cosas habían cambiado para ella por culpa de él? ¿Y si ya era demasiado tarde? Por mucho que odiara esa idea, una parte de mí podía comprenderlo. A lo mejor había esperado demasiado tiempo. Había dado su atracción por sentada; su belleza, su amabilidad, su fe inquebrantable

en mí. Lo había dado por sentado todo en ella. Tenía la boca seca. –¿Qué pasa, bichito? –Nada –dijo, y su voz apenas era un susurro. –Mentira. Me incorporé sobre un brazo para poder mirarla. Era un movimiento equivocado. O quizás era el movimiento adecuado. Apenas había ningún espacio entre nosotros y, mientras mi mirada recorría sus mejillas sonrojadas, seguí el rubor hasta la línea baja del cuello de su camiseta, con los dedos hormigueando por la necesidad de tocarla, de… Pestañeé y la visión se me volvió a aclarar, diciéndome que de verdad estaba viendo lo que estaba viendo. No había sido la primera vez que me daba cuenta de que a Bambi le gustaba descansar en un lugar donde el familiar demoníaco no debería estar. Y tampoco era la primera vez que me sentía celoso por dicho familiar demoníaco, ¿y no era eso muy retorcido? Extrañamente, mientras mi mirada recorría la curva de la serpiente, la curva del

pecho de Layla, no podía negar la belleza del maldito tatuaje. –Le gusta mucho poner la cabeza ahí, ¿verdad? Mi voz sonaba áspera en mis propios oídos. –Supongo que para ella está blando. –Su pecho se elevó cuando tomó aire bruscamente, atrayéndome todavía más–. Dios –gruñó–. A veces tengo que… Presioné su barbilla con la punta del dedo y un hambre profunda se elevó en mi interior, arañando el músculo y la piel. El poder de la necesidad me perturbaba. –Eso tiene sentido. –Quería… Joder, sabía lo que quería–. Seguro que es un… lugar blando. –Me obligué a apartar la mirada y me concentré en la cadena y el anillo que descansaba sobre su piel ruborizada. Bajé la mano y pasé el dedo sobre los fríos escalones–. ¿Por qué conservas este colgante? Pasó un momento. –No… no lo sé. Mentira. Sabía por qué lo hacía: era una conexión con su madre. También era una conexión con ese príncipe cabrón que era peor que un grano en el culo. Decidí que Roth no tenía derecho a estar ahí mientras seguía la longitud de la cadena

alrededor de los delicados huesos de su cuello hasta la suave banda del anillo. Me detuve durante un momento, con el corazón latiendo a demasiada velocidad. Lo que hice a continuación no fue lo más inteligente. Estaba seguro de que la maldita serpiente no me tenía mucho cariño, pero no tuve ningún control en absoluto mientras mi dedo se deslizaba por la piel de Layla y después hasta el mismo contorno de la cabeza de Bambi. Esperando a medias que el familiar saliera de su piel y me mordiera en la cara, me quedé aturdido cuando Bambi se movió y se deslizó hacia mi caricia. Entonces me di cuenta de que la estaba tocando, estaba tocando al familiar demoníaco, y mi piel estaba en llamas. Un estremecimiento subió por las líneas tensas de mi cuerpo mientras levantaba la mirada hasta la suya. Aquellos ojos pálidos y fantasmales me embelesaban. Llevaban mucho tiempo haciéndolo, y ahora veía algo que nunca antes había visto en ellos. Un fuego. Recorrí el morro de la serpiente, sorprendido por la textura. Aquello… también me confundía, y me hizo esbozar una pequeña sonrisa. No era tanto que fuera áspera, sino que desde luego notaba que la serpiente se

encontraba ahí, un ser aparte completo adherido a la piel de Layla. –El tacto no es como esperaba que fuera. La piel está ligeramente elevada, pero en realidad es como un tatuaje cualquiera. Tenía la necesidad de señalarlo, lo cual probablemente fuera tan estúpido como golpear mi cabeza contra la pared, porque estaba seguro de que Layla ya lo sabía. De que ya había tocado el tatuaje antes. Me tragué un gruñido mientras esa imagen arraigaba en mí. Otra imagen que jamás iba a poder sacarme de la cabeza. Las pestañas de Layla se cerraron y sus labios se separaron todavía más. Por Dios y todos los demonios del Infierno, sabía que su boca tenía que ser lo más dulce del mundo. –¿Le gusta? –pregunté. Tras un momento, Layla asintió con la cabeza. Las palabras salieron de mi boca en un instante–. ¿Y a ti? Abrió los ojos de golpe y la observé mientras seguía la curva sobre su pecho hasta el frágil lazo de su camiseta.

Quería… no, necesitaba verlo todo, ver todo lo que Layla era ahora, pero esperé. Me pareció que lo que preguntaba básicamente lo dejaba todo claro. Si decía que sí, entonces tenía que saber lo que sentía por ella, que era algo que en realidad nunca había sentido antes por nadie más. Sí, había conocido el matiz afilado como una cuchilla de la lujuria, pero con ella esa lujuria se mezclaba con algo mucho más potente. Pero si decía que no, entonces me largaría de ahí. Por mucho que me matara, me juré que lo haría. Layla no dijo que no. –Sí. Fue un susurro, pero era como un trueno para mis sentidos, sacudiendo cada célula y órgano de mi interior. Respiré hondo, incapaz de esperar. Como un niño que llevara semanas mirando los regalos debajo del árbol de Navidad, no podía contener la expectación. Le sostuve la mirada, tratando de localizar alguna duda mientras preguntaba: –¿Puedo ver el resto de Bambi? Abrió la boca, pero no salió ningún sonido y un momento largo y tortuoso pasó

entre nosotros, y entonces Layla asintió con la cabeza. Era la maldita mañana de Navidad. Me temblaba la mano mientras la llevaba hasta el tirante de su camiseta, y esperé que no lo viera. Bajé el tirante hasta su cintura, manteniendo la mirada fija en lo que estaba haciendo, retrasando lo que necesitaba con desesperación. Moví el otro tirante hasta su delgada muñeca y después lancé una plegaria de agradecimiento antes de cambiar mi mirada febril. El aire salió de mis pulmones, y de pronto sentía el brazo débil, como si no fuera a ser capaz de sostenerme mucho más tiempo. Seguí la línea de Bambi, pero en realidad no la estaba viendo. Estaba viendo a Layla, grabando cada precioso centímetro cuadrado en mi memoria. –Layla… –fue todo lo que pude decir. Nunca antes en la vida había visto semejante belleza. El tatuaje demoníaco y el paraíso que era el cuerpo de Layla eran una combinación sorprendente. Incapaz de detenerme, seguí bajando por el camino de Bambi, sobre la dulce protuberancia. Layla se movió, arqueando la espalda mientras yo recorría la

longitud de Bambi hasta el lugar donde su cuerpo se enroscaba alrededor de la caja torácica de Layla. Entre la sensación de tocarla, el sonido jadeante que producía y cómo se elevaba mientras sus hombros presionaban la cama, iba a perder la maldita cabeza. ¿Qué más daba? Ya había perdido el corazón y el alma con Layla.

Agradecimientos Layla y compañía no estarían aquí sin los increíbles poderes de edición de Margo Lipschultz; Natashya Wilson, editora jefa a cargo; Jennifer Abbots, la mejor publicista y también otra JLA, y el maravilloso equipo de personas, desde los correctores hasta los libreros, detrás de la serie en Harlequin TEEN. Gracias. Gracias a K. P. Simmon por ser la segunda mejor publicista y a Stacey Morgan por mantener mi cabeza firme. A mi increíblemente increíble agente, Kevan Lyon: eres genial. Y a Taryn Fagerness y Brandy Rivers; sois impresionantes. Las siguientes personas han estado ahí para mí, de una forma u otra, y probablemente me volvería loca de no ser por Laura Kaye, Molly McAdams, Tiffany King, Tiffany Snow, Lesa Rodrigues, Dawn Ransom, Jen Fisher, Vi (¡Vee!), Sophie Jordan y, uf, podría seguir, pero estoy segura de que esto está comenzando a aburrir a todo el mundo. Por último pero más importante, gracias a los lectores. Sin todos vosotros, nada de esto habría sido posible. En absoluto.

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eso no es todo. Cuando un desconocido me atacó, Daemon usó sus poderes para salvarme y después me confesó que no es de nuestro planeta. Sí, lo habéis leído bien. Mi vecino es un alienígena sexy e inaguantable. Resulta que, además, él y su hermana tienen una galaxia de enemigos que quieren robar sus poderes. Y, por si fuera poco, ahora mi vida corre peligro por el simple hecho de vivir junto a ellos. Cómpralo y empieza a leer

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Lightwood, Mike 9788417002053 428 Páginas Cómpralo y empieza a leer Vivir con culpa no es tarea fácil, y eso es algo que Darío sabe muy bien. Después de todo, el que solía ser su mejor amigo vive un auténtico infierno tras confesarle lo que sentía por él, y lo peor es que Darío no puede hacer nada para arreglar la situación. Atormentado por unas oscuras pesadillas, Darío se enfrenta cada día a su peor enemigo: él mismo. El problema es que es demasiado difícil aceptar lo que siente, sobre todo cuando hacerlo significaría que tal vez no sea la persona que siempre ha creído ser. El hielo de sus venas se extiende cada vez más, y dependerá solo de él conseguir que se derrita o dejar que se extienda hasta congelarlo por completo. Cómpralo y empieza a leer

Felices por siempre jamás Perkins, Stephanie 9788416256099 400 Páginas Cómpralo y empieza a leer Enamorarse en la ciudad más romántica del mundo es fácil para la soñadora Isla Martin y el enigmático artista Josh Wasserstein. Pero a medida que avanza el último curso en la School of America de París, Isla y Josh se ven obligados a afrontar la desgarradora realidad,

porque, quizá, su historia no acabe con un «felices por siempre jamás». ¿Seguirán juntos cuando los días en el instituto se acaben? ¿Será su amor más fuerte que la distancia? Su romance se convertirá en un apasionante viaje por Nueva York, París y Barcelona, acompañados de sus amigos Anna, Étienne, Lola y Cricket. Cómpralo y empieza a leer

Hidden Girl Knightley, Ruby 9788416096138

300 Páginas Cómpralo y empieza a leer Christine ve por fin sus sueños hechos realidad: acaba de recibir una beca para estudiar el último curso de instituto en Nueva York. Su nueva vida en la zona más elitista de Manhattan, el Upper East Side, pronto se convierte en una intensa aventura en la que hará todo lo posible para no rendirse a los encantos de los hermanos Woodley, Nathan y Tristan. Y por si su estancia en el instituto Magnificence no fuera bastante complicada, una serie de desapariciones y asesinatos entre las chicas de la clase alta de la ciudad hará que su nuevo mundo se tambalee. Cómpralo y empieza a leer

La maldición del ganador Rutkoski, Marie 9788416429714 386 Páginas Cómpralo y empieza a leer Como hija del general de un gran imperio que se deleita en la guerra y en la esclavitud, Kestrel solo tiene dos opciones: unirse al ejército o casarse. Sin embargo, todo su mundo da un giro radical cuando la chica

encuentra un esclavo cuyos ojos parecen desa ar al mundo entero y, siguiendo su instinto, termina comprándolo por una cantidad ridícula de dinero. Pero el joven guarda un secreto, y Kestrel aprende rápidamente que el precio que ha pagado por otro ser humano es mucho más alto de lo que podría haber imaginado. Que ganar aquello que quieres puede costar todo lo que amas. Ambientada en un mundo imaginario, La maldición del ganador es una historia de conspiraciones, rumores, secretos y rebeliones en la que todo está en juego y en la que la verdadera apuesta consiste en conservar la cabeza o seguir al corazón. Cómpralo y empieza a leer

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